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viernes, 5 de julio de 2019

El Soldado ileso





Antes de esta carta, cuyo destino (sabrán así al leerle) es incierto, he escrito muchas otras líneas a mi prometida. Sólo los silencios de nuestros besos dictaban su ley cuando estalló la guerra; hasta entonces todo lo podíamos decir sin que tuviéramos que escribir lo que así dijéramos.

Vino la guerra con sus terribles capullos. De pronto cayeron los fusiles en nuestras manos como las balas en los cuerpos seguirán cayendo, y partimos a ese incendio cuyas llamas tendríamos que avivar con el ardor de nuestra juventud. Una vez a la mar, se me figuro que muy probablemente no vería más a ver a mi prometida. Tomé por primera vez el papel y la pluma y le escribí mientras aún se divisaba la espumosa costa. Le escribí desde entonces, le escribí tanto en cada ocasión, que se diría que era posible escribirle en cualquier momento.

Estos últimos meses fueron una pesadilla enarbolada por el insomnio (lo sigue siendo para los que tuvieron la suerte de dormir y para los que aún se despiertan en ella cada mañana). Vi hombres sucumbir al borde de sus plenipotenciarias vidas, y vi el luto tan espeso en lo que veía que era como ir a tientas de un vaticinio palpable en cada estorbo. No contaré aquí los estragos de la metralla ni los augurios de la pólvora asfixiante. Escribiré del miedo. El miedo que nunca sentí en las cartas escritas entre el estupor de todos los días. Escribiré, incluso, de cuán cobarde fui al engañar a mi prometida con un arrojo apenas inflamado con palabras.

Ya vuelvo a ella, truncado para siempre por mis condecoraciones. Hemos navegado una semana. Al amanecer el Capitán atracará en la isla de N***. Se recogerán pertrechos averiados y muchos heridos más. Después una semana de olas, y después apearme de nuevo en mi Patria, pero en equilibrio de una sola pierna. Si hay vítores serán para mí tan luctuosos como fue la emoción de aquellos combates. Hoy, aún con las muletas al hombro, debo apresurar el paso antes de que den la voz de apagar las luces, eso sí, renqueando hasta el final de esta carta.

(…)

Temí que en cada tiroteo moriría. A mi alrededor los otros muchachos temían lo mismo; tan pareja era esa mezcla bajo el cielo, que sólo con cada muerte nos diferenciábamos entre los demás. Aun por muchos muertos que hubiera en el frente, siempre se ha estimado que la mayoría de los hombres sobrevivirán ilesos. Esto, cuando se está en el campo de batalla, parece en verdad tan ilusorio, que aun la embotada espina de una rama nos clavetea a los demás horrores. Vivir es tan terrible en esas circunstancias que no se podría morir más vigorosamente, salvo que se sobreviva al peor de los desastres.

Antes de la noche en que perdí mi pierna, yo era el único soldado ileso de la Compañía. Nuestro Sargento de entonces sobrellevaba una infección que al cabo cedió entre el delirio de sus fiebres. Fue sustituido por un Sargento casi tan joven como nosotros, y tan valiente como no he visto otro individuo. La semana, antes de aquella noche, íbamos y veníamos según el trazo de un mapa al parecer tan aleatorio como sus sucesos. No hubo tableteos de ametralladoras ni explosiones, sólo un silencio tan profundo como el zumbido de un sueño distante. Caminábamos, acampábamos, apenas dormíamos entre la ración de nuestro abastecimiento. Todo lo más con el dedo agarrotado en el gatillo.

En el mediodía de aquel día, nos vino a visitar un Teniente. El Sargento confrontaba las indicaciones de su superior con tan irreverente ahínco que el Teniente, siendo por naturaleza voluble, condescendía con algunas conjeturas. Era verdad que a través de lo que no se decía por la radio el sargento podía colegir algunos movimientos enemigos, y también era verdad que, sospechándolos de aquellas explicaciones, el Teniente temía involucrarse allí. Era ya la tarde. La tensión en los soldados hizo que uno de nosotros (sin que supiéramos cuál) tirara involuntariamente del gatillo. La detonación convidó a las tropas enemigas que merodeaban entre los mismo árboles que nos protegían, y el tiroteo duró hasta la medianoche.

No había patriotismo en aquella refriega, sólo un miedo que nos enfrentaba por dividido encono. Las razones políticas de cada estrategia eran irrelevantes, porque la tiranía de los fusiles proliferaba como una extensión material de aquellos miedos. Todas aquellas consignas voceadas por los estados rivales no parecían encauzar las divergencias en disputa, sino que venían a converger en pos de una lucha más íntima y remota. Como dos púgiles nos teníamos en pie por vigor de cada golpe propio, y ya ciegamente nos cubríamos de los golpes ajenos. Lo mismo que veíamos nosotros desde nuestro lado aquellos hombres debían verlo desde lado suyo. Los dos Ejércitos asediábamos con fiereza a un espejo, y el horror de hacerle triza nos quebraba desde lo más hondo.

El Sargento, no obstante, arengaba demencialmente, exponiéndose a todo como un predestinado, que tal lo era en esa desmesura. Impartía órdenes que incluso el Teniente, como un soldado temeroso cualquiera, acataba sin reprobar, acaso con la fe irreflexiva de hacerlo según el mismo acierto de aquel valiente. Yo, como los otros chicos, sabía que era menester que la cobardía obrara a través del gatillo, y es que de poco hubiera servido el fusil si a tientas nos irguiéramos a sostener lo contrario. El Sargento a empellones dividía o congregaba a las tropas, y él mismo, según su temeraria puntería, esbozaba la posiciones entre aquella balacera.

No era la primera vez que había estado en un lance como ése, pero no había en su cuerpo un rasguño que documentara aquella temeridad. Nosotros, en cambio, escuchábamos silbar las balas en derredor como si nos hirieran fatalmente. Las cicatrices no estaban sólo en nuestras carnes, sino que nos amortajaban vivos. Juan Sinmuerte le decían, como para tener, además, una fama inmortal en el Panteón.

Yo no puedo contarles más. Sólo el fogonazo de una explosión y luego una cama en la que purgué aquellos rigores del fuego. Pesadillas no pude concebirles peores que la que me tendía a postergarme en otras. Ahora, lisiado para siempre, escribo en un camarote esta carta que quizá ni vosotros podréis leer. No porque la quisiera ocultar de vosotros, que sois el mundo más allá de mi horizonte, sino porque la carta es única en la serie, y por lo mismo será arrojada al anchuroso mar que ya me divorcia de mi prometida. Si no me leéis cabréis en la misma botella y divagaréis en el mismo secreto que hubierais podido leer en lugar de acompañarle así. Será vuestro naufragio también la travesía mía, pero nunca las nuevas huellas que con un solo pie plante en esa ignorancia. Será vuestro destino en la botella como este dolor que todas las noches insiste en la pierna que ya no tengo.

En poco más de siete días, llegaré por fin al lugar desde donde partí. Mi prometida no sólo habrá leído mis otras cartas, las que vosotros no leeréis nunca; aquellas que con tanta fe se las escribiese, sino que creerá ver por estampa de lo escrito la traza de un soldado valeroso. Soy el cobarde, ya lo saben, que perdió una pierna, mientras un valiente quizá murió ileso. Sin embargo, tenía razón al escribir lo que hasta entonces le remití a mi prometida, no había otro modo de postergarse en ese trance de mutilación, por eso ahora, ya a salvo de aquella calamidad, me ahogo irracionalmente en la botella.

Dicen que en un rato se apagan las luces. Mañana pasearé en la cubierta y caerá desde mis lágrimas esta confesión a lo insondable.

domingo, 30 de agosto de 2015

AL AMANECER





Se diría que sólo al despertar

Seguir pudieras a pies juntillas ese sueño.


Mi habitación no tiene ventanas; tengo otras que admiten esos espesores aun al punto de revelar toda encerrona probable, pero prefiero ésta para amanecer bajo un cielo que desde sus raíces se eleva hasta su bóveda, la prefiero con todo y que sus ciegas paredes me rodean hasta rebasar el cielo raso; la prefiero, sin duda, puesto que finalmente su ventana (por virtud así también en su extensión le comprendiera) no es sino el mismo marco desde el umbral, con ese batiente de hierro que de golpe se ajusta al quicio.

Ayer llegué después de la medianoche, rodeé la casa, abrí la verja del jardín y subí las escalerillas sin siquiera demorarme en el ritmo de mis pasos. Ya sobre el azulejo de la terraza, vi la puerta entreabierta, al límite de cierta oscuridad que parecía repetirse hasta el fondo. Quise espiar al través de esa arista, ver acaso lo que nunca antes imaginé determinar desde adentro, mas en ese instante me contuve detrás de las manos. El misterio, que era el no saber nada más allá de su misma invitación, me conmovió hasta colmar mis ojos.

Me atreví después de lo que pudiera faltar, y entonces al hundir la puerta, detrás de la mano en que confiaba, por primera vez escuché rechinar la hoja del mismo modo que desde el interior se oían a menudo imaginarios engranajes, pero sólo así. Aún a la intemperie me volví sobre la noche que se suspendía de otros hilos, y también en las invisibles nubes parecía postergarse lo que en sí se concentraba, mientras apenas las ampollas de los postes persistían en contrariar el silencio de esa certidumbre.

No me contuve más de lo que de suyo era el mismo móvil, ningún otro amarre me retenía en la perplejidad. El cansancio parecía atraerme a su centro. Entonces pasé. Adentro me anduve a tientas, como si sólo por vigor del mismo cansancio pudiera prevalecer allí. Hallé la cama sin tropiezos y me eché sobre sus pliegues. Tendida, en el entrevero de dormir y despertar, sentí la apacible brisa que cruzaba el vano. No sé si el dilema se decidía en extremar sus modos, pero así soñé justo lo que también me despertaba. En ese trance, como en un punto apenas, comencé por la explanada de un alivio distinto e inasible. La vida se me figuraba que con gozo partía de ese ombligo y que sus progresos eran atemporales del todo. Sentí (insensible bajo mis costras no lo soy) que vivía conforme mis atributos prolongaran los sentidos, excluyendo así cualquier pálpito alegre que me cohibiera entre sus tumbos, ya que más bien un pulso íntimo me animaba en el reposo. No puedo hablar de tiempo, ni de una gota siquiera suspendida en la canilla. Sólo sé que el alba entró como la brisa y que lentamente iba encandilando mis ojos.

Tras despabilarme, descubrí que me había acostado al revés, con los pies en la cabecera de mi cama. Muchas otras veces había vuelto entre los afanes de llegar al fin, pero sólo entonces tuve esa visión cuyo privilegio ampliaba el arco. Dado que mi semblante es melancólico, sucede que a cada amanecer se me figura que bajo cada amanecer se amparan todos los enigmas. Ayer todo comenzaba a discurrir según cierta sucesión, pero de un modo que inaugural así lo fuera. Desde donde estaba acostada se veía el horizonte abierto en sus primeras luces y, de repente, un jabillo que cortaron dejándole al tronco (aunque por porfía de su savia los nuevos brotes revelan desde muy dentro el esplendor de un verde vivo). Me preguntaba al verle allí, tan sereno como en otras madrugadas, por qué no vislumbramos el retoño y sus avances, sino que sólo coloreamos cierta frondosidad cuando se mutilan recortes verdaderos.

Fue ayer, ya lo dije. Subí al alcázar, ya lo dije. Me tendí de bruces sobre el colchón. También me dije que mañana sería otro día, lo dije ese día; lo dije ayer, como si lo dijera antes, acaso como si lo dijera antier. Mi perro dormía en su cubil. Mis ruidos habituales en la verja no le despertaban nunca. Tal vez soñaba en ellos y a la manera de mis manías. Galateo... Galanfredo... Agalán... Galanto... Galaterí... Galantepiyuelo. El rumor de callar su nombre real podía al cabo combinarse en todos estos modos, es posible que ese poema también era soñado por mi pastor. Subí las escalerillas de la terraza, ya lo dije, y arriba me dije también que se me antojaba dormir todo el día: pero, cuál día. Ayer lo dije, ya lo dije.

El sol iba redondeándose a lo lejos. Sin querer dormir más, pensé demorarme en la cama igual que en otros días. Sin embargo, mi perro subió a la terraza, traspuso la puerta que ningún aliento había cerrado: como lo hiciera la apacible brisa, como también el despuntar del sol, como el reverdecer de esos brotes y como él mismo sobre sus pasos hasta mí. Entre fauces amorosas tomó mi mano y tiró de ella, invitándome a ese nuevo día que para él parecía ser el día de todos los demás días. Me dejó entre cabriolas para que fuera con él, un poco más allá, al borde de los azulejos. Por un instante lo vi allanarse al horizonte como si en esa ronda él reconociera alguna inmensidad, y aun de ese modo se conformara con la espera. Le vi allí, en esa perpetua impresión que convienen los animales, tal vez porque a pesar de moverse como nosotros ellos se repiten entre la singularidad de sus corpúsculos y sin que haya menester ahondar en la superficie de ningún espejo. Al levantarme fui descubriendo un don que era propio de sus pausas y sus agites. Un don que por primera vez yo no sólo apreciaba delante de mí, sino que era para mí especialmente profético.

Le vi desvestirse del frío; exponerse con alegría al sol. Su pelambre hirsuta entre mis palmas; sus orejas enhiestas según el interés de cada una y sus ojos despabilados como si los abriera durante noches de prodigios.

Hoy, en este mismo lugar que por una puerta se abre al mundo, hago tabletear a la máquina furiosamente. Desde luego que unos caracteres se marcan en el papel como la misma serie que tanto repaso hasta agotar los márgenes y el ritmo. Sin embargo, a la mitad descubro que aún faltan palabras (otras palabras), y que un vacío raya cierto borde frente al cual las manos se entumecen, ya tan ateridas como si dentro otro vacío no consiguieran más medios.

Trato de adivinar lo que mi perro piensa; es decir, lo que dentro de su cuestión implica. Le indago en los ojos vidriosos, en la punta de sus bigotes divididos: no para pretender los memoriales que bien pueden referirse en unas páginas numeradas hasta el final (o más bien hasta la mitad), tampoco le asedio para prevenir huellas que se detienen en sus patas, pues apenas así pudiera advertir lo que detrás de mi ignorancia ocurre. Mis parientes le reseñarían apenas con decir que es un cánido que ladra a quienes no les reconozca mis formas y costumbres.

TAC TAC TAC, prosigo después de trasgredir la cesura, pero era como si la rueda se arremolinase hasta quedar muy trabada entre mis manos. Al detenerme en la frase de ayer: “Dado que mi semblante es melancólico, sucede que a cada amanecer se me figura que bajo cada amanecer se amparan todos los enigmas…” pues hoy que prosigo, bien pudiera pretextar que fuera ayer, pero la luz menguante borronea la página con la misma enjundia de grabar tales letras allí. Veo que ya no se ve mucho, que se ve menos de lo que podría escribirse incluso en esa página. Tal vez al tacto de las teclas se puede procurar un indicio entre lo que, de ayer a hoy, se me extravía, pero ni eso me confiere cierta clarividencia. Saco la página del rodillo, le pongo en el legajo e incorporo otra inmaculada que ajusto como se debe. Antes que el curso ordinario de lo escrito, esbozo el énfasis cumbre del relato. Empiezo por combinar palabras previas y luego me precipito sobre mis dedos, atropellándolos en virtud de su propia resistencia: TAC TAC TAC...

Él, como una esfinge inescrutable, yace a mi lado, escuchándole a la máquina quizá lo que en su alfabético curso ya él conoce, y mascullando para sí esa silenciosa omisión que me propulsa hasta el final. Lo veo absoluto y presente, tal como ya lo veo desde que lo viera de profeta, pero sólo así.

TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC TAC... etc.:

...Así que prefiere ir a ver el cielo. Al través de esa misma puerta quiere fisgar el crepúsculo, incluso más allá de las nubes. Va a la puerta, la abre toda en un brusco tajo. Ella sigue prendida al recuerdo de sus dudas, cree ver que amanece en esa tarde de hoy, como en otros días también amaneciera. Cree sentir que en el revés aterciopelado de sus carnes repunta el mismo cielo. El mismo cielo que se viera en una remota luna de arena; el mismo detrás de la puerta que se cerrara bruscamente, el mismo cuyo oscuro tesoro se repetía como si el espejo dentro de otro espejo muy profundo remarcara el quicio.

Cuando el batiente retumba (ya no en el ruido de lo que tantas veces se cerrara, sino en las cadenas de ese tesoro oculto), entonces el perro la mira como si fuera ella la esfinge que evita la pregunta insoslayable. ¿Cuál pregunta? —se pregunta entonces. TAC.

sábado, 27 de junio de 2015

HACIA LA ESQUINA, AL DOBLAR LA ESQUINA…





Caminaba de prisa por la acera. Dijo que no se demoraría nada, pero cuánto no se le ha figurado que ese acomodo pudiera dilatarle siempre. Se dijo, ‘sólo son los nervios; con unos nervios así cualquiera tiembla hasta el colmo de sus uñas.’ Cruzó la calzada, siguió recto por la acera, dobló a una bocacalle sobre la misma acera. De repente, a unos pasos tan sólo, cierta mujer caminaba hacia la misma dirección. ‘Tal vez la encauce una prisa similar’, se dijo. La acera se prolongaba a lo largo de un vasto paredón. La mujer, al sentir los pasos de Omar, se azoró sobre sus tacones; mas sin darse vuelta contuvo su propia marcha como si engranajes internos comprimiesen los demás círculos; acaso no quería delatar una angustia cuyo límite pudiera salvarla más adelante. Omar notó el disimulo, quiso cruzar la calle o devolverse, pero ya era demasiado tarde para un contratiempo de urbanidad. La vereda parecía solitaria y muy estrecha en todas sus extensiones. A la margen contraria, un terreno baldío se erizaba como cualquier criatura que viera a ese mismo terreno volverse en su contra.

Se propuso apurar el paso, pero de seguro la dama le apremiaría mucho más hacia una fuga sólo concebida por ella. Extremarse a rebasar el dilema por vigor de su necesidad era lo apropiado, aunque esta convicción también sería obstaculizada por un trance muy absurdo. ‘Es una transeúnte en mi camino’, se decía. ¿Y si la mujer, de pronto, echaba a correr aventajándole en la ilusoria persecución? Era increíble que a pesar de su apremio, tuviera que comprometerse a un impulso marginal que no contribuiría más que a irritarlo con supersticiones, y justo para esta ocasión feliz. Si a la dama se le hacía interminable el paredón, él sólo podía seguir el ejemplo a tientas de esa misma certidumbre. Ni ir más rápido en una desafortunada clarividencia, ni retrasarse por capricho de una ajena prisa, remediarían nada. ‘Tiembla. Ya casi podría tocarla. Cuántos impulsos le reducen de ese modo, ni el pánico la detendría, llegado el momento. ¿Le ves, Omar? Teme que la ultraje, me cree un bellaco que le acosa sobre sus misma huellas . Justo hoy alguien me maldice en silencio como si fuera un desalmado.’

La mujer contenía el grito al tiempo que el vómito le jaloneaba hasta el silencio. Omar quiso calmarle, pero sabía que cualquier amago los embarcaría en una confusión, cuyos faros eran ya los estorbos de tantas olas iracundas. ‘Es apenas una anécdota que contar, sólo que aún no tengo a quien contársela.’ Los hechos se postergaban sin mitigar el revuelo de las hélices. Ya no importaba bajo qué ambiciones pretendiera consolarse, sabía que cierta suerte estaba en su camino.

Era increíble que algo le agriara su felicidad. Si tan sólo se pudiera conquistar la esquina de una vez y para siempre. La esquina, sin embargo, parecía estar a tres cuadras de esa misma esquina. Ya estaba enojado. No sólo el trajín de tantos papeles documentaba una burocracia inflexible, sino que al alcance de sus andadas se interponían otros términos, y además tan insólitos. Sus labios casi se movían entre los temblores que apenas podía contener en su cerebro. Se reprochaba que sus supersticiones hicieran juego con incidentes cotidianos, y que a esa coincidencia hubiera de comparecer siempre, lo cual venía a ser todavía peor. ‘No conoce ella la palma de su mano; no le dibujaría nunca unos de sus surcos correctamente. Jamás ha examinado al microscopio uno de los ventrículos de su corazón, tampoco sabe si Eva le heredó su gracia inconmensurable, ah, y ni a sus ojos, que ve todas la mañanas frente al espejo, pudiera redondearles un detalle siquiera. No sabe cuántos vellos se le erizan justo ahora, ni contándolo lo sabría. ¿Por qué teme, pues, si jamás pudiera profanarse su ignorancia? Es el dolor, Omar, el que nos junta a un ser que incomprensiblemente al cabo le comprendemos. Ni la muerte puede juntarnos así. Ella gritaría y correría por lo que no conoce, pero sabe que siempre gritaría y correría por ello, aunque no distinga que cualquier facultad se da en potencia de lo que nunca conocemos nada, porque en la reunión de tal asamblea incluso el veto le completaría.’

Al término de este soliloquio la mujer se desvaneció como un espectro. Otros transeúntes parecían poblarla por doquier, pero Omar no la vería más. De seguro, al cruzar la esquina, se escurrió hasta un taxi salvador o trenzó sus pasos entre otros transeúntes no tan invisibles como ella. ‘Fue como un conjuro, me distraje en él, y el camino libre y franco frente a mis pies. Otra vez tengo alas.’

Al llegar a las escaleras del Registro, Omar se detuvo, resopló y subió los escalones como si no se hubiera detenido jamás. Era un edificio vetusto y destartalado, las paredes de dentro estaban renegridas hasta el límite de un hongo que se calcaba por doquier. Caminó por el corredor oscuro, sobre aquel mapa que en los azulejos oblicuos ha dejado el tránsito de muchas generaciones. A cada paso sentía que el sudor le claveteaba con alfileres muy menudos. En el vestíbulo, cercado éste por empolvadas celosías de maderas, aguardaba su novia, cuya misma ansiedad la retenía a un ángulo del sillón. Otras dos parejas, sobre ese largo sillón, conferenciaban al margen de la novia solitaria. En vano, durante distintas y animadas ocasiones, trataron de convidarle a esa conversación. Su novia era extranjera, apenas podía entender algunas palabras, por lo cual no transigía sino con un silencio tanto más universal cuanto que sólo a señas se le podía entender mejor.

Después de ver a Omar irrumpir en esa densidad que se arremolinaba en el ventilador del cielo raso, Hjdgef, que así se llamaba ella, sonrió como si se enamorara por primera vez de su ataviado novio, que incluso era puntual a las deshoras de tantas vicisitudes ajenas. ‘Son las mujeres las que nos regalan las flores’, pensó Omar, al ver esa sonrisa en el rostro de su novia. ‘Otros labios más íntimos declaman sus primaveras y nacemos en flor de una profecía que será siempre nuestro ornato.’

Ya no falta nada más, mujer —le hablaba Omar en su idioma, aunque con un terrible acento que le entorpecía su elocuencia.

¿De veras? —completó ella, al tiempo que con cierta incredulidad de los papeles oficiales iba pesquisando cada número.

Los otros al notar que la mujer era extranjera consultaron entre ellos una comprensión que los justificaba en el desaire. Omar, reclinado y en cuclillas, seguía el índice escrupuloso de su novia.

Todo en orden —espetó, al fin.

Falta que aún falte algo. No me imaginaba que para casarse acá, tenía uno que arrepentirse primero —agregó ella con una sonrisa que compartió su novio.

Omar se sentó en una butaca aparte, frente a Hjdgef. Estaba muy contento; ya ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí. Sólo recordaba, como si lo recordara desde siempre, que estaba allí, al frente de su futura esposa, siguiendo con sus ojos vivos la misma mirada de ella. Ambos sonrieron de nuevo.

Adentro, detrás de un escritorio apolillado, un funcionario iba hojeando con incredulidad previsible las formas de una pareja, tales que a su vista le fuesen numeradas y corregidas muchas otras veces hasta el vértigo. Tanto el hombre como la mujer, separados entonces por aquella expectación, escrutaban del silencio algún veredicto que ya no le fuera hostil, pero la dilación parecía propiciar, además, una enigmática sonrisa en el funcionario. Dejó el legajo en desorden. Sin hablar aún, se levantó ante la singularizada vista de los contrayentes,  y fue a la ventana al través de la cual se veía un jardín con ropas tendidas al sol. La pareja no se atrevía a mirarse entre sí, cada uno atisbaba aquel aspecto displicente y hosco como si le temiera privadamente. De pronto el funcionario se volvió con los brazos atrás y escupió el tabaco en una cacerola chorreada por los escupitajos de un mes.

Ya la secretaria había regresado a su lugar. Omar quiso preguntarle a ella si los atenderían antes del almuerzo. Pero prefería aguardar frente a su novia. Después de todo, al salir los que seguían en el despacho les correspondía entrar a ellos.

Cuando uno de los cónyuges es extranjero la cosa se hace difícil. No digo que ordinariamente no lo sea, pero es ya un caso especial venir con papeles distintos —dijo unas de las damas del sillón.

Es verdad —completó su prometido—. Imagínese que a los papeles de aquí se les revisa como si fuesen de afuera, cuánto no harían con los de afuera.

Por no ir tan lejos, la pareja que se demora allí nos contó la mar de tribulaciones. Desde que llegaron al registro, ambos han sido indivisibles, pero sólo cuando con esa virtud se puede prevalecer acá —dijo la otra mujer.

Con decirle que si la solicitud se les alarga, se casan en la luna de miel elegida—completó el prometido de esta última mujer.

Aquí, por cierto, para pasar la luna de miel no está mal, pero para casarse un extranjero tiene que venir con cierto aplomo, y, desde luego, con un patriotismo a toda prueba.

Con nosotros es diferente; sólo faltaba algo que ahora si completa todo lo demás —contestó Omar en seco, y después le tradujo vagamente sus impresiones a Hjdgef. Las otras parejas, contrariadas entre oblicuas miradas, desviaron la conversación entonces, y se congregaron a temas baladíes que les distrajeran en la espera.

No quiso Omar enfadarse por los comentarios de aquellos vecinos, pero sabía que su novia era extranjera para sus demás compatriotas, y también sabía que las palabras de estas contiendas eran para su novia más que incomprensibles, porque sólo él lo comprendería todo el tiempo. La traducción era un escape legítimo y esperanzador, cuando menos hasta que su mujer dominara la lengua, que a la larga iba a ser también la lengua de su estirpe en común. Hjdgef, al comprender tal contrariedad, tomó las manos de su novio con una indulgencia casi maternal y simplemente le sonrió. Justo entonces, se abrió la puerta y salió la pareja de turno. Un espasmo eléctrico tensaba a Omar, desanudó sus manos de las de su novia, y todos, excepto la secretaria que permanecía inmóvil en su letargo, se volvieron a la pareja proscrita. La mujer no parecía ocultar su enojo, el hombre le consolaba con murmuradas excusas que ella no admitía en su semblante.

Cómo se te ocurre ser tan lento, si ya bastante trabajo se pasa con venir a esperar acá —al fin le dijo casi a gritos.

El hombre enrojeció hasta el tono de esos rudos juramentos. De pronto la secretaria, ya vuelta del trance, dijo:

Los siguientes.

Pero nadie se atrevía a mover una pestaña siquiera. Hjdgef, sin tener que indagar al respecto, supo que el enojo involucraba los mismos amagos de aquellas charlas intraducibles. Omar vio a la mujer que dejaba rezagado a su prometido para siempre. ¿Y si era la misma mujer de la vereda? ¿Cómo podía sacarle una ventaja así? Ni desvaneciéndose hubiera reunido una aparición tan adelantada y visible. Llevaba los mismos tacones altos, una indumentaria en todo punto muy parecida a la de aquella incógnita mujer. Tenía que ser la moda que la hacía tan parecida. También desnuda le hubiera confundido del mismo modo, pensó maliciosamente. Aunque, por cierto, nunca había visto a una mujer desnuda. ‘Ya ves, sí que tenía razón aquella otra para huir de mí. No importa que nunca conozca mi mano como la palma de mi mano, debe haber algo escrito en ella’

Siguientes —replicó la secretaria con áspero tono. 

Ya todos concentraban la vista en Omar. La felicidad le empalagaba antes de la luna de miel. Se despabiló, e incorporándose vio a su novia que ya lo solicitaba con un rictus severamente contenido.

sábado, 30 de agosto de 2014

AQUELLA PRENDA INESCRUTABLE






Como os dije (si lo recordáis aún), antes de la casa un cauce era el conducto de su entorno restringido. Se entraba y se salía de ella como si en rigor se precisara de algún secreto. Para venir desde la calle en la ceja del cerro, un callejón escalonado nos conducía hasta un largo pasillo, a cuyas márgenes se levantaban otras casas. Después del pasillo, las escaleras que a su vez caían al patio, y luego la pared cruda donde la puerta principal de latón cincelaba en diamante la cifra de nuestro hogar.
Entre el asedio de las otras casas, el pasillo parecía un espinazo de cemento. Las casas de un lado apenas sobresalían del llano, por lo cual a las chapas de zinc se les tuvieron que ribetear sus filos. En la otra margen, se erguía cierta mole de dos plantas, sobre cuya azotea podía verse las veladuras de una trepadora. Siempre sospechamos que esa mole había de albergar un sótano muy dentro de su apariencia visible, y hasta nos disputábamos la imaginación de lo ilusorio.
En esa casa vivía una anciana severa, aunque siempre vivaz en el trato. Era la viuda de un hombre paciente que nunca conocimos. Sus ojos eran azules, o tal vez, conforme sus gafas de gruesos lentes le aumentaban sus ojos, se veía que el azul poblaba el desborde de cierta clarividencia. Fue madre y también abuela de una prole que le sucedía en parejo de los ojos azules y el cabello platinado. Su voz parecía más brusca de lo común, cuando repicaba en juramentos guturales, y se le notaba más a ella que a todos aquellos quienes convivían bajo su facultad. Seguramente había venido muy joven con su esposo. Las circunstancias le fueron instruyendo en un perspicaz castellano, y pese a que nadie le podía sorprender con los artificios de nuestro idioma, su acento era, después de todo, terriblemente alemán. Acaso también cierta dulzura que algunos versos de Heine evocan siempre.
Desde las ventanas de esa casa nunca había caído un objeto. La anciana debía ser tan escrupulosa en esa casa como se nos figuró que también lo era en el inventario secreto del sótano. Un día vi algo rojo y diminuto en el pasillo. De lejos figuraba como un estuche de joyería, que sólo pudo haber venido desde unos de esos vanos, cuando no del sótano aún. ¿Y si fuera del sótano? —me pregunté, mas al punto desestimé la hipótesis, acaso no era tan ilusorio el hallazgo, más bien estaba allí abierto contra el piso, y de cualquier modo ese sótano tenía que tener cierta profundidad por debajo del pasillo.
Al acercarme, el terciopelo (que aún se me figuraba así) reverberaba al sol, y era como si ese mismo fulgor me abriera los ojos. Nunca me ilusioné con unos quilates que se tuvieran que redondear en una sortija. Era más bien la caja la que me maravillaba por completo. Di unos pasos más y esa caja ya no era la misma. Ya en la metamorfosis de lo que no era empezaba a asomarse, de revés, un pequeño diccionario de alemán. Lo cogí y lo hojeé entre mis pulgares azorados.
Ya sabía yo lo que era un diccionario, si bien era la primera vez que veía uno bilingüe. Se podían tomar palabras castellanas y hallar sus equivalencias alemanas en distintas y parcas acepciones, y viceversa. Lo primero que se me ocurrió pesquisar de él fue una palabra, muy principal, que aún hoy me sorprende que me iniciara en el estudio. Busqué, aunque no se crea, la palabra  “diccionario”. Al punto se me ocurrió que yo también podía relatar la travesía del librito, desde la ventana hasta estrellarse en el suelo, y así escribir una pequeña historia en alemán que entendiera la anciana y todos los demás alemanes de este mundo original.
Die Klein Wörterbuch Von Deutcsh Fallen Von Fenster.”
Quise ocultar mi tesoro, pero era menester declararlo en su momento, pues al cabo vendrían a reclamar sus páginas exactas. Mi primera historia en alemán no era suficiente, podía escribir más, mucho más, el mismo diccionario me incitaría a averiguar qué palabras son aquéllas del modo que yo las comprendiera en mi propio diccionario del colegio. Ah, cuánto, entre dos sonoros idiomas, estaba al alcance de lo que pudiera saberse por aquel entonces. Por ejemplo, las maravillas de ese sótano oscuro, o qué decir de las demás cosas que pasaran en el resto de esa casa. Antes de entregarlo, pensé: ‘vamos, si la señora ya no lo necesita mucho. Ciertamente ninguna palabrota le deja a tientas.’ Sin embargo, había que entregarle.
Dos o tres historias más postergarían a mi bilingüe erudición. De inmediato supe que escribiría incluso menos si el afán de escribir bajo esa sombra me iluminaba por unos pocos días. En el desconsuelo ya, me vino una idea, acaso tan fulgurante e irrevocable como el propio hallazgo. El diccionario tenía una serie de palabras castellanas, traducidas y explicadas al alemán, después una cartulina divisoria y en adelante una serie de palabras alemanas con sus consabidos significados en castellano. Puesto que el número de palabras castellanas era igual al número de palabras alemanas, el diccionario podría referir cualquier registro a cabalidad, remontándose a ciertos orígenes donde no hubiera omisiones de ninguna especie; es decir, desde su Apocalipsis hasta su Génesis, o viceversa.
Empecé a contar las palabras, que yo sabía que eran miles. Traté de abreviar, según problemas aritmético de la escuela, pero los renglones eran dispares. Ya ningún método me distraía de una sucesión supernumeraria. Contaba hasta muy entrada la tarde, cuando se suponía que las tareas de aritméticas me retuvieran al cuaderno. El tercer día de esa fiebre, había dejado el diccionario en casa. Cuando volví, temeroso de haberle extraviado, ya la anciana agradecía que se le devolviera aquella prenda inescrutable y para siempre recóndita. Ni el sótano, con todos sus ilusorios esplendores, podía compensar aquella pérdida.
La anciana, en un alemán incomprensible (que nunca antes le había escuchado), se guareció en su casa de ventanas altas. En aquella mole sobre cuyo sótano nunca más se habría de defenestrar nada más.
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Mayo, 2012.


jueves, 10 de julio de 2014

EL PRIMER DESVELO




Al amanecer íbamos a viajar. Todo el inventario se había repasado escrupulosamente. No faltaba nada, aunque luego ocurriera que esta certidumbre solía carecer de cualquier cosa repetida. Ninguno de los chicos paraba de parlotear sobre un viaje tan esperado por todos, y mientras la oblicua tarde cedía en el cielo, nadie quería ceder ante los demás. No obstante, había que irse a la cama temprano. La orden no admitía artificios y se había de acatar tan pronto como ella lo prescribiese.

Recuerdo que sólo en una habitación nos recogeríamos esa noche. Los demás muebles de la casa se habían levantado o se habían cubierto para que el exterminador pudiera trabajar durante ese fin de semana. Llegada la noche, después de descalzarnos todos, pasamos a la habitación directamente por encima de todas las camas, que se sucedían desde el quicio hasta la pared de fondo. Mientras los mayores insistían en otros detalles, en esas sábanas se postergaba una batalla campal. Vinieron los estornudos y después las reprimendas. Había que dormirse inmediatamente, pero los mayores no apagaban las luces y tampoco cumplían sus amenazas. Eran tantos los quehaceres que parecían deshacer en suma lo que apenas recompondrían del mismo modo. En un viaje siempre hay tanto por hacer; ese afán siempre nos propulsa hasta un viaje que repite en su cabeceo las mismas manías de siempre.

Todos los demás chicos conversaban en un susurro, pero bajo la connivencia de quienes no cesaban de ordenar menudas cosas alrededor. Doblaban o tendían ropas y mantas, quitaban o ponían algo de un sitio al otro o retocaban las maletas sin abrirles. La hora de dormir ya era inapelable en ese ámbito, pero todavía nadie se había dormido. Un poco cansado de la perorata, me tendí al margen de los otros. Tenía yo una fama de dormilón que ni en sueños la hubiera ganado igual de doble, así que al nomás cerrar los ojos los chicos me acusaban con una unánime algarabía que pronto fue acallada por los mayores. No abrí los ojos. Al principio se me ocurrió dilatar un poco el chiste, pero ciertamente aquellas risas recatadas me fueron halagando, pues incluso ellas no me “despertarían”. Uno que otro, sin dar crédito a mi compostura, se acercaba a ver si mis párpados no eran forzados entre temblores, así que en cada ocasión yo tenía que relajarme con tal ahínco que todo mi cuerpo se aquietara en el reducto de mis párpados. Respiraba regularmente y no parecía que simulara el sueño. Se veía que dormía de tal manera que el mismo sueño me arrullaba en sus cojines.

A callar, pues.

Y ustedes que esperan para dormirse. Vamos, a dormir.

Las luces, sin embargo, no se apagaban, y lo demás parecía persistir entre los mismos acomodos de la antevíspera. Supe que expuesto en un trance tan evidente, el simulacro al cabo podría descubrirse para mi vergüenza. Nunca había estado tan despierto como aquella noche. Esa lucidez era más delirante que una pesadilla y sólo tenía por corriente un cuerpo inmóvil como un sarcófago. Se me figuró que sudaba. Una comezón me roía por todos lados y hasta el mismo aire me mortificaba en mi retiro.

Al fin apagaron las luces. Las charlas apagadas fueron apagándose de quedo, hasta conseguirse la misma silenciosa virtud de mis ojos cerrados. Escuchaba el solitario reloj de la sala como si le auscultase con un pañuelo de seda, y todos dormían a mi alrededor. Mientras los otros seguían mi ilusorio ejemplo, yo verídicamente me rezagaba de los demás. Me arropaba y desarropaba, giraba a diestra y siniestra sin otro dique que un desasosiego espumoso. Muy a pesar de mis estragos, no despertaba a nadie. Casi les daba de manotazos y era como si les palmeara su observancia. Mis ojos se habían acostumbrado a aquella oscuridad. Podía ver el sueño en sus caras, las plácidas sonrisas que celebraban ese sueño.

Vi las estrellas fijas al través de la alta ventana, y, en cierto cuadrante, una luna nebulosa que me distrajo en vano. Pasaron las horas que zumbaban como los mosquitos. El cielo, delante de mis soñadores ojos, se aclaraba imperceptiblemente. Amanecía.

viernes, 31 de enero de 2014

NI SIQUIERA



Se escuchan las bocinas arremolinadas en el nudo, y a lo largo de la calle los carros se suceden en un ritmo demencial. De pronto empieza a disolverse la traba, y todos reanudan la expedición como un trenecillo interminable. Dan ya las doce en punto. El sol se curva en el cielo y las nubes se diluyen en el vasto azul. Caen dos terrones de azúcar a la acera y se separan y se detienen en sus quilates. Un chofer se concentra en esos cubos, y entonces se abre una fisura entre su carro y el carro de enfrente. Acaso un relámpago venido de quién sabe qué cielo encandila el orbe. Transeúntes aprovechan para vadear hasta las márgenes de otra ciudad tan parecida y cercana a la que dejan del otro lado. Vuelven las bocinas, y el hombre, casi vedado por sus quevedos de carey, echa andar de nuevo, y otra vez el trenecillo interminable. Mucha gente afuera prefiere esperar otra fisura, así que las opuestas procesiones se reservan en sus movimientos. Cuando vuelven a encallar los carros, entonces todos los que iban a cruzar lo hacen en distintos eslabones de la cadena, acaso porque no hubiera pórtico, acaso porque el calor de los motores cede una dimensión más profunda al tiempo que imposible.

La calle es más que angosta, apenas encauza lo que a diario acarrea sus engranajes. El fósil de una época dilata sus fideos en la calzada; truncas curvas en vano coinciden a sus rectas y rectas a veces doblan en las esquinas. Nadie se pregunta si ese hierro acaramelado lleva consigo un designio que no se detuvo en los tranvías. Nadie se pregunta por ese color de luna dividido en esos surcos. Nadie ve ese brillo que cada día se mella bajo el peso de tantos ciegos, ni ya nadie se tropieza con lo que seguirá allanándose a una dimensión profunda al tiempo que imposible. Sólo se ven los carros, unos detrás de otros como escarabajos de colores.

El chofer se propone no distraerse de la matrícula siguiente, sino que fija la vista como si lo hiciera de nuevo en esos terrones de azúcar, pero el calor le rodea con las mismas extensiones del aburrimiento. Trata de memorizar la matrícula en diferentes combinaciones que al cabo pudieran postular un código distinto, pero tales números y letras se desdibujan ante sus mismos ojos. Renuncia a un régimen que le mortifique. De cualquier manera las bocinas le harían volver de cada digresión. Al ver por su retrovisor advierte al otro chofer, cuyas manos se atenazan al volante como si fueran las suyas en el volante suyo. Si bien no distingue aquel rostro bastante velado por el destello del parabrisas, supone que el otro igual debe estar prendido a una mnemotecnia que lo fije al momento tal como las manos se fijan a sus círculos. No quiere imaginar que también es acechado con las combinaciones de su propia matrícula, así que prefiere ver que acontece detrás de lo que pueda memorizarse. Un poco más atrás, cerca de un poste arraigado a un túmulo de basura, ve que se reclina un vagabundo. Aquel anciano desmigaja unas sobras con sus pulgares gruesos y curtidos. Por mucho que examina el manjar, no consigue verlo tan pulcro como el vidrio de sus ojos es capaz de reflejarlo para nadie. Nada al parecer le distrae de sus pesquisas. De pronto se lleva una porción a la nariz y la olfatea como si con fruición la hubiese de comer a través de ese mismo conducto. Vuelve a sonar las bocinas y apenas serpentean los carros. Ningún otro transeúnte, a lo largo de esa acera, advierte al barbado comensal, y aun así lo evitan puesto que su pestilencia agiganta ese túmulo del poste. Aborrece otra vez del bocado y arroja lo demás al suelo. Se sacude las migas de su barba y luego la atusa con cierta afectación. Un muchacho, que viene corriendo desde el recodo, también lo evita en su carrera. El viejo lo increpa, pero el muchacho sigue como si nada, mientras lleva un relicario ricamente repujado en arabescos. Al llegar a la otra esquina, dobla hasta la segunda tienda donde se detiene en seco. Su patrón desde el umbral, un viejo de ojos vidriados y cenizosos, lo mira por encima de los lentes. Dice algo en su idioma vernáculo, a lo que el muchacho asiente, señalando la avenida dos cuadras más abajo. La avenida apremia otra circulación más densa. Allí un mendigo, tan parecido al otro como si fuera su gemelo, ha intentado vadear la calzada en varios puntos durante horas. Prefiere ir al semáforo, y los pies, antes que sostenerlo, les desbaratan la figura. Trastabilla entonces, y de través da con un carro que lo embiste mortalmente. Suenan bocinas; se vocea en el semáforo la urgencia que de repente aglutina espectadores para un anfiteatro. Una mujer cruza la cebra de prisa, como si la cabalgara en pelo, evitando ese horror entre quienes tanto se demoran en describirlo y comentarlo. No quiere ver atrás. Sigue adelante. Sube la acera y sigue derecho, sin detenerse a reparar en los testigos. Quiere saber menos del asunto. Ya la gente, un poco más adelante, nada dice, como si repitieran su propio silencio y no lo que ella sí calla. Cruza una vereda que se hunde a tientas, y sigue su camino sin apartarse de sus propios pasos. Se apresura a rematar la esquina. Sin siquiera ver a los lados, cierra por fin esa manzana. Dobla hacia el poste, pero de súbito recuerda el pastel de la panadería, las tazas de café infaltable. Al volverse hacia el soportal, topa con los terrones de azúcar que aún no caen de sus palmas, sino que…

Eran sólo dos terrones de azúcar. Y aquí abajo quién sabe con cuántas caras el poliedro se muestre más hipócrita. Mira. Sí bastante se le ve brillar. Milagro que los cubos conserven aún su suerte. Mira cómo se distrae ese hombre en algo que empalaga, se me figura que ningún dulce de la infancia le sazona su memoria. Aunque lo mejor sería que se atenga a su volante. Bastante desabrido se le ve y con la boca abierta, como si bostezara para siempre. Oye, déjalo ya. Qué prendido sigue a lo que quizás oculta dentro de sí. Justo allí se abre una grieta, aprovechen todos. A él ya no le queda más que esperar, mientras la impaciencia no lo carcoma. Y los demás choferes que esperen también, nacieron para el tráfico de esta ciudad. Ahora todos se atreven al cruce, un río de pasos... ¿Eh? Agradeced, transeúntes, que mi ley ofrece el vado, ¿acaso mi azúcar no dulcifica el momento? Vaya, parece que el pobre diablo tendrá que conformarse con este caleidoscopio. Ya lo puedo ver desde esta otra acera y se ve igualito, sí, del otro lado el mismo perfil. Acaso entre el dilema consigue su salida. Al frente otra vez la fila de matrículas interminables, le queda eso por de pronto, y tal vez no una multa que le levanten hoy. Al frente, hombre, despabílese. De seguro ya no se rezaga más. ¿Viste lo muy prendido que está a su volante? Y ahora espía por el retrovisor, qué hombre tan distraído éste, pero con todo no permitirá otra grieta delante de él, claro que no. Qué quieres, hombre; pues te persiguen muchos en la fuga, y en ese punto de fuga te haces un escorzo... sí, debe ver aquel mendigo, vaya que se parece al de la otra cuadra, ¿al de la avenida? Es el mismo. No, no, no. ¿El mismo? Cómo se te ocurre. El traje no parece que antes lo tuviera tan almidonado. Además qué resurrección pudiera comprometerlo con otras fachas un poco más informales, si se quiere. Ahora falta que el muchacho lo tropiece. Mira, si los jóvenes tienen muchos ojos, ven por todos lados. No sólo al mendigo ve en su camino, sino que lo elude como si lo viera en otros muchos trances que estorbaran otros muchos pasos. Algo llevará entre sus manos, que las junta en “algo”. Y mira cómo corre y dobla y se pierde quizá para ver y rever con una lucidez que no se aclara. Adiós, Tiresias Maratón, persigue tu destino en cada paso. Vamos a subir ya, que tantas bocinas pueden incitar otras bocinas, y así hasta las trompetas del Apocalipsis. Con esas trompetas ya se pudiera tocar un solo formidable. Qué pesado día el de hoy en día. Subiré. Me daré un baño de agua friísima, más bien refrescante, perfumada, eso sí. Y llamo a Elena, es que no lo va a creer. Qué cosas, cuántos años. Esta cerradura con un truco que a cada giro se complica y luego que abre como cierra, y luego... Sigue, paso a paso. Al ascensor. Quién se le ocurriría estas chapas alrededor. Ni Narciso se recogería a reflexionar aquí, aunque ascendiera en su embeleso. En un ascensor, que suba de prisa... y entonces son posibles unas huellas ya muy hincadas en la oración... que si de bajada, leve todo lo más como yendo al cielo. Qué cosas tienes. Cuatro y 5, luego el 6 y por último el siete. Éste, como el cinco, es primo de otros primos. Abrid cuadernas, y se abrieron, como si no se hubieran abierto nunca. Qué tal el himen. A ver, mejor llamo a Elena de una vez. Mientras más rápido se lo diga, mejor puedo reunir esas impresiones. Si no, ya ni sabremos de qué estaremos hablando. No bromeo... Oye, ¿no es mi teléfono el que suena? Date prisa que la llave en el giro te remeda. Quién será. Mejor es preguntárselo a quien sea, ¿no te parece? Ya. Y yo que pensaba llamar primero, y ahora quién sabe quién y con qué asunto me demora... Apúrate.



Aló. Sí, soy yo. ¿Elena? Mujer, si eres tú. Cómo no sorprenderme, tantos años. Cómo estás. Sí. Me alegra. Pues bien, y alegre como ya lo dije. Sí. Vaya qué estoy conmovida. No sabes desde cuándo... y hace un instante apenas, porque debes saber que... Mira cómo son las cosas. Vengo de la calle, al entrar cogí el tubo, de veras. Escuchaba el teléfono desde el pasillo. ¿Ya te ibas a rendir? ¿Cuánto le has marcado? Vaya, que te atiendo de casualidad entonces. Pues no me vas a creer; te iba a marcar, de veras... así de sorpresa. Bueno, tu número me lo dio Luís. Pues Luisito. Además, cómo iba a saber que también tenías mi número. Oye, quién... ¿También Luís? Vaya, así que a cada cual le dio el número de la otra, y sin que ninguna lo supiera. No se le quita lo misterioso al hombre. ¿Apenas te lo dictó en el metro? Bueno, bastante atareado estamos en este tumulto. Tengo ya unos meses acá. Sí. Como seis, más o menos. Sí, el tiempo es mensual o no hay como cogerle orilla en cada año. Bueno, pasan que son tantas cosas y tantas al tiempo que muchas. Sí, yo diría que muchísimas, si me permites agregar más. Aquí en el centro. Séptimo piso. Como en un faro de Alejandría. No sé. Pues sí. Bueno, hace un rato, en la panadería de enfrente, pedí un café. ¿Te acuerdas de esos espumosos hasta el borde? Después de clase, solíamos sorberle hasta el fondo de un vaticinio, que por lo regular era el de volver por otra taza a la misma hora. Exactamente. Sí. No recuerdo la última vez que nos tomáramos una taza allá, ni los círculos del fondo, pero de seguro que el brindis era de las dos y, desde luego, profético, aunque ya no para el día siguiente. Cuánto tiempo. Son tantas memorias. Pero lo más extraño fue cuando iba a poner el azúcar; al punto que no puse azúcar. Lo guardé como dados. Se me figuró otra vez aquella criatura que nos habíamos inventado de niñas. Remonté recuerdos más tempranos, sabes, de cuando vivíamos en la casa grande. Se llamaba... Te acuerdas, ¿verdad? ¿Y el nombre? No tenía erres, cómo crees; todavía no las pronunciábamos. Bueno, recuerdo que cada una le llevaba terrones de azúcar por su cuenta y sin que la una supiera de la otra. No; eras tú. No sé si imaginario, pero la verdad su afición por el dulce era tan real después de todo. Le llevábamos azúcar en terrones y perlas azucaradas. Sí. Claro. Era el mismo ser con voz de campanillas y ojos grandes, y luego el amiguito de Luis dizque le conocía. Qué nombre, dime. Vamos. Tú misma te empeñaste en un nombre que sirviera para las dos, aunque la verdad no sé quién al fin se lo puso, ni cuál. Pero si aún le recordamos, se me figura que debemos dar con su nombre, ¿verdad? Bueno, lo cierto es que él nos atendía siempre, por igual, pero de un modo que... Eso sí. Cómo crees. Dos sílabas nomás. ¿Pepe? No. No se repetía. Tampoco. Cómo crees, así se llamaba el perro amarillo, ¿te acuerdas? Estoy segura, porque cada una le abreviaba el nombre por la sílaba preferida. Cada una le llamaba a su modo. El mismo nombre, pero le llamábamos por separados. Si te acuerdas, ¿verdad? Y no era lo única diferencia entre las dos. La manutención fue variando de acuerdo a nuestra rivalidad, tanto que al cabo la criatura fue disolviéndose como el azúcar en su misma saliva. A ver, creo que... Ah. No. No lo recuerdo, sinceramente. Me doy por vencida también. Ni siquiera un apodo. Su nombre tal vez no lo sabremos nunca, es difícil imaginar algo de lo que ya no queda ilusión alguna. Ya ves. Bueno, no si el duendecillo de Luís era tan verídico como el de nosotras. Se me figura que Luisito se jactaba de él nada más para jodernos la paciencia. Sí, el nuestro decía conocerlo bastante. Es verdad, mujer. De cualquier manera, mucho más que su nombre habrá olvidado Luís. Si nuestro duendecillo al otro conoce todavía, pues que le avise entonces de que ni el nombre le recuerdan. Luís no es de los que memorizan infancias ni sólidos Euclidianos. Pues, sí... que lo consuele con su voz de campanillas. No te rías, que lo digo en serio... De veras, no me río. Sí. Recuerdo tanto sus risas de campanillas. Vaya sí lo recuerdas tanto como yo. Que cómo fue... Mira... Pasó así: pedí dos terrones de azúcar y antes de asomarlos a la taza, recordé cómo le juntábamos el azúcar de contrabando. Cada una, en un rincón diferente de la casa, hasta coincidir detrás de aquel porrón. Allí supimos que ambas le incitábamos el mismo deleite. Me acuerdo de que era poca azúcar en cada ración, eso sí, pero en distintos lugares. Recuerdo también que las perlas del pastel no le gustaban demasiado. Según decía, eran muy pesadas, aunque nunca las despreció, más bien las roía hasta el final con un agradecimiento que nos conmovía a las dos. Una vez le dibujamos, cada una por su cuenta, claro está, y al juntar los dibujos eran tan parecidos. Los mismos ojos grandes que ocupaban todo el rostro y esos calzones de pana acanalada. Recuerdo que mientras el exterminador se deshacía de los ratones nos llevaron lejos. Temíamos que comiera del veneno, pero al regresar él nos exigía su dieta como siempre. Como con aquellos ratones el apetito era el mismo, tal vez también los ratones eran del todo imaginarios. Comía igual que antes, y al igual que los ratones se le escuchaba de nuevo en todos los recovecos de la casa. Eso sí, cómo nos reprochaba nuestra ausencia. No le vimos hasta llegar a casa, lo recuerdo; y aunque le llevábamos raciones afuera, nunca pudimos convocarle a propósito. Competimos, claro que sí, a ver cuál de las dos podía convencerlo mejor sobre cualquier tema, pero sólo juntas lo creímos tan muerto como los mayores decían de los ratones. Al llegar de cualquier parte, cuánto no celebramos su voz de campanillas, que no fuera la burlona imitación de Luís, porque... ¿me escuchas? Aló. ¿Me escuchas? ¿Estás allí, Elena? Aló...



Vaya quién sabe en qué momento dejó de escucharme. Cuánto dije que no se oyera nunca. Cuánta etimología encadenada detrás del corte, palabra por palabra y etcétera en el remate, pero cuál remate, que además hubiera de acabar con las palabras dichas. Es como si en el remolino de este caracol se dispersan mis recuerdos y no hubiera al final un punto comprensible. Qué día más raro, qué difícil día. Mejor me doy un baño frío. Cuelga; tal vez vuelva a llamar. ¿O llamo? No, esperemos a que llame ella; no vaya ser que yo no pueda redondear correctamente sus números en el disco. Después de todo, ella llamó y atinó en cada uno de los ceros; y si sucede que ahora me pongo a lo mismo no podremos hablar nunca más; como si no tuviéramos nada más qué decir; como si las señales más ordinarias nos incomunicaran de verdad; como si las dos sólo nos conociéramos a través de una llamada telefónica. ¿Y si se pregunta por qué no llamo y por eso espera? ¿Acaso no es repetir la fórmula? Espera, algo tuvo que dejar de escuchar. Si es así, y así tuvo que haber sido, querrá saber lo que yo tampoco sé. Entonces, cuando ya la ocasión tenga por costumbre el mismo origen, daremos con el ombligo de todos estos cables, y sonará el teléfono de nuevo. Aleluya. ¿Acaso no es apenas un teléfono sobre una repisa, un aparato cuya invención de ninguna manera precede a la de la torre de Babel? Tranquila. No hay por que agotar la espuma. Lo que pasa es que las palabras, si bien las recuerdo más o menos, no lindan con esta realidad; sólo soy capaz de imaginarles un significado tan sonoro como la risa de campanillas. Déjate de tantas conjeturas. Llámala y punto, y así le preguntas directamente. La llamo después; mejor después que ahora, ahora es demasiado y acaso nada. Mejor averiguo los terrones de azúcar, el baño antes de la cena... Pero habrá que esperar un poco al menos. Sí. Sé que en un rato me llamará otra vez. Tiene que ser de ese modo; es el camino ya trillado, el que también repiten los transeúntes abajo. Seguro. Alguna vez me llamará... supongo. Desde aquí debe divisarse el azúcar. Con esto binoculares veré la escarcha derretida. Cada ojo verá la reluciente duplicación del otro ojo. Diría más bien: una partícula para cada ojo. Una partícula repetida en miles de partículas idénticas, y cada una de esas miles hechas de las partículas faltantes, como una abeja puede ver entre la invisibilidad de otros granos. Cuando ella llame, se lo cuento, sin duda debe tener más sentido que lo que nunca pudo escuchar. Le diré que el azúcar prevalece sobre la acera. ¿Lo ves ya? Sí, por supuesto. Eso es lo extraño, aún se ven los terrones; se diría que es como si no hubieran caído de mis palmas, sino que...

domingo, 13 de octubre de 2013

HISTORIA DE UN PEDO DISCRETO



 Comadre, a los hombres hay que embestirlos con los cuernos, a esas puntas sí que sabrán temerles según las cuenten muy filosas.

Cómo dice eso, comadre —exclamó Rosario en medios de sus rubores.

No digo nada que por sabido no lo sepan ellos. De la aureola de sus mujeres no temen nada, tanto como de un cero igual de redondito; pero de los cuernos que le hacen ceñir a sus mujeres, ay, cuánto no tendrían qué temer, Rosario.

Por qué me dice usted tales cosas.

Nada tengo que hablar de su señor, bien es cierto; aunque de los hombres se dice lo que por común se pudiera decir de cualquier esposo. El hombre tiene un sólo misterio y la mujer que no le convenga indagarle, pues no lo sepa nunca que es ella misma.

Creí que les acusaba de mujeriegos a todos.

Por eso dije un solo misterio, que lo repiten mientras viven, sin repetir a sus esposas. Además se me figura que así no hay excepción que corresponda a tantas como puedan ser sus mujeres.

Me asombran sus palabras, comadre.

Cuánto no las asombrarían las acciones que mis palabras entrañen. Si le contara los muchos años de estos notorios nueve meses —dijo, mientras reunía sus dedos sobre la comba de su barriga.

Luego, ¿ese pecado es también de su esposo?

Pues si no, de ninguno. Aunque no creo que sea un pecado. Este egoísmo de dividirse en diferentes lechos es de cierta forma la forma de conservarse en el mismo acto, que no le podéis culpar al hombre por perjuro, pues al cabo cumple así con su naturaleza.

No sé qué decir. Ah, dígame algo, comadre Chabela, ¿por qué herir a nuestros maridos, entonces? Ya se me figura que conforme a sus hechos no quebrantan ninguna ley.

Esa pregunta se contesta sola.

Pero, ¿haría falta preguntársela de nuevo?

A fe que no, comadre. ¿Acaso dije que hay que embestirle con los cuernos?

Así lo dijo usted.

Y, ¿quién te pondría el arma en la cabeza?

Tras una pausa, Rosario, reclinada en la piedra de lavar, al fin dijo:

A fe que el mismo que ponga el argumento.

Ves, Rosarito, la naturaleza no contraria a la ofendida.

Yo no tengo quejas de mi señor. Puede que haya hombres que sean muy distintos.

Pues sí; cuando mueren se diferencia tanto que no les distinguís entre ninguno.

Dijo usted, comadre Chabela, que con cuernos, pero si no se asoman nunca…

No hay que esperar, mujer, a que la ceguera nuestra nos asombre. Luego una puntilla de vez en cuando le remordería un poco. Piénsalo, Rosario. No te fíes.

Cuánto no habéis oído que todos los hombres son cortados con las mismas tijeras, quién sabe si con las que quisieran algunas también castrar a sus maridos. Lo cierto es que para que se siga el contorno según el patrón de siempre, debe haber, sin duda, un convenio universal; sin embargo el reproche es por lo demás muy femenino, cuanto que bastante autoritario en su vigor, por eso muchos hombres (si no todos) se abstienen de vocear la misma queja que pudiera dotarles de una equivalente facultad. Rosario se había quedado meditando en aquellas palabras. Supuso, al principio, que los rumores ya eran de corriente entendimiento, y que Chabela, a través de oblicuas generalidades, le había advertido de un “pecado” singular. Deshizo aquellas dudas, porque apenas llevaba un año de casada y un primogénito de pecho, y no podía en el ajuar conseguirse un luto que la mancharía más que la viudez. La duda de cualquier modo iba y venía en la transfiguración de muchas cuentas. Nunca se le ocurrió que la envidia pudiera ser el móvil expreso de su comadre.

Chabela estaba casada ha mucho ya, y en tantos años como habían pasado en almanaques yermos, nunca pudo fundar sus figuraciones. Todas las mujeres eran cornudas, salvo ella. Esta excepción rebatía su encono precisamente por el mismo lado que debía excitarle más. Recién casada era posible que una ceguera le fuera su destrón, pero al cabo había de ser todo lo clarividente que un espíritu inquieto le animara. Había llegado a vieja sin hijos, jurando entonces que ese destino proviniese también de la abreviada hombría de aquel compañero.

Bien es verdad que a ella jamás le faltaban “puntas” con que arremeterle, pero no podía en todos esos plazo infligirle el condigno castigo que aconsejaba a todas. Fueron años difíciles para los dos, la ausencia de hijos lo prohijaba a ellos delante de las habladurías ajenas. Al fin estaba encinta de su esposo. Siempre temió averiguar por su cuenta que el otro no fuera estéril, así que le fue fiel como no lo hubiera hecho nunca por lealtad. Era una mujer especialmente agria y testaruda. Su marido, en contrario, era afable y no se amargaba ni con las pullas que contra ellos la gente argüía.

A la semana de aquella conversación, Rosario, en cuenta de muchos indicios vagamente imaginados, empezó a considerar las palabras de Chabela. Ya no veía a Nepomuceno igual. Veía que todos lo trataban igual, pero aun en estas costumbres se descubrían compases que ya no la confinarían a un rincón obtuso, pues no iba a ser más la señora aquélla que ignoraba lo que habría de saber por fin. La verdad era muy poco lo que sabía, acaso lo mismo que ahora veía muy diferente, y nada más. Quiso indagarle, pero aquel hombre no dejaba su negocio ni para salir de él. Se dormía haciendo cuentas, y sólo en el solaz del tálamo nupcial conversaba algo distinto, aunque por lo demás breve.

Nepomuceno era un hombre parco que podía soltar un pedo ruidoso, como en verdad hacía cada vez que le venía en gana, sin apartar su atención de ningún cálculo de supremo interés. Ninguno de quienes transigían con Nepomuceno descontaba tales modales, sino que los preveían en el apuro de ciertos cometidos. Él y su mujer tenían un almacén abigarrado de variada mercadería. Todo el pueblo acudía a ellos. Si bien Rosario atendía el negocio en todo lo menudo, él, mentalmente, desandaba aquellas cuentas hasta redondear los cálculos cabales.

Esa misma semana, en que por cierto pariría Chabela, Apolonio estaba en el almacén, esperando impacientemente a que se desocupara su compadre. Lo había atendido Rosario, pero el negocio de unas carnes en conserva era menester dilucidarlo con Nepomuceno. A Apolonio se le veía muy nervioso, caminaba trechos circulares con las manos anudadas a la espalda o se paraba a ver cualquier cosa harto conocida. Rosario, viéndole así, le convidó una taza de café, en tanto su esposo se desocupara de los otros clientes. Apolonio declinó la cortesía con una sonrisa desfigurada por la ignota urgencia. Entonces, Rosario se le figuró que su comadre estaba a punto de alumbrar y que al esposo lo azoraba esa certidumbre.

Compadre Apolonio. Si quiere le digo a Nepomuceno que le atienda ahora —dijo Rosario.

Cómo cree, comadre. Yo espero —contestó el hombre, sin dejar de divagar en el mismo recorrido.

La comadre Chabela… —se atrevió al fin Rosario, pero se detuvo de repente.

Ella está bien. Su gravidez aún no ha llegado a punto. Se me figura, según como la veo, que ya será para la otra semana.

Sí quiere le dejo el recado. Se da una vuelta y vuelve, ya verá que en un santiamén le puede atender mejor —propuso Rosario al no discernir una urgencia que ya se le hacía tan sospechosa como los vagos indicios de su propio marido.

Apolonio le daba vergüenza salir del negocio para tirarse un pedo, y luego volver en un disimulo que pese a su ventaja lo delataría de la misma manera. No tenía el desparpajo inconsciente de su compadre ni el aplomo de cierta hipocresía. Además, de fijo sospechaba que ese pedo, aunque silencioso, era tan pestilente como sus predecesores, y que abandonar el almacén por esa urgencia le haría oler peor. No era mucho lo que tenía que discutir con Nepomuceno; dos o tres palabras nomás. De súbito sintió que las tripas, en el acomodo de retorcijones, mandaban hasta muy abajo una bolsa de aire incontenible. Fue hasta donde Rosario, que despachaba a un recadero, para despedirse también, según ya le había tomado la sugerencia a ella, cuando un prodigio ocurrió intempestivamente. Pues Nepomuceno, sin remilgos algunos, se tiró un pedo fenomenal que ruborizó a todos, excepto a Nepomuceno mismo y a Apolonio. Apolonio aprovechó el lance para insuflar su pestilencia en un disimulo para el que no era menester ningún artificio.

Por lo regular, los pedos de Nepomuceno eran inodoros, o pocas quejas había tenido en lo que a él le concernía. Después de todo, ninguno de ellos le había espabilado al margen de sus cómputos, pero en aquella ocasión la pestilencia pudo conmoverle tanto como a los demás. Retrocedió enmascarado en sus rudas manos mientras oscilaba su cabeza en la desaprobación absoluta. Los clientes se excusaron apenas en la ciega brevedad de unos monosílabos y salieron de allí casi a rastras. Rosario se ruborizó como si el pedo fuera suyo, y como pudo tapó sus rubores con el mismo ruedo del vestido hasta quedar tan exhibida su vergüenza. Apolonio, un poco más aliviado, fue a airarse en el dintel, mientras una risita le carcomía las entrañas.

Mujer, qué sería lo que me enfermó así. Coño, estoy podrido —decía sin bajar la voz y sin rubor alguno—. Una purga. ¿Conocéis una buena purga? —agregó, preocupándose sensiblemente de su salud.

Rosario, que le había amordazado la vergüenza antes que el silencio, convino al fin que ella era una cornuda. Ninguno de sus guisos podían enfermarlo así, y además sólo a él. Ese hombre se había mandado un hartazgo quién sabe en qué conspicuo lecho. Después de disiparse un poco aquella niebla, Rosario pudo contestar a su marido:

Por supuesto que conozco una, y una muy efectiva, además —agregó, premeditando otros ingredientes (bastante especiales) para la receta.

Apolonio, cuyas cosquillas ya eran otras, apenas se podía tener en el quicio, pues otro recorrido le avasallaba las tripas. Podía irse sin dejarse ver, pero también quería escuchar la receta.

Vamos, Rosarito, dime qué hay que buscar. Debe ser una pega esto que traigo y hay que sacarle de raíz.

De raíz saldrá, pero primero hay que buscar ciertas raíces —dijo la mujer y al punto fue dictando lo que Nepomuceno anotaba en el revés de un cartón.

Apolonio precisaba de su memoria para inscribir lo que había de recordar toda su vida. Una vez lo hizo, se escurrió sin que los esposos, todavía arrebatado por aquel marasmo, lo advirtieran.

Voy por Pedrito. Ya vengo, mujer. —dijo, mientras en el doblez del cartón juntaba sus pulgares.

No le vas a decir que es para una purga —le previno Rosario.

Cómo crees, mujer.

Ah, antes de que te vayas. Por ahí está el compadre Apolonio, pero… —dijo, explorando vanamente con sus ojos el almacén— tuvo que irse me imagino —agregó sin aumentar los detalles.

Es para una pendejada que puede esperar. Eso lo hablo después con él. Primero lo primero —dijo y salió a la calle, donde se tiró otro pedo estrepitoso. Rosario fue a guarecerse adentro, temiendo que una corriente trajera aquellas emanaciones.

Ya para la madruga del otro día, Nepomuceno, en ayunas, tomaban una pinta de aquella pócima. De tanto cagar ya tenía los ojos tan hondos como a flor de sus ojeras. La mansedumbre de aquel hombre corpulento iba y venía en la prisa de un solo trayecto. Ya sus carnes deshidratadas parecían las mismas de aquel negocio postergado, tan ceñidas y estriadas como en una salazón. Rosario le atendía devotamente, temiendo que la cornada le hubiera tocado muy profundo. Aunque ¿no eran acaso con esos mismos cuernos que se topó el infiel? Según Chabela era menester castigarle más, pero si se moría, qué castigo era la viudez para sobrevivirle en su perjuicio. Esa comadre Chabela muy vengativa se mostraba para tratar con los varones, y aun a punto de alumbrar se encapotaba con tal luto, y de pies a cabeza, que sólo otro luto le encubriría tal encono.

Ya en la tarde todo se detuvo. Hubo menester de más hierba combinadas por Rosario en un caldero hirviendo, pero al fin todo ese vaciado se detuvo. El hombre parecía devastado por una peste que se le hizo fatal en esa eternidad. Caminaba entre temblorosas pausas, pero ya repuesto. Llegaron dos noticias a casa de los esposos. Rosario en el dintel escuchaba que Chabela había parido una criatura completa y sana, un niño, y que su compadre Apolonio era ya un espectro. Según como estuvo Nepomuceno, había de ser el espectro de éste, en tanto el pedo Apolonodio lo fue de aquel otro indiscreto pedo del almacén.