Al
amanecer íbamos a viajar. Todo el inventario se había repasado
escrupulosamente. No faltaba nada, aunque luego ocurriera que esta
certidumbre solía carecer de cualquier cosa repetida. Ninguno de los
chicos paraba de parlotear sobre un viaje tan esperado por todos, y
mientras la oblicua tarde cedía en el cielo, nadie quería ceder
ante los demás. No obstante, había que irse a la cama temprano. La
orden no admitía artificios y había de acatársele tan pronto como
ella lo prescribiese.
Recuerdo
que sólo en una habitación nos recogeríamos esa noche. Los demás
muebles de la casa se habían levantado o se habían cubierto para
que el exterminador pudiera trabajar durante ese fin de semana.
Llegada la noche, después de descalzarnos todos, pasamos a la
habitación directamente por encima de todas las camas, que se
sucedían desde el quicio hasta la pared de fondo. Mientras los
mayores insistían en otros detalles, en esas sábanas se postergaba
una batalla campal. Vinieron los estornudos y después las
reprimendas. Había que dormirse inmediatamente, pero los mayores no
apagaban las luces y tampoco cumplían sus amenazas. Eran tantos los
quehaceres que parecían deshacer en suma lo que apenas recompondrían
del mismo modo. En un viaje siempre hay tanto por hacer; ese afán
siempre nos propulsa hasta un viaje que repite en su cabeceo las
mismas manías de siempre.
Todos
los demás chicos conversaban en un susurro, pero bajo la connivencia
de quienes no cesaban de ordenar menudas cosas alrededor. Doblaban o
tendían ropas y mantas, quitaban o ponían algo de un sitio al otro
o retocaban las maletas sin abrirles. La hora de dormir ya era
inapelable en ese ámbito, pero todavía nadie se había dormido. Un
poco cansado de la perorata, me tendí al margen de los otros. Tenía
yo una fama de dormilón que ni en sueños la hubiera ganado igual de
doble, así que al nomás cerrar los ojos los chicos me acusaban con
una unánime algarabía que pronto fue acallada por los mayores. No
abrí los ojos. Al principio se me ocurrió dilatar un poco el
chiste, pero ciertamente aquellas risas recatadas me fueron
halagando, porque incluso ellas no me “despertarían”. Uno que
otro, sin dar crédito a mi compostura, se acercaba a ver si mis
párpados no eran forzados entre temblores, así que en cada ocasión
yo tenía que relajarme con tal ahínco que todo mi cuerpo se
aquietara en el reducto de mis párpados. Respiraba regularmente y no
parecía que simulara el sueño, porque se veía que dormía de tal
manera que el mismo sueño me arrullaba en sus cojines.
—A
callar, pues.
—Y
ustedes que esperan para dormirse. Vamos, a dormir.
Las
luces, sin embargo, no se apagaban, y lo demás parecía persistir
entre los mismos acomodos de la antevíspera. Supe que expuesto en un
trance tan evidente, el simulacro al cabo podría descubrirse para mi
vergüenza. Nunca había estado tan despierto como aquella noche. Esa
lucidez era más delirante que una pesadilla y sólo tenía por
corriente un cuerpo inmóvil como un sarcófago. Se me figuró que
sudaba. Una comezón me roía por todos lados y hasta el mismo aire
me mortificaba en mi retiro.
Al
fin apagaron las luces. Las charlas apagadas fueron apagándose de
quedo, hasta conseguirse la misma silenciosa virtud de mis ojos
cerrados. Escuchaba el solitario reloj de la sala como si le
auscultase con un pañuelo de seda, y todos dormían a mi alrededor.
Mientras los otros seguían mi ilusorio ejemplo, yo verídicamente me
rezagaba de los demás. Me arropaba y desarropaba, giraba a diestra y
siniestra sin otro dique que un desasosiego espumoso. Muy a pesar de
mis estragos, no despertaba a nadie. Casi les daba de manotazos y era
como si les palmeara su observancia. Mis ojos se habían acostumbrado
a aquella oscuridad. Podía ver el sueño en sus caras, las plácidas
sonrisas que celebraban ese sueño.
Vi
las estrellas fijas al través de la alta ventana, y, en cierto
cuadrante, una luna nebulosa que me distrajo en vano. Pasaron las
horas que zumbaban como los mosquitos. El cielo, delante de mis
soñadores ojos, se aclaraba imperceptiblemente. Amanecía.

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