RELACIONES EXTERIORES DE UN ANTROPÓFAGO
Excelentísimo Canciller de ***, escribo según la fe con la cual escribo, y se prolonga mi voluntad en asistencia de esta ocasión ilustre.
Glorifico a su nación entre el concierto de las demás naciones. Bendigo a su nación insigne que ha dado al mundo un ejemplo bendito para los siglos por venir. Antorcha clarividente han sido sus luces entre todos los avatares que afligen a la humanidad. Sus ciudadanos han poblado una porción del globo aun para salvación de las demás criaturas, y así yo me ufano de abrazar lo que me es ajeno y según su orden también privado. Sepa, Excelencia, que mis deseos me ungen en su misma medida. No hay trance que no arrostre con patriótico entusiasmo en pos de su honorable nación. Serviría en la guerra como en la paz, y en cada una de las dos serviría con el mismo ardor y valentía que lo hiciese en su contraria, acaso porque la humanidad invoca vuestros vigores según una esperanza que debe perdurar invicta.
La procedencia de este pliego tiene la misma sinceridad de su origen y me compromete sin desmayo de mi condición. Le escribo desde ***. Lugar de donde se han seguido vuestros códigos para educar a nuestras leyes, acaso para educarlas muy a pesar de nuestras licencias y costumbres. En lo que a mí concierne, soy un prestigioso ginecólogo que lo ha iluminado esta ciencia, como alguna vez me alumbrase una madre iluminada. Este renacer en la gracia de las demás mujeres, me ha encandilado de tal forma que aprecio la belleza que apenas tiene este mismo origen.
Lo que voy a pedir de su nación no es un sacrificio para aplacar los deseos de un orate, que así se atribuya una aprobación excesiva, pues mi apetito no es menos espiritual que aquel que un ayunador ve en su régimen piadoso, y por lo mismo sólo puede concebirle una mente equilibrada, cuyo sostén le impone plazos que en el tiempo deben convenirse. Por otra parte, nunca me atrevería a elevar a su Excelencia algo que le horrorizara por ser, además de impracticable, inmoral. Contravenir los más civilizados preceptos que desde siglos rigen su nación sería sucumbir como un inacabado engendro. De tal modo no tendría jamás que ruborizarme al pedir de vosotros lo que es un orgullo aceptar de vuestra parte.
Sucede, Excelencia, que la carne tierna y firme de una doncella es un pábulo que las tradiciones me impiden, sin que siquiera haya dado con un interlocutor al cual confesar razones de una profunda meditación. Sé, como aquí Vd. puede leer, que sus buenas costumbres escucharán mis demandas para reformarlas o en definitiva censurarlas si no pueden éstas sino acusar un deseo bárbaro. En este punto, Excelencia, puede sugerir acotaciones internacionales, que tal vez desconozco en mi afán, o tendría su Excelencia el carácter y la facultad de obligar mi delación frente al escarnio de naciones que no sin barbarie aplicarían el castigo condigno.
Antes bien, es justo que yo dilucide mi sagrada ambición, desde luego que apelo a la elocuencia, sin apartarme de ningún juicio que haya menester confirmar de parte vuestra. Dije doncella, una joven mujer, que debe ser de esta parte del linaje humano, en tanto yo congrego mis razones en el complemento contrario de una progenie universal. No es porque sea mujer, sino también porque soy hombre. Naturalmente que un sentido inverso hubiera sido igual de activo, siendo yo quien desde otra mitad conciliara este apetito. Apetito que es transferible a cualquiera de los demás grados de esta misma paradoja. Tampoco es porque simplemente sea joven, sino porque a cualquier edad se sabe que la juventud es la potencia de la vida. Y desde luego tiene que ser una doncella de una belleza incuestionable. El gusto de mi profesión me lleva, por evidencia del misterio, a escoger según este atributo, hasta el punto de que evito urgencias de otro cariz. Desde luego no quiero decir que haya faltado a mi profesión, en tanto por ejercicio de mi profesión he escogido siempre un reposo merecido. Por último, jamás me atrevería a comer a ninguna criatura que quiera sobrevivir más allá de está voracidad. No es un laberinto el que me azora con sus recodos, ni tampoco en el sacrificio ciego impondría términos egoístas, sino siempre compartidos.
Dicho todo lo anterior, me vuelvo a dirigir a su Excelencia, porque por gajes del mismo aprecio que tanto me conmueve, escogería el pábulo entre los habitantes de su ilustre nación. Una muchacha tan hermosa como así lo refleje una salud impávida, sería lo ideal, y no es descabellado intuir que si a dicha mujer se le dice que un hombre quiere comérsela, al final ceda justo por tener ya pocas ilusiones sobre la gastronomía en general. Sin embargo, tal ocasión sin duda es muy poco probable, porque el miedo, que es un resorte escandaloso, la haría huir para vergüenza de su nación. Así que puede ser una muchacha que, desesperada por un final inminente, quiera sucumbir antes, cualquiera sea el procedimiento que así se califique. Aunque es de mi exigencia que se procure, eso sí, una con una enfermedad no muy desarrollada en su extensión mortal, porque puede darse el caso que los tumores me indispongan a pesar de la ambrosía. También he pensado que una muchacha, digamos con algún desequilibrio grave, puede preferir al fin un medio que la comprenda, aunque sea una digestión para no dejar sobras. Por lo demás, estoy dispuesto incluso a que vuestra mesa me fije cualquier receta especial.
Se preguntará Vd. por qué elegiría mi pábulo entre todas las criaturas de su nación, sucede que las razones aducidas antes me conminan a no flaquear en ese patriotismo. De todas las demás naciones extranjeras no me fío, no sólo porque poca tolerancia tendrían ellas para contener sus instintos salvajes delante de mi inocencia, sino porque no les considero nunca mis iguales. Se preguntará, sin embargo, por qué no me dirijo a mi gobierno en primer lugar. Se preguntará por qué aparentemente desespero al margen de mi propia carne. No es porque hayan rechazado una propuesta que, dicho sea con verdad, sólo su Excelencia y yo conocemos. Es por cierto tabú que, sin residir en el rechazo de esta dieta, prohíbe mis ambiciones por fuerza de una hermandad irrevocable, como pasa con el incesto carnal. Comer a mis compatriotas sería un modo de devorar a mi apetito a través de un acto que me agriaría sin dejar sobras, defecar después sería una simplificación afrentosa de ese mismo acto. Es verdad que yo veo a los ciudadanos de vuestra nación como hermanos. Hermanos, sí, de las luces y el entendimiento, y es precisamente por esta hermandad que nos está dado ser incestuosos, porque acaso si no lo fuéramos de qué sabio jardín proliferaríamos todas las demás criaturas. Es la esperanza de la humanidad que por la razón nos entendamos alguna vez, una esperanza que a veces se emplea en otros medio, pero cuyo fin la define verídicamente.
Su excelencia, acaso con impaciencia espero a que me responda, sea su decisión la que ella fuere, acatada de corazón sería por tener el noble provecho de vuestras costumbres. Me acostumbraré al dictamen como si por él se definiera, ciertamente así lo hará, mi destino manifiesto.
Su devoto, etc… etc…
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