Mostrando entradas con la etiqueta en Femenino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta en Femenino. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de octubre de 2019

DROSOPHILA MELANOGASTER




Es del vasto reino de los Artrópodos, con algunas de cuyas criaturas habrán lidiado de vez en cuando. Hexapoda, que tiene seis patas. Díptero, que tiene dos alas. De la familia Drosophiladae. Del género Drosophila. Especie Melanogaster. He aquí, pues, la pequeña mosca de la fruta, como le conocemos normalmente. ¿Por qué la Drosophila Melanogaster, cuando los guisantes ya daban buen caldo? Si han leído lo que les he mandado a leer, sabrán que esa pregunta tiene una respuesta evidente. Por otra parte, su manipulación resulta muy práctica en todo el proceso. Tiene un ciclo biológico de unos 12 días. Su dieta es sencilla, como se imaginarán. Qué dije de comer en clase... Por favor... Bueno, consta apenas de 4 pares de cromosomas, que pueden notarse en las glándulas salivares de las larvas. Y, lo que nos interesa mucho, la especie es capaz de una diversidad de mutaciones que se aprecian inequívocamente, a través de varias generaciones. El ciclo biológico consta de cuatro etapas diferenciadas. El huevo, que al trasponer el oviducto será fertilizado en la placa vaginal, donde el macho deposita su esperma. La larva, que después de la eclosión del huevo se alimenta vorazmente. La pupa que se pegará a una superficie seca hasta que se convierta en el imago o individuo adulto. Las hembras tienen un abdomen puntiagudo y más grande, con una sucesión de anillos oscuros. Los machos tienen un abdomen redondeado, pequeño, con anillos que se fusionan aquí. Estos cuentan, en el primer segmento tarsiano, de un apéndice quitinoso que es conocido como el peine sexual.1 Normalmente la Drosophila Melanogaster es de un color amarillo pajizo2; sus ojos normalmente son rojos y muy redondos. Sus alas tienen cierta nervaduras y el borde, redondeado, normalmente se estrecha aquí. No se agiten, muchachos, ya tendremos la oportunidad de verificar la clase al microscopio. Hay una especie de púas quitinosas como se ven en el perfil de la lámina, se les llama quetas. En fin, las mutaciones se descubren, como ya saben, en todo el fenotipo, pero son de mayor interés aquéllas que, además de ser muy obvias, se podrían seleccionar y combinar con facilidad. Nosotros trabajaremos con las mutaciones presentes en sus ojos, que van de los ojos más claro, sin pigmentación, a la de los ojos más oscuro, pasando por distintos grados de coloración. Hay otras muy evidentes en las alas, cuando son enroscadas, atrofiadas de algún modo o con variantes en las nervaduras. Desde luego las mutaciones son transmisibles a los descendientes.3 Ya pueden sentarse. A partir de la semana que viene, no entrará al laboratorio quien no haya traído la bata rotulada con su nombre. Así que de nada servirá que se busquen cualquier otra a última hora. Para la siguiente clase uno de ustedes, y ya veo que la alumna Antonieta…

¿Yo?

Sí, usted, señorita, que por lo que se ve no deja de repasar sus notas. Usted nos va traer un primer cultivo, del cual vamos a seleccionar las distintas sepas de nuestro estudio. Preste atención. Tomará un frasco de vidrio, como de este tamaño, lo lavará muy bien, y colocará adentro trozos de frutas. Al cabo de cierto tiempo aparecerán las moscas, no por generación espontánea como ya sabemos. Así que cuando la población sea numerosa, cubrirá el frasco con esta gasa estéril que le doy, asegurándose de que no se abra. Lo traerá el lunes y en otros frascos, con una levadura especial, procederemos a cruces particulares. Se van a seleccionar hembras y machos según ciertas proporciones.

Pero cómo agarrar las moscas sin matarles, profesor. Sólo moscas muertas he podido ver con mi lupa.

Entonces su curiosidad, caballero, no es más amplia que su lupa.

Quiere decir, bobo, que sólo así puedes ver.

Mira tú, cómo quien no dice nada, y eso que eres una mosquita muerta.

Silencio. Silencio. Por favor. Hay dos formas de narcotizar a las mosquitas de modo que se puedan manipular bajo ese estado. Con anhídrido carbónico y con éter. Esta última sustancia es la que utilizaremos nosotros.

Profesor, ¿hay que traer el cuestionario resuelto para la próxima semana?

¿Piensan que después de esta clase los cuestionarios quedarán en blanco? De la página 22 a la 27. ¿Alguna otra pregunta?

¿Cómo sabremos si los hijos ya tienen padre?

Silencio. Silencio. Sí. Es importantísimo que las hembras sean vírgenes,4 de modo que los cruces estén garantizados según la línea parental y así en las generaciones siguientes. ¿Cómo lo sabremos? Se preguntarán todos. Vamos a escoger las hembras antes de su maduración sexual. Cuando estén en la etapa de pupa o más bien cuando no hayan alcanzado todavía la coloración de su estado fecundo. Pero no se me adelanten, que los detalles, a su tiempo, se les averigua mejor.5


¿Para qué pides ese frasco, Anto? Una pecera, ¿verdad?

Es para un experimento de biología.

Ah, el de la mosquita, claro.

¿Cómo les fue a ustedes?

Eso fue el año antepasado. Apenas recuerdo que pasé, y ahora veo que es un bonito recuerdo. Escogimos moscas, o algo así, como quien escoge guisantes. Son impresionantes los ojos de esos bichos. Al microscopio todo luce impresionante.

¿No recuerdas más?

Quien sabe más de esa clase es el que le tocó llevar el frasco. Ah, pues sí, luego me dices cómo les fue a ustedes. No creo que Sansón tenga energía de explicarlo tantas veces. Por eso siempre el frasco para otros...

Aquí tiene, señorita.

¿Cuánto es?

No se preocupe. Todo sea por la ciencia.

Muchísimas gracias.

Gracias. ¿Por qué no me pediste ese frasco?

Supongo que debía conseguirlo vacío. Es sólo un frasco vacío. Se puede conseguir en cualquier lado.

Tienes razón.

Pero éste está muy lindo, ¿verdad?

Pues sí. Parece una pecera, ya te dije. Pero déjame ayudarte con eso.

Gracias.

Este silencio ya repite lo que me dirá. Es inminente que lo sepa, que me lo haga saber.

Ya conseguí la casa, Antonieta.

¿De qué casa hablas?

Los padres de un amigo mío, que son odontólogos, estarán cinco días en un tal congreso. Así que ya tenemos un lugar para estar juntos. Ya ves, no hay que esperar a la muela del juicio.

¿Cómo se te ocurre que puedo relajarme sobre las sábanas de otras personas? No estamos preparados todavía, además... Dame más tiempo, por favor.

¿A qué tiempo te refieres? Ah, sí. Seguir sólo con besos que no llegan a nada.

Pero, ¿cómo dices nada? Entonces, ¿es nada lo que sentimos, lo que nos junta cuando nuestras bocas se juntan?

¿Y qué crees que sería lo que nos junte de un modo más profundo, algo menor a lo que ya das un poder sobrenatural? Por supuesto que para mí son importantísimos los besos; vienen porque ya estamos encaminados.

¿Me puedes acaso obligar a lo que sólo por gusto puede gustarte?

¿Puedes acaso privarme de un gusto que no te atreves a disfrutar? Vamos. ¿Por qué insistes en que tu propia mortificación me lastime?

Callaré hasta que vuelva preguntar. Entonces sabré de sus intenciones. Entonces conoceré mi propia pregunta.

¿Qué dices? Será sólo un rato... Un rato que nos unirá más, eso sí.

¿Cuánto durará perder la virginidad? Supongo que para ti será un rato.

¿Te hace más mujer conservar tu himen?

¿De qué himen hablas, cuando ya no recuerdas a quienes ya olvidaste? Sí. Tienes razón; puedo enorgullecerme de que me pidas lo que ya tú no puedes darme, por eso te lo daría de verdad, hasta para compensar tu falta.

¿Me recriminas un pasado que tú me hiciste olvidar con devoción?

¿Me recuerdas que este porvenir lo impone precisamente ese pasado?

¿Así que todo proviene de mi pasado, hasta del pasado de mis abuelos? Es eso, ¿verdad? Por lo visto no puedo apelar a mis propios deseos, que ahora me abrasan de verdad.

¿Deseas más de lo que amas? Si es así, no me amas de verdad.

Te amo. Te lo he demostrado de todos los modos posibles.

Menos del modo que deseas, ¿eh?

¿Me llamas egoísta, entonces? Acaso no te convido al mismo sueño. No a dormir conmigo, sino al mismo sueño.

Tanta insistencia me acobarda. Así no podré dar ningún paso con mis piernas.

Tanta huida me vuelve un temerario. Así no podré seguir tu paso. No me perdonaría lastimarte. Puedes esperar a otro, estás en tu derecho.

No es por otro que te hago esperar. Espero por ti, tontico. No te adelantes, que espero por ti.

Los padres de mi amigo vuelven en tres días. Tú decides. Una oportunidad igual no la tendríamos en un colchón propio, y lo sabes.

¿Me das un ultimátum? ¿Es con esos términos que amas?

No sé de qué hablas. Amarte desde lejos o apenas tocándote como una flor me ha deshojado mucho. Tal vez por eso pienses que ya soy un desalmado.

¿No pueden mis labios aliviar lo que agravan?

Sí, por cierto. Será un ratico. Aquí, a la vuelta. Nadie nos vería, y así puedo esperar otras semanas.

Dame el frasco. ¿Ves, bruto, cómo son todos los hombres? Tienen el cuerpo metido en ese lugar del cuerpo. Si tuvieran la misma sensibilidad que los conmueve, pedirían perdón por ser así.

Si pidiéramos perdón, como dices, no lo mereceríamos de ninguna manera. No tiene caso discutir más. Mi amor por ti ya no me pondría palabras amables. En este punto, mi despecho te haría menos daño, mucho menos del que me hace a mí. Adiós.

No lo dice en serio, pero la urgencia es verdadera, y yo ya no me podría enamorar por primera vez. ¿Qué podría perder si no lo pierdo a él? La virginidad no ha sido una conquista propia, en cambio perderla con el primer amor es una ganancia que no tiene segunda ocasión en el mundo. Él mismo ya no podría ofrecerme lo que tome de mí. El rastro es mío y de nadie más.

Espera.

¿Debo esperar como antes?

Espera dos días. En dos días.


Es increíble que en apenas unas horas tuviera una colonia así. Deben estar durmiendo. Es tan tarde. Es medianoche. Ya estoy lista. Sólo falta que amanezca, que se haga de noche otra vez y que vuelva amanecer. Entonces me vestiré como nunca, acaso porque voy a desnudarme frente a quien lo convoca el mismo propósito sagrado. ¿Y si ocurre que duele, que no puedo soportar el dolor, y entonces lo que iba a darse se trunca de pronto? Me afligiría mucho que el dolor me paralice en el sitio escogido, o que me empuje sólo a placeres ajenos. No habrá rudezas, me lo prometió. Algo de su pasado es tierno. Lo único rudo será la espera, tal vez un insomnio que me espabile hasta que pueda despertar con él. El trance en sí mismo no debe durar mucho para compartirse a partes iguales. Tal vez un poco más que el de las moscas. Este lunes también tengo que llevar el frasco. Entonces habrá millares de huevos por doquier. La cópula es breve y la brevedad se disemina en estos huevos. ¿Y si quedo embarazada? Sería algo muy complicado, por cierto. No puedo quedar embarazada. Según los días de mi ciclo, no estoy ovulando. ¿Y qué sabes tú si dentro de lo que sabes hay un ovario prolífico? Soy virgen, y las vírgenes son propensas a quedar encinta, siendo la primera vez un buen comienzo. Ambos somos imagos, tenemos ya la coloración de nuestra madurez sexual. Las alas de nuestro amor ya se han extendido en su lozanía. La luna sigue orbitando nuestras cabezas, y para cuando entregue este frasco de vidrio ya habrá dentro de él un nuevo comienzo que veremos repetirse con diversidad de mutaciones. Después de la clase de biología, entonces el encuentro. Dime: ¿qué es lo normal aquí? Los ojos rojos, supongo. Los que ven por nuestros ojos, supongo. Ah, esta tardanza... estas mismas dudas, que seguirán hasta el momento oportuno, me parece que ya influyen en la especie. De seguro alguien se le ha concebido según estas demoras; en una remota cueva; bajo un puente de piedra; en el pescante de un coche del siglo XVIII, entre germinales cerezos que ya son centenarios. Quizá yo y mi vigoroso amante por separados corregimos nuestras propias ansias, hasta el punto de nacer para ellas y para todo lo demás que nos junte o nos separe. Y todavía faltan unas cuantas horas para la cópula. En dos días nacieron los de antes, en dos días nacerán sus descendientes. Si tanto me preocupa una prole, que sea la que de mí provenga. Concéntrate en el acto venidero, el que vas a consumar con tu novio. Ése es el que te incumbe ahora. No importa que quedes embarazada, pues estoy dotada de esta misma facultad que me trajo al mundo. Pero, ¿y si quedo embarazada? Tengo 15. Será un escándalo. Un Orfanato terminará de parir a mi hijito. Nadie me perdonará; ni siquiera él, cuando el perdón, como el feto, tendría nuestros genes compartidos. Nacerá con la mitad de su patrimonio y con la mitad de mi matrimonio. No. No. No. Si la virginidad me ha conservado hasta ahora, procuraré conservar lo que ella hubiera conservado para siempre. Me lavaré una vez acabe todo. Ah, sí. Más bien por anticipado pondré mi maternidad de excusa. Sí. Tal vez eso lo disuada, que el producto del acto sea lo que obstaculice el mismo acto. ¿Y tú crees que en esa situación, ya desnudo los dos, hay pudor por donde devolverse? Cualquier freno será un acicate. Cualquier beso de despedida me tomará cautiva. Y si escapo, me repudiará. Para salir de mi promesa tendría que quebrarle las bolas en los dos sentido que implique su despecho. ¿Por qué le das tantas vueltas? Entregarse reforzará los lazos del amor. Ya no estoy segura de que su embeleso perdure después de que me haya desflorado. La virginidad es el mejor afrodisíaco para los hombres... y después necesitan artificios que los alejan cada día.

Hija... ¿Estás despierta?

Miraba el frasco. Creí que la gata...

Ay, hija...

¿Qué pasa, mamá?

Una tragedia. Acaba de morir la tía abuela.

Qué dices.

Llamaron del hospital. No sé, no entendí muy bien. Un paro.

¿No había venido para curarse? ¿No decían que estaba bien? Entonces, ¿para qué le trajeron?

Yo también pensé que era mejor dejarla donde había vivido toda su vida...

Ya, mamá.

Cómo puede pasarnos esto.

Tus lágrimas, madre, me conmueven hasta el llanto. Yo que iba a llorar de felicidad me ahogo antes de llegar al agua bendita.

¿Le velarán en la sierra? ¿Tendremos que irnos ya?

No. Ya dispuse todo para que sea aquí. La prepararán lo suficiente para que lleguen todos.

¿Aquí? ¿Hasta que lleguen todos?

Esto igual es grave. Su muerte es grave; lo que la mató sólo es grave porque su muerte es grave. Estar de luto ahora, cuando todo se aclaraba.

Ya la traen. No hubo necesidad de autopsia.

Y, sin embargo, me han abierto para eso.

Cree que saco partido del luto. Se imagina que le telefoneé para no darle la cara. Ya me dijo que no habrá prórrogas. Cuando los amantes hablan de plazos es que su amor tiene un límite desconocido. Pero, ¿acaso la muerte no nos demuestra ahora que hay que apresurar la vida? Quiero ir; ya estoy decidida. No tengo que convencerme de lo que ya estoy segura. Pero, por otro lado, no puedo abandonar el velatorio. Apenas conocí a la finada, es verdad. Era tan vieja que no me explico tanto alboroto. Deberían darle vivas como no le dieron mientras vivió, y sepultarla sin más. Con el perdón de su memoria, no tengo que recordarle para siempre, y la tendría que recordar precisamente así, para siempre, si olvido el compromiso con mi novio. No es justo que tenga que llorar por una muerte que me hace daño y que ya aborrezco. Si salgo sin justificación alguna, se me indagará hasta que el silencio me avergüence. Si puedo escapar... Si vuelvo alegre, tendré que disimular mi alegría con tantas lágrimas que al cabo todas ellas amargarán mi gozo. No importa que la sazón del mundo acrecenté mi caudal. Iré. Me escaparé, a la vista de quienes me persigan o me repudien. Ah. Si me quedo, como la mayor de las dolientes, a mi dolor le pondrán un nombre muy distinto, sin saber que es el mío. Estaré a la cabecera de un duelo que me amordazará con mortajas ajenas. ¿Qué decido en esta encrucijada? El amante no es menos cruel que la difunta, pues con toda su virilidad exige lo que sin vigor ella ha conseguido. Qué hacer. Correr a sus brazos, desde luego. Salir por la ventana. Llevar el luto como máscara y así escurrirme con feliz astucia. Mejor llevar ropa aparte, pues me desnudaré sin malos agüeros. Ah, pobre de mí, estoy atrapada en mis impulsos. Decidida, pero sin poder decidirme aún. Pregúntale al frasco de vidrio, ya no está vacío como antes. Qué hacer. Echar andar el frasco, vuelta y vuelta, hasta el borde de la mesa... La mesa ciertamente tiene un borde del que he visto caer otras cosas, y la circunferencia del vidrio no acaba nunca. Si se puede imaginar un sistema infinito, va ocurrir entonces que ni empieza ni termina lo que abarca todo, e incluso la misma imaginación sería suficiente para que no se complete nada, ni más adentro ni más afuera. Cualquier punto entonces siempre estaría en el medio de esa vastedad. Esa mitad universal sería el ángulo de cada ángulo, en tanto es el ombligo de lo que tenga ombligo. Es como si nada naciera nunca. Por eso tenemos la impresión de que una cosa se repite de muchos modos, y que hay los modos de recordar algo que requiere cierto esfuerzo que no se puso para olvidarle. Por eso se dice que hay fuerzas escalares u otras mínimas. No es que haya una similitud posible, sino, más bien, el umbral es el mismo para todo. Por eso las paradojas. ¿Cuál sería la explicación más simple? ¿No sería acaso la que lo explique todo? Por eso nos eclipsan nuestras dudas. Fíjate, la estrella que vemos en una galaxia distante no me desgarra en el mismo centro donde puedo romper este telescopio ahora, y, sin embargo, ocurre lo que no tiene modo ni espacio ni tiempo ni otras dimensiones para ocurrir. Yo estoy con mi amante, aunque una indecisión nos repele el uno del otro. Mi vagina está donde está su pene. Alégrate de eso. Pero ¿qué pasa si no pasa nada? Lo que es más, que pasa si nada existe; si existe nada. Adónde dejas la nada, niña, ya que también la mencionas tanto. Ah, la nada, porque cierta nada pasará para cuando lo decida todo. Cómo crees que algo menor se me iba a olvidar. La nada existe sólo porque no es. Ella recrea en sí misma lo que no existe. Entonces otra vez lo que percibimos, tal cual lo creemos percibir, la estrella en una galaxia distante; el telescopio roto en mi habitación; los ojos, normalmente rojos... Entonces él, mi amante, del otro lado del teléfono, reclamándome que es mi novio, al tiempo que ya deja claro que no lo será, y simplemente si se repite lo que nada existe. Otra vez aquí. Todo separado. Otra vez el insomnio. Otra vez el velorio venidero. Otra vez su pene en su pene. Otra vez mi vagina en mi vagina. Otra vez estoy a punto de decidirme. Sin embargo, otra vez y siempre la mitad de las mitades en todos los puntos. Ahora que estoy más decidida que nunca, no puedo avanzar más. El mundo es como es; la nada, como existe. Sí, con estas relaciones, tal vez incestuosas, hay algo en lo efímero que siempre nos recuerda la eternidad. Dejemos que el frasco ruede. Rodará hasta el borde de la mesa. Tal vez nunca caiga al suelo. Tal vez los huevos sigan con sus padres, en cada vuelta preservada. Disfrutemos de esta licencia que no se agota aún, porque aún no me decido y el dilema es doble y por lo mismo cuádruple, y de otras dieciséis vertientes, 256 por 256... Si se rompe el frasco, es que mis esperanzas son tan frágiles. No temas, Antonieta. La fruta volverá a reunir el jardín, y la Drosophila Melanogaster no notará ningún cambio, ni que lo transmita a sus descendientes; ni que coma sobre astillas de vidrios las frutas prohibidas. Invictas criaturas. Vuelta y vuelta. No tengo que decidirme mientras todo gire. Podría pasar la vida en esto, y nadie podría culparme. Somos como moscas, dirán, pero con otros pares de cromosomas.

1 Peine sexual: para este profesor calvo y poco agraciado.

2 Amarillo pajizo: Masturbación hasta la anemia.

3 Transmisible: Yo creo que la castidad de unos también es capaz de influir en la descendencia de otros. Atreverse, o no, debe consentir resultados especiales.

4 Es importante, por eso se nace virgen.

5 Huevos: Una hembra es capaz de poner alrededor de quinientos huevos en su edad fecunda, cuántos sería capaz de poner al morir.

viernes, 8 de marzo de 2019

Minuto de Silencio



¿Cómo pudo hacerlo? Esta vez casi se mata.

Se subió más alto, eso sí, pero en el fondo, muy en el fondo, parece que no quiere caer de verdad.

Es la única que lo intenta, y se supone que todas venimos por lo mismo.

Pero al parecer no para lo mismo.

Yo no soy como ustedes.

Ah no, es verdad. La señorita sólo es nuestra vecina menos indiscreta.

Una vecina chismosa, yo diría, que vive bajo el mismo techo. ¿No quieres un cigarrillo, chica? Ya se te habrán acabado los tuyos.

Déjale. El humo le daría un aire muy raro.

Mejor que fume sola a ver cuánto le dura lo breve.


Seguí el sutil hilo de tu voz hasta tu boca y descubrí que tu boca es como tu boca: cuando cantas; cuando lloras; cuando callas.


Huerfanita que lo perdió todo cuando se perdió ella.

Y que ya no tiene nada porque la encontraron.

Pobrecita.

Le hervía la sangre, igual que cuando estaba afuera. Quería hacerse una tajadura que le cruzara el rostro, y luego esperar por lo menos un año a que cicatrizara como la rúbrica de un hierro candente. Tal vez después podría cortar carne ajena hasta lo más profundo. Tal vez entonces, sólo con sus uñas, podría imponer su ley.

Cada muchacha tomó de su dieta un cigarrillo. Con un yesquero dividían los turnos y la lumbre. Era increíble que hubiera cigarrillos allí. Cualquiera de afuera se figuraría un contrabando, pero los cigarrillos se suministraban a todas según una dotación fija, como las pastillas y los postres, y ciertamente no alcanzaban para nadie. La conversación se hacía fácil mientras ellas fumaban en medio de esas ramificaciones que iban disgregando el humo.

Todavía estás aquí. La verdad eres porfiada, chica.

Entonces hablemos de ella en cuerpo presente, para ver si podemos hablar a sus espaldas.

Era más ruda ella, y lo saben.

Su cuello, sin duda, está muy acostumbrado a ciertas durezas. Ya ves que no hay soga que la ahorque.

Se creen mucho, ¿verdad? Como ahora no tienen que seguirla a todas partes.

Seguirla dices…

Somos bastantes para ti, no lo olvides.

O lo quieres recordar una por una.

Las muchachas siguieron conversando en un corro que la marginaba a ella. Se valían de más improperios que los que regularmente empleaban para tales formas, apenas pretendía que la hostilidad no careciera de medios impersonales. De cualquier modo, la conversación discurría igual que si no se dijeran nada, a pesar de que el ocio fuera tan pródigo en su asiento o a pesar de que supieran que ciertas palabras necesitan de resortes especiales.

Por alguna razón, inconclusa para ella, no quería marcharse de allí. Las otras muchachas ya no le determinaban en absoluto. Seguían conversando frente al espejo, mientras la duplicidad de sus afeites recobraba un vigor simultáneo y sin duda efímero en su propagación. Desde lejos supo que los asuntos languidecerían hacia un silencio difícil de convenir. Esperó a propósito, pues esa especie de porvenir iba a hacerles rogar, también en silencio, por una salida, y, si no, de qué manera iban a salvarse del convenio.

Aún las palabras seguían cruzándose entre las colisiones de siempre. Ella veía que aquella confederación no desdeñaba detalles, aunque por lo demás no parecía exceder las amplitudes de ese cautiverio. Tal vez urdían la fuga a través de cierto nudo que las retenía a temas habituales y por lo mismo nada sospechosos. No obstante, después de repetidos amagos, todas iban a quedar al borde de un vacío y cuando eso pasara, cuando el cielo recobrara de pronto sus raíces, ella sí callaría impunemente, mientras las otras trataran en vano de decir algo natural que jamás vendría a manifestarse, sino en la única boca que podía callarlo todo.

Estaba ocurriendo. La conversación se hacía más densa cuanto que las palabras escaseaban por doquier. Entre ecos interiores todas se dijeron que aún tenían mucho qué decir, y apenas el alegato de esta certidumbre empezaba a monopolizar la elocuencia. Cierta perplejidad les medraba en el rostro como si los arañazos de arrugas milenarias al fin pudiesen agitar una orilla. Con el tiempo ya poco importaba los temas elegidos, cuáles podían escogerse por tales, pues lo verdaderamente sustancial sobre cualquier tema era lo que todavía se pudiera decir con esos fundamentos. Al menos cada una podía intercalar sus giros y esa posibilidad compartida les ampliaba un límite del que iban a aprovecharse más allá de lo que permitiera la agonía.

Los ojos empezaban a saltarse como si de pronto una oscuridad careciera de asideros. Las bocas, acentuadas por los pintalabios, ahora lucían atroces, ávidas por un ayuno del todo impalpable. Sólo podían concebir una escena que no fuese la que en ese momento ellas protagonizaban, sin saber que todas lo ansiaban al mismo tiempo y según el mismo rigor. Ella imaginó que sus rivales sólo podían imaginar a dos tapias operísticas cogiéndose de sus solapas. Las muchachas se tomaron las manos en un círculo y entre monosílabos resbalaban igual que si lo hicieran sobre escollos. Temieron que les sorprendieran calladas como idiotas o como si en realidad sufrieran la misma tensión de aquella viga. Ella, en cambio, las veía más hermosas que nunca. Sudorosas. Trémulas. Inocentes.

El silencio al fin anegó las lenguas en una sordina que no se apagaba. Ella podía hablar, le era lícito vengarse con esa facultad tan promisoria al tiempo que terrible. Por fin lo notaron las otras, como si fueran corderos a merced de un depredador. Lamentaron tantas palabras previas que ya parecían revelarse en contra. Ella, todavía al margen, aguardó con la paciencia de quien en verdad sabe conservar un secreto. Le daba largas a algo cuyas extensiones le confería un poder superior, como el de hincar mordiscos en la carne sudorosa, trémula e inocente.

Hubieran pedido perdón si aún estuvieran dotadas de la palabra, o hubieran dado voces de auxilio y acusación si al menos los gritos fueran posibles entonces. Hasta anhelaban las reprimendas del cautiverio si venían a deshacer esa eternidad en apenas un instante.

Me voy, quedan en su casa.

Fue lo que apenas dijo y se marchó hacia la única salida de todas ellas. Ninguna supo lo que quiso decir con eso, sólo podían disolver el círculo entre la perplejidad que les concernía a todas, desanudar las manos con vergüenza y callar un poco más, quién sabe hasta cuándo.

Tardaban las noticias sobre aquel nuevo intento que también parecía correr el nudo de cada una, y seguía sin aparecer su artífice. Podía pasar muchas semanas antes de que se le incorporara entre las píldoras de siempre, o más bien era probable que le enviaran a otra almena, más allá de lo que fuera posible ver bajo el mismo cielo. Ya no parecía que hiciese falta la acritud de aquélla, todas se habían acomodado entre los modos de una ausencia que ya poco importaba. Aunque tal vez, incluso si ninguna lo confesara así, seguían leales al mayorazgo ausente, imaginándose que al final se restituiría el orden en ese cautiverio. Por lo demás, las conversaciones ya versaban con distintos impulsos y entre digresiones comprensibles, solía repetirse cosas íntimas dentro de las que subyacía un plan de fuga, que ni ellas pensarían desarrollar sino en una ocasión imprevisible.

Siempre al margen, supo que para franquear los muros hacía falta la que no se podía sustraer del condigno castigo. Esperar a que saliera al patio; esperar que otra soga no fuera su nuevo cordón umbilical. Pero de qué valía una fuga en un sitio así o fuera de un sitio como ése. Lo más seguro es que se les cogiera a los pocos metros, patinado entre el pantano y con una cara de chiflada que no importaría justificar entonces. Ella sabía el terreno que pisaba, conocía los confines de sus propias huellas con apenas pararse en un ángulo reglamentario. Ella sí que podía seguir sola, como un ángel terrible que las demás repudiarían desde siempre, pero acaso porque en el fondo todas temían la misma soledad que sólo era posible imponer con independencia. De a poco sucedió que colgarse no era tan horrible como dejar de maquillarse, y ella era la única que no se maquillaba. Poder acceder a navajas para raparse era aún más horroroso que segar el pescuezo con un tajo firme, y ella ya iba lampiña e impoluta como una perla.

Pasaron otros días y el cabello fue creciendo, y a medida que crecía las otras iban temiendo púas por doquier, no solamente en el cráneo inescrutable. Evitaban tocarla, aborrecían verla tan hermosa y con el cabello incipiente, callada y proscrita por todas ellas. Si al menos pudieran escupirla sin temer una maldición recargada, no sólo la escupirían sino que la matarían entre arañazos. Pretender otro extremo era subir hasta la azotea y al menos gritar las últimas oraciones desde allí.

Después de ciertos escalones, que no pocas contaban escrupulosamente al subir, estaban los que decidían los papeles. Ninguna iba a envejecer entre esos umbrales, ellos las expulsarían del jardín después de tantas píldoras y enemas. Ocurría, sin embargo, que los papeles aumentaban las cosas que no se podían referir en ellos. Egresar de allí era no saber cómo se había entrado ni por qué el mundo apenas cambiaba afuera. No conocieron viejas confinadas a esos muros, y acaso todas alcanzarían a vivir lo suficiente para ver todo lo que envejecía dentro de esos muros.

Una mañana sólo ella quiso salir. Las demás quedaron adentro, maquillándose hasta rasgos tan irreconocibles como las volutas de los cigarrillos al espejo. Delante de un macizo de flores se sentó al sol, y sobre un cuaderno empezó a rastrillar un carbón.

Te veo haciendo notas todas las mañanas, frente a esas flores.

Es un colibrí que viene todos los días.

¿Dibujas?

Son unas palabras nada más.

Así que escribes.

Algo para no dejar de leer.

¿Puedo leer entonces?

Adelante.

El colibrí tiene los colores de sus flores. El colibrí al vérsele entero es invisible en todo lo demás. Se sabe, por ejemplo, que su dieta es el néctar. El colibrí para prevalecer inmóvil no deja de batir sus alas con el mismo empeño de su estado inmóvil.

Hoy no vino el colibrí.

Pero estas notas son exactas y acaso así puntuales.

Eres el único hombre que dejan entrar, seguro debes dejar muchas cosas afuera.

Sólo lo que no cabe acá.

Una jaula no cabe acá.

Es bueno saberlo para el colibrí.

Entonces que no sepa lo que escribo de él.

¿Quieres un cigarrillo?

¿Uno más de la cuenta?

Uno mío, qué más da.

Que conste que me inspiras poca confianza.

En cambio tú eres la única muchacha buena de aquí.

Podré ser todo lo buena que tú quieras, chico, pero resultaría malo confiar en mí. Oye; son mejores que los cigarrillos de contrabando.

No son de contrabando.

Deberían serlo, tal vez así durarían más.

Por qué no pruebas con la jardinería.

¿Lo dices porque me permiten tocar las tijeras?

El cabello ya no le punzaba las palmas, era lacio como antes. Había sido Dalila y Sansón durante un tiempo en que no se podía ser sino quienes los papeles decían arriba. Sus rivales se maquillaban hasta de noche, y no era que los papeles lo dijeran, y preferían los peinados a que viniesen a cortarles los cabellos.

Un día, como de la nada, amaneció en su colchón la que se habían llevado. No era la misma que se encaramó para caer, daba la impresión de que aún colgaba del techo. Ninguna quería acercarse demasiado. Por aquel entonces evitar a dos criaturas raras empezaba a estrechar colchones, pintalabios, cigarrillos, ropas, hasta los ayunos de tantas inapetencias.

Esta vez, apenas maquillada para disimular los estragos de la soga, sobriamente maquillada es verdad, quiso compartir la mesa con quien compartía del mismo modo la tiranía.

¿Qué papel nos toca arriba?

No soy tu Lázaro, pendeja.

Fue lo único que dijo. Al amanecer yacía envenenada por todos los corpúsculos que evitó en meses, los que había enfundado en el colchón quizá para envenenar a enemigos que desde el último piso impartían récipes a ciegas. El sepelio se hizo entre otros muros, era como la fuga esperada por todas las demás, pero sólo se le permitió ir a la que no necesitaba maquillarse para corregir el luto y la desolación propia.

Nunca había visto a una persona muerta. Todo era tan funerario hasta que al fin vio que el ataúd tenía la medida exacta de un sueño eterno. La vistieron y la peinaron con lo que más le favorecía, y aun unos rubores reanimaban su acritud de siempre. El servicio repetía las palabras de rigor entre una sordina a la que sólo se le escuchaban sus ecos.

Ciertamente a ella se le permitió ver, el permiso no tenía restricciones en esa hora difícil. Así que se acercó, poco a poco, durante un minuto de silencio para el cual no había que infundir otros terrores ni velar otras amenazas. Todo lo demás era tan insufrible que sólo la muerta parecía recobrar sus funciones en mitad del rito. Estaba como dormida. Advirtió que su belleza era igual, y aun su belleza se le figuraba mayor. Nunca antes pudo acercarse, ni siquiera pudo bajarla de la soga. Tampoco supo reconfortarla en su momento. Cuando regresó, en vez de aprovechar su papel entre las otras, apenas convino una pregunta estúpida que sólo era posible responder desde el exilio. Pero entonces sucedía que más bella que jamás lo fuera cualquiera de sus discípulas en vida, vestida impecablemente, con el cabello crespo y perfumado, boca arriba como si esperara por fin del cielo el milagro, no se movía ya que no era necesario ningún estorbo para ese silencio en cuerpo presente. Estaba invicta, y sólo así era posible besarla por primera vez. Seguir el sutil hilo de su voz hasta su boca y descubrir que su boca es como su boca: cuando cantaba; cuando lloraba; cuando callaba.


sábado, 19 de marzo de 2016

AHÍ SE LO MANDO



Ahí se lo mando seco a ver qué le saca la pendeja. Lo hará trabajar como un condenado sin más que el sudor para apaciguar la sed. No es una idiota como para que la endulce un chocolate desabrido; tampoco es una crédula para fingir que todo lo cree. Detrás de la puerta, como una fiera al acecho, seguro le monta una celada de la que no podrá escurrirse. Ya le tiene prendido a su medida. Creo que a estas horas debe estar girando la llave el pobre diablo, como si con sigilo fuera capaz de una vena autoritaria. Se me figura que querrá hundirse en la cama sin siquiera mover un dedo. Pretextará un cansancio que si lleva consigo, uno que de ningún modo se sentaría a explicar ni que así pueda sentarse un rato. Insinúa, seguramente desde lejos, que cualquier roce amargaría como la hiel. Omite la comida por razones que tampoco tienen que decirse, aunque por lo demás sean muy sospechosas. Bosteza, eso sí, como un viril león, pero ya nota que no puede librar el trance sin un arañazo de los míos. Dormir impunemente es imposible entonces, sólo un desvelo aceptable le puede evitar la pesadilla que tanto teme. De pronto resulta peligrosa la cornamenta que le puso a su propia mujer. De pronto llegará la noche a pesar de que el crepúsculo colme el cielo con sus mieles. Sabe que ya está dentro de su casa, bajo destellos de zinc, así que no hay ningún rincón donde pueda guarecerse. Si se impone un acto repetido, lo que justo va ocurrir, no le quedará más remedio que hacerse el fuerte. Durará más que lo normal, eso puede profetizarse hasta después que acabe todo. Hay que dejar que hagan y deshagan los tortolitos. Olores de ajenas proezas tienen cierto vigor afrodisíaco. Pasan los minutos. Unos minutos más. En fin, se alegra de que las cosas terminaran dentro de ciertos límites favorables. Lo mismo no puede decirse de sus quemaduras. Ella se va al baño. El pobre diablo ya parece un angelito, ruborizado y sensible. Tan inocente al mismo tiempo, como si el único pecado fuera el de ceder hace poco. El sueño urge antes de sus manglares. Tiene ganas de orinar toda la noche, esto en verdad es así. Cuando le toque su turno irá a desaguarse como una yegua o más bien como una lluvia. Sin embargo, parece que algo no está bien. Él se comportó como debía, pero de seguro tanta ausencia prolonga un reproche. Ahí está. Después de todo sale su virgen de siempre, lleva una cara hecha de muchas caras horribles y apenas una gota en su mano; una gotita que la bruja tuvo que parir con los más retorcidos pujos de mujer alguna. El milagro no la hace feliz, por cierto, y él ya conoce su destino. De pronto se imagina tantas palabras providenciales, pero ninguna puede socorrerlo ahora. ¿Cuáles salidas son lúcidas ahora? Ahora mismo quisiera saber cuáles. No puede creer que las mujeres lleven tan maliciosos cuernos, pero en aquella mano quedaba lo que a él tanto le costó ofrendar con devoción y sacrificio. Casi se mea, pero cómo va el baño cuando el mundo con una gota se le viene encima. Ahí está de pie, estéril, sin saber ni cómo sentarse. Se lo mandé mudo y seco. Bueno, casi seco, para que por fin ella entienda mi mensaje, y, precisamente a través del emisario, no le quede duda del mensaje. Sí. A ver qué más le saca la pendeja.

domingo, 31 de enero de 2016

Boceto


No quiero volver con el papá del niño. Cómo va entender la criaturita si tengo que explicárselo muchas veces, igual que a un huérfano. Se le parece mucho, es verdad, pero un padre así no tiene cara para que su vástago le mire con otros ojos. Además, ya ningún consuelo lo tendré por ofrenda. Me jura, y con el mismo énfasis, que no será como cuando tuvo a punto de malograrse el parto. Me jura que sólo el regreso lo hizo volver en sí. Me jura que una mujer malvada le dio un bebedizo, ay, como si nunca hubiera brindado con la misma copa. Me jura que hoy se arrepiente y que también se arrepiente de no haberlo jurado a tiempo. El primer día le hubiera perdonado todos estos años, es verdad, pero después de estos años ya sólo le perdonaría ese primer día. Cuando se fue podía creerme cualquier cosa, incluso le hubiera creído que un día como hoy se aparecería de repente, diciéndome lo que me dice hoy y lo que hoy me dice de mañana. Pero hoy es otro día y mañana está por amanecer. Si trata de persuadirme con similares encantos y promesas, será porque quiere fecundarme una y otra vez, en pos del mismo niño que abandonó en su nacimiento. Cierta fatiga inconclusa le hace urdir una vida de lealtades sospechosas. Seré madre de nuevo, por supuesto, pero no porque él se proponga forzar su régimen devoto, ni porque lo exalte fugas venideras, ni porque crea que es el único bajo mis pies. Ahí viene. Creerá que le diré que sí, así como si nada. Mi respuesta será otra, más oblicua que un no rotundo, y la conocerá por fin de frente, después de cinco años.

domingo, 27 de diciembre de 2015

ROJO SOBRE ROJO

Apenas sé que son rojos. Pese a que es difícil saber una cosa distinta, ya nada es tan sencillo para que resulte conveniente y fácil, ni nada puede ser tan parecido entre sus partes mientras el centro no se revele todavía. Rojos, eso desde luego, como quien dice amarillos. Antes eran amarillos, así es como puedo recordarlos, cuando sencillamente podía sentarme y cruzar las piernas y tal vez leer una historia sin remordimiento alguno. Se me ocurre que de cualquier modo esta confesión ajena me va ruborizar, así que es mejor descolgarse desde cierta serenidad que no es la mía, porque cómo decir si soy hombre o si soy mujer al tiempo que las palabras son las únicas que recobran un cuerpo predecible, sorprendente. Que sean las palabras entonces las que además de proclamar pareceres, matices y señales puedan al cabo reivindicar una condición tan propia que yo no la alcance a sostener por completo.


Antes de bajar aquellas escaleras que llevan a tantos sótanos, estaba en una terraza desde la que podía ver el bulevar con sus frondosos árboles de caoba. Se apreciaban, como en una postal, las reuniones insulares de los bancos y los demás peregrinos que se movían como náufragos o vigías entre esos bancos. Amantes, mendigos fraternos, mensajeros, negociantes, maternidades, y aun solitarias figuras que también eran susceptibles a cierto carácter gregario que desde el cielo se repartía. Fue la lluvia entonces la que empezó a repicar sus cascabeles. Las gotas eran grandes como en pocas ocasiones se ha visto y caían según la orla de una tempestad venidera. Se escuchaban los clarines de esos pregoneros y la masa de nubes ya no amenazaba en vano. Las remotas veladuras de pronto estaban encima, y de pronto llegó un diluvio que corría desde esos nubarrones, entre los tupidos árboles, hasta despertar la fragancia de la tierra. El bulevar empezó a correrse como si un ejército muy disciplinado ejecutara una maniobra en bloque. Todos parecían haber elegido el flanco más probable para guarecerse mejor. Se escuchaban unos traspiés, pero de nuevo la retirada era uniforme y por esa misma virtud cabal. Hasta los mendigos temían a los raudales. Las conversaciones de pronto ya no importaban tanto y el silencio compartido piaba interjecciones que pudieran salir de cualquier boca. Se olvidaron los besos, las siestas y las meriendas y todo el caudal empezó a represarse hasta un límite en el que cada uno debía decidir su propia disgregación, mientras durara la lluvia o mientras se conformaran con ella.

La lluvia cesó de repente, apenas si humedeció la grama. Era increíble que en un instante las retorcidas figuras fueran bíblicas y casi lindaran con los clarines. Bajé de la terraza (otros hubieran dicho que del cielo), crucé el bulevar y al fin seguí por las escaleras como la gente que procuraba no descalabrarse desde lo alto. Entré y vi que los que saldrían no se imaginaban en aquel bulevar ya desnudo desde un escote repentino. Otra vez en el andén.

Los trenes atestados como siempre. Había que entrar como si en verdad se quisiera salir de los vagones, de otro modo sería improbable cualquier ingreso. Otra vez dentro del tren, menos mal que ya se puede decir lo que en el acto resulta más difícil. Entre los empujones y los humores hay lugares (o más bien grietas) inaccesibles para todos, por eso se me ocurre que los asientos rojos tenían horizontes e ilusorias puestas de sol. Los trenes de antes tenían sus asientos amarillos y amarillentas páginas se marchitaban entre las manos. En hora pico nunca se ha podido escoger un puesto, es verdad, pero esos asientos rojos están ocupados con pasajeros que parecen extensiones utilitarias de los trenes, empotrados allí desde el principio. Se mueven y respiran como los que van de pie. Dicen que se apean en ciertas estaciones, pero se dice también que sólo lo dicen quienes pueden relevarles al punto. Una prosapia inmutable desde los albores del tiempo, con caras distintas tal vez, pero con los mismos umbrales sobre sus hombros.

Como son las palabras las que recorren mis facultades de un modo comprensible, qué importa si me quejo de que las piernas ya no soporten más. De cualquier manera, pocas esperanzas tuve desde el principio. Ser alguien entronizado, incluso con cetro, era algo que aparentemente sólo se podía a través de aquellas grietas. Desde luego que no eran inaccesibles después de todo, pero si atemporales para todos. Se paraba alguien y de súbito el sustituto tenía los afeites que correspondían a su propia hechura, y hasta los modales venían desde un ombligo incognoscible.

Ese día había visto una lluvia, o más bien eran letras elementales que el cielo entre sus aguas menudeaba sobre las hojas. Entré hasta el fondo de la tierra, como si la hubieran excavado ustedes, y por fin pude encontrar más detalles de los que era capaz bajo la lupa. No sé si porque ya me leen entre mis temblores es que pude asir una manilla singular. Entonces con ojos de murciélago vi como nunca a dos pasajeras contiguas. Madre e hija conversaban cosas pueriles para las cuales no era necesario precisar nombres. La conversación adolecía de cierta ambigüedad, que muy probablemente retomaba impulsos anteriores con una misma modorra. La hija se le parecía bastante a la madre. Era acaso lícito creer que cualquiera tomaba un asiento e iba envejeciendo en el siguiente, o en grado sucesivos las grietas dividían los volúmenes sin piedad, hasta que la matrícula confirmaba sobre sus hombros ese umbral correspondiente.

La explicación, sin embargo, era muy común. Una colegiala y su madre hablaban sobre cualquier tema, lo hacían antes de ir a recoger el boletín de calificaciones. Si había orgullo, despecho o pesar, eso no era posible advertirlo. Lo cierto es que la muchacha tenía un rictus diferente y una apostura definitiva. Algo había pasado sin que ella misma lo notara. No es que se echara de ver a través de ella, pero ya estaba allí, y una evidencia incontrovertible iba a quedar ante los ojos del mundo.

Un puesto vacío. Dos puestos vacíos, uno al lado del otro. El de la madre desapareció como un relámpago, y sólo quedó el rojo de la hija. Por primera vez era posible sentarse, pero también los medios amasaban cierta viscosidad para cualquier audacia, mientras el tren iba frenando a lo largo del andén. Sentarme no era algo que tuviera que contar aquí, tal vez por eso sólo iba a atestiguar lo que me marginaba de un modo previsible, o tal vez tuve el temor de que algo tan reciente tuviera ya su fósil en mí. De cualquier modo, ese instante de duda lo habría de rebasar cualquier otro pasajero. Los pasajeros entraban y salían como lo hacía yo, como lo pude hacer yo, con la normalidad de no leer nada, pero tan normales como yo.

Alguien iba a demostrar, paso a paso, una rutina vertiginosa y fulgurante. Era algo a punto de ocurrir, como una tempestad que tal vez recaía afuera. Madre e hija ya subían los escalones en medio de otro desahogo. Aunque la perplejidad también era un óbice de cierta altura, cierto hombre se atrevió por fin, acaso el puesto estaba frente a las narices de todos. De pronto ese hombre se refrenaba en pleno lance, resoplando como una locomotora. Se vieron las venas marcadas del brazo, sus dedos contraído en la empuñadura del techo, la otra mano en las tripas, los pies en el retroceso de huellas hondas, los labios apretados, el repliegue de arrugas insospechadas, todo como si contuviera una inercia formidable en contra de la cual temiera zozobrar terriblemente. Con mucho sacrificio evitó un puesto rojo en cuya curva estaba una gotita roja, tan diminuta y tan perfecta. Los vecinos se imaginarían otros efluvios, pero el hallazgo ya era evidente para todos.

Incluso quienes entraban sin noticia cierta, parecían percibir el influjo de aquel titán que ya recobraba su resignación, sí, una resignación que no justificaría jamás. La gotita de sangre detuvo a muchos guerreros; detuvo hasta las amazonas más aventajadas. A la tercera estación ya la gente ni siquiera indagaba esas miradas vacías, ni de aquel vacío supusieron una holgura aprovechable. Daban por sentado que algo terrible vedaba el puesto para siempre. Los puestos azules para mayores eran probables en el tumulto, pero la sospecha de que algo fuera invisible tenía que amedrentar a cualquiera.

Quise tomar el puesto, pero ya había esperado demasiado. Había esperado por principio distintos, y de pronto también estaba al margen de una luna que empezaría a repetirse desde hoy, como se repiten las grietas en un vagón. La gotita fue decolorándose, y ciertamente llegó a carecer de bordes y de centros. Con el tiempo era imposible apreciarla más que en la memoria de aquel titán.

El puesto, sin embargo, siguió sospechoso para todos hasta que un niño, díscolo y vivaz, le conquistó como un héroe. En verdad la hazaña sorprendió a muchas estatuas de bronce o de piedra. Otra vez al titán le brillaron los ojos, tal vez se acordó de alguna mácula que hubiera querido llevar desde muy joven. Inclusive se le notaba un esfuerzo en los músculos, como un leve espasmo. Mi vergüenza era otra. El Paraíso me asediada con sus frutos prohibidos, y la lluvia parecía regar día y noche este jardín subterráneo, donde las palabras eran todo lo que se podía describir con exuberante acierto.


Vale, 2001.