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viernes, 4 de octubre de 2019

DROSOPHILA MELANOGASTER




—Es del vasto reino de los Artrópodos, con algunas de cuyas criaturas habrán lidiado de vez en cuando. Hexapoda, que tiene seis patas. Díptero, que tiene dos alas. De la familia Drosophiladae. Del género Drosophila. Especie Melanogaster. He aquí, pues, la pequeña mosca de la fruta, como le conocemos normalmente. ¿Por qué la Drosophila Melanogaster, cuando los guisantes ya daban buen caldo? Si han leído lo que les he mandado a leer, sabrán que esa pregunta tiene una respuesta evidente. Por otra parte, su manipulación resulta muy práctica en todo el proceso. Tiene un ciclo biológico de unos 12 días. Su dieta es sencilla, como se imaginarán. Qué dije de comer en clase... Por favor... Bueno, consta apenas de 4 pares de cromosomas, que pueden notarse en las glándulas salivares de las larvas. Y, lo que nos interesa mucho, la especie es capaz de una diversidad de mutaciones que se aprecian inequívocamente, a través de varias generaciones. El ciclo biológico consta de cuatro etapas diferenciadas. El huevo, que al trasponer el oviducto será fertilizado en la placa vaginal, donde el macho deposita su esperma. La larva, que después de la eclosión del huevo se alimenta vorazmente. La pupa que se pegará a una superficie seca hasta que se convierta en el imago o individuo adulto. Las hembras tienen un abdomen puntiagudo y más grande, con una sucesión de anillos oscuros. Los machos tienen un abdomen redondeado, pequeño, con anillos que se fusionan aquí. Estos cuentan, en el primer segmento tarsiano, de un apéndice quitinoso que es conocido como el peine sexual.1 Normalmente la Drosophila Melanogaster es de un color amarillo pajizo2; sus ojos normalmente son rojos y muy redondos. Sus alas tienen cierta nervaduras y el borde, redondeado, normalmente se estrecha aquí. No se agiten, muchachos, ya tendremos la oportunidad de verificar la clase al microscopio. Hay una especie de púas quitinosas como se ven en el perfil de la lámina, se les llama quetas. En fin, las mutaciones se descubren, como ya saben, en todo el fenotipo, pero son de mayor interés aquéllas que, además de ser muy obvias, se podrían seleccionar y combinar con facilidad. Nosotros trabajaremos con las mutaciones presentes en sus ojos, que van de los ojos más claro, sin pigmentación, a la de los ojos más oscuro, pasando por distintos grados de coloración. Hay otras muy evidentes en las alas, cuando son enroscadas, atrofiadas de algún modo o con variantes en las nervaduras. Desde luego las mutaciones son transmisibles a los descendientes.3 Ya pueden sentarse. A partir de la semana que viene, no entrará al laboratorio quien no haya traído la bata rotulada con su nombre. Así que de nada servirá que se busquen cualquier otra a última hora. Para la siguiente clase uno de ustedes, y ya veo que la alumna Antonieta…

— ¿Yo?

—Sí, usted, señorita, que por lo que se ve no deja de repasar sus notas. Usted nos va traer un primer cultivo, del cual vamos a seleccionar las distintas sepas de nuestro estudio. Preste atención. Tomará un frasco de vidrio, como de este tamaño, lo lavará muy bien, y colocará adentro trozos de frutas. Al cabo de cierto tiempo aparecerán las moscas, no por generación espontánea como ya sabemos. Así que cuando la población sea numerosa, cubrirá el frasco con esta gasa estéril que le doy, asegurándose de que no se abra. Lo traerá el lunes y en otros frascos, con una levadura especial, procederemos a cruces particulares. Se van a seleccionar hembras y machos según ciertas proporciones.

—Pero cómo agarrar las moscas sin matarles, profesor. Sólo moscas muertas he podido ver con mi lupa.

—Entonces su curiosidad, caballero, no es más amplia que su lupa.

—Quiere decir, bobo, que sólo así puedes ver.

—Mira tú, cómo quien no dice nada, y eso que eres una mosquita muerta.

—Silencio. Silencio. Por favor. Hay dos formas de narcotizar a las mosquitas de modo que se puedan manipular bajo ese estado. Con anhídrido carbónico y con éter. Esta última sustancia es la que utilizaremos nosotros.

—Profesor, ¿hay que traer el cuestionario resuelto para la próxima semana?

— ¿Piensan que después de esta clase los cuestionarios quedarán en blanco? De la página 22 a la 27. ¿Alguna otra pregunta?

— ¿Cómo sabremos si los hijos ya tienen padre?

—Silencio. Silencio. Sí. Es importantísimo que las hembras sean vírgenes,4 de modo que los cruces estén garantizados según la línea parental y así en las generaciones siguientes. ¿Cómo lo sabremos? Se preguntarán todos. Vamos a escoger las hembras antes de su maduración sexual. Cuando estén en la etapa de pupa o más bien cuando no hayan alcanzado todavía la coloración de su estado fecundo. Pero no se me adelanten, que los detalles, a su tiempo, se les averigua mejor.5


— ¿Para qué pides ese frasco, Anto? Una pecera, ¿verdad?

—Es para un experimento de biología.

—Ah, el de la mosquita, claro.

— ¿Cómo les fue a ustedes?

—Eso fue el año antepasado. Apenas recuerdo que pasé, y ahora veo que es un bonito recuerdo. Escogimos moscas, o algo así, como quien escoge guisantes. Son impresionantes los ojos de esos bichos. Al microscopio todo luce impresionante.

— ¿No recuerdas más?

—Quien sabe más de esa clase es el que le tocó llevar el frasco. Ah, pues sí, luego me dices cómo les fue a ustedes. No creo que Sansón tenga energía de explicarlo tantas veces. Por eso siempre el frasco para otros...

—Aquí tiene, señorita.

— ¿Cuánto es?

—No se preocupe. Todo sea por la ciencia.

—Muchísimas gracias.

—Gracias. ¿Por qué no me pediste ese frasco?

—Supongo que debía conseguirlo vacío. Es sólo un frasco vacío. Se puede conseguir en cualquier lado.

—Tienes razón.

—Pero éste está muy lindo, ¿verdad?

—Pues sí. Parece una pecera, ya te dije. Pero déjame ayudarte con eso.

—Gracias.

Este silencio ya repite lo que me dirá. Es inminente que lo sepa, que me lo haga saber.

—Ya conseguí la casa, Antonieta.

— ¿De qué casa hablas?

—Los padres de un amigo mío, que son odontólogos, estarán cinco días en un tal congreso. Así que ya tenemos un lugar para estar juntos. Ya ves, no hay que esperar a la muela del juicio.

— ¿Cómo se te ocurre que puedo relajarme sobre las sábanas de otras personas? No estamos preparados todavía, además... Dame más tiempo, por favor.

— ¿A qué tiempo te refieres? Ah, sí. Seguir sólo con besos que no llegan a nada.

—Pero, ¿cómo dices nada? Entonces, ¿es nada lo que sentimos, lo que nos junta cuando nuestras bocas se juntan?

— ¿Y qué crees que sería lo que nos junte de un modo más profundo, algo menor a lo que ya das un poder sobrenatural? Por supuesto que para mí son importantísimos los besos; vienen porque ya estamos encaminados.

— ¿Me puedes acaso obligar a lo que sólo por gusto puede gustarte?

— ¿Puedes acaso privarme de un gusto que no te atreves a disfrutar? Vamos. ¿Por qué insistes en que tu propia mortificación me lastime?

Callaré hasta que vuelva preguntar. Entonces sabré de sus intenciones. Entonces conoceré mi propia pregunta.

— ¿Qué dices? Será sólo un rato... Un rato que nos unirá más, eso sí.

— ¿Cuánto durará perder la virginidad? Supongo que para ti será un rato.

— ¿Te hace más mujer conservar tu himen?

— ¿De qué himen hablas, cuando ya no recuerdas a quienes ya olvidaste? Sí. Tienes razón; puedo enorgullecerme de que me pidas lo que ya tú no puedes darme, por eso te lo daría de verdad, hasta para compensar tu falta.

— ¿Me recriminas un pasado que tú me hiciste olvidar con devoción?

— ¿Me recuerdas que este porvenir lo impone precisamente ese pasado?

— ¿Así que todo proviene de mi pasado, hasta del pasado de mis abuelos? Es eso, ¿verdad? Por lo visto no puedo apelar a mis propios deseos, que ahora me abrasan de verdad.

— ¿Deseas más de lo que amas? Si es así, no me amas de verdad.

—Te amo. Te lo he demostrado de todos los modos posibles.

—Menos del modo que deseas, ¿eh?

— ¿Me llamas egoísta, entonces? Acaso no te convido al mismo sueño. No a dormir conmigo, sino al mismo sueño.

—Tanta insistencia me acobarda. Así no podré dar ningún paso con mis piernas.

—Tanta huida me vuelve un temerario. Así no podré seguir tu paso. No me perdonaría lastimarte. Puedes esperar a otro, estás en tu derecho.

—No es por otro que te hago esperar. Espero por ti, tontico. No te adelantes, que espero por ti.

—Los padres de mi amigo vuelven en tres días. Tú decides. Una oportunidad igual no la tendríamos en un colchón propio, y lo sabes.

— ¿Me das un ultimátum? ¿Es con esos términos que amas?

—No sé de qué hablas. Amarte desde lejos o apenas tocándote como una flor me ha deshojado mucho. Tal vez por eso pienses que ya soy un desalmado.

— ¿No pueden mis labios aliviar lo que agravan?

—Sí, por cierto. Será un ratico. Aquí, a la vuelta. Nadie nos vería, y así puedo esperar otras semanas.

—Dame el frasco. ¿Ves, bruto, cómo son todos los hombres? Tienen el cuerpo metido en ese lugar del cuerpo. Si tuvieran la misma sensibilidad que los conmueve, pedirían perdón por ser así.

—Si pidiéramos perdón, como dices, no lo mereceríamos de ninguna manera. No tiene caso discutir más. Mi amor por ti ya no me pondría palabras amables. En este punto, mi despecho te haría menos daño, mucho menos del que me hace a mí. Adiós.

No lo dice en serio, pero la urgencia es verdadera, y yo ya no me podría enamorar por primera vez. ¿Qué podría perder si no lo pierdo a él? La virginidad no ha sido una conquista propia, en cambio perderla con el primer amor es una ganancia que no tiene segunda ocasión en el mundo. Él mismo ya no podría ofrecerme lo que tome de mí. El rastro es mío y de nadie más.

—Espera.

— ¿Debo esperar como antes?

—Espera dos días. En dos días.


Es increíble que en apenas unas horas tuviera una colonia así. Deben estar durmiendo. Es tan tarde. Es medianoche. Ya estoy lista. Sólo falta que amanezca, que se haga de noche otra vez y que vuelva amanecer. Entonces me vestiré como nunca, acaso porque voy a desnudarme frente a quien lo convoca el mismo propósito sagrado. ¿Y si ocurre que duele, que no puedo soportar el dolor, y entonces lo que iba a darse se trunca de pronto? Me afligiría mucho que el dolor me paralice en el sitio escogido, o que me empuje sólo a placeres ajenos. No habrá rudezas, me lo prometió. Algo de su pasado es tierno. Lo único rudo será la espera, tal vez un insomnio que me espabile hasta que pueda despertar con él. El trance en sí mismo no debe durar mucho para compartirse a partes iguales. Tal vez un poco más que el de las moscas. Este lunes también tengo que llevar el frasco. Entonces habrá millares de huevos por doquier. La cópula es breve y la brevedad se disemina en estos huevos. ¿Y si quedo embarazada? Sería algo muy complicado, por cierto. No puedo quedar embarazada. Según los días de mi ciclo, no estoy ovulando. ¿Y qué sabes tú si dentro de lo que sabes hay un ovario prolífico? Soy virgen, y las vírgenes son propensas a quedar encinta, siendo la primera vez un buen comienzo. Ambos somos imagos, tenemos ya la coloración de nuestra madurez sexual. Las alas de nuestro amor ya se han extendido en su lozanía. La luna sigue orbitando nuestras cabezas, y para cuando entregue este frasco de vidrio ya habrá dentro de él un nuevo comienzo que veremos repetirse con diversidad de mutaciones. Después de la clase de biología, entonces el encuentro. Dime: ¿qué es lo normal aquí? Los ojos rojos, supongo. Los que ven por nuestros ojos, supongo. Ah, esta tardanza... estas mismas dudas, que seguirán hasta el momento oportuno, me parece que ya influyen en la especie. De seguro alguien se le ha concebido según estas demoras; en una remota cueva; bajo un puente de piedra; en el pescante de un coche del siglo XVIII, entre germinales cerezos que ya son centenarios. Quizá yo y mi vigoroso amante por separados corregimos nuestras propias ansias, hasta el punto de nacer para ellas y para todo lo demás que nos junte o nos separe. Y todavía faltan unas cuantas horas para la cópula. En dos días nacieron los de antes, en dos días nacerán sus descendientes. Si tanto me preocupa una prole, que sea la que de mí provenga. Concéntrate en el acto venidero, el que vas a consumar con tu novio. Ése es el que te incumbe ahora. No importa que quedes embarazada, pues estoy dotada de esta misma facultad que me trajo al mundo. Pero, ¿y si quedo embarazada? Tengo 15. Será un escándalo. Un Orfanato terminará de parir a mi hijito. Nadie me perdonará; ni siquiera él, cuando el perdón, como el feto, tendría nuestros genes compartidos. Nacerá con la mitad de su patrimonio y con la mitad de mi matrimonio. No. No. No. Si la virginidad me ha conservado hasta ahora, procuraré conservar lo que ella hubiera conservado para siempre. Me lavaré una vez acabe todo. Ah, sí. Más bien por anticipado pondré mi maternidad de excusa. Sí. Tal vez eso lo disuada, que el producto del acto sea lo que obstaculice el mismo acto. ¿Y tú crees que en esa situación, ya desnudo los dos, hay pudor por donde devolverse? Cualquier freno será un acicate. Cualquier beso de despedida me tomará cautiva. Y si escapo, me repudiará. Para salir de mi promesa tendría que quebrarle las bolas en los dos sentido que implique su despecho. ¿Por qué le das tantas vueltas? Entregarse reforzará los lazos del amor. Ya no estoy segura de que su embeleso perdure después de que me haya desflorado. La virginidad es el mejor afrodisíaco para los hombres... y después necesitan artificios que los alejan cada día.

—Hija... ¿Estás despierta?

—Miraba el frasco. Creí que la gata...

—Ay, hija...

— ¿Qué pasa, mamá?

—Una tragedia. Acaba de morir la tía abuela.

—Qué dices.

—Llamaron del hospital. No sé, no entendí muy bien. Un paro.

— ¿No había venido para curarse? ¿No decían que estaba bien? Entonces, ¿para qué le trajeron?

—Yo también pensé que era mejor dejarla donde había vivido toda su vida...

—Ya, mamá.

—Cómo puede pasarnos esto.

Tus lágrimas, madre, me conmueven hasta el llanto. Yo que iba a llorar de felicidad me ahogo antes de llegar al agua bendita.

— ¿Le velarán en la sierra? ¿Tendremos que irnos ya?

—No. Ya dispuse todo para que sea aquí. La prepararán lo suficiente para que lleguen todos.

— ¿Aquí? ¿Hasta que lleguen todos?

Esto igual es grave. Su muerte es grave; lo que la mató sólo es grave porque su muerte es grave. Estar de luto ahora, cuando todo se aclaraba.

—Ya la traen. No hubo necesidad de autopsia.

Y, sin embargo, me han abierto para eso.

Cree que saco partido del luto. Se imagina que le telefoneé para no darle la cara. Ya me dijo que no habrá prórrogas. Cuando los amantes hablan de plazos es que su amor tiene un límite desconocido. Pero, ¿acaso la muerte no nos demuestra ahora que hay que apresurar la vida? Quiero ir; ya estoy decidida. No tengo que convencerme de lo que ya estoy segura. Pero, por otro lado, no puedo abandonar el velatorio. Apenas conocí a la finada, es verdad. Era tan vieja que no me explico tanto alboroto. Deberían darle vivas como no le dieron mientras vivió, y sepultarla sin más. Con el perdón de su memoria, no tengo que recordarle para siempre, y la tendría que recordar precisamente así, para siempre, si olvido el compromiso con mi novio. No es justo que tenga que llorar por una muerte que me hace daño y que ya aborrezco. Si salgo sin justificación alguna, se me indagará hasta que el silencio me avergüence. Si puedo escapar... Si vuelvo alegre, tendré que disimular mi alegría con tantas lágrimas que al cabo todas ellas amargarán mi gozo. No importa que la sazón del mundo acrecenté mi caudal. Iré. Me escaparé, a la vista de quienes me persigan o me repudien. Ah. Si me quedo, como la mayor de las dolientes, a mi dolor le pondrán un nombre muy distinto, sin saber que es el mío. Estaré a la cabecera de un duelo que me amordazará con mortajas ajenas. ¿Qué decido en esta encrucijada? El amante no es menos cruel que la difunta, pues con toda su virilidad exige lo que sin vigor ella ha conseguido. Qué hacer. Correr a sus brazos, desde luego. Salir por la ventana. Llevar el luto como máscara y así escurrirme con feliz astucia. Mejor llevar ropa aparte, pues me desnudaré sin malos agüeros. Ah, pobre de mí, estoy atrapada en mis impulsos. Decidida, pero sin poder decidirme aún. Pregúntale al frasco de vidrio, ya no está vacío como antes. Qué hacer. Echar andar el frasco, vuelta y vuelta, hasta el borde de la mesa... La mesa ciertamente tiene un borde del que he visto caer otras cosas, y la circunferencia del vidrio no acaba nunca. Si se puede imaginar un sistema infinito, va ocurrir entonces que ni empieza ni termina lo que abarca todo, e incluso la misma imaginación sería suficiente para que no se complete nada, ni más adentro ni más afuera. Cualquier punto entonces siempre estaría en el medio de esa vastedad. Esa mitad universal sería el ángulo de cada ángulo, en tanto es el ombligo de lo que tenga ombligo. Es como si nada naciera nunca. Por eso tenemos la impresión de que una cosa se repite de muchos modos, y que hay los modos de recordar algo que requiere cierto esfuerzo que no se puso para olvidarle. Por eso se dice que hay fuerzas escalares u otras mínimas. No es que haya una similitud posible, sino, más bien, el umbral es el mismo para todo. Por eso las paradojas. ¿Cuál sería la explicación más simple? ¿No sería acaso la que lo explique todo? Por eso nos eclipsan nuestras dudas. Fíjate, la estrella que vemos en una galaxia distante no me desgarra en el mismo centro donde puedo romper este telescopio ahora, y, sin embargo, ocurre lo que no tiene modo ni espacio ni tiempo ni otras dimensiones para ocurrir. Yo estoy con mi amante, aunque una indecisión nos repele el uno del otro. Mi vagina está donde está su pene. Alégrate de eso. Pero ¿qué pasa si no pasa nada? Lo que es más, que pasa si nada existe; si existe nada. Adónde dejas la nada, niña, ya que también la mencionas tanto. Ah, la nada, porque cierta nada pasará para cuando lo decida todo. Cómo crees que algo menor se me iba a olvidar. La nada existe sólo porque no es. Ella recrea en sí misma lo que no existe. Entonces otra vez lo que percibimos, tal cual lo creemos percibir, la estrella en una galaxia distante; el telescopio roto en mi habitación; los ojos, normalmente rojos... Entonces él, mi amante, del otro lado del teléfono, reclamándome que es mi novio, al tiempo que ya deja claro que no lo será, y simplemente si se repite lo que nada existe. Otra vez aquí. Todo separado. Otra vez el insomnio. Otra vez el velorio venidero. Otra vez su pene en su pene. Otra vez mi vagina en mi vagina. Otra vez estoy a punto de decidirme. Sin embargo, otra vez y siempre la mitad de las mitades en todos los puntos. Ahora que estoy más decidida que nunca, no puedo avanzar más. El mundo es como es; la nada, como existe. Sí, con estas relaciones, tal vez incestuosas, hay algo en lo efímero que siempre nos recuerda la eternidad. Dejemos que el frasco ruede. Rodará hasta el borde de la mesa. Tal vez nunca caiga al suelo. Tal vez los huevos sigan con sus padres, en cada vuelta preservada. Disfrutemos de esta licencia que no se agota aún, porque aún no me decido y el dilema es doble y por lo mismo cuádruple, y de otras dieciséis vertientes, 256 por 256... Si se rompe el frasco, es que mis esperanzas son tan frágiles. No temas, Antonieta. La fruta volverá a reunir el jardín, y la Drosophila Melanogaster no notará ningún cambio, ni que lo transmita a sus descendientes; ni que coma sobre astillas de vidrios las frutas prohibidas. Invictas criaturas. Vuelta y vuelta. No tengo que decidirme mientras todo gire. Podría pasar la vida en esto, y nadie podría culparme. Somos como moscas, dirán, pero con otros pares de cromosomas.

1 Peine sexual: para este profesor calvo y poco agraciado.

2 Amarillo pajizo: Masturbación hasta la anemia.

3 Transmisible: Yo creo que la castidad de unos también es capaz de influir en la descendencia de otros. Atreverse, o no, debe consentir resultados especiales.

4 Es importante, por eso se nace virgen.

5 Huevos: Una hembra es capaz de poner alrededor de quinientos huevos en su edad fecunda, cuántos sería capaz de poner al morir.

lunes, 22 de mayo de 2017

FUGA




Después de dar vuelta a la esquina y no detenerse hasta la otra esquina, supo que ya le había dejado muy atrás. Al menos eso quiso figurarse, porque había caminado tanto y el cansancio ya era tanto que de seguir así le iban a coger no muy lejos de donde estaba. Sucedía también que a lo largo de la calle sólo se veía una que otra figura, con las manos enfundadas en sus impermeables y casi siempre cabizbajos. Esperó, inmóvil, y ya no se veía las solapas cuadradas ni el sombrero ma­rrón, así que era muy posible que sólo se le persi­guiera para probar su aplomo y que unas horas después se le emboscara definitivamente. Debía salir de allí, pero el mismo horizonte despoblado le franqueaba.

Desde que le echaran de ver, no consiguió un tumulto donde hundirse, ni ningún recodo lo bastante generoso como para disimular sus pro­pias bisagras. Era caminar y caminar, incluso a tientas, mientras hubiera el modo de que la ven­taja al fin fuera provechosa. Así anduvo veintiséis cuadras entre los mandobles de sus dudas. Se di­ría que cada avance era sólo una posibilidad mu­cho más viscosa que la anterior. Tal vez sin seguir una dirección definida ya se hallaba libre, final­mente de pie, pero en un punto tan escaso como sus propios pies.

No le habían visto en meses, y de pronto su­cedía que un sábado cualquiera, en una esquina cualquiera, alguien le notaba entre millares de in­dividuos, y entonces otra vez la persecución. ¿Acaso no lo pudo explicar todo? Todo al parecer estaba claro. En cuatro semanas las cosas iban re­cobrando sus pausas e impulsos regulares, y de pronto, sin que siquiera le amedrentaran a través de una llamada telefónica, tenía que darse prisa, y de veras tenía que hacerlo, pues devolverse en explicaciones era por lo demás inconveniente. No parecía que le fueran a escuchar otra vez, tampo­co otras palabras rendirían más de lo que nunca les satisfizo a nadie. Era verdad que no podía pre­sentir a quiénes se empañaban con mayor en­cono, tampoco a quienes atenuaban sus propias opiniones. De cualquier manera ya había al­guien que de seguro iba a noticiar la fuga.

Anochecía. Sin saber adónde ir, aún no daba un paso; ni siquiera descansaba una pierna en re­cargo de la otra. Así estuvo unos minutos como si quisiese prolongar una eternidad que le conser­vara allí. Mientras no tuviera una razón por la cual moverse podía sentirse invulnerable, o, di­cho con más exactitud, sólo una existencia inani­mada le permitiría moverse dentro de ese mismo círculo. Sin embargo, había mucho sobre lo cual pensar desde que el mundo se le volviera tan hos­til. Era plausible que un policía le interrumpiera, por ejemplo.

Si bien se veía menos gente, la soledad no iba a ser un atributo del que pudiera confiarse. Ya contaba con cierta emboscada que en cualquier momento sobrevendría, luego estaban las patru­llas con sus luces cegadoras y también, eso desde luego, quienes suelen poblar la noche. En este punto, recordó el hotel que quedaba al cruzar la calle. Quizá una quimera; como si por fin apelara a la memoria, cuyos recuerdos infunden sensibili­dades que sólo pueden darse en el presente. Se­guir cualquier rumbo marginal dejaría un rastro que después de todo iban a interrumpir en seco. Así que milagrosamente el hotel era un refugio en medio de ninguna delación. Dormir en una cifra; amanecer una vez más. Salir tan temprano como lo permitiera el secreto, tendría que abrir sobre esa misma nada otro mundo ya provisto de todas las demás puertas.

Sabía de ese hotel. Sus materiales constitu­tivos eran evidentes para cualquier transeúnte, y ya esas formas concentraban un rigor tan iluso­rio. Con un nombre inventado rentó una ha­bitación. Ya lo irreal empezaba a ofrecerle otras esquinas. Subió, giró la llave y entró en la habita­ción. No se detuvo a precisar detalles que de cual­quier modo iban a parecerles innecesarios, pues­to que si los vínculos interiores le conferían una invisibilidad se debía a ella en cuanto se servía de ella. Sin descalzarse se echó sobre la cama y al punto se durmió. Después de tanto agobio, el sue­ño al fin encontraba también su cauce.

A mitad de la noche, un estropicio le desper­tó bruscamente. Se incorporó sin saber nada de lo que ya había sabido todo, y al poco rato, en cucli­llas sobre la cama, empezó a ver que la oscuridad ya no carecía de remiendos evidentes. Aquella ha­bitación, y aun el edificio entero, eran inexpugna­bles para sus perseguidores. Lo supo, justo sobre esa cama.

Ciertamente no podía adivinar los orígenes de ningún escándalo, tampoco cuál fue aquella prédica que en definitiva consiguió medios tan propicios. La incertidumbre atropelló todas las conjeturas que eran capaces de formarse allí. Lo más seguro era que los carros siguieran intactos afuera, que las fachadas de los edificios se dete­rioraran al mismo ritmo de siempre. Después de despertar no se escuchaba ninguna emergencia sobrevenida, ni alarma alguna congregaba o dis­gregaba a los noctámbulos. Los ruidos del hotel eran secretos y tan naturales después de todo. Es­taba a salvo, sí, pero aún faltaba para amanecer.

Se contentó con saber que cuando se des­pierta así ya los nervios han liberado todas las fuerzas contenidas. Se volvió a acostar. No le cos­tó dormirse. Al igual que la primera vez le bastó esa superficie para llegar a lo insondable. Así que durmió a sabiendas de que iba a despertar en al­gún momento, de que volvería al mundo para burlarlo más adelante, cuando tuviera que salir por donde entró. Tras dormir lo suficiente, des­pertó sin que se esforzara para ello y sin que al parecer ninguna matadura abreviara lo que le hu­biera alargado la noche. Sin abrir los ojos aún, desperezándose en la oscuridad, sintió que su cuerpo se había regenerado. Era como si no hu­biera tenido que huir de nadie.

Abrió los ojos y aún era de noche. No tenía un reloj a la mano, tampoco lo había tenido en meses. No importaba ver al través de la ventana, pues la luna seguía inconmovible y la firmeza del cielo no parecía haber variado mucho. Cómo era posible, si el sueño había sido tan reparador, ade­más había soñado tantas cosas que abarrota­rían vigilias inauditas de inauditos soñadores. Quiso numerar un sinfín de sueños, pero de pron­to no se le venían más que jirones incoherentes. De pronto sólo un sueño. Soñó que la cama era blan­da y que los almohadones los abultaban plu­mas de ganso. Descubrió, allí mismo, que la cama era poco más que un catre y que la única almoha­da no era tan sustanciosa.

Primero con estupor, después con la sospe­cha de que algo bastante raro estaba sucediendo, fue al borde de la cama. Más bien era preferible apearse de ella y abrir la puerta o al menos aso­marse por la ventana. Ocurrió, sin embargo, que por más que se acercaba al borde no había modo de hacer pasar el cuerpo hasta el vacío. No era que la cama se hiciese más grande; apenas con extender sus extremidades cubría una diagonal según en cada ocasión sostuviera ese propósito, pero indefectiblemente esos bordes coincidían, punto por punto, con sus propios bordes. Tuvo miedo. Más miedo que el que tuvo cuando le per­seguían. Desde allí alcanzaba a ver dónde podían estar las llaves, en el rincón opuesto de la habita­ción. Veía también los otros muebles como islas imposibles; ya los ojos se habían habituado a las repeticiones de esa misma oscuridad. Se le fi­guró con horror que esta costumbre pudiera ser más que premonitoria.

Así no había cómo salir de la cama, ni que fuera dura ni que se le hubiera soñado con plu­mas de ganso. Apenas si se pretendiese adentrar al mundo hasta conseguirse todo lo que quedara afuera. Por fortuna, se acordó de aquel estropicio. Otra vez la memoria. Aquello que no conociera nunca le hubiera sacado de la cama y seguramen­te le hará saltar de la cama, al día siguiente, para salir de ahí, aun cuando tenga que refugiarse den­tro de esas paredes otra vez. Si no podía dormir, ya que no tenía sueño, entonces esperaría a que amaneciera. Así que abrió los ojos, reguló la res­piración. No se escuchaba nada; ni siquiera sus propios ruidos. Se le figuró que la sordera era peor que la costumbre de sus ojos. No quiso desesperarse. Se contuvo y esperó a que al fin amaneciera.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Im Sapiens

Vale, 2005.

Me despierto y llevo cierta veladura que no me deja ver. Es una telaraña que me atosiga como el sueño. Tuve que haberme enredado en ella, porque se me figura imposible que la hilaran, punto por punto, mientras dormía en este catre. La verdad no recuerdo haber dormido, tampoco una vigilia precedente, pero ya he despertado, eso sí. Poner los pies sobre la tierra; desperezarme con el más terrenal ahínco que a tientas se pudiese sostener; andar como cuando tuve que seguir a mis primeros pasos; esperar el desayuno de cualquier hambruna por venir. ¿Ciertamente puedo levantarme? Parecen tan ajenos, como las patas de una cosa invisible, pero son sólo mis pies, muy distintos de mis manos; con cinco dedos en cada pie, como cinco dedos hay en cada mano. Es así, son mis pies que arraigan dentro de ellos mismos. Mira las manos, tan frondosas cuando se abren, tal vez sí recogen frutos propios que no darían jamás, aunque sus puños sean tan pródigos en la usura o en los ases descubiertos. ¿Ya lo descubriste? Pues sí, cada pulgar cierra de través, acaso para sopesar un destino que de otro modo sería inasible. ¿Voy dando tumbos o abro los ojos? Decídete y deja de recobrar las primicias de otras auroras, que además no conoces, como tampoco conoces el rubor de otras primaveras. Mejor aparta las brumas del amanecer y échate al suelo, de prisa. ¿Qué tan rápido podría hacerlo una criatura diferente, tal vez una tan pequeña como yo? No lo sé.

El suelo es duro, a veces blando como la arena. ¿Cuánto habrá transcurrido desde entonces? ¿Desde cuándo? Sé que mañana podría despertar de nuevo. ¿Y si miro por la ventana? ¿Por cuál ventana? Allá hay una. No parece ser una ventana. Acércate, de cualquier modo ya caminas. Sigue. ¿Por qué no sigues? Del mismo encierro puede procurarse una grieta mucho más prodigiosa que la corona de estos tapiales. No es una ventana. Es un espejo. Allí se rehace lo que de veras hago y aun lo que dejo de hacer. Es peor que la intemperie. Tengo dos ojos, dos orejas, dos agujeros en la nariz y una boca insondable como toda sensación del tacto. ¿Quién soy?

Quebraré ese espejo y me multiplicaré en la hazaña. De cada pedazo tomaré un espejo distinto y si otro impulso no me mueve en adelante, sucederá entonces que para cada día elegiré la porción que así elija. Cuando todo termine y los soles prevalezcan... pues sí, cuando ya no pueda verme en una astilla diminuta, ni a mi sombra le vislumbre ningún otro relámpago, al menos habré muerto entre mis pesquisas de siempre. Sólo quedará esperar, como deben esperar los muertos. Sólo morir, como ya no pueden morir los muertos.


2

Es una ventana después de todo. Ya no me importan los pedazos, que devuelvan al cielo todos sus rigores o todas sus estrellas, otra cosa harán de bruces que ningún miedo me infunda en adelante. Mejor cruzar el vano, salir antes de que el cautiverio me devore. No es una ventana muy grande, es más bien casi tan pequeña como mi cabeza, y tan oculta como pudo estarlo bajo ese espejo. Saldré así tenga que dejar mis esperanzas atoradas allí.

No fue tan difícil pasar al otro lado. Algunas magulladuras, algunos rasguños, es verdad, pero ahora tengo la certeza de que cualquier cauce de la sangre tiene un delta cenagoso, y no tuve que exceder ningún rocío para descubrirlo a tiempo. Camina. Al parecer nadie me vigilaba; nadie me atrapó lo suficiente. ¿Acaso fantasmagóricos vapores son imposibles ahora? ¿Era una tumba mi laberinto? ¿Quién puede resucitar de su propia tumba y además franquearle por el punto más fatal, cuando ni siquiera se puede rehuir de sus muros? Estás afuera, eso te convida a otros escollos que linden con un horizonte inaplazable. Camina. Camina, ya sabes que de frente, hacia donde ven los ojos. ¿Habrá abrigo más adelante? ¿Habrá qué comer? ¿Habrá de dónde beber? Si vives verdaderamente; si tienes frío; si tienes hambre; si te abrasa la sed; entonces, sí, ocurrirá el milagro. Y he allí el milagro. Son luces encendidas por criaturas extranjeras. No debe preocuparme que mi idioma les parezca insólito y por lo mismo intransigente, pues el silencio traducirá las voces que ni a gritos se hagan entender, o apenas callo, que el silencio hable por mí de tal modo que yo también pueda aprovechar sus propósitos.

No les voy a contar de verdugos, que ya no sabría reconocer en ninguna arruga. Les pediré perdón, pues empezar con ese ímpetu exige una suerte recíproca, no sé si conveniente, pero en cualquier caso recíproca. Así que ve con esas criaturas. Tampoco le cuentes de enemigos ilusorios. No le amenaces. No le riñas. Comparte el fuego de sus teas y la noche sin luna. Camina y camina, como ellas también deben caminar al encuentro cotidiano y fijo.

Tuve que haber caminado demasiado. Tengo hambre, tengo frío, la sed anega lo que me aparta de cualquier orilla. Tales criaturas no estaban tan cerca como las vi. Entonces era tan sólo una profecía que ya recobra sus orígenes de nuevo. Ahora sí pueden verse al detalle, casi puedo tocarlas. Las huelo sin duda; las oigo también. Sin embargo, parece que no me ven todavía, ningún atributo mío les conmueve aún. Acércate. Mézclate con ellas. Tienen una cara como la tuya, y se acicalan al espejo, y todo lo que hacen lo hacen en la duplicidad de sus facciones. ¿Te acuerdas de aquel espejo? Olvida todo lo que no recuerdas; si fue malo o si pudo mejorar tus heridas. Otro es el principio, y está presente y delante de tus pasos.


3

Al menos sus sobras me nutren más que sus ayunos. No tengo que mendigar lo que así escojo en cada mantel. Como y bebo según esos rigores, sin importunar ninguna falta. Seguiré visitando cada estancia, cuando la calle me abrume con sus faroles apagados. No pretendo detener a las criaturas que se traben en cualquier esquina. No exijo explicaciones de ocasiones previas, que tampoco sabría cómo ofrecer a nadie.

Recién advierto que la desnudez nunca me azoró con la comezón de sus escotes. Tal vez alguna vez no llevé nada, pero ahora confirmo lo que antes carecía de toda urgencia. Estas ropas me fueron precisas desde el comienzo, pues tenía que llevarlas puestas en mi cautiverio. Ya veo que sin ellas mi invisibilidad sería, además, impresentable. Por cierto, todas estas criaturas se visten, incluso para actos que las descubren. ¿Cómo podía yo llegar sin siquiera una parra temblorosa?

¿Y si entro a una tienda? Nadie me reconocerá. Tampoco creo que nadie me persiga a estas horas y después de tantas horas. Antes que pedir un sombrero, le doy de trompadas a quién me lo hubiera vendido con mucha cortesía, a ver si me es menester de otro salvoconducto que no sea el anonimato. Pero cuál sombrero. Hay sólo dos clases para un compás infinito. Lo mismo ocurre con las otras prendas. De inmediato noté que los rostros, que los volúmenes de aquellas criaturas diferían según los dos modos posibles en que las costillas son idénticas, y qué síntesis mas autoritaria cuando el mundo tiene tantos grados. Nada que conmigo le encuentre semejanza, puesto que aún no tengo los medios de una certidumbre propia. Sin embargo, sé que hay una cifra de la que ahora confirmo dos umbrales. Un sombrero para una hembra; un sombrero para un varón. Es esto, ¿verdad?

Cómo saber quién soy. Ah, quisiera saber al menos por cuál sombrero forzaría el trámite de una moda que no me interesa y de un dinero que no guardo bajo ley alguna. Saber si soy hembra o si soy varón, incluso por no demostrar más, va iluminarme en esta vida. Así que al fin pudiera abrirme un camino entre las demás criaturas, ¿acaso es verdad? Cuánto me entusiasma tanta curiosidad, pero cómo averiguarlo, y según qué régimen. Los pies no me dicen nada, y ya están ateridos y ensangrentados. Las manos sólo podrían ir a oscuras del secreto. ¿La cara?

¿Qué hacen en esa tienda? ¿Son frutos los que completan en su medida? ¿Acaso los toman de un conjunto innumerable para después reunir una porción apenas? ¿Ese número se marca allí, con esas agujas giratorias? Parece un reloj que defiende lo que circunscribe. Por supuesto, el número hace la especie. Cada racimo tiene ciertos espesores como ciertas superficies. No es sólo lo que sobrevive en su exterior, es lo que se descubre adentro, ya dormido o caduco. Cuando se den la espalda paso en sigilo, como apenas puedo pretender de mis escándalos. Allí sabré que sexo me define y cuál es mi complementaria carencia que pervive en mí. Pondré mi cabeza sobre ese horizonte, y que las agujas proclamen, como profetas, lo que siempre ha sido mi verdad. Con mi propia cabeza debo comprender. Aquietaré mi cuerpo, como aquel sueño que ahogó mi memoria. Así, sin mover nada en absoluto. Sólo la cabeza sobre el plano, pero cómo veo las agujas si este mismo examen no me alcanza. No desesperes. No te muevas. He allí un espejo, como el de aquella ventana. Ahí se ven las agujas. Sí. Al revés, pero se ven. Los números al revés, pero se ven. Los muchos grados al fin entre dos extremos.


4

Ahí se ven las agujas; los números al revés. Sí. Ahora entiendo por qué sé de modas, por qué sé de calles y por qué sé de aposentos, y por qué me resulta un mundo posible en el lenguaje, e incluso ya entiendo por qué las agujas giratorias convienen una escala como ciertos relojes que defienden lo que circunscriben. Sin embargo, toda marca está de revés, tal es esa su virtud, y ni porque la punta aguce su función se pudiese averiguar una verdad detrás de todo ello. Si leo la cifra, será la cifra que puedo leer así. Mi cabeza tendrá un arraigo más leve en ese punto y mis pies ya pueden levitar dentro de sí mismos. Cómo saber, por ejemplo, si una hembra lo sabe cómo no lo sabe un varón, o viceversa. Ahora no sé nada, o sé aún menos de lo que me es lícito sospechar de cualquier atributo. La soledad es la única certeza de una condición que me es ignota. Dejemos los aparatos, extensiones vanas de un mundo que jamás comprenderemos. Cometamos un crimen más bien. Debe haber leyes también inexorables, tal vez vuelva al mismo cautiverio con cargos agravados y ya no tenga que demorar en estas angustias ni preocuparme de fianzas que atenúen nada.

Hay criaturas decrépitas que apenas se mueven como si fingieran su decrepitud. Sinceramente cuesta creer que se llegue a tanto para seguir a más. Me parece que ya puedo aprovecharme de achaques ilusorios. Son tan precarias las huellas de estas hipocresías, que cualquier audacia puede congestionarles de verdad, entonces un empujón y viene el descalabro. Cometamos crímenes desde hoy. Eso sí, cuando me devuelvan al mismo ombligo, no volveré a quebrar espejos. Lo juro. Y escribiré de revés lo que tenga que escribir.1 Cometamos varios crímenes entonces. Son tan vulnerables estas criaturas, ya lo dije, que antes de nacer pueden tropezar con su misma muerte, y caer por tal estorbo como que les sienta muy mal. Morir abrevia toda duplicidad, y mueren precisamente quienes estuvieron divididos.

Qué pasa ahora. Qué me pasa ahora. Todo me punza desde dentro. El hartazgo, y no el ayuno, obliga sus alfileres. Los brindis destilan lo que ya no admite más sorbos. Tal vez sean las agujas de otra báscula. Adónde ir. Ya ni los crímenes pueden distraerme con sus promesas. Debo darme prisa; pero, hacia dónde. Debe ser esa gruta de dos puertas. Ay, otra vez el dilema cruel. No puedo más. Cómo sudo. No es sólo el universo, es que no sé de qué manera se amplía una mitad. ¿Y si en lugar de matar a alguien le pregunto qué debo hacer, cómo debo hacerlo? ¿Y si seduzco a cualquier criatura para que ella según su forma resuelva en mí el vínculo que me une a mis necesidades? Aguanta hasta más no poder. Al llegar a ese punto en que todo viene, lo sabrás. No quiero morir, ya se me figura doloroso emprender ese camino sin siquiera ser el otro o ser la otra.

¿Y si me vuelvo? ¿Y si recorro el camino inverso hasta la celda? Sé cuántos pasos di. Podría reposar la cabeza con el mismo aplomo. Probarme indistintamente los sombreros que no pude comprar, que no quise robar. Comer y beber de los mismos manteles y, finalmente, ya adentro, como adentro mis pies, reconstruir el espejo que me preservaba de estos apuros. Ya no puedo moverme. No aguanto más. El dique se agrietará y el desborde arrasará con todo. ¿Y si te agachas? ¿Y si pujas desde aquí? ¿Y si dejas que las circulaciones resuelvan su acomodo? Como si a punto de morir te dejaras caer, pero acaso para no morir; apenas una piedra al abismo o apenas un roble que cede bajo el cielo. No puedo doblar las rodillas y al mismo tiempo ya no puedo abrirlas más… Me retiene lo que me reclama en cada sobra. Tal vez nunca salí del catre… tal vez sí me adentro en mi única salida, en mis únicos pies, con mis puños insobornables… Tal vez nunca pueda hacer lo que todavía no hago… Tal vez me orine en un sueño sin saber cómo me oriné en la infancia… Tal vez sí despierte… Tal vez un poco más, como quien no conoce sino lo que ya sabía… Tal vez la misma criatura que ahora se deshace en lo que ya no hace ni puede hacer…

Tal vez… y otra vez, tal vez…

1 Nota para el editor: desde este punto el relato se transcribiría de revés, como en un espejo.





Vale, 2015.


martes, 25 de agosto de 2015

Sacrificio



Justo ahora se le viene a ocurrir lo que ya sus propias ambiciones desfigura. ¿Acaso no ha hecho su papel estos dos años? Cuando menos en el papel todo atributo reúne su esencia intransferible, que no es otra sino la misma que nos incumbe en cada eslabón; es decir, la de criar a quienes justifican nuestras costumbres heredadas, y criarlos según nuestras costumbres heredadas. Pero, por supuesto, tenía que ponerse a lo que todo macho exige como su dominio natural. Justo ahora, cuando los niños ya le llaman papá y procuran de él lo que todo vástago de su padre amoroso espera. Ahora que parecía un eunuco dócil como para envejecer así, y ser además el abuelo más orgulloso que se le pudiera halagar en su condición… Ah, justo ahora. Ciertamente ha sido un padre para ellos; el padre que no conseguí en los hombres que apenas engendraron a mis pimpollos. Y ahora que ya somos una familia a la que me dedico con vigor, viene de súbito este deseo que tanto temí al principio. Sí, justo cuando por fin éramos una familia como cualquier otra, sin que cualquier otra familia nos influenciara con sus modos, justo entonces ocurre lo que no debía ocurrir jamás. Creí que ese peligro había pasado, que ningún otro parto me iba a abrir en dos, precisamente por tener el varón y la hembra que multiplicarían mi linaje y aun la tenacidad que ahora se busca subvertir cobardemente. Así de facilito, como si con berrinches cierto nené malcriado consiguiera chantajearme. Sí, se supone que tengo que darle príncipes. Eso seguro se lo mete la bruja de su madre y todo ese racimo de cabrones. Te imaginas, Rosa, darle un hijo al padre, a ese padre que es singular sólo porque lo conseguiste a tiempo para la crianza de tus niños, no para apéndices carnales. Es que es una cosa seria, Rosa. Los maridos dan más guerra de las que sus paces imponen. Justo ahora que ya no me importa excusar su impericia en cualquier lance viril, viene a salirle el macho. Ni que fuera un patriarca al que su esposa tuviera que acrisolar barbas en el Antiguo Testamento. Qué vaina más jodida. Ahora que no me importan las bromas que mi mamá gasta a sus expensas (que si por voluble, que si por mentecato) se la quiere pasar de sabihondo conmigo… Ay, es tan agobiante esta situación, Rosa. Qué maridito más desconsiderado. Se cuenta y no se cree. Justo ahora. Me parece que ya había pasado el peligro, que la misma convivencia con hijos ajenos le habría de someter como corresponde, quizá así padece lo que no envidiaría en favor de una suerte propia, tanto más cuanto que por ajena la vive con el mismo empeño. Si no fuera por mis hijos, este hombre no me tuviera acorralada ahora; desde hace tiempo lo hubiera despachado con una patada por el culo. Es que viéndolo bien, así de seco como suena, si no fuera por mis hijos este hombre qué padre iba ser jamás. Si me parece adorable, es por mis hijos. Si me hace reír, es por mis hijos. Si accede a la cópula obsequiosa, en fin, es por mis hijos, no porque vaya a arrogarse otro derecho que a la larga me mancille o a la corta le haga acrecentar sus pequeñeces. Incluso es probable que hasta enclenque resulte una prole de tal padrote y no muy agraciada, por cierto. Pero qué ocurrirá si insiste, ya sea por grado o más bien si prefiere un coup de main que seguir parlamentando… ¿Te ríes, Rosita? Ni semejante pesadumbre te quita lo vainera. No te preocupes, mujer, sabré marearlo en cada una de esas vueltas. Muchos logros de mis muchachos los distraerán oportunamente. Se le ve muy orgulloso cuando le tienen por padre de mis hijos, a qué más pedir. Pide más por sus parientes, que a través de sus demandas siguen ellos llamándome puta. Dirían: he allí la que tiene un hijo de uno y de otro, que un hijo de esa manera, con tantos medios hermanos, le toca al pobre diablo por pendejo. Y en este alboroto qué partido toma él, que es mamá la que le tiene ojeriza. ¿Has visto? Bueno, no es que lo diga así, pero se nota que quiere gritarlo cada vez que pueda, y, lo que es peor, parece que lo callara cada vez que se hace el mudo. Jodida es la familia suya que lo tiene a menos porque está conmigo, ¿acaso hubo mujer que lo hiciera un hombrecito? Conmigo cría a mis hijos. Trabaja para traer el pan a casa, tanto como yo. Y tira como si se hiciera pajillas de quince años. No cambiará un bombillo, ni sabrá para qué sirve un destornillador, pero ya quisieran tener un padre así muchos hijos expósitos en el mundo. Alguien que les ayude a hacer las tareas, que los lleve al parque, que les lea cuentos, que no les pegue, que los acaricie sin que el vínculo exalte una lascivia. En fin, un padre al que llamar, por primera vez, papá. La suegra sí que debería agradecerme el favor que de mis intereses emana. Pero qué van a agradecer estos necios. Más bien yo, pese a todo, sí que soy muy agradecida. Ah, pero una cosa es ésa y una muy distinta que se me haga doblar con nueve meses, no tan ingrávidos después de todo. Si se cree muy capaz, que vaya él mismo a parir su primogénita criatura, no digamos en nueve lunas, que ni en una eternidad lo haría por mucho que la engendre. No le digas nada, haz como si no le hubieras escuchado. Te ahogas en un vaso de agua, en el mismo que te apagaría la sed. ¿Cuándo le has escuchado alzar la voz de verdad? Entonces, actúa como siempre, como si nada de lo que ya hubiera dicho te aluda de algún modo. Cuando ya no le puedas dar hijos, entonces te lo agradecerá. ¿Y si no pasa así? Puede que no pase así. Recuerda que los hombres dejan hijos sin advertir obligaciones en el lance, pero cuando quieren tenerles no hay cómo quitárselos de encima. Excusarán sus infidelidades, eso sí, con la misma falta que reclaman, aunque irónicamente se esmeren en no fecundar rameras.

Nunca pensé que me diera tanto trabajo sostener mi aplomo. Ni la castidad lo disuade, siendo ésta, además de un condigno castigo, obstáculo completo para sus aspiraciones. ¿Cómo rendirle, cuando puede abandonarme en serio? El muy desgraciado lo haría sin pensar dos veces. No se atrevería a cambiarme las pastillas. Sabe que el placebo me haría abortar de cólera. Simplemente se iría, a regañadientes, sin armar escándalo. No se volvería a considerar estos dos años, aun cuando declare un bien común con su despedida. Qué egoísmo. Qué ingratitud. Lo obtuvo todo fuera de su tribu y ahora escucha los consejos de esos mismos hijueputas. No son pocas las ideas que le meten los cabrones. Que si es joven. Que cómo no va a tener hijos. Que si esa puta no da más hijos, búsquese una virgen entonces, muchachón, aunque ésta se los dé a mares y sin su ayuda. Tantas especies parecidas ya lo azoran y lo irritan como cualquier incidente cotidiano. No necesita alzar la voz para irse, y, por otra parte, cuánto tendría yo que clamar por su perdón, desgarrándome como una viuda a la que sólo el luto le puede iluminar algo. Quedarme sola con mis hijos. Justo ahora, cuando la crianza sería tan difícil. Mira que también tendría que explicar la ausencia de un padre postizo. Salir a la calle a qué. Qué esperpento se encontraría a la vuelta de cualquier esquina. No vaya ser que por poner un bombillo admirablemente el ejemplar también nos eclipse los ojos de vez en cuando. Cuántas ponzoñas conocí a través de los embelesos más dulzones. Si es por tirar, no te preocupes, Rosa, pues no necesitas guiñar los ojos en la casa. No parece tan fácil. Enfrentar las cosas como vengan, mientras a brazo partido se pierda el brazo que no se dio a torcer. No. No. No. Contestar qué clase de preguntas, mientras los niños sigan indagando con tanta curiosidad como despecho implique un abandono. Creo que no me queda más que ceder. Él no esperará a la menopausia para convencerme. Se iría esta misma semana, si no justifico la presente ovulación. Pero qué dices. Ya lo tengo. ¿Y si haces que se lo das, y sucede que no puedes dárselo por razones orgánicamente encubiertas? Es una estratagema estéril, Rosa, aunque fuera cierto. Ya se acabó. No hay más salidas en el horizonte ni artificios pirotécnicos que nos conmuevan otra vez. Dale un hijo, Rosa, qué más da. Lo verás tan feliz como niño con juguete nuevo, y, lo que es muy conveniente, no habrá manera de que vuelva a amenazarte con la orfandad. Entonces tendré el control de todas las represalias venideras. Por último, si sale enclenque, si sale fea la criatura, ya no importa mucho, pues mis hijos tendrán, además de un medio hermano comprometido, un padre de veras. ¿Qué nombre ponerle a quien en nombre de este sacrificio venga al mundo? Ya se verá en el calendario cuando llegue el momento. Mejor escoge la ropa más adecuada, mujer, para ir a desnudarte.

sábado, 27 de junio de 2015

CAL






—Dame tres libra de cal, mano Quilino.

—Cal viva, mano Polo, y de la buena —se apresuró obsequiosamente el pulpero, con ese silbido recortado que parecía fruncirle la boca—. Faltaba más; yerbe en el agua al nomás echarle.

—Que sean seis libras entonces —repuso el otro, sin distraerse de su cometido.

—Seis libras y una ñapa. Y si quiere más, me dice —dijo el pulpero con su zalamería de siempre—. No hay maicito que no lo haga aflojar la concha en un santiamén —agregó, mientras en punta de una cojera iba hacia el saco de cal, moviendo lentamente unas nalgas gordinflonas como si fueran muslos.

—Qué bueno que sea de la buena. Si viera, mano Quilino, que estaba buscando de la mejor.

—De la mejor que se puede conseguir para cualquier vaina. Vivita para lo que venga, mano Polo —insistía como solía hacerlo para elogiar sus cosas.

—Está bien. Póngale otras dos libras en lugar de la ñapa.

Después de sopesar la cal y vaciarla cuidadosamente en una bolsa de papel, volvió hasta el mostrador con aquella misma diligencia que ya ahondaba un cauce en sus costumbres.

—Le hace estornudar a uno con nomás verla —dijo y puso la bolsa sobre el mostrador como una pluma, acaso para no suscitar una niebla de la que igual se ufanaría.

—Se ve que es así —advirtió el otro, y de un brusco agarrón cogía la bolsa, al tiempo que echaba las monedas de una suerte igual de brusca.

Antes de que otras palabras fueran dichas para confesión o indagación de un propósito ignorado, se escuchó otra vez el flequillo del dintel que se destrenzaba como cascabeles. Entonces entró Humberto, que venía siguiendo a Apolonio desde lo alto del recodo. Le había visto dar de patadas a la hierba del camino, proferir maldiciones y elevar juramentos de venganza antes de mandarse hasta la pulpería. Sabía a lo que iba, porque también había visto al pulpero, unos minutos antes que el otro, bajar atareado desde el mismo recodo, como uno de esos muñecos de cuerda que habiéndosele retorcido mucho la clavija anda hasta apaciguarse en sus alivios. Para Humberto el comercio que en ese instante presenciaba ya se lo había figurado después de ver que los dos hombres, sin saberlo, se buscaban el uno al otro.

— ¿Va pelar maíz, mano Polo? ¿Tiene comilona allá en la vega? Creí que ya había cosechado. —indagó Humberto.

El mismo pulpero esperaba una revelación que ha mucho le impacientaba, pero para cuya sustancia se había reservado todo lo más.

—Qué maíz, Don Humberto. Vine a buscar cal, cal de la buena como dice mano Quilino, para borrarle el culo a un hijueputa.

Humberto, aunque nunca reía, siempre se le subía las risas a los ojos, que cobraban de pronto un brillo especial cuando la broma ya le era del todo imaginable.

—Yo no creo en esas vainas, pero eso dicen. Como la cal que vende mano Quilino es muy viva, puede que si sea cierto. Vamos a rajarle la cagalera a ese perro. De seguro es el sabueso de Maximiliano.

—Malaya fuera un perro. Aunque sí. Un perro tuvo que haber sido el que se cagara en el camino.

—La verdad yo no vi nada en el camino real que no fuera boñiga, mano Polo.

—En el camino de las cuchillas, Don Humberto.

—Ese es un atajo que ya casi nadie usa, pero igual vamos rajarle la cagalera a ese cagón.

El pulpero se quedó como su pierna mala. Sudaba como si tuviera que contener otra vez lo que le había puesto en ese lugar de las cuchillas.

—Nomás son perros, como dice Don Humberto, para que perder la cal ansina —alcanzó a decir.

—Cómo que perros. ¿Acaso no fui yo el que se embarró?

—Ya nos estamos demorando mucho. He oído decir que mientras más pronto se le eche la cal mayor es la ulcera, y con eso sabríamos qué tan viva es esta cal y sabríamos, sobre todo, quién fue el que vino a cagarla así. Venga con la cal.

—Permítame, Don Humberto —dijo Apolonio, arrastrando la bolsa del mostrador.

Salieron los hombres hacia el recodo. El pobre pulpero, que todavía tenía los pantalones subidos al ombligo, les siguió entre saltos que más bien parecían cabriolas de tanto como era menester el esfuerzo para alcanzarlos.

—Para que ponerse a perder el tiempo, como su merced dice, Don Humberto —gritaba ya muy detrás, y es que no podía ir al paso de los otros, pese a que la misma cojera lo propulsaba vivamente.

—Don Humberto, esa no son cosas para llegar a tanto —seguía dirigiéndose a él, sin duda se ilusionaba que la razón prevalecería si el razonamiento era convincente.

Humberto, para no destemplar la guasa, detuvo a Apolonio antes que se le fuera la mano con la cal. Casi sofocado el pulpero al fin pudo alcanzarlos.

—Yo… yo… yo siendo vos no le echaba, mano Polo —dijo mientras resoplaba como un buey reducido en el tranquero.

—Cómo que no le va echar. Échele, para que se le raje la cagalera a ese hijueputa.

—No lo haga, mano Polo —y le detuvo la mano como si pretendiera disuadirlo con cualquier acto indispensable. Ya no le importaba a quién convencer, si al menos uno pudiera duplicar el verdadero alivio.

—Échele. No sea aguado.

—No lo mande, Don Humberto. Quién sabe cómo iba ese pobre cristiano.

—Y por qué no fue al monte.

—Verdad, por qué no lo hizo en la orilla; tenía que cagarse en el camino.

—Échele.

—Esperen. Si es por los tres riales, yo se los devuelvo, mano Polo.

Apolonio viendo que un desesperado pudo sucumbir antes de llegar al caserío, ya se lo pensaba para echar la cal.

—No sea aguado, mano Polo. Échele. Acuérdese de la embarrada. ¿Acaso el olor no le refresca la memoria?

—Yo siendo usted no lo manda, Don Humberto —dijo con cierta dignidad que provenía de la urgencia.

Humberto por primera vez asomó una sonrisa al ver que el pulpero se desencajaba como si otra vez no pudiera aguantar más.

—Y porque no lo iba a mandar, si él fue el que compró la cal. Cal de la buena, que decís vos.

—Pudo haber sido un amigo suyo, mano Polo. O uno suyo, Don Humberto, que depuso allí.

—Con más razón entonces. Échele, que después se untará sábila, eso es bueno también para las hemorroides.

Apolonio que prefería el silencio entre esas alternativas, finalmente pudo decidirse, pero justo cuando iba a echar la cal, el pulpero de un solo pujo se mandó:

—Ultimadamente fui yo.

— ¿Vos? —preguntó Apolonio, deteniendo la cal a tiempo.

—Yo, mano Polo.

—Y por qué no llegó a la pulpería.

—Es que hasta ahí me llegó el brío, Don Humberto.

Humberto, para no reírse, recordó otro episodio que también era para cagarse de la risa. La vez aquélla en la que un compadre suyo, ya en el camino real, le sorprendieron en cuclillas, nada menos que la novia con la que se iba a casar y los padres de ésta. La respuesta de su compadre entonces no precisó otra salida que postergar un plazo para siempre, aun por mucho que hubiera sido el amor que se prometieran los dos. ‘Aquí, echando una cagaíta, si gustan.’