
—Es
del vasto reino de los Artrópodos, con algunas de cuyas criaturas
habrán lidiado de vez en cuando. Hexapoda, que tiene seis patas.
Díptero, que tiene dos alas. De la familia Drosophiladae. Del género
Drosophila. Especie Melanogaster. He aquí, pues, la pequeña mosca
de la fruta, como le conocemos normalmente. ¿Por qué la Drosophila
Melanogaster, cuando los guisantes ya daban buen caldo? Si han leído
lo que les he mandado a leer, sabrán que esa pregunta tiene una
respuesta evidente. Por otra parte, su manipulación resulta muy
práctica en todo el proceso. Tiene un ciclo biológico de unos 12
días. Su dieta es sencilla, como se imaginarán. Qué dije de comer
en clase... Por favor... Bueno, consta apenas de 4 pares de
cromosomas, que pueden notarse en las glándulas salivares de las
larvas. Y, lo que nos interesa mucho, la especie es capaz de una
diversidad de mutaciones que se aprecian inequívocamente, a través
de varias generaciones. El ciclo biológico consta de cuatro etapas
diferenciadas. El huevo, que al trasponer el oviducto será
fertilizado en la placa vaginal, donde el macho deposita su esperma.
La larva, que después de la eclosión del huevo se alimenta
vorazmente. La pupa que se pegará a una superficie seca hasta que se
convierta en el imago
o individuo adulto. Las hembras tienen un abdomen puntiagudo y más
grande, con una sucesión de anillos oscuros. Los machos tienen un
abdomen redondeado, pequeño, con anillos que se fusionan aquí.
Estos cuentan, en el primer segmento tarsiano, de un apéndice
quitinoso que es conocido como el peine sexual.
Normalmente la Drosophila Melanogaster es de un color amarillo
pajizo;
sus ojos normalmente son rojos y muy redondos. Sus alas tienen cierta
nervaduras y el borde, redondeado, normalmente se estrecha aquí. No
se agiten, muchachos, ya tendremos la oportunidad de verificar la
clase al microscopio. Hay una especie de púas quitinosas como se ven
en el perfil de la lámina, se les llama quetas. En fin, las
mutaciones se descubren, como ya saben, en todo el fenotipo, pero son
de mayor interés aquéllas que, además de ser muy obvias, se
podrían seleccionar y combinar con facilidad. Nosotros trabajaremos
con las mutaciones presentes en sus ojos, que van de los ojos más
claro, sin pigmentación, a la de los ojos más oscuro, pasando por
distintos grados de coloración. Hay otras muy evidentes en las alas,
cuando son enroscadas, atrofiadas de algún modo o con variantes en
las nervaduras. Desde luego las mutaciones son transmisibles a los
descendientes.
Ya pueden sentarse. A partir de la semana que viene, no entrará al
laboratorio quien no haya traído la bata rotulada con su nombre. Así
que de nada servirá que se busquen cualquier otra a última hora.
Para la siguiente clase uno de ustedes, y ya veo que la alumna
Antonieta…
— ¿Yo?
—Sí,
usted, señorita, que por lo que se ve no deja de repasar sus notas.
Usted
nos va traer un primer cultivo, del cual vamos a seleccionar las
distintas sepas de nuestro estudio. Preste atención. Tomará un
frasco de vidrio, como de este tamaño, lo lavará muy bien, y
colocará adentro trozos de frutas. Al cabo de cierto tiempo
aparecerán las moscas, no por generación espontánea como ya
sabemos. Así que cuando la población sea numerosa, cubrirá el
frasco con esta gasa estéril que le doy, asegurándose de que no se
abra. Lo traerá el lunes y en otros frascos, con una levadura
especial, procederemos a cruces particulares. Se van a seleccionar
hembras y machos según ciertas proporciones.
—Pero
cómo agarrar las moscas sin matarles, profesor. Sólo moscas muertas
he podido ver con mi lupa.
—Entonces
su curiosidad, caballero, no es más amplia que su lupa.
—Quiere
decir, bobo, que sólo así puedes ver.
—Mira
tú, cómo quien no dice nada, y eso que eres una mosquita muerta.
—Silencio.
Silencio. Por favor. Hay dos formas de narcotizar a las mosquitas de
modo que se puedan manipular bajo ese estado. Con anhídrido
carbónico y con éter. Esta última sustancia es la que utilizaremos
nosotros.
—Profesor,
¿hay que traer el cuestionario resuelto para la próxima semana?
— ¿Piensan
que después de esta clase los cuestionarios quedarán en blanco? De
la página 22 a la 27. ¿Alguna otra pregunta?
— ¿Cómo
sabremos si los hijos ya tienen padre?
—Silencio.
Silencio. Sí. Es importantísimo que las hembras sean vírgenes,
de modo que los cruces estén garantizados según la línea parental
y así en las generaciones siguientes. ¿Cómo lo sabremos? Se
preguntarán todos. Vamos a escoger las hembras antes de su
maduración sexual. Cuando estén en la etapa de pupa o más bien
cuando no hayan alcanzado todavía la coloración de su estado
fecundo. Pero no se me adelanten, que los detalles, a su tiempo, se
les averigua mejor.
— ¿Para
qué pides ese frasco, Anto? Una pecera, ¿verdad?
—Es
para un experimento de biología.
—Ah,
el de la mosquita, claro.
— ¿Cómo
les fue a ustedes?
—Eso
fue el año antepasado. Apenas recuerdo que pasé, y ahora veo que es
un bonito recuerdo. Escogimos moscas, o algo así, como quien escoge
guisantes. Son impresionantes los ojos de esos bichos. Al microscopio
todo luce impresionante.
— ¿No
recuerdas más?
—Quien
sabe más de esa clase es el que le tocó llevar el frasco. Ah, pues
sí, luego me dices cómo les fue a ustedes. No creo que Sansón
tenga energía de explicarlo tantas veces. Por eso siempre el frasco
para otros...
—Aquí
tiene, señorita.
— ¿Cuánto
es?
—No
se preocupe. Todo sea por la ciencia.
—Muchísimas
gracias.
—Gracias.
¿Por qué no me pediste ese frasco?
—Supongo
que debía conseguirlo vacío. Es sólo un frasco vacío. Se puede
conseguir en cualquier lado.
—Tienes
razón.
—Pero
éste está muy lindo, ¿verdad?
—Pues
sí. Parece una pecera, ya te dije. Pero déjame ayudarte con eso.
—Gracias.
Este
silencio ya repite lo que me dirá. Es inminente que lo sepa, que me
lo haga saber.
—Ya
conseguí la casa, Antonieta.
— ¿De
qué casa hablas?
—Los
padres de un amigo mío, que son odontólogos, estarán cinco días
en un tal congreso. Así que ya tenemos un lugar para estar juntos.
Ya ves, no hay que esperar a la muela del juicio.
— ¿Cómo
se te ocurre que puedo relajarme sobre las sábanas de otras
personas? No estamos preparados todavía, además... Dame más
tiempo, por favor.
— ¿A
qué tiempo te refieres? Ah, sí. Seguir sólo con besos que no
llegan a nada.
—Pero,
¿cómo dices nada? Entonces, ¿es nada lo que sentimos, lo que nos
junta cuando nuestras bocas se juntan?
— ¿Y
qué crees que sería lo que nos junte de un modo más profundo, algo
menor a lo que ya das un poder sobrenatural? Por supuesto que para mí
son importantísimos los besos; vienen porque ya estamos encaminados.
— ¿Me
puedes acaso obligar a lo que sólo por gusto puede gustarte?
— ¿Puedes
acaso privarme de un gusto que no te atreves a disfrutar? Vamos. ¿Por
qué insistes en que tu propia mortificación me lastime?
Callaré
hasta que vuelva preguntar. Entonces sabré de sus intenciones.
Entonces conoceré mi propia pregunta.
— ¿Qué
dices? Será sólo un rato... Un rato que nos unirá más, eso sí.
— ¿Cuánto
durará perder la virginidad? Supongo que para ti será un rato.
— ¿Te
hace más mujer conservar tu himen?
— ¿De
qué himen hablas, cuando ya no recuerdas a quienes ya olvidaste? Sí.
Tienes razón; puedo enorgullecerme de que me pidas lo que ya tú no
puedes darme, por eso te lo daría de verdad, hasta para compensar tu
falta.
— ¿Me
recriminas un pasado que tú me hiciste olvidar con devoción?
— ¿Me
recuerdas que este porvenir lo impone precisamente ese pasado?
— ¿Así
que todo proviene de mi pasado, hasta del pasado de mis abuelos? Es
eso, ¿verdad? Por lo visto no puedo apelar a mis propios deseos, que
ahora me abrasan de verdad.
— ¿Deseas
más de lo que amas? Si es así, no me amas de verdad.
—Te
amo. Te lo he demostrado de todos los modos posibles.
—Menos
del modo que deseas,
¿eh?
— ¿Me
llamas egoísta, entonces? Acaso no te convido al mismo sueño. No a
dormir conmigo, sino al mismo sueño.
—Tanta
insistencia me acobarda. Así no podré dar ningún paso con mis
piernas.
—Tanta
huida me vuelve un temerario. Así no podré seguir tu paso. No me
perdonaría lastimarte. Puedes esperar a otro, estás en tu derecho.
—No
es por otro que te hago esperar. Espero por ti, tontico. No te
adelantes, que espero por ti.
—Los
padres de mi amigo vuelven en tres días. Tú decides. Una
oportunidad igual no la tendríamos en un colchón propio, y lo
sabes.
— ¿Me
das un ultimátum? ¿Es con esos términos que amas?
—No
sé de qué hablas. Amarte desde lejos o apenas tocándote como una
flor me ha deshojado mucho. Tal vez por eso pienses que ya soy un
desalmado.
— ¿No
pueden mis labios aliviar lo que agravan?
—Sí,
por cierto. Será un ratico. Aquí, a la vuelta. Nadie nos vería, y
así puedo esperar otras semanas.
—Dame
el frasco. ¿Ves, bruto, cómo son todos los hombres? Tienen el
cuerpo metido en ese lugar del cuerpo. Si tuvieran la misma
sensibilidad que los conmueve, pedirían perdón por ser así.
—Si
pidiéramos perdón, como dices, no lo mereceríamos de ninguna
manera. No tiene caso discutir más. Mi amor por ti ya no me pondría
palabras amables. En este punto, mi despecho te haría menos daño,
mucho menos del que me hace a mí. Adiós.
No
lo dice en serio, pero la urgencia es verdadera, y yo ya no me podría
enamorar por primera vez. ¿Qué podría perder si no lo pierdo a él?
La virginidad no ha sido una conquista propia, en cambio perderla con
el primer amor es una ganancia que no tiene segunda ocasión en el
mundo. Él mismo ya no podría ofrecerme lo que tome de mí. El
rastro es mío y de nadie más.
—Espera.
— ¿Debo
esperar como antes?
—Espera
dos días. En dos días.
Es
increíble que en apenas unas horas tuviera una colonia así. Deben
estar durmiendo. Es tan tarde. Es medianoche. Ya estoy lista. Sólo
falta que amanezca, que se haga de noche otra vez y que vuelva
amanecer. Entonces me vestiré como nunca, acaso porque voy a
desnudarme frente a quien lo convoca el mismo propósito sagrado. ¿Y
si ocurre que duele, que no puedo soportar el dolor, y entonces lo
que iba
a darse
se trunca de pronto? Me afligiría mucho que el dolor me paralice en
el sitio escogido, o que me empuje sólo a placeres ajenos. No habrá
rudezas, me lo prometió. Algo de su pasado es tierno. Lo único rudo
será la espera, tal vez un insomnio que me espabile hasta que pueda
despertar con él. El trance en sí mismo no debe durar mucho para
compartirse a partes iguales. Tal vez un poco más que el de las
moscas. Este lunes también tengo que llevar el frasco. Entonces
habrá millares de huevos por doquier. La cópula es breve y la
brevedad se disemina en estos huevos. ¿Y si quedo embarazada? Sería
algo muy complicado, por cierto. No puedo quedar embarazada. Según
los días de mi ciclo, no estoy ovulando. ¿Y qué sabes tú si
dentro de lo que sabes hay un ovario prolífico? Soy virgen, y las
vírgenes son propensas a quedar encinta, siendo la primera vez un
buen comienzo. Ambos somos imagos, tenemos ya la coloración de
nuestra madurez sexual. Las alas de nuestro amor ya se han extendido
en su lozanía. La luna sigue orbitando nuestras cabezas, y para
cuando entregue este frasco de vidrio ya habrá dentro de él un
nuevo comienzo que veremos repetirse con diversidad de mutaciones.
Después de la clase de biología, entonces el encuentro. Dime: ¿qué
es lo normal aquí? Los ojos rojos, supongo. Los que ven por nuestros
ojos, supongo. Ah, esta tardanza... estas mismas dudas, que seguirán
hasta el momento oportuno, me parece que ya influyen en la especie.
De seguro alguien se le ha concebido según estas demoras; en una
remota cueva; bajo un puente de piedra; en el pescante de un coche
del siglo XVIII, entre germinales cerezos que ya son centenarios.
Quizá yo y mi vigoroso amante por separados corregimos nuestras
propias ansias, hasta el punto de nacer para ellas y para todo lo
demás que nos junte o nos separe. Y todavía faltan unas cuantas
horas para la cópula. En dos días nacieron los de antes, en dos
días nacerán sus descendientes. Si tanto me preocupa una prole, que
sea la que de mí provenga. Concéntrate en el acto venidero, el que
vas a consumar con tu novio. Ése es el que te incumbe ahora. No
importa que quedes embarazada, pues estoy dotada de esta misma
facultad que me trajo al mundo. Pero, ¿y si quedo embarazada? Tengo
15. Será un escándalo. Un Orfanato terminará de parir a mi hijito.
Nadie me perdonará; ni siquiera él, cuando el perdón, como el
feto, tendría nuestros genes compartidos. Nacerá con la mitad de su
patrimonio y con la mitad de mi matrimonio.
No.
No. No. Si la virginidad me ha conservado hasta ahora, procuraré
conservar lo que ella hubiera conservado para siempre. Me lavaré una
vez acabe todo. Ah, sí. Más bien por anticipado pondré mi
maternidad de excusa. Sí. Tal vez eso lo disuada, que el producto
del acto sea lo que obstaculice el mismo acto. ¿Y tú crees que en
esa situación, ya desnudo los dos, hay pudor por donde devolverse?
Cualquier freno será un acicate. Cualquier beso de despedida me
tomará cautiva. Y si escapo, me repudiará. Para salir de mi promesa
tendría que quebrarle las bolas en los dos sentido que implique su
despecho. ¿Por qué le das tantas vueltas? Entregarse reforzará los
lazos del amor. Ya no estoy segura de que su embeleso perdure después
de que me haya desflorado. La virginidad es el mejor afrodisíaco
para los hombres... y después necesitan artificios que los alejan
cada día.
—Hija...
¿Estás despierta?
—Miraba
el frasco. Creí que la gata...
—Ay,
hija...
— ¿Qué
pasa, mamá?
—Una
tragedia. Acaba de morir la tía abuela.
—Qué
dices.
—Llamaron
del hospital. No sé, no entendí muy bien. Un paro.
— ¿No
había venido para curarse? ¿No decían que estaba bien? Entonces,
¿para qué le trajeron?
—Yo
también pensé que era mejor dejarla donde había vivido toda su
vida...
—Ya,
mamá.
—Cómo
puede pasarnos esto.
Tus
lágrimas, madre, me conmueven hasta el llanto. Yo que iba
a llorar
de felicidad me ahogo antes de llegar al agua bendita.
— ¿Le
velarán en la sierra? ¿Tendremos que irnos ya?
—No.
Ya dispuse todo para que sea aquí. La prepararán lo suficiente para
que lleguen todos.
— ¿Aquí?
¿Hasta que lleguen todos?
Esto
igual es grave. Su muerte es grave; lo que la mató sólo es grave
porque su muerte es grave. Estar de luto ahora, cuando todo se
aclaraba.
—Ya
la traen. No hubo necesidad de autopsia.
Y,
sin embargo, me han abierto para eso.
Cree
que saco partido del luto. Se imagina que le telefoneé para no darle
la cara. Ya me dijo que no habrá prórrogas. Cuando los amantes
hablan de plazos es que su amor tiene un límite desconocido. Pero,
¿acaso la muerte no nos demuestra ahora que hay que apresurar la
vida? Quiero ir; ya estoy decidida. No tengo que convencerme de lo
que ya estoy segura. Pero, por otro lado, no puedo abandonar el
velatorio. Apenas conocí a la finada, es verdad. Era tan vieja que
no me explico tanto alboroto. Deberían darle vivas como no le dieron
mientras vivió, y sepultarla sin más. Con el perdón de su memoria,
no tengo que recordarle para siempre, y la tendría que recordar
precisamente así, para siempre, si olvido el compromiso con mi
novio. No es justo que tenga que llorar por una muerte que me hace
daño y que ya aborrezco. Si salgo sin justificación alguna, se me
indagará hasta que el silencio me avergüence. Si puedo escapar...
Si vuelvo alegre, tendré que disimular mi alegría con tantas
lágrimas que al cabo todas ellas amargarán mi gozo. No importa que
la sazón del mundo acrecenté mi caudal. Iré. Me escaparé, a la
vista de quienes me persigan o me repudien. Ah. Si me quedo, como la
mayor de las dolientes, a mi dolor le pondrán un nombre muy
distinto, sin saber que es el mío. Estaré a la cabecera de un duelo
que me amordazará con mortajas ajenas. ¿Qué decido en esta
encrucijada? El amante no es menos cruel que la difunta, pues con
toda su virilidad exige lo que sin vigor ella ha conseguido. Qué
hacer. Correr a sus brazos, desde luego. Salir por la ventana. Llevar
el luto como máscara y así escurrirme con feliz astucia. Mejor
llevar ropa aparte, pues me desnudaré sin malos agüeros. Ah, pobre
de mí, estoy atrapada en mis impulsos. Decidida, pero sin poder
decidirme aún. Pregúntale al frasco de vidrio, ya no está vacío
como antes. Qué hacer. Echar andar el frasco, vuelta y vuelta, hasta
el borde de la mesa... La mesa ciertamente tiene un borde del que he
visto caer otras cosas, y la circunferencia del vidrio no acaba
nunca. Si se puede imaginar un sistema infinito, va ocurrir entonces
que ni empieza ni termina lo que abarca todo, e incluso la misma
imaginación sería suficiente para que no se complete nada, ni más
adentro ni más afuera. Cualquier punto entonces siempre estaría en
el medio de esa vastedad. Esa mitad universal sería el ángulo de
cada ángulo, en tanto es el ombligo de lo que tenga ombligo. Es como
si nada naciera nunca. Por eso tenemos la impresión de que una cosa
se repite de muchos modos, y que hay los modos de recordar algo que
requiere cierto esfuerzo que no se puso para olvidarle. Por eso se
dice que hay fuerzas escalares u otras mínimas. No es que haya una
similitud posible, sino, más bien, el umbral es el mismo para todo.
Por eso las paradojas. ¿Cuál sería la explicación más simple?
¿No sería acaso la que lo explique todo? Por eso nos eclipsan
nuestras dudas. Fíjate, la estrella que vemos en una galaxia
distante no me desgarra en el mismo centro donde puedo romper este
telescopio ahora, y, sin embargo, ocurre lo que no tiene modo ni
espacio ni tiempo ni otras dimensiones para ocurrir. Yo estoy con mi
amante, aunque una indecisión nos repele el uno del otro. Mi vagina
está donde está su pene. Alégrate de eso. Pero ¿qué pasa si no
pasa nada? Lo que es más, que pasa si nada existe; si existe nada.
Adónde dejas la nada, niña, ya que también la mencionas tanto. Ah,
la nada, porque cierta nada pasará para cuando lo decida todo. Cómo
crees que algo menor se me iba
a olvidar.
La nada existe sólo porque no es.
Ella
recrea en sí misma lo que no existe. Entonces otra vez lo que
percibimos, tal cual lo creemos percibir, la estrella en una galaxia
distante; el telescopio roto en mi habitación; los ojos, normalmente
rojos...
Entonces él, mi amante, del otro lado del teléfono, reclamándome
que es mi novio, al tiempo que ya deja claro que no lo será, y
simplemente si se repite lo que nada existe. Otra vez aquí. Todo
separado. Otra vez el insomnio. Otra vez el velorio venidero. Otra
vez su pene en su pene. Otra vez mi vagina en mi vagina. Otra vez
estoy a punto de decidirme. Sin embargo, otra vez y siempre la mitad
de las mitades en todos los puntos. Ahora que estoy más decidida que
nunca, no puedo avanzar más. El mundo es como es; la nada, como
existe. Sí, con estas relaciones, tal vez incestuosas, hay algo en
lo efímero que siempre
nos
recuerda la eternidad. Dejemos que el frasco ruede. Rodará hasta el
borde de la mesa. Tal vez nunca caiga al suelo. Tal vez los huevos
sigan con sus padres, en cada vuelta preservada. Disfrutemos de esta
licencia que no se agota aún, porque aún no me decido y el dilema
es doble y por lo mismo cuádruple, y de otras dieciséis vertientes,
256 por 256... Si se rompe el frasco, es que mis esperanzas son tan
frágiles. No temas, Antonieta. La fruta volverá a reunir el jardín,
y la Drosophila
Melanogaster
no notará ningún cambio, ni que lo transmita a sus descendientes;
ni que coma sobre astillas de vidrios las frutas prohibidas. Invictas
criaturas. Vuelta y vuelta. No tengo que decidirme mientras todo
gire. Podría pasar la vida en esto, y nadie podría culparme. Somos
como moscas, dirán, pero con otros pares de cromosomas.