Para
el abordaje había que recorrer un pasillo, al final del cual se
tendía un intermedio hacia la puerta del aeroplano; especie de
acordeón hecho a la medida vede silencios y músicas extranjeras.
Los pasajeros caminaban como un cardumen, procurando que la
trayectoria les llevara a algún lugar. Esa caminata, aunque breve,
iba
a durar
lo justo para sospechar una dimensión mayor. Se escuchaban las
suelas de los zapatos que repiqueteaban sobre el piso, igual que sí
unas goteras desde el techo se filtraran. A nadie le escuché una
palabra, o quizá en ese instante mi propio silencio estaba cerrado a
cualquier sensación ajena. Eso sí, los pasos seguían escuchándose
como si se repetiesen desde adentro. Yo, acaso como me creía un
observador especial, apenas seguía la llamada del vuelo preciso. De
a poco me rezagaba entre gentes que tras de sí hacían rodar sus
equipajes, mientras el ruido de todas esas ruedas armonizaba con el
de sus pies. Sólo llevaba conmigo un bolso de mano, cruzado a la
espalda, tan ligero como lo quise desde el principio. De cualquier
modo, ya se me figuraba que este vecindario pudiera colindar con mi
obituario.
Era
la primera vez que abordaba un avión con sus motores a punto. Si
bien es verdad que en un museo había visitado el interior de un DC
3, esto no iba
a ser
lo mismo. Aquel aparato se le había puesto en un hangar como a una
maqueta de proporciones exactas; sus detalles se corregían siempre
para que la impresión de los visitantes no variara nunca. Así que
aquellos asientos sólo evocaban una remota época, donde las
ausencias, con modales antiguos y escotes pudorosos, excluía
cualquier atrevimiento de los visitantes. Sin embargo, ver un avión
vacío por turnos puede poblar tanto la imaginación de una criatura,
que cuando ésta vuelve a casa lo hace como si viniera de un jet
lag,
quizá mostrando a sus mayores un sinfín de postales que no parecen
aterrizar nunca.
Los
husos horarios no me preocupaban mucho. Lo primero era el abordaje.
Pasar esa puerta y hallar el puesto señalado desde siempre. Antes de
entrar, insistía en ser un testigo que desde afuera tuviese una
influencia propicia, lo que es atribuible a personas que vuelan por
primera vez, o a las que nunca se acostumbran a volar. Todas las
suposiciones empezaban a concentrarse en la puerta del avión. Podía
imaginármelo, era como un vórtice a través de cuyo ojo cada quien
se buscaría una suerte propia, que tal vez se mezclaría desde la
misma entrada. Supuse que esa cavidad era muy estrecha. Sólo con
determinado orden los pasajeros podían circular a través del vano y
a lo largo del fuselaje, por lo cual no costaba suponer, además, que
un despelote sería desastroso para la mayoría. Un par de azafatos,
con acento español, repetían la bienvenida. Cada palabra la
articulaban sin desdibujar las sonrisas de sus rostros; ciertamente
costaba creer una naturalidad tan afable al tiempo que inverosímil.
De inmediato empezaban a contestar preguntas; algunas bastantes
obvias, otras casi se diría que esenciales. A cada pregunta parecía
corresponder una respuesta concisa, tal vez el propósito del vuelo
ya se dividía entre tensiones de todas las especies. Las azafatas
empezaron a acomodar los pasajeros en cada uno de sus lugares. Y cada
quien se procuraba su propia y legítima comodidad entre los estorbos
compartidos. Se sabía que era un viaje de una cuantas horas, y
había, a pesar de eso, un sentido de eternidad inminente. Aún
seguía hablándose en castellano, sin duda iba
a ser
así. No obstante, yo ya comenzaba a fiarme más de cualquier
expresión del cuerpo. Esta elocuencia era tan dominante desde
entonces, que las palabras se empleaban a su merced. No quise hablar
con nadie, cuando menos hasta conseguir mi puesto; tampoco iba
a revelar
ninguna palabra en mi caminata sencilla. Simplemente recorrí el
pasillo en busca de mi butaca, todo lo más a través de espacios que
más bien parecían ofrecerse desde otra centuria.
Y,
de repente, tan sencillo como mis pasos, números y letra. Mi asiento
estaba en la mitad del avión. Después de conseguirlo, me detuve en
el pasillo para mirar los otros hallazgos. Había en cada ritual algo
comparable a lo que ordinariamente se ve en los autobuses, excepto
por las despedidas prolongadas. Ya quienes estaban ahí se habían
separados de sus futuros corresponsales, les quedaba sobrellevar por
su cuenta cualquier asomo desde el comienzo. No quise sentarme de
inmediato, así que me propuse seguir como un vigía. En algún
momento, igual que todos, iba
a estar
en la butaca, acaso sujeto para un electroshock.
No
sé si fue por el tiempo que se esperó antes del abordaje, o por los
exhaustivos controles del aeropuerto, pero noté que la impaciencia
de todos se veía justificada por la misma puntualidad de la pista.
Las prórrogas, por otro lado, también podían justificarse antes de
que los motores movieran al avión. Es curioso que cada quien, ya
seguro de partir, empiece por reprochar las demoras y las
inconformidades de sus vecinos. Esto iba
a darse
por grados, y era más que previsible. Después de cierto tiempo,
preferí sentarme. Me resultaba más conveniente entonces, cuando no
lo tuviera que hacer por apuro de quienes me pidieran o reclamaran su
derecho. Al fin estaba en la butaca, en el centro mismo del avión.
Ya en este punto, las emociones eran muy vívidas, e incluso tuve que
hacer cierto esfuerzo para no dejarme sobrecoger por ellas. Tan
comprometido estuve al viaje, que honradamente procedí con aplomo,
igual que si repitiera el vuelo por enésima ocasión. Sabía, desde
que entré allí, que iba a desvelarme. Este horario implicaba una
lucidez a la cual tenía que resistir siempre despierto. Cada ruido,
aun por natural, tenía de repente un cuerpo de muchos filos.
Cualquier cosa muy simple, como arrugar una bolsa de plástico entre
las manos, recobraba una magia casi intolerable. Sin duda exagero un
poco, pero no es sino en la exageración que se puede aspirar a
cierta exactitud de medianoche.
Esta
ya era la segunda noche de desvelo. Así que todo empezaba a
extenderse a otros días de vigilia. Si bien las luces del avión
recreaban un bazar con esa vitalidad con que se venden y compran
especies bajo el sol, igual el frío me incorporaba en el asiento de
un modo que no podía cuestionarme esa espera y ese ámbito. Sentado
comedidamente en la butaca, reconciliaba los nudillos sobre el regazo
y luego los corría hasta que las palmas dejaban entrever las señales
de un marinero que por fin se atrevía al mar. También cruzaba y
descruzaba los pies, de seguro parpadeaba con algún ritmo que podía
postergar el hambre más allá de sedientas constelaciones. Supuse
que cuando mis vecinos se sentaran a mi lado mis reacciones ya no
iban a ser espasmódicas o vegetativas, puesto que mi facilidad para
bromear siempre ha sido un atributo de mis modales, al menos me
convencía de que ese trato era lo que mejor nos acomodaba en nuestro
sitio.
En
verdad, no era tanto los nervios como sí la incertidumbre en su
conglomeración. Es como cuando se nota a lo lejos una masa
formidable de nubes y entonces aparece la lluvia en nuestra cabeza,
sin saber si el agua de adentro será suficiente para librar el agua
que llegue desde afuera. De mi lado derecho se sentó una pareja de
mediana edad. Con una medianía en todo, tal que quizá la misma edad
era el promedio de ese vínculo. Quedaba el puesto de la izquierda
libre. Dando por descontada cualquier ocasión con mis vecinos
diestros, me preguntaba quién en verdad iba
a ser
la persona que me acompañaría en el viaje. No alcancé mucho a
redondear esa pregunta, cuando de pronto una muchacha de unos 17 años
me preguntaba, a su vez, con una sonrisa candorosa, algo que de
seguro era suficiente para nuestro entendimiento. De inmediato los
dos estábamos sentados allí, conversando como en una solariega
salita de la Pastora. No era el primer viaje para la muchacha, pues
ya en varias ocasiones había visitado a Europa. Eso sí, también me
dijo que éste no era un viaje como los otros. Se contuvo, miró
hacia adelante, al pasillo, sin duda para ver como sus padres
insistían con los bolsos en el compartimiento. Sus ojos brillaban,
cierta melancolía le dotaba a ella de una clarividencia. De vuelta a
mí, sonrió para compartir una escena que igual no carecía de
gracia. Ocurre muchas veces, pude explicárselo más o menos, que las
cosas que se llevan a la mano tienen cierta dimensión rebelde, quizá
hasta que se quede a mano con lo que irremediablemente se olvidara.
Su voz siempre era tan suave como sus ademanes. La sutileza de
aquella sonrisa solía conferirle un candor a todas sus expresiones.
Su piel tenía un aspecto de porcelana lechosa, y el rojo de sus
delgados labios casi llegaba al violeta. De cabello crespo y castaño,
dulcemente partido en dos como en ciertas efigies antiguas. Tenías
ojos color miel, apenas almendrados, y pestañas encrespadas sin
esfuerzos sobrenaturales. Sus manos eran esbeltas y muy cuidadas.
Seguro llegaba al metro setenta de estatura. Vestía con una
sencillez de doncella milenaria. Creo que una blusa blanca bordada en
el cuello y un pantalón oscuro con cinturón delgado. Algo como unas
babuchas en sus pies y un pequeño bolso del que tuvo que sacar, un
poco avergonzada por el frío, un suéter color crema.
Yo
me portaba lo mejor que podía como pasajero; es decir, seguía las
instrucciones a pie juntillas como un engranaje más. Sin embargo, en
mi centro tenía movimientos mucho más conmovedores que las
imitaciones de la periferia. No es que diera por sentado todo cuanto
desconocía, pero incluso esa forma mecánica y condescendiente de
seguro me daba cierto margen en mi situación. De cualquier modo no
era difícil hacer mi papel entre un reparto así; pues es muy común
procurarse un punto común para cualquier apoyo superior. Sólo la
muchacha de al lado me parecía tan natural, como si la conociera en
un parque a mediodía. Ella empezó a notar que mis movimientos
repetían ciclos cada vez más complejos, acaso como un temblor
sinfónico. Es más fácil notar la agudeza en las mujeres mayores,
pero en las mozas resulta ser tan sutil que pareciera que nunca les
haría falta cultivarle de modo alguno. Ella, cuyo nombre por cierto
nunca pregunté (tampoco ella indagó el mío), de repente me hablaba
entre esa sonrisa que le viera desde el principio. ¿Es su primer
viaje? Me dio la impresión de que podía aconsejarme cosas bastante
evidentes y aun las que me fueran insólitas también me las podía
referir en pos de un vuelo apacible; y a este respecto lo mío estaba
más en no parecer tan ignorante, que en aprender de lo que no
conocía. Acepté mi propia respuesta con el mismo humor de la
muchacha. Justificando mis nervios entonces, ella me confesó que
siempre el despegue se le figuraba lo más dramático del viaje. Era
sin duda una advertencia propia, porque dejó ver, mientras recogía
su sonrisa en un gesto encantador, que iba
a necesitar
de mí para pasar el trance.
Acomodar
todos los bolsos de mano demoró mucho, la verdad, y requirió de un
azafato diligente e imaginativo para que por fin esas cosas
estuvieran adentro. Era de suponer que en los otros tramos del avión
los demás estuvieran en la misma tarea. Lo que me hizo recordar que
apenas en la entrada, tras las cortinas descorridas, estaban los
asientos de primera clase. Ni siquiera los determiné mientras fui en
procura de mi puesto. Seguramente los bolsos de mano en ese tramo
ofrecían otra clase de resistencia, aunque no menos azarosa que el
arrepentimiento o el remordimiento de una desmemoria generalizada.
Este
azafato mostró siempre una habilidad de la que el mismo solía
ufanarse. Requiriéndole aquí y allá, incluso en los otros tramos
del avión, iba y volvía hasta que, finalmente, mereció su propio
elogio a viva voz. Me pareció que dijo algo como que si a él se le
pagara por ser un acomodador eficaz se haría millonario. Cuando a
alguien se le paga por lo que hace ya no tiene necesidad de hacerlo
nunca, el retiro sería desde el principio, y las jubilaciones se
prorrogarían para otra clase de competencia, dadas aparte y apenas
por gusto. Las miles de veces que habrá completado una Sixtina en
las bóvedas de los aviones, que al final se le deshace sin ningún
despecho, antes o después de cualquier Apocalipsis.
Por
fin todos los pasajeros estaban en su sitio. Una revista de la
tripulación corroboró los cinturones de seguridad. Después de lo
cual, ellos también se recogieron en su vértice. Los motores se
podían escuchar vivamente. La muchacha intercambiaba una mirada de
vez en cuando conmigo, pero ninguna palabra dejaba traslucir. Sin
duda había cierto apremio que iba más allá del despegue. Me di
cuenta de que detrás quedaban amigos de toda la vida y hasta
parientes entrañables que quizá no volvería a ver. Estaban las
costumbres de sus abuelos del otro lado. Del otro lado quizá
descendientes suyos. De seguro ella imaginó cómo iban a ser sus
vacaciones en adelante o cuánto le iba
a atarear
los relatos de su origen. Quise decirle algo, algo de gente mayor,
pero sabía que callar era un ritual necesario y propicio para ella.
Vi que de alguna manera interpretaba mi silencio como un sabio
consejo dicho al oído, y entonces calló con cierta serenidad
también.
Mi
primer viaje abría un horizonte desde el cual pude vislumbrar todos
aquellos atlas de mi infancia (cuando demoraba días enteros en
repasar fronteras y ríos innombrables). A punto del despegue, supe
que ya era un oráculo bastante lúcido para determinar estas
reminiscencias. Y luego supe que al fin iba
a ser,
mucho más que un oráculo, un viajero audaz que arrostraría con
entereza y tino los riesgos de cualquier mitología. Rezar era la
sincera recomendación de la tierra; rezar antes de ir al cielo. Me
acordé de mis horas de catecismo en una iglesia de muros encalados
bajo el sol. Fue lo que me recomendara una mujer devota y venerable,
pues supo, desde el mismo momento, que el viaje lo iba
a hacer
de verdad. Entonces un padrenuestro, como el pan nuestro de cada día,
vino de mi memoria, palabra por palabra, hasta que el "así sea"
al fin fuera mucho más que ese remate para cualquier propósito
ordinario.
El
aparato se movía por la explanada, procurando su posición en la
pista. Entonces ninguna referencia desde adentro podía darnos una
idea comprensible de las cosas inamovibles de afuera. Vi las
sucesivas ventanas como abstracciones de luciérnagas y noche. Pude
imaginar el mar Caribe allí, en algún lugar del Caribe.
Sobrevolaríamos sus aguas casi al amanecer. Los motores
arremolinaban el aire para conseguir al fin esa misma levedad con que
el aire entra en las turbinas. Era el despegue. Lo sabíamos todo.
Algo se escuchó por los parlantes, sin duda el anuncio necesario. El
avión aceleró en pos del vuelo.
Los
motores pregonaban la proeza mientras ésta se daba milagrosamente.
De repente las ruedas ya no tocaban ese suelo donde a gatas se
aprendiera a caminar. De repente íbamos al cielo. Me sentía de
pronto como una estrella regente, cuyo retorno al fin se daba. Ya a
salvo de mi propio egoísmo, pude volver a mi vecina. Vi su rostro
contraerse. Sus ojos se cerraban como para ese sueño breve dentro
del cual se sueña despertar algún día. Todos estábamos en el
aire. La perplejidad cotidiana de la tripulación debía saber cuáles
eran los comandos precisos. Las primeras dos horas eran como estar en
una sala de espera, tan inmaculada. Había la profilaxis que se nos
dotó en un sobre de plástico. Mantas y me parece que una almohada
muy pequeña. El silencio era notorio y comprensible al mismo tiempo.
Ya no tanto por las emociones, sino más bien por lo que una siesta
no pudiera conciliar. Supongo que la muchacha soñaba a mi lado y que
todos los demás por lo menos intentaban dormir un poco. De vez en
vez alguien se levantaba en busca del baño y luego volvía a su
lugar como si lo hiciera a tientas. Ese recinto estrecho y elemental
parecía infundir cierto aliento a sus visitantes. Cabe imaginar que
ver el sumidero del agua en el excusado ofrecía una señal
inequívoca de que el mundo afortunadamente seguía igual.
No
sé cuando llegó la comida, desde luego tuvo su anuncio, pero decir
exactamente si fue antes de que la tripulación precisara cierta
posición en el espacio y en el tiempo, sería una temeridad. No
recuerdo si primero escuchamos que íbamos a miles de pies de altura,
con una temperatura de cincuenta grados bajo cero o si primero la
vajilla tintineaba como un cencerro pastoril. No recuerdo si luego de
hacer escuadra geodésica en algún punto de Nueva York, de repente
eramos unos comensales transatlánticos, que, de repente, tenían que
escoger entre ternera y pollo. Yo como un pastor de las serranías
elegí ternera. Comer no era algo desconocido para mí, hasta tenía
cierta pericia ganada por años. No obstante, la muchacha notaba que
la comida era como una especie de souvenir espacial para mí. Igual
debo reconocer con sinceridad que me resultó un pábulo sustancioso
y de buen gusto. Bromeamos sobre el dilema del menú, mientras
hacíamos el honor en cada plato. Azafatas y sus pares lidiaban con
esos carritos por el pasillo, sirviendo y recogiendo cosas, siempre
sonrientes como en un bazar de cuentos de Hadas. Luego de comer y
recoger las sobras, la muchacha se echó la manta sobre sí, dijo que
hacía mucho frío, y trató de reconciliarse con el sueño; de veras
no le costó mucho, ni siquiera echó de menos a sus padres. Yo hice
lo que toca al vigía, y fui detallando como desaparecían los
caminantes tras la calma de todos y como de a poco el silencio
proliferaba en las últimas palabras. Para entonces ya habíamos
sorteados leves turbulencias, justificadas por los molinos del
Caribe. Nadie imaginaba algo mayor de lo vivido hasta entonces. Quizá
era sólo un aterrizaje por venir; sin duda que al aterrizaje le
tienen siempre por una colisión controlada desde el principio. No
podría explicarse del mismo modo un despegue. Otra sería la
imaginación para ese acontecimiento contrario.
De
cualquier manera, el resto de esa travesía resultó ser más bien
accidentada. Lo que es más, había una turbulencia tras otra. Apenas
cuando un vacío iba aquietándose en su fondo, venía otro azote de
repente que borroneaba la calma anterior. De pronto se llenaban los
ojos despabilados como si se colmaran las ventanas, y de pronto se
podía intuir las respiraciones ajenas como si en conjunto
proviniesen del capitán. Sin tener un precedente del que sospechar
maniobras, temblores ni sosiegos, me parecía que el avión lo
soportaba todo muy bien, sin duda porque fue hecho para sufrir esos
rigores a diario. Por decirlo así, estaba preparado incluso para
caerse. No podía suponer apreciaciones desfavorables frente a un
fenómeno que por nuevo era suficiente para mí. Debía ser aquello
normal y punto. Por supuesto, debo confesar que la normalidad era lo
que mejor me convenía. Así que mientras ese viaje inquietara a la
tripulación, yo siempre tenía que sostener cierta ecuanimidad, pues
sí, aquélla que sólo puede darse naturalmente cuando se está a
punto de nacer. Otros eran mis miedos. Tenía miedo a desmayarme bajo
la delgada manta, o, más bien, tenía el fundado miedo de dormirme
mientras un sueño en blanco se aglutinara con picotazos exteriores.
La muchacha dormía profundamente. Los demás se contentaban con
seguir en sus puestos, excepto una dama que se levantó para contar,
a quien pudiera escucharle, que esto de los aviones nunca le había
sentado bien. Algunos le calmaron con estadísticas que no disuaden a
nadie, justo cuando por superstición son convocadas en el cielo. La
mujer decía que era sólo un sacrificio por sus hijos, y que la
frecuencia de ese sacrificio la hacía cada vez más sacrificada,
pero siempre igual de inquieta. Iban y venían del baño, unos y
otros, por naturales contingencias o, tal vez, para que el sumidero
del excusado les siguiera demostrando los visos de una realidad.
Un
vigía tan atento como lo fui, tiene muchos abismos de aburrimiento.
Sin embargo, desde el principio había tantas esperanzas fundadas en
el viaje que podía seguir con los ojos abiertos y preclaros, sin
necesidad de que mi mente se abrumara con certidumbres ni fantasías.
En unas horas estaría en Madrid, una ciudad en la que siempre pensé
que llegaría algún día. Mucho antes del viaje escribí este
comienzo: "Vengo de un país del que nunca he salido." Ni
siquiera me puse a pensar en que mi patria era una frase, escrita muy
joven, y que recién entonces trascendía todos sus límites.
Tras
horas calculadas, al fin se ve Madrid. El avión maniobra para
encarar la pista y se puede apreciar al través de las ventanillas
una luz turbia, aunque brillante. Árboles aguerridos parecen arañar
la neblina, es lo que más recuerdo de ese horizonte que iba
cabeceando como un sueño. Los altavoces anuncian detalladamente lo
que ocurre y lo que ocurrirá en breve. Todo el mundo, sin
desabrochar sus cinturones, se incorpora en sus puestos como si
hubieran escapado de una mortificación necesaria. La muchacha se
alegra y me lo hace saber como un secreto compartido. Sus ojos le
brillan, pero ahora de un modo muy diferente; y por fin busca a sus
padres con la mirada. Le hago notar que no le teme tanto al
aterrizaje como al despegue. Suelta una risa y dice simplemente que
no es igual.
Un
día de por medio en Madrid, antes de coger el siguiente vuelo a
Frankfurt du Main, me decía. Y entonces ya llegaba al invierno
septentrional, o sólo era el mismo invierno que había venido
conmigo desde el sur. Lo iba
a saber
dentro de poco, cuando por encima de cualquier cosa yo tuviese que
sobrevivir a un mundo por descubrir. Ya sonriente, sin pesadumbres
arraigadas por años, sentado como corresponde ya que no en la
posición de loto, esperaba lo que venía con cada segundo. Era la
primera llegada y la primera sonrisa de esa llegada. Ya tendría poco
más de 23 horas para el próximo impulso.
El
aterrizaje fue suave como el de una pluma; apenas se sentía el
transito sobre el pavimento. Podía ser que todas aquellas oraciones
estratosféricas evitaban cualquier precipitación brusca. El aparato
por fin encontraba sosiego en tierra. Se detuvo y en seguida se
dieron las instrucciones pertinentes por los altavoces.
La
Capilla Sixtina se desmontaría, creo que sin despecho de su Miguel
Ángel. La muchacha sólo podía hablar de lo difícil que fue el
despegue o de alguna irrelevante pesadilla que le distrajera el
viaje. Por lo demás el aterrizaje le sentaba de maravilla y se
notaba que ya quería saludar a sus abuelos y primos. Después de
aterrizar, todos iban sobreponiéndose como si el mismo trance los
hubiera purificado de algún modo. Por doquier había muchos
murmullos sobre una travesía que al parecer fue muy tormentosa. De
repente era muy cómodo figurarse que todas aquellas turbulencias
hubieran retorcido el aparato como a una grulla de papel. Justo lo
supe cuando los más curtidos viajeros se aliviaban de haber llegado
con vida. Un viaje nada normal, después de todo. Los pasajeros
ampliaban, quizá con demasiada heterodoxia, esa concepción de
"normalidad" que normalmente la gente tiene de este mundo.
Otros iban al sumidero antes de bajarse como para convencerse a sí
mismos. Por fin el avión estaba en tierra, eso sí, inmóvil como si
no se hubiera de mover en adelante. Sólo quedaba salir de él, como
si se saliese de un museo, como si se saliese de un DC 3 consagrado
al puente aéreo berlinés.