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lunes, 3 de agosto de 2015

EL ENCUENTRO




Antes de hoy, sólo había visitado un par de veces el campus. Primero, detrás de las fórmulas del derecho canónico, sin que les hallara enteras en ninguno de sus volúmenes (las citas más bien podían cotejarse entre vacíos que ya nadie copiaría con la misma impunidad). Segundo, como ponente de un congreso que rentó el auditórium para la luna llena de su calendario.
Precisamente mientras la oratoria le secaba la garganta, el antiguo discípulo pudo reconocer a su antiguo preceptor del colegio. Unos años atrás, en aquel entonces cuando los dos hacían de tales, Elías juntaba en un nudo su larga cabellera, cuyas canas, que ya eran las más, aclararían para siempre la única prominencia de su calvicie. Por primera vez, desde que su atribulado padre le agenciara un empleó que no rebasó la primera quincena, Elías trabajaba sin los apuros del saltimbanqui que ríe por mejor no llorar. Sus hijos ya eran mayores, y él estaba demasiado viejo para llevar el peinado de un soñador que si lo madrugaban despertaría de bruces y muy atragantado con los flequillos. Ir cazando (o pescando) subsidios, para luego llorar como Príamo en escena, pero apenas ciñendo el oropel de su llanto veraz, ya le ponía caviloso, y hasta le excitaba una inteligencia tan prodigiosa como para entender, finalmente, que no era ningún genio.
Durante el primer año de clases, periodo que cursara Román en el antepenúltimo de sus grados en el colegio, Elías conservó el largo de su cabellera, pero al fin estaba en la nómina pública, por lo cual ya tenía que concentrarse en su ineludible madurez. Entonces se trasquiló siguiendo el contorno de su calvicie. Aspiró a una posición de relieve, luego otra en ascenso, una a ras de la otra; hasta que al fin llegó a la universidad. No tan barbado de espinas como cuando estudiante, pero aquellos carteles de sus aventuras, en menoscabo de tal perseverancia, le certificaban un hacendoso espíritu en pos de la reputación del campus.
Román, al distinguir a su profesor de drama entre los pocos concurrentes del congreso, lo fijó como si los alfileres de su memoria bastaran allí, pues al apearse de sus líneas iría derecho a saludarlo. Desde aquellas primeras experiencias en el colegio, donde los plagios de los principiantes le eran encantadoras al director, Román redactaba pequeños esbozos en cuadernos de a líneas, sobre cuyas tapas empapeladas solía rotular jeroglíficos y, sobre todo, frases célebres que colmaban sus excepciones. Cuando salió del colegio, diagramó, verbigracia de su estilo, una sucinta y poligonal promesa de su obra juvenil, donde los apuntes justificarían a un bobo tan serio como para no arriesgarse más allá de su grafía.
Ahora acudía al aviso, seguro de que la urgencia necesaria para llegar le transfiguraría sosegadamente. La escena había de ser una guía para sobrellevar los rigores vulgares de su profesión. Al menos esto le prometió Elías, como principio de su propia prédica y constancia del porvenir. Enmascararse para cometer un crimen en los redondeles de la ficción había de ser, como sin duda lo era más allá del arquetipo, una materia que el buen entendimiento de un pedagogo no omitiría en su plan. Sin embargo, las aspiraciones de Román parecían sobrar la mera iniciación, ¿acaso no pretendía que esos ejercicios, aparentemente corregidos en su empeño, le llevarían de súbito a emprender carrera de guionista cinematográfico? Tal vez de héroes en blanco y negro, trepidantes en los fulgores del celuloide, sospechó esta revelación, a la que, por cierto, no coloreaba sino en el reposo de sus asuntos.
La estructura sugería vértices más adustos que los codos a través de los cuales se hizo camino hasta coger, apenas con las uñas, el saco de Elías. ‘¿Se acuerda de mí, profesor?’ En las dos veces anteriores, apenas recorrió los atajos que su prisa dibujara afuera. La misma matrícula en desorden de aquellas veces, yendo y viniendo en los pasillos y escaleras, azoraba sus combinaciones. ‘Lamentablemente ahora no puedo, profesor; un compromiso me reclama sin falta, pero si me da su número telefónico… Con mucho gusto.’


martes, 28 de julio de 2015

LA CONJURA

Vale, 2004.


El hombre y sus ojos fijos sobre el claro de la mesa donde el claro de la luna no alumbraba. Dentro del plato dividía una porción, sin paladear lo que alteraría la acritud del prolongado ayuno. Tamborileaba los dedos impacientes como si cabalgara por ese tablón, cuyas vetas en menguante no variaban bajo el viaje inmóvil de la mano.
La barba le crecía, erizándole una imperceptible lentitud. Su respiración era trabajosa, pero eficaz a fuerza de agenciarse un respiro entre los estertores del tumulto. Se abría la puerta de un tajo y los ojos del comensal, casi vueltos en el trance, miraban aquella silueta que nacía del brusco sereno. Su mano cesaba dentro del mismo puño que se contraía en el tablón. La fiebre apenas filtraba sus rocíos entre los ángulos más secos y remotos del lugar. Él aún no se movía, mas en sus fantásticos horrores se arrodillaba mil veces, acaso para ofrecer su alma según el desconsuelo de las demás almas.
Sin siquiera moverse de su silla se rezago detrás de muchas raíces, mientras el verdugo, ya dimensionado en el dintel de un horóscopo hostil, finalmente decidiera ejecutar la orden sin mediar sogas de ninguna providencia pública. De repente, oía el rumor de una voz, que quizá cesaba a través de otras pavuras tan recónditas como el silencio ajeno. Vaticinar lo peor, y sólo lo peor, era con frecuencia el presente de aquellos desventurados, y el cumplimiento en cada oportunidad lindaba con un alcance que pocos tendrían el tiempo, y acaso las agallas, de llamar futuro.
Iba evocando lunas entre los pormenores de una brevedad fatal, pero no para corregir una apología que le enorgulleciera algo, y cuya métrica ha de ser siempre póstuma, sino para hallar la metáfora que le redimiera en el apuro de la incertidumbre. Le sobrevendría el suspiro ulterior, que había de entrañar con duda, pero no el despecho de afear ociosamente sus últimas oraciones.
‘Cuidad de honrar a la corte, tal pagáis vuestros impuestos. Lo aconseja un amigo que os delatará si no lo hacéis.’ ‘No seáis altanero, muchacho, escuchad a vuestro padre; no os cerréis como el Dios que no lo conmueve la estrella de sus herejes.’ ‘Haced el milagro a este padre en penitencia, que tanto os besó con los mismos amoroso labios de mis ruegos, ay, los mismos que vuestra imprudencia de hoy parecen apurar contrariamente.’ ‘No hay que dar largas fuera de este grupo, cuando se precisen otros adalides se debe corregir los signos venideros.’ ‘Lo mataron en su lecho nupcial, sin indagar por sus cómplices, sin siquiera preguntar a la viuda si ella misma repetía su tocado antes de dormir’ ‘¿No os aclara la mente tan concisas sombras, ni os veda los fulgores de tanto delirio? ‘Pues sabed que yo, en el ardor de mis oropeles, veo que nos enfriarán como a nuestras cenizas.’ ‘No le cerréis, es de mal agüero que los vecinos oigan en estos goznes el crujir de un ataúd.’ ‘Adentro, hija, sólo se ve un borracho desafiando a nadie, que nadie más que él pague tal audacia.’
La figura ya parpadea y su propia contención le hace respirar un poco más. Da un paso; entra con las manos vacías bajo temblorosos vacíos. Aquél, que en el recorte pudo aglutinarse así, ahora recobra sus arrugas mientras muchas canas filiales destellan como siempre. Él, aún encallado entre la mesa y el tapial, por fin puede reconocer a quien tanto se le figurara un verdugo. Vislumbra los jirones de sus pliegues, el ceño sublunar, los ojos todavía indistintos, la calvicie ensortijada a trechos. Presume la alforja bajo las gruesas vestiduras. Finalmente, escucha la voz, que con igual tono escuchó en la víspera.
—Hermano.
Todo lo que le constituía a la silueta, ya menos apremiante que sus órganos, se descubre sin ataduras ni cortinajes descorridos. La reunión de todos esos atributos, desde el mismo origen maternal, evoca ahora reminiscencias de una sola crianza (los juegos en la vega de los abuelos, la última labranza con la misma yunta de bueyes, los sobrinos). La memoria reivindica esos actos indispensables, aunque tal vez según la fatalidad de todo un pueblo. Ya no importa a qué vínculos hubiera apelado, pues lo que la calma revela, en cambio de lo que no alcanza a sospechar, fue previamente abolido por la fratricida alucinación del miedo. Así que cualquier pregón de su hermano ya no ha de presagiar sino lo adverso de toda conjetura extrema.
—Tantas plegarias impías, de cómo el opulento tirano eleva al cielo, eclipsan toda buena estrella, y ese influjo rige hasta la fe que milagrosamente conservamos en su fervor. Ay, que al abrigo de vuestro techo hospitalario yo dé constancia de tal designio, y que con la licencia que admitís profiera aquí la callada resignación de los ancianos… Así no puedo sino extenderme según los acomodos de un intruso. Pero ¿detenerme así no os hubiera agraviado más, de cierto porque reconoceríais en mí las vulgaridades del temor común? ¿Qué más falta por confesaros hoy, y a través de qué forma exacta?
—Habladme, que la lengua no trabe vuestra facultad.
—Ay, hermano, son mis lágrimas con las que tropiezo. Estas lágrimas de cobarde que tumban mi dolor —levanta sus puños entumecidos.
— ¿Denunciasteis la conjura? Hablad, desgraciado —en una sólida exclamación le increpa—. Decidme, ¿quién ha muerto? ¿A qué traidor protegéis? ¿Ahora os asustáis cual si fuerais vuestro propio verdugo? Pues de cierto que os he de sentenciar tan macizamente como me veréis aquí plantado —y se levanta en el rigor de su altivez.
—Vi —ahoga los sollozos en sus temblorosas palmas. El otro le deshace la careta a golpes recios. Le toma el rostro con ambas manos y hunde sus pulgares en los ojos, vaciándoles al punto.
— ¿Qué visteis? Contádmelo que ahora sois ciego —de tan crispados resbalan sus pulgares en las cuencas vacías, y lágrimas de sangre corren hasta los codos.
—Ay, bendito sean los pulgares que extirpan la tumoración de mi culpa, aunque todavía el germen malsano aumenta los esplendores del delirio. En el crimen sólo quedé yo, el único que quiso escapar hacia esta protectora ceguera… A tientas de mi clarividente don bien pudiese hallar el quicio que no vi para los otros, aunque para vos… de vuestra casa… y a los de vuestra casa…
—Mis hijos —clama con sus pulgares vueltos a él, viendo las secuelas en el rostro ciego del otro —. Ay, infame me dais con el bastón que os di —le saltan unas lágrimas.
—Mis últimos días llorarán con vuestros ojos.
—Y no os pude ver compartiendo mi desdicha, hijitos. Ah, lo malo me oscurece, que sea entonces lo bueno lo que os guarde luto.
—Seré vuestro destrón, si ya he pagado mi pecado —le contesta el ciego.
—Con vuestros ojos he de demorar la venganza. Este dolor que me abruma aguza el filo fuera de sus cuencas. Sin embargo, mis lágrimas de cobarde enmohecen todo. El tirano me asedia, y yo en las cuencas de mi hermano entinté mis pulgares para dar constancia de esta dilación. Ay, qué ciego somos…
—Empuñemos la espada ya, a morir tempranamente, porque incluso si no hemos de arruinar nada no serán pocos los obstáculos ni pocos los muertos, pero que el odio contra el rey nos encumbre en la matanza… Sí, por ornato de su sangre real llevaremos una corona.
—No iré a morir hasta que mi tumba, de tan honda como le haya cavado, entrampe al rey. Tomad vos la espada, que os sirva de báculo. Las leyes, cuya iniquidad segó mi linaje, serán las que moderen mi paciencia, porque al cabo he de impugnarles por completo. Os juro, por mi falta en la infinitud de la raza, que la única excepción la testimoniaré al sesgo del rey caduco. Tomad el hierro, pues, ahí está, si queréis tantear un honroso atajo que abrevie vuestra inconstante suerte, pero no os vais a juntar a mis hombres. No importunaréis la conjura —lo toma del brazo y lo guía hasta la puerta, le hace bajar el umbral y lo echa afuera del dintel—. Un enclenque así no será mi destrón; el odio lo será cuando me ciegue en la batalla —cierra la puerta tras el descalabro del ciego—. Daréis tumbo mientras busquéis la muerte, pero no hallaréis mi perdón —desenvaina una espada—. Destronaré vuestros hombros, rey, pero con mi empuñadura.
El ciego afuera trastabilla, la oscuridad le parece tan palpable en su espesor, pero nada comprueba al tacto que no sea el caer de bruces. Recuerda la diversión de los guardias mientras vaciaban las cuencas de sus sobrinos. Recuerda que después de la tortura pública, les mataban, indagándoles como si ya tuvieran por respuestas las lágrimas de un velorio que se tuviera que esconder a oscuras. Estas imágenes, tan vívidas y firmes, se les iba imponiendo como el único arco visible de su mente resignada. Se arrodilla y clama por uno de aquellos verdugos, al menos uno de los muchos que evitó a través de matorrales espinosos.

domingo, 6 de julio de 2014

EN AQUEL TIEMPO


En aquel tiempo, dos familias hostiles demandaban para sí el derecho de presidir el reinado. Las cosechas eran abundantes, las fronteras se habían repasado más allá de la creciente cuyo pródigo curso dilataba molinos. El oro, de tan precioso como llegaba, apenas si los orfebres le pulían sus señas de origen. Los siervos y la plebe procreaban con la misma sumisión de sus virtudes y en el mercado los objetos proliferaban según el trámite de monedas antiguas. No obstante, la disputa de la corte amargaba las mieles de la abundancia, sin que ninguna de las familias saciara sus apetitos. Como el dilema seguía siendo irresoluto, los primogénitos opuestos dividían los edictos de la corte, lo cual siempre hacían con encono.
Sucedió que una sequía sobrevino. A razón de la harina almacenada, vanamente se esperó a que el cielo revirtiera su cifra. Las plegarias, antes sólo proferidas en las ceremonias, se volvieron en un clamor general al cielo. Cada familia corregente culpaba de la desgracia a la otra, y estas acusaciones trababan en la plebe pleitos de sangre. Se hicieron sacrificios; se agostaron manadas enteras, cuyas piezas hubieran aplazado la carnicería de los impíos.
Todos se acordaron de Dios, pero sin poder conmoverle. Puesto que todos los súbditos veían en la disputa la causa del infortunio, y que resolverla de cualquier modo tornaría el reino (aunque desprovisto de rey) a la paz de los mayores, persistieron sobre rodillas profundas y sobre esas huellas fraguaron una confabulación contra los partidos.
Tan terribles consecuencias se vislumbraban que uno de los príncipes decidió transigir con el otro, y así, con pérfida doblez, se retiró con los suyos a la frontera, a un pequeño campamento ya en el mínimo de sus tributaciones. Desde allí se propuso asaltar a la precaria casa del monarca, porque el favor del cielo volvería con buenos ojos a la mejor parte del dilema y los súbditos bendecirían las mercedes ya benditas.
La familia regente, azorada por la violencia y la hambruna, primero se condujo con severidad, luego se arrepintió de llevar el cetro y aun de una disputa tan estéril como la tierra agrietada donde seguía derramándose la sangre de muchos exaltados.
Si el Altísimo pedía un sacrificio, sin duda era el de abdicar generosamente, y reconocer en esos términos que el enemigo era el bienhechor de la corte. Así el príncipe regente partió a convenir la paz con el otro. Marchó todo lo de prisa que le llevó su caballo hasta el río. Hizo noche en la ribera y el insomnio hizo día en su sueño. El murmullo de un río vacío le distrajo toda la noche.
Antes del amanecer, vadeó la inexistente corriente, y antes del crepúsculo llegó al campamento. En vano buscó a la familia, y quienes con hospitalaria mansedumbre respondieron a sus preguntas le noticiaron que fueron de caza todos aquellos enemigos. Las dos jornadas a caballo, y la noche galopante que también montó en pelo, le intimaban el descanso provechoso. Le ofrecieron un catre mientras esperaba. Se tendió y al punto quedó dormido. Soñó que al despertar se daba el encuentro y tras las condiciones se sancionaba la paz redentora a los ojos de Dios.
Cuando despertó de veras, mandó buscar en vano a alguien de su linaje, y ya en burla de una trampa lo descubrió todo. Salió rabioso. Tomó otra bestia, en perjuicio de quien la reclamaba suya, y regresó. Temprano llegó al río, pero por más que quiso vadearlo en el fragor de su impaciencia, la corriente caudalosa vedaba su valentía. Muy a su pesar, tuvo que hacer noche en la otra ribera. No pensó en el agua tumultuosa, pues el insomnio le dejaba seco y con una sed terrible que le abrasaba en el delirio de ver la misma sequía con los mismos monstruos.
Antes del amanecer, con trabajo ganó la otra ribera. Hizo matar a la bestia en el afán. Apeándose del exhausto muerto, siguió en pos de un horizonte incendiado. Buscó en las cenizas de la corte; se tiznó la frente abrazada por otro delirio más cercano al fuego. Sollozó, juró venganza, pero, al volverse en recargo de sus maldiciones, una turba le apaleó. Quedó tendido como en el catre, y como en el catre soñó, antes de la condena, que al despertar se sancionaba la paz delante de los misericordiosos ojos de Dios.

El otro primogénito no pudo aplacar a los rebeldes tras haber suprimido a la casa rival. Su usurpación fue purgada con la misma celeridad con que también se dispuso de la otra familia. La lluvia, que ya se había desgajado en las montañas, empezaba a rociar el valle; y los súbditos antes que matar otro tirano, cuya frente ya la apagaba las primeras gotas, le echó a morir sobre el desierto. ¡Palabra sea la del Altísimo!

viernes, 4 de julio de 2014

EL MOLINO



Un hombre lo largan en el desierto. Sólo la sed, arenosa en su garganta, discurre eternamente bajo el sol de mediodía. Pasan las horas y el rencor que avivó en su pecho, y la fiebre de morir tostado, merman hasta los monstruos del delirio. Viene la noche fría. Acurrucado entre ateridas formas, duerme y se rezaga de la muerte que bien pudiera salvarlo de morir demasiado tarde. Entonces sueña que está por entrar a un molino, cuyo constructor bajo el dintel se planta en espera del intruso.
Ve en redondo, como si al cabo procurara sostenerse desde sus pies, pero de repente tropieza la amarillenta sonrisa del viejo.
—Venid, buen hombre. Seguro tenéis sed, pues he aquí que os ofrezco agua, de esta bota rebosante. La que quisiereis si la buscáis muy lejos de aquí.
El viejo lo convida a entrar dándoles de palmadas. Maravillado ve como en el interior giran lentas ruedas de madera según sus mordiscos invariables. No atiende la deferencia del viejo, sino que la despacha sin advertirla. Sólo ve que el conjunto obra con minuciosa lentitud en todo.
—Sé que no me habéis pedido agua, pero ¿acaso el río no anticipa al mar? —insiste el viejo— Es agua fresca; de la misma creciente que hace girar la piedra del molino.
— ¿Cuánto habéis quebrado aquí?— al fin habló, sin apartar la vista del conjunto.
—No mucho —contesta con senil parsimonia el otro—. Poco antes de que llegarais es que puse en obra lo que os asombra por dentro.
— ¿Cuánto puede durar una piedra igual?
—Igual a ésta, no lo sé —replica el viejo—, pero en verdad ésta misma habrá molido tantos granos como granos de arena hay en las playas de donde le trajeron. ¿De dónde venís vos? —agrega, después coge un buche de la bota, hace gárgaras y escupe en un rincón del tapial.
—No sé —responde al fin, sorprendido de que su respuesta se diera en rigor de la pregunta.
—Entonces, de donde venís, aún no habéis llegado a ninguna parte.
—Luego estoy muy lejos. Os compro vuestras bestias —se precipita a negociar.
—No tenéis cómo pagar una.
Entonces hace una deliberada pausa, mientras el otro revisa su alforja sin hallar más que migas.
—Sucede que todas las bestias, señor, moverán el molino cuando la corriente adelgace —agrega, terciándose la bota.
— ¿Harina? —inquirió, como rogando consuelo, piedad o misericordia.
—Llevad cuanta se ha molido, o quedaos a esperar por más —dijo el viejo, mientras salía por el ancho dintel hacia el fulgor del mediodía.
Esperó un día y parte de la noche, pero el cansancio lo rindió, y cuando se tendió a dormir, despertó con los puños crispados en dos puños de arena. Rayó el sol como nunca. Ya no sudaba, y sólo el recuerdo de aquella milagrosa agua perló su frente.