Vale
MONARQUÍAS
Tres Tragedias
Primera Edición
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EX LIBRIS
MONARQUÍAS (Tres
Tragedias)
©
Vale, 2006.
Edición de Vale
Depósito Legal lf05120068002944
HEBÉN
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Junio, 2006.
DRAMATIS PERSONAE
Godofredo
(Vasallo insurrecto)
Violeta
(Cautiva)
Alfredo
(Heredero del vasallo)
Flora
(criada principal del vasallo)
Guillermo
(el señor del feudo)
Cleofás (el
vasallo cómplice)
Quirima (la
bruja)
Bonifacio
Efrén (criados de Godofredo)
Eliseo
Comensales (otros
vasallos)
Demás criados
Heraldos
Prólogo
Promedia en la tierra el derecho de usurpar a un tirano, justo
cuando ya el rigor de sus prevenciones le atosiga como la sed. Precisamente el
segundo en esa disputa dilucida los preliminares de la conjura en el devenir de
otros desvelos. Pero ese desafío tiene reos principales que transigen o
transcurren, ya no sólo por el influjo terrible de una purga sangrienta, sino
más bien por el verdadero pulso de la sangre que se derrama en muchos recodos.
El principal, aún en su solio, segado por la profecía de una bruja, sin saberlo
se impacienta en las vueltas de la confabulación; así demora su esgrima una y
otra vez, que si se apura malamente puede embotarse antes incluso de
desenvainar. Ya siéndole parcial lo futuro en sus jornadas venturosas, declina
el juramento ante la prisa de sus estorbos. Los dos monstruos del paisaje
palaciego se acechan; el principal, auxiliado por un adverso espía, se
arrellana conforme a su ley y en la excepción procura salvarse; el que anhela
cornarse según sus febriles sienes, ya destrona en secreto las esperanzas del
rey. Así la casa del vasallo se torna en un crepuscular luto, como la bellota
del trance, y las intemperies íntimas las tutelan peores socios. Allí, una
joven, raptada por el vasallo, se abre sitio entre las flores marchitas de su
cautiverio. Su enconada renuencia es castigada por el tirano. La celadora, a la
sazón ya no sólo del deber impuesto sino de un ilusorio derecho de servidumbre,
la salvaguarda, y aun por complicidad de su enojoso deber no la descuida.
Madura está la tierra, y no los granos del socorro(1), para que el
rebelde, con el advenimiento de su sucesor, al fin mude la corona en otro
linaje. El heredero, venido de barbarie extranjera, ya parece llevar consigo
las medallas del porvenir. Se allega al padre; desanda las huellas infantiles
que el desarraigo hundiese hasta el fondo de una primaveral reminiscencia.
Antes de volver a ceñir el sello de la intriga y la espada de la guerra,
descubre, en el permitido recreo de la vid, a la joven cautiva. Alucinada ella
lo condena; y alucinada se deja disuadir del subitáneo amor del extranjero. Mas,
guardándose de ojos de vinagre, lo despacha mientras tiernamente le apoda el
prestigio de su tal anonimato.
Lo cita a un día en que lo vea más allá de prorrogar esa vidente virtud que la
esperanza. La cuidadora advierte en el incesto la ocasión de eliminar a su
señor con un ardid parricida, y con entusiasmada ignorancia la criatura la
secunda en ello. Se pacta una cena en que los más de quienes tributan al rey
concurran en afiliación de sus honores. El usurpador allí preside la vela que
todo lo vela. Los platos se distribuyen en el tablón de suertes numeradas en
sus estampas, y el vino pernicioso se escancia en las copas de todos los
comensales. Mas el veneno lo apura el mismo insospechado parricida, pues en
vano espera ver caer al raptor, y sus rodillas doblan para otra fe que ya es
perjura de su antiguo afecto. Sale y desfallece sin mostrarle al padre la
mortal efigie de su arenga. La celadora lo descubre en el espinoso lecho de
quien timado maldice su burlador entre fiebres. Lo socorre en vano. Con el ardor
de su remordimiento va por la amante, cuya pena eleva las lamentaciones.
Entonces la criada, desvastada por los reproches de su criatura, resuelve ir en
pos de la malicia y el truco. Busca la bruja que el rey ya busca. Pacta con
ella la cura que ya el rey se persuade de conseguir para sus fiebres, y en la
horrible coincidencia de esa luna, la bruja resuelve su venganza, la de
conjurar la estirpe de un rey. Así, como la revuelta de un padre desasistido
por el hijo, se precipita todo lo funesto; el rey se extravía antes que
corroborar las ruinas de su reino, y hasta la complicidad de un parricida es
sentenciada adversamente. La viuda enfrenta al tirano, encinta busca atarle,
pero es cortada al sesgo de la urgencia. En sangre recae el cielo, y entre los esplendores
de ese mundo reciente el nuevo monarca, apenas por el tumulto coronado, cata su
uva hebén en la desilusión de un criminal incesto que tanto le deshereda.
A C T
O I
Escena
1
(Estancia
de Guillermo)
CLEOFÁS
Mi señor, qué tanto no lo fuere bastante poco si por decirse algo
de vuestro súbdito algo se dijera. En la última vendimia, fue entonces la
última uva la que redondeó cabalmente lo que por pródigo era apenas lo exacto.
Si yo, al crepúsculo de la savia detenida, taso el vino que en mi boca
discurriera, nada vería doble que no sea la nada de dos caras: dos efigies de
un círculo que nada a la sazón de su brindis calcula, aunque con igual doblez
tintinea. Pero como sabéis, se compra y se vende con mejor trato ahorrándose
uno, eso sí en una opulenta alcancía, la arenga de encarar esos perfiles. En
tiempos tal vez austeros, no hay que gastar de tan precavida hacienda. Pero si
lo doble duplica su amenaza mientras al espejo se atavía, pues contra lo
hipócrita de su arco, ya que aún no por duplicidad del antídoto, entonces
debéis preveniros, pues sospechado es que si nada muestra su flagrancia en
contra de vos, es porque tampoco está del lado vuestro, y así de nada la
ubicuidad con que transige.
GUILLERMO
Luego en otro lado conspira mi vasallo, y a favor de una suerte
impar.
CLEOFÁS (saca una
moneda)
Señor, si queréis con apenas echar una volada. Este redondel es
antiguo, y su centro, como el de todos los de su especie, es el corazón de una
extinta autoridad. Ah, con él ahora nadie compraría un cascarón huero. Mirad
como sus dos rases, ya el doble y veraz retrato de ninguna figura, aun por la
historia de sus días se le puede mellar. Dejemos, pues, que nos confirme su
oratoria de remoto César.
GUILLERMO
Callaos, insensato. ¡Qué esas plumas escriban su propio
testamento! Cual Ícaro no os empluméis con el luto de otra estación, pues un
enlutado astro os derretirá hasta la blanda cera en donde ya acuñáis el sello
de vuestra incuria. Y como insistáis con la rapacidad de un mal albur, os
hundiréis en el fondo de esa corrupta dieta, y una indigestión muy dentro de
vuestro piadoso ayuno será el único recreo del infierno.
(Volviéndose otra vez
animosamente, desenvaina la espada.)
Tanto más verídica se convierte en carne mi amenaza, que el metal
de hoy os truncaría en el mismo sito donde mañana caigáis por tentación, y ni
que vuestra cojera en su trajín se esfuerce mucho hallaréis otro reposo que no
sea la misma resurrección de la misma muerte. He aquí la vara con que mido lo
que amputo, según un simbólico tajo que completa mi destajo. (1)
CLEOFÁS (guardando la
moneda)
Calmaos, majestad.
GUILLERMO (ciñe espada)
Entonces no me perturbéis, pues aun enceguecido por el furor de
una estocada tanteo el blanco que me irrita.
CLEOFÁS
Mi respetuoso consejo es que no os apoyéis mucho en ella, que
también para la mayoría de quienes las blanden por pudor ha sido su enclenque
báculo. ¿Cuántos cojos rezagados alcanzarían vuestras prisas triunfales para
advertiros que la adversidad de las ventajas no abre ni las puertas que
se cierren?
GUILLERMO
¿Qué decís, bellaco?
CLEOFÁS
Que a veces es propicio un paño de lágrimas como la vaina de un
filo belicoso, e incluso lo primero siempre es mejor si la variedad es la
paciencia. Porque sucediendo que con desenvainar una espada un trecho hace el
compás, otro alcance se consigue con desenvainar, ante la vista de muchos, el
rocío de un mal de ojo. ¿Cuánto no se puede por grados infinitos de ardides
conquistar a razón de esas dos rentas?
GUILLERMO
¿Qué queréis decir, hombre, que os mate con mi espada, y luego la
entinte en vuestro llanto, acaso para sentenciar lo que dejáis a vuestra viuda?
CLEOFÁS
Obligadme a no reñir con vos, pero si mi servidumbre aún os
combate yo cambio partido hasta complacer vuestros excesos. Revisad lo que os
digo: él os combate debajo de su piel expuesta, pero aún no podéis acusar un
desacato a traza de su porte; ni uno al que tengáis que castigar con el rigor
de vuestras dudas. Exigidle, más bien, que sus tributos justifiquen la
legitimidad de vuestro sueño…
GUILLERMO (aparte)
O la salvación de mis pesadillas.
CLEOFÁS
Exigidle que cosechas fuera del fruto colmen el estío. Ganaos el
voto general de que sus retrasos y reticencias ya os mueven a imponer vuestro
derecho, tan parcial como indiscutible. Irritadlo con comparecencias y
desplantes tan minuciosos como la maduración del trigo. Con las espigas de su
mismo trigal, intrigad entre sus pares. Sé que está por venir su heredero: me
cuentan que sus ignominiosas aventuras de andariego jinete bien lo pueden hacer
apear un poco más adelante, donde le suba de una encina. Dejad, pues, que la
servidumbre demore en la maledicencia de esas andanzas. Que en danzas la chusma
se divierta con ese tema; la envidia de su prójimo serán, y éste, por despecho,
en rubor de su otra mejilla ofrecerá el cebo de un chisme más aumentado.
GUILLERMO
Se me figura que con esa retahíla promediáis vuestro consejo. Con
mucho habéis dicho bien; lo que es de una gran utilidad para alguien cuyas
únicas virtudes provienen de su servidumbre.
CLEOFÁS
Mis vicios no tienen que importunar sino mi sueño, señor.
GUILLERMO
Aunque también podrían avenirse. Así que despertaos, para que
comparezcáis con sus tesoros a tributar mis desvelos.
CLEOFÁS
Sin importunaros, naturalmente.
GUILLERMO
Tanto por importunar a otro madrugador. Ya he de advertiros que os
conviene que la procedencia de vuestro consejo instruya su ley allá bajo; y qué
mejor disciplina debéis a vuestras cualidades que la bajeza vuestra, así ningún
punto os difamará por cederlo a otros. Sí, que los vigores subalternos compitan
en virtud de sus audacias. Además, desigual será la lucha, si según mi derecho
me inclino a encarnar de vuestra servidumbre mi rol, ¿no lo creéis, mi fiel
Cleofás?
CLEOFÁS
Y mi fe me mueve a cumpliros en peregrinación…
GUILLERMO
Partid, pues.
CLEOFÁS
Ya sabrá Godofredo lo que ha de saber de su hijo.
(Sale Cleofás)
GUILLERMO
Que las joyas, a mi frente ceñidas, ya van al frente, y si no me
apuro se rezagan mis ansias y la fiebre anticipa sitio en mi glorioso ornato.
(Se sienta en el solio, mira
en derredor, abrumado)
Pero mirad entorno a vos, ¿no estáis sentado donde se os figura
que os sentaría? Sí, ya he llegado al punto, tal lo predijera la mujer. Veo que
los muros me asedian; se estrechan mis dudas, tal en trance la bruja…
(Se levanta, desafiante)
Este punto no será mi fin, sino apenas la puntual alba de un
longevo devenir, y aun crepusculares son las mieles que endulcen mi naciente
dicha…
(Oscurece)
Escena 2
(En una estancia de
Godofredo)
GODOFREDO
Con el cerco que preciso ya os cerco, y tan cerca de vos llevo la
cerca que cuando despertéis sólo saltaréis a vuestra pesadilla. Qué sobresalto,
entonces, de un salto como ése. Porque lo que no sabéis es que mientras siembre
de más, según así me lo imponen vuestros términos y acritudes, los arraigos
seguirán ahogando vuestra muerte. Guillermo, Guillermo, apenas un súbdito con
corona sois. Mi rigor no destronará vuestro porvenir, pero mis serviles os
trocarán las alhajas por sus escupitajos; con tal pedrería, opaca y blanda,
regiréis, constipado, entre las pestilencias de los otros ausentes.
(Entra Flora)
FLORA
Señor, perdonadme que irrumpa así. Pero mirad en mí la urgencia de
una criatura que os suplica misericordia.
GODOFREDO
¿Y vos habláis por su condición? ¿Tan mal está que con maldad o
malicia adelanta una embajada distinta, puesto que subalterna?
FLORA
Porque calla es que su silencio en vano me ha disuadido de no
interceder. Soy locuaz, como mucho sabéis señor, y no pocos pecados ajenos
espío por mis profusos mensajes. Castigos a cuya misma virtud se me impone
enaltecer con mis prédicas; pues acaso detrás de una servidumbre, que nunca os
lleva la contraria, os acato siempre. Castigadme, entonces, si incluso mis
dolores han proferido palabras de más, y en cambio no callan como la apretada
cicatriz que salve a mi niña.
GODOFREDO
Entonces, ¿algo la hiere? ¿Las flores de las que ella es devota?
Mirad que sus pétalos son fragantes, pero los espinosos serpentines son los que
encumbran la fragancia destilada.
FLORA
No son las flores cuanto la hiere, señor. Más bien el perfume,
entre las espinas, es un rito al que ella ha dado un nombre providencial. Todas
las mañanas se ciñe una guirnalda de flores silvestres, que con dulzura
cedieron a mis atajos; las corto en manojos que en distintas cuentas llevo a su
alcoba. Si bien ya no son tan laboriosas sus manecitas, pálidas en una urdimbre
de malestares, se me figura que con discreción orna su sepulcro. Su frugal
ayuno, su desnudez sumergida en las aguas más desnudas… Ay, todo, señor, vacía
mis ojos para rebasar mi llanto. Como una flor se llama, como una flor se nos
marchita nuestra adorable y pálida Violeta. Os suplico que conmutéis el
cautiverio, oscuro y húmedo, por los apacibles días de la vid. Os suplico que
le dejéis cuidar las flores del viñedo que ya en doquier se descarrían.
GODOFREDO
La rapté de una estancia inmunda, la sustraje de padres crueles
que le instigaban con las espinas que ahora ella, contraria a mi favor,
tributa. La traje aquí. Le concedí de antemano una gracia en mi hogar,
rodeándola de vuestros cuidados. La quise para mí lecho, y por ello me apeé de
la rudeza con que la fuerza de mi brazo la trajo en volandas, acaso para
ganarme el favor de su femenil reproche. Pacientemente visteis que le di sitio
a mi mesa. Sus huraños hábitos, y la ingratitud de otros modales fingidos por
añadidura, colmaron la espera de mi brindis. Muchas gotas aumentaban el sudor
de mi ira, y por no rebosar un puño tampoco contuve mis lágrimas. Aunque le
mejoré su estrella y le obligué a un porvenir feliz, ay, procedió
contrariamente; por eso le castigo.
FLORA
Ella ha venido de un lugar duro, no le confinéis en la dureza de
esa alcoba. Sus tiernas mejillas no se hicieron tiernas para el pedernal.
Tampoco es el odio lo que las abrasa así, es ese invierno de que no venga la
primavera el que lo hace, dejándole a la sombra de su sombra, mientras sólo
teje capullos que afuera quizá despuntan. Vegetar bajo una fuerza que no es la
vuestra, con los rayos del avaro sol tasados en crepúsculos, le hace cavar al
ras de malas raíces. De ese modo, qué diera su dulzor si no es la promesa de un
fruto adverso. Al confinarla así, os cerráis vos mismo al entendimiento, y la
obligáis a ella que coma del carnoso mal, de cierto con la misma fruición con
que Eva mordió la manzana de su amante.
GODOFREDO
¿Osáis blasfemar en mis jardines, mujer? Bien heredera sois de
vuestro ejemplo… ¿o sois la serpiente que instiga a Violeta?
FLORA
No, mi señor. En cambio soy una penitente que os ruega compasión.
Dejad que la niña adecue sus larguezas. Entre los recodos del viñedo, hallará
las horas por cuyo paso se mejore prontamente.
GODOFREDO
Justo es advertiros de su ingratitud, pues dejadla al sol parece
ser otra condena que le broncearía a la luz de su desdén. La muchacha es terca,
como quizá habéis alentado vos misma. Sin embargo, tenéis razón en que el
recreo de unas horas de intemperie le demuestre que un cielo es el atajo para
un techo venturoso. Su fe, que aun por no cumplirse la desespera, necesitará ensayar
en cada escala lo que mi generosidad abrigue. Tendrá cuanto le engalane, si
sonríe al lado de mis títulos.
FLORA
¿Entonces le dejáis que salga al viñedo, señor? Allí, una barraca
ha de guarecer su reposo al ras de mi vigilante orilla. Ya veréis que mejor le
sentará el semblante. El follaje sombrío de su mente se atenuará y sus cuidados
trocarán tales tallos por las flores de su nuevo arraigo.
GODOFREDO (a distancia)
Así que está enloqueciendo, ¿verdad?
FLORA
No, señor. Sólo que no es de cuerdo acorralar su cordura.
GODOFREDO
Qué cuerda afináis cuando vuestra servidumbre desentona, anciana.
Iros, pues. Cuidadla mientras ella cuide de las flores. Mirad que se llama
Violeta.
FLORA (hace una
reverencia)
Señor.
(Sale)
GODOFREDO
Qué tormentoso tesoro puedo salvar de mis botines.
(Entra Bonifacio)
Escena 3
BONIFACIO
Señor, comparezco al punto. Inmóvil frente a vos ya anticipo la
noticia que me guiara durante todo el camino.
GODOFREDO (secamente)
Hablad. Hablad pronto.
BONIFACIO (atropellando
las palabras)
El rey Guillermo os obliga a que suméis a lo que ya despuntó; y ni
siquiera otra demanda compensa sus excesos de exigiros un trigal inexistente
para el tiempo ordinario; y nada más a vos exige una desproporción así.
GODOFREDO
Le daremos su medida,
Bonifacio, pues ya me figuro la conveniente forma. Si os preguntaréis cómo
puede sumarse más, si el último grano que cae brota en pos de su sola cuenta…
pues os digo que ya apuré en el surco aquel cauce germinal conforme tanto se me
obliga.
BONIFACIO
Señor, es raro que el estío dé una mejor espiga de cuantas ahora
doran los campos.
GODOFREDO
Fue a mediodía tiempo de labranza, antes la aurora me agobió, mas
el crepúsculo es para regocijo de quien lucha en el retumbo de su paz.
(Aparte)
Si, ya veré despuntar las espigas de mis huestes.
BONIFACIO
¿Qué hacemos por de pronto, señor, llevar lo del día mientras
preparáis los reclamos de la próxima asamblea?
GODOFREDO
Quedaos aquí. En un rato llegarán vuestros pares, que vuestra
impaciencia no sume una cuenta impar.
BONIFACIO
¿Y qué hacer con ellos, puesto que son mis pares que a nones
juegan?
GODOFREDO
Por de pronto, completar cierta servidumbre, eso os nivela a
vuestra pregunta. Entonces, en razón del conjunto, obrar sin que nada os
retrase, sin distraeros en nada. Llevaréis la porción a la que tenemos derecho.
BONIFACIO
¿La que se debe, señor?
GODOFREDO
A la que tenemos derecho, bellaco.
BONIFACIO
Bien, señor, pero un derecho, así de derechito como se nos impone,
sí que nos torcería el lomo.
GODOFREDO
Si no os alivia el ir erguido en pos de un derecho venidero, qué
tanto os puede alentar la joroba del deber.
BONIFACIO
Ciertamente que no os entiendo. Pero se me figura que las razones
incomprensibles me hacen clarividente. No sé, es verdad, si así se puede
perder los ojos; ya veis, señor, que no faltan púas cuando los ojos son tan
perspicaces.
GODOFREDO
Dejad de deliberar cuestiones que no le incumben a la raza de la
que procedéis. Quedaos acá, es vuestro deber no llevar la contraria a los derechos
que en una recta imperturbable os apremian siempre. Si gustáis que el deber os
hostigue, pues ciertamente mi orden os irá espoleando de continuo.
BONIFACIO
Entonces, señor, ¿apenas confío el tributo?
GODOFREDO
Ni más; si la fatiga os conmoviese tanto que tuvierais que poner
alguna cara, no pongáis la que lleváis puesta. Escuchad lo que se os diga, sed
corteses, ya que no aún cortesanos. La sumisión vuestra es el tributo que
anticipo para el rey.
(Aparte)
El primer eclipse de su sombra.
(Se acerca a Bonifacio)
Si os pregunta de mi semblante, contestad parca y sosegadamente.
Si insiste en que ampliéis vuestra respuesta, obligándoos con la misma
desmesura con que exigió al trigal, entonces contestad con los contados granos
que no lleváis. Decidle, pues, que cuanto ha pedido, a razón de su impaciencia,
en la tierra apura su prosperidad. Decidle que en la próxima cosecha doble
serán las espigas que despunten y triple las hoces que las sieguen. Si desea
que lo indemnice antes con algún tributo intermedio, decidle que muchos varones
ya han madurado como el dorado trigo, y que sus arreboles ya tintinean como el
oro. Muchos fueron criados para redondear cualquier falta. Si acepta la
recluta, no discutáis con él un cómputo que os lleve a la imprudencia. Sólo escucháis
lo que tendréis que repetir acá. Que vuestros compañeros os escolten
calladamente, pero si veis que sus bocas, aun en el desborde de una plegaria,
profetizan ya una vívida herida en vuestro lomo, entonces cicatrizadles el tajo
a ellos con las raras raíces del camino; mejor sería conjurar sus alientos con
la promiscuidad de vuestro azar.
BONIFACIO
Mejor sería, señor; me la juego a que sí. Yo, como buen
supersticioso, siempre guardo combinaciones en la cruz donde desmaya mi bolsa;
hojas que antaño fueron talladas en la piedra ruda, cogollos que adormecen los
monstruos de los malos sueños, pétalos que enserian virginidades distraídas y
polen que hace estornudar otra vez al empolvado enano, que algo crece como se
estire a estornudar…
GODOFREDO
Callaos, antes que os constipéis con tanta vulgaridad. Haced tal
he dicho, y lo que no se os figure de mi voz, tened por cierto que ya remacha
vuestras cadenas.
(Sale)
BONIFACIO
Qué señor Godofredo más señorial, cualquiera diría que no debe
observancia a un superior. Señor real hubiera querido nacer, pero según su
plumaje pomposo no es más que un pavo real sin corona, y tan real como
fantásticamente se le ve en sus muchos lujos… tal vez se lo coman antes de una
atragantada epifanía. Ay, que no completen la cena con mis muslitos…
(Mirándose las piernas)
Viéndolos bien, al lustro de estas calzas, no están ni tan mal
formados, y a fe que tampoco me va mal el ir en calzas y sobre estas
zapatillas… veo que si no me sirvo de mis muslos, tendré que correr para otra
suerte en que mis muslos sean también un lastre… Aunque si las plumas del
tirano resaltan, yo seré, al punto que cómplice servil, el comensal más próximo
a su partido siniestro, que es donde se come según el hartazgo celebra también
su brindis…
(Entran Efrén y Eliseo.)
Escena 4
EFRÉN
Qué hay, Bonifacio. ¿Se nos dice que os escoltemos?
BONIFACIO
La servidumbre es la que debéis escoltar, por lo que dependiente
sois de lo que yo, en guía del grupo, soy encomendado.
ELISEO
Duro es que tengamos que sudar sobre la misma tierra que nos sala.
BONIFACIO
Más duro es que con llagadas súplicas ablandéis a quien restaña el
látigo. A través de sangrientos jirones sólo se espía un alma sensible; porque
imaginaos cuánto tenéis que gemir para tal curiosidad, y cuánto que rogar, cuán
doloroso para vos la comunión de esos extremos; tan distante el más allá para
que acá mismo donde mueres halagues al verdugo.
EFRÉN
Al menos en un feudo ulterior, en el que señores seremos de
nuestro propio tormento, nos aguarda, al fin, la extensión que nos sucede.
ELISEO (amenazante)
Terratenientes, cuando nos tape la tierra… Y ya verán esos siervos
el rigor de nuestro báculo.
BONIFACIO
Pero cómo podéis pretender una ley propia, si se os enterrará en
donde el señor arruma las cruces de su puntería. ¿A quién regiréis? A quién
mengue vuestra hacienda. Luego reinaréis sólo según dure vuestra ruina, justo
hasta que os destronen los gusanos.
(Retomando la plática.)
Ahora os contaré hasta otro cero una historia muy especial: según
me dijo una tía, un viejecito, a quienes sus parientes le creyeron difunto, se
le sepultó bajo una lápida ajena, apenas por debajo de la apresurada ceremonia,
que era su único y conmovido y decrépito epitafio. Cuando el hombre despertó de
un sueño más intranquilo que lo eterno, escarbó hasta el fondo de su
resurrección, que era justo la medida con la que unos haraganes le cubrieron.
Cuando al fin se tuvo en pie, a pie cojeó por el atajo que a tientas del bastón
harto conocía. Ya en casa, todos los concurrentes al velorio le dieron por
aparecido; unos se desmayaron en el corro; la viuda se le figuró que ya lo
acompañaba en el otro reino. Antes que insistir en su terrenal marido, con
blasfema y codiciosa prisa la pobre viuda reparó en los rostros de los
parientes la corona de quien preside el paraíso…
ELISEO
¿Creyó hallarla en alguna ebria coronilla?
BONIFACIO
No, cómo creéis. Tras tanto velar, la pobre mujer más bien se le
figuró que aquel apagado velorio era el refulgente infierno, si vierais que
hasta le brillaban unos ojos de loca…
(Todos ríen)
ELISEO
Bonifacio, ¿habéis visto alguna vez como vuelve los más olvidados?
BONIFACIO
¿Los más olvidados? De cierto que no los recuerdos. ¿Quiénes son,
que los recordáis en memoria vuestra?
ELISEO
Al punto me vencéis, pero os juro que si olvido a mi suegra, mi
mujer no se acordará de su parte.
EFRÉN
Accedere naturae partes. (2)
ELISEO
Ella no entendería esa parte que
decís; yo tampoco, a fe que no, pero aun con lo poco que sé casi siempre la
cojo in fraganti.
EFRÉN
Sine illum priores partes hosce
aliquos dies apud me habere. (3)
ELISEO (a Bonifacio)
Hombre, decidle a este pillo que me hable en cristiano, si no
quiere que le pille de veras; pues habéis de saber que hasta por yo no saber ni
la “o” por lo redondo, con la “x”, y no con un cero, firmo mi amenaza…
(Bonifacio ríe)
EFRÉN
No os ofusquéis, señor. Nada digo contra vos. Dejad a vuestra
mujer que sea según su partido: ne expepers partis esset de notris bonis. (4) No os ofendería nunca,
¿acaso no entendéis mi silencio?
ELISEO
Si calláis en latín, pues no. A partes iguales, partes privadas no
publican su justicia…
EFRÉN (aparte)
No la cojáis más in
fraganti, pues un día la escojo a despecho de tus otras mujeres.
BONIFACIO (quien los
había escuchado con atención, riéndose)
Callaos los dos, pues de silencio os vengo a hablar.
(Aparte)
Actoris partes defendere...
(5)
ELISEO
Ya que calláis, Efrén, que las veletas de vuestra boca giren sin
atinar según vuestros pedos.
BONIFACIO (ya con
severidad)
Callaos os dije. Siendo el más gracioso de los tres, ¿tengo que
reprimiros?
EFRÉN
Adelante, Bonifacio, que ya de silencio poco que discutir habrá;
mejor calladamente escuchemos vuestra orden.
BONIFACIO
Declamado sea el adagio, pues partir nos impone el socorro, y a fe
que mejor sería que clamar auxilio por doquier nadie nos escuche. Así que
debéis cuidaros de no hablar delante de otro que no os obligue como yo, luego
sólo por mi voz tendréis voz… ¿Entendisteis, Eliseo?
EFRÉN
Si me intimáis así un acatamiento, pues sí. Bruto ciertamente no
soy, cuando al fin sé que a lo bruto no voy a entender mejor.
ELISEO
¿Cómo presumís de docto cuando sólo de vuestra ciencia sabéis, que
harto aplicada es en no saber más? Y no vengáis a defenderos en latín, que
sólo post-mortem sobraréis
la perdida.
BONIFACIO
Si tan apremiante para preguntar meditáis, más conviene que os
paréis a preguntaros por qué así os respondo.
(Lo abofetea.)
Con vos también va, Eliseo; así que únicamente mi voz os ordena
voz. Si un desorden cambia la pinta de vuestro silencio, ay, consumados filósofos,
sabréis que sin desorden ordeno que calléis para siempre, a ver si así de
callados os dura la elipsis un poco. Nuestros serviles hábitos han de llevarse
sin afeites, han de ser directos e impostergable en sus figuraciones. Así que
no vengáis a joder con acertijos ni pullas ni coplas. El ingenio es un lujo
retrogrado que el progreso de nuestras votos debe despreciar sin reparos. Ahora
a marchar, porque qué seremos como no seamos en la sermonada convenida; no vaya
ser que por profetas de nuestra muerte seamos tan clarividentes como mortales
somos.
(Sale.)
ELISEO (sobándose el
carrillo)
Para ser el más gracioso sí que le enseria su jactancia.
EFRÉN
¿Y qué merced la del menos gracioso para advertir ínfulas ajenas?
ELISEO
Luego me lo dice el segundo, que en su orden de segundón nos sigue
a todos lados.
EFRÉN
Mal tercio haces en guiar torcidamente mis mejores chistes.
ELISEO
No me hagas reír de mala gana, que en ello sí que ciño la corona
universal del malo.
EFRÉN
Tanto más universal como cosquillas
Ya me convenga hacer a tus costillas.
ELISEO
Dejémonos de la charada y sigamos al tipo.
EFRÉN
Nam genus est, quod plures partes amplectitur, ut
animal; pars est quoe
subest generi, ut equus. (6)
ELISEO (enojado y
amenazante)
¿De qué especie sois vos que con latín intriga? Decidme, ¿me
ofendéis en latín? Pues yo con una lengua más vulgar os respondo. Según intriga
a mi parte, ya veréis, hideputa…
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En otra estancia)
GODOFREDO
La claridad con que avanza el día encandila el alba, y el ocaso
espesa desde ya los jarabes que siempre prefiere la noche. Hoy llega mi hijo,
el único, el heredero que lejos llevó la honra de mi estirpe. Mujer, ya veréis
la condecoraciones que le ungen, y veréis, por ventura de tal esplendor, que los
efectos marciales que ciñe le adornan para un trono.
FLORA
Viene de lejos, mi señor. Tan lejos ha dejado sus monedas, que la
suerte de haberla trocado por otras lo traen con bien a la casa de su padre.
Muy conocido es entre el vulgo que una fama de andariego le hizo volver de tan
lejanas tierras, porque también se dice que si sigue yendo y viniendo así, ay
señor, le pararán en el mismo sitio donde yazca insepulto.
GODOFREDO
¿Qué decís, mujer del demonio? ¿Cómo os atrevéis, deslenguada,
hablar así? Si de cierto proliferan los infundios que vuestra misma servidumbre
dice, ya os pesará haberlas repetido donde servís. Por mi rigor conoceréis que
mi hijo me aventaja.
FLORA
Perdonadme, señor. No os alteréis. Lo que se dice apenas incumbe
al ignorante que lo afirma. Ignorancia. Ignorancia por doquier se le estudie
noche y día. En esa tierra tan disputada, el sirviente sólo empuña el cetro que
sus adversos tesoros ignora.
(Entra Alfredo)
Mirad, señor, aquí viene vuestro amado heredero.
GODOFREDO
Largaos de aquí, mujer. Iros a ver como retoña la jardinera. Y con
discreción encubridle como por las mismas razones tengáis que callar.
FLORA (a Alfredo)
Señor, bienvenido.
ALFREDO
Padre, dejad que me vea un poco. Flora, si dura fue la venida,
entre agobios y tormentos, ahora vuestra bienvenida dulcifica.
FLORA (con una
reverencia)
Señores, permitidme partir lejos, para que os encaréis, padre e
hijo, sin la media de mi cara. En este punto, yéndome lejos, os serviré con más
largueza.
(Sale Flora)
ALFREDO
Padre, esta Flora si ha de apurar su savia, brotará para confirmar
un pródigo arraigo.
GODOFREDO
Es natural bajo este techo los artificios de esta anciana, en los
recodos de su lengua a veces halláis el doblez de una buena reprimenda. Pero
allegaos. Qué me decís, amado hijo.
ALFREDO
Que la vuelta tuvo tantos estorbos como la partida. Tengo tanto
que contaros que quizá me interrumpa un número igual de anécdotas.
GODOFREDO
Hablad, hombre, pues ya otro tanto aguza mi apetito.
ALFREDO
Pues os digo, padre, que a quienes Guillermo rige están embotados
como el arado que en su arte conducen. La gente desapegada se ciñe al apero con
sopor, e igual abre la tierra para la semilla como para al finado. Pero, qué
puedo contar que no hayáis sabido por empeño propio. Mas si puedo contaros la
mar de zozobras, y hasta fábulas que se urden para dormir tales náufragos. No
sabéis, padre, como indistintas fronteras por doquier se yerguen, cual
serpiente tientan el tiento del viajero; y ora os ofrece el fruto de la
perdición, ora os acomete con una mordedura fiel a su raza, sin retrasarse con
alegorías en su inoculación mortal. Mientras estuve de mercader, pinté tan
marcial como había de convenir en mis provechos; tan atroz en la defensa como
fuese atacado en mi doble fondo. Creedme que los usureros son en el canje tal
los estrategas más briosos lo son por adversarios. Se gana bien si estáis mejor
armado, luego podéis hacer que todo rinda mejor si os aprovecháis de esos
enemigos. Hay lugares en donde la moneda, cuya efigie es sólo su peso en oro,
rueda más que los siervos que se revelan vanamente. Lugares, padre, en donde el
vértice cierto es el sepulcro, pero ni así alguien se puede arrepentir a solas;
sabido es que todos los muertos de una sola peste o un solo hierro, hermanos de
muchos, van a taparse en un solo sacramento. Hay agujeros tan grandes que sólo
los rebasan las extintas proles para las cuales fueron cavados. El desorden y
la voracidad son los señores que mejor han repartido sus feudos entre la gente
bárbara y distante. Ciertamente la regencia de Guillermo, con todo y sus
efusiones, es la mejor organizada de cuantas tuve ocasión de comparar.
GODOFREDO
Venid, Alfredo. Estáis de vuelta, ingentes peligros os demostraron
que sois el único heredero, cuya excepción corresponde también a mis planes,
pues qué otra naturaleza dicta ley con vuestra llegada.
ALFREDO
Qué decís, Padre.
GODOFREDO
Os digo que sois vástago de vuestra estirpe. Así, como vuestros
ojos se entornaron en el sopor de crepúsculos sangrientos, habéis aprendido a
aguzar la vista entre cicatrices, promesas y juramentos. Virtuoso arte, cuando
a través de un hilo de luz se destrama lo que urde toda violencia.
ALFREDO
Y os digo, padre, que el lío de los homicidas cambia las monedas
del orbe.
GODOFREDO
Pero también por un ojal de metal se debe ver la costura del
misterio.
ALFREDO
Sólo una sabia tiranía podrá acuñar un signo que administre esos
trámites.
GODOFREDO
¡Con qué brillo tintinea vuestra inspiración!
ALFREDO
A ver, ¿me compráis una antorcha a la lumbre de una velada
hoguera? ¿Turbáis mis ojos, don maravilloso que me reserva un porvenir, con las
velas de un sepelio? Pues, sin llevar luto, estoy a oscuras, y así no atino a
comprender a la luz de tales cálculos, padre.
GODOFREDO
No, hijo. Para revelaros el luto de quien se esconde, enlodo sus
oscuras velas, que henchidas lo llevan al rutilante abismo. De este lado,
mientras os miréis al espejo, debéis ver que soy fiel a vuestra herencia, y así
la templanza de reflejaros doblemente, nos ha de bendecir a los dos.
ALFREDO
Excusadme, pues aun por verme así como me pintáis, no me veo
todavía arruga alguna que sobresalga de vuestra docta vejez.
GODOFREDO
Ya veréis. ¿Acaso no veis vuestros mismos ojos? Entonces, ¿cómo
podéis llamaros ciego si llegasteis por perseverancia vuestra al espejo que os
pulí? No os extrañéis, amado hijo, de lo que os rodea, pero aquí la savia
cambia con cada luna. El comercio, insepulto, sólo transige con los buitres que
le hostigan, pero con otros efectos he cambiado lo que aún espera consumar su
cambio. Subterráneamente premedito el sepelio de Guillermo, acaso insepulto ya
y al arbitrio de los mismos buitres. Ya os cuento, hijo, la cuenta de esas
velas. Ya os cuento, en detalles que al caso hagan muy verosímil.
(Oscurece)
TELÓN
A C T
O I I
Escena 1
(Entre los viñedos)
VIOLETA
¿Qué apacible rocío llega apenas? Mirad que la lluvia antes de caerse del
cielo es así de trémula. Ah, las flores afuera crecen mansas, lo sabía, en
cuclillas de sus raíces anticipan un salto lento y laborioso, acaso hasta la
cruel mano que de un pellizco las siega para siempre. Nada reverdece de
aquellas flores sobre cuyo mal yo lloraba un mal propio. Sí, otras lágrimas
caen de mis proféticas lágrimas, a la sombra de mi llanto ya no me alegra el
sol. ¿No lloro ahora, cruelmente librada en estos predios en que la vid destila
su porción terrena? ¿Adónde voy si este campo no tiene los límites de mis pies?
¿Quién puede arrancarse de sus huellas para dar un paso diferente? ¿No son los
brindis de un raptor, que ahora en derredor veo en sus frutos, las cuencas
rebosantes que tanto me vigilan? Mirad, racimos de ojos por doquier… ¿No veo,
donde el dolor apenas destila un breve desahogo, que también se ahoga mi
porción de sal en esta porción terrena? ¿Con qué cuidado he de preservar estas
flores, sino con el luto de mi porvenir?
(Enderezando los tallos)
No me guardéis reverencia, porque, tan deshecha estoy, que no puedo
imponeros una regencia de dolor. Soy yo, queridas, quien aguarda por vosotras.
Creced, la savia os apremia. Creced, que la miel tiene su tiempo y en el
alambique de una ponzoña guarda la pócima que me aguarda.
(Murmurándole a una de las flores)
Tú has adelantado a tus hermanas. Dime si una altura superior puede guiarte
a espalda de tus huellas. Mira el campo, ¿qué breve pausa en mi pesar me hace
rehuir para siempre de un pertinaz raptor? No mires arriba… Dime, pues. No
eleves oraciones a un cielo tan distante, pues no tantearás tan alto, sino un
amén diminuto que se aleja mientras más te hundes. Ni por crecer de tus raíces,
aventajas en suerte la fe que desflora el cielo. Mira en derredor, entonces.
¿Qué breve tregua? Contéstame…
Contéstame…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
¿Qué queréis que os conteste?
VIOLETA (en un sobresalto)
¿Quién sois vos?
ALFREDO
¿Es eso lo que me preguntabais antes de que me conocierais? Pues os digo
que mi nombre importa lo bastante si sabéis que soy yo.
VIOLETA
¿Vos?
ALFREDO
Es una pregunta verdadera a la que no puedo ser infiel. Más ha de halagaros
el que hayáis de preguntar mejor de lo que os respondiera.
VIOLETA
¿Qué buscáis aquí, las uvas que me vigilan? Mirad que si coméis unos de
esos ojos, menos tendréis que advertir a vuestro señor. ¿Es él que os envía?
Pero os pregunto esto otro: ¿Cómo puedo fugarme si la complicidad de estas
flores no me quieren escoltar? De cierto veis que están quietas…
(Lentamente y con pena)
Y, sin convencerlas, yo las secundo…
ALFREDO
Sois generosa al cuestionarme sin medida. Yo no os hablo como creyerais; no
quiero que vuestro pródigo hábito cifre en unas pocas letras lo sustancial de
vuestra duda. No sé, sin embargo, por qué me contáis según otras cuentas. Si el
juramento de un extranjero os calma, tened como fiel el mío, que por venir de
tan lejos no halla su verdad en el desarraigo, sino en la virtud del retorno.
He venido a ver estos nuevos viñedos, y encuentro que el jardín de mis
recuerdos infantiles reverdece según la fragancia de otrora, mas un nuevo y
maravilloso perfume incita con dulzura el vigente éxtasis. Sin que os
conociera, no os olvidé, pues cómo olvidar una venturosa profecía que ya por
presente así lo fuera. Mi memoria ya se da a vuestro recuerdo, y que sólo la
tradición que no os honre con justicia se consuma en el olvido. Pero, decidme,
mi bella niña, jardinera al parecer de sus virtudes, ¿qué os perturba así, qué
monstruosa tiranía se adorna con vuestras saladas perlas? De cierto que ornada
así puede figurar como un galán de cualquier encumbrada corte. Mas, aun
purgando la flor de una noble juventud, sancionaré con mi espada a quien os
oprime así; me volveré contra quien me aventaje en título de ser mi blanco tan
claro a mi enconado luto. Decidme, niña, ¿sois de este fronterizo viñedo que
para nadie parece trazar un límite? ¿De qué fortaleza venís? ¿Qué padre os veja
malogrando su precioso legado? Decidme, ¿es mi arrebato el que os arrebola las
mejillas? ¿Teméis? No merméis mis esperanzas al rescoldo de vuestros rubores,
dejad que la lumbre de vuestras mejillas guíe mi tiento… y que vuestros besos,
bella, dicten su ley en mis labios.
VIOLETA
No temo por vos. En las mejores palabras habéis probado ser hombre de una
palabra, y se me figura que no sólo con ellas, y si en virtud de ellas,
cumpliréis lo dicho con el rigor de vuestro brazo. Si veis que mis mejillas
enrojecen es porque al fin el tono de mis esperanzas se impone, nunca para
burlar a un aliado gallardo. Agostada bajo la sombra de un cautiverio, deliré
como los profetas a quienes en mis horas de sobriedad les pedía misericordia y
acaso un tributo afortunado de sus vaticinios… Ay, mas pobre de mí, pues no
importa ya describiros mis tormentos, si de cierto ahora veis que la penosa
sucesión de ellos os inspira lástima.
ALFREDO
No es lástima la que me inspiráis. Mas si habré de sentir una lástima que
me haya de combatir resueltamente, será por mí mismo al no poderos convencer de
lo contrario. No el revés, sino el anverso os tributa un verdadero homenaje,
querida. A vuestra belleza, a vuestro delicado talle, a vuestro cutis dulcemente
arrebolado con el fulgor de una energía secreta, a vuestros dedos entrecruzados
con la alterna belleza de una fe tenue, a vuestra fragante cabellera, profusa e
inextricable para salvación de mis laberintos. Honro estos frutos que antaño os
espiaban. Si un adverso vino juzgasteis de sus promesas, yo con un brindis
futuro torno lo caduco. Pero decidme, ¿qué protector cruel os ha relegado en su
hacienda?
VIOLETA
No sabéis cuánto me conmueven vuestras atenciones. Ya no veo consuelos en
vuestros cumplidos, pues otra medida cumplen que me placen verdaderamente.
¿Preguntáis que qué celador con ruindad me confina? Muchos, señor, puedo decir.
Tanto que, sólo al padecer el mismo delirio de mis fiebres, podéis contarles
entre relampagueantes tormentos. Uno aquí, otro allá; si duermo, si velo…
ALFREDO (aparte)
Ah, pobre. ¡Qué belleza así perturbada guarda su equilibrio en un punto
apenas!
VIOLETA
Vivo allá, en aquella barraca… antes los muros me perseguían hasta el lugar
que mis pesadillas llamaban lecho. El terciopelo
de un hongo entre el canto de las piedras es lo único que se ha suavizado en mi
lujo. Sólo un fantasma, que maternalmente se gana la enemistad de su amo, cuida
que a mí no llegue la impaciencia de un loco.
(Mirando con suspicacia alrededor, y en sigilo)
Puesto que me cortejáis mientras prometéis vengarme, y así tanta fe me
conmueve como nunca, os doy mi amor, porque os amo antes de ser libre siquiera.
El cielo que desde su altura me ha rebajado tanto, ahora indulgente me dice tan
cerca al oído que conviene que no sepáis más. Marchaos, mas con devoción os
digo que os espero en mi cautiverio.
(Empujándolo)
Marchaos, Marchaos, Marchaos…
ALFREDO
Aquí será vuestro altar.
(Aparte)
Clandestina si os encumbráis en el delirio; ya os aperéis de vuestra fiebre
en pos de una lucidez que os abra los caminos…
(Sale)
VIOLETA (volviéndose a las flores)
Veis que sobre la tierra otros pasos vienen. Aunque de tierra extranjera,
mi amado, del primer golpe, deshizo la yunta que labraba mi pernicioso camino
al paraíso. Su ternura, venida de un recóndito destierro, me enternece. Todo
cambia, señoritas, libertada seré de este predio en que floreció la desolación
de un tirano… sí, pero debo cuidarle de que no le descubran, de que mi
carcelero crea incluso lo que no sabe… mañana, dijo; sí… tardará tanto en
llegar que se me figura un inconcluso ayer el hoy que se demora… seré libre en
sus ceñidos brazos. Libre, libre; y nada a ras de la locura ha de retoñar
siquiera. Llanto decís, no, no, no. No son lágrimas los frutos que veis en mis
ojos; translúcidos, salados, húmedos, sí, pero fructifican felizmente…
(Girando)
Mirad como sobre mis pies yo giro según una nueva música. Si tuvierais la
fe de que no os he de abandonar, os arrancaréis de allí para seguirme. Venid
conmigo, girad, girad… él mañana, tras el giro de un sol brillante, vendrá…
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Violeta, mi niña. ¿Tan contenta estáis de girar en el centro de una turbada
alegría?
VIOLETA
No, mujer, ahora los acordes corrigen mi baile; alegremente aprendo de un
paso a otro, de una vuelta a otra y si sobreviene el mareo será para arrullar a
mi sueño. Aunque algo me entristece que las flores a mi cuidado sólo crezcan de
sus cadenas…
FLORA (tocándoles los cabellos)
Criatura, si con mis cuidados os pudiera guardar de la tiranía. Os cuido
cual más os creo necesario a vuestra fe, mas cuido que oraciones tristes
traspongan el cielo en vano. Sí, os atiendo porque os estimo, mas por pena de
mi amor también se me ordena que os cuide.
Cómo desearía que mis cuidados no contravinieran el origen de su virtud,
pues, ay, con igual fórmula mi observancia me divide. Siendo la misma, me alejo
de vos cuanto más cerca sentís que os sigo.
(Con los labios casi rozando los de Violeta)
Si escucháis que mis labios os rozan es porque muy lejano de vos beso
vuestro retrato. Así también os protejo y doblemente sufro por vos, en este
vínculo sólo un tercio nos salva, ya que invisible él, que invisible no sea su
milagro… Veo en vuestros ojos, apacibles ahora, la sombra de un venturoso
brillo. Venid, mi frutal ave.
VIOLETA (ganando otra vez el fulgor)
No es una sombra la que veis cual máscara, es la vivacidad de mis ojos
cerrados las que alumbran el nuevo sendero de mi llanto, mujer. Vos, ¿no
visteis quien partió de aquí, con el halo de una promesa que mañana lo
divinizará?
FLORA (con premura)
¿Alguien os importunó, Violeta?
VIOLETA
No, mujer, alguien, a quien ya llamo mi amado, halló la ocasión de ser
oportuno tal es propicia mi devoción a él.
FLORA (casi sin respiro)
¿Vuestro amado? ¿Adónde el vino reúne la ebriedad de los más memoriosos?
VIOLETA
Aquí, mujer. Ciertamente no era una aparición hostil, ningún rasgo febril
de mis delirios marchitaba su rostro. La pureza de su voz gorgoteaba como un
límpido hontanar, sus ojos claros aclaraban cuanto su voz decía. La viril
templanza de sus promesas, ora rugientes cual las olas del pedregal, ora
crepitante cual la espuma de una orilla salvadora, enaltecía su lumbre de
viajante.
FLORA (aparte)
Se me figura que describís a vuestro hijastro.
(En voz alta.)
¿Os dijo su nombre?
VIOLETA
Se llamará como lo llame mañana.
FLORA (aparte)
Ah, mi niña. El cruel monstruo también engendró la perdición de vuestras
esperanzas.
VIOLETA
¿Qué decís, mujer?
FLORA
No os conviene, Violeta, que nos alejemos más de lo que la distancia nos
separe. Si sois apartada de mí, más lejos que la constancia de esta paradoja,
cualquier otra tiranía aventajará el cautiverio de hoy.
VIOLETA
Decís mal, mujer… mañana veré a quien libremente llamaré mi libertador.
FLORA (aparte)
Ahora veo que aun las pretensiones de un incesto os librarán del lazo.
Luego fiel he de ser con mi derecho, y si el parricida os sigue amando, seréis
bien cuidada en adelante…
(Interpelando cuidadosamente)
Si decís que en el confiáis, puesto que improvisó su anonimato sin los
apuros de ningún delirio, confío entonces en que puede vencer a quien os raptó,
al trocar el despecho del verdugo con su propia muerte. Mas aún no debéis
anunciar a quien furtivamente espera que lo maten, tampoco debéis confesar a
vuestro salvador los pormenores que os liguen directamente. Por último, que el
nombre de vuestro salvador siga siendo el que no te ha dicho. Así sabrás
llamarle siempre.
VIOLETA (escrutadora)
¿Qué completa vuestro discurso, mujer? ¿Qué alevosía os ilumina así los
ojos, rigiendo luego la conjunción de mis estrellas? ¿Cómo podéis pretender
ventaja en un atentado cuya víctima os oprime de antemano? Decid…
FLORA
¿Quizá con un cómplice cuya intrepidez sólo conoce vuestro amor? Pues
basta, mi niña, que sea así, y que vos creáis aún más por la fe que le tengáis.
Habrá un banquete en casa de Godofredo, asistirán muchos de sus vecinos y otros
principales en los que no descuento a quien conocisteis hoy. Según vuestras
descripciones, es de porte eminente, así que de cierto asistirá. Sí, ya veréis;
con su propia muerte acusaréis a vuestro carcelero…
VIOLETA (adelantándose con atención)
¿Cómo es lo que me decís?
FLORA
Muchas savias apuran un inocuo dulzor para sus flores; por separado no
completan un tributo mortal, mas si nuestro ingenio las reúne en una sola
pócima, aderezada con los legítimos deseos de la venganza, su destino enerva
una veta en la extensión de la ponzoña. De cierto que esto haremos: con una
seña se marca el plato.
VIOLETA (ya con creciente malicia)
Y tras una clave insospechada delataremos el comensal ahíto…
FLORA (con pesadumbre)
Sí, mi niña, y si en adelante vuestra libertad no conviene mi servidumbre,
entonces yo, bajo el yugo de mi signo, os he de libertar de quien os acerque a
la distancia de lo desconocido… Si por él sois defraudada, yo de su
inconstancia os rescataré.
VIOLETA (girando con vivacidad)
La música se prolonga en mi baile, y la escucho y bailo. Flores, ya no
temáis… venid conmigo. De cierto que vuestros rubores me advierte timidez, y no
miedo…
(Oscurece)
Escena 3
GUILLERMO
Trino fue el séquito que envió el protervo hombre, y así terció su propia
parte, pero sin que la cifra profetizara un grano más en el presente exacto. Un
trío remitió hasta mi corte… un trío que frente a mí recitó tres veces cuanto
se les impartió sin demora alguna. Uno encabezó el coro y los otros le
secundaron calladamente. Cleofás, mis demandas tal vez le hostigan, mas la
calma es depositaria de un interés secreto. Ningún esquivo juramento se subleva
sin cuidados, y, sin embargo, ya notáis que sospecho un secreto móvil por el
cual aún me reverencia. El haberlos despachado afrentosamente de mi corte, no
castiga la insolencia de quien los envió…
(Entra un heraldo.)
HERALDO (hace una reverencia)
Señor, permitidme paso hasta vuestro solio…
GUILLERMO
Pasad, heraldo. ¿Qué buenas noticias inviste el porte?
HERALDO
Pues no soy yo quien juzgue propicia la talla que me salve de la
intemperie. Decid vos si merezco salvarme de una deshonrosa desnudez al menos.
Si el castigo es ir en pelotas, de antemano boto a favor de vuestro voto.
GUILLERMO (severamente)
De cierto os digo que habléis antes de que mande a redondearos la vida en
un rizo al menos.
HERALDO
Perdonadme, señor. Bien, lo que he venido a decir por mi puede ser mal
dicho, pero al menos me aventaja mi natural medida a la reverencia…
CLEOFÁS
Entonces, ¿queréis que os doblen más que a vuestras rodillas, bellaco?
GUILLERMO (desenvaina la espada con rabia)
Iréis en bola, pero antes os desinflo en el centro.
CLEOFÁS (interviene)
Señor, calmaos. Es poco conveniente matar un heraldo antes de su prédica,
pues, incluso siendo buenas lo que trae, mala será la venganza de sus noticias.
GUILLERMO (conteniéndose)
Ahora hablad, tunante.
HERALDO (acobardado)
Señor, que el hijo de vuestro vasallo Godofredo llegó para regocijo del
padre…
GUILLERMO
¿Qué decís ahora, Cleofás; conviene matarlo, puesto que ya la nueva de
nuevo sobre esas mismas plantas me hostiga?
CLEOFÁS
Ahora bien pueden allegarse los deudos.
HERALDO (se prosterna)
No, señor. Os suplico piedad. ¡Piedad!
GUILLERMO
Pues marchaos en pelota a darle una vuelta a vuestro cuello.
HERALDO
No os entiendo, mi señor.
CLEOFÁS
Que por pudor de vuestro brazo os colguéis de uno con más viril sabia,
antes que no os alcance ni una parra.
HERALDO
Señor, tengo hijos tiernos…
CLEOFÁS (a Guillermo)
Como lechón de vuestra mesa.
HERALDO (insistiendo como para atenuar el otro comentario)
Señor, tengo hijos tiernos…
GUILLERMO
Y con el plazo de vuestras demoras mi rabia tuvo nietos.
HERALDO
Señor…
GUILLERMO
Bien, marchaos… y no tentéis más el destino cuando la estrella es la del
cobarde.
(Se marcha.)
CLEOFÁS
Como os dije, señor, el heredero estaba por venir. No habéis agotado mi
consejo aún. Si pretendéis de su calma una rudeza, seguid difamando al hijo. No
sabéis, señor, cómo puede la cólera embotar a un hombre. Dice el sabio que no
es de sabio dejarse llevar por su puntería.
(Se recompone Guillermo.)
Seguid apremiándole como el temor de perder una gran cosecha lo apremia ya.
En la próxima sesión de vasallos, vuestra condena será el partido de la
mayoría. Expulsaréis a un refractario y nosotros a un enojoso vecino. Ahora
disculpadme, pues una parte par también debo cumplir con mis pares. Os dejo en
vuestro impar recogimiento. Señor.
(Hace una reverencia y sale)
GUILLERMO
Impar habéis dicho, mas con dos ojos veo lo que con singular clarividencia
me turba… o con dos ojos soy doblemente ciego. Ay, siendo la ceguera el único
pomo de que auxiliarme, no es indulgente las prisas de estos rigores. Ya es
hora que remonte nuevas profecías… no queda otro plazo, puesto que nada allana
su cuesta, a cuesta cargo con lo que se acuesta con mal sueño…
(Oscurece)
Escena 4
(Otra vez el viñedo)
VIOLETA
El retraso, que no se perdona sus acomodos, le espolea; yo os perdono
siempre. Mirad aquí viene. Nombre tenéis que puntual a esta hora me llama.
Vuestra promesa vuelve para jurar la fidelidad que, envuelta en la premura de
ayer, marchó a cumplir sin falta la tardanza de hoy. Venid, amado, yo os
perdono siempre, que es “siempre” el tiempo que me basta siempre…
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Mi bella, aún el cautiverio, llano y expansivo, os abruma. Decidme, pues,
si el blanco con el cual mi espada soñó tornar rojo de un solo estoque se
aclara en vuestra mente. ¿Ya simplificáis los monstruos de vuestros delirios?
Decidme uno y yo le haré único de una vez. O si para hallarlo habré de
embriagarme con esta cosecha que os apremia, contad con que contaré al infame
entre los dobles que vea. Decidme, entonces, si os regocija que, una vez
vengada por la fuerza de mi brazo, os lleve del brazo vuestro, tiernamente
vestida con el mismo cuidado de las caricias vuestras. Dadme los folios que
vuestros pálidos dedos estrangulan, y en ellos sentenciaré las estrellas que
auspician al monstruo.
VIOLETA
Ah, mi señor, a vuestra voz me ciño. No conviene exponer la vida cuando la
vida es todo, mas os revelaré mi verdugo con vuestro mismo acierto. Será lo que
de vos: la valentía y la lealtad la que así proscriban la entereza del muerto.
Veréis quién es, como empeora hasta morir; y de un salto conoceréis el nombre y
los dolientes con los cuales guarda la afinidad de un luto miserable. De esa
noche, saldremos a un amanecer reciente; las huellas que nos lleven conservarán
para sí el testimonio de acompañarnos. Marcharemos lejos, acaso a las tierras
de las cuales has venido. Reconoceréis, por mis ojos, lo que en tiempos tal vez
crueles visteis en ajenas tierras. Venid, amado. No me digáis vuestro nombre
antiguo, pues ya os bautizo en la pila de mis aguas, y según mi revelación todo
principio coincide con vuestro origen. Pero ahora debemos convenir en que la
libertad urde vengar mi oprobio.
ALFREDO
Con cuánto ardor, mujer, me trazáis el camino de una venganza, que aún con
el brillo de vuestros ojos sollozantes no alcanzo a distinguir muy bien. ¿Cómo,
sin conocer a mi enemigo, puedo entonces aventajarlo en vuestros planes, si os
deja maquinar así?
VIOLETA
Una clave os daré. Una que él no conoce. Sí, sí, sí, señor, una clave os
daré; un dístico, llave y cerrojo engastado, y vos abriréis el sepulcro.
ALFREDO (aparte)
¿Es su turbada mente la que acentúa su equilibrio?
(Interpelándola.)
¿Cómo ha de ser, querida?
VIOLETA
Habrá un banquete al que de cierto asistiréis, pues vuestro porte es de
principal. Uno de los comensales, que concurra hambriento, sólo verá pagado su
apetito cuando su mismo sorbo lo atragante para siempre.
ALFREDO
A fe que no decís mal, pues hay un banquete al que yo concurriré.
(Aparte)
¿Así que el miserable anticipa la conjura?
(De pronto.)
¿A derecha o a izquierda de quien preside?
VIOLETA
Por principal es siniestro, dadle, señor, el lado huero que convengáis. El
monstruo, que central ocupó su hora infame, es parcial a mi odio. Dejadlo a un
lado, entonces; de un lado espera, que ya lo veo de reojo. A su sitio llegará
la sentencia de soslayo. ¿Acaso mi odio no se trocará en un guiño que así aguce
la vista de nuestro venturoso porvenir?
ALFREDO
Os rescataré luego. Mas dadme un beso que endulce el amén de mis labios, la
fe de nuestras preces necesita de sus ungidos celadores.
(La besa.)
Mirad que los prodigios de esta luna ya rigen otros astros. Venid, amada…
Dadme la clave de esa clave.
VIOLETA (besándole)
De cierto os doy cuanto os niego a todos; y tomo como mejor pago el precio
de vuestro animosa boca. Desde allá, cuando el notable usurpador caiga entre el
consuelo de sus parientes, hemos de partir, hacia el mundo que conocisteis con
orgullo. Amos de nuestras alegrías, esclavizaremos tristezas, tristezas que
pese a ser tan pocas también con devoción ornarán nuestro dichoso lecho…
ALFREDO (besándola fogosamente)
Querida, la misma muerte será el alma de quien tenga cuerpo para emparentar
con su brindis…
VIOLETA (mientras lo desviste)
Dejadme que os desnude. Las manos que yo misma oprimí con el infructuoso
rezo de aquellos aciagos días, ahora quieren tentaros, palpar suavemente la
vitalidad de la cual parten vuestras caricias. Dejadme que os pueda conocer
cual sois. ¡Qué Dios no profane nuestra enlace con incestuosas bendiciones!
(Oscurece)
Escena 5
(Aclara la escena, aparece Violeta terminándose de
vestir)
VIOLETA
Aquí estáis, mujer…
(Entra Flora.)
FLORA (aparte)
Y hasta por estar en este mismo paraje que os relaja, casi no soy la misma
que miráis…
VIOLETA
Ya he concertado con él el futuro. Como me habéis dicho el asistirá al
banquete. Pero, ¿Por qué os entristece lo que por naturaleza de lo predicho
debe alegraros?
FLORA
Yacisteis anticipadamente, mi niña. Un niño tendréis como fruto de vuestra
impaciencia. Sí, bien lo sé. Yo, que con guiños de alumbre he burlado muchas
veces los deleites del tirano. Ay, sé que esta excepción no mide con reglas lo
que al cabo tendrá su medida. Ah, sí, en tales ocasiones adentro se concibe lo
que quizá el exterior de una promesa falsa abandona, mas la exactitud de tales
suertes, que ya son de vos, crece con otra edad y a término bueno abrevia su
plazo en el vientre.
(Tocándole el vientre)
Meses que igual celaré, puesto que tampoco me acercan…
VIOLETA
Vuestras dudas me intiman un falso miedo, Flora… No habléis así, mujer. Con
cuántas candidez dejamos que las dudas usurpen sitio a nuestras certezas, y así
demora el pensamiento que responde por tales lujos usurpados.
FLORA
Escuchadme, si os viene a la memoria el haberme escuchado. Os recomendé
administrar las palabras, pues en tal economía no os hubierais revelado
desnuda, sin la mesura de vuestro verbo. ¿Recordáis que os dije que ningún
límite os sobraría para perjuicio, si aventajabais la prisa insensata de ir
delante por nervio de una ceguera insensible? Pero no temáis, también lo
inverso prueba la cordura, ¿acaso no os grito de tan allá el consejo que os
susurra al oído? No temáis, pues ya conozco a quien en nombre de vuestra mano
reclama mis confidencias. Seguro ya estáis encinta. Sólo yo sé cuánto os
bendigo, pues llegaréis a su lecho en cintas primorosamente atadas a él. Venid,
no temáis. Alguien verdadero va nacer siquiera tan fiel a la mitad de quien
tentasteis en vuestra piel.
VIOLETA (apremiante)
Si tan cierto es que vuestra bienaventuranzas corresponden a un lazo
futuro, si a término de tales atenciones ya conocéis el hombre, para cuyo
nombre una mitad concibo, pues ya habéis predicho también la resolución de
quien me salva. Le revelaré el rival que sólo a los ojos de una venganza
consumada habrá de reconocer.
FLORA (aparte)
Revelaréis precisamente aquello contra lo cual él, sin saberlo, se rebela.
VIOLETA
Juramento es el que profiero…
(Tocándose el vientre.)
Y tan cierto de ir a la luz de quien dentro aún calla vuestras
bendiciones.
FLORA (abrazándola)
Venid, mi niña…
VIOLETA (separándose súbitamente)
¿Ya tenéis la pócima?
FLORA
Sólo espera que la ponzoña de vuestros versos, de un piquete, delate el
blanco.
VIOLETA
En ellos pondré mi ciencia…
(Oscurece.)
TELÓN
A C
T O I
I I
Escena 1
(En la estancia principal de Godofredo)
GODOFREDO
Cuando a la vista de vuestros ángulos le distingáis, a mis puños
enfrentaréis con un puñado de hombres, pero, Guillermo, ¿qué puñado os reservo
en mi puño? ¿No fue bajo mi rigor que los más de vuestros hombres crueles
fueron criados? ¿No les adiestré bajo las sombra de árboles plantados por los
siervos de mi tierra? Soy el padrastro de su crueldad, y ellos ya se guardan
del incesto, porque cuántos fratricidas le esperan en los campos que osen
envilecer: tribus que venida de afuera se adentrarán en su misma raza hasta
sacar de sí los corazones hostiles. Estoy cerca, Guillermo, y no lo sabéis. En
vuestra precaria corte demoráis con los subterfugios de intrigas; tarde veréis
mi puño, y de cierto adentro ya se decide vuestra temprana suerte. Para
destronaros, os coronaré con un tajo, pues a fe que os confirmo una corona a
vuestra medida, y eterno será el reinado que os mortifique, y lo de nunca
también será para vos eterno, y larga la regencia que hinque su cetro para una
fe más rapaz. Vasallo me habéis llamado con soberbia; pero hecho polvo del que
venís seréis el otro, y el orgullo de un muerto acepta humildemente su destino,
así vuestro porvenir condesciende con su corta espera; y luego, como os dije, ab aeterno: seréis el único súbdito en
la fosa de muchos reyes.
(Tocan a la puerta.)
ELISEO (sin abrir la puerta)
Señor, aunque la amenaza a veces colma a mi prisa, al pronto os aviso que
el señor Cleofás aguarda por vos.
GODOFREDO
Hacedlo pasar, hombre, y marchaos más rápido, no os detengáis, no vaya ser
que el ultimátum os pare al punto de demostraros la ventaja.
(Sale Eliseo)
CLEOFÁS (Abre la puerta)
Mi querido Godofredo, cuánto tiempo de diligencias puede demorar un
venturoso horario, en que se venga a visitar a los amigos.
GODOFEDRO
Pasad, hombre. Sin embargo os advierto que no hay reposo cuando se conviene
que la paz de los sepulcros no perturbe la paz de los vivos.
CLEOFÁS
Entonces, permitidme que lo más de ese afán lo lleve yo.
GODOFEDRO
Hombre, contadme del infame Guillermo. ¿Aún contiene su cólera en los
brindis de sus intrigas?
CLEOFÁS (riéndose)
No sabéis, señor, el odio insensato que os tiene. No sólo arremetería
contra vos, sino que, muy contrario a su carácter, escucha mis consejos con
paciencia, acaso para que su aversión supla ensayos rudos por medios más
verosímiles de venganza.
GODOFEDRO
¿Así que se distrae el hombre?
CLEOFÁS
Sí, tal hemos acordado. Mientras él cree que os removerá a los ojos de
vuestros vecinos, nosotros ya mellamos la fe de sus últimos días. ¿Los hombres
de la ribera están dispuestos ya? ¿Una tropa insospechada como decís, a
espaldas de quienes no son adictos, ya aguzan sus púas? Mucho me figuro las
greñas de esos bárbaros, pintarrajeados como las quemaduras del infierno; tal
le reclutasteis de su misma juventud.
GODOFEDRO
Sí, el primer ataque omitirá mi ira. Preciso es que ante el asombro de
Guillermo, el tumulto parezca ajeno a mi insurrección, aun ajeno a nuestra
comunidad.
CLEOFÁS
Mas contra vuestra indiferencia se volverán sus otros vasallos. Tan rápido
vuestra espada debe irrumpir, que el desorden puede tomaros ventaja.
GODOFEDRO
Son unos cobardes, Cleofás. Anticipando sus cobardías, convoqué un banquete
en donde ellos presidirán su indigestión; el día de mañana serán sólo súbditos
que en sigilo caguen el hartazgo. Quienes figuren en el banquete se allegarán
con la doblez de sus virtudes, es verdad, pero con el defecto irreversible de
aplacar sus apetitos, codo a codo.
CLEOFÁS
Soy de vuestro dictamen.
GODOFEDRO
Y tal día escucharéis un poco más.
(Acercándose)
Mi hijo llegó, Cleofás, las prácticas de días brutales, y los crepúsculos
lejanos en donde la tierra fiera eclipsa a los hombres bajo el sol, le
adiestraron cual yo no podía hacer jamás. Mas ahora ofrezco un terreno fecundo
a sus estratagemas, cual ningún estéril rival le hubiera cedido en gajes de extranjeras
ruinas. Él guiará la rebelión cuando las huestes de Guillermo se vean azoradas
por los “bárbaros.” Con apenas dos cargas su juicio ha de embotar el ardor de
quien su cerebro le turbe. He allí, entonces, cuando mi sospechosa indiferencia
se volverá feroz.
CLEOFÁS
Ya habéis adelantado los ribetes de vuestra investidura.
GODOFEDRO
Tanto porque al convocarlos antes de la sesión que ya Guillermo amaña,
reuniré, en principio, a quienes me adversan menos. Y en testimonio de sus recelos,
propondré indemnizar la vejez común de nuestras vecindades. Agasajaré a los
concurrentes en nombre de la corte; los convidaré a una mesa oblonga de
cuartones devastados en menguante, y sobre un mantel urdido en el telar de la
corte, dispensaré la dieta y el brindis de esa dieta. Regaré sus esperanzas,
por mojar una trama que haga rendir mejor nuestros cultivos. Les hablaré de
aumentar la recluta en la proporción fronteriza de unos distantes bárbaros,
cuya primera embajada es la arenga. Y
quienes hayan de convenir mi fingida sumisión, serán los más diligentes sumisos
que medien en la conjura.
CLEOFÁS
Habéis dicho bien. Espero hasta la cena de esa cita, entonces. Me cuido de
no emparentar con la glotonería de los ignorantes, luego, con mi frugal ayuno
que ya a mi espíritu nutre, me guardo más bien para el brindis del día siguiente…
GODOFREDO
Brindo por ello ahora mismo.
CLEOFÁS
Por cierto, ¿dónde pernoctan las huestes?
GODOFREDO
Aún en mi imaginación, señor… No os apuréis, que ya os imagino mi cercano
par, que impar será su suerte.
CLEOFÁS
Bien, yo también espero el mismo día. Ya verán las cuencas desheredadas,
como nosotros dos nos repartiremos la heredad.
(Sale)
GODOFEDRO
Habláis por vuestro guiño, tuerto, y ya se aguzó un dardo impaciente para
cuando despabiléis.
(Entra Flora)
Escena 2
FLORA
Señor, tan pronto como soy, heme aquí, os traigo noticias de Violeta, que
mi retiro protege…
(Aparte)
Ya que no sus oraciones.
GODOFEDRO
¿Cómo le ha sentado su retiro?
FLORA
No sabéis, señor, como en tan corto plazo ha cambiado, es que contado así
sólo puede creérsele en verdad, pues apenas en un sinfín de impaciencias le fui
notando ese progreso que tanto me conmueven. Sus mejillas han enrojecido con la
tibieza del sol, sí, y el tono que antaño la ruborizaba ahora le es el grado
distintivo de una mejoría. Un tierno bronceado aviva la otrora palidez. El
cabello suelto, ya no atado con los nudos de flores marchitas, prodiga un bálsamo
a la resolana. Sus pies se plantan con ligereza y no se arraigan a ninguna
huella que antaño le fuera un lastre. Toda su gracia sigue el curso de un baile
que crece con gradual tino y se acerca a vos, a vuestra ceremonial espera. Si
vierais que hasta engorda un poco.
GODOFREDO (con vehemencia)
¿Qué decís?
FLORA
De una tregua huraña, pasó al laborioso anhelo. Así sus trémulas manos
redondeaban las faltas de su vista, en la hora siguiente de sus tentaciones,
pero piadosas son las esperanzas del descarriado, que halla según su espera el
pomo de la virtud. Vistió los hábitos en tanto los ceñía en sus rezagados
pliegues, y según la estación, que era también al mismo tiempo su adusto
tiempo, sus dedos contaron las flores que entre esa cuenta florecían otra vez.
Pronto aprendió a hablar sin el acento de aquel cautiverio, y como si un
silencio le infundiera tal observancia, calló como no calla el cautivo
ruiseñor. Mas una vez le sorprendí recitando un ingenioso dístico, y con igual
rima, ya con menos estribillos, miraba vuestros muros. La misma devota
resignación, con que sus acordes iban alegrando sus guiños, les hacía tornar su
mirada hasta aquí. Ya veréis que el
cambio consagrará a la salud vuestra un primoroso premio. Sin que yo la guíe
hasta vos, ella, frente a vos, os dirá el lugar al cual me he referido hasta
ahora. Sí, al punto tendréis sus dulces tardanzas en vuestro catre.
GODOFEDRO
¿Alfredo no la ha descubierto aún?
FLORA
De cierto que no, señor; mientras la celo sólo de flores me habla. Y la he
celado como me lo impones.
GODOFEDRO
Como presumís, nada le he dicho a mi hijo, y al margen de los viñedos le he
servido en su copa. En tiempos inciertos se vive hoy, y es bueno que ya lo
sepáis mujer, en que las nubes ya asoman lutos amenazantes. Tengo un techo y
mil filo que se erizan en tormenta. En este descampado, desenvaino el arado que
hará parir a la tierra. Cuando escampe ya sobrevendrá el sosiego de una
ceremonia. Aunque no entendáis las señales que el cielo de mis ojos os insta,
manteneos en el viñedo con ella, será el único prado virgen después del
banquete. Así como las cosechas de esas vides intactas esperan por el vino de
mis campos, tal aguarda mi mujer.
FLORA
Decidme, señor, ¿a partir de cuándo debo moderar esto que mandáis?
GODOFEDRO
Después del banquete os diré lo que al punto conviene.
FLORA
Y a vuestro hijo… ¿su escaño en el banquete, lo promueve?
GODOFEDRO
¿Qué pretendéis de esa pregunta, mujer, sino segar con sus garfios tanta
curiosidad? De cierto que si no os dais por satisfecha, es porque descuidáis
mucho la vigilancia que os he ordenado.
FLORA
Ay, señor, si tanto la vigilo que mi amoratado despecho remeda su nombre
para consolarle en el mismo tono.
GODOFEDRO
Pues no desatéis más la lengua, porque libre os ceñirá un nudo al cuello.
No tentéis más la dulce ignorancia, más bien manteneos apegada al pregón que os
reserva una solución fija. En cuanto a Violeta, no le digáis nada de estos
esbozos. Retratadla según su semblante, mostradle el espejo de su apacible
retiro, en el agua en calma un cielo se calma. Celebrad un banquete allá si
queréis figuraros la escena de aquí, mas una vez que os advierta templanza,
cumplid sin las trasgresiones de vuestra lengua. Ahora, marchaos.
FLORA
Señor, lo que fuere que os aguarde, segura estoy de que vuestro heredero
irá en pos de secundar vuestra suerte.
GODOFEDRO (a gritos)
Marchaos, marchaos a vuestras obras de servidumbre. No importunéis más.
FLORA
Os sirvo, señor.
(Aparte)
Al fin para vuestra dieta os sirvo, y según hasta ahora he sido vuestro
mejor sirviente.
(Sale)
GODOFREDO (en un grito)
Bonifacio, Efrén, Eliseo, venid al punto. Estos monigotes distraerán mis ansias.
(Entran los siervos)
ELISEO
Señor, henos aquí, juntos, gemelos de tres cabezas.
EFRÉN
En trío os podemos repetir el dúo.
BONIFACIO
Yo doy fe de ellos, señor.
GODOFREDO
Os condujisteis con prudencia; la embajada que os encomendé bien la
llevasteis a término. Tanta tierra caminasteis que con los mismos pasos habéis
medido un sepulcro más oportuno para otros, os felicito por ello.
BONIFACIO
Señor, es doloroso tasar la espera con la tierra que me dais, pero de
cierto que me duele más, que, siendo del polvo y al polvo yendo, no haya echado
un polvo el día de difunto.
EFRÉN
Tenéis razón, Bonifacio, mi mujer me dice que la honra para un día de entierro
es no enterrar en el límite de un lecho disoluto. Aunque contrario os parezca
que el no tener que enterrar me lastime, me sentí tan desgraciado como si el
mismo día, por el límite que me dais en obsequio señor, y válgame que en tales
momentos nadie es incestuoso, hubiera enterrado a toda mi familia.
GODOFREDO
Siendo criados, ¿os empeñáis en proliferar vuestra prole cuando el día de
difunto os intima abstinencia?
BONIFACIO
Este bruto quiere, a lo bruto, hacinar una bastardía en el redondel de vuestra
generosidad. Yo me quejo, pero éste hace de su queja una fe de muchos y cuanto
por ello subversiva. Señor, no sabéis cuanto me costó hacerlos callar en el
camino, que tuve que amordazarles mientras reverenciaban al rey.
ELISEO
Por qué tenéis que hablar por nosotros de nuestro silencio; no fue bastante
ya con callar. Permitidme, señor, insistir con la parte propia. No en latín,
por cierto…
(Se tapa la boca, balbuceando)
¿Estamos de acuerdo, Efrén?
EFRÉN (se tapa los oídos)
Repetid de nuevo.
GODOFREDO
Callaos. Callaos.
(Efrén asiente. Eliseo le destapa los oídos al advertir
la rudeza del vasallo)
Ahora os convoco para que salgáis de aquí. Vos, Eliseo, id en pos de
quienes os escucharán en confirmación de su destino, y, como os he mandado, no
digáis mucho, que así ellos entenderán que son los principales a mi mesa.
Apurarse, hombre, y que vuestro cansancio no omita ningún adverso dintel de los
ya marcados en mi glorioso pórtico.
(Sale Eliseo)
Efrén, llamad a mi hijo.
(Sale Efrén)
BONIFACIO
Señor, mis muslitos son enjutos, no me mandéis a los predios de la bruja,
que como ancas de rana los desgajará para un hervido, mejor corro a diligenciar
la cena de Epifanía.
GODOFREDO
¿Qué decís, infame? ¿Qué os hace pensar que yo acuda a un espantajo? Si vuestro
despojos os sugiere fantasmas de cocción, id, pues, y muy de prisa, a que ella
os preparé un bebedizo que ablande los célibes votos de vuestra mujer; si
ningún efecto sucede, la muy puta vieja os habrá engañado, tal que por su misma
condición bien podría entretener vuestros excesos. Ahora, largaos de aquí…
(Sale Bonifacio)
¿Qué visión enrarecida le anima a este insensato a suponer supersticiones
en mi porvenir? Ya nada distrae mi gloria, lo que se me antoja mejor tiene en
mí su voluntad.
(Entra Alfredo)
ALFREDO
Padre, ya que me llamáis, os llamo por el título que os aguarda…
GODOFREDO
Y que, en herencia legitima, os aguarda a vos.
ALFREDO
Sea el bautizo de nuestra estirpe.
GODOFREDO
Es preciso que convengamos las greñas del tumulto. Después del banquete,
otros serán los colores de mi tinta.
ALFREDO
Según he visto en mi destierro, señor, las leyes se sellan en copiosa
sangre, y por más que se junten excepciones y se líen las promesas de los
entusiastas, otros advenedizos incurren de soslayo y aun de frente. Se precisa,
entonces, que vuestra tinta, que en el desorden ordena conjurar lutos
parciales, también organice perdidas y despechos, según un contrato universal.
GODOFREDO
Sea vuestra espada la que os abra camino a tal magistratura… Venid, amado
hijo, ya veis que desde que vuestra madre murió no pensé en otra nodriza para
vos que no sea la misma ambición vuestra. Haced familia tal bajo este designio
eres mi hijo. Permitidme que ya en la antevíspera os aconseje más. Bien
temprano cogisteis el camino de las armas, llevado por su puntería atinasteis
en tierra extranjera, pero, puesto que vos ya hacéis mención, os recomiendo que
no soltéis la empuñadura secreta que reservéis en vuestro tálamo. Os recomiendo
que andéis con recelo siempre. Os recomiendo, hijo, que el desorden de espadas
ajenas no os retrase cuando os encaminéis con el rigor del cetro.
ALFREDO
Y también por vuestra “magistratura” habré de heredar tales dones…
(Oscurece)
Escena 3
(En otra estancia)
ALFREDO
¿Así que la conocéis, mujer?
FLORA
La he visto guarecerse cuando sospecha ser espiada.
ALFREDO
¿Quién ordena tal suerte? ¿A quién ponen de custodia?
FLORA
En principio, pensé que una huraña manía le instigaba a lejanos derroteros.
Nunca antes le vi tan cerca, y, viéndole allí en su ahogo, juzgué que la
locura, señorial también en su servidumbre, le custodiaba. Con el tiempo
transigí con ella, le llevé las raciones diarias de un horario que ella
espaciaba displicente; mas después hasta me habló. Mientras charlábamos,
descubrí que la urgencia de sus preguntas respondía por el honor de una mente
clara.
ALFREDO
Con grados más bruscos se me alcanzó lo mismo, mujer. Alguien la obliga a
vegetar para adecuarla al tono de una ceremonia estéril. El vejestorio, cual
jardinero, y aun desaconsejado por las raíces de su linaje, larga la criatura
sin nudos que compitan con talones fijos. Hela sola, por fuerza de un miedo que
tiene cadenas muy pesadas, pues ¿qué salida está al frente cuando la frente,
abrasada por el delirio, lleva por doquier una cruz tan propicia a quien le
apunte? Una profecía de ceniza se cierne como el luto, y a cubierto de días
oscuros creyó ver el sol en sus flores. Ah, sólo la sumisión de un bastardo
sacrifica su único néctar para salvar el tronco común de su desventurada
costra.
(Confidencial.)
Como presumís, mujer, nada le he dicho a mi padre, sus asuntos están tan
cerca de sus vecinos, que una sospecha puede cundir entre esos límites.
Quienquiera que imponga tal ultraje, pagará incluso por no haber pagado antes
de nacer.
FLORA
Por eso vengo a vos.
ALFREDO
¿Qué decís, Flora?
FLORA (saca un papel de su vestido)
Al contarle que os conozco, me dijo que mi piedad podía abreviar su espera,
y esta nota me encomendó que os entregara, a
cuya fórmula también coincide mi oficio.
(Le extiende el papel)
Tenedla, tan fielmente os la pongo en vuestras manos, lo que ya precisa el
trance de mi lealtad.
ALFREDO (escrutando la caligrafía)
Un dístico.
FLORA
Una clave, según implica mi servidumbre.
ALFREDO
Una clave que no consigue su medio, apenas en el papel la veo perpleja y
pálida. Algo añadido os hubo de encomendar antes con sus dulces labios.
FLORA
Que no sean la acritud de los míos los que adulteren los suyos, luego esto
dijo: ‘decidle que aquí está escrito el fin del mal bebedor; ni su peor
borrachera podrá juntarle tanto en el retrato. Así que cualquier Ganimedes en
el banquete sabrá arrimar la copa entre el orbe de una borrachera.’
ALFREDO (sopesando el papel)
Luego he aquí el ombligo de su mortal resaca. ¿Quién decantará la ponzoña
en la precisa copa?
FLORA
El cocinero más viejo, a la sazón también cocinero del rey según le dije,
tiene por costumbre sazonar con licor los platos y las copas. Es una receta
inmemorial ésta de procurarse la ponzoña, según la rima del vino predilecto. Me
ofrecí, pluguiera el cielo que con infinita bondad, a encomendar entonces el
colmo de un brindis que el poético copero advirtiera. Con qué entusiasmo la
muchacha acudió a mí, y esto agregó sabiamente: ‘Id, que como mensajera sois
vieja y los viejos se allegan sabiamente. Id, que sólo a la sazón de la vejez
se complace a un banquete en que el
tirano muera. Id, que pinta el vino el semblante fatal del tirano y no más su
cólera’.
ALFREDO
Ahora el asunto se aclara, y cuanto no entiendo en la rima se arrima a la
sentencia; luego la última cláusula remata el soneto. Dejemos, pues, que la
tinta engarcen a la nucas estos nudo que ya se ciñen.
(Distante)
Mas hay algo que intriga, ¿cómo un cómplice cató de antemano el vino del banquete?
FLORA (disculpándose)
Fui yo quien le dijo lo que ella sabe; lo supe desde que vuestro padre
deliraba en secreto, y, quizá por imprudencia como presumís, ay… (mas se me figura
que mi transgresión se anima para bien) le dije que tras una ocasión festiva yo
iba guardarme de un peligro, bajo el mismo techo conforme al bien de ambas.
Tantas preguntas me combatían al tiempo, que hube de rendirme en desventaja de
mis respuestas, a la intemperie. Entonces, me dijo que su violado nombre aún no
deshacía los morados que el ultraje tatuó. Me dijo que el infame de seguro
concurriría al banquete, puesto que a la mesa tendría la distinción de su mismas
ambiciones. Después me habló de vos, de cómo le habíais conocido, y de vuestra
amorosa complicidad. Entre el ir intercalando un punto y otro, al fin me confió
la urdimbre escrita de su puño. Yo misma, Alfredo… ay, Dios sabe que aun por
hacerlo de espaldas a vuestro padre no quiero tronchar en su fiesta más que una
rama podrida…
ALFREDO
Sosegaos, mujer. Tenéis la licencia de su hijo.
FLORA (aparte)
Perdonadme del incestuoso crimen, mi Dios…
ALFREDO
Vos misma preparasteis la pócima, según erais la embajadora de instruirla
adentro, ¿no es verdad?
(Aparte)
Ay, ya el eclipse desfavorece el perfil que retrata.
FLORA
Sí, yo misma junté los cogollos y tensé estas rimas.
ALFREDO (como para sí)
¿Banquete cuya copa está marcada con las señas del dístico? Consagro la
ocasión en que venganza, amor y herencia principian mi felicidad en un mismo
trago. Ya veremos esa noche quien es el cobarde que, en lugar de ceñir espada,
porta la corona de una intimidad abominable. Destronado por el mismo brillo
caerá. Y si otros, a quienes nada de esto incumbe, mezclan en su imaginación un
atisbo de conjura, entonces serán purgados a la misma mesa, y tras el
sobresalto apuraré el brindis. Sé que el consejo de mi padre favorecerá las
razones de mi anticipación.
FLORA
Ya las favorece…
ALFREDO
Antes de partir, debo santificar mi empresa en el santuario.
FLORA
No la visitéis. Una despedida puede prevenir al monstruo.
ALFREDO (tras la duda)
Sea, entonces, con el acto que nos glorifiquemos.
(Sale)
FLORA (con pesar)
Ay, ya veremos, también en los rincones de la misma noche, si vos heredáis
a vuestro padre, pues sin despedirnos huiremos y las arañas devanarán el
sudario de vuestro encono…
(Oscurece)
Escena 4
(En la corte)
GUILLERMO
¿Qué se hizo Cleofás?
SIERVO
No se hizo en vuestra corte, mi señor, pues ya hace que se fue; en cambio lejos se hizo el enfermo y por mucho
tuvo que deshacer la hacienda de lindar con la muerte.
GUILERMO
¿Qué decís?
SIERVO
Que por simular una tos, mientras yo lo espiaba en los matorrales, casi se
ahoga el vasallo. Su paje, que fue naufrago en dos travesías, lo rescató casi
en la otra ribera. ¿Lo mando a buscar, señor?
GUILLERMO
No; no, no… Antes que un consejero melifluo, una desgreñada criatura de los
montes es quien mejor se allega a mis esperanzas. Una paciente y tosca cocinera
de recetas sombrías. Una que, de caldo en caldo, nutre profecías adversas con
cucharadas de estiércol. Una que con mal de ojos bizcos le guiña un ojo a
muertes repentinas. Una que de las savias punzantes aguza ponzoña, y que de
vísceras incompletas o impares, fermenta la cantinela de un redivivo. Una mujer
que, entre la enmarañada intemperie, dormita mientras las arañas le rellenan
sus turbias pupilas. Una que con estornudos de azufre aviva el fuego. Una mujer,
de cuyos corrosivos orines destila miel de enamorados. Una mujer, cuyas
longevas uñas se hincan de maldición en maldición, trepando hasta el virgo de
una desventurada viuda. Una mujer que con torcidos auspicios hace germinar
escamas de monstruos en un caldero hirviendo. Una mujer con espuelas en sus
mordiscos y piojos calvos entre sus canas. Al punto llego de anticiparos sus
señas. Ya es hora, pues, de que ella reanime el reloj con otros de sus giros…
sí, en su lance va mi puntería. Sí, ella, que en el bosque oculta sus canciones
y pullas… Sí, vos, traed un recadero.
SIERVO (tartamudeando)
Al pronto os lo envío, mi señor.
(Sale.)
GUILLERMO
Si retrasé la espada, al topar con el punto que antes la bruja marcó con su
báculo (si consumada la porción que hubo profetizado la vieja, apareció el
consejero a partir del cual ni los consejos siguen a tientas), ya es hora de que otro venturoso vaticinio
adelante un trecho largo sin alcanzar a mi arisca muerte.
(Entra el heraldo)
HERALDO (hace una reverencia)
Mi señor, heme con vos.
GUILLERMO
Marchaos al arrollo, y seguidlo contrariamente. Cuando lleguéis al punto
donde abrupto se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un
deshojado trébol, allí os detendréis a escuchar el gorgoteo que tanto lo dimana
la corriente. En el murmullo escucharéis el canto de un pájaro que nunca antes
le habíais escuchado. Volved, entonces, vuestra vista al cielo, y adonde el
pájaro con su canción vuele seguidle hasta que cese en un árbol. Reanudad
vuestra expedición hasta el tronco convenido. Del otro lado de las raíces,
hallaréis a una vieja en cuclillas, harapienta, nervuda y encorvada. No le
habléis, ni desconfiéis de su silencio, tampoco de sus pullas aunque os sacan
los ojos ver que os aventaja con esa esgrima; sólo tendeos ahí toda la noche,
pernoctad lo más del día siguiente bajo la sombra de ese follaje. No cortéis
nada del árbol, no matéis deliberadamente ningún insecto que os perturbe.
Llevad una ración si presumís que el hambre os turbará la espera. Si la vieja
desaparece de vuestro lado, no desesperéis; pues a término de vuestra estancia
os recordará la vuelta y ése será su primer prodigio. Seguidla, entonces, no le
advirtáis la ruta, más bien id a su arbitrio, secundad su lenta cojera sin
azuzarle jamás, y, si el silencio de antes os fue ventajoso, no despreciéis la
renta de callaros. Mas os conviene que no objetéis mis advertencias, pues de
cierto os digo, por bien vuestro, que si después de haberme escuchado malográis
vuestra obligación, aun por morir de miedo, renquearás todos los días sin
hallar una sepultura donde guardar vuestra perpetua fuga. Pues mi orden, tal os
he recitado, es un conjuro que os obliga a cumplir u os castiga por contrario
rigor del cumplimiento.
HERALDO (resuelto)
Mi señor, pronto estaré en el bosque, lo que marcasteis corregirá mis
impericias en el arte de escrutar tales prodigios. Ya me veréis de vuelta, en
esta misma estancia, tal ahora me veis, pero al lado de la bruja que esperáis.
(Sale)
GUILLERMO
Otra profecía que me anime. Mando a castigar el desacato y ya toda dilación
burla con ventaja la prisa de mis dones…
La bruja, la bruja de mi padre, que de mi abuelo fue doncella. Que venga la
repulsiva bruja a advertir su ombligo a la otra mitad del cuerpo vigoroso,
hasta la cabeza que todo lo calcula. Si antes la espada me describió el orbe,
mientras al galope iba cabalgando, ya pienso que es mejor que en adelante la
cabeza ciña la corona.
(Oscurece)
Escena 5
(En el bosque)
QUIRIMA (cantando)
¡Adonde una verdad fácil engorda
La mentira ojival tallas nos borda!
Así, pues, diligente costurero,
En el sitio vestisteis la traición.
Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando las manos)
De talla entera y desnuda. Sí, señor… Ay, con una canción de doncella, y
cuatro dientes de ajo cariado, se hace reír a una jorobada. Con una canción de
doncella y unas plumas de cuervo se puede volar hasta el balcón de una fogosa
viuda. Con una canción de doncella y una doncella se adivina la edad de una
doncellueca. Ay, pero nada para mis
huesos de vieja, que arden al calor de una extinta juventud, se puede hacer con
una canción de doncella. Con una canción de doncella pruebo el acre sabor de
mis desdentadas ponzoñas… y el resinoso estribillo repite la acritud de mi
saliva.
(Ríe)
A muchos he malogrado, bien al dejarles cojitrancos, bien al apagarles la
sed en un candelero; mal por consagrarlos a un himeneo pernicioso, mal por
reservarles un hijo díscolo y torcido… Sí, si yo fuera ciega el mal de ojo
vería por mí, y tan bien hallaría mi camino, que ya verían quienes a tientas yo
le guiñe un ojo. Tantas recetas para tantos males, tantas conjunciones para
tantas curas… Pero, Quirima, conciliad la fórmula que os desate los nudos de
vuestros dedos. Mirad que a un dolor me ligan, como el pastor ata su oveja
descarriada.
(Examinando las especies en derredor)
Es muy temprano para untar rocío en mis rendijas. Esta parra bien puede
eclipsar al paraíso y así regir un horóscopo verdadero, mas en este paraje sólo
taparía mi vértice marchito. Ay, qué vieja estoy…
(Cantando)
Plenilunio de la fama,
Tienes punto que menguar;
La vieja por buena dama
Ya no quiere por ti espiar…
(Reparando el pimpollo)
Este cogollo es acre y os frunce la boca como un culo apercibido, y sólo al
sesgo alivia los dolores en el solsticio de una intemperie.
(Con un ritmo íntimo)
Ay, si al agua clara y quieta tuviera que ver mi rostro… pero si dejo caer
una lágrima, tan pesadas como suelen ser las mías, corono mi llanto con sus
ondas, púrpura que no le sienta al ahogo de lo que se asienta en el fondo de
mis sales.
(Pausa, aguza el oído)
Callaos, alguien se acerca.
(Guareciéndose tras el árbol)
¿El rey, que manda tal heraldo, con vivir su profecía no se conforma? Pues
mejorarle el porvenir quizá le costará comprobarlo hasta su muerte…
(Aparece el heraldo en escena)
HERALDO (acercándose con reserva)
Bien, aquel ha de ser el tronco, escalofriantes desde acá, el ulular de su
silencio. Mirad que rugosa corteza, tal si inmóviles escarabajos se rezagan en
el ascenso. Estoy en calma. Respiro con regular sucesión, y a la calma de este
bosque glorifico mi vaho. No digáis nada que os perturbe, no recordéis
supersticiones ni nada que por nada algo se le parezca. Qué bonitos insectos son aquello que no veo, si os mato es porque no os
veo, mas la ceguera os rinde un merecido tributo… creedme que no soy malo, mi
maldad no es la que os encuentra para vuestra desgracia, es la ignorancia mía la
que yerra en vosotros. Pero no, ni siquiera es ella, pues con qué abnegación me
acunó para bien de cuanto debía saber. Ya que no el bien en cada desafortunado
paso, pues con bien sólo puedo convenir una mejor suerte, luego es la fiebre
que en vuestra tumba hinca su báculo; sí, insectos, es que soy mortal como
vosotros y el enemigo común ya nos espolea hasta la muerte… Callaos,
¿acaso no aceptasteis misión sin quejaros? Pues id según lo dicho. De cierto no
he llegado tarde, pues no se agita mi respiración y con sosiego soy impuntual a
cualquier retraso que me instigue. Calmaos, estoy bien, es sólo la hojarasca la
que cruje, no mis huellas. ¿Qué serán esas hojas que cuelgan de sus ramas,
acaso conjuros que anuncian una floración?
Callad, hombre…
(Castañeando)
Hache, hache, hache, hache, hache… Callad, hombre, pero si la hache es muda, mudo os dejaré de un
hachazo, y luego mudo semblante… ay, si con la misma hacha pudiera truncar ese
terrible árbol. ¿Qué digo? No dije eso; el eco me remeda mal. Callad, no digáis
más, mas es justo que hable conmigo y me aconseje un poco, antes de emprender
un silencio arduo.
(Camina en sigilo. Al descubrirla el Heraldo se tiende
temeroso y cierra los ojos)
QUIRIMA (quedamente)
…Mas los ojales, mis sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
(Tronando los dedos)
Antes que los acordes de una doncella, o un consejero melifluo, necesito un
par de huevos hueros que a mano izquierda se agríen.
(El heraldo abre los ojos apremiantes)
También una garganta atragantada hasta los ojos, luego vapor al espejo de
quien muere en una noche de fiebre y, en remate de un despecho, zapatillas de
un diligente heraldo.
(Bostezando)
Con esa cocción mañana reviviré a quien mutile…
(Cantando mientras dormita)
Para qué en ola te hincas,
Que en tus pies no calza huellas,
Mientras en calma resuellas,
Pues otra por romper brinca…
(Oscurece.)
TELÓN
A C
T O I
V
Escena 1
(En el banquete. Comensales y criados)
GODOFREDO (presidiendo la mesa)
Señores, bienvenidos. Ocupad el lugar en que se ocupe vuestra partido.
Allegaos, pues, a mi mesa, que en ella presidiréis vuestra parte sin que os
importune mi hospitalidad. Este techo, que se cierne como el cielo, os guarda
de otros para cuya intemperie patéticos augurios convocan las estrellas. Os
digo porque quienes no comen con vosotros tampoco atestiguan vuestra heredad,
ni la franqueza con que os dedicáis a vuestros límites. Mirad los manjares que
os aguardan en una vigorosa orilla, ¿no son acaso frutos de vuestros
labrantíos? Cada vianda, fiambre, pan y licor, ¿no han derivado de la jerarquía
de vuestras casas? ¿No habéis tributado al rey con lo que aquí cesa en
conmemoración de súbditos devotos? De
cierto os digo que quienes con su desapego se aferran a la duda de su ayuno, se
perderán en el naufragio, y en el afán pretenderán vanamente la espuma que
vuestros apetitos ya presiden. Pues harto acreditada ha de pareceros la
incertidumbre en la facultad absoluta de su tiranía, porque sus reglas no
sorprenden a nadie cuanto que es la ausencia de excepciones a la que de seguro
no se le consigue acomodo. De lo que os
agasajo, bien sopesaréis vuestras virtudes. ¿Qué ocasión superior no bendice la
afinidad de nuestros votos divinos? Mirad el cielo ahora, que afuera y al
través de esos vanos os muestra las sutilezas ricamente bordadas con tanta
industria. Apenas los ángeles son vestidos de la misma suerte. No os constipéis
cuando la luz refresque vuestros ojos, ni toméis de pañuelos los escudos que se
bordan en esos vértices. Si os encandila discernir sus milagros, si os
enceguece con su revelación y sus auspicios, entonces a tientas buscad lo que
al paso os conviene ver en su esplendor. Señores, a regir habéis venido, por
eso os hablo de asuntos comunes y os oigo al pronto de vuestras preguntas. Heme
aquí, cierto es que entre vuestros codos hinco los míos en oración. Como
vosotros, la fe me une a mis amigos.
UN COMENSAL
A vuestra mesa comparece también vuestro mejor juicio, señor; contento
estoy de completar, junto a vosotros, el pueblo cuya diligencia discuta y salve
nuestros límites.
GODOFREDO
Me alegro por vos.
ALFREDO
Quienes eligieron el atajo de un rumor, acaso ahora se rezagan para contar
a nadie su baldío testimonio. La premura cedió sitio a la inmovilidad, y sólo
esa ventaja los acomoda en nada. No obstante, señores, poco conviene que
omitamos el partido de sus ausencias, porque incluso ellas incumben a esta
mayoría. Nuestros apáticos vecinos les cuadra, eso desde luego, ser adictos al
lado que los haya de salvar de su propia obstinación. Es una consagrada ley
entre los hombres leales precisar un código universal. La minoría también nos
completa, pero nunca debemos permitir que nos socave.
(Con cómplice mirada se entiende con su padre. Aparte)
Ya cumplí con el banquete. Ahora el banquete ha de cumplirme. De cierto que
no falta quien, mirando con el rabillo de su ojo ciego, se ha de sentar para
siempre, y aunque no le siente mucho su ataúd envarado.
OTRO COMENSAL
Mi opinión no me inclina a ninguna discusión
antes que la asamblea de ordinario nos acalore. Aquellas sesiones administran
legajos que contraemos y la desavenencia con las cuales rara veces colindamos.
Dejemos, pues, que allí se censuren las demás mociones.
GODOFREDO (condescendiente)
El rey presidiría una opinión similar.
(Aparte)
Cuando vosotros seáis vuestros iguales.
OTRO COMENSAL (A Godofredo)
Permitidme, señor, que al cabo
de lo que vuestro hijo dijera, eche de menos a quienes vuestra hospitalidad
extraña; pues, según la ley de asuntos comunes, también suscribo mi parte.
GODOFREDO
Acertáis, pues igual son de todos nosotros los asuntos que nos unen; sólo
que mayoritariamente es de nuestra opinión el que ese todo comprende su
propósito, ya sea porque lo haga sin que de ordinario nos acalore para despecho
del rey.
(Le devuelve la mirada a su hijo. Aparte)
Ya sabré apretar el nudo, según un código universal.
(A la concurrencia)
¿Qué no nos comunicaría más estrechamente que el agua, señores? ¿Acaso no
habéis visto que los ríos se suceden sin parar un punto? La sed, en cambio, ¿no
se detiene a abrevar en los arroyos?
ALFREDO (aparte)
También en copas envenenadas.
GODOFREDO
Pues que las espigas de nuestras cosechas concluyan lo mismo unánimemente. Reguemos los brotes con la misma agua del
vecino; luego las espigas dorarán nuestro reino con el mismo oro.
OTRO COMENSAL
Os he de secundar sin parar un punto.
(La concurrencia asiente en murmullo)
GODOFREDO
Antes que el ánimo del contrapunto se incline a abrevar precipitadamente,
os digo también que debemos contribuir a una recluta más animosa. Aún de la
corte no se ha recibido lo que se precise, ni los efectos con los cuales a los
hombres se les ordene según sus vestiduras. Mas, es verdad, ya la perspicacia
del rey tasa esas cuentas, así conviene que nos adelantemos, ya que no con
mesura, con generosidad.
UN COMENSAL
¿Caballería?
GODOFREDO
Sí.
UN COMENSAL
¿Aún más?
GODOFREDO
¿No alcanzáis a ver que, tras los ventanales de vuestras pesadillas, un
dorso se vuelve con fiereza, y su joroba que cabalga aún es desconocida para nosotros?
¿Qué sabemos de ellos, que no sea lo que los muertos extranjeros no nos
alcanzan a decir? ¿Es preciso, entonces, que nos demoremos entre quienes no
suman ni para resucitar?
CLEOFÁS
Ciertamente es una preocupación que en rigor estima el rey; dentro de unas
semanas ya su juicio contará los votos.
OTRO COMENSAL (entre el murmullo de aprobación general)
Y su sequito le escolta…
(Un criado se adelanta a escanciar el vino)
UN CRIADO
Señores.
(Alternativamente rebasa una a una las copas)
ALFREDO (aparte)
Poned la pócima en su copa, y que en ella florezca lo que se cultivó en
tierra… y que la muerte coseche los estériles higos.
(El criado escancia en la copa de Alfredo)
Brindo por eso.
(Bebe.)
GODOFREDO (levantando la copa)
Brindo con vosotros. Si antes os dije que mis codos, entre los vuestros, se
hincaban en oración, ahora elevo el brindis de mi copa hasta la fe que nos
incumbe a todos.
TODOS
Brindemos, pues.
(Beben)
UN COMENSAL (catando afectadamente)
El alma de nuestra vid, qué
bien nos hará ver doble el paraíso.
CLEOFÁS
Ya os dijo Godofredo, faltaba que con probarlo hubierais de probar también
lo que tanto se os dijo a vuestra salud.
ALFREDO (aparte)
Nadie cae, ay, soy yo quien ha sorbido… lento es el veneno que me mata; con
tardanza llegaré a odiar a mi Violeta. Mejor ir por ella, cruel, traidora… ay,
violeta es la vid en que confié, y no ésta…
(A Godofredo, conteniendo su malestar)
Padre, el buen vino ruboriza la resolución de mi cansancio. Permitid que
salga a tomar un respiro…
(Aparte)
Hondo estertor, dadme el aliento de morir del otro lado.
GODOFREDO
Que esta noche sublunar refresque vuestros desvelos, mas volved cuando ya nada
os retengan. Mirad que al amanecer es la alborada…
ALFREDO (aparte)
Y también mi ocaso… ah, padre, vedme partir a la luz de mi menguado
entendimiento…
(Sale)
UN COMENSAL
Bebo hasta al fondo por la abundancia.
GODOFREDO
Señores, con las cuencas de esta ceguera brindamos, con nuestras cuencas
doble veremos el brindis. Y doble ha de ser, según ya salta a la vista, si
vaciamos los ojos que no nos ven…
(Todos ríen y beben. Oscurece)
Escena 2
(Cerca del viñedo, en la oscuridad)
ALFREDO (dando tumbo)
¿Adónde me lleva el tiento de este tósigo que en tierra aún no echa raíces
y afuera ya despunta entre fulgores? ¿Adónde voy si el atajo de una copa me
embriaga dolorosamente? Sí, marchad, Alfredo… al frente daréis con la joroba
del monstruo que en blanco os hace mohines. Si una fuerza, terca en su
disminución, pugna con su pobre esgrima los rincones que ya gana la ponzoña,
que sea para inocularos vuestro germen de venganza con esta púa, mujer.
(Esgrime una daga, la deja caer.)
Ay, Violetas serán las flores de mi sepelio; más que honrado con el luto de
mi enemiga, seré burlado con su rubor. Ay, si mi pulso siquiera alcanzara a
desflorar su impune sonrisa. ¿No pasé
noches tumultuosas en lechos en los que la retama de mujeres ajenas endulzó mis
labios? A ingentes peligro escapé, y un peligro enmascarado con la inocencia del
ultraje vengó mis otras evasiones. ¿No fui quien con los velos de sus ardides
eclipsó la luna en pos de regir un falso horóscopo que me salvara de las
turbas? Ahora heme aquí; bajo esta brillante luna cojeo, repto o me arrastro en
la figura cambiante de un signo adverso que siempre me comprende. Nueve meses
me trajeron a tierra, y el calendario, que sobre este mismo ras mis huellas
acompasa, rematará sus nueve meses en una edad que me amortaja. ¿Qué es un
cautivo? Contestadme, que por el anonimato se os birló, y así os aludieron sin
falta. Con cuánta soberbia mellé las dudas de mi orgullo, así he de memorizar
las rimas de un epitafio urdido en contra de mi propio cautiverio… ay, no sabemos qué fronteras comunes miden la
talla del sudario. Violeta… sí, en un tiempo le dejé libre, y no cupo en
presagios míos… entonces en sus abrazos sacrifiqué mis besos, y mis fogosos
brazos abrasaron ocultas sus abominaciones. Todo en ella era simple como su
vengativa fe, pero yo conseguí solazar mis párpados, acaso ya plenos de vicios
vigorosos; así, a mis deleites, con
brusco y nocivos acordes excitaba. Así me sustraía a un horario trémulo y
ambiguo. Ay, tras su fraude, la crudeza del espacio irresoluto… y mis vicios y
mis costumbres de bruces me embotaron; todas las oraciones en vano señalaron,
alzadas al cielo como lápida anónimas, la traición… Mas no es ella la culpable
de la costumbre, de la inquina desenvuelta en la rudeza. Fue mi carne que
sonrío hasta la dentadura de un loco. Mi mano, que hubo eclipsado a muchos enemigos,
no puede amordazar la herida intolerable. No hay justicia cuyas escaleras
prolonguen oficios fuera de mí; pues mis culpas con mis daños las engalano
(pues mis culpas con mis daños son engalanadas) y mi nueva estancia —moda
terrible que corresponde a mi semblante—
con la partida de ella, y no con mi marcha inaudita que es castigo, la
he de santificar…
(Aguzando la vista. Entra Flora.)
¿Qué veo, otra silueta venda mis ojos? ¿Es la sombra de la muerte que se
agranda tal mi pequeñez se acerca al fin? ¿Flora? Flora, infame, vuestro nombre
igual es hostil al bautizo vuestro. Con el acto más servil, traicionasteis
vuestra servidumbre. Vuestro nombre, de un rapto, deshonró la reputación que os
ungía. Infame.
(Cae)
FLORA (acudiendo presurosa)
Señor. ¿Qué decís, qué os pasa?
ALFREDO
Un dístico, vieja infame… ay, mas mi muerte no rima con mi venganza… lejos
estáis de que os ahorque…
FLORA
Ay, Dios, el veneno fue trocado, lentamente cambio sitio, y aun apegado al
parentesco; aunque son mis súplicas las que salven un incestuoso criminal…
tened misericordia de mí… sois la luz de Violeta, ella, para salvaros, os
hallaría a oscuras. Con ella escaparéis mañana… Miradme, no me evitéis, que
vuestros abrasadores ojos no aparten su lumbre de mis argumentos. Escuchadme,
no fue ella la que amputa vuestros lazos…
En el vientre un lazo más fuerte, os vengará de la infamia…
(Atrayéndolo a sí)
Escuchad… os traeré la devoción de vuestra amante; otra dosis del antídoto
vendrá con las artes del desvelo… Calmad vuestro ardor, si el veneno ha
demorado en el punto en que la prisa de encontraros tan tarde me trajo a vos,
es porque de cierto os salvaréis muy pronto. En dulces brazos, cuya ausencia me
amargarían para siempre, despertaréis…
(Sale Flora. Oscurece)
Escena 3
ALFREDO (delirando)
Violeta, lanzas despuntan en flor… Un reino de mañana… un reino que… Una
daga os predigo para vuestro seno… La empuño por última vez, con fiereza
tiembla en mi mano, póstumamente le empuño como hubiera empuñado el cetro…
decidme… No, no, no supe si era su beso aquel roce que engañaba mis labios, o
si era una cifra impar que prolongaba el ruinoso testamento de mi boca. No supe
si dormía sobre mis labios que antes por nada habían de blasfemar, o si era su pesadilla
que besaba ésta, mi piadosa boca con la cual le rendí juramento… Hombres
pintarrajeados los veo venir… en mi profecía deliran… y se pintan con los
colores de mi fiebre… quién sois, quién anda tan temprano, ¿la que tarde llega?
O más bien venís a confirmar mi fin, justo en este instante perdurable… Veníos,
que tiemblo con la daga… y llegáis por
fin…
(Entran Violeta y Flora)
VIOLETA (se echa al regazo de su amante, le hace empuñar la daga)
Tomaos, pues, de ese fiero báculo y tantea en mí la verdad, pues
verdaderamente os amo y el báculo de vuestra ceguera aquí, en mi seno, es el
cetro que el puño mío no ha de reñir. Venid, que no soy vuestra enemiga. Jamás
he de malograros… jamás, que es cuanto he de profetizar a vuestros enemigos.
Ay, las palabras, aun en defensa vuestra, me traicionan…
(Estalla en sollozo)
Señor, por él fuimos timados. Mi veneno era veloz, mas aun por su arte lo adulteró.
No sé si maldecir a las huellas que de ese modo a vuestra inocencia dieran
alcance o si bendecir ese rezagado punzón, cuya tardanza, ay, también escolte
la cura. Ah, hora aciaga que pende de su enlutado sol…
(Pausa. Sollozando.)
Mirad, mujer, como la ponzoña se ha vuelto en contra…
(Severamente)
¿No fuisteis vos, quien extraviada como una abeja palaciega, inoculasteis
el veneno de mi miel? ¿No instruisteis vos, según recomendasteis vuestro
oficio, la rima con la que muriera el monstruo? Mirad qué equivoco refuta
vuestros dones; mirad cómo me afligís con vuestras artes y promesas. ¿Acaso
dejasteis que un desprevenido cocinero improvisara, a la sazón del tirano, la
sazón de otra dosis y otro puesto?
FLORA
Tales dudas, niña, también me afligen, mas, estando contenidas en vuestras
preguntas, os respondo con el amor que jamás os ha sido infiel. De cierto que
no se me ocurre cómo pudo trocarse las rimas. No sé qué lira aguzo los dardos
en otra dirección. Pero de cierto os digo, y aun me guardo de sus móviles, que
Godofredo no pudo entrever tal cifra adversa.
VIOLETA (ensimismada)
Callaos, mujer… que vuestra garganta de corneja no proclame vuestro pecado.
Qué maldición podrá en verdad censuraros al fin.
(Atusando los cabellos de su amante)
Ay, si al menos su silencio os arrancara la voz unida con la maldad que la
produce.
FLORA (sollozando)
Niña, me laceráis; pero pisadme que mis heridas besan vuestros santos pies.
A fe que él no morirá. Si en la cocina se aderezó por yerro a vuestras
lágrimas, de cierto que yo misma, ya sin demorarme en lo demás, os he de
indemnizar por todo lo que os haya afligido, así tenga que guisar el llanto de
un Dios insensible para sostener el vigor de mi juramento. Niña, conozco una bruja
que doncella fue de un rey… muchas fueron las mañas que unas vecinas
aprendieron de ella, y todas las argucias que aventajan a sus pupilas os
servirán para libraros de este trance. Ahora mismo salgo a buscarle… ya os
traeré vuestra salvadora, así no salve mi alma en el encargo.
(Sale)
VIOLETA (apremiante)
Sí, sí, sí… Anciana diligente, que
Dios os acompañe en el camino de vuestra perdición. Marchaos, vieja… ganad la
bendiciones que os tributen un guiño a vuestra alma perdida.
(Volviéndose al regazo de su amante)
Como el fugaz vuelo de un pájaro, labrasteis un río con vuestra vida. A mi
vida como labriego distéis razón. Ahora una mala vid rebasa impunemente el
brindis que quisimos. ¡Qué importa los cálculos, más allá de los signos! ¡Qué
importa las rimas, si allá está el crepúsculo como braza, mirad que arde en la
ciénaga, es alba de cenizas ulteriores! ¡Oh, ciénaga de recuerdos, de verdades
y caras! ¿Qué tan cara cotiza la efigie su arenga, y cuánto la nariz que
respira flores babosas? Vos estáis tendido en la sombra de una luna clara, y
sobre vuestra sombra… una luna mas rutilante me turba. La memoria huye al veros
tan pálido, señor. Yo, sin embargo, os recuerdo vuestro juramento. No dejéis
que la muerte clave vuestra “eternidad” a los bordes de una mortaja ajena.
Dejad que los dolores, huyan por donde sus vellos erizados indiquen, no le
retengáis por fuerza de vuestro coraje. Que huyan de horror, de miedo… quedaos,
mi valiente. Cuidad que mi coraje os sea cómplice. Ah, con qué ceguera nuestro
propio veneno haya el atajo que nos mata…
(Oscurece)
Escena 4
(Alrededor de Alfredo)
VIOLETA (interpelando)
Contestadme con vuestro nombre.
(Entra Flora y Quirima)
FLORA
Criatura, entre las enredaderas de esta noche, os encontré a quien cambiará
la pena vuestra por la mía. Esta anciana, docta en mezclar un mundo cuya
promiscuidad es hostil, también conjura los rescoldos de enfermedades venideras
y aviva de lo extinto la lumbre de un buen entendimiento. Confiad en que su
arte aventaja al mío.
QUIRIMA
Buscaba una vid, en cuya raíces plantar una planta espinosa; suerte tenéis
de encontrarme en la flor de mis viejas plantas.
(Aparte.)
Como no había de conocer la profecía, si tengo tino para las coincidencias.
VIOLETA
Venid, venerable mujer, socorred a mi amado. Mirad que la muerte compite
contra vuestras virtudes, y con ardid os ha tomado ventaja. Venid, poned sobre
su pecho un corazón de ruiseñor enamorado, ungid su frente con los óleos de una
encina, hacedlo despertar con el tenue pestañeo de un águila, sacrificad el
fruto primogénito de una piadosa castidad. Decidme cuántas noches de oscura
luna lo debo amantar cuando a su vástago alumbre; ay, mujer, juntad a vuestro recetas
las lágrimas que vierto en esta hora infausta…
QUIRIMA (con senil parsimonia)
Hasta este sitio bien puede cogerlo la muerte, en una puesta tan rezagada
no puede yacer; cerca está de la alborada que un fin principia para perderlo.
Sí, la muerte le persigue, ya tatúa el revés de un ombligo. Mas de cierto que
si lo lleváis lejos, sólo mis ensalmos allanarían una rozagante piel. Calmaos,
señoras. No temáis, no morirá.
FLORA
¿Adónde ha de llevársele?
VIOLETA
Donde haya de ser, ya en el sitio mis esperanzas me esperan. Démonos prisa…
(En confidente aparte.)
Ay, aunque el mal entre vuestros bienes me extraviare, el sendero del
retorno vuestro encontraría.
QUIRIMA
Debemos llevarle a mi cubil. Es un altar lejano adonde la muerte sólo llega
para rogar misericordia.
VIOLETA
Misericordoa no tendrá.
QUIRIMA
Estará bien, el bálsamo del camino le aliviará el tortuoso trecho. Allá lo
dejaréis, que antes de que el sol centre el cielo de mañana, os buscará con sus
propios pasos. Tomadlo, entonces…
FLORA (aparte)
Es la cruz de mi desdicha, mi niña…
VIOLETA
Dulce peso, endulzadme con vuestra cura…
QUIRIMA (aparte)
Como pesa la amarga venganza.
(Salen. Oscurece)
Escena 5
(En el bosque, allí el cadáver de Alfredo)
QUIRIMA (echando repollos en el caldero)
¿Es un hombre belicoso el que quiere ser salvado? ¿Quién toca la puerta de
mi cubil con sus huesos? ¿Ya muere quien quiere que una mujer le quiera tan vital
como ella está? ¿Es simpático el señor? ¿Ceñís ceño como un culo senil? Pues no
me guiñéis así, que me caga veros tan serio. ¿Qué le decís al espejo que
empañáis? Si pudierais ver el hervor de este cacharro, responderíais cuando
poco una pregunta a la cocinera que divertida os está interpelando. ¿Sabéis que mermo aquí una
cucharada vuestra? No sé si también tengo que recordaros vuestra memoria con el
mismo oloroso veneno que os serví. Sí, caballero, así de servicial figuro mi
papel.
(Ríe)
De tan allá se llega sin recordar el acá, acaso acaecido antes de volver a
caer en suerte. Y antes de vuestra hora os hubimos traído a rastras, hombre. Un
trío de mujeres os trajo, un trío que a dúo os lloraba, pues yo en silencio
completaba otro dúo. ¿Vuestra duda no lo recuerda? Pues os cuento, señor, que
las espinas, la hierba rasante de flores violáceas,
la maleza perfumada por el rocío, la dureza de los escarabajos, en fin, toda
esa combinación de vuestro trayecto os puso un ensalmo anticipadamente. Viviréis,
es justo que un antiguo amigo lo crea antes que parta a regir su fuga. Ay,
pobre hombre, éste que ya se topa con sus huesos. No hay magia, verdaderamente
no la hay, en los lujos del palacio, tampoco es tan difícil de creer que ahora
mismos estos muros cerquen al pobre rey. Es su cabeza la que le abruma por
doquier, piense o no piense mucho.
(Otra vez con el convaleciente.)
Reviviréis en un espectro, si no vivís por este caldo. Mirad el vapor, así
os levantaréis si toda vuestra sustancia se consume en el fondo.
(Mezcla, toma una cucharada que hace verter)
Mirad. Soy tan encorvada que la luz acorta más mi sombra. No os disgustéis
de mi charada, hombre. Alguien os tenía que amenizar el trance. Ah, os digo que
como prenda de un sacrificio vinisteis, por una venganza filial seréis prenda
para mi enemigo. No temáis, ya no incumbe vuestro miedo en la receta, pues
estáis perdido en la tabla donde os encuentro perdidamente enamorado.
(Prueba el caldo de la cuchara)
Si aún no os ha llegado la pestilencia de este vapor, es porque,
desfallecido en esa yacija, os enfrentáis a vos mismo; con vuestros estertores
empeñáis la imagen vuestra. Mirad, ya llega quien había de venir… No vuestra
amante, por cierto…
(Entra Guillermo, escoltado por el heraldo)
GUILLERMO (a tientas, el heraldo lo escolta con igual suspicacia)
Quirima, veo el humo pestilente de esa caldera, y si no supiese que
vuestras deformidades se calcarían en un vívido espectro, os hubiera de creer
muerta. ¿Donde estáis?
QUIRIMA
Al fin vinisteis, muchacho, tal os dije en vuestro techo…
GUILLERMO
Aquí estáis, tal prometisteis en mi techo…
HERALDO (aparte)
Ya prefiero la intemperie o la deserción… mas es pre-fiero quien de
antemano me recluta, luego las amenazas me obligan en pos de él.
GUILLERMO
Así que teníais que vaticinar en vuestro dominio. Basta que vuestros
augurios sean contrarios a estas mezclas. Mirad que un cielo constelado de ajos
y cebollas eclipsan la estrella del fragante amanecer. Cuidaos de que según esa
extravagancia tengáis que mejorar mucho el cuadro. Vieja, traigo conmigo a un
cobarde, más decidme, ¿qué opuesto séquito escoltará mi regencia de hoy en más?
QUIRIMA
No desesperéis, ya os conseguí la prenda de vuestro sacrificio.
(Les devela el cuerpo tendido en la yacija)
HERALDO (aparte)
Qué sacrificados son…
GUILLERMO
Un muerto también precisabais, ¿no os bastó con los que mi espada hubo
sumado a vuestro albur?
(Reparando al cuerpo)
¿Desnaturalizada sois que quitáis las prendas de un noble extranjero? Luego
más allá de toda naturaleza mi trono regirá… Eso me hace justicia, pues con mucho
ahínco he encumbrado mis rodillas a un altar propio.
QUIRIMA (aparte)
Vedlo bien, que no se os olvide el rostro de un desmemoriado. Ningún
escrúpulos tengáis, que él no ha muerto; mas por salvarle, reinaréis lejos del
tumulto…
GUILLERMO
Me decís, vieja, que sólo un milagro vuestro me puede favorecer; luego he
de resucitar un mundo si esto demora.
HERALDO (aparte)
Dios quiera que un milagro nuestro nos reúna con Dios…
QUIRIMA
Es vuestra prenda de sacrificio, muchacho. Fue un milagro que le hallara
tan cerca de vuestra frontera. Las prendas que quité de él, hasta por su
doliente se me encomendaron, os podéis imaginar la suerte con que tintineaban
esos escudos, cuyos perfiles le han dado la espalda a este infeliz y sólo han
encarado el fondo del caldero. Luego todo es contrario a como lo distingáis; si
que lo sabréis a la sazón de vuestro juicio… acaso ahora no veis un cielo
constelado de ajos y cebollas. ¡Que no se os olvide el rostro de un desmemoriado!
GUILLERMO
De cierto que mi memoria recordará vuestros dones.
QUIRIMA (aparte)
Ese será vuestro don.
(Acercándosele)
No temáis; no tenéis por qué temer. Sólo de milagro vuestro rival salvará
su prestigio.
(Mirando el moribundo)
Ahora falta que le dé a beber un remanente nauseabundo. Un vomitivo que le
haga volverse con la misma virilidad con que habéis de regir. Id en calma, y
llevaos a este testigo…
(Aparte)
Mas vuestra prenda es mi rehén…
GUILLERMO
Vieja, vivid para que veáis en mi sucesor mi propia voluntad. Quirima, que
el espectro de mi abuelo os desflore otra vez; nuevos pétalos necesitáis para
vuestra ciencia.
(Salen)
QUIRIMA (deshoja una flor sobre Alfredo)
Muchacho, yo también deshojo una flor por vos…
(Volviéndose al rehén.)
Marchaos al arrollo, y seguidlo contrariamente. Cuando lleguéis al punto
donde abrupto se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un
deshojado trébol, allí os detendréis…
(Ríe a carcajada.)
Qué os instruyo, si vos no tenéis memoria sino para vuestro sueño.
(Oscurece.)
TELÓN
A C
T O V
Escena 1
(De camino a la corte)
HERALDO
Mi señor, estas soledades bien son para el solaz de mis fantasmas, pues se
me figura que la imaginación tiene afinidad entre las sombras que distingo.
Mirad en los montes grotescas caras al acecho, y, en los fragantes pimpollos,
colmillos de bestias insaciables. Esa piedra fue descorazonada por la bruja...
Qué demacrada se ve, ah, cuánto ha de dolerle perder la porción sensible. Las
siluetas que tiemblan más allá de aquellos montes, ¿las veis? De cierto sacuden
el pelaje de una bestia que reposa de bruces. No sé si tiemblo, mi señor, o es
que me conmueve un hálito venido de muy adentro.
GUILLERMO
Callaos, insensato. Mirad que mi espada os puede dejar a solas. Si preferís
hacer de místico, yo, de un solo tajo, os hago dos para completaros en algo .
Ya habéis atestiguado vuestra parte, poco os queda por ver que no sea el sitio
en que caigáis.
HERALDO
Perdonad, más el silencio no interrumpe mi retahíla.
GUILLERMO
Pues callaos por miedo, insensato.
HERALDO
Sabed, mi señor, que el sitio en que mis ojos sueñan caer es donde vos
despertéis para señorear otro día de los muchos que vendrán.
GUILLERMO
Mas la misma lengua que os defiende, os puede vendar los ojos. Así que
cuidaos de no hablar hasta el punto en que un sueño ciego vaticine a tientas un
sitio más cercano para vos.
(Tienta con la espada)
Digamos que aquí.
HERALDO
Mi rey, aquí viene un soldado de vuestra corte. Miradle, viene herido…
(Aparece Cleofás, acosado por su vertiginosa imaginación)
GUILLERMO
¿Cleofás, con aparejos de guerra?
CLEOFÁS (se postra ante el Guillermo)
Mi señor, que Dios os salve. Por bendición, el haberos encontrado me da
razones. Oh, señor, no sabéis…
GUILLERMO (en un solo grito)
Contad.
CLEOFÁS
Una calamidad pintarrajeada por doquier abruma la corte. Una máscara guiña
un ojo detrás de los coloretes.
(Recita el parte ininterrumpidamente.)
Bajo este mismo sol una horda de bárbaros nos mata. Apenas cubierta de
jirones, son más salvajes que los animales de donde sacaron tales pieles. Vinieron
quienes al amanecer cayeron. Con la fiereza de la espada, entre los pastizales.
La caballería no pudo contra tantos dardos. Sí, os dije que una máscara había
guiñado un ojo detrás de los colores… Ah, me ruboriza más confesaros... La
noche anterior convocó a sus pares a un banquete; en él brindó por la
obediencia, embotando los rubores de quienes habían concurrido al Partenón de
partes pares. Se dispersaron todos a purgar con pesadillas los rigores del
vino. Al amanecer, cien caballos de Troya relinchaban en nuestros enrojecidos
ojos. Ceñí espada como muchos, mas el tránsfuga, según su plan, se contuvo
hasta volverse contra nos… Ay, cada vasallo se le dio caza en su casa. Yo,
apenas con este trunco filo que veis en mi mano, combatí el doble filo de
Godofredo. Puesto que no pude vengar la traición, escapé por el marco… Ay, el
mismo marco a través del cual el perverso defenestró mi linaje… Majestad, sólo
las ruinas llevan la lumbre en procesión, y ninguna abrigador luto ha de
cubrirme ahora… y el fuego por doquier…
GUILLERMO (aparte)
Ah, bruja infame…
CLEOFÁS
Señor, mas el hijo desertó a los designios de su casa, y bien puede
serviros si lo encontráis al margen del tumulto. El encolerizado padre lo
maldice, lo cree del lado vuestro. De no haberos visto sin él, yo no hubiera
contradicho al padre, mas el hijo ha de cuidar que su celo parricida sea tan
verdadero como quien lo engendró. Alfredo viene de lejanos predios donde se
viste sólo con fachas guerreras, y se lucha hasta con los alfileres de los
sastres. Ha sobrevivido a la ponzoña de innumerables duelos, y aun una mentada
bastardía le ha dado fama y nombre entre los bárbaros. Bien puede sofocar la
vejez de un belicoso.
GUILLERMO
Ah, ¿qué insignias llevaba el hombre? ¿Qué distintivas señas podría ceñirle
según su condición?
CLEOFÁS
Según testigos, ya muertos, salió del banquete con unas calzas de volutas
cobrizas. Animales de estepas le ceñían la cintura, señor. Ah, no me digáis que
le habéis visto huir entre los matorrales, como los animales que llevaba al
cinto, en lugar de ceñir su rol.
GUILLERMO (fuera de sí)
Vieja infame… Monstruo de cornamenta; súcubo que se rebaja en cuclillas,
que repta y se arrastra mientras lame la pútrida miel de su degradación. Dos
generaciones esperasteis para volveros traicioneramente. Las maldiciones acunan
vuestra ilegítima ley, mas la legitimidad de mi abuelo os irrumpe el sueño de
un tajo, aquel que no podéis olvidar ni con las castas flores que cortáis a
orillas del Leteo, y para el cual estaréis eternamente esclavizada a mi
perdición, como lo tuvisteis a mi pasada estirpe. Que sea el rapto de mi abuelo
quien vengue este oprobio… Si os rebeláis, ya os revelo que pagaréis la multa. Ah, de cierto que no olvidaré el rostro de un
desmemoriado, pero os trocaré la memoria con la suerte de mi efigie.
Naturaleza, me sois hostil…
(Desenvaina espada, con ojos desorbitado)
Y vosotros qué veis en mí
turbación, sois del séquito previsto… cobardes todos…
(En vano se evaden y caen por los tajos de Guillermo)
Os rebano, os corto… mi espada tiene sed, mas en vuestra vil sangre abreva.
Ah, dadme un cazador de sacrificio, dejadme degollarlo…
CLEOFÁS (muriéndose)
Señor, una maldición te acompañe en mi lugar…
GUILLERMO (en un grito rebosante)
Ah…
(Oscurece.)
Escena 2
(En la estancia principal de Guillermo)
GODOFREDO (con fachas de guerra, sudoroso)
Ah, hijo, en tal hora me habéis abandonado. Os di la promesa de mi
porvenir, y de vos sólo la servidumbre de acompañar mi despecho. Os fuisteis,
cruel, amado, primogénito, pero que vuestra perfidia no contamine los méritos
de mi nueva prosapia. No, no, no; nada insano encontrará cuanto vos perdisteis.
Id y consumad vuestro germen en fronteras espinosas, coronad vuestra traición
con el oropel de la fuga. Ah, hijo, antes, con la calma de mis besos, hubiera
sofocado los rubores de vuestras fiebres. Contestadme: ¿acaso las raíces os
seduce con el vano perfume de las flores?
Decidme que es la gravidez de una fragante virgen la que os retiene
fuera de mi corte, la que os lleva de mi trono para justificar tal prodigio.
Que vuestra ausencia revele su mentís. No os privéis de una defensa tenaz; que
por estar lejos de mí, no estéis cerca de una inminente cobardía. ¿Qué digo,
Godofredo? ¿Con qué ardor he de justificar el sigilo del mal fruto? Mientras
más ardo en su defensa, más se aviva su traición. Mientras más grande el espejo
con que trato de duplicar mi esperanza, más lejos de mí él se atavía para un
empañado rito. Miraos en pie, hombre, lleváis las preseas de vuestro tiempo,
ninguna esterilidad os embota ahora, y si la tristeza de este duelo no os da un
retoño, es porque jamás se os traicionará de nuevo. Olvidaos de él, ya tendréis
familia, cuya persistencia en la eterna tierra os perpetúe…
(Entra Eliseo.)
ELISEO
Señor, permitidme que os tribute anticipadamente, mas os imploro que perdonéis
el que os haya de mezclar noticias inciertas. Os cuento que aún se desconoce donde
el cobarde rey pudo hallar su tumba. Muerto está, sin duda, primero lo estuvo
de miedo, cuando tantas antorchas encandilaban a su espada, seguro ya resucitó
en una pesadilla que lamenta. En el monte, a la intemperie, se encontrará el
epitafio que las escorias le tributen. Dignaos en vuestro título, mi señor.
GODOFREDO
Habláis de tumba, pues si una estocada no ha dado con el blanco, a la luz
de qué habéis de oscurecerlo más que la tierra que lo tape. Si otra acometida
no señala la deshonra, qué señaláis vos con ese tembloroso dedo.
ELISEO
Si no ha muerto, señor, ha huido, lo cual le va ser más largo que lo
eterno.
GODOFREDO
Teméis, se os ve en la cara. Ciertamente nunca habéis visto una matanza
igual. Ningún chiste distrae vuestra prisa, nada que mane una sangre tan roja,
como la que atesoráis dentro, os parece gracioso; eso es política, seréis un
buen ministro, tanto mejor si mi espada os hace guardar los votos. En cuanto
del antiguo rey, no soy sucesor. Fundo un linaje…
(Aparte)
Cuyo primogénito ya es proscrito. No, cuyo primogénito está por venir…
ELISEO
¿Habrá que conseguir a Guillermo?
GODOFREDO
De un solo tajo.
(Entra Efrén)
EFRÉN
Señor, delante de vos oigo la orden que fuera de estos muros cumpliré.
(Aparte)
Mas del otro lado me cago…
GODOFREDO
Venís conforme a lo que tenéis por decir. Hablad, hablad pronto, no os
quedéis a ras de vuestra huella.
EFRÉN
Aquí acato vuestro oído, señor. Os he de decir que por mucho que se hubo
buscado en el incendio, nada aprendimos que nos confesara un calor reciente.
Sólo nuestras antorchas dan forma a las cenizas.
GODOFREDO
Para fortuna del miserable habrá frecuentado su otro lecho.
EFRÉN
No, señor. Pues también sus
bastardos fueron arrasados. Un erizo de salvajes no dejó piedra en la simiente. Como veis, mi señor, Guillermo todo lo sacrificó; de cierto se vio perdido
y nos distrajo con su desgracia entera.
ELISEO
Entonces, ¿alguien le avisó del golpe, y entonces se escondió?
EFRÉN
Acaso un espía… Cleofás, mi señor.
GODOFREDO (pálido)
Ay, no… no fue Cleofás. Iros acostumbrando a la violencia de mis órdenes.
Marchaos… id y buscadme a Bonifacio. ¡Que venga pronto!
EFRÉN
Tal decís, señor…
(Hacen una reverencia y salen)
GODOFREDO
Traidor, antes hubiera sofocado los rubores de vuestras fiebres con el
sosiego de mis labios. Pero vuestro parricida abandono me desgarra, me desnuda,
me deja a la intemperie; me priva de agua, me relega a la despoblada sierra. Mirad
que mi ira os rebajará de la tumba que merecéis. Heme en el pedernal que
sobresale de la bruma. Apenas cubierto con una piel de cabrito, ahora os he de
profetizar: no mis besos paternales, sino el encarnizado pico de los buitres.
En un vientre más propicio engendraré mi verdadero linaje, y en el vuestro mi
más enconada maldición que os apremie un malogrado parto…
(Entra Violeta, ceremonial y erguida.)
Escena 3
VIOLETA (desencajada)
Aquí me tenéis, aun delante de mí le lleváis ventaja a mi venganza.
GODOFREDO
Violeta, venís a refrescar los esplendores que me abrasan, en
ellos tornaréis lo fatuo en fragantes árboles; y, sin mudar de cielo, trocaréis
cuanto me reserva mi gloria. Pero tanta violencia aún turba los predios, ¿cómo
es que la insensata Flora os descuidó? Bien supo la anciana que hoy iba
anochecer como un apocalipsis. No se me ocurre, sin embargo, sino que un móvil
leal le hizo obrar con diligente amor. Sí, a fe que del viñedo a acá ella os
hubo de instruir un venturoso atajo, florido y sereno, que bien os bendijera.
Pero ¿Qué os movió a salir sin mi aprobación, acaso la sensatez de haberos
corregido? No os interpelo más, ciertamente queréis regocijaros a resguardo de
mis placeres. Venid, mujer, bien calzáis las huellas que traen vuestra gracia
en volandas. Tan grácil os acercáis a mí, que compareceréis para completar mis
bendiciones. Con qué resolución se os ve venir. Lleváis en vuestra elevada
frente la talla de una reina, pronto entroncaréis con mi linaje. Mi reina,
vuestra venida anula todas las traiciones. Venid.
(Reparándole con cuidado)
El sol os dio un tono de miel; mas crepusculares ojeras os amargan
el bronceado. Vuestros ojos son de una
profunda belleza, mas se os ve a flor que las raíces de un disgusto reverdecen.
¿Flora ya os inoportuna? ¿Qué insomnio os perturbó así?
VIOLETA
No sé si es al rescoldo de vuestra frialdad que se merman mis vigores,
o si es al hervor de una infiel bruja que se agostan mis reclamos…
GODOFREDO
¿Qué decís, criatura? ¿Con qué secreto me interpeláis?
VIOLETA
Medusa fue de vuestro corazón contemplativa y adicta penitente,
que ya viéndoos en piedra viva, ay no vio la pobre, cuanto a oscuras viera, que
aun la muerte vuestro corazón a sus ojos le infundió. ¿Aún llamáis a quien conspiró contra
vuestra casa? Ah, sí, con helada sangre perdonáis mi inocente sangre, y en su
propio hervor habéis hervido a la mía. Sois un ruin en vuestra maldad, y yo,
armada con la opresión que me constriñe, os hice frente… ay, la clave de tal
desorden conocíais vos de antemano. ¿No fui recluida entre oropeles? Hostigada
por vuestro asedio, ¿no apuré la medida que en otro punto buscasteis rimar? Ya
conocíais que me conozco, y ese reconocimiento había de serme adverso.
GODOFREDO
¿Qué decís, mujer? ¿La tara de la demencia intercala sus larvas en
vuestra mente?
VIOLETA
Yo dispuse intercalar la ponzoña en vuestro festín.
GODOFREDO (aparte)
Una mente así de turbada no es de loco. Mucho de lo dicho afina la
cuerda de su acorde.
VIOLETA
Con el mismo aguijón que mi amado cómplice a tientas llevaba al
convite, le revelaría vuestro sitio a la mesa. Uno de los principales, premiado
por mis besos, dio en la cocina la receta de la dosis; mas, ay, el tiempo y el
lugar, trocados por vuestra perfidia, dio con el dulce perpetrador. Con cuánta
herejía busqué salvar a mi Dios, a qué oficiante tributé todas mis esperanzas;
pero a mediodía, cuando había de aparecer por sí mismo, nada más que el dolor
incierto me profetizaba su silueta tendida perennemente. Ya, proscrita, echada
del paraíso, con ardor me rebelo contra la redonda aureola de un perverso. En
mi dolor y en mi temeraria ira os desafío. Ay, que la redención de mis sienes
os honren, amado… que os honren, pero no por mi candidez.
(Encarando a Godofredo.)
No me turbaréis con vuestra fingida ignorancia ni con la
perplejidad de arrugas que ya os fustigan como yo. Mi venganza será gritaros
que os odio, que os odio como nunca podréis amar de tu ira un presagio.
GODOFREDO (tomándole
de los hombres)
Vuestra falsía responde por vos, y por perjurio del medio apeláis
a vuestra injuria, pero seré fiel cuando os imponga la condigna expiación,
mujerzuela. Sí. Reveladme el gusano que fue un breve cómplice para vuestra
impudicia, pues de cierto que su velado ardid, y no una argucia mía, obró en su
contra.
(La suelta y se vuelve)
Ah, cuántos rastreros cercené en su letargo; cuántos de quienes
tomaron mi vino los mutilé en su lecho de brebajes, de un solo sesgo, sin siquiera rabia; impunemente murió dividido bajo mi
tajo quien fue vuestro doble a mi mesa. A qué anónimo muerto ya llorabais
cuando yo le sangraba hasta morir. Nada me indemnizará, pues el daño que hice
no lo infligió una venganza, mas vos purgaréis con cautiverio la edad de la
cual me privasteis. Ay, será vuestra vida más bien la diadema que os
distinguirá para siempre, tanto porque querréis no llevar ornato.
VIOLETA
El dístico, apurado con vuestras rudezas, os hace justicia en
falsedad, pero no os aniquiló. La serpiente no se envenena con sus gárgaras...
GODOFREDO (volviéndose,
absorto en un punto fijo)
¿Habláis de una rima, rimero de deslices? Sí… El viejo cocinero,
parcial de adivinanzas, las emparedaba en galletas. Un retazo de otro papel se
me figuró ingenioso…
(Atando cabos vertiginosamente)
Sí, antes del banquete, una falta no callaba su partido, y a la
sazón le añadí una “h”, ya veo que de cierto la medida era la misma, pero el
medido era otro cuanto que puntual a su medida. Siendo la letra muda, qué había
de confesarme, sino a través de vuestro dolor con que enmudecéis ahora. Bien
sufrís un préstamo de lo que os sentencio en adelante.
VIOLETA (hundiendo su
cabeza en sus manos)
Cobarde… ningunos de vuestros cautiverios me será más hostil que
el desconocido sepulcro donde mi amado no birla su eterna pesadilla. En él estoy cautiva, mas en su oscuro seno
muero sin encontrarle nunca a él. Ay, si al menos a tientas hallara la púa que
nos vengue…
GODOFREDO (en
solo grito)
Decidme su nombre, os permito esa postrera ofensa.
VIOLETA
No tenía por nombre uno que así de presuntuosos fuera. Sólo los
despreciables como vos se jactan del suyo. Mandad a que me apresen si queréis,
yo prisión de un inocente soy…
(Lela)
Ah, debí señalar al tirano con la mortal espada, mas el encono me
relegó detrás de tantos medios, que muchos por finales eran. Así dicté una
epopeya que sólo tósigo alumbraba. Cómo no me enredé en tus patillas crespas.
Cómo no me perdí en vuestros botines para siempre. Cómo no seguí la venganza
con el ejemplo mío. Cómo no os aventaje para que me guiaras o por qué, si la
estrella funesta desde siempre fuese, no me quemé para vuestra antorcha
solitaria. Por qué os dejé, señor, ceñir desarmado esperanzas ciegas. Debí
tomar espada y señalar al tirano con mi puntería... No... Con lágrimas de gozo
ungí su frente clara y enjuague sus rojas patillas, encrespada con el
crecimiento secreto de los héroes.
(Se desploma)
Ay, amado… noble extranjero.
GODOFREDO (con los
ojos desorbitados, lentamente)
¡Hijo amado! Hijo, ciegamente os volvisteis contra vuestro padre,
y, por ir de luto mi despecho, ciegamente os censuré vuestra ignorancia
parricida, y la maldición me sirvió de báculo en tal mal tiento.
(Asediándole con gritos, desenvaina su daga)
Vos, sacerdotisa de monstruos alados… Ay, hijo amado, para cuya
ignorancia apurasteis el revés de un brindis. Y vos… y Flora… Ay. Ay…
VIOLETA (enloquecida,
aparte)
Ah, cuán desdichada de mí, por emparentar también con vos en el
dolor. Ah, el cielo me castiga: acorralada por tentarle, acorralada por rezarle
sin respiro. De un cercado incesto no podía escapar mi desgracia… Perdí mi alma con los trances de una bruja,
y así, desalmada, igual sufrí en carne viva la vecindad de la muerte, pero este
reavivado dolor me hace perder el rumbo hasta topar otra vez con mi alma, que
ya no es la mía.
(A lontananza)
Ah, vos, ¿su padre? Siendo vuestro hijo, también he de tasar en mi
vientre el término del luto…
(Quedamente, arrasada de dolor se yergue, aparte)
Fuisteis cruel, mi celadora, ya se me alcanza que por fuerza de
mis velos me celabais, y así guardabáis un deber según mi desgraciado derecho. Mas si ese mismo cielo me ha de apurar un
atenuante, me confieso solitaria, sin más desgraciado cómplice que mi amado…
(A Godofredo, resueltamente)
Cruel, que al menos en ese cerco no figure Flora. A siniestra de
mi marido, no fui yo diestra en saberlo nunca. Ay, Flora, su culpa en este presidio no florece… y sí en su insondable
pecado.
GODOFREDO (vuelve de
su ensimismamiento y le apuñala)
Os doy la única salida… Ah, ni por mataros salgo de mi pena. Es
vuestra la salida, en ella no entraré, pues no soy comensal en ese ras. Morid,
puesto que cruzáis la rendija de mi llanto…
VIOLETA (muriendo)
Fisgaré vuestra muerte por ella…
(Flora irrumpe violentamente, mientras Godofredo, retirando el último
acorde de sus puñaladas, contempla con rabia el cadáver)
Escena 4
FLORA
¡Miserable! Habéis hincado en inocente vientre la lápida de vuestra vergüenza. Sobre la edad de vuestra propia
estirpe os empinasteis en tan infame estatura; así dictasteis epitafio, cuando
tasabais testamento.
GODOFREDO (en letargo del homicidio.)
¡Callad! Qué no tenéis la vida para morir de mis manos. ¡Largaos! ¡Largaos
antes que mis crímenes sean esa cifra impar, esos terceros labios que
groseramente caben entre los vuestros!
FLORA (vívidamente.)
Doble ha sido el crimen, doble el salto de vuestras manos, bajo cuya sombra
dos criaturas yacen.
GODOFREDO (sorprendido.)
¿Doble ha sido el crimen? ¿Dos criaturas? ¿Dos criaturas?
(Vivamente, tomándola del brazo.)
¡Contestad, no alarguéis vuestra sangre como éste alfiler del silencio!
(Le muestra el cuchillo ensangrentado.)
FLORA (sacándose de Godofredo, hacia el cadáver.)
¡Hela ahí, mi frutal ave! A su lado están los pliegues que azulados ya no
son.
GODOFREDO
¡Decidme! si queréis que os prenda al silencio con un grito de esta espina.
(Al margen de su amenaza, tira el cuchillo sobre el
diván.)
FLORA (arrodillada contempla el cadáver.)
Aún el rubor retrasa la sal de sus lágrimas.
GODOFREDO (iracundo.)
¡Vieja, contestadme! Contestadme… o la culpa de callaros si os amordazará
severamente. ¿De qué criaturas habláis? Sólo veo una tendida sobre las
esperanzas de este cadáver. ¡Contestadme! Por dios que si no lo hacéis cortaré
las arrugas de la máscara vuestra que hasta hoy os anima. Ya de crímenes me
aseguro un cetro…
FLORA (tocándole la mejilla.)
Hela aquí, cual si se arrellanara para un sueño.
GODOFREDO (arrancándola del suelo.)
¡Largaos, vieja! Salvad vuestros despojos… No quiero entintar la misma
pluma de mi arrebato en vuestra coagulada sangre…
FLORA (vívidamente se libera, volviéndose.)
Criminal, cuánto habéis forzado con vuestro pulso.
(Contemplándola.)
¡Ah! Y cuánto dolor se ha detenido sin obscurecer sus párpados, pero ella
parpadeó, y así el eclipse que rige lágrimas aún no derramadas. ¿Su llanto no
destiló un veneno que ya no puede vengarla? Pero aún cae su última lágrima como
una vid verde…
(Con los ojos extraviados, se abalanza hacia el regazo de Violeta.)
Para ella la vida siempre palpitó con síntomas finales. Pocas, y muy
pobres, fueron las esperanzas que dieron cordura a sus alegrías; mas sus
pensamientos se abrasaron en el lento fuego de la espera… Entre los dedos de
sus manos temblorosas, entre arrugas que no pueden asirse hasta que la culpa
intime su recodo, no pudisteis asir un marido que os desposara aun para prender
aquel de quien se desprende.
GODOFREDO (visiblemente turbado por el vertiginoso homicidio.)
¡Qué palabras insensatas! ¡Apetito que devora mis insomnios como si fueran
crujientes sueños! Sólo la tiranía ha de pagarme, pues mi débil pulso hace
tintinear el tesoro que se oculta…
(Pausa, luego murmurando melancólicamente.)
¡Ah! mi hijo brotó de mí como una voz y cayó en el crimen como un eco;
ahora su desconocido epitafio amordaza mi dolor.
(Vívidamente, señalando a Violeta.)
Hela sobre esos pliegues y, seguro que
regocijándose en su saña, cobijada con el crimen que su sangre fría precisó… ni
mis excesos la dejan tendida a la intemperie.
(Volviéndose violentamente hacia Flora.)
Y vos, ¿padecéis su muerte que en la inmóvil carne no suma dolor alguno por
castigo? Pues sabed que es homicida de mi unigénito, la mujer que él desposó
para que le tendiera el lecho final. ¿Os
duele su quietud? ¿Creéis que su frío semblante merece mi piedad?
(Hace un ademán circular.)
¿Maldecís el regazo de esos pliegues?
(Se vuelve.)
Hasta la lástima que le tenéis os lastima la boca, mujer. Pero, ¿acaso vos
no le embotasteis su memoria, aun más de lo que la alegría de su entrepierna le
permitió recitar furtivamente?
FLORA (llora, sosteniéndola en su regazo.)
Ay, soy yo la mala que merece su condición; fuera yo el blanco de ese luto…
Ahora a vuestro hijo, sin crecer nada, le rebasaron sus pecados, que nunca
fueron vigorosos a no ser por la dulzura vuestra. Vuestro vástago transido en
el ayunador vientre, apenas en su origen ínfimo, inoculado con el cuchillo
blasfemo, cuya fiereza fundó lápidas. Tal vez ya doblaron las campanas sin que
tal pendencia resolviera su repique.
(Volviéndose hacia Godofredo.)
¡Bajo vuestro puño incestuoso!
GODOFREDO (turbado rodea a Violeta.)
Ah, con qué parturiente rigor alumbráis, docta vieja… qué no veo ahora
cuanto ya me encandila. Horror; y nada más que trunca desgracia. Pluguiera el
cielo que mi llanto pueda sacar las lágrimas de mí. Ay, otro heredero de mi
luto. Mi castigo es el único brillo de mis deudas. Si, ya no he de burlar mis
límites: no me queda lo que antaño me saludaría en mi pellejo, no puedo estar
en pie sobre lo que antes me calzaba.
(Las palabras se desmoronaran como escombros de sed.)
Sé que mis gestos se hunden en la sombra por
garabatear arrugas, aquellas que si no se cumplen habré vivido cuanto
me duele postergar sin dar al fin con el sosiego.
(Se echa sobre Violeta compartiendo el regazo con Flora.)
Violeta, ¿de cúyo es el rubor que
rima con vuestro desflorado nombre? Luego, ¿es de este vil homicida que halla
su mancha en vuestro claro vientre? ¿Acaso el incesto, dichosamente
conjeturado por mi ignorancia, colma la cuna que los cuatros heredamos?
(Señalando en derredor.)
¿Y acaso basta salpicar con preguntas este vacío sórdido que amamanta
vuestras heridas?
(Sonriendo sobre el regazo de Violeta.)
Me maldigo, sin instar que tales maldiciones demoren mis póstumas lágrimas.
Mujer, todos cupieron en las arrugas de mi crimen. Viejo soy.
(Arrancando a Flora del regazo.)
Largaos… es mi hija, ay, es mi mujer, es mi nuera… es mi crimen, y al
tiempo, mi condenado egoísmo; nada que yo deba al favor de una ajena y afligida
mirada.
(Se levanta con ojos desorbitados.)
Pero jamás, escuchaos bien si es que demoráis vuestro trance, estaré con
vosotros. Os prometo que la suerte de
mi puño no será tan certera ni tan viuda, como para que a tientas me reúnan
bajo la misma lápida… no, pues los nudos que me atan antes bien los urdí
invencibles y lejos del epitafio. Ay, eterno soy en estos espejismos... eterno,
por no tener descendencia que revele mi remoto y doliente origen.
(Ríe con cara de loco, se levanta y se desploma. Luego
absorto se mantiene en pie.)
Ya vuelven costillas ásperas. Las viejas señoras, delante de la luz, se se
velan en sus sombras, y así elevan lamentos torcidos como uñas imperfectas;
llantos inmemoriales, lágrimas agudas que desesperadamente roen la arena. Ya
vuelve el muerto, después de su lápida; anónimo vuelve. Todo el mundo calla
mientras la miel del crepúsculo hinca sus agujas en un coagulo invisible. Él,
en la fuga de un enojo, santificó su féretro y luego murió estrangulado por un
relámpago. Pero aquí vuelve con su ombligo inadvertido, camina sobre huellas
ajenas que en la prisa del cortejo fueron hundidas. Ah, el oro de su vejez
sucumbió a la madura espiga del cielo. Aquellas
señoras las sepultó la tierra de todos los eclipses, de ellas sólo rincones
sombríos santifican sus rotas dentaduras.
¡Entre las cicatrices de piedra, crece la maleza! Tomo un higo vetusto del
enredo. Ay, soy yo el solitario de mi linaje… otra centella cae. En el anonimato,
mi prole sucedió a mi reino…
(Bonifacio irrumpe; mas se conduce con tiento.)
Escena 5
BONIFACIO
Señor, ya os proclaman. Apartaos de vos la pesadumbre del luto y ceñid el
púrpura de vuestra prosperidad. Sois rey. Nadie discute la severidad con que a
término vuestra espada llevó el dictamen, ya los tajos, aun temblorosos, os
sonríen como gajes de vuestro rudo juramento.
(Echa de ver a Flora y luego se vuelve.)
Si vuestra sierva acuna a una muerta infiel, puesto que es fiel a su
regazo, vos acunáis la ley que os da el
derecho de regir y de juzgar. El tal Guillermo, ya nadie le conoce. Antes del
tumulto calculó su huida, único principio de sus vicios. Según indagué, el
infeliz se salvó por buscar la bruja de sus augurios, que habían de serle un
espiral de buitres… La racha había llegado al cabo, y, en más, necesitaba más;
mas no saldrá de ese mezquino punto, y allí, con el mismo tono de su tinta, se
tapará su anónima tumba. Mi señor, me postro ante vuestro trono; inclino mi
cerviz en sumisión y observancia.
GUILLERMO
Callaos. Vos acunáis en esa pestilente boca la medida de vuestra suerte, y
nada más.
FLORA (abstraída, quedamente.)
Nacisteis reina sin robustos fulgores, bajo cuyo
oro se apaguen vuestras hebras. Reina sin un suntuoso vestido. Nacisteis reina sin engorrosas historias,
sin la saliva de conspiradores en vuestro apetito. Nacisteis reina sin luto
imperial, mas inmolada por un incestuoso tirano. Reina, elevada sobre la
espuma, sin ser mecida en cuna de insomnios; mas como el brusco parto de una
pesadilla despertasteis. Nacisteis reina con los pies tendidos sobre pétalos
verdes. Reina como el rocío sobre la hoja; sin escaleras que de sótanos suban a coronaros. Nacisteis reina,
mas el silencio impune os retrata.
(Sigue murmurando entre sollozos.)
BONIFACIO
Majestad, ¿no os importuna que un velorio alumbre vuestro fulgor?
GUILLERMO (sin soltar la daga, aún temblando.)
Recatado no sois para distinguir otros modales, pues al través de un cero
veis que se redondea el destino de vuestra pesadez… Así que sólo os queda
callaros y hacedla callar, gordinflón, si no queréis que vuestro silencio se
desinfle sin trasponer ese vano por que veis. Mirad que en esta hora el único
filo de mi espada es su extremo.
(Volviéndose a Flora.)
Su sangre, mareada en el rizo de la muerte, se torna fría sin que más
vomitivo que la vuelta le caliente después.
(El criado va y la apuñala.)
FLORA
Me lleváis ventaja, criatura; sólo porque soy vuestra sierva, mas a la saga
os escolto siempre…
(Muere.)
BONIFACIO
Mi señor, mirad que la florituras de dentro al fin le engalana…
GUILLERMO (sin volverse)
Floritura la que no decís y aun no aguarda en vuestra boca, mentecato.
Cuidaos de que tales guardianes por cumplir jamás os dejen. Id, y traedme una
bruja; que con cortarla al sesgo, mejores auspicios deben vaticinar mi ley…
BONIFACIO (se va, recitando quedamente.)
Genus est, quod plures partes amplectitur, ut animal; pars est quod subest
generi, ut equus…
GUILLERMO (arrasado; toma una uva hebén del racimo, escrutándola.)
Dejadme solo con mi ecuestre origen…
(Oscurece.)
FIN
DE “HEBÉN”
EL REY REX
____________________
Agosto, 2005
DRAMATIS PERSONÆ
El Bufón
El Rey
La Reina
Claudio
Ambrosio
Carlos Ministros
del rey
Eduardo
Micaela (la mujer del bufón)
Mensajero
Ordenanzas
Guardias
Gregorio (el bastardo)
Hilda
Ernesto
Nicolás
Conspiradores
Andrés
Ponciano
Octavio
El embajador (el rey extranjero)
El preso
Conspiradores
El capitán
Soldados
Prólogo
Un despótico rey (nacido de una despótica estirpe que
había regentado a un predio de calamidades y castigos) declama su parte
primera. Entre los excesos palaciegos, a su enano bufón por rey hizo pasar. Con
la extravagante complicidad de su corte, terminó por hacerle creer el oropel y
la pompa de su imaginación jorobada por el vino, pliegues retocados con los
afeites de un sueño remoto pero imperecedero. Para regocijo, no sólo del rey
sino de toda la corte (en cualquier ocasión dada con facilidad a los timos),
avanzó de los preliminares de la ficción a los recovecos incesantes de una
realidad forzada aún más allá del incauto bufón, cuya mujer habría de inaugurar
el cruel tálamo.
Pero mientras el rey, para ser convincente en lo más, se
apeaba de su trono, siendo en su descenso escabel vivaracho de un teratológico
brío, el bufón, enhorabuena de su
indumentaria reciente, usurpaba cuanto un último escalón concedía a su alcance,
siendo su impostura grado superior de un decurso aún más déspota que el de la
otrora mano regente, ya parcial en el descuido de las risa. La reina es
subordinada al nuevo mandato, y con rigores ajenos vuelve a reinar para la
misma corte. Los chistes nuevos hacen reír a los mismos de siempre; la sospecha
nueva, insospechada para el rey en pijama, castiga la misma casa, salvándose
sólo el ministro que colabora afuera. La reina es confinada en la torre, y su
embarazo, promesa legítima del rey, será conjurado en la sombra y la locura.
Al cabo de este par de efigies, un tintineo opuesto
disputa otra suerte, dividida entre conspiradores hostigados por el rigor de la
tiranía. Una matrícula preliminar que además está urgida a acometer los mismos
pormenores de incesantes venganzas. El más viejo de los conspiradores, por ser
hijo bastardo del rey, hace suponer en el ardid individual una única
contestación a la pregunta mancomunada, e íntimamente monárquico asiente entre
el corro y corrige la ayuda de palacio. La más apasionada de quienes conspiran,
en el cortejo del usurpador militará hasta el fin de su propio cortejo. El
vértigo, descalabrado por el solaz de ambos bufones, ha de ser subido por los
expedicionarios, hasta coronar el alfiler con una matanza palaciega. Un reino
vecino acude aún antes que su embajador regrese y usurpa de la ruina intestina
los brillos en disputa.
El bastardo, entre la refriega, descubre el cuerpo de su
padre decapitado por el tajo desdeñoso de un cómplice, que apenas le atribuyó
un grado subalterno. A pesar de la nueva máscara del padre, la cabeza cae en el
arrepentimiento del parricida. Soldados ajenos no corroboran el cuello abierto
que le usurpa al verdugo su dictado ulterior. Muchos principales de la revuelta
cayeron antes de censar la cabeza del tirano entre las amputaciones de
orgullosos conspiradores.
El bufón, hecho rey en espíritu antes que en carne, trata
de rescatar su imaginaria corona con las palabras antes que con el acto. Pese a
la gravedad y vehemencia de sus argumentos, es apartado con desdén del paso
homicida. Solo, abatido, desheredado de su bien que más hubo pretendido (su
cínico y divertido bufón) declama sus líneas finales, llevando a su regazo la
cabeza ensangrentada, mirando las luces de las antorchas que hostigan con
destellos finales a la sangre en fuga.
A
C T O
I
Escena 1
(En el
trono; orgía)
EL REY (se levanta
del trono, contoneando su ebriedad)
Si sois quien en mi
piso sueña, despertad ya. Levantaos a medio cuerpo de mi cintura y contadme el
sueño que os tiende a ras de pie. Mirad, señores, que sus nalgas penden de sus
hombros como una pesada carga que no le sienta bien. ¿Aquí reptáis de nuevo,
murciélago submarino que cuelga de una ola? En vuestras piernas torcidas se
aguzan las flechas que enamoren a monstruos doblemente ataviados en sus
espejos.
(Todos
ríen)
Más vinagre para mi
bufón; para nos, otras cuencas de vino. Ah, bebe como bufón el pobre bruto. Lo
castramos para que no se emborrachara tal así a grandes tragos bebe, ¿no es
cierto? Pues… al fin estáis de pie, pequeño rey de vuestro ilimitado reino.
¿Dije rey?
CLAUDIO
Rey, majestad, que
otro trago de vinagre lo destronaría.
EL REY
No le obliguéis a
beber, que la sed le perdone sus pecados.
(Al
bufón)
Venid, compareced ante
los padrinos de vuestra maldición. Decidme, ¿Le dais la espalda a vuestro
embarazo? Pues de veras os digo que vuestros nietos también lo harían, según
así os sigan en el ejemplo pertinaz.
(Ríen
todos, menos el bufón que apenas atina a sonreír)
EDUARDO
Y nietos de padre
castrado son hijos vengativos.
EL REY (A los
cortesanos)
Pero mirad, el hijo
dentro es jinete de un padre brioso.
EL BUFÓN (haciendo
cabriolas)
Uno, dos, tres; el
cuatro cuenta sus noches de insomnio…
CLAUDIO (dando
palmadas)
Uno, dos, tres; el
bufón despertó, pero no sabe contar, majestad.
EL REY
Contadme una historia,
bufón.
EL BUFÓN
¿La historia de los
números? Pues uno de dos mató cuatro enemigos. Primer tercio, segundo tercio,
tercer tercio; en mi cuarto… se cuentan las noches de insomnios…
EL REY
No, no… Una historia…
una más bien que dure menos que nuestras risas y que por extensa nos haga reír
más.
EL BUFÓN
Puedo empezar por
contaros mis días: uno, dos, tres… ¿qué sigue? Ah, sí… cuatro paredes, techo y piso… me ahogo dentro
del dado… ¿Qué me ha dado mi sino, sino veintiún huevos hueros? Seis caras os muestro
y no gano más que una zurra en cada cara. Ay, me da vuelta la cabeza, majestad,
y el dolor no sale, en vano procura el hoyo veintidós.
CLAUDIO
Qué más cabe en ese
diminuto cráneo que ya lúgubremente alberga un huésped ominoso.
CARLOS
Cabe la cantinela
cuando menos, que es el himno del loco. El dolor allí se divierte a sus anchas
y está libre al no conseguir la fuga de su suerte.
CLAUDIO
Pero si el dolor es
como su cabeza, dado que entre el límite no se rebasa, luego la comprende en la
densidad de su extensión.
EL REY
No le deis a beber
más. Su lengua no es, por cierto, el déficit que a su disfraz sobra. Dejadle
que sus enemistados ojos se escondan en el trance. En un rato hablará como el
profeta que vaticina sus venideros sustitutos.
CARLOS
Está por decirnos…
(El
bufón eructa)
Que puede eructar.
CLAUDIO
Nuestros pedos, en
sesión, le objetarían ostensiblemente.
(Todos
ríen, menos el rey y el bufón)
EDUARDO
Al parecer entiende
que un trance que lo estire le sentará mejor para su acto. Adelante, pues.
EL BUFÓN
Rey… puedo llamaros
así, ¿verdad?
EL REY (con
indulgente sarcasmo)
Siempre que no
coronéis mi impaciencia.
EL BUFÓN
Permitidme, pues, ser
el humilde que no se reforma en su condición.
CLAUDIO
¿Dijo conforme un rey?
EDUARDO
¿O según forma del
rey?
CARLOS
¿Dijo tomar la forma
del rey, su facsímile degradado? En ese punto, majestad, debéis mandar a cortar
la cabeza del insolente.
EL REY
No mandaré a cortar lo
que vosotros no entendéis, y aún menos por la subalterna premura de pensarlo a
mi despecho.
(Al
bufón)
Contadme una historia,
muchacho. Una que dure siquiera lo que cuentas: del uno al cuatro, por cierto.
EL BUFÓN (Inhala profundo y recita)
¿Sabéis, rey, que el
excremento tiene el carácter domeñado y la razón vencida de quien a pujos lo
cede a la naturaleza? Pues de ahí se sigue que en cuanto se crece nos conviene
cagar a solas, porque solitarios no son tales si un destino no los cagara a
todos. Así dos mojones de culos distintos se encontraron en el bosque un día,
no pudieron menos que reñir al punto. ‘Eres feo’, le dijo uno al otro, y el
ofendido no interrumpió el eco que volvía en reflejo del retrato. El rigor de
la intemperie los iba disminuyendo, mas en sus flaquezas reiniciaron una y otra
vez la disputa que contendían separadamente sus dueños. Ya anulados a ras de la
hierba, hechos de la nada que fueron hechos, callaron como el silencio, apenas
esto que el silencio también calla: “el pasado es lo peor que le puede pasar a
uno.”
(Tras un
breve silencio, se escucha un par de pedos)
EDUARDO
Se escuchan disputas
intestinas, y la noticia vuela como el viento.
(Los
cortesanos ríen y murmuran en un corro)
CARLOS
Malas noticias según
huelo; invisible maldad la que en su demora adelanta a sus heraldos.
EL REY (irascible)
Largaos de aquí; a
airar esos culos.
(Los
cortesanos se dispersan y el rey escruta los ojos bizcos del bufón)
No quiero una parábola
que os trabe la lengua. Las guerras traban espadas y vos, insensato, ¿trabáis
vuestra voz de dentro mismo? Bien, muchachito, No me habéis hecho reír; la
verdad es esa, y ella menos que ninguna
se me figura divertida.
(Escrutando
el rostro del enano, casi en un susurro)
Vuestra cara, empero,
parece un ajedrez arruinado por el manotazo del perdedor. Sería una ruina
graciosa de no ser porque os abofeteo todos los días. Miradme… Sí, me veis con
un ojo y luego con el otro, como si el más siniestro se dejara acorralar de su
vecino; los juntaré para mi reino. Acercaos, no os gusta el vino, ¿verdad? Pues
en adelante os gustará, porque es de mi gusto el corregir imposturas con el
vino.
(Silencio.
Habla, recobrando la jovialidad de antes)
Venid todos. Se me
antoja una broma que puede salvarle la vida a mi culpable bufón.
(A una
señal del rey Carlos le dan a beber vino)
Puesto que humilde no
te reformas, pues vamos a daros la forma del rey que habéis estimado,
desplumada forma en principio y minúscula como decís, por eso dormiréis hasta
que durmáis, y luego despertaréis del sueño que apenas os pueda despertar.
(A los
demás cortesanos)
Dadle a beber más
vino. Mucho vino. Que mañana lo regirá un bufón acrisolado…
(Volviéndose)
Ceñiréis corona. Muy
bien, pero de seguro que os es privativo que se avenga un cómplice ilustre,
disfrazado como bufón para cuando despertéis…
Sí, vuestro sueño será el servil sastre de vuestro bufón, pero antes yo…
(En
tumulto los ministros escancian el vino en la boca del bufón. El bufón tambalea, casi ahogado, y, finalmente, cae de bruces)
Será una broma que me
hará reír como nunca entre vosotros, y seré yo quien oficie el sacrificio de mi
risa.
(Aparte)
Y quien lo encarne.
(Entra
la Reina sin anuncio)
Escena 2
LA REINA
Aquí, esposo mío,
reináis entre la borrachera de vuestros ministros. La codicia de ellos os
agasaja, pero siempre escatiman los honores que les concedisteis a cada cual.
EL REY
Mujer, esposa del rey
que reina entre sus borrachos y entre los que odian y aman a tales hombres, los
muros dentro de los cuales vivís son adverso y reverso de las suertes que mis
efigies cambian todo los días afuera. Venid a mi trono, completad el sello de
hoy, antes que el crepúsculo acuñe su propia ruina.
(A unos
de los cortesanos)
Dadme una moneda. Sí…
(A la
reina)
Aquí os doy la moneda
que mañana atesoraréis, tal cuidáis mi heredero en tasa de vuestros meses… Y
puesto que vuestras garantías de antemano condenaron las dotes de hoy, mañana
seréis otra reina que reine en un chiste; vuestros súbditos serán graciosos,
pero siempre atentos al castigo de vuestra indiferencia. Y esa efigie que veis
acuñada en el círculo os recordará el tintineo de siglos venideros.
LA REINA
Permitidme no ser
reina en vuestra locura.
EL REY
Mañana no seréis reina
mía, mas cuerdamente cuidarás del príncipe nuestro.
LA REINA
¿Reina para quien?
¿Para este círculo de metal que pronto eclipsara la numismática de vuestra
estirpe? ¿Para un esposo que abdica a favor de la locura y aun así llama
príncipe al hijo cuya sensata inocencia deshereda?
EL REY
Si he abdicado ha sido
sólo entre nos, en esta sala he de decir, consolado precisamente por los caros
tributos de mi razón, y tan rico soy que me sobra esa moneda… Todos vosotros
aún veis mi corona en su sitio, como toca a un rey sensato que aun en su solaz
esparcimiento aspira el rigor de su disciplina. Mañana seréis reina de quien
hoy no tiene más ambiciones que despertar vivo, de un soñador que lo será sólo
por esta noche, y que, sin embargo, vivirá el sueño que su brusco amanecer le
profetizará en perjuicio suyo. Y yo, siempre al servicio de mi corona, me
distinguiré más por mi halo redentor.
(Vacía
la copa sobre el bufón)
Escuchad como ronca el
bufón, como jamás lo hice en nuestro lecho. Mañana vestiré sus retazos,
repicaré su cencerro y sacudiré sus cascabeles entre cabriolas. Mañana adoptaré
a un rey que apenas se lo creerá. Haré malabares con su credo…
(Se
interrumpe en risas)
El dios de su precaria
forma me rogará que no le deje caer sus plegarias ya al insondable cielo
echadas.
LA REINA
Mi rey, no os
percatáis que, mientras os divertís en el ocio de aduladores, la maldad ya
conspira encubierta en el mismo crimen. No os dais cuenta que tienen respiro
los que les habéis conjurado nariz. Hay palabras como muros en los muros,
abriendo vanos en lo que en vano tapan vuestros guardias; y las piedras de los
proscritos ya endurecen las manos contra vos, siendo éstas, al cambio, la misma
dureza milagrosa que los alimenta a todos. El hambre ya sale de sus cuevas y
caga el pan que coméis y hasta la observancia de vuestro piadoso ayuno… Las
oraciones ya no prodigan loas al dios de esta raza, sino que desertan con la
complicidad de conspiradores. ¿No veis que la posible ruina de la casa ya la
picotean los buitres de hoy?
EL REY
¡Callad! He sido más
duro que las piedras que me odian, que la lápida de mi padre loco, que los
picos de los buitres que decís. He sido duro como el esposo que he sido, como
la corona que puse sobre vuestra temprana virginidad; casi tan duro como el
cetro del hijo que esperáis. Mañana, siendo el bufón que se divierte en
menoscabo del rey, seré aún más duro que todos los huesos que se enterrarán en
mis dominios. Y la dureza de la muerte no contradecirá mi testamento. Mañana, a
la lumbre de la aurora, el ocaso de mis enemigos menguara.
LA REINA
La ceguera anidó en
vuestras cuencas, espiáis todo con sus huevos; pero ni frente al espejo podéis
ver que son hueros, o, lo que es peor, ¿no queréis atender siquiera vuestros
afeites?
EL REY
Mientras mire (espíe
según expiación vuestra, señora mía)
querré ver, y aun por ciego querré más.
(Sin
dejar de mirar a la reina)
Claudio, encargaos del
bulto, que lo lleven a su nueva alcoba.
(Claudio
va por unos sirvientes a quienes instruye, se llevan el bufón)
Mujer, reíd conmigo.
Nuestras risas siempre tendrán un trono alto. Mañana veréis que la risa
cuidarán de que vuestros temores no deliren, veréis que la risa descargará su
cetro con rigor… reíd y veréis que vuestra risa prevalece. Una broma, mujer,
perpetua el reino de mi estirpe. Ya lo veréis. Reíd, reíd… que sólo riendo
podemos gozar la adversidad ajena.
(A los cortesanos)
Vosotros igual. Sois
ministros que estos asunto tenéis que atender.
LA REINA
Si vuestra risa es la
salvación de vuestros deberes, tengo el derecho de exigir vuestra fidelidad a
ella, esposo mío. Reíd vos también, pero que vuestras congojas nunca se coronen
con los desnudos dientes de una pareja infiel: la risa de un loco que al cabo
se cuestiona irremisiblemente perdido. Sed, pues, magnánimo alrededor de
vuestra corona, pero sed también recio según así hayáis de ceñirla en otra
forma.
(Mostrándole
la moneda)
Mirad que si a la
sazón no castigáis nuestros enemigos, os encontrarán fuera del disco real.
Esposo, que vuestro brazo raptor se lleve en volandas estos cuidados que me
perturban y os importunan, y sean ellos de mi semblante trasplantados y, según
la observancia de vuestras nuevas costumbres, enamorados sólo afuera de la
corona nuestra.
(Le da
la moneda y sale)
EL REY
Sois reina, mujer,
mañana también lo seréis… y luego lo
seréis de nuevo, y otra vez. Nuestro hijo será rey sobre todos los bastardos de
mí linaje. Rey, rey, reíd…
(Se
lleva la copa a los labios, nada bebe de lo que nada hay, se vuelve al corro)
Sois una partida de
borrachos, ciertamente; sobrios sois sólo una partida en tropel que busca el
vino. Mañana no seréis ni lo uno ni lo otro. Desde ya seréis, en cambio, los
ministros que esta noche son soñados y que en adelante aquél imaginará para su
desvelo.
CLAUDIO
Aunque seamos
imaginados, majestad, nos reiremos de veras.
(Ríen
todos)
CARLOS
Señor, ¿cómo él no
habrá de sospechar de lo real?
EL REY
Tiene mucho ingenio
como para sospechar de lo que por fuerza tenga que pensar.
EDUARDO
Sí, es tan pícaro como
así de perspicaz lo sea…
CLAUDIO
Lo necesario, sin
embargo, como para saber que no es mejor.
EL REY
Caballeros, aunque falso
sea el ingenio que mi lujo desde esta noche orna, desempolvados han de ser los chistes que
vosotros, en túnicas de mañana, usurparéis. Yo, en mi rol, seré grosero,
déspota guiaré el cetro al que hoy guiño un ojo. Probaré, para regocijo
pertinente, que soy el mismo en todas las telas, que mi sombrero de casería
puedo cambiarlo por una gorra de siete puntas, cuyos cascabeles improvisan el
himno de mi acecho, y al final de la jornada comer las mismas pieza en dos
banquetes distintos en mantel.
(Entra
Ambrosio)
Ambrosio, ¿la mujer
del bufón todavía vive en palacio?
AMBROSIO (hace una
genuflexión)
Y también muere sin
dejar el palacio, majestad…
EL REY
Por vida nuestra que
la muerte está acabando con los súbditos. Qué plaga más viva esta que en cada moribundo
resucita.
(Ríen)
AMBROSIO
Bien, la semblanza de
la diminuta mujer explican cuanto ella oculta en la tristeza de vuestro bufón.
Su enfermedad, en concierto, distrae las obligaciones de su esposo sano.
EL REY
Si vive aquí, estará
entre nos. Ya veréis que él a su mujer no reconocerá, o en ella perderá a su
mujer, que es del viudo ir de luto y a tientas tropezarse…
(A
Ambrosio)
Ah, sí; los otros
ministro os pondrán en vigencia de mi urdimbre. Ahora marchaos todos, que debo
anticipar el lecho nuevo… Ambrosio.
AMBROSIO
Majestad.
EL REY
¿Cómo se llama mi
futura mujer?
AMBROSIO
Majestad, seguirá
llamándose igual, si es futura para vos… pues la reina… quiero decir, si
comparece a vuestro profecía…
EL REY
Ya os explicarán; sin
embargo, ¿cómo se llama la mujer de hoy, de la cual me traéis su adversa
noticia?
AMBROSIO
¿Micaela?
EL REY
Es una pregunta que
tiene el nombre de su respuesta… Bien, marchaos ya.
(Salen
los cortesanos. Luego entra otra vez su esposa)
LA REINA
¡Esposo mío!
Escuchadme antes de que no me oigáis. Ayer, cuando regentabais sin el eclipse
de un disfraz, nunca os dije cómo debíais conducir el cetro. La severidad de
otrora era inobjetable a mí inocente perspicacia de entonces, pero hoy la
maternidad cuida de un consejero que en principio lo será para mis reclamos y
que, siendo yo apenas su albacea, nacerá de mí con la vida propia de los reyes
que ha heredado. Si los edictos de vuestra estirpe corroboraron el testamento
que vuestro padre sentenció en bendición vuestra, no permitáis que una sola
línea, de cuanto redactéis vos en amparo de otros, honre las armas con que un
prójimo se vuelva para tronchar el retoño de mis días.
(La besa
en la frente)
EL REY
Reíd, mujer. Si no me
acompañáis en la risa, no me reconoceréis, que ya me irritáis; y entonces,
mujer, a dúo discutiremos lo que en trío nos habría podido hacer reír. Uno,
dos, tres; el cuatro cuenta sus noches de insomnio… ¡Qué duerma! ¡Qué duerma!
¡Qué duerma!
LA REINA
Ciertamente os concedo
un guiño de mi mejor tocado, y así se atavía el principal de mi vientre, cuya
vital impaciencia desenvaina antes de ser instruido en la esgrima.
(Ríe y
baila alrededor de su mujer, se marea y cae)
Pero si por auxilio
tiránico de un ínfimo ser, el más bajo del palacio, se ha de salvar la regencia
de vuestro legítimo, ya veréis vos mismo el rigor de su venidero ministerio.
Ay, hijito mío.
(Oscurece)
Escena 3
(El
nuevo lecho del bufón. Los ministros
alrededor de él)
CLAUDIO
Ha sido una noche
larga como el sueño que aún él sueña. Soñamos todos en esa noche y este rey aún
sin despertar.
CARLOS
Estará dormido,
después de todo.
(Ríen
todos)
CLAUDIO
Decidme, entonces,
¿quién abrirá los ojos? ¿Sus súbditos o él?
AMBROSIO
Los dos son ciegos; y
nosotros, testigos entre una procesión de sombras.
CLAUDIO
Ambrosio, abrid la
ventana.
AMBROSIO (mientras
abre la ventana)
Estos muros ya
despiertan, y él como un muro duerme.
EDUARDO
Mirad, se mueve…
CLAUDIO
Marchemos de aquí. Al
rato mandamos por un sirviente.
CARLOS
De prisa…
(Salen)
EL BUFÓN (se
despereza turbado por la resaca)
¡Qué sueño! Soñé que
en infinitos y bruscos plazos despertaba… ¿y he de repetírmelo entonces?
¿Duermo aún? No, pues eso nunca antes lo soñé… ¡Qué sueño!
(Mira a
su alrededor, extrañado)
¿Fue el vino el que
urdió toda esta tela, el que bordó la simplicidad del vinagre?
(Repara
en sus manos)
Y de cierto que estas
joyas son uvas marchitas… Sí, estos
tocados son telas de araña, sí… A levantarse con mi guirnalda de oropel, la de
todos los días, y este sueño, que me espina con argucias, dormirá de verdad…
Quieto, sueño, quedaos quieto en la cama que guerreasteis…
(Se
trata de levantar, vuelve a caer entre las sábanas)
El rey quiere un
chiste, hay que darse prisa… tengo que contarle un cuento después de este
cuarto de siglo y antes que el vino me convierta en el rey que me maltrata.
Micaela, mujer… mataré el rey a carcajadas, y en fuga nosotros dos por los
arcos que serán sus ecos. Sí, mujer… pero y esta alcoba, un Olimpo de lujos en la
colgadura, dioses de terciopelo se mofan de mis esperanzas. ¿Es mi lecho el que
sueña pliegues que me horrorizan; son las paredes que aún no despiertan, y mis
ropas sueñan ser el traje de quién con una broma mataré? Lecho, paredes y
traje, no soñéis el ornato de mi ruina; sed en adelante crudos testigos del
esplendor que he de arruinar algún día…
(Grita,
cubriéndose los ojos)
¡Despertad todos!
(Un
ordenanza toca la puerta)
ORDENANZA
Majestad, los asuntos
de hoy osan venir hasta vuestra puerta, tienen la voz de mi puño, pero la
madera me difama.
EL BUFÓN (aparte)
Sí, majestad. Aún soy
el rey de mi borrachera…
(A viva
voz)
Señor, ¿venís a
decirme que el rey me llama? Pues esperad vos lo que jamás le haría esperar a
él, o decidle que compito con vuestro talones.
ORDENANZA (aún al
otro lado de la puerta)
Majestad, ¿estáis
indispuesto hoy? Llamaré a unos de los ministros al punto.
EL BUFÓN
¿Habré trepado por el
muro y, en el fragor de mi vértigo, usurpado la alcoba de quien estos vestidos
llevaba ayer? ¿Dejé a Micaela sola, en nuestro cuarto de insomnios, maté al rey
y en vez de fugarnos juntos me sepulto en la tumba ajena como si esta fatal
premura fuera mi vivo monumento? Luego, araña he sido que da caza a lo que fue.
(Claudio
toca la puerta)
CLAUDIO
Majestad, permitidme
abrir.
EL BUFÓN
El bufón es quien os
habla. Os hablo desde este lecho en que caí por envite de un vertiginoso brazo
que furtivamente me trajera…
(Se
levanta de la cama)
Esperad ya os abro…
por misericordia pensad que estoy aquí sólo para serviros de este lado de la
puerta; de este lado también soy esclavo del rey.
(Abre la
puerta de la estancia)
Las prendas que veis
han anidado en mí mientras dormía, un vuelo azaroso en mitad de la noche juzgo
cual rama el brazo que me trajo, y en yerro de su infortunio ese vuelo cesó en
mí.
CLAUDIO (hace una
genuflexión)
Majestad, ¿qué habéis
deliberado aún en ayunas? ¿Alguna broma
nueva que sin que yo comprenda ya me muestra el oro de vuestra risa? Sois
rápido siempre, majestad, y conseguís el ribete del mantel antes que por ayuno
tengamos panes.
(Ríe)
EL BUFÓN
Sois Claudio, unos de
los ministros del rey, ¿no es cierto?
CLAUDIO (fingiendo
extrañeza)
Ministro de vos,
señor. ¿A qué otro rey habría de servir? Como sabéis, majestad, soy jugador de
naipes, y no os sería infiel ni con la mejor mano de reyes.
EL BUFÓN
¿Incluso cuando jugáis
a su favor?
CLAUDIO
De vuestra parte,
majestad… Pero me confundís con los
garfios de vuestra pregunta, también con el dilema invicto entre ellos.
¿Queréis que os llame a los otros ministros? Tal vez pueden seguir el chiste
del que soy víctima primogénita; acepto que el no haberos entendido me
convierta en el bufón que aún duerme… ¿Queréis que lo despierte?
EL BUFÓN
¿Os burláis de mí,
acaso muy lejos de que el rey me humille? ¿Os reís a sus espaldas? Perdonadme
que os haya hablado así… veréis, no estoy de servicio, señor, sino que me sirvo
de mi llanto para imploraros que no agravéis los daños de un mal sueño. Condecoráis
una prenda ajena en mi pecho con la justiciera virtud de delatarme, os
comprendo y hasta celebro el rigor gracioso que habéis empeñado de tal suerte,
pero ten piedad de mí… No sé como llegué aquí, no sé dónde está el rey ni por
qué prescinde de su alcoba… Por favor, tomad en verdad sólo lo más humilde de
mi sobresalto.
(Se
desviste)
En seguida acudo a mis
asuntos…
CLAUDIO
Majestad, he de
rendirme… por lo que sólo queda convocar a los otros ministros. Disculpadme que
os tengáis que desnudar para hacerme entender mi imprudente tiento. Al pronto
estoy aquí.
(Se
tiende el bufón otra vez en el lecho)
EL BUFÓN
Entonces esperaré mi
muerte en el lecho de un rey…
(Finge
dormir, pero su nervioso párpado lo delata al otro lado de los espasmos.
Después de un rato entra los cortesanos)
CLAUDIO
Miradlo…
(Descifran
el repiqueteo del párpado)
Duerme, tan lejos de
los cuidados de su reina. Por saber que en punta de sus dones es parcial
siempre de las bromas, y que a ello debemos nuestra jurisprudencia en palacio,
insisto en que urde una más allá de mi comprensión, no oso conjeturar, ni en
broma, que esté perdiendo el juicio.
CARLOS (se acerca
al lecho, pero habla en voz baja)
Estoy de acuerdo con
vos, en tanto es una gran broma que yo tampoco comprendo. ¿Decís que os pidió
perdón?
CLAUDIO
Sí, tal si fuera el
bufón sorprendido en este lecho.
EDUARDO
¿Qué decís,
Ambrosio?
AMBROSIO
Dejémosle descansar.
Su chiste necesita ser aceitado en el sueño. Seguro será el día más lucido de
nuestro rey.
EDUARDO
Entonces, partamos
antes que despierte…
(Se van
en sigilo)
EL BUFÓN (se
levanta)
A dormir antes que
lleguen… y a despertar. ¿Otro día busco en el de mi sueño? No, duerme… y
despierta, despierta… y despierta.
(Oscurece)
Escena 4
(La sala
real. El bufón duerme en el trono. Los ministros, un sirviente y un par de guardias alrededor de él)
CLAUDIO (al
sirviente)
¿Duerme?
SIRVIENTE (también
en un murmullo)
Como el aroma que
inhaló, señores, por lo que volátil es cuanto concilia y entre leves himnos fomentado.
(Hace
una genuflexión y sale)
AMBROSIO
El deber del esclavo
lo trajo en volandas, lo depositó aquí, pero aún con los ruidos de su propia
impostura no despierta.
CLAUDIO (casi en un
susurro)
Tanto mejor.
Despertará con la bastardía de un tropel. Con qué silencio desflorado creer
pudiere su mentada honra, pues a fe que ya me lo imagino, si tras el ensayo del
chiste se resuelve al fin la burla. Así que a reír para despertarlo; no nos
costará gozar de nuestra risa cuando al fin despierte. Uno, dos y tres… y…
(De
repente los ministros estallan en risas. Se despierta el bufón entre esos
flecos delirantes)
No sabéis, majestad,
con cuánto desconcierto premié el acertijo de vuestra broma. Temor a confesarme
solitario, quizá…
(A los
cortesano)
Pero ahora que se sabe
por cuestión explícita, os agradezco a vosotros que no hayáis tomado mi sitio
al dintel. Soy, me alegra reconocerlo como otro carácter de gozo, el mapa de mi
risa, que al cabo con cosquillas agoté por todo yo…
(Ríen)
EL BUFÓN
¿Dónde está el rey?
(Ríen
todos de buena gana)
AMBROSIO (conteniendo
la risa)
No lo volváis a
preguntar… francamente no tengo estomago para dar a comer a tantas carcajadas,
además tan encarnizado pico de buitre me hace cosquillas también.
EL BUFÓN (aparte)
Mi deber por el ser
fue cambiado; ¿fue? Seamos, pues…
CLAUDIO
Majestad, ¿Queréis que
os llame el bufón? Recitaría aquel drama
que tanto os gusta, pues después de tanta risa lo mejor es condimentar con
lágrimas… No más chistes, si lo queréis así.
EL BUFÓN (aparte)
¿Qué bufón puedo
entristecerme más?
(Tímidamente
incursiona en el trono)
Traedlo, pues. Un
drama, pues que sea…
AMBROSIO (a un
guardia)
Guardia, buscad el
bufón.
(Sale el
guardia)
En un momento viene,
majestad. Veréis que hoy, menos que nunca, se os parece en nada, pero en su
cháchara hay la adicta forma de su tipo. Si no buscáis risa, el sabría como
complaceros a vuestro gusto y temple.
CLAUDIO
Aquí llega.
(Entra
el rey a guisa de bufón)
EL BUFÓN (aparte)
¿De qué lado llevo los
vestidos? Encontré el rey en un pajal, pero no la aguja del sastre.
EL REY (presentándose)
Soy el primer bufón de
la corte, rey, y está bien que yo lo advierta antes que un impostor se me
adelante por nervio insensible de su maña… Permitidme, pues, mis líneas.
(Se
inflama, recita solemne, impávido)
Así, como un árbol sin
ramas que lo hereden, he de contar aquí, entre árboles marchitos, como llevé
los jirones de mi desnudez, que eran apenas un entrevero de nudos. Días fueron
aquellos en que él me susurraba al oído, mientras crecían las flores… Sus
palabras ruborizaron mi silencio. Y en tanto callé, la vergüenza usurpó el
testimonio de mi felicidad. Estando la sombra de nuestro goce a la intemperie,
fue devorada la lumbre que alcé en mi alegre cirio, devorada lo más como un
inoportuno mendrugo entre el banquete y la voracidad que nos acechaba. El
blando trono de mi luz se derretía lentamente, entre ráfagas de oscuros
retoños… Él se fue lejos con una promesa en esos labios que siempre besé sin
contradecir. Partió; y yo, prometida a ÉL, juré a su promesa la beatitud de mi
lealtad. Prometida a él, era yo misma la prenda de lo prometido… Durante edades
marché al dintel pendiente en lo alto de una puerta, cuya osamenta hincó un par
de rodillas en las dudas que mis ojos anhelaron… Lo esperé bajo las jorobas de
un sol inflexible y duradero. Lo esperé bajo las sombras que batían pesadamente
alfombras mojadas en Persia; ¿y qué vino a ser lo que por pródigo me daba, si
no era la órbita de una arruga que midió su horario en señal terminante, acaso
una vasta mejilla en cuya simplicidad ni la plenitud de mis lágrimas halló
atajo alguno?
(Toma
una margarita del suelo y la deshoja lentamente)
— ¿Habéis visto
golondrinas caminar por las ramas del viento, es pereza su furia en el aire, o
sus patas son tan cortas como vuestros besos y sus alas alegres como mis
pasados días?—
(Suelta
el tallo. Los ministros contienen sus risas, el rey con una mirada los
reprende)
Desde entonces no supe
mucho de él. Al ras de otros hombres, la guerra lo rodeo de armas y peligros. Y
la sangre, dilapidada sobre el polvo, lo ligó a otros hombres incubados al ras
de la muerte. (Oh, no lo vería jamás.) Cuando sus oraciones se orientaban a la
fe incierta de un follaje prismático y redundante, cuando un golpe terrible lo
sobrecogió y lo derribó de sus últimas huellas, y se hundió en oraciones
subterráneas, hacia sótanos llenos de oscuros mordiscos… Entonces, yo, postrada
sobre la hierba, rodeé mis rodillas con mis brazos. Hincada como estuve
dolorosamente sobre mi frente, lloré; y el sueño, fuera de toda esperanza
concebida entre la fiebre de mi pena, sepultó a los nidos de mis párpados, pero
en vuelo desigual los dos habían partido como un mezquino pájaro de un mundo
lujoso. Fue vigilia, entonces, la que dio vigor a mis alas dormidas de una vez
y para siempre. Fueron los distantes aleteos de mis párpados cuanto no daba
reposo a mi carne ya demolida por la desesperación… Concluyó la guerra y los
hijos de la guerra volvieron a la campiña, y los desheredados de la guerra
quedaron sepultados en campos de batalla. Pensamientos sombríos se jugaba la
túnica de mi clarividencia, y el campo era el compás de un cielo inexorable
cuyas sombras ya habían transigido con mi sueño o con mi suerte. Erré por los
montes según el vigor de mi juventud, o según el vigor de mi dolor. Los días se
tornaron en luto, antes del ocaso y antes de vestirme; y el alba siempre
precedía a mi fatiga. Tantas veces amanecí como el rocío, excepcional en cada
una de mis partes; dispersa como el rocío, húmeda como el rocío, postrada sobre
la hierba como el rocío, entre las lágrimas de una tempestad que me anegaría.
Hundí mis manos en la tierra, por debajo del rocío, acaso en busca de un pez
frágil. No había indicios que me orientaran en aquella tierra vasta y hasta su fondo
impenetrable. Así, impelida por el ahogo que desde muy dentro rezumaba, partí
lejos. Partí al orden que distribuían espejos enmarcados en pesadas volutas de
madera. Lejos de la campiña: donde otras guerras acaban con los contendientes
antes de que regios sepulcros se edifiquen sobre sus virtudes militares. El
viaje fue corto, tal suele ser el sueño a punto de un espasmo. Atrás no quedaba
más que la hierba y una noticia fúnebre; conmigo venía todo lo que me hería,
conmigo venía lo que punzaba alfileres de un sastre muerto en memoria de sus
puntas. De aquel mundo nuevo, que vaporosamente fue revelándose, imité una
dignidad que nunca fue distintiva en mí. Traduje el orgullo de muchos necios y
me sustraje al lujo de unos pocos. Amanecí en lechos perfumados, sobre los que
un malestar, embrión de cuchillos deformes, se cebaba en busca de sus vientres.
Me entregué al gozo ajeno sin que siquiera de él una risa atenuara mi máscara
de gozo. Corregí mi sonrisa imperturbable hasta el punto de que ningún espejo
me conmovía; y cierta frialdad premeditada endurecía mi parte en la
sobremesa… Nada evitó los dardos de mi
mal, que era la señal de un sufrimiento anterior a la corrupción. Mi rostro fue
envejeciendo: tantas arrugas cicatrizaban heridas incurables; tantas cicatrices
en vano amordazaron las flores que de mi dolor brotaban. ¡Ya la muerte,
susurrándome al oído, me prometía un traje! Y sin estar lejos yo de aquel porte
encorvado y ceniciento, envejecí en pos de otras larguezas que ni así podían
recortar a mi memoria. Me rehíce desde la forma que conseguí hacerme, y los
desvelos me azoraban hasta en mis pesadillas. En aquel lugar, cierto día de
cierta noche, fui acusada por enemigos jactanciosos; acorralada entre las
objeciones de quienes revolotean sólo por vigor de sus vanidades. De las
hilachas de mis vicios, fui arrastrada al final de una galería ajena, durante
el apuro de un juicio dudoso. Al margen de cualquier ceremonia, fui expulsada
de aquellos esplendores. Y sin reliquias que tintinearan como antes, sacudí mi
único cencerro de oropel ya embotado por la herrumbre. Había sido echada de la
piedra, cuyas maculas ostentan condecoraciones de otras sangres. Había sido
echada antes de la consumación, casi herida mortalmente. Entonces, a pesar de
mi fatiga, marché hacia un lugar impreciso para la memoria de aquellos
verdugos. Marché hacia un lugar preservado por mis recuerdos. Decididamente
regresé a la hierba que durante tantas y amargas oportunidades sostuvo mi
sombra, mis pies, mi rostro, mis rodillas, mi llanto, mis manos que
desesperadamente la segaban. Despojada de atavíos e hipocresías, me tendí sobre
aquel lecho que el dolor dispuso ante mí… ¡Oh, como la muerte dispuso un lecho
profundo para mi amado! Nada en la campiña cambió con mi ausencia: aún las
viudas lloraban a sus esposos sobre un lecho reciente, y aún los hijos de
aquellos hombres crecían entre juegos de guerra, madurados por el rigor de
azotes tan postizos como las dentaduras de sus ruinosas encías. Nada en mí era
igual entonces. Me sentía huésped de mi profanación. La gente, como las
espinas, brotaba entre las piedras, y con la dureza de cada golpe condenaron lo
que tantas fiebres ya habían consumido. El vicio socorrió mi silencio, me
separó del perdón impuesto por otros a quienes poco les incumbía. Una noche,
como aquella en que partí hacia un mundo extraño, el vino me introdujo a
exquisitos cortinajes, hacia una alcoba que yo había prefigurado entre pretiles
y vacíos, pero mis párpados de súbito se posaron como un mezquino pájaro venido
de un mundo lujoso. Y así como mis párpados, y no los sueños, la vigilia hirió
mis ojos al despertar. Y así como mis ojos, mi piel fue herida al despabilar
frente a la condena inmisericorde. ¡Oh, bajo la sombra de manos que me
desconocían, fui consagrada otra vez a la inquina de mis acusadores! La dureza
del mundo fue desmigajada sobre mí, o de las garras de mis párpados caí hacia
un mundo malvado, que maldecía mi desgracia y aun el fondo de mi caída. Ya
libre del sopor del vino, lejos del diligente tribunal, uní, por un deber
melancólico, aquel póstumo rosario sobre
el cual rodé, o con cuya cifra casi me lapidaba otros devotos pecadores: ay,
piedras, piedras de la que sólo por milagro salen mendrugos que descalabren al
hambriento, piedras roídas por atajos de insectos y maleza. ¡Piedras!
(Da un
paso al frente)
¡Qué enajenada
certidumbre al margen de mis descalzos pies! ¡Qué secreto en ruinas mamposteado
temblorosamente! A no pocas esperanzas se reducen nuestras dudas, cuando las
cuentas de un túmulo se reúnen por fin. ¡Oh, la mitad del mundo está enterrada;
la otra es tierra en comunión con la muerte! Las piedras elementales eran
invocadas por mí, en aquella hora fragmentaria. Oh. Era la lápida del hombre
predicho por la promesa incumplida y por el dolor de mi juramento. Sólo su
muerte indemnizaba a los otros muertos; sólo sus perpetraciones eran conjuradas
con tal recuerdo adverso. No hubo llanto para santificar aquella perplejidad;
mis ojos estaban abiertos como si nunca hubieran soñado… Y yo, desnuda,
invencible sobre las señas de aquel acertijo, enrojecía grietas con el rastro
de mi débil sangre, reclinando mi cabeza hacia el regazo del vacío. A despecho
de ciertas letras, que habían huido de la sentencia ignominiosa, se podía
descifrar el epitafio, otrora izado sobre un vergonzoso montículo. Ah, lápida
exangüe, ya lejos de aquel promontorio, desmigajada en el matorral, apenas
armadas sus fracciones mínimas por mis manos temblorosas y ensangrentadas:
¡Adonde una verdad fácil engorda
La mentira ojival tallas nos borda!
Así, pues, diligente costurero,
En el sitio vestisteis la traición.
Mas los ojales, los sepultureros;
Mas alzada aquí, invicta la porción.
¡Oh, la mitad del
mundo está enterrada; la otra es tierra en comunión con la muerte!
EL BUFÓN (con
lágrimas aplaude)
¿Lo habéis escrito
vos?
EL REY
Al punto de ordenarlo
vos. Vuestra voz en orden clara, es el origen de estos versos. Me gusta vuestra
corona, parece que estuviera al revés. No, no, no, no es ella la que punza la
alta cabeza de un rey…
(A los
cortesanos)
Caballeros, ¿traéis de
cabeza a la corte? O bien por no decapitar a otros vais de cabeza dando tumbos.
(Al
bufón)
Reíd de lo que
lloráis, y así migrañas serán chiste un poco más veraces. Os voy a representar
un acto nuevo en el piso que pisáis cual dios que descalzo nunca pone el pie
para caer. Traeré a una actriz pequeña, que dice haberse llamado desde siempre
como ella misma en letras honra a su sombrero de niña. Veréis que es pequeña,
porque apenas la veréis en la escena que se alarga hasta la impaciencia de tan
larga expectación… ¿Cansado estáis de esperar por ella? Pues largo es, rey al
que felicito el traje y las lágrimas derramadas a término del drama, el atajo
de lo que le queda por transitar a la pobre mujer, que se llama… ya os traigo,
esperad tan sólo lo que yo os acortaría para no veros en la fatigada espera que
siempre a los asunto de los reyes aguarda, quién sabe con qué propósito urdido
en contrario de cumplir ordenes divina. En fin…
(Sale el
rey)
EL BUFÓN (aparte)
Dice lo que antes no
escuché. Palabras que pulen la corona de cuanto me cuesta decir.
(Entra
el rey con Micaela)
Escena 5
EL REY
Es actriz de escena
corta; las piernas le cuelgan, larguísimas, si calla su parte.
(A
Micaela que casi se desmaya)
No os sentéis en mis
pies, parece que os tocara figurar de enferma, recordáis que sois desde este
momento cuidadora mía. Yo haré de enfermo, que agoniza para no morir. El chiste
es bueno, ya lo veréis…
EL BUFÓN
¿Micaela?
EL REY
Es una pregunta que
tiene el nombre de su respuesta… ¿Pero cómo lo sabéis, rey?
EL BUFÓN (conmovido)
Dejadla hacer el papel
de enferma.
MICAELA (con
lágrimas)
Sois el rey que
recuerda, sedlo también de vuestra memoria…
EL REY (en voz muy
alta)
Rey que recuerda todos
los nombres de su risa.
MICAELA
Seré, si así lo preferís,
mi rey, la enferma que agoniza en el arduo recodo de la muerte. Ah, si al menos
bastara una preferencia vuestra para zurcir un mejor sudario.
EL REY
Mujer, venís a
divertir al rey no a poner sal en sus ojos.
MICAELA (siempre al
bufón)
Dejadme tender a ras
de estos pétalos, que funerariamente os honran.
(Se
tiende en el suelo)
Empezad el acto, pues…
(Cierra
los ojos y muere)
EL BUFÓN (preocupado)
¿La enferma no tiene
qué decir?
EL REY
Debería quejarse,
según creo.
(Le
palpa el cuello)
Pero no según ella
siente, pues muerta está, rey… Bien, era
corto el chiste y ella abreviadamente lo cifra al estirar la pata que le sobra
a su cojera.
(Todos
ríen menos el bufón)
CLAUDIO
Majestad, pero
alegraos de que el bufón salvó el acto.
EL BUFÓN (ensimismado)
Si mi boca no rio a
tiempo, mis manos ríen su parte y por la demora ríen más.
(Aplaude
y el resto ríe)
EL REY (haciendo
cabriolas)
¡Hurra! ¡Hurra!
(Ríen
los ministros. Oscurece)
Escena 6
(Conspiradores
a la sombra)
CONSPIRADOR 1
¿Estáis todos?
CONSPIRADOR 2
Todos los que iban a
venir, menos quién prometió llegar después.
CONSPIRADOR 3
Bien, hemos de
convenir que falta quien ahora no escucha mi voz. Escondidos aquí, nos
escondemos de su promesa. Esperemos a que llegue, pues sería mala señal que
faltara a la reunión que fijó.
CONSPIRADOR 2
No apuréis el retraso
de nadie. En adelante cada cual llegará justo para verificar su tiempo.
CONSPIRADOR 3
¿Y vos ni este
momento, a la sombra de dudas que compiten por un rincón, os dais cuenta de que
la promesa incumplida habrá de forzar su perjuicio?
CONSPIRADOR 4
A callar. Son días
estos en que el cumplimiento descuidado de nuestras promesas nos delataría.
CONSPIRADOR 1
Tenéis razón, pero sin
tenerla también es un riesgo deliberar en corros.
CONSPIRADOR 3
¿En qué sitio se
esconde la impunidad que nos salve? Somos libres sólo de callar una palabra:
libertad.
CONSPIRADOR 4
Pues desde mañana
seréis libres para defender hasta vuestra mudez.
CONSPIRADOR 2
Esperáis mucho de un
día sangriento. Os preguntaré a todos: ¿pensáis que es libre quien sin descanso
huye de la esclavitud?
CONSPIRADOR 3
¿Pensáis huir? Ya se
me figura que la esclavitud os está pisando los talones. Id, pues, que sois de
quien os persigue.
CONSPIRADOR 2 (le toma del cuello)
¿O pensáis que la
sangre es el atajo de mis manos?
(Lo suelta, tratan de golpearse, pero el resto
interviene)
CONSPIRADOR 1 (jadeando)
Calmaos. Os responderé
ambas preguntas: ¡Muerte al rey! Creo haberos satisfecho con una respuesta
inapelable, cuanto por ser ella la única curiosidad de vuestras preguntas, ¿no
es cierto? Bueno, pues a fraternizar otra vez.
CONSPIRADOR 4
Decía, caballeros, que
desde mañana, habrá que amanecer en defensa portentosa. La cobardía de hoy la
tendremos que defender tenazmente. Lo indefenso por nosotros será protegido…
(Entra quien faltaba)
CONSPIRADOR 5
Señores, las viejas
leyes fueron relevadas por otras, y aun por antiguas aquellas fueron
encarceladas bajo sentencia de los nuevos engendros. No defenderemos ni lo débil
ni lo severo de esa pugna, y por el contrario combatiremos aun lo que en
nosotros desmaye. Defenderse no es el comienzo, es justificar el fin. Si me
preguntáis cómo convenceros de que mañana no debe ser la abreviatura de un
porvenir anulado, os diré que no penséis en mañana sino en después. Si
preguntáis cómo convencer a otros, pues os diré que si tratamos de convencerles
antes, no les convenceremos jamás. Primero venderemos sus temores a los avaros
que nos envidian esos mismos tesoros, luego convencerles será, en su orden,
cosa segunda como cierta. Convenís conmigo en que quienes viven de su vida,
mueren a expensas su muerte; pues así que no viváis de vuestra carne, que carne
vamos a cazar.
CONSPIRADOR 1
Sois…
CONSPIRADOR 5
Callad, señor. Tened
presente el silencio de esta noche. Lo que nos sucederá por profecía de
vuestros miedos, que figure entonces en su presente, que ha de tener allí
también la campaña de una guerra. Vendrá lo que ha de venir siendo tal lo
venidero, que para un régimen así de genuino antes debéis abolir a la
monarquía, la cual por extensión de su improcedencia es siempre parasitaria. Es
que ni por colorida tradición un pueblo puede admitir una merced tan injusta,
cuyo mayor lujo, aun por encima de sus joyas usurpadas, es el acomodo de
tribunales condescendientes. De preferir ese estado de cosa, se sería súbdito
sin duda, pero no de reyes (que a la larga se les habrá de suprimir a todos),
sino de la cobardía que siempre sobrevive…
CONSPIRADOR 1
Luego…
CONSPIRADOR 5
Y cuando no se crea
reinar sino en una sepultura anónima, se llamará a consejo tal es costumbre
suceder al caos, se invocarán las diferencias del concurso y a réplicas
inconstantes se conciliará, al fin, las iniciales del nuevo alfabeto. Ya las
meditaciones de un pueblo oprimido han vencido en su parte, acaso se os han
adelantado a vosotros; sólo la espada vuestra puede felicitar tal anticipación
en el mismo campo…
TELÓN
A
C T O
I I
Escena 1
(Sala
real. El rey y el bufón)
EL REY
Se nota, rey, como si
os lleváis en vuestro semblante, tan
fresco al amanecer, aún la nota triste de alguna mala noche, rimbombante
himno que no os deseo como perfil real pronto a ser acuñado hasta en la frente
de vuestras monedas elementales que ruedan en desuso. Si lo sospecháis así,
pues así hablo largamente desde aquel acto que se acorta en mis memoriosas
dilaciones, rey. Pero, a partir de esta pregunta, puede que mi voz me abrevie:
¿Por qué será, rey, que los bufones crecen una parte de su promesa después de
haber nacido para secundar las rodillas de sus padres? Os respondo con este
salto: para llegar a sus cascabeles.
(Come
una nuez)
Como sabéis he nacido
de las entrañas de mi madre, quien era esposa de mi padre, hija de mi abuelo,
hermana de mi tío, enemiga de Adán, y aunque sus cuidados maternos, venideros
al parto, acompañaron mis primeros y cortos años de infancia, ella ha sido
desde siempre menos pariente mía que lo fue mi hermano.
EL BUFÓN
¿Cómo es ello que,
siendo vuestra madre quien os trajo al mundo, vuestro hermano sea más cercano a
vos?
EL REY
Veréis, rey. Siendo
también heredero de mi padre, quien era esposo de mi madre, hijo de mi abuela,
hermano de mi tía, enemigo de Eva, luego soy hijo completo del dúo, y parcial
de cada uno de los esposos. Soy, por mejor decir, medio hijo de mi madre y
medio hijo de mi padre, mas de mi hermano, gemelo mío desde el principio, fui
hermano completo, y aun otra consanguinidad fraternal suma un eclipse al
plenilunio.
EL BUFÓN
¿Cuál?
EL REY
Pues el que mi
pariente no me sobreviviera en el parto.
EL BUFÓN
Puesto que habláis de
vuestra familia en los términos que la naturaleza os concede, no me atrevo a
contrariar los defectos que suelen ser esclavos de tal virtud, aun yo siendo de
este lado juez. Sois, ciertamente, un bufón cuyo ingenio mejora una simetría
fiera…
(Aparte)
Si yo no llevara esta
corona, sería el cómplice vuestro como el de la naturaleza.
(Otra
vez en voz alta)
¿Erais un niño muy
pobre, caballero?
EL REY
La fortuna era tan
escasa en casa, rey, que vivíamos a la intemperie, soñábamos con un techo,
celestial se me figuraba el techo si no se le parecía al cielo. Palacios como
estos, ni en sueños, vivir como ahora, ni viviendo. Reyes como vos, ni siendo
el bufón de todos los súbditos. Sólo el hambre nuestra comía, y nosotros de
nosotros le dábamos hasta los huesos aunque sea por verle comer a ella. El oro
era tan poco que lo poco que era no alcanzaba a plomo, aunque ciertamente
pesaba más. Tan raras eran las monedas en casa que en lugar de gastarlas las
coleccionábamos, rey.
(Comiendo
unas uvas)
Os daré un consejo,
rey, no dejéis nunca que vuestra corona la remiende el herrero que os odia, ni
le permitáis a éste que os fragüe los cuchillos de vuestro banquetes, pero rey,
que triste apoyáis esta mañana la cabeza entre manos temblorosas… jamás matéis
al Adán de los cuchillos. En cambio, devolvedle el paraíso, la venganza está
detrás del mordisco… hay muchos cuellos que mucho no son el vuestro, felices
días para el metal de todos los reinos, y sólo un cuello sostiene vuestra
cabeza y vuestra corona, cuidad de que ningún conspirador en el vuestro reclame
dos. Dame vuestro nudo y os lo desataré en el cuello.
EL BUFÓN
Estoy extraviado,
caballerito, pero en vuestras palabras incesantes hallo el paso de mis palabras…
decidme, por qué sólo para escuchar a mi bufón tengo mando, pues con vos mi
corona despunta en brillo, y, por opuesto tributo…
(Tose)
EL REY
Os respondéis vos
mismo con mi voz de enfermo.
(Remeda
al bufón y luego ríe)
EL BUFÓN (primero
entre risa, pero luego triste)
Soy un rey a los pies
de vuestra risa… Pero escuchadme, por favor. Anoche, antes de irme a la cama
(cama a la que por cierto no acudió la reina de mi lado sobrio, y si la reina
de mi sueño cuyo nombre dice ella misma a gritos que es “pesadilla”)… En fin,
antes de dormir recé para conciliar el descanso reparador, que a un rey dota de
cuanto haya olvidado en una mala noche de vino. Veréis, sois vos otro que sabe,
sé que lo sabéis antes de que os haga esta confesión, que no soy el mismo, y no
sé si el mismo de antes se le parece a lo que todavía no recuerdo. ¿Qué debo
hacer para ser el mismo que se le parece al de siempre, que se le parezca a ese
mismo que vosotros recordáis y que en mis facciones turbadas por el olvido se
distingue?
EL REY
Ordenad vuestras
órdenes, rey, y en fila disciplinada hacedlas cumplir; si no, vuestros
ministros os coronaran de lo lindo con estos cascabeles feos, que ya suenan
como campanas de boda. Llamad a vuestros ministros, andad a caballo en sus
lomos de burro e inspeccionad vuestros predios al trote. Rey, os ordeno que
ordenéis. Ordenad, ordenad… llamad al hombre tocayo de mi orden.
(Se
levanta el bufón de su trono)
EL BUFÓN
¡Ordenanza!
(Al
punto entra el ordenanza, hace una genuflexión)
ORDENANZA
Ordenad, majestad.
EL BUFÓN
Id por mis ministros; apuraos…
EL REY
Deprisa él hombre de
recados se hace más lento, que la noticia lo aventaje entonces…
(Sale el
ordenanza)
Rey, si queréis volver
a la forma que creéis haber perdido, no sé en qué forma que desconozca vuestro
séquito, os digo que debéis reíros de vez en cuando y ceñir el duro ceño
siempre. Necesitáis que un bufón os recuerde este consejo, pues, si no, seréis
por cualquiera mal aconsejado y aun como Proteo no seréis sino vos mismo en una
única y adivinada forma…
(Entra
Ambrosio. Al oído del bufón)
Aquí viene un rebuzno.
AMBROSIO (se
inclina con desparpajo)
Majestad, he pensado
en un nuevo ministerio que no sumará un ministro incompetente a vuestras dones.
(Conteniendo
la risa)
Es invisible y sólo
quien lo encuentre será su rector. ¿No adivinéis, majestad? La nada, señor. Os
dará los mejores consejos y nunca os contradecirá en nada. Se reunirá con
nosotros para discutir cualquier asunto que no apreciemos enteramente, y de él
nos dará la mejor solución que no nos quedaría menos que asentir frente a vos.
¿Qué decís? No hay que pagarle, ni agasajarlo con ningún banquete, señor, nada
aceptaría más que su vitalicio título.
(Se ríe
el rey. Entran Carlos y Eduardo)
CARLOS y EDUARDO (en
una genuflexión rasante)
Majestad.
EL REY (al oído del
bufón)
Una manada de
rebuznos, anuncia la batalla que, sin embargo, no debéis librar a lomo de
burro, rey…
CARLOS
El ministerio que ya
os habrá propuesto Ambrosio, sólo merece la corrección mínima de mi
indiscreción. Veréis, señor, el ministro que haya encontrado estos oficios, de
seguro haciéndolo en yerro de su pereza, deberá antes, como obligatorio
intermedio, encontrar aquello que precisamente buscaba antes de que se le
ungiera en sus funciones, por contrario no se le juramentará como ministro…
EDUARDO (conteniendo
la risa, le guiña un ojo al rey)
Majestad es la letra
enana que debe precisarse en tal contrato.
EL BUFÓN
He pensado, señores,
que ese otro ministerio vuestro de reuniros para la juerga es común a todos, y
que en el sobráis todos vosotros cuanto más os empeñáis en entretener mi
melancolía. Me habéis hecho reír en mis buenos momentos, y en estos días de
resaca habéis animado mi extravío, del que sé que os preocupáis sin duda. Mas
no sólo en la adulación hay la corona más abierta que nos unja, y, siendo el
rey de esta tierra, es mejor que lo siga siendo antes que mi título se hospede
debajo de su arenoso tiempo. Sin embargo, no consigo, con mucho, siquiera asir
el cetro de mi duda. Es grave la confesión que a vosotros hago, tanto más por
anticiparla frente a mi bufón.
(Todos
contienen la risa)
He reflexionado en
estas horas… pues en esta hora medite lentamente la hechura de un nuevo reloj,
que, antes que vosotros llegarais con una farra bien intencionada, el bufón
sincronizó a la verdad. Verdad, señores, que puntual amarro en todas las horas
que me quedan.
EL REY
¡Hurra! ¡Hurra! Esa
verdad es redonda como el reloj que lleváis en ceñida esgrima…
(Aparte)
Pero dura un giro.
(Entra
Claudio)
CLAUDIO (hace una
genuflexión)
Majestad… ¡Vaya! Los
rostros se me figuran sincronizados, señor, excepto la vuestra que espera al
bufón.
(Le
guiña un ojo al rey. Todos los ministros ríen)
EL REY
Tus palabras os dejan
rezagado, rey… apuraos, pues.
(Todos
ríen y el bufón casi parece sucumbir con un mareo)
Acunad vuestra cara en
esa manos temblorosas, rey, y veréis que despierta en medio de un terremoto,
que en las cuencas ciegas de vuestras manos cabe…
(Los
ministros ríen)
ORDENANZA (desde
afuera)
La honorable reina,
majestad.
(El
bufón despierta de su ensoñación)
EL REY y EL BUFÓN (apartes
simultáneos)
Esposa mía, de vos
aparto las palabras que no gustéis…
(Entra
la reina)
LA REINA (mira al
rey antes de incursionar. Luego se dirige al bufón con sobriedad de estado)
Vuestra estirpe por
venir no merece que os tenga que avergonzar delante de vuestros ministros; pero
si soy dura con vos, ya las razones por vos son hartas conocidas, y de ellas
hacéis un chiste que cada día un traje nuevo lleva para el mismo acto.
EL REY (aparte)
Reclamáis en ensayo de
vuestras durezas por venir.
LA REINA
Los asuntos a veces
pintan mal; os traeré, sin embargo, un mensajero que noticias buenas del reino
me dijo que os ha venido a traer. Haré pasar al mensajero para que veáis que
aun la mejores noticias, en sus mejores lujos, deben por condición aguzar la
perspicacia de un rey, haciéndole, luego, tan persistente como su severidad
corrija. Debéis actuar, señor, conforme a vuestra corona, y siempre en celo del
interés real. Si alguna virtud severa os ha enseñado la risa, respaldadla
entonces en defensa de vuestra vida alegre, pero actuad pronto, aunque sea
remedando la premura que os sugiere vuestra reina. Os digo todo esto, después
de haberos dejado solo en vuestra alcoba, para que no creáis que el no haber
compartido vuestro sueño haya de ser la causa primera de una prisa que os
instiga a la locura y la perdición del mando. Ordenanza, que pase el
mensajero…
EL REY (aparte)
Reina eres.
(Entra
el mensajero. Hace una reverencia)
Escena 2
MENSAJERO
Majestad, que vuestro
estrella brinde por mejor salud.
CARLOS (al oído de
Eduardo)
Y la joroba alza la
copa y dice: ¿salud?
(Ríen
entre ello y el rey los reprende con una mirada)
CLAUDIO
Majestad, antes de que
atendáis vuestros asuntos, dejadme deciros que a las palabras de vuestra reina
sólo me atrevo a sumar mi ministerio…
actuaré con diligencia, pormenorizaré lo que en sus mínimas partes
requiere un menestral desvelado.
EL BUFÓN
Bien, Claudio. A esta
asamblea, encabezada por mi esposa y mi bufón, celebro su sinceridad… también a
ella debo un gozoso tributo, pues estas bromas, que desentierran una sonrisa
entre los escombros de mis turbaciones, hasta la poca paciencia que le he
tenido a mis cortesanos busca honrar… Mujer, nunca hay que ser injusto con una
sonrisa, sino disciplinados. También podemos mellar en ella las púas de
nuestros enemigos, al tiempo que aguzamos nuestros erizos más fatales.
(Al
mensajero)
Hablad, buen hombre,
es vuestro turno incontrovertible.
MENSAJERO (mirando
por el rabillo de un ojo al rey y por el rabillo del otro a la reina)
Señor, al pronto
veréis que vuestro mensajero trae la noticia que más a tono de su talante está.
No puedo ocultaros la felicidad de ser su portador, de cierto por dos motivos
que os incumben siempre en deleite vuestro: el primero, señor, es la mejor
noticia que he traído desde que vengo al palacio. Luego, ¿cómo, a pesar de mis
alegres rubores, os velaría lo que me emociona tanto?
EL BUFÓN
Haced bien, buen
hombre…
EL REY
Buen hombre, sois
bueno… Si vuestro nieto no os hace rancio, son las arrugas la que os añejan
malamente…
EL BUFÓN
No os intimidéis por
mi bufón. Adelante. ¿Cuál puede ser la mejor noticia, que sin embargo pierde su
compostura con una broma de mi bufón?
MENSAJERO
Majestad, fue mi
alegría la que se distrajo con un chiste. Permitidme, señor, redimir vuestra
injustificada espera con la generosidad de una noticia. Bien, la misiva que os
enviasteis al reino rival de la ribera, ya tuvo su contestación como llanamente
se le pretendiera de sus despachos. Esta mañana llegó un soldado del reino en
cuestión, atado de espaldas al burro que lo trajo a la frontera. En su pecho
traía la impronta por el hierro candente, la contestación de vuestra carta, en
las condiciones exigidas por vos y observadas al punto por ellos. El rey vecino
acepta así enviar un embajador para negociar con la desventaja de haber
consentido vuestras previas costumbres. Como posdata, el burro, también con
fierro candente, fija la fecha de la entrevista.
(Le da
un papel)
Es esa, majestad.
EL BUFÓN
Bien, supongo que la
tinta ya intimida la sangre extranjera. En prolongación de mis propios
atributos, era de esperarse lo así expuesto. Hay que seguir con rigor de la
palabra escrita al acto riguroso. Es preciso preparar una bienvenida austera al
embajador que debe venir en camino. Si severo he de ser con quienes siendo mis
súbditos me odian, qué tanto no he de serlo con quienes del otro lado de mis
fronteras osan coronarse con el mismo encono…
(Acaso
consultando a la reina)
Es una buena política
esta que sigo en comunión con mi pasado, ¿no es cierto, reina?
LA REINA
Tanto que siempre
debéis aguzar vuestros sentido. Hay ardides que se descubren en las bromas, el
bufón os puede hablar de ello mejor que yo, pero hay asuntos que merecen la
severidad que un bufón aconseja tras las máscaras de su rito.
(Su
esposo le guiña el ojo)
EL BUFÓN
Venid, mensajero…
acercaos más. Os merecéis un premio que aún mi goce no atina a escoger. ¿Qué me
decís, Ambrosio?
AMBROSIO
Majestad, son tan
buenas las noticias que ya han truncado toda huella sombría de vuestros pies.
Me alegro como vos de que os decidáis premiar a este buen hombre.
(Intercambiando
miradas de complicidad con los otros ministros)
Se me figura, luego,
que un racimo de uvas de vuestra mesa le haría bien a su digestión, pues una
cena también, a juzgar por vuestro semblante majestad, merece este hombre.
LA REINA
Premiadlo como
queráis. Pero no os olvidéis de ser severo. Otros serios asunto contratan otra
clase de heraldos. Advertid sin demora las señales, aunque para acercaros a vos
porten máscaras y coloretes. Yo me retiraré a otra alcoba, no juzguéis en el
desenlace del lazo un desplante en perjuicio de vos, juzgad en ello más bien el
título que os tributa una esposa que no tiene ya razones para vigilaros el
sueño.
(Hace
una leve genuflexión sólo al vacío magnánimo. Le guiña el ojo a su esposo y
sale)
EL BUFÓN
Carlos, alcanzadme ese
racimo.
(Carlos
le da el racimo de uvas)
Tomad, buen hombre.
EL REY
Si es vinagre o si es vino…
quién lo sabrá. Buen hombre, id a destilar las uvas que lleváis.
(Ríe el
bufón)
EL BUFÓN
Id en paz, buen
hombre. La cena de hoy os la enviará un sirviente…
EL REY
No la dejéis de
última…
(Sale el
mensajero)
AMBROSIO
Si me permitís,
majestad, debo retirarme a meditar la bienvenida que así de bien nos viene.
Carlos, Eduardo, venid conmigo…
(Se
inclinan todos y a un ademán del bufón salen de la estancia)
EL BUFÓN
Claudio.
CLAUDIO
Majestad.
EL BUFÓN
En lo que concierne al
emisario, en qué historiados formas conviene documentarse.
CLAUDIO
¿Queréis que os cuente
la historia de calvum ad calvum? Así
juzgo cierto, señor, que podéis alumbrar vuestra coronilla.
EL BUFÓN
Eres prudente, por
esos os juzgo el mejor ministro.
CLAUDIO
No quiero dejar de
serlo, aun por plantearos otra cosa.
EL BUFÓN
Adelante.
CLAUDIO (a una
señal del rey)
Que sea el bufón que
os cuente todo, con la alegre paciencia que merecéis.
EL BUFÓN
Claudio, seguís siendo
el ministro que mejor juzgo. Podéis iros.
(Hace
una genuflexión y sale)
EL REY (dramatizando
sombrío)
Os empezaré a decir,
rey, que antes de vos tuvisteis padre que abuelo tuvo antes que él. Reyes se
asomaron por estas ventanas del castillo, antes de espiaros desde los cuadros
que sirvientes cuelgan en la paredes vuestras. Cuelgan un cuadro los bellacos,
y en el nudo del cordel imagina el cuello atorado de un descendiente vuestro.
(Aparte)
Lo que no retrató el
pintor, ahora lo pinto de un trazo.
(Continua
el relato)
Bien, rey, otros
reyes, de otras tierras, que al otro lado de las vuestras acuñan monedas para
otras suertes, con vuestros antepasados disputaron guerras. En el polvo
inconstante, que a diferentes nombres (de los vuestro y de los ajenos) han
empolvado, cayeron los guerreros y la sangre de ellos, mezclada con la complicidad
de anónimos cadáveres, por venganza convinieron borrar los nombres que sobre la
tierra se hubieran decidido tras batallas. Así siempre se volvía al mis punto a
sangrar a los guerreros, cuyas venganza repetía la voz del cero que comienza
otra vez a impartir su orden. Pero un día, rey, tuvisteis padre que os quiso
históricamente, según queda sentado por los cronistas de vuestro reino… pues
bien, vuestro padre, que de loco tenía sólo la cuerda lira, cedió al enemigo de
siempre una serenata que no la amarra una cuerda de loco, pero vos, que
envestido con los pliegues plisados en el orden de severas ordenes por venir, y
que…
(Oscurece)
Escena 3
(A la
oscuridad rasante)
GREGORIO
¿Qué noticias os
apremian, Andrés?
ANDRÉS
Nuestro informante en palacio
me dice que el rey lleva semanas en un soporífero trance, y que el día, en que
apenas cato el vino de la dosis anterior, concilió la idea menos lúcida de
cuantas en esas últimas semanas dilucidase. Aunque se le ve divertido hasta el
estrago y sus ministros le secunda en tales extravagancias. La reina casi fue
forzada a comparecer en el trono festivo. El rey hizo transfigurar a su bufón a
la medida suya. Toda una corona roma, que no se ha visto igual oropel ni en los
peores tiempos del rey loco. Si me preguntaréis cómo se imagina que tal
metamorfosis sea posible tenerse en esos pies en cuyo asiento ya se previene el
fin, os podría responder, con las mismas palabras del informante, que un bufón
intoxicado pudo extraviar sus chistes, y los cortesanos ir a gatas mientras
cada rincón registran; pero estoy en el deber de responderos con vuestras
mismas sospechas: el rey heredó las dos coronas de su padre. Estas
distracciones que en palacio se hospedan con título real, se me antoja que
buenas ventajas nos ofrecen, las mejores desde que hubiéramos de confiar en la
mejor.
GREGORIO
Ciertamente, un rey
entretenido agotará todos sus móviles, y a las calamidades rogará por una razón
extra. ¿Qué os dijo el informante de los ministros, además de que secundan a su
rey?
ANDRÉS
Que como unos de sus
iguales lo tratan, según la conveniente impostura delante del rey postizo.
Sabéis que por ser proclive a cierto humor extravagante fue que los ungió,
apenas distinguiéndolos entre sus otros bufones.
GREGORIO
No todos figuran en el
retrato que hacéis, uno por cómplice nuestro se ofreció a proseguir con
cualquier juerga ministerial. Es un hombre muy sagaz, Andrés, y sólo por
hipócrita puede que se le distinga antes que por traidor. El rey no sospechará
de sus fachas, así tenga que sospechar de los demás las fachas suyas.
ANDRÉS
¿Qué decís, Gregorio?
GREGORIO
Lo que ya merecéis
saber, amigo. Y lo que vuestro merecimiento no debe transigir fuera de nos. Es
temprano aún, y nosotros somos los primeros madrugadores.
(Le pone
una mano en el hombro)
Si la historiada
estampa tiene la locura de quien enlutado la urdió, nuestro ministro no
malogrará la suerte de hacerse el loco, y con juicio celará los pétalos que
allá florecen. Un jardinero será él, un jardinero que nos deje la valla franca
y que se nos una en la siega. Prolongar esos desmanes de locos, halagarlos, señor,
nos marcará el blanco con la flecha fatal. La reina, por cierto, engorda un
blanco en su vientre, tan redondo que las flechas que en adelante fallen darán
en el centro de ese atajo.
ANDRÉS
Me pasma vuestro
secreto. El haber conseguido un espía en el palacio, ya era bastante bueno como
para suponer otro osado vínculo. Me alegra ser de confianza en este punto. De
veras que sí, Gregorio…
GREGORIO
Andrés, el informante
no era sino el saliente de lo que oculta nuestro palacio…
(Golpeándole
el pecho con el dorso de la mano)
Nuestro palacio,
señor. Ya veréis. Por otro lado, este informante suple las extensiones que por
razones ministeriales el otro debe delegar.
ANDRÉS
¿Cuál de esos cuatros
ministros es el nuestro?
GREGORIO
Eso nos toca saberlo
cuando una entrevista nos junte. Por inverosímil que os parezca, le procuré por
enrevesado epigramas en contra del rey, inspirados todos en viejas canciones.
Cada folio par sumaba un estribillo impar, y viceversa. Cada verso en el folio
deducía la ganancia del anterior y al final de su propia medida computaba un
sumario propio, que justificaba siempre el primer folio en sus primeros versos.
También la inexistencia de un autor que llevara su nombre cristiano, sumaba
unas siglas in situ.
ANDRÉS
Se me figuraba que era
IN RI.
GREGORIO
Ese es otro sitio,
Andrés. Bien, de esta extraña forma que de momento me hubo costado creerla
infalible, un anonimato sedujo el anonimato de unos de los ministros del rey.
Por mejor decir, un hombre entiende al hombre que se hace entender. Cada
acertijo era puesto en la mano contraria por el mismo informante que os ha
mantenido al tanto de todos esos pormenores palaciegos. Sin duda, siguiendo el
consejo mutuo, este hombre no quiere ser descubierto prematuramente.
ANDRÉS
De cierto que su revelación
compromete las ventajas ganadas hasta hoy.
GREGORIO
Divulgar su anonimato
haría que el rey desinflara su círculo. La gente que nos acompaña merece
nuestra escolta. Nosotros, incluso, debemos militar con ellos, acompañarles
hasta en sus ociosos días. Es gente tenaz, y el interés común nos estrecha; mas
no es tiempo de que le presentemos a nuestro anónimo. Así todos, lo que a este
pacto desigual nos unimos, conseguiremos el ras de una nueva corte.
ANDRÉS
Gregorio, ¿aún no ha
venido aquella Hilda de la que hasta en sueño habláis?
GREGORIO
Aún está por venir.
Espero que traiga su bienvenida, le daré la mía cuando llegue. Quiero que os
conozca. Quiero que ella conozca todos mis sentimientos, que mi pecho le revele
que en mi pecho su nombre se proclama. Ah, pronto todos estaremos encaminados
más allá de este aquí y de este ahora.
ANDRÉS
Pues, mi querido
Gregorio, aquí parece venir quien ya llega al lado vuestro.
(Entra
Hilda)
Escena 4
GREGORIO
Mujer, que la noche
siga a la lumbre de vuestras huellas. Venís puntual, y puntual la noche sigue
en este cielo a punto de su bóveda. ¿No tuvisteis tropiezos en la plaza,
vuestro antifaz mantuvo la compostura delante de tantos enemigos? Mirad que
dicen que los espías del rey ya se han emparentado con el miedo de muchos.
HILDA
Sólo con los
incestuosos. Gregorio, tanto me alegra de veros, que parece que os encuentro
sin haberos tenido que buscar en mis afanes. Amargos han sido estos días como
para agriar todo un año, y militantes obtusos
calzan con tacones para dar zapatazos en cada corro. Pues os cuento que
tras dejar los asuntos de tantos criminales, incrédulo e hipócritas, que dicen
matar al rey con una frase furtiva, se me figura que pocos grupos puede
detentar un ejército que cada quien llama suyo para instigar la envidia de
otros cobardes. Fanfarrones discuten condecoraciones de antemano, y el pueblo
hace la guerra sólo para ganar otro chisme…
(Se
detiene en seco)
Perdonaos que no os
haya visto, pero la oscuridad de esta sombría noche, a ras de lo que veo, vela
también a los amigos.
GREGORIO
Perdonadme a mí, por
no haberos develado el misterio con que se consiguen vuestros nombres. Hilda,
he aquí, al lado de vos, un amigo que muchos años ha estado a mi lado. Por
vuestra parte, Andrés, creo que apenas falta por deciros: hela allí. Andrés ha
venido de tierra extranjera y extranjeras también son las noticias que ha
traído. Lo he puesto al corriente de lo que ni en el exilio está libre de un
rey tirano. Es un hombre leal al que he sido fiel desde que lo conocí, y al que
juré lealtad, tributándole con un secreto que en breve plazo mereció saber.
HILDA
Tanto gusto de
conoceros.
ANDRÉS
Lamento ser tan
descortés de regocijarme de vuestro gusto antes que vos…
GREGORIO
Hilda, a todos se nos
figura que todavía los frutos no están maduros. Sé, como vos también lo sabes,
que un mañana que provenga de un ayer es un tiempo que ahora no nos conviene,
otro será el amanecer en que se coja el fruto cuajado de un plan. La calma, la
paciencia de esa calma, nos enseña siempre lo contrario que todos aprenden de
su prójimo. Pero también convengo en que si lo verde no madura en el rigor
último de la naturaleza, es hoja que en sí contiene una acusación contra los
profetas. Es preciso, querida, podar antes de la siega. Ya somos una fracción
infatigable con un enemigo común, este principio mínimo, natural de cualquier
alianza, consigue nuevos aliados. Por cada uno de nosotros decenas se nos
unirán; y por cada decena, una centena. Por cada sospechoso conjurado, las
sospechas se advendrán a nuestro ejército. Somos nosotros, mujer, quienes
convocarán todos los corros en un solo círculo. Y de cierto os digo que ha
llegado la hora nuestra y el tiempo que vendrá después.
HILDA (conmovida)
Tenéis razón, y Andrés
es testigo de que os la concedo con la extensión del cumplimiento.
ANDRÉS
Testigo soy, señora, y
también observaré mi parte en vuestra promesa. Gregorio, mañana os espero en mi
casa, venid con la armas que dejé en la casa vuestra. En estos días difíciles
el metal debe pactar con su estirpe.
(Inclinándose)
Señora, a la luz de
mañana reconoceréis mis rubores que aun en las sombras os premian.
(Sale
Andrés)
HILDA
Mañana, mañana,
Gregorio… Ay, ya se acerca el después.
(Entra
Nicolás)
NICOLÁS
Hilda, Gregorio, por
encontraros a salvo no me alegro, perdonadme, pues a vosotros precisamente he
venido a deciros, con la misma prisa de la pena que me embarga, lo que así me
hizo correr hasta vosotros…
HILDA
Hablad pronto, que el
demorar la lengua con la lengua misma os hace cómplice de la maldad.
NICOLÁS
No, que no sea así…
porque antes que hablaros me la arrancaría para explicarme mejor. Escuchad.
Unos espías, quizá encubiertos tras temerosos índices, delataron a un linaje.
Los soldados acudieron a su casa, apurando los ficticios cargos que quizá
ficticios delatores habrían urdido. Sólo encontraron a un anciano… Ah, con qué
horror vi como ese anciano, a la luz de las antorchas homicidas, fue tendido en
el umbral de su casa. Ah, con qué horror los transeúntes vieron en los ojos de
su prójimo anegarse el llanto de toda una vida, cuando estas aves de rapiña
vaciaban las cuencas del anciano. Con qué horror nuestros propios ojos podían
ver aquel luto. El miedo, la impotencia nuestra, Hilda, huía de nuestros ojos,
le daban la espalda a nuestros ojos. Por todos los dioses que ven por nuestros
ojos, vi, con el horror de ver la desgracia a oscuras, como el anciano tanteaba
en el piso su infortunio, para ganarse acaso un doloroso cetro. El anciano,
cuyas copiosas lágrimas aumentaban su ceguera, clamaba por un silencio
milagroso; y el bastón, labrado para sus últimos días, habría de ser el primer
bastón de sus días oscuros.
GREGORIO
¿Y que hicisteis vos
por el anciano?
NICOLÁS
Lo mismo que todos:
pedirle perdón sin que escuchara, y avergonzarme bajo sus mismos ojos.
HILDA
Nuestros ojos han de
ver en su rincón. Y el horror que visteis en cada anciano, en cada niña, en
cada madre será un faro de nuestra ira. Vayamos ya… no con la mirada
enmohecida, corrupta y roma, sino con la punta de la espada aguzada fuera de su
cuenca.
GREGORIO
Con vosotros voy al
despuntar de las espadas, porque yo, amigos, nací para llevar ojos que vieron,
desde el comienzo, la ruina en mi familia, y que, desde entonces, testigos son
de terribles días que sobre crepúsculos de sangre se yerguen, desde que mis
ojos vieron que los ojos de mi padre fueron extirpados en el umbral de mi cuna.
Hilda, con que pesar vi que los agujeros en el rostro no me veían. Mi padre,
tanteando una vara, me apartó de sí desesperado. Tengo tantos años como presumís,
y en todos ellos recuerdo como mi padre me apartaba en pos de su rudo bastón.
Su rostro, indiferente, aguzaba sus cuenca mientras bendecía mi desamparo.
Tanto la pena me agobiaba que por la pena pude ver a mi padre sin los ojos que
heredé. Desde aquel día en que fue preferida la vara antes que yo, llevé un
garrote para tantear el camino de la venganza en ayunas. Era un niño enclenque
entonces, y necesitaba de una cojera a semejanza del patriarcal bastón, pero
ahora, siendo el hombre decidido que os escucha, no blando ya el garrote de
bejuco con que ensayé mi esgrima, sino la espada que pesadamente forjé en mi
juventud.
HILDA (conmovida)
Gregorio, querido,
habéis encarnado en vuestra vida el rigor que una noticia me causó.
(Entra
Ernesto intempestivamente)
ERNESTO
Amigos, no sabéis el
dolor que mortifica mis palabras. Allá abajo fui testigo de una barbarie, que,
ay, Hilda no podéis imaginar sino con los ojos vuestros, y os los arrancarías
vivamente si anticipan una imagen tan atroz.
(Sollozando,
cubriéndose el rostro con sus manos temblorosas)
Hilda, Hilda…
NICOLÁS
Ya les conté, Ernesto…
otro acto horrible más retrasa nuestra espera.
ERNESTO
No, vos no entendéis,
Nicolás… Hilda, Hilda…
HILDA
Yo aún tiemblo,
Ernesto…
NICOLAS (a Ernesto)
¿Llegó la familia del
anciano?
ERNESTO (destapándose
el rostro y mirando fijamente a Hilda)
Vine a avisarle a su
amada hija…
HILDA (Entre gritos
y sollozos)
No, no, no… mi padre.
No. Ah, la ceguera la veo por doquier, Gregorio… es el heraldo que viene hasta
mis ojos… Ah, si mis ojos así hostigado os sirvieran como báculo, padre, os
dejaría para vos y a tientas os vengaría. Maldito los ojos que guiaron las
criminales garras… padre, padre, cómo puedo veros… cómo Gregorio… cómo puedo veros vencido así, si no tengo la
fuerza de vuestros ojos…
(Se
detiene jadeante, toma a Ernesto de las manos)
¿Ha muerto? Decidme.
Hablad pronto. ¿También cegaron su vejez?
ERNESTO (tartamudeando)
Vivo… Hilda. Vive…
vuestro padre vive aún…
HILDA
Qué dolor éste que
traéis, hombre, que exige no ser visto por los ojos que padezco. Asesinos, los
dedos que hundisteis ya adelantaron su camino bajo tierra. Muerte, Gregorio,
muerte, Nicolás. Muerte, Ernesto…
(Sale
corriendo entre sollozos)
GREGORIO
Id tras ella, Ernesto.
No la desamparéis.
(Sale Ernesto)
NICOLÁS
Mañanas tendremos un
cortejo luctuoso, que a un nuevo parto concurre. Gregorio, ya a los ciegos le
renace ojos muertos que nos recuerdan nuestra hora y nuestra espada.
GREGORIO
De la mortaja del más
legítimo lecho, la espera recorta sus pañales. No lo olvidéis puesto que
habláis de recuerdos.
(Mirando
alrededor)
Mañana amanecerá al
alba de unas cuencas. Adiós, Nicolás.
NICOLÁS
¡Buena suerte!
GREGORIO
No exclaméis así; que
no se me figura nada bueno con esa despedida.
NICOLÁS (Que no le
había oído).
¡Buena suerte!
GREGORIO
No más. ¡Callad! Que
habrá de ser de mal agüero insistir también.
(Sale)
TELÓN
A C
T O I I I
Escena 1
(La sala real. El bufón, el rey,
Claudio y Ambrosio)
EL BUFÓN
De mi bufón se
aprenden cosas raras, en estos días cuya rareza anda en disfraces de destiempo.
He renacido hace un par de semanas y mi memoria es padrino de quienes bautizan
mi segundo nombre, pues, siendo el mismo, ya es doble para vosotros y sólo se
doblega por una risa de mi boca.
AMBROSIO
Tenéis razón, señor.
Os notamos bastante cambiado de un tiempo para acá. El bufón, en cambio, se
extravía en sus mismos chistes.
(Ríen)
EL BUFÓN (mirando
al rey de reojo)
Sin embargo se me
figura nuevo desde que me notáis diferente.
CLAUDIO
Aprendió a olvidar un
poco y por poco aprende más de lo que sabe, señor. De ahí que haya perdido
pericia en sus piruetas. Ahora es severo como si improvisara de su ceño una
rutina.
EL BUFÓN
Alcanzadme ese espejo,
Claudio. Es hora de ver como río. Venid, bufón, contadme un buen chiste.
EL REY
Un espejo fuera
nuestro consejero, rey, si no tuviese la rezagada costumbre de esperar que nuestra ceguera le
reclame una visión. Si pedís un espejo, un enemigo, que os coquetearía con
vuestros mismos ojos, al punto se muestra en marco funerario, no para calmar la
ojeriza que le tengáis, sino para haceros envidiar su porte en ese encuadrado
atisbo.
(El
espejo se cae de sus manos)
¿Queréis un chiste o
una adivinanza?
EL BUFÓN
Decidme una
adivinanza, pues.
EL REY
¿Cuál es la palabra
menos agraciada, rey?
EL BUFÓN
Pues, no sé… y no os
tengo que dar las gracias por ello… Decidme, por favor, cuál es.
EL REY
¿Cuál es? Decídmelo
vos mismo.
EL BUFÓN (consultando
la cara de los ministros, triunfalmente)
Sí, la fealdad… “fealdad” esta es la palabra menos agraciada.
EL REY
No, rey. Sería muy feo
que lo fuera.
EL BUFÓN
Pues me doy por
vencido.
EL REY
No seáis ingrato, si
os revelo la palabra menos agraciada.
EL BUFÓN
Ganáis el derecho de
que yo sea consecuente.
EL REY
Pues, “desgracia”,
rey.
EL BUFÓN
Eres bueno, haríais
bien de rey. Decidme otra adivinanza.
EL REY
Pero tened en cuenta
que, al no responder bien en adelante, se os instruirá una multa.
EL BUFÓN (primero
duda, luego…)
Decidme igual…
EL REY
Bien: se viste y
desviste y nunca está desnudo.
EL BUFÓN (tras una
pausa, amargamente)
Me doy por vencido.
EL REY
Pues el sueño de un
sastre, rey. Tenéis la penitencia de hacer una ley severa. Es por vuestro bien,
por eso esta adivinanza la he guardado en doble cáscara. Ordenad un edicto,
rey. Un no sé qué severo, digamos que a quienes de sus vigas buscan colgar cual
fruto se le condene a morir más abajo, hay que parar tantos crímenes empeñados
por orgullo, rey… Ahora os hablo en serio, y no os digo porque lleve de
cinturón el cero aquí en el centro de esta estancia, sino porque los calzones
se me ciñen bien… pues soy orejón y escucho que mis orejas pueden escucharlo
todo, pero sólo sirven mis orejas para escuchar la risa de quienes se burlan de
ellas, por eso no puedo escuchar los chisme que contra vos la gente de abajo
levanta, pero se me antojan levantiscos, no porque tenga que levantarme de mi
cama para advertiros justo lo que no oigo, sino porque soñé que podía hacer una
pirueta sin salir de cama, rey, y porque que una mano de otro sueño quitaba la
corona de vuestra cabeza dormida. Si os detenéis a indagar mi sueño, dais con
el punto de que para contaros estas cosas sueño, y no por vuestra salvación
velo… Los bufones tienen miedo, como sabéis, a despertar.
AMBROSIO
Pues sí, señor, hoy os
toca instruir un edicto que al punto ha de expedírsele.
EL BUFÓN
Sí, tenéis razón. En
ello pensaba ayer, y, antes del ocaso de ese día, clareo mi mente. Claudio
tomad dictado, pues. Por decreto del rey se hará colgar una corona en réplica
de la original… no, no, no. Borrad eso. Empezad así. Por decreto del rey se
prenderá, en medio de la plaza, la gorra del bufón, que en estos días felices
vive para regocijo del rey. Todos los transeúntes que concurran a la plaza
deberán hacer, sin excepciones, una genuflexión al tributo que glorifica así la
memoria de un rey alegre, cuya alegría en estos términos quiere compartir…
mejor escribe: exige compartir… con sus súbditos. Para asegurarse de que sea
cumplido con el rigor que se estipula, se apostará una guardia mínima, que se
relevara dos veces al día. Aquel que contravenga el edicto, habrá de ser
apresado para purgar la condena prevista por desacato. Redactad más o menos
como os he dicho, y traedla para su sello real.
CLAUDIO
Al punto, señor.
EL REY
Agregadle esto, rey: y
todo niño que se le sorprenda haciendo burla de la gorra, será reclutado para
bufón de vuestra casa. Ya la muerte en escena me prescribe la caducidad de mis
chistes, hay que disciplinar mis sucesores para regocijo de mi humor.
(Ríen
todos)
EL BUFÓN (entre
risas)
Tomad en cuenta
especialmente esto último.
CLAUDIO (hace una
genuflexión más inclinada al rey que al bufón)
Sí, señor.
(Sale)
EL BUFÓN
Ambrosio, ved como se
cumple, quiero los pormenores que me diviertan.
EL REY (como un eco
sentencioso)
Ambrosio, ved como se
cumple, quiero los pormenores…
(Sale
Ambrosio)
EL REY
Una adivinanza más,
rey. Un bicho que de un día soleado viene, en el rocío espinoso salta. Entre
sus pasos, el nombre suyo por otro así lo trueca. Los demás, horrorizados, le
gritaban: ¿por qué nombre cambiasteis? Él se encogía de hombros… dijo algo que los
otros no entendieron, no hizo otro ruido y calló para siempre y entonces su eco
le replicó: ¿quién sois?
EL BUFÓN
Se me parece que si la
puedo resolver. Permitidme…
(Se
quita la corona para enjugarse la frente)
¿Cambio su nombre por
el de otro saltamontes?
EL REY
Me preguntáis con una
pregunta equivocada… no seas salteador de montes, rey. Mira que no conviene ir
por los caminos bajo tales riesgos…
EL BUFÓN (en el
borde del trono)
A ver: si es del sol y
al frío va… se me figura que también desde el frío al sol vuelve... debe ser
una cigarra.
EL REY
Pues apenas el sólo
canto de tu respuesta no hace la cigarra, y una sola cigarra no hace el verano…
EL BUFÓN (comiéndose
las uñas)
Me doy por vencido.
Decidme por cuál nombre lo cambia.
EL REY (poniéndose la
corona)
Pues, por “Biyo”.
Tomad la corona. Otra penitencia para el rey.
EL BUFÓN
No os comprendo,
caballero… sólo por bicho lo cambió…
EL REY
Por biyo. B-I-Y-O. Ahora repetidle de nuevo
por mí…
(Palmeando)
¡Penitencia!
¡Penitencia para el rey!
EL BUFÓN
No os comprendo, caballero. Decidme…
EL REY
Entre Calidez y Humedad, entra la C y la muda H, que la mitad nada os decía, los
esplendores de su corte, allí consiguió un veraz nombre que entre los muchos le
nombrara; luego, “y” es el vínculo real y no fantásticamente copulativo con la
reina… “y” qué decís, “y” qué pensáis,
“y” que cumplís, “y” qué… reyyyyyyyyyyy…
(Con
afectado desdén.)
En un año bisiesto lo sabrás.
EL BUFÓN
No me retiraré a
dormir hasta discernir algo al menos… Decid otra adivinanza.
EL REY
Entonces retírate a
soñar nada más; no sabes qué iluminado sueños se dan en vela.
EL BUFÓN
Una, por favor…
EL REY (con la
paternal indulgencia hacia un colegial)
¿Qué es aquello que
sin ser una graciosa garza puede ser esa garza; que sin ser un obstinado perro
puede ser ese perro; que sin ser una dura roca puede ser esa roca y que sin ser
todo puede ser nada, porque siendo quien es, que así lo es, es una sola cosa?
EL BUFÓN (con
desesperación abre los objetos como si en sí lo hallara)
A ver… como una garza,
como un perro, como una roca… y que sin ser todo puede ser nada… si no es todo,
luego es nada más lo que se dice: garza, perro, roca… esa cosa grazna, ladra y
calla…
(Tras
meditarle amargamente)
Me pica, me muerde y me descalabra… Vencido soy.
EL REY
Pues simplemente la
cosa que es.
EL BUFÓN
Otra más; os lo suplico…
EL REY
¿Qué es aquello que
sólo vive mientras por su ombligo entra y que sólo muere mientras sale dentro
de su ombligo?
EL BUFÓN
Luego vive mientras muere, caballero.
EL REY
Como tú, rey.
EL BUFÓN
Pues apenas me dejáis vida para las incógnitas…
EL REY
Entonces con apenas
esa vida, que tal vez ya te sobra como las ropas, morirás también.
EL BUFÓN
Me doy, me doy. Por todas las ventanas que me doy. Decidme…
EL REY
Pues el vórtice. ¿Has
visto que el agua se retuerce en esa forma cuando se retira el navío?
EL BUFÓN (ya de
rodillas)
Una al menos que pueda adivinar…
EL REY
Adivino que no será
tan fácil, pero probaré con lo difícil.
EL BUFÓN
Decidme…
EL REY
¿Quién se quita la
máscara?
EL BUFÓN (parándose
triunfalmente)
Quien se la puso.
EL REY
Pero no el mismo,
porque para ponérsela no la tenía aún y al quitársela no la llevaba ya.
EL BUFÓN (perplejo)
¿Cuál es la diferencia si la criatura no ha cambiado en
nada?
EL REY
Os engañáis porque
olvidáis la máscara.
EL BUFÓN
Y qué importa si la
olvido si ésta es la misma, puesto que no puede haber una diferente que nos
vele.
EL REY
¿Acaso importa más?
EL BUFÓN (lentamente,
temiendo una emboscada)
Pues a fe que no…
EL REY
¿Os importaría menos?
(Cuando
el bufón va decir que “sí”)
Tened en cuenta que
también “menos” no lo hace igual.
EL BUFÓN (fingiendo
una categórica resolución)
Me importaría lo mismo, eso desde luego…
EL REY
¿Y si se te olvida?
Mira que mucho se olvida lo que se reconoce igual.
EL BUFÓN (creyendo
firmemente haber terminado el asunto)
Se me olvidaría del mismo modo entonces.
EL REY (mientras el
bufón seca su sudor copioso)
Viene siendo tu máscara tan tuya como no lo fuera del
otro.
EL BUFÓN
Puedo adivinar al menos si soy yo quien soy.
EL REY
Sed cruel aunque no lo adivinéis, es un buen consejo con
unos súbditos como estos; y tanto más cruel si no lo adivináis nunca.
(Oscurece)
Escena 2
(La
plaza. Un soldado prende la gorra a la cintura del obelisco y luego se
incorpora a su guardia. Un par de guardias y súbditos en corro)
GUARDIA 1 (leyendo
el pliego)
Por decreto del rey se
prende, en la cara norte del obelisco de la plaza, la gorra del bufón, que en
estos días felices vive para regocijo del rey. Todos los transeúntes que
concurran a la plaza deben asistir a su centro solemne y hacer una genuflexión
que glorifique así la memoria de un rey risueño, cuya alegría quiere que sus
súbditos adviertan. Por todos debe ser acatado lo prescrito, sin ningún género
de excepciones. El rigor de su observancia será, desde el momento en que se
haga público el edicto, celado por una guardia ceremonial que se relevará dos
veces al día. Todo aquél cuya salud le obligue a contravenir la regla general, o
cuya ignorancia no le advierta el riesgo, renuncie a frecuentar la plaza, pues
quienes ignoren el símbolo, o hagan burla de él, se le ha de castigar
severamente su desacato según el rigor que el rey os ha prometido como ley.
Expedido en Palacio, con todos los sellos de armas, el Rey.
(La
gente murmura)
GUARDIA 2
¡Silencio! Ya habéis
escuchado.
(Todos
los concurrentes hacen una reverencia unánime)
En otros lugares de
reunión se ha hecho público el edicto. Y los muros que os muestran la franqueza
de su pecho, llevan también sobre sus hombros un facsímile parecido al que se
os ha leído aquí. No tenéis excusa para el desacato, y las excusas se castigan
aun con mayor severidad. Así que machaos a advertir a vuestras familias.
(Le da
instrucciones al oído de uno de los soldados de la escolta)
Bien, dispersaos. Ya
os veo en el brillo de vuestros ojos que tenéis que hacer.
(Los
súbditos salen en tumulto)
GUARDIA 1 (enrollando
el pliego)
El primer edicto del
mes, ¿uhm?
(Salen)
SOLDADO 1 (a su
compañero)
Y para nos, otra
guardia mensual que nos toca antes que termine el mes.
SOLDADO 2
Callaos. Mirad que
puede ser vuestro último mes de este mensual proceder, y el primero de los
fijos que os hacen un calendario fraudulento desde que nacisteis, acaso en mala
hora inmóvil, justo porque no estáis quieto en el turno que os toca. ¡No os
quejéis en servicio, dejadlo para vuestra casa! Los que venga, a este solemne
paraje deben observar, y que vuestro silencio me aconseje que no os tenga que
daros más consejos.
(Entra
Andrés, le hace una reverencia al obelisco)
ANDRÉS
Guardias, un día como
el de hoy merece ser escoltado por el alba y el ocaso. ¿Qué decís? ¿Qué edicto
os obliga a callar frente a un transeúnte que os hace un cumplido? ¿No veis
como un mediodía espía la mitad de mis halagos? Estáis rígidos y el obelisco al
medio señala el dios que se relaja.
SOLDADO 2
Largaos de aquí. Si no
queréis que os dé de bastonazos con el báculo de mi espada.
ANDRÉS
Calmaos, no os
irritéis con aquél que da cumplimiento al edicto y al cumplido. Mirad que la
embajada del bufón tiene su penacho de pavo real aquí.
(Entra
Ernesto, hace una reverencia al obelisco, se une a Andrés que lo llama aparte)
Ernesto, venís a ver
el centro mismo de la gorra. Os doy mi sombrero para vuestras limosnas. Vaya,
hombre, venís a mendingar en la plaza, mientras os quitáis el sombrero para
otro fin más bajo.
ERNESTO
Qué decís vos. Me
llamáis cobarde, truhán.
(Insinúa
al obelisco por encima de sus hombros)
Entonces éste es el
imán que como una yunta de bueyes nos hace sacar otro imán. Un imán que no nos
repele, aunque ya me enemisto con vos…
ANDRÉS
Que sólo a mí me
repele, os corrijo en la misma plaza, y el obelisco así escoltado es testigo.
Yo por otro motivo vine, señor, que aún no comprendéis, para asegurarme de algo
que en vos no es seguro que lo sospechéis… y aun así os digo que si me incliné
fue a reparar la pobre trama que los bufones llevan; contemporánea fue mi
curiosidad con el edicto, paralela la búsqueda y la calva.
ERNESTO
Ofendéis mientras lleváis
la vergüenza vuestra por delante, y os amparáis tras lo que encuentra vuestro
pobre tramado…
(Entra
Octavio)
OCTAVIO
Como estáis, señores.
Os alcancé a ver que reñíais, y lo que me separaba de vosotros se me antojó que
también a mí me enemistaba, no con vosotros por cierto, sino por no llegar a
vosotros a medio camino del atajo.
SOLDADO 1
¿Os atrevéis?
OCTAVIO
¿Qué decís, señor?
SOLDADO 2
Que os inclinéis
delante de la gorra, nada más… será mejor para vos que tenga que decir menos en
perjuicio vuestro.
OCTAVIO
¿Me decís que le haga
una reverencia a un retazo que sobró del traje de un loco? ¿Habéis desertado
del ejército para enrolaros en las migajas de otro así de delirante?
ERNESTO
Es el nuevo edicto del
rey el guardar reverencia a la gorra de su bufón. ¿Cómo es que no lo sabíais?
OCTAVIO
Y ahora que lo sé,
sacaré la mejor parte por no haberlo sabido, y mi propio interés sumo como
parte de mi entendimiento…
SOLDADO 1
Majadero, os inclináis
o lleváis la cojera del garrote a cuestas.
OCTAVIO
Ahora menos que nunca
me inclino.
ERNESTO
¡Octavio, por favor!
(Uno de
los soldados rompe su formación)
SOLDADO 1
Vos estáis aprehendido
en nombre del rey, pero antes os daré una tunda en nombre de mi garrote. Mi
bautizo será rudo, pero ya veréis vos que es la tunda encaminará vuestro
porvenir.
SOLDADO 2
Os llamáis Octavio,
pues, Octavio, la ruina vuestra otro nombre tendrá y ese nombre con que ahora
os ufanáis no ha de ser sino un apodo entre vuestros dolientes.
OCTAVIO
Pues no hago la
reverencia que me imponéis observar. Y ciertamente a vosotros juzgo guardianes
del guiñapo, porque qué locura guardáis sino la de ser más loco. El rey por fin
puso su estatua… en medio de sus
iguales.
(El otro
soldado toca el silbato en auxilio de otros guardias)
No temo que me apreséis
por lo que vosotros fuisteis encomendados.
(Lo
aprehenden. Se resiste y lo cargan a garrotazos)
Hideputas, ya
extrañaréis el no existir siquiera frente a mi espada…
ERNESTO
Dejadle, no lo cargáis
a leña, que es mucha la que lleva para un incendio.
SOLDADO 2
¿También vos os
atrevéis a replicar?
ERNESTO
Sólo dije, señor, que
la inocencia de este muchacho es la que os ha ofendido, dejadlo que se redima
con…
OCTAVIO (a Ernesto)
Qué decís, arrastrado…
que imite vuestra calva. Par de cobardes.
(A los
guardias)
¡Hideputas, soltadme!
(Lo
cargan a garrotazos)
SOLDADO 1
Le amputamos algo,
señor.
SOLDADO 3
El edicto, no dice que
purgue la condena por partes. Ya la mazmorra se lo comerá de un bocado.
Llévenselo.
(Dos
soldados más lo sacan arrastras)
OCTAVIO (a Ernesto
y Andrés)
Vuestros temblores ya
flaquean, cobardes…
(Salen)
SOLDADO 3 (al
soldado 1)
¿Quiénes son este par?
Además de ser dos, ¿son cómplices del otro?
SOLDADO 1
Sólo por aconsejar el
juicio que el infractor no acató…
SOLDADO 3
Id por ellos también.
No se admiten reuniones sospechosas.
(El
soldado 1 y el soldado 2 se aprestan a aprehenderlos, pero estos escapan, el
soldado 1 los persigue)
ANDRÉS (en solo
grito)
¡Hideputas, que no
alcanzáis a dos que a dúo se separan!
SOLDADO 3 (al
soldado 2)
Id por otros guardias,
y aprehended a esos tunantes por bien vuestro…
(Sale)
Ya se les podará
tantas ramas huidizas.
(Oscurece)
Escena 3
(En
medio del campo)
HILDA
Padre, aquí tanteo los
primeros recodos invisibles. El rocío, del que mis roces beben un sorbo
sagrado, eleva sus oraciones a mis lágrimas. Padre, el cielo… cielo que, a la
intemperie de una estación recia, decanta sus secretas gotas hasta el fruto que
el suelo nos tributa. Padre, los colores que huyeron delante de vos conspiran
contra el luto del sastre que hasta ayer nos vistió… los jirones que nos quedan
son las insignias de nuestra desnudez tenaz… Miro el paisaje despuntar en
capullos, y veo como un ejército se mece en equilibrio multicolor. Ah, padre,
el lazarillo, que os cuida a la diestra de vuestras sombras, me guio hasta la
mitad de la hierba y en mi espada grabó el mapa del laberinto. Si vuestros ojos
no están en vos, han de estar por doquier entonces. Mañana veréis, padre, como
amanece, tras la noche que, poniente en vuestras cuencas vacías, en vano
socorre los hijos que negó.
(Entra
Gregorio seguido de Andrés y Ernesto)
GREGORIO
Mujer, la hierba está
pareja, y al ras nos advierte por doquier la punzante cercanía. Os cuento que
han apresado a Octavio. Ninguno de los cargos honra su ocupación. Preso está,
Hilda, pero preso de la locura que delira sus últimos acordes. Tened en cuenta
esta cuenta, antes que el mismo ras que os impide aguijonee vuestro odio con el
cielo de su ras. Debéis saber que sólo porque la locura declina es que la
libertad de Octavio conspira a su favor.
HILDA
¿Cómo ha sido?
GREGORIO
Lo aprehendieron, sin
más que la partida a una mazmorra.
ANDRÉS
Un edicto
descabellado, o más bien con los cabellos de un bufón, vejan las coronillas ya
coronadas por el infortunio y por una calva voluntad.
ERNESTO
El rey obliga, desde
hoy, a observarle reverencia a la gorra de su bufón, so pena de ir preso por
desacato. Octavio, sin seguir los recodos de la tinta, concurrió a la plaza, en
cuyo vil ombligo cuelga un guiñapo de fieltro con cascabeles desdentados. Él no
tributó una limosna al sombrero que mendiga lo que exige. La guardia al punto
reclamó una genuflexión. Andrés y yo, mujer, vimos que Octavio los desafió por
vigor de su misma valentía. Los guardias no prolongaron más palabras y lo
aprehendieron. Se reveló tenazmente, su rabia socorrió a sus palabras altivas.
Me avergüenza confesarme un testigo inerme, sólo propicio a corroborar tantos
garrotazos… pero fui a la plaza azuzado por un espía que por muchas calles me
sofocó. Creí que alguien me había delatado, que era sujeto sentenciado de una
sospecha que irremisiblemente nos concernía a todos nosotros… así entré en la
plaza, representé, en el tablado de mi perseguidor, una trémula pirueta acaso
para distraerlo de su acecho, con doblez acudí al punto medio que concilia mi
deshonra con la de un desvergonzado, cobarde, sí, gemelo mío, y que hasta aquí
nos trae un parto…
ANDRÉS
¿Desvergonzadas sugerís
las razones que os oculté como la vuestras ocultasteis de mí?
GREGORIO
Calmaos, hombres.
Hilda, no os preocupéis. Si Octavio maldice al opresor desde una de las mazmorras,
antes nos dejó sus huellas, que cauce será de la libertad. Andrés y Ernesto, si
bien enemistado por la misma plaza, pactaron su huida hasta este pastizal que
otro centro tiene, escaparon a los garrotazos que en malas vísperas hubieran
crepitado sobre sus lomos. Escaparon juntos, y juntos llegaron a un nuevo parto
en que gemelos tales no serán, porque renacerán con nosotros y así perseverar
pueden de sus flaquezas. Os digo esto a todos, el tiempo se aviene con sus
señales. Ernesto será vuestro lugarteniente, Hilda. Andrés, el mío. Ya somos un
ejército unido por la estrategia de toda una tropa que se rezaga si no pensamos
ya. Adelantaos vosotros, nosotros esperaremos a Ponciano. En adelante, os toca
agitar a los mercaderes, cuya codiciosa virtud corrompen el comercio. Allí,
donde se transige con el oro reluciente, enmascararéis el símbolo que
fraguamos. Cada transacción ganará, por fuerza del cambio, un adepto y
convencerá a otro que del negocio dude. El dinero conoce los recodos, imitad
sus proezas o seguidle, de suerte que en ninguna de sus caras os fije la suerte
de ser descubiertos antes del motín. Hilda, cuando el sello haya perdido a los
espías en su espiral, los dardos remendarán heridas; la plaza la tendréis en
dos jornadas apenas. Nosotros vigilaremos centinelas y hasta en sus sueños
hemos de proferir nuestra orden. Mañana, vos y yo, nos encontraremos a
mediodía, el cuarto vuestro con el cuarto mío: la primera mitad consumada.
Después de entonces tomaréis vuestro centro; y yo, aquel que ya rodea la corona
del tirano. Reclutaremos enemigos y con ellos nuestro ejército será invencible.
Sí, las uvas de abajo brindarán con las nuestras, y en el brindis dividiremos…
HILDA
¿Quiénes son
ellos? ¿Cómo es que ya militan antes que
el caos los cense y les imparta condecoraciones?
GREGORIO
Son unos cuantos que
han cortejado la venganza nuestra.
HILDA
Entonces, ¿viven de
amores que nada propio aman, sin raíces que arañen por sí mismas?
GREGORIO
Son huérfanos de esta
oscura edad; como muchos, nacidos el mismo día; pero un horóscopo junta su
tropel en la clara tierra. Huérfano nunca he sido de sus cuidados. La gente que
se batirá arriba, cerca de los muros, levanta el rostro para mirar como
vosotros comenzaréis todo allá abajo. Son propicios, que han esperado toda una
vida que a mi me toca encarnar, así como todos vosotros han esperado aun a costa
de perder la suya.
HILDA
Gregorio, quienes
viven a costa de su vida, muere sin redimir su muerte. Os ruego, querido, que
lloréis por vuestro muertos, pero no viváis de vuestra carne, que carne vamos a
cazar.
GREGORIO
Viene lo que vendrá y
llegará por venir de donde viene; no os preocupéis, mi mujer, que el rey de
esta suerte no se salva.
HILDA (Mirando en
derredor)
Ah, pues ya suena al
unísono: enlutado el cadáver del rey quedará solo, y sólo para sí remendará sus
galas conjuradas. Venid, Ernesto.
(A Gregorio)
Os espero. Adiós.
(Sale Hilda, seguida de Ernesto)
Escena 4
ANDRÉS
El edicto puede ser
del bufón o del rey. El secreto se atavía con esa diferencia y se cala la gorra
de la plaza. Gregorio, se me figura que todos deben saber de una nueva corte, así
aguzaréis el apetito antes del ayuno. En este momento, ya no importa cuán
glotones sean lo espías del rey.
GREGORIO
Sois un lugarteniente
que busca sus medallas fuera de su lugar. En primer lugar, manteneos en
guardia, celad vuestro sitio…
(Con
complicidad)
Os digo más, que no
hace falta confesar que sabemos los pecados de un rey travieso, ¿qué tanto
podemos sumar a la locura que se echa de ver en los mohines del guiñapo? El rey
está loco como su padre, ¿creéis que sea de cuerdo que con el mismo empeño
delatemos sus máscaras? ¿Para qué apurar la locura de súbditos cuyos padres
eran los súbditos menos cuerdos de aquel rey? Ellos saben a medias que el
sombrero menos cuerdo está en medio del fin, eso, Andrés, basta para todos…
(En tono
de advertencia)
Ni que decir de
revelar nuestros cómplices en palacio.
(Entra
Ponciano)
Ponciano, llegáis
pronto, parece que la guerra os bautiza en nombre de sí misma. Pues de cierto
os digo, que pronto militaréis en el mismo ejercito que al parecer ya
encabezáis. Sois hombre resuelto, que antes en la herrería quiso constancia.
Como herrero os juzgo hombre final.
PONCIANO
Hacéis lo que yo haría
en discurso propio. Tomad, Andrés. Esta es vuestra, Gregorio.
(Les da
unas dagas)
Llevadla con vosotros
desde mañana. Es mi última forja. Ahora quiero ser cómplice del metal que acuné
entre el martillo y el yunque. Qué jornada sedienta nos espera, cortad
gargantas, tomad la sangre que os aplaque esos rubores. No tengáis vergüenza de
vuestros rubores, que vuestros enemigos os pincharán allí, en esos rojos
blancos, para sangraros hasta la muerte. ¿Queréis, como yo quiero, tener
enemigos que os sean fieles hasta que los matéis? Pues me alegro de estar con
vosotros, de amar lo que vosotros…
(Desenvaina
una daga, y la blande remedando lances festivos en el aire)
Toda la corte tiembla
tras un inconstante embarazo. Hay espadas, señores, que nos dejarían atrás si
morimos empuñándolas. Una estocada, y cae un ordenanza… un sirviente que regala
sus rodillas entre las servilletas del rey; otro más abrumado que en homenaje
del miedo que imponemos le dará nalgadas a las rodillas de la lujuriosa reina.
Otra estocada en el centro de un ministro, allí donde imagináis que es el
medio, hasta el fondo de su maldad, y se vomitará todas las nalgas. Quiero ver
el rey, cómo rogará misericordia para que nuestros punzones no desfloren su
centro castrado… Ese tonto esposo sin
duda salió de una de las costillas de su tirana mujer.
(Gregorio
y Andrés estallan en risas)
GREGORIO (aún entre
risas)
Sois bastante violento
para hacer reír, y también para prometer lo que sería serio…
ANDRÉS
¡Qué espadas
forjasteis para esta guerra!
PONCIANO
¿De qué os reís?
Sabéis que soy capaz, como el que más, de darme un baño en un baño de sangre.
Si la sangre limpia sus costras, yo limpio mis máscaras de guerra en el mismo
cuarto. Los afeites son los mismos.
ANDRÉS
No me atrevería a
diferenciarlos, señor.
GREGORIO
Sois determinados como
el que más, pero no hay uno de vuestros adeptos que ose sumar una ventaja a las
vuestras. Debéis conduciros entre otros guerreros que os siguen u os acompañan.
No debéis abortar en el mismo vientre de vuestros enemigos su conversión. Sabed
que cuantos enemigos se enrolen cerca de los viñedos, acortarán los días de
añejo. Id con calma, y sed implacables como decís, pero no perdáis la paciencia
cuando un enemigo muera antes de que lo matéis. Id, pues. Los centinelas que
odiáis también pueden guardar a vuestra espera.
PONCIANO
Me alegraría veros,
así sea a través de los ciegos ojos que saqué en el tumulto. Venceremos. Adiós.
(Sale)
ANDRÉS (reparando
su daga)
Es un herrero de una
gran paciencia, que la pierde cuando empuña lo que forja.
GREGORIO
A veces es el deber de
un hombre perder su derecho.
(Oscurece)
Escena 5
(Irrumpe
una ordenanza)
ORDENANZA
Majestad, he aquí el
embajador que viene.
EL BUFÓN
Hacedlo pasar.
EL REY
Que ya ha llegado
adonde vino.
(Entra
el embajador, hace una reverencia, pero al erguirse se sorprende de que el rey rija baja la joroba que sobrepasa su
corona)
EL EMBAJADOR
Majestad, que las
razones por las cuales soy enviado no os interrumpan en mal momento; de
antemano guardo lo que aún no remitís. Sin conoceros aún, conozco vuestra
corona, y me complace que hayáis transigido trato conmigo, pues a dilucidar un
trato de mi rey también vengo.
EL BUFÓN
Según han instruido
mis consejeros, esta visita tiene el recibimiento que sospecháis.
EL REY
Y sois sospechoso de
ella.
(Al oído
del bufón)
Mi rey, contestad como
un bufón y yo callaré como un rey, así
despacharéis el asunto sabiamente. Éste con respuesta tales no atina.
EL EMBAJADOR
Majestad, siendo
atento con vuestro bufón, tomo por cierto los chistes que han hecho célebre
vuestra corte, y me alegra conversar con vos. Como presumís de mis palabras,
ninguno de nosotros quiere sacar lágrimas en las canteras del otro, es un
trabajo duro y se suda más de lo que la sal del llanto puede amargar. Ambos
reinos son vecinos y tienen amigos comunes que llamamos espías, tomemos, pues,
el consejo de nuestros amigos: resolvamos lo que nuestras fronteras no han
resuelto con su riña inmóvil.
EL REY (al oído del
bufón)
Si me permitís hablar,
os diré que aún no digáis nada. Pronto él dirá lo que quiso escuchar de vos.
EL EMBAJADOR
¡Guerra y paz! Como
embajador, no prefiero que ambas compartan el matrimonio más aventajado en
hijos, aunque severos sean con sus bastardos. Pero veréis, majestad, que
ciertamente queremos una tierra libre como en la que vosotros habéis sembrado
vuestras dudas y vuestro padre hubo cosechado sus últimas canas: tan parecida
al despuntar de su fruto, o a la sabia que palpita dentro de ella misma, si
preferís oponeros, pero en cuya fertilidad los esclavos no tengan derecho a
cosechar la esperanza que cultivaron bajo vuestros látigos.
EL REY (al oído del
bufón)
Habla por sus zapatos,
le deben apretar los pies. Vino de lejos para apurar la noticia que sus cayos
odian.
EL BUFÓN
Pareces que vuestros
zapatos angostos acunaran las huellas que marcan vuestro verbo. Dejadme
examinar bien. Decís: “vuestros látigos”…
EL REY (mira
fijamente al embajador)
Que serían vuestros
también como lo creáis de nosotros nada más.
EL BUFÓN
A ver, vuestro rey ha
de tener un séquito numeroso como el mío, ¿no es cierto? Bien, que le pregunte
a su séquito si un esclavo extranjero florecería en sus jardines, y veréis que
ellos prefieren creer que son de la tierras de su amo; y sabéis por qué, pues
os diré el porqué, porque el amo reclamará su mansedumbre tan lejos como así
ella sea obediente, y tan severamente como lo ha de suponer el séquito de
vuestro señor.
EL EMBAJADOR
Majestad, ¿habéis
preguntado a vuestro séquito si aún creen en el trono que presidís? Pues sin
tardanzas responderían: “No sabéis cuánto, majestad; y se guardarán esto para
sí: “es la salud del reino.”
BUFÓN
Entonces hay mucha
gente leal entre nosotros, que al punto a un emisario castrarían.
EL EMBAJADOR (aparte)
Una turba que cuida
del enfermo para que no se cure jamás.
EL BUFÓN
Así como hay que
formar embajadores insolentes, hay que hacer leyes todos los días. Muchas leyes
para acuñar el reino en una gloriosa efigie de bronce…
(En otro
tono, lentamente)
Una presea inmóvil en
mi pecho y mi corona; su brillo, por cierto, transige con el reino del que venís. ¿Sabíais, embajador, que unos prefieren
redactar leyes para no verse envueltos en la promesa de cumplirlas? Pues yo las
urdo para no romper la promesa que les hizo la muerte.
EL REY
Eso también transige
con la ribera de la que venís.
EL EMBAJADOR
Siempre se hacen
tantas leyes a la medida ajena, pero en el caos todos tienen el mismo porte y
una corona para sí.
EL REY
En el caos también hay
sastres que por una corona nos harían una talla impar.
(Toma la
corona y la ciñe él.)
Digamos que así.
EL EMBAJADOR (siempre
dirigiéndose al bufón)
Antes y después, la
suma de las leyes tiene un estribillo constante, pues la excepción de ellas,
majestad, es justamente cumplirlas.
EL BUFÓN
¿Juráis venir en
nombre de vuestro rey y sois perjuro en nombre de todos los reyes? Bien, ¿así
que la suma de las leyes tiene un estribillo constante, y la excepción de ellas
es justamente cumplirlas?
EL EMBAJADOR
Luego ésta es la única
ley severa que en la frontera haya de ser corregida severamente.
EL BUFÓN
¿Os atrevéis a legislar
lo que ni vuestra tumba discute? Acordaos que estáis en mi palacio y que estas
piedras ya ciñen su ceño. Hasta mi bufón, que veis aquí en mi lado huero, os
mataría de risa para que yo sonría.
EL REY
Os mataría, porque mis
cosquillas son filosas.
EL BUFÓN
Veo que vuestros
argumentos desacatan al rey que defendéis, y me ofende el parte del que así
sacáis partido propio.
EL EMBAJADOR
Vuestra ofensa, que al
parecer no incumbe a quien delego, me recuerda que he venido a reiterar el
reclamo, tal como al espejo lo recuerdo: si no retiráis los campamentos de la
ribera que la locura de vuestro padre nos cedió, ni suprimís los portazgos, que
los mercaderes nos aumentan uno por mil, se repasarán las fronteras hasta lo
más septentrional de la locura de vuestro padre. Mirad que he venido a rubricar
estas demandas, el autógrafo del edicto se estampa aquí, es largo el folio, y
si os alargáis en la lectura la tinta encadenará el luto que más os incumbe.
EL REY (comiendo
maní)
Un padre loco le lega
a su hijo un gran tesoro, ¿qué puede perder si con la heredad soborna los
enemigos más caros?
EL
BUFÓN (se para del trono, severamente)
¿Has ornamentado
vuestra amenaza con la palabra que consintió mi hospitalidad? ¿Me atacáis en mi
propio palacio como siempre lo han hecho las fronteras que representáis?
EL REY (aparte)
Tiene voz de rey y su
enojo se echa de ver como bufón. Me divierte lo que escucho y me pide consejo
lo que veo.
EL
EMBAJADOR
No soy yo quien
amenaza, ni quien comunica la amenaza del rey. Es la verdad, la máscara única,
la que os amenaza a cada uno de vosotros. Verdad que tal vez mañana será tiempo
propicio de tormenta; las fronteras tal vez serán serpientes que ni vuestros
dioses habrán de encantar con sus cascabeles.
EL REY (al oído del bufón)
Ahora hablad como rey
y yo callaré como bufón; de ninguno tendrá certeza, y de los dos dudará.
EL
BUFÓN
Serán días, entonces,
para que en vuestro reino todos busquen la muerte, como la muerte los buscará a
ellos en pos del alivio y el cubil.
EL REY (al oído de bufón)
Amenazáis, rey. Dejad
que se marche con la amenaza acuesta, no lo matéis, es pesado lo que lleva y el
tiempo es rudo; morirá en la travesía o llegará con la joroba que yo perdí:
será el bufón de su rey.
(El
bufón trata de sonreír)
EL
EMBAJADOR
La risa de vuestro
bufón está de mal talante; sé que si reís habréis dado la orden para mi cuello,
pero si me matáis el odio me relevará. Y yo, entonces dado de baja, seré el
primer muerto que guíe la deserción de vuestras huestes a lo más profundo.
Tengo un hijo mayor que aborrecerá entonces el oficio que le doy por herencia,
y con la otra suerte consumará sus móviles de venganza sin mediar emisarios,
será el primero en el frente y el más iracundo con la espada.
EL BUFÓN
Podéis marcharos,
quiero que mis enemigos estén vivos para cuando monte en cólera. Marchaos,
decid al rey, al que no respetáis y para perjuicio convenís, que yo tampoco respeto
al embajador que mandó a matar.
EL EMBAJADOR
Creedme que no daño a
mi rey, si siendo suyo en oficio llego vivo con la noticia que llevo. Iré a por
él sin parar un punto, y creedme que el mismo rey sólo se parará cuando le
avisen de mi llegada: sus congratulaciones serán mi bienvenida y mi palabra
será el ejemplo leal que asienta en su corte. En tanto vos, majestad, disponed
que vuestras palabras jactanciosas os sirvan de centinelas.
(Sale)
EL REY
La guerra que lleva en
la lengua hará la paz en su culo, y las especias que masca su boca de bravucón,
pues le castigarán luego.
EL
BUFÓN
Ah, aunque la guerra es simple cuando el enemigo se juega
a su enemigo, sólo se puede anticipar el primer tercio del desastre, el resto
lo anticipa la incertidumbre de ser derrotado. Por lo cual, antes de la
contienda, hay que prever las desventajas ordinarias de la victoria y las
ventajas superlativas de la derrota.
EL REY
No le mirasteis, rey, la dentadura… tiene piezas impares,
como dados que cayeron en sus encías, la suerte ya tenía sus veintiún huecos.
Uh, me miró con ojos redondos como el vacío de su sombrero… No se volverá
contra vos, pues ya sospecha que antes tendrá que pagar un alto precio a
vuestros mercaderes, ¿qué tanto no sospechará de la fiereza de vuestros soldados?
TELÓN
A C
T O I V
Escena 1
GREGORIO
Prodigiosa memoria que
olvidáis, yo os bendigo por eso, y porque olvidaréis mi bendición. En los
recuerdos que me quedan vislumbro las verjas que desde hoy se empinan al palacio,
y casi al llegar el mismo camino que aún falta desyerbar con la hoz. ¿Sabéis
que el metal que sopeso en mi puño se arremanga sus brillos, cierra sus puños
con llave y espera que yo maldiga a la intemperie? Padre, parricida nació el
bastardo. Ah, si legítimo hubiera llevado el mal que traigo, me hubiera vengado
al nacer. Bastardo vuestro soy, y legítimo de la venganza que por singular
estrella me adoptó. Bastardo de vos soy, lo digo para vuestros oídos de
pecador, y ni que os neguéis a
emparentar con vuestras visitas, os salvaréis de este pariente que negasteis.
Os agradezco que la lujuria vuestra me haya enseñado mis primeras cifras en
contra de vos, de cierto os agradezco. Ah, haber escondido vuestra lascivia en
el vientre de mi madre cuando sólo desde allí adentro se me podía alumbrar con
bien, esconderme en mi cuna para que nadie hallara un heredero de vuestro mal
concebido de espaldas al castillo… en mi madre buscasteis amparo… en mi madre,
que con amor sincero crio al hijo así oculto para un reino, mas lo malo reclama
su maldad, haciéndole mal al malvado.
Por nacer en contra de quien me engendró es que vivo con rabia, que la
venganza de mi sangre procure un sitio más sosegado para mi herencia. Maldigo
desde ya, y que mi maldición sea el primer heraldo… Aquí por fin llega la
embajada palaciega. Un embajador que se adscribe a mi naciente diplomacia, que
aun por bastarda no dejará huérfano a sus intereses legítimos.
(Entra
Claudio encapuchado, con voz irreconocible)
¿Cómo os encontráis, señor?
Decidme, pues, si el furtivo viaje no perturbó vuestro ánimo. Mejores se me
figuran ya las nuevas. ¿Son mejores que las que precedieron a mi signo?
CLAUDIO
Mejores que las de un
signo legítimo aún no nato, tanto que por ellas vuestro signo salva su venganza
entre un tumulto de vengadores.
GREGORIO
Decidme, ¿aún la calva
del rey transige con la gorra que cuelga en la plaza?
CLAUDIO
Mientras dure el
edicto, durará el testamento que el rey pretende a despecho de vos. No
recuperará su forma legítima sino con la muerte, y parece tasar sus chistes
como piezas de oro que esconde en su tálamo nupcial. En lo concerniente a
vuestro hermano, el hijo que espera la reina, ya está preso, señor, una cadena
remachada a su ombligo lo ata a un cautiverio subterráneo, mas morra altiva
sobre el pedregal es la luz de su faro. Mientras el rey se ocupe de su mapas,
mientras discuta y supervise los movimientos se sus ministros belicosos, acaso
con las reservas de ser traicionado por uno de ellos, no será difícil trazar un
mapa en cuyo centro se haga desaparecer a su esposa, cualquier treta se
consumará en la confusión de vuestras armas vueltas en contra del padre
perseguido.
GREGORIO
Bien, ¿cómo hace para
no confiarse demasiado en sus risas?
CLAUDIO
Pues nuestro pretérito
rey se solaza cada vez más con los progresos del bufón; ha delegado, incluso,
asuntos tan graves como el de la frontera, si bien los condujo coronado según
la misma costumbre. Por lo que sé, el todo se llevó con ventaja de parte de
nuestro reino. Decidme, señor, lo de la plaza es seguro, ¿no habrá retraso en
su certeza? Mirad que lo que los sordos muros del palacio protegen de la
intemperie, fuera de ellos no tiene maldiciones que se oigan entre los gritos.
Hay que cargar pronto con el rigor de las vísperas de allá abajo. Y, sólo a sí,
todo lo de allá arriba caerá sin techo…
GREGORIO
Quedaos tranquilo,
justo ahora estoy esperando a quien ya lleva el carcaj, heráldica del nuevo
día, terciado a sus hombros. Recomiendo más bien que os vayáis antes que ella
nos sorprenda en una entrevista que le daría luces de sospecha.
CLAUDIO
Tenéis razón, señor.
Os espero en vuestra primera recepción real, seré vuestro primer ministro en
medio de la matanza.
GREGORIO
Puesto que habéis sido
informante para mi cómplice incauto, y en comunión a un ministerio fuisteis el
mismo de mis epigramas, os digo, entre la prisa de vos, que de antemano sois mi
primer ministro, Claudio. Marchaos, pues; tal cual sois…
(Descubre
su rostro, hace un ademán de despedida y sale)
Ah, Hilda… Mi querida
Hilda, ¿cómo me revelo a vos según mi terrible secreto? ¿Justificaríais las
ambiciones de mi origen? Nunca, porque entonces un vil cómplice seríais en mis
ambiciones; no la mujer ferviente, cuya templanza, ignorante de mi perfidia,
conspira en contra de quienes odia. Os quiero tal cual, pero yo escojo la fe en
la que creéis sólo para salvación de mis aspiraciones. Ah, Hilda, que terrible
soy… Mi querida Hilda… Si conforme lo queréis, sed la reina, pero seguro estoy
que reinarás pedestre, contraria a mí, desde el mismo momento que me siente la
corona…
(Entra
Hilda)
HILDA
Gregorio, ya el
mediodía divide a nuestros hombres en dos crepúsculos vigorosos, y ambos nos
advierte la puesta del tirano. Ah, querido, pero una sola noche para despertar
de un mal sueño puede al cabo ser una pesadilla. ¿Os topasteis con aquel
encapuchado? Se me figuró que venía de aquí.
GREGORIO
Aún los heraldos de
nuestra verdad deben llevar capucha, quien anónimo comprometa su nombre, y a
espaldas de sus juramentos devele su rostro, contraviniendo el consejo de las
circunstancia, entonces no dudéis que os miente con descaro.
HILDA
Entonces, ¿era unos de
vuestras huestes que así hablaba con vos?
GREGORIO
Sí, señora. Escuchaba
de mí unas instrucciones ordinarias. Dejadme apresurar mis prisas
atropelladamente, pues apenas así puedo confiar en las ráfagas de este
pastizal, alguien tras el viento puede esconder sus delatores en espigas…
(Acuciosamente)
Bien, ¿no tenéis
ningún contratiempo con vuestro lado?
HILDA
No, Gregorio… sólo los
espías esta mañana se afeitaron a contrapelo. La antevíspera celebra con
expectación ocurrente su porvenir, celebremos a pulso de nuestras armas el
nuestro. Ah, Gregorio, qué amargor punzante se cierne en las mieles del
crepúsculo… Tomo, sin embargo, el reconfortante jarabe de vuestros labios.
(Lo
besa, luego despegando los labios)
Esposo mío os proclama
la misma boca que dice, para sí, que os besó en el sincero arrebato de su
porvenir. No temáis que mi beso adormezca vuestra voz de mando, porque vuestras
mismas señas os contradecirá con ardor, y en defensa de mis besos os reclamará
vuestra desconfianza en vos mismo…
(Rodeándole
los labios con sus pulgares)
Os amo ya desde el día
en que mi amor inaugura su alegría libertaria, ¿qué tanto mis manos tocarían
desde el día mismo en que seamos libre? Ah, Gregorio, me toca partir y a vos
también, a disímiles frentes hemos de concurrir los dos, cuidad de vuestros
pasos que sólo en ellos puedo regresar a vos. Ahora estoy plantada frente a
vos, para prometeros la alegría de mi promesa…
(Lo
vuelve a besar con trémulos labios)
No temáis, querido,
que tampoco el trémulo silencio de mis labios os contradice…
GREGORIO
Ah, Hilda… Mi querida
Hilda. Partid pronto que os quiero tan pronto como partáis, por lo cual, mujer,
de mi amor no seréis desamparada nunca, la tardanza nunca os adelantará sus
ardides, al pronto vendréis con la custodia completa que os he encomendado. Id,
tal cual sois…
(La besa
fogosamente)
Adiós.
(Incorporándose
pensativa, sale)
Ah, mi bella libertaria,
mas no podéis vencer los nudos que me desatan de vos… Ah, mi tenaz ambición no
la tiranizará mis cómplices, tampoco, me aflige tanto saberlo así, la paciencia
más devota de una libertadora. Sí me queréis como sentís, no me queráis más, es
el más bello sacrificio de amor que podéis hacer por mí, mi bella… Antes de ser
rey, aspiro que vos seáis la heroína de mis súbditos, mi querida Hilda. Id,
pues, en pos de vuestro primogénito, que os espera con el primer padre a gusto
de vuestro despecho; ambos os cuidarán en relevo de mi dolor. Adiós para
siempre, sí…
(Un
suspiro)
El amor es tan ciego
como la justicia. Mujer, si ambos se juntan para procrear, sólo es en perjuicio
de sus testamentos, la prole se adviene en mutua y redoblada imperfección; así,
pues, desde ahora tomo como cetro únicamente el báculo de uno, riguroso en su
porvenir, y a tientas pierdo al otro.
Hilda, que las veletas de ese impetuoso aliento os señale al paso los
estertores de vuestros enemigos; que las veletas de esa enajenada alegría no os
indique el escaño en que vuestro despecho usurpe sitio.
(Oscurece)
Escena 2
(En la
sala real. El bufón, el rey y sus ministros)
EL REY
Rey, ¿en que se os
parece este cuarteto de ministros?
EL BUFÓN
A la cuarta parte de
cuantos invite a mi banquete.
EL REY
¿Son también el cuarto
de vuestro sueño? Responded bien la pregunta, rey… mirad que pregunto bien.
EL BUFÓN (entre
risa)
Mi sueño es de alcobas
no de cuartuchos.
EL REY
¿Dónde aprendisteis a
reír, otro rey os enseñó?
EL BUFÓN (entre
carcajadas)
Todos me enseñáis; de
quienes conozco aprendo mucho, pero quieren enseñarme más de lo que muestran,
y, entre risa, usurpar mi corona. Todos, todos se licencia con un afán tan
serio, que entre jurisconsulto se llama matrimonio… me río de vosotros, un hombre
casado se ríe de sus maestros. Mirad que los han cazado sus mujeres y ciñen los
cuernos de sus trofeos.
EL REY
Reycitos vuestros
ministros, que sus esposas le coronan.
EL BUFÓN
Con cuernos…
EL REY
O con hijos.
(Ríe
todos menos Claudio)
CLAUDIO
Señores, majestad, he
aquí, entre vosotros, el único hombre soltero del palacio, que si mi tocara
adoptar un hijo, elegiría a uno tan bastardo como el hijo verdadero de mi
soltería.
(Ríen
todos)
EL REY
Vuestra risa soltera,
si no enviuda, se divorcia de la mía. Rey, ordenadle que se ría.
EL BUFÓN
¿Vuestra esposa ha
muerto bufón?
EL REY
En el acto.
EL BUFÓN
Ya son dos sin esposas
en palacio.
EL REY
En la torre todos
tienen dos esposas y ni así quisiera yo quitarle alguna a nadie.
EL BUFÓN
No recuerdo haber
ordenado tanto hierro. En fin, se me ocurre algo más divertido que la orden que
exigís. Carlos, Eduardo, cumplid vuestra funciones de ministro. Haced algo que
demuestre que funcionáis en mi corte. Si a vosotros mismo os llamáis cortesano,
haced una hazaña tal os incumbe.
CARLOS (expele un
ruidoso pedo)
Algo como esto.
(Ríen
los ministros)
EL REY
Rey, eso no es de
cortesano.
(Vuelven
a reír)
EL BUFÓN (irascible)
¡Fuera! Estáis
enfermo, vuestra alma sale muerta, y sólo más pestilencias resucitan. Corrupto,
os mandaría a colgar, pero en una alforja de mendigo. ¡Largaos!
EL REY (les hace
señas a Carlos y a Eduardo, mientras ríe)
Iros de aquí dice el
rey.
EL BUFÓN
Ambrosio, Claudio,
siendo la mitad, sois el cuarto entero.
(La voz
de la ordenanza anuncia el mismo mensajero)
ORDENANZA
Majestad, el mensajero
que acostumbráis.
EL REY
Vuestro cuarto ya
retumba.
EL BUFÓN
Hacedlo pasar.
(Entra
el mensajero)
MENSAJERO (se
dirige al bufón, pero ve de reojo al rey)
Majestad, en la
primera visita que os hice, el vacío abovedado repercutía en ecos laudatorios.
Ahora, con temor he pasado cada arco que ciñe un rudo ceño de piedra. Antes de
que os diga lo que vine a decir, debéis figuraos que nunca he sido tan
insidioso como lo que mi boca calla en mi defensa… cómo quisiera que mi avara
lengua no escondiera ningún defecto mío, pero tanto peor por ser un defecto
cuya maldad no la consume la mayor usura os perjudica.
EL REY (ya
preocupado, señala al bufón con un ademán de estadista)
Hablad al rey.
MENSAJERO (se
dirige al bufón, pero sin dejar de ver al rey por el rabillo de ojo)
Bien. Ya los chismes
de ayer parecen ser los refranes de hoy. Los adúlteros se reconcilian con sus
conyugues sólo para juntar lo que comparten, el odio contra vos. Las palabras
de los muros, que antes no sobraban la grafía, ahora tienen cómplices. Os digo
todo esto porque hoy en la mañana aparecieron muertos, tras uno de esos muros,
un par de guardias. Alrededor de cada vientre, estaba herrado el nombre de los
reyes.
(Desde ese
momento no le quitó la vista al rey)
Y el fierro agudo que
llevaban fue deformado en un extraño símbolo que es una seña corriente entre
mercaderes.
(El
bufón se adelanta de un salto, y, sin que lo advierta el mensajero, lo apuñala
en el vientre. El mensajero, para perplejidad de todos, cae muerto)
EL BUFÓN
Ciertamente sois malo
vos también, más malo que la maldad que traéis… una uva amarga, vinagre me das
a beber…
EL REY
Rey, sentaos que os
cuelgan los pies si seguís con tal porte. El hace el papel de muerto, así todo
cuanto antes dijo es mera ficción. Dejadme preparar un acto que lo secunde.
Ambrosio, Claudio, venid. Ayudadme.
(Los
llama aparte. El bufón se sube al trono y se queda dormido entre sus
temblorosas manos)
Ambrosio, id por los
otros ministros, averiguadme todo cuanto podáis y volved tan rápido los pies os
recorten un patrón fiel a vuestras huellas. Habrá que reunirse para un plan.
(Sale
Ambrosio con prisa)
Claudio, vos cuidaréis
de que la reina no la importunen estas noticias, y de que no salga de su
rincones piadosos por razones que luego iré a explicarles según rigor de esa
misma piedad. Mantendréis el bufón confinado en esta sala, en la plenitud de su
oropel, pero llevadle sin que cometa otro exceso que con esa renta reanime al
mensajero en las arañas del palacio, aún le atesoro en mis partidos; pues mirad
que si las dudas nos convence en un mal trance, debemos cuidar hasta de la
perla degradada, casi siempre porque ésta lleva con orgullo la corona. De ambos
asunto os encomiendo, como el primero de mis ministros. Yo iré a condecorar los
jirones que me haya de quitar antes de trazar mis mapas. Ya no me divierte mi
disfraz, en adelante seré serio mientras lo lleve puesto. Ah, noche caliente
esta, ¿eh? Antes de que canten estos gallos, bordados en mis nalgas, ciño
corona con todos mis pliegues. Bien, que os acompañe dos ordenanzas.
(Se
adelanta al bufón y lo despierta al chasquear los dedos)
Ya mis chistes no os
divierten, rey. Será mejor que descanséis, pero antes sed buen rey y ordenad
que vuestro bufón duerma hasta mañana.
EL BUFÓN (bebe una
copa de vino)
Id en paz. Mis
preocupaciones no salen de la pesadilla donde se divierten. Mas al despertar…
(Se
duerme y sale el rey)
CLAUDIO (Aparte)
Un rey que duerme y
otro que despierta. Será mejor ir a adoptar al sucesor. Seré su padrino
primero, luego su padre; después… ah, después el más íntimo pariente que lo
envenene. Acunaré sus ambiciones en sábanas de doble fondo, y con el lazo de
una mortaja le haré la primera corbata de su porte real. Claro que lo dicho
sólo rotula un ardid figurado, pues sí que necesito un rey para reinar y un
antifaz para que mis máscaras perpetren sus guiños aleves.
(Al
bufón)
Vos, contad que mañana
despertaréis en las piruetas de un nuevo acto. El hijo ilegítimo que traeré,
heredó esa misma afición por las deformes variedades…
(Sale)
Escena 3
EL BUFÓN (despierta)
No sería un pecado matar a mi esposa, pues, si el
matrimonio sodomiza a la viudez, es legítima venganza de un esposo ultrajado el
que el filo de su espada enmiende lo que amputa… ¿Cuántos insultos son
testamento cierto de los ecos de mi mujer? ¿Cuánta paciencia tiene un rey para
ver por una reina enferma que dentro lleva el mal, un mal que viene a usurpar
corona y cetro? ¿Cuánta paciencia tiene un rey, repito impaciente, si se le
ocurre las dudas entre los accesos de rabia de su conyugue hostil? Ah, corona y
cetro, cabeza y costillar de un tumor que en brillo usurpado enfatizaría sus
apéndices… Calmaos, calmaos, calmaos, majestad. Callad para que os entendáis
con vuestro silencio… No, mirad allí, sí, ¿no lo veis? El sello que es
corriente entre mercaderes, helo allí ensortijado. Rey, no habléis más de
vuestra corte… preguntad algo que os concierna fuera de estos muros; sí, eso
mismo: ¿Qué secretos nos salva de confesarlos? Dentro y fuera de palacio, os
pregunto, señores…
(Se levanta y marcha al espejo que señala)
Incluso a vos pregunto… A vos, de mejillas orgullosas;
más bien a vos os pregunto esto: ¿si mi vida es una embrujada gota que me
envenena, entonces respondedme para qué vivir casado con la enfermedad y en vos
ver el jarabe imposible que reflejáis? Una viudez cicatriza lo que divide, me
apartaría tan lejos de cualquiera como nací, pero quien lo testifica sin que
importune… y cerrar los ojos y esperar por la muerte, sin más que una oración
en sombras.
(Le da la espalda al espejo)
Se que cualquier tentativa, el homicidio de la reina quizá, mide su trecho
en mis atajos, y no por la complicidad que mis palabras declaran, deja de ser
menos cierto lo que tantas veces pruebo, pues cada oportunidad cruel tiene su
salvación en el escondite de quien la sufre.
(Al espejo otra vez)
No quiero espejismos propios, por que soy modelo pernicioso que odia a sus
perseguidores, como modelo he de morir y no como pintor. Más como pintor he de
de esperar mi muerte, y no como modelo.
(Se vuelve otra vez y ordena)
¡Ordenanza, venid!
(Entra una ordenanza)
ORDENANZA (hace una genuflexión a medias)
Señor, encargado estoy de garantizaros vuestro deseos.
EL BUFÓN
A eso venís. Disponed enseguida de la reina y haced que
sea confinada en la torre. Con ella sólo la misma ración de los prisioneros.
¿Entendisteis?
ORDENANZA (casi entre risa)
¿Qué decís? Quiero decir, ¿qué ordenáis, majestad?
EL BUFÓN
Majadero, insolente, como os atrevéis a replicar mi
orden. No nacisteis para replicar una orden mía, sino porque hacía falta
ordenanzas desde los tiempos de mi padre loco.
ORDENANZA
Majestad, dejadme llamar al ministro Claudio. Como
sabéis, soy, además de infortunado con mi lengua, subalterno en lo que pedís,
sólo un ministro ejecutaría la orden que apenas mi miserable rango puede llevar
a vuestros socios.
(Aparte)
Serán socios vuestros sólo porque se joroban para coronar
vuestro lomo.
(Sale. Al rato entra Claudio con un guardia y la misma
ordenanza)
CLAUDIO (Hace una genuflexión)
¿Majestad, os estado importunando el ordenanza?
EL BUFÓN
Y lo seguirá haciendo
mientras lo vea con vida. Ha nacido para ordenanza y morirá no por nacer para
este fin, sino por contravenir su nacimiento. Luego, será natural su defunción,
aunque se le apremie un orden más exhausto.
CLAUDIO (Al
guardia)
Despachadlo ya.
GUARDIA
Sí, señor.
(El
guardia atenaza al ordenanza y lo saca casi en volandas)
CLAUDIO
Sé que su nacimiento
es razón poca para encolerizaros. ¿Algo hizo para abusar de ese margen que
otorgáis? ¿Qué orden os contravino, señor? ¿Quizá alguna que os puedo sugerir?
EL BUFÓN (Paseándose
con su altiva joroba)
Veréis, Claudio, he
visto que mi reina ha estado terriblemente enferma, que no para de crecerle un
tumor que algún contrapeso maligno trae, algún signo de hierro ajeno… Sospecho que su mal la induce a conspirar
contra mi reino, el mismo que ella ya comparte con su mal. Últimamente, ha
estado esquiva y hasta me atrevo a confesaros que siente alguna repulsión
persistente, de la que, sin embargo, saca provecho. Todo es subrepticio, pero
las intenciones así consentidas tienen cómplices fuera de palacio, y también
malos mensajeros como habéis visto. Pensé en matarla, pero la piedra, tan insufrible
con el dolor ajeno, me ha sugerido la torre que de un promontorio pedregoso
sobresale. Encerradla ahí cual un prisionero más, con la misma ración semanal y
con igual oscuridad para sus sueños.
CLAUDIO
Es duro lo que decís,
majestad; pero si vuestras sospechas no os sirven sino para arrepentiros de no
haber actuado antes, pues al punto vuestra orden os redimirá cuanto más severa
sea ejecutada.
(Aparte)
Tan fácil y provechoso
me resultará ser cortesano de un bufón fugaz.
(En un
solo grito)
¡Guardia! ¡Ordenanza!
(Entra
uno seguido del otro)
GUARDIA
Majestad, señor.
Ordenad.
CLAUDIO (primero al
ordenanza)
Informad a la reina de
que está condenada a purgar su mal en la torre.
(Al
guardia)
Y vos buscad a otro
guardia y escoltad la orden de vuestro ordenanza.
GUARDIA
Al punto, señor.
(El
ordenanza llama aparte a Claudio)
CLAUDIO
Disculpad, majestad.
Son sin dudas pormenores que no merecen la atención vuestra.
ORDENANZA
Señor, ¿esa orden
tiene el valor de una broma que debo comunicar al rey?
CLAUDIO
No es ninguna broma,
es la verdadera orden del rey. El que la proclame este adefesio no pierde la
simetría de quien en orden la ordenó.
ORDENANZA
¿Queréis decirme que
el rey castigará a la mujer que le garantiza el único heredero en medio de tantas
calamidades?
CLAUDIO
Lamento tener que
confesaros algo que no vendría a cuento en calamidades ordinarias, pero que no
os desconcertará cuando lo sepáis. El rey sospecha… más bien está seguro de que
el hijo de su reina fue concebido por venganza de ésta, y que el padre es un
vengador de la plebe que grita a voz en cuello: ¡muera el rey! El bufón es sólo
el saliente más infamante que se le ocurrió al rey para vengar la afrenta.
Bufa, muge y cornea… ¿no queréis entretenerle vos? Mirad que cuando reyes iracundos
sus reinas le coronan, son como el diablo.
ORDENANZA
Entiendo.
(Al
bufón)
Majestad, se hará
conforme a vuestros deseos.
(Sale
escoltado del guardia)
CLAUDIO
Bien, señor. Las
noticias, como sabéis, tienen la maldad hasta de quien las difunde, y a ellos
corona por un halago más. Es hora, pues, de que me retire a convenir las horas
finales de alguna posible revuelta. Una hora común los relojes de revoltosos
siempre evitan, pero su sol a garrotazos declina siempre.
(Sale)
EL BUFÓN
Iros, que un mediodía
os ciña el cinto. Y vos, esposa infiel, moriréis a la memoria de la desflorada virtud que ya no me honra.
(Oscurece)
Escena 4
(El rey
y Ambrosio)
AMBROSIO
Apenas es la primera
noticia que hasta acá trae el mal de su destino.
EL REY
¿Qué decís?
AMBROSIO
Os digo, majestad, que
es el primer hado maldiciente que nos echa en cara lo cara de su ruta allá
abajo. Ya no importa cuidar de él, pues ya, a ras de quien lo trajo, sangró su
última tinta que os reta; importa, luego, conjurar su testamento para favorecer
la deslenguada plebe. Veréis, aún es pronto, pero pronto será el “aún” de los
obstinados que os combaten. Por ello pienso, señor, que debéis, a vuestro más
preclaro pronto, darles a ellos la cara de su suerte. A ceño fruncido, ordenad
la única orden de vuestro dado: el as que castiga el desacato con la
muerte. Vuestro bufón, con el oropel de
su locura, teorizó vuestra lucidez, así que… pero, majestad, ¿por qué todavía
lleváis las fachas del bufón?
EL REY
Dije que con esta
gorra, constelada con desordenados cascabeles, iba comer las mismas piezas tras
una jornada de casería, ahora, con el hábito puesto, recuerdo mi juramento. Mis
lebreles pacen en mi paciencia, ya se precipitarán con el encarnizado vértigo
de anular las presas. Soy el mismo rey que
en la adversidad también quiere divertirse a disgusto de su risa. Ya veréis vos
que entorno al banquete reinaré otra vez con corona.
(Entran
Carlos y Eduardo)
Carlos, decidme cómo
anda las riberas.
CARLOS (hace una
genuflexión jadeante)
Han saqueado sus
arcas, majestad, una perla en cada mano llevan quienes en ellas no ven más
valor que el de una pedrada. Hombres y mujeres, mientras descansan al margen de
lo pesado, copulan sólo para concebir más enemigos vuestros.
EL REY
¿Qué me decís del
mercado, Eduardo?
EDUARDO (incorporándose)
La gente vende su voz
sigilosa, y vuelve para comprar chismes con los que mercaderes estafan. El
único delito que se consiente bajo esos toldos es el robar mendrugos que el
hambre desdentada no puede roer. En piedra piensan convertir el pan que
milagrosamente sobra.
EL REY
Ambrosio, vuestras
profecías ya eran contemporáneas. De cierto os digo que no permitiré que
vuestras recomendaciones se rezaguen como el futuro que predecís. Con la joroba
que no tengo les eclipsaré sus astros. Carlos, no hay que descuidar la
frontera, veréis que contingentes pernocten al sur de la ribera; las costumbres
hogareñas de nuestros soldados disuadirán a sus anfitriones. Eduardo, vos os
encargaréis desde la plaza hasta los trigales del norte. Sed duros si hay la
menor insurrección, el menor rumor, por eso os envió los esclavos más fieles:
las sogas. Si se agotan los nudos que lleváis, ceñidles al cuello sus propias
oraciones que elevan al cielo. Si se ocupan todos los árboles, plantad las vigas
de las casas que queméis. Ambrosio, os encargaréis, con igual rigor, de los
viñedos más cercanos al castillo. Yo os seguiré en compañía de Claudio. El
doble de los centinelas ocupará puestos en las garitas. En la torre se
redoblarán la guardia y los presos recibirán una ración doble de hambre, como
dos veces hervirá el castigo eterno en sus costillas. Mi hijo heredará un reino
nuevo, no quiero que su maldad, aún no nata, se aplique prematuramente a limar
los pormenores de un horóscopo insubordinado. Ahora id… menos vos, Ambrosio.
CARLOS y EDUARDO (al
ras de una genuflexión sincronizada)
Majestad.
(Salen)
AMBROSIO
¿Qué otro asunto
militar me llama a consejo, señor?
EL REY
Es un asunto más
palaciego que de campaña. Ambrosio, quiero que huestes a vuestro mando
conserven un vínculo con mis centinelas. Quiero que lo que sepáis del mundo,
apenas lo descubráis de mensajeros infiltrados entre mercaderes, lo cedáis
prontamente a mis heraldos sin alterar su precio.
AMBROSIO
Nunca mandaría por un
mensajero avaro, tampoco por uno que despilfarre el atajo que le ordeno. Antes
de enviar a quienes en un trance acoja, veo si sus cejas pugnan entre ellas con
el parcial interés de esas dos clases que no tolero.
EL REY
Hacéis bien. Vuestro
juicio es tan mesurado como las bromas de la que os jactáis. Hoy, más que
nunca, os agradezco vuestros chistes de otrora. Sois, junto con Claudio, el
alma del ministerio. Id, pues…
AMBROSIO
Majestad.
(Hace
una genuflexión y sale)
EL REY
Como bufón llevo la
bandera de mi desnudez, estos cuadros cual belicosas comarcas unidas por los
despojos de un sastre. Uniforme holgado para la guerra llevo, cuanto por él
escaparía de la batalla que a mis nalgas se ciña. Aquí desenvaino mi espada,
nunca antes enfrenté calamidades con constelaciones de trapo, que, remendadas
en un traje ruin, favorecen hasta el reducto de mi cielo real. Noche que
nacisteis a la lumbre del ocaso, que nacisteis para ser madre del huérfano que
os olvidará tan pronto recuerde, sois testigo de que de vuestro cinto desenvaino,
y seréis testigo, hasta vuestra muerte, de que el insomnio velará en mis ojos.
A través de los anteojos de vuestras cuencas veré si las sombras también me
favorecen. Ah, turba que se rebela, que también con los engranes de la sangre
maquina, venid en orden a sucumbir bajo mi orden. Soy rey, aunque mis súbditos
mueran contra mí… no, entonces sería el celador de un cementerio que en
silencio me odia. Callad, callad, callad… pero no guardéis luto a vuestras
palabras. Fui rey, sí: hijo de un loco. Seré rey, sí: padre de otro rey severo.
Seré rey cuerdo, y a mi palacio traeré bufones recién nacidos para mi hijo… Sí,
seré rey.
(Oscurece)
Escena 5
(A las
primeras luces de la madrugada)
CONSPIRADOR A
Un carcelero, que huyó
de la torre donde hermano gemelo era de cada cautivo, ha dicho que la reina fue
hecha presa en el calabozo más estrecho. La noticia huyó de la boca primera, y
aún en ningún recodo busca asiento. Así que si os dejáis convencer por mi
lengua, habréis escuchado que ella también es veraz.
CONSPIRADOR B
Si fuera tal, el rey
nos cede el cordón umbilical para su horca.
CONSPIRADOR A
Hay que tomar la
torre, ningún retoño de esa piedra muerta despuntará en adelante.
CONSPIRADOR C
Pensar que dimos por
obra adelantada el liberar todos los reos que puedan militar en la turba, y una
de ellos ahora lleva dentro a un rey con el séquito ya conjurado.
CONSPIRADOR B
Al condenar su
legítimo descendiente, el rey corona la torre que abajo echaremos con sus
centinelas.
CONSPIRADOR C
No está bien asesinar
a la mujer encinta, pues, aunque lleva la promesa del rey, fue condenada por un
esposo castrado por la locura. El niño ha de ser una excepción, acaso
desheredada por el padre común a todas los horrores.
CONSPIRADOR B
Una excepción que
dentro de unos meses tendremos que bautizar con un nombre más verdadero, cuanto
para clamar la misericordia en perjuicio de la insurrección. ¿No creéis
vosotros que si no somos crueles en esta hora de crueldad, un rey extranjero se
hará un cinturón con nuestras fronteras?
CONSPIRADOR A
Tiene razón, ya se
cuenta que reinos vecinos a sus espías de tiempos malditos han enviado. Las
agitaciones, a las cuales sin reservas casi todos nuestros amigos se afilian,
tienen, según se dice, emblemas invisibles de humo extranjero.
CONSPIRADOR C
Habláis de matar a una
mujer encinta, pero os noto que escatimáis crueldad para enfrentaros a un
enemigo que os preñaría a vuestras mujeres por jurisprudencia de un orden
extranjero.
CONSPIRADOR B
Hubierais hecho bien
en el séquito de este rey, vagando por los pasillos del palacio. Habéis
seducido tanto a mi odio, que a solas, bajo la luz de luna llena, os
pretendería a despecho de los guardias.
CONSPIRADOR C
Callaos, bellaco. Voy
a mi tumba siempre, y sois tan cobardes que preferís morir antes que seguirme.
CONSPIRADOR A
Calmaos. Por dios. No
me he reunido en un corro sin que falte una disputa. Tanta pendencia aun en la
mínima porción de lo por venir, que creo, y estoy dispuesto a discutirlo
airadamente con cualquiera, que fraguáis por parte las piezas de un caos que
romperá vuestra cabezas a sombrerazos. Son las mejores noticias la que os
traje, sin embargo, siendo ambos socios míos, se disputan las sobras peores.
CONSPIRADOR C
¿Vos no creéis, que
después de comunicarnos la noticia, vuestras palabras sobren aquí? Sabed que
las esperanzas de todos no comprarán ropa ni pan a palabras inválidas.
CONSPIRADOR A
Ay, señor, os hacéis
ilusiones de lo que llamáis todos. La gente sólo compraría esperanzas si el
perjuicio de ellas lo pudieran vender después. Aún en la guerra hay que ser un
tahúr… por cierto, hombre, ¿Jugáis a los naipes?
CONSPIRADOR B
Dejadlo que sólo
retratos del rey sentencian su suerte.
CONSPIRADOR A
Un momento. Mirad
allá. Soldados del rey. Dispersaos… que ellos si os daría razones para comprar
esperanzas a ojo cerrado o para jugaros vuestros últimos ases…
(Se van)
TELÓN.
A
C T O
V
Escena 1
(El
centro de la plaza. Una turba decidida que se acerca al obelisco)
CONSPIRADOR 1
Aquí vengo a la plaza,
donde de niño jugaba a concurrir en serio. Sois testigos todos vosotros, mis
vecinos desde entonces, que le sirvo a las amenazas siempre. Sabéis de mi fiel
observancia a los edictos del rey, sabéis que os recomiendo, por regla general,
a no romper la regla que nos rompe el lomo. Mirad que me enrollo como el
pliego.
(Hace
una genuflexión delante del obelisco)
CONSPIRADOR A
Pues, señor, sé que os
esforzáis ciertamente en demostrar lo pregonado, pero hoy tengo, también por
general motivo, que rivalizar con vos. Mirad que tanto me inclino yo, más fiel
que todas vuestras coronillas.
(Se
inclina)
CONSPIRADOR 2
Sí, reconozco que
leísteis el edicto hasta su último verso, mientras vuestras jorobas remontaban
el título. Aunque yo no soy menos al ser como vosotros, mirad como lo sigo al
pie de la letra.
(También
hace una genuflexión exagerada)
Casi toco mis pies con
mi nariz.
CONSPIRADOR 1
De pie tocáis vuestros
pies con la nariz, y pedestre es vuestra joroba. Si al inclinaros fuisteis
hasta al suelo, son los pies de este rezagado que tocasteis.
CONSPIRADOR 2
¡Qué buen humor
tenemos todos! Juntos venimos a cumplir el edicto que dice bufón en su mejor
verso…
CONSPIRADOR B (hace
una reverencia a la gorra)
Por eso es que me
alegra haberos tenido que saludar aquí, en el deber cuya mejor observancia no
exceptúa transeúntes. Por cierto, ¿Estos guardias no se doblan ni para
reconocer nuestra lealtad?
(Al
conspirador 2)
Sí, se me figuran que
si ellos quebrantan la guardia en pos de algo diferente, los doblarán de un
modo que sólo sean dobles en su tumba…
CONSPIRADOR A
¿No habéis visto a un
tal Octavio, señores?… es un héroe que encabeza nuestra procesión. Le seguimos
desde ayer. Para retraso nuestro, no fue sino hasta ayer que vimos que
venideramente ya nos guiaba.
SOLDADO 1 (severamente,
aunque ya suspicaz)
¿Octavio?
CONSPIRADOR A
¿A quién creísteis vos
que honrábamos mientras nuestras lenguas os engañaban?
(Los
soldados ya nerviosos)
Si fuimos
excepcionales bufones, es porque reyes comunes somos, y entre nuestra algarabía
va el brindis… Todos somos reyes hoy, señor; luego no hay súbditos en el reino
y nuestros enemigos mueren según sus títulos.
SOLDADO 2 (blandiendo
el garrote)
Así que venís por su
tumba. Vinisteis tarde, pero temprano mi prisa os dará en el sitio sin que
lleguéis. Si lejos queda el hoyo, tanto por hondo que lo compartirás a medio
camino, y todos tenéis sitio puntual en él. ¿No me dais las gracias,
desgraciado? Pero es cierto que tal no puede dar la única porción de que
carece.
(Toca el
silbato. Se abalanza los conspiradores contra la guardia, los anulan
severamente. Aparece más guardias, entran en combate.)
CONSPIRADOR 1
¡Hideputas, os llamo
por vuestro bautizo de ayer! Ah, muero…
(Cae
herido mortalmente)
CONSPIRADOR B
¡Caen las
condecoraciones y los pechos!
(Llegan
una turba desde las esquinas de la plaza. La plaza es tomada por los
conspiradores. Vitorean. Uno de ellos arranca el guiñapo del obelisco y se lo
cala al conspirador muerto hasta las orejas)
CONSPIRADOR 2
Estáis coronado en
preludio de la victoria. Como tributo a vuestro emprendimiento os abrevio el
último edicto del rey; el último, señores. Escuchad todos, guardad silencio en
conmemoración, para que nuestro extinto héroe nos remede con su sagrado amén.
(Arranca
el pliegue a unos de los soldados muertos. Lo desenrolla y con solemnidad lo
lee)
Por decreto del rey se
prende, en la cara norte del obelisco de la plaza, la gorra del bufón… ta, ta,
ta, ta… Todos los transeúntes que concurran a la plaza deben asistir a su
centro solemne y hacer una genuflexión que glorifique así la memoria de un rey
risueño, cuya alegría quiere que sus súbditos adviertan… ta, ta, ta, ta… Todo
aquél cuya salud le obligue a contravenir la regla general, o cuya ignorancia
no le advierta el riesgo, renuncie a frecuentar la plaza, pues quienes ignoren
el símbolo, o hagan burla de él, se le ha de castigar severamente su desacato
según el rigor que el rey os ha prometido como ley. Expedido en Palacio, con
todos los sellos de armas, el Rey… El antiguo rey, señores, con todos los
sellos de sus armas, armas vencidas desde hoy.
(Enrolla
el pliego y lo arroja sobre los soldados muertos)
Al revés el revés del
padre loco también se enrolla, y este sequito os propone descendencia con todos
los sellos de vuestras armas.
TODOS
¡Libertad! ¡Libertad!
CONSPIRADOR 3
Señores, en la plaza
las flechas salen de escondites a señalarnos el rumbo que con su misma puntería
ellas siguen. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
CONSPIRADOR A
Decidlo otra vez y
haréis ley.
CONSPIRADOR 2
Vayamos todos a las
armas. ¡Libertad!
TODOS
¡Libertad!
(Salen.
Oscurece)
Escena 2
(Las
mazmorras. Entra una turba que sobrecoge a los guardias)
UNO
¡Viva Octavio! ¡Viva
Hilda! ¡Que vivan los moribundos de nuestro bando! ¡A libertar los presos! Mirad que aquí, antes
de que muriesen, los había reclutado la muerte, y quién sabe para que
servidumbre previa.
DOS (abriendo las
rejas)
Salid todos, sois
libres… Id con bien. Tomad un arma y ésta le será fiel a vuestro puño, tanto
mas si la hundís hasta su empuñadura de rapiña. Estrangulamientos por doquier.
Estrangulamientos… Qué palabra tan larga, tiene un alba y en su crepúsculo
veréis vuestros enemigos colgados.
(Salen
todos los presos en estampida)
TRES (alegremente)
Sois libres… ya podéis
defender lo que otrora habéis perdido.
UNO (a uno de los
presos)
Decidme, vos, que
habéis estado dentro de la sombra de todo vuestros días de infortunio, si
habéis visto a un hombre que aun sin saber su nombre se distinguía por Octavio.
EL PRESO (tanteando
el vacío)
¿Qué puedo deciros,
buen hombre, si he sido ciego desde el primer tiempo de mi ceguera, en que sólo
lo alto de un cielo relampagueante enervaba mis ojos? Mis cuencas son el cáliz
de unas lágrimas que no derramé ni siquiera por pesar de contenerles, acaso
esperando un vano brindis. Pero os digo que a nadie más han traído aquí desde
que mis oídos se aprestan a escuchar ya no las oraciones, sino las cadenas de
tantos años atados a los tobillos de tantos hombres. Hace tiempo que el tumulto
que libertáis no aumento, sino para engrosar la oprobiosa muerte cuya guarida
es ésta misma que profanáis. Marchaos, pues, de aquí… aunque desde hace algún
tiempo la muerte tiene que afanar su despojos fuera del hogar. Todos mueren
afuera desde hace algún tiempo, señor. Si venís hasta aquí en busca de un
héroe, os digo que ha muerto en mis ojos. Si se llamaba Octavio no lo vi con
ese nombre, lo vi en el último espejo que vi, y su nombre ya no importa.
Marchaos de aquí. Dejadme solo, muchacho. Aquí mis cuencas tienen función,
afuera, muchacho, vanamente alumbrarán el vacío que opera sólo aquí.
UNO
¿Cómo, siendo tales
lágrimas herederas de vuestros ojos, sois ciego?
EL PRESO
No busquéis que ellas
os bauticen el hombre que perdisteis con su mismo nombre. Dejadme solo, pues
sólo un bastardo sacaréis si os enterráis en vuestra obstinación.
UNO
Viejo, si os dije que
buscaba a Octavio, debí advertiros que era joven, mas se me figura que ha
envejecido amputado… de un día a otro, entre estos muros, las arrugas dejan
descendencia. Sois Octavio, si no tenéis nombre. Lo sois, no porque no lo haya
encontrado en la mazmorra, sino porque es el único nombre que se me ocurre en
estos muros y que de suerte se me ocurre en vuestro nombre veraz. Venid
conmigo, viejo. El rey morirá sin honores. Seremos libres y…
EL PRESO
Y libres no cabrán en
el cielo de su pregón. Largaos, muchacho, dejad más bien a vuestras oraciones
que pasten en ese cielo, no arraséis allá los arriendos de todas las
estaciones. Largaos, no profanéis más la guarida. Dejadme, muchacho. Antes os
digo: vuestro héroe es joven aún, pero en la fe de hoy envejecerá. Antes de que
tengáis que rezar, lo sabréis… Largaos.
UNO
Adiós, que sea
vuestras amargas palabras la que os acompañen hasta la muerte…
(Sale)
EL PRESO
Adiós, muchacho. Id
por allí, más allá de acá… sí, sois joven aún, pues buscáis un preso joven que
antes del viejo murió. Así que id, decidle adiós sólo a cuantos os saluden en
memoria vuestra, mas si encontráis descendencia mía, no la llamáis Octavio en
conmemoración de lo que aquí visteis. Olvidadme, muchacho, mas decidle a dios
que no esconda su bastón aquí…
(Dando
vuelta sobre sí)
Mi ceguera y quien la
acompaña, cuyos báculos son los garrotes que me asedian en cortejo, no seremos
cómplices de la cojera divina… Adiós, adiós, adiós a todos, mas a dios decidle
que aquí no le hallo defecto. Advertid
siempre, sin embargo, cada vez que digáis adiós, que en mis tumbos aún
no he hallado un defecto que justifique el exilio…
(Oscurece)
Escena 3
(Entre
los muros del palacio)
CLAUDIO (agitado y
con reservas)
Sólo falta anular al
rey. La reina está confinada en la torre… pero me dicen que ya la torre fue
tomada por una turba, quizá haya muerto, tanto mejor… pero, ¿podéis creer que
la torre, esculpida laboriosamente por la extinción de muchas generaciones
abyectas, haya sido cincelada en pos de una escultura ruinosa? Sí, estos hideputas arrasan todo a su paso,
el fuego huye cuando ve las antorchas de la plebe.
(Enjugándose
el sudor de la frente)
La torre, construida
con las piedras de la misma cantera, recia como el palacio… ahora en ruinas.
Ah, desniveladas todos los arneses y aparejos de tortura, cayeron las piedras
al promontorio original… También las mazmorras fueron asaltadas y liberaron los
delitos que aún en esas fosas funerarias convivieron con sus perpetradores.
Gregorio, la gente de abajo sube hasta nuestras huestes, y al ras de ellas
combaten, hasta en contra de ellas cae su morro… No os dais cuenta de como
vuestra ceremonia inicial se complica en un tapete de sangre. Si no contenemos
a la plebe, si no ordenáis vuestro primer edicto severo, aun antes de nacer
ungido con corona, no firmaréis otro con todos los sellos de vuestras armas,
armas que debéis notar que afuera os proclaman en plena disputa…
GREGORIO
Estáis en lo cierto,
pero un edicto prematuro coronaría sólo mi bastarda sien, mi espada en la carne
de mi padre encontrará la corona legítima; y en la herida abierta, mi rúbrica.
Claudio, escuchad, si aprehendemos al rey, las turbas entorno a nos celebrarán
mi ascensión. Matar al rey, Claudio, nos coronaría además como héroes…
CLAUDIO
Entorno a nos, ese
cortejo resucitaría el grito de ¡muerte al rey!
GREGORIO
Muchos de los
principales de lo que me pedís su cabeza, urdieron conmigo mi anonimato infalible.
Dejadme corroborar sus ambiciones al lado mío. Al mostrarle la cabeza de mi
padre, los encararé con franqueza, ellos sabrán afiliarse en torno a la nueva
corte.
CLAUDIO (mirando a
lo largo del pasillo)
Justo a unos cuantos
de ellos es justo que le ajustéis la soga. Mirad, señor, si lo hacéis así,
íntimamente, dejando que el desorden se atribuya tal paternidad, no tendréis
que ser duro con los de más abajo. La plebe en sus últimos reductos os
proclamará enhorabuena, pues si así pretendéis las formas de vuestro
magisterio, os doy la única solución que os trae la corona conforme a vuestros
deseos y ventajas.
GREGORIO
Vais de prisa, que
vuestros perseguidores apenas os alcanzan para felicitaros. Pero tenéis razón…
Sois mi primer ministro que llega puntual.
(Aparte)
Aunque ser puntual a
esta hora es serlo en espera de una felicidad que tortura por su tardanza.
CLAUDIO
Os haré rey, señor,
porque tampoco pienso escapar de palacio, no os abandonaré…
(Aparte)
¿Qué querría en
adelante si huyo de lo que quiero?
(Tomando
los hombros de Gregorio)
Yo aplacaré esas
turbas. Os haré rey así ose adelantar a vuestro manto con mis fachas de guerra,
inmaculado llegaréis al trono, señor…
GREGORIO
Tomad vuestra espada,
entonces…
(Claudio
le suelta los hombros y desenvaina. Una flecha da en el lomo de Claudio, cae
herido mortalmente)
¡Claudio!
(Aparte)
Las flechas fueron mi
idea, plurales se vuelven contra mi traición…
(Entra
Hilda con el carcaj terciado.)
HILDA (eufórica)
Gregorio, querido, os
salva las mismas flechas que aguzasteis.
GREGORIO
¡Mujer! ¿Qué habéis
hecho, mujer?
HILDA (fuera de sí)
¡Esposo mío! El
ejército cayó en cada soldado. El hambre de cada flecha, con un solo mordisco
roe encarnizadamente. Vuestra profecía, Gregorio, tumbó a todos los capitanes
apenas en un Apocalipsis. Las condecoraciones tintineaban por los callejones,
los mendigos la echaban fuera de sus bacinicas. Los niños, Gregorio, empuñaban
por primera vez la espada y de un tajo truncaban las últimas esperanzas de los cadáveres… Las velas, con cuyas combas se
iluminaron temporales oscuros, favorecen ahora nuestro hálito, y esas mismas
velas, Gregorio, trémulas en la sangre que derramamos a las puertas de hoy,
maniobran entre procelosa espuma como un pez que nos promete el pan de cada día… Fuimos con la rabia en un puño, mas a
puñetazos derribamos las puertas que nuestros mayores tocaron sumisamente… Ay,
los estertores propicios, Gregorio, a puerto subterráneo llevan la tiranía de
su rey. Las velas henchidas alumbran el periplo que nos llama… Ah, sí… si la
vieja moda hizo los sastres a sus medidas, también de sastre remendados hoy
hondean banderas coloridas…
(Con
apremiante obcecación)
Gregorio, mirad mis
ojos, contemplad las vistas que allí se reflejan.
GREGORIO
¡Qué mal estáis, mujer!
HILDA (sin oírlo)
Querido, querido, el
día de la libertad coincide con el de la venganza, haré un almanaque de un solo
día, un día para todos los años por venir… soy libre de marcar este día con la
tinta de mis dardos. Somos libres, querido… vos estáis libre de preguntar por
mi respuesta; os respondo por ella. Señor: nunca más un rey… Sí, querido…
GREGORIO
¿Qué hacéis aquí,
mujer? Largaos de aquí… Abajo sois la heroína que puede salvarse, aquí sois una
figurilla en las cifras.
(Lo
abraza)
HILDA (incrédula de
las duras palabras)
¿Qué me decís,
querido? Os abrazo y es como si me aferrara a una roca que se hunde.
(Se
separa violentamente de él)
Me das miedo… os
hundís, mi isla se hunde con vos… nos hundimos, ay, nos hundimos…
(Aguzando
el oído)
Escuchad, alguien
proclama el edicto del naufragio… Gregorio…
CLAUDIO (en su
último estertor)
Bien sois esposa de un
bastardo, las guirnaldas de vuestras manías eclipsan la corona del esposo,
mujer… Mirad que el hijo que despreció el rey, reina si lo despreciáis lejos,
entre la plebe de sus súbditos…
(Muere)
HILDA (retrocediendo
con pavor)
¿Sois bastardo, rey?
Pero si os mataron… están por mataros, rey, malvado. Ya lo veo; no, ya lo sé… ahora lo sé… No, no,
no… Ahora sé que ibais con las cuencas de mi padre, a brindar por las vides por
venir. Sois ciego, sí… con la vara que se os midió queréis medir vuestra hoyo,
sí… ciego, insensato… amor mío. Ojos míos, que ni de bastón me servisteis, no
puncéis mi ceguera con el yerro, ya corro a lo que he de ver… no me espoleéis más.
Ya veo, sí… Sois Gregorio, malvado… Sí,
también tenéis un padre ciego, pero el vuestro es ciego sólo para vos, para los
ojos que en vuestro rostro se juntan para odiar a un padre… ciego sólo para
vos, y en la rapiña de subalternos encontró los ojos de mi padre, que ni
ocultos en su bondad se salvaron. ¡Malo! ¡Malo! Gregorio, si este divorcio que
arde quemara afuera como dentro de mí me arrasa, os ahorcaría a todos vosotros
un incendio. ¡Malvado! ¡Traidor!…
GREGORIO
Pero ya no blando el
garrote de bejuco, sino la espada que troncha el último efecto de quien os
horroriza. Pasemos el umbral, juntos.
HILDA (A voz
desencajada)
Venid, todos… el
tirano retoña entre las piedras.
GREGORIO
Calmaos, mujer. Mirad
que si os emparentáis con mis retratos venideros, seréis la reina que también
fuera de ellos sonríe. Os quiero tanto que atesoro mi celo y guardo que el
interés vuestro no se disipe fuera del matrimonio…
(Acercándose)
Mujer, por lo que
luchasteis se cumplirá en mi reinado, no en el caos que os ha ordenado vuestros
pensamientos a gusto y tono de un perturbado día. Querida, os quiero… también
como reina. Mirad, serán libres de un rey antojadizo, pero respetarán la
libertad que imponga nuestra corona mancomunada. ¿Qué decís?
HILDA (balanceando
la cabeza, ensimismada)
Ay, reycito, ¿queréis
ver vuestro último pétalo? ¿No habéis profetizado la suerte de vuestra última
profecía? Puesto que a la vera de vuestros malos albures me habéis castigado, a
la vera de mis ruinas os imputo el crimen de que se jactan vuestros auspicios.
Malo, cobarde… Vuestras peores arrugas marchitan mi frente. Ay, aquí me yergo,
sí, delante de vos, ¿no me veis, tirano? ¿Con la ceguera que atiborró vuestras
cuencas no alcanzáis el catalejo? Así, de pie aún, os he de profetizar algo aun
peor… sí, os he de profetizar vuestro inalcanzable pasado; en lugar de que
añoréis un después, lamentaréis no poder postergar una ocasión salvadora en la
seguridad de antaño. Que éste sea el signo que al menos la porción mayor de mi
ultraje redima. Que su cumplimiento, como una fe, indemnice mis besos. ¿Queréis
que os de un beso en vuestra falsa boca? ¿Queréis que os responda a vuestra
falsedad? Ah, reycito… id a vestiros antes que lleguen los músicos… ¿Sabéis que
una tal Hilda, que canta en los pastizales, conspira contra vos? Uno, dos,
tres… ¿Queréis que la delate? Si me dais permiso, reycito, proclamaré que todo
lo haré sin tu permiso. A veces remedo a conspiradores, pero ellos, por doquier,
me delatan y yo repito la acusación… Qué más os puedo profetizar… ah, sí… que
el fin resucitéis cuando esta misma suerte que os hace mortal se cumpla otra
vez… Ese Apocalipsis principiará vuestro adverso ministerio. Mirad, ya los
dardos, que otrora guiñaban un ojo, os echan mal de ojo… mirad… mirad…
(Manotea
entorno a su cara, ficticias abejas le abruman)
Oíd como zumba la
ponzoña…
(Murmura
inarticuladamente)
GREGORIO
Ah, también he
traicionado a vuestra locura.
(Entra
Andrés)
Andrés, cuidad de
ella… por fuerza de vuestro amor cuidad de ella.
HILDA (con la vista
perdida en un punto imaginario)
No viváis de vuestra
carne, que carne vamos a cazar.
GREGORIO
Llevadla a seguro.
Cuidadle con vuestra vida.
ANDRÉS
Qué sacrificado sois,
señor. A fe que daría mi vida por morir así.
GREGORIO
Dejaos de majaderías y
llevadle ya. Ya os llamaré, cuando ordene todos los escaños entorno al mío.
ANDRÉS
Id, señor. Buscad la
gloria y curaréis a vuestra mujer con sus brillos…
(Sale
Gregorio)
HILDA (ensimismada
en el vacío)
¿Sabéis que una tal
Hilda, que canta en los pastizales, también conspira contra vos? Sois el
secuaz… y nos conocimos en la sombra del misterio.
ANDRÉS (con
compasión)
Mujer, vuestra
inteligencia ya marca su sello en la cera de una nueva corte, mas cómo nos
remite un pacto degradado…
(Oscurece)
Escena 4
(En una
estancia del palacio. El rey y Ambrosio)
EL REY
Decidme, Ambrosio…
¿Qué salida nos ofrece salvación? ¿Cómo
fue que los soldados hubieran sucumbido bajo garrotes de labradores, bajo los
cacharros de mercaderes, bajo las bacinicas de enfermos en cuarentena? Decidme,
hombre: ¿Por qué vuestros mensajeros encarnan las malas noticias que les
encomendasteis advertir? ¿Por qué mis huestes al ras de los intrusos luchan
para no perecer?
AMBROSIO
Majestad, calmaos… O
mejor, necesitáis estar sereno para el parte que me toca deciros entre más
calamidades. Unos dicen, señor, que todo comenzó cuando un hombre que desacató
el edicto del bufón, aquella ley de la gorra, fue hecho preso con tal violencia
que sus vecinos se mudaron al odio, con cuyas armas podían rescatar al vecino
que dejaron a su suerte, pero esto es apenas una anécdota del preludio, pues,
como veréis, cada punto había de ser juntado con trazos subrepticios. Eduardo
fue muerto en plena plaza. A hurtadillas, desde mansardas, en ángulos
distintos, arqueros iban inoculando a los principales del ejército. Los
soldados arremetieron con todo vecino que se asomaba en las ventanas, pero
dentro de esas mismas casas purgaron la mitad de quienes se atrevieron a entrar
con la orden póstuma de sus superiores. El resto de vuestros soldados, en
pánico, dobló recodos no menos bruscos que aquellos dinteles.
EL REY (calándose
la gorra de los cascabeles)
¿Y por qué Carlos no
envió una fracción de sus hombres? Está con ellos, ¿no es cierto? ¡Hideputa!
AMBROSIO
No, señor. Carlos fue
atacado por un ejército extranjero que lo duplicaba apenas con un elemento de
más: el fin. La plaza ya debe estar tomada por el invasor. Espías entre el
vulgo conciliaron este golpe; no es de dudar que, a pesar de nuestros
intereses, los espías nuestros fueron contratados por nuestros enemigos. Yo
apenas pude contener la mínima parte de mis hombres, y aquellos ya le ganaba la
idea de combatirnos. Por eso vine entre el fragor de vuestras huestes. Hay un
ejército de desertores por doquier, majestad. Muchos se pasaron al bando del
caos, cuyos infinitos generales quieren coronarse con vuestra corona. Las
huestes que resisten afuera, tarde o temprano serán demolidas por la turba,
unos se creerán libres de desobedeceros; otros, de morir al fin. Es mejor que
huyáis antes de que las salidas secretas confiesen a quienes las hostiguen con
el fuego y el desastre. Aún es tiempo, majestad. Las fachas que traéis os
visten tan invisible como el viento, y ese es el único lujo que os conviene en
vuestra traza.
EL REY
Tenéis razón, es
tiempo de partir. Desde afuera, puedo reclamar mi derecho, y el derecho de mi
hijo. En el sur aún me quedan partidarios violentos. Id por la reina y por Claudio.
AMBROSIO
Debéis ir solo, señor.
EL REY
¿Qué decís?
AMBROSIO
Es una peor noticia,
que me hace sentir peor por contarla con la innumerable mezquindad de ser el
último emisario.
EL REY
Hablad pronto, si
queréis salvar algo bueno de vuestra voz.
AMBROSIO
Vuestra reina fue
enviada a la torre.
EL REY (mesándose
los cabellos)
Por dios. ¿Cómo puede
ser, si ni siquiera el estertor de la plebe ha llegado a birlar estos muros
aún? ¿Algún espía la raptó? Decidme, truhan… ¿Los extranjeros?
AMBROSIO
Señor, vuestro infame
bufón, atribuyéndose su impostura como cierta, puesto que creo que por vengar
la muerte de Micaela juzgo yo la veracidad del asunto, dio orden terminante de
que vuestra esposa fuera condenada con todos los rigores ordinarios. No hay mucho
que se pueda hacer por ella, ya la torre coronará un montículo con sus ruinas.
EL REY (Se mesa las
barbas y solloza)
Ay, sin mi hijito, ya
no soy legítimo… Por todos los diablos de un cielo que se quema, tuvo que ser
un maldito ordenanza que implícitamente seguía el fuego que a través de su
ventana maldita veía…
(En un
sólido grito)
¡Llamad a Claudio!
Partamos de aquí, ya no queda tiempo para matar a mi bufón… ah, le salvé la
vida con una broma cruel; no cabe duda de que soy su maldito salvador.
(Ensimismado,
ya arrasado)
Ay, aunque dejadlo al
arbitrio de mis perseguidores será el daño mayor que me puede satisfacer al
menos una parte…
AMBROSIO
Señor, en esta hora de
infortunio, tristemente soy el interino de todos los mensajeros que os fueron
impuntual. Otra noticia os tengo. Claudio, es el único ministro que os ha
traicionado… él transigía con unos
demonios que obraban al margen del mismo infierno desatado. Su
propósito, ya lo presumís… Claudio es cómplice de vuestro hijo bastardo, que en
vuestro trono quiere encumbrar su calva. Claudio, majestad (os digo esto último
aunque vuestras orejas ya me aconsejen al oído callar), avaló la orden del
bufón, confirmo la condena de vuestra reina… le fue el medio expedito de
eliminar el rival del bastardo.
EL REY (con la
vista fija en el vacío)
He tenido hijos sólo
para saber como sufre un padre desafortunado, parricida he sido por gozar las
madres de mis hijos…
(Se
escuchan ruidos más vivaces)
AMBROSIO
Escuchad, señor. Ya
los gritos se adelantan a arengar a la violencia rezagada. Vayámonos, lo que sea que esperemos aquí se perdería con
nuestra muerte.
(Mirando
por la ventana)
Venid conmigo, señor…
EL REY
Partid vos. Tan lejos
cuanto la onomatopeya del llanto os revele una mejor seguridad. Allí, lejos de
mí, mi fin podrá ser contado sin fin. Yo aquí he de quedarme… antes de ser
bufón, fui rey; ahora, Ambrosio, soy el centinela de mi duplicada desgracia…
Las ojeras que veis bajo mis ojos, son orejas muertas que escucharon las
noticias peores, enterradas bajos mis ojos ya sin vida… Sólo puedo echar de ver
su corrupción. Largaos.
AMBROSIO (mirando
nerviosamente al derredor)
Os dejo porque sois el
rey a cuya templanza no soy digno de servir.
(Sale)
EL REY (tras un
minuto de silencio funerario)
Cayó la puerta. Rompen
la alfombra. Rápido, rápido, rápido… El fuego trepa las paredes… uno, dos,
tres… casi llegan al cuarto de insomnio.
(Una
pausa a la lumbre de esas llamas)
El fuego trepa… quiere
escapar de ese infierno al que fue a parar por ser malo. Los paisajes de mis
retratos lo podan ignorantes. Suben escaleras los tiranos. Agotan las galerías
con la punta de la espada. Matan ordenanzas que arrodillados piden perdón a sus
verdugos. Me buscan de puerta en puerta. De corona en corona, buscan mi corona.
Matad al rey jorobado. A ese mismo que veis con asombro… matadlo que se parece
a mí… Bastardo que engendré me hacéis comer mis huevos en caldo.
(Una
turba, encabezada por Ponciano, echa abajo la puerta. El rey toma una daga del
suelo que empuña con ambas manos)
Hoy si soy un asesino…
(Ponciano,
desdeñoso, lo decapita antes de que se apuñale, sin advertir en el rey más que
a un bufón)
PONCIANO
Los bufones tienen la
culpa que ridiculizan, también hay que condenarlos culpables… ¡La más filosa
condena para sus cuellos! Si veis a otro culpable escapar con piruetas,
cortadle de un tajo esa cintura sobre sus hombros, no la estranguléis con el
cinturón que llevan vuestros calzones, que haréis el ridículo mientras matáis a
vuestros enemigos. La cuerda es para el rey, señores, y la lleváis atada a un
nudo… Sí que es un bufón bien formado en
los afeites del oficio y en la simetría de su maldad. Miradle que no tiene
joroba, ni sus piernas están torcidas ni sus ojos en blanco bizquean, solo sus
fachas deforman su horóscopo, estrellas y eclipses estirados en ese culo ancho.
El equilibrio de su huida lo dejó sin escape, señores…
(Todos
ríen)
Un bufón amamantado en
su infancia, ¿habéis visto cómo los estrago de un rey loco crecen a espaldas de
la turba? Pero mirad alrededor vuestro: hay tantos locos en concurso que se
debe cuidar uno, más bien, de que hubiera alguien cuerdo.
(Señalando
con la daga)
De cierto os digo que
el hambre no pasó sus peores momentos en ese culo…
(Ríen a
carcajada)
¿Qué pasa con
vosotros, hombres que no os conmueve una escena grave como ésta? Aún quedan
ordenanzas en las galerías… Marchaos con seriedad. ¡A por ellos!
(Salen)
El rey debe haber
escapado por un agujero de rata… allí también cabe mi puñal. Ved por vuestro
culo y no descuidéis vuestra retaguardia, rayano
va mi tajo entre nalgas horrorizadas, rey…
(Cuando
va a salir, entra el bastardo)
Escena 5
GREGORIO
¡Ponciano!
PONCIANO
Os prometí que mi
promesa era violenta. Heme aquí, con vos. Tanto gusto de encontraros a término
de mi jornada… Bueno, aún me falta el rey. ¿Sabéis que la reina murió en la
torre? Un esposo cruel cuya pasión contra su adultera mujer fue más allá de
engendrarle un hijo bárbaro…
GREGORIO
Matáis por matar…
PONCIANO
Por qué más tendría
que matar. El mismo verbo me conjuga…
GREGORIO
Debisteis cuidar los
viñedos, ejercitaos entre los racimos si os complacía teñir la vid. Pero sólo
allá, insensato…
PONCIANO
¿Rivalizáis aun con
los auspicios de socorrer vuestra matanza? Ya que habláis de matar, vale
recordaros los muertos que profetizasteis tan oscuramente… Sí, os hice una daga
como la que no salvó Andrés y con ella me señaláis del lado oscuro que se os
opone.
GREGORIO (aparte)
¡Hilda! Mujer, en tu
frente vencida brilla mi yerro.
PONCIANO
Sin embargo, ambos
empuñamos las hermanas de aquélla, que, como veis, ahora coinciden en estos
muros. No quiero, hermano, ser vuestro enemigo.
GREGORIO (ya
arrasado)
No lo seréis si os
largáis a matar al margen de mi huera venganza.
PONCIANO
Os dejo, entrañable
compañero… Para no ser vuestro enemigo, debo enemistarme con la orden vuestra
que con pena os acato. Pero antes de irme de vuestro banda, os digo que hoy más
que nunca no tengo ninguna razón vuestra para matar a mis enemigos, ninguna que
artificiosamente suméis al verbo, pues un ejército, que ya saquea hasta con sus
espías, sojuzgará a esta tierra con el rigor de un rey extranjero. Sí,
cualquiera que haya sido vuestras razones, y vuestros partidarios… en fin, ya
las esperanzas de vos desertaron antes del reto. Las mías no, mientras no me
mate un rival. Adiós. Sí, ahí os dejo un bufón para que entretenga vuestras
desventuras…
(Sale)
GREGORIO (reparando
el cadáver)
Ah, yo… Mirad, el rey,
un padre… que también me negó su perdición y muerte. ¿Qué reino busco, qué
corona averiada en un sombrero? Ni un día reiné, más me habrá valido no ceñir
esta corona que traje en pos de la de mi origen, esta mala corona que ya nadie
destronará… Ah, si legítimo hubiera llevado el mal que traigo, me hubiera vengado
al nacer. Prodigiosa memoria que
olvidáis, yo os bendigo de nuevo; y porque olvidaréis mi antigua maldición, no
viviré para cumplirla, sino para olvidarla en carne propia. Luego, jamás moriré
en memoria de mi despechado prójimo…
(Empuña
su daga)
A cargar, junto a
Ponciano…
(Entra u
pelotón extranjero)
EL CAPITÁN
¿Sois de la casa,
señor? Pues llevad vuestro signo.
(Le
apuñala)
GREGORIO (Cae
mortalmente)
Caigo como una adversa
prenda, que amuleto es de mi primogénito enemigo…
EL CAPITÁN
Traemos el signo de
nuestro rey, y aun así debemos marcar el caduco en tantos torsos.
(Entra
el bufón, entre las piernas del pelotón, más jorobado que nunca. Un soldado
desenvaina para acuchillarlo)
EL CAPITÁN
No le matéis, no es de
esta casa, aunque su vejamen lleve los lujos de su verdugo, sino de todas las
otras casas en ruinas, aquí y en todos los reinos.
BUFÓN (Se abalanza sobre la cabeza del rey)
Entre mis manos
pienso, pero toda idea se detiene en el sombrero de mi bufón, y lo que antaño
se erizó en cada punta de mis cabellos, sin tornar su pálida costra, hoy
confirma una sospecha y pone un huevo sobre la calva que mi pena coge entre sus
manos temblorosas… Un sastre, a pesar de su pliegues y repliegues, plisó a mi
talle las costuras de un mes, que todavía en esta hora llevo puesto y que la
intemperie deshilacha sin orden ni tributo…
UN SOLDADO
¿Qué dice, señor?
EL CAPITÁN
Dejadme escuchar,
bellaco.
EL BUFÓN
¿Qué nuevo sastre, a
pesar de su mortaja, remendará lo que mis lágrimas hacen jirones? ¡Tormenta cruel!
¡Impía tempestad! vuestra copiosa insidia no socavará mi tesoro vacío, al que,
sin embargo, los hombros de mis manos le acunan, ay, un nacimiento bastardo,
tierno al tiempo. Tormenta cruel, vuestros espías tampoco se aprovecharán de la
mitad de sus sobornos… Soldados de mis huestes, no me toquéis, no me defendáis
con complicidad. Dejadme al arbitrio de mis enemigos.
OTRO SOLDADO
Su locura nos toma por
séquito.
EL CAPITÁN (rodeando
al bufón)
Un bufón extraviado…
no ha hecho gran cosa el hombre, sin embargo lo justo para que le olviden.
(Aparte)
Si al punto todos los
reinos se extinguieran con este precursor, puntualmente la punta de mi espada
pondría punto final a su monólogo.
(A sus
soldados)
Venid todos, hay que
aplacar a las turbas, y tomar las tinieblas palaciegas antes del amanecer.
(Aparte)
Más súbditos… para una
nueva causa.
(Salen)
EL BUFÓN (entre
sollozos)
Dejadme solo, que el
castillo está vacío. Una catástrofe buscó asilo en mitad de la noche y el
insensato esclavo abrió la puerta, juzgando en la sonrisa del rey dormido el
asentimiento de su hospitalidad… Fuera la prole que consumió mi hacienda.
Soldados ya no tenéis que defender… Dejadme solo, que mis oraciones se junten a
mis penas y del tumulto mi locura halle otras formas. Dejadme solo… que
vuestros uniformes rutinarios no toquen jamás los ribetes de mi desnudez ni que
vuestras preseas iluminen la noche de mi corona. Que el reino se pierda… pero
iros vosotros de su perdición, no lo malogréis más con vuestros celos. Que el
fuego usurpe mi reino y que las antorchas de mis muros se enrolen entorno a él,
que tal ley marcial haga crepitar los huesos de quienes se queden en litigio de
despojos… Alejaos de mi lejano predio,
iros, pero no sembréis flor alguna en vuestra retirada, ni coqueteéis con los
mensajeros extraviados en el camino. Alejaos, iros con vuestros ojos a ver los ojos de vuestras
viudas y a llorar, a la sombra de hijos ajenos, a vuestros muertos infieles… no
enterréis ninguno aquí.
(Ciñendo
la cabeza del rey a su regazo)
Pequeño bufón, cuyo
más grande amor me movió hasta la impiedad. Vuestras muecas, vuestros chistes
ahora se diluyen en el luto verdadero que mana de un tajo… luto verdadero que reclama en mis venas e
invoca el amen que vuestro silencio calla para sí. Ah, pacto que igual me
aflige. Vuestro sombrero y mi corona completan la mitad de una gracia cruel.
Sí, quiero ver esa mitad, la otra efigie que trunca mi suerte, y enfrentarla
sin reservas y ahogarla con mi sombra vespertina. Soy lápida y hombre, y,
después de piedra y carne, rey sin corte ni bufón… ¿Lápida de quién? ¿Hombre de
quién? ¿Rey de quién, sino de huérfanos desheredados por vuestras muecas? Veo
mi lápida sepultada sin vuestro nombre, bufón… el epitafio, oración que declamo
hasta morir, mas, ay, los nudos que me ataren los urdí invencibles y lejos del
epitafio. ¡Oh, la mitad del mundo está enterrada, y la otra mitad es la tierra
en comunión con la muerte!
(Unas
flechas disputan el aire en el pasillo, una anónima traspasa la rendija de luz
y se hincan en la joroba del bufón)
Ay, una palmada hinca
el único diente de su encía, la deletérea ponzoña quiere que me vuelva. Sí, ya
lo antiguo roe mis arrugas. Os persigo vuestro achaques, bufón, mas no sé si
llevo una herida mortal a cuesta, porque qué vida la mía para distinguir tal
peso sobre mi joroba… ¡Oh, la mitad del mundo…!
(Muere)
FIN
DEL REY
REX
EL SENADO
____________________
Mayo, 2005
DRAMATIS PERSONAE
Turno (el usurpador)
Drances (senador principal)
Eneas (el rey)
Lavinia (esposa de Eneas)
Camila (concubina de Turno)
Numa (hijo de Ascanio y Creúsa)
Ascanio (hijo de Eneas y Lavinia)
Creúsa (esposa de Ascanio)
Cloreo
Mnesteo Senadores
Sergesto
Palante (lugarteniente de Numa)
Voluso (lugarteniente de Turno)
Cora (general de Turno)
Senadores
Ordenanzas
Soldados
Esclavos
A
C T O
I
Escena 1
(En la
Curia; el senado en sesión. Reproducciones de motivos de la mitología
grecolatina, de diferentes épocas. Ascanio en el podio; la concurrencia de
senadores, enmascarados con pesadas cáscaras de maderas, entorno al orador)
ASCANIO
La hora en que esta
eminente asamblea aguza sus cuadrantes es privativa a la urdimbre de los
dioses. No olvidéis, señores, que, siendo hijos de nuestros padres y ellos de
quienes los anticiparan, hemos de convenir puntualmente a nuestro pasado de
origen y de progresión. Para los puestos que ocupáis habéis sido convidados
desde siempre. Cada juramento que habéis de proferir busca su estirpe y los
bastardos son echados con el mismo rigor de los dioses. Mirad, pues, a través
de vuestro espacio, contemplad al vecino mientras deliberéis a favor de una
ventaja, más que esperanzadora, esperada hasta su verificación. Que vuestros
ojos no abriguen pereza alguna, sino la mirada penetrante. Mirad a través de
todo, la máscara que empuñáis no os ha de privar jamás de impávidas rendijas y
en sí contiene no sólo la promesa de un nacimiento consumado, sino la exacta
beatitud de vuestro ardor. Miraos investidos. Mirad que el venturoso viento de
nuestras velas apaga de un soplo las velas de nuestros ocultos enemigos. Mas
mirad también que en tal penumbra sus cómplices, sepultos por la piedad de
nuestra gloria, aún comparten causa contra la piedad y la gloria.
(Señalando
los tragaluces)
De esos marcos que
distinguís como condecoraciones del prodigioso cielo, cuna y morada de los
dioses, mirad que sus vetas siguen el curso natural de las estaciones. Un halo
de madera, paciente y lento en sus antiguos pulsos sublunares, os enseña que
esa luz benefactora os ilumina hoy. Mirad que discretas y estudiosas señales,
nos han de aconsejar entre el alba y el ocaso, e infunden también los sueños
que han de sobrevenir para felicidad de nuestras profecías. Al trasponer estos
dinteles veréis laboriosos escudos. Mil batallas se repujan en los frentes, mil
que nos aventajan en tumultos enemigos. El arte de la guerra es también el de
la forja y vuestra sabiduría es, sin desmayos, el móvil que la inspira. El
cincel, conducido por la destreza del artesano, graba en una generación un
fragmento apenas que nos concierne en su momento y gloria, pero sabed que
impacientes escultores aguardan por nacer y que vuestras leyes les enseñarán su
exquisito oficio. Que vuestra ley, prontitud e inexorable sensatez no os
desampare ni cuando lágrimas y sudor se disputen vuestras arrugas. Mirad que
las máscaras no guiñan ojos y con franqueza siguen a quien escoltan. Mirad que
principiáis el ministerio de hoy.
(Ascanio,
visiblemente fatigado tras el énfasis)
CLOREO
Habéis advertido en
nosotros la observancia a las divinidades, mas entre el afán de vuestras
concesiones debilitáis el merito que os apremia. ¿En el primer discurso que se
os instruye, en rutina de una suerte adversa para vos, os imponéis con el
temerario ayuno que apura vuestro verbo?
¿Pretendéis con un abigarrado discurso prefigurar la eternidad que no
alcanzaríais ni entre los extremos que así te demoran? No sé si queréis figurar
en el único respiro que han tenido vuestros miedos, sea, pues, este lúcido
instante que os ilumine en el descalabro, porque la sanción de todos al parecer
os censura por parejo.
(Ascanio
adelanta un paso trémulo ante la vertiginosa
audiencia)
ASCANIO (ya
excitado)
Cloreo, ¿con tal
suerte habéis adelantado vuestra enemistad en nombre de todos?
MNESTEO (interrumpiendo)
Habéis sido débil, sin
duda; mas osasteis levantar la voz en el podio con veladas insinuaciones y, a
la sazón de vuestra oratoria, ahora adelantáis un paso en falso, contrario a
quienes ya os asedian en mayoría. Amenazáis como si os hubiera dado un poder
filial que el Rey no os ha legado ni por ser vuestro padre.
ASCANIO
¿Cómo un dúo podrá
guiar un coro en el vado?
SERGESTO
Un trío, tal vez.
Decís que somos hijos de nuestros padres, pues yo os digo más: somos vuestros
hermanos mayores y con la autoridad de secundarnos no podéis reprender el rubor
que os abrasa.
ASCANIO (toma un
vaso de agua del podio, entre temblorosas manos)
Agua.
Agua. Agua verdadera, que el espejismo de la intriga ya me moja.
(Bebe el
agua)
DRANCES
No llaméis intriga a
cuanto vuestro discurso ha profetizado, pues es privativo a la urdimbre de los
dioses.
CLOREO
Y quien palidece hasta
el espejismo sois precisamente vos, Ascanio. Vuestro primer veto os sienta mal,
haríais más bien si os sentáis tan lejos como mal. Vuestro puesto no es de pie,
aunque pedestre sea el miedo.
ASCANIO
Que sea el título de
mi padre el que adopte mi defensa.
CLOREO
Es el título de rey el
que os deshereda. Id a tiranizar lo poco que no se os ha quitado en vuestra
casa. Miraos como tembláis; es vuestro arte el temblar. Cincelad el fragmento
que os agobia, retrataos allí sin temple en el peligro.
ASCANIO (abrumado
por las murmuraciones de la audiencia)
He nacido del rey… y
del rey soy el…
SERGESTO (divertido,
al ver que sus palabras tienen efecto)
Del rey sois el hijo
apenas, otros laureles este único título te despoja…
DRANCES
Lo que ceñís es el
veto.
(En
concierto se quitan la máscara)
TODOS
¡Sea!
DRANCES
Sin que se os intimara
cierto decoro ya os habéis confesado contra vuestro padre, pues que sucederle
así fuera anticiparle en la garganta. Ay, cómo, si no es con desparpajo,
contradices su salud y aun sus consejos. Sin dudas habéis creído que por
primera vez podíais contradecir al rey, y, en ausencia suya, ganaros el senado
en favor de vuestro vicio. Un título intermedio mediaría los partidos de regir
vos mismo la monarquía. Mas vuestra alevosa escala se precipita de un solo
golpe.
MNESTEO
Retiraos antes de que
vuestro padre os sorprenda sin compostura. Ya ninguna de sus reprimendas os
hará merecedor de su tenacidad.
ASCANIO (ya
delirando, sudoroso)
Apartaos monstruos. No
me acoséis más. Tomad la espada que llevo a la cintura, podéis cambiarla por
más vino. Dejadme. Allá afuera. Mirad, a través de la ventana, si escapáis
pronto… sí, si escapáis mi padre no me vengará en vuestro pecho. Ah, dioses,
juro que la cordura… Echadme… fuera, soy hijo del rey…
CLOREO
Guardias, llevadlo de
aquí. Cuando se mejore se acogerá a la única excepción de su fiebre.
ASCANIO
¡Soltadme!
(Se
desploma mortalmente y el desconcierto es monótono en torno al cadáver. Cloreo
le toca el cuello)
CLOREO
Está muerto.
Escena 2
(Entra
Eneas y Turno escoltados por dos ordenanzas, la concurrencia se vuelve al rey)
ENEAS
¿Qué es este barullo?
¿Por qué no ocupáis vuestros escaños? ¿El endeble discurso de mi hijo ha
profetizado no sus espigas, sino la cosecha de vuestras magistraturas? Mirad que si es así merecéis que Ascanio,
desdeñoso de su virtud, os abandone en pos de reforzar el argumento
sigilosamente.
(Se
despeja el piso en torno a Ascanio)
CLOREO
Majestad, Ascanio le
dio la espalda a los dioses, miradlo allí de bruces. En tierra confiesa un silencioso
murmullo.
MNESTEO
Obrando contra su
linaje, no pudo abrirse un trecho. Sus pies se descalabraron del desvelo que
acunara su debilidad, y, sin aventajar las acusaciones de un veto en ciernes,
el delirio prefiguró monstruos antiguos para su travesía hasta los manes.
ENEAS
Drances, decidme, ¿fue
su muerte la que dictó el discurso o la enojosa espada que le hubo reprochado
el cinto desde su pubertad?
DRANCES
Señor, fue un orador
brillante mientras nos mostraba el sol. No sé si una inspiración externa le
hubo infundido la sustancia de tal talento, pero sus inconstancias de siempre
lo perdieron aun por sostener lo dicho, aunque, según lo no dicho, algo secreto
le promovía sitio en el temor, haciéndoselo notar se mostró en sus vergüenzas.
Conturbado, llevando a cuesta la onerosa joroba de su monstruosa juventud,
paseo por el podio sin poder reprimir sus rubores y a la lumbre de ellos la
carne se transparentaba aún más. Los oficios ordinarios del senado le
sobrecogieron en los preliminares. Sintiéndose desfallecer delante de quienes
él imputaba un infame cargo de intriga, prolongó en sus delirios la terquedad
de sus pies. Con pena divagaba; ora para sostén de su atrevimiento, ora para
contrariar la sentencia de un padre fuerte. Al fin sus rodillas, antes de
tentar el ras del mosaico naval, se prosternaron brevemente sin que diera
tiempo al perdón. Helo aquí, tendido en un mar, como una isla en que sus armas
sobrellevan una vida de náufragos.
ENEAS
Levantadlo de allí. El
mar devuelve lo que no es digno de yacer en su fondo funerario. Rescatad las
armas.
(Los
ordenanzas toman el cadáver y lo despojan de sus armas, luego lo llevan fuera)
Mas que sus cenizas
sean contenidas en el nicho contiguo que me espera; el fuego extinto de mis
huesos corregirá el desacato póstumo de su debilidad.
TURNO
Señor, sea vuestra
palabra ley, y que el indecoroso luto no se cierna en nubarrones denso que
hayan de anegar a vuestra casa. El mar nos ha devuelto a Ascanio, confiemos en
que la salobre piedad destile gotas que no rebasen el ras de la prudencia.
Pero, y sólo con licencia de vos, nos está dado condolernos de tan funesto
episodio, el rigor vuestro reglamenta el pesar que nos aflige. Permitidme,
pues, que os acompañe en custodia del cortejo.
ENEAS
Amado Turno, habéis
dicho bien. Tales hechos acatan los hechos y a ellos impongo el carácter de mi
confirmación. Señores, marchaos a vuestras casas, observad el luto que
desgraciadamente combina con el vuestro. Desde mañana nada de este día
eclipsará más los eclipses regentes para los cuales estáis destinados. Id,
pues…
(Salen
todos los senadores en procesión, unos llevándose las máscaras)
DRANCES
Majestad, conforme a
la tradición del senado os conviene un servidor que os obedezca. Muerto
Ascanio, el sobrevivirle os apremia según rigor de nuestras costumbres. Vuestro
juicio sabrá adelantarse a tiempo. Permitidme que mis condolencias también se
adelanten hasta su viuda e hijo.
(Hace
una genuflexión y sale)
ENEAS
La facundia de estos
hombres no es menos envolvente que la que ya amortaja a mi hijo. Él al menos
tiene una virtud que los aventaja y también el capullo que lo retiene a ella…
TURNO
¿La de ser muerto en
su medio, bajo rigor de sus rivales?
ENEAS
Sí, me comprendéis
porque soy hombre de espada. Como yo, habéis nacido para urdir no con amenazas,
sino con la fuerza de vencer a los extranjeros.
TURNO
Señor, también el
tintineo de la espada tiene sus excepciones, y a veces transige con la intriga,
y su idioma es tan universal en los combates que con frecuencia los traidores
lo traducen en perjuicio de quienes son traicionados.
ENEAS
Sí, me comprendéis por
que soy hombre de espada. Esta desazón no trocará mi virtud.
(Se
oscurece)
Escena 3
(En una
estancia del alcázar real)
CREÚSA
Oh, mujer, nuestra
perdida común os hace madre de una viuda. Heme delante de vos, vulnerada toda.
Delante de vos lloro la muerte de vuestro hijo, esposo mío, padre del hijo que
aún imberbe ya es adoctrinado en la tenaz fiereza de las armas, llevado lejos
por la misma tiranía que condenó a su padre. Heme aquí, Lavinia, son mis
lágrimas las que recurren al consejo de las vuestras. Sois mayor y como yo no
con menos voluntad llevamos a cuesta la dura carga de nuestro género. Pero
decidme, mujer, porque el rey, antes que ser padre, perdió al sucesor de su
corona. ¿Cómo la abrasadora soberbia tiranizó hasta el infortunio a quien aun
desangrado llevaba la licencia de su sangre? ¿Cómo la severidad de vuestro
esposo censura a quien posterga su estirpe en la corona, esa corona para cuyo
celo él ha purgado generaciones de enemigos?
LAVINIA
Mujer, siendo el mismo
infortunio doble nos doblega. Lloro con vos, no antes; pues, aunque antes de
que hubierais sido esposa yo fui madre, el pesar de un hijo muerto nos lo
anticipa el parto, tras el cual su muerte nos hace revivir el dolor, ya con
pena y luto, como si el hijo naciera definitivamente. Pero confiad en que su
espíritu remonte las venturosas criptas de los manes. En cuanto a la dureza de
Eneas, no está en mí juzgarla, sino padecerla hasta hallar en sus extremos la
sabiduría de su condición. Habéis sido esposa de un hombre débil y tierno al
tiempo. Ningún atributo distintivo de sus mayores, tan propio a la vecindad de
su padre, heredó para salvar sus prisas. Para perdición de él, la dureza de
Eneas fue el único enemigo que Ascanio tuvo el coraje de desafiar con sus
afrentosos acomodos. Así, siendo esposa de un hombre (único fruto de mi
vientre) que tantas veces avivé en vano bajo el rigor de un rey ansioso, os
sentís con el derecho de reprochar la tiranía a la que vos apelabais en vano.
No hago prescribir vuestro derecho, porque ahora sé que siempre el derecho
vuestro ha sido mi deber.
CREÚSA
Lavinia, sé que
vuestro dolor lo atenúa otro partido.
LAVINIA
Decís mal, Creúsa,
pero con el mismo ardor comprendo tu virtud.
CREÚSA
Entonces, perdonadme
que la enloquecedora pena me haga desertar de vuestro partido generoso.
LAVINIA
Calmaos, mujer.
Vuestro hijo está por llegar, y no está bien que su dolor tenga que reñir un
luto insensato. Si vuestro lágrimas no hayan estanque en que abrevar… pues
tenéis mi llanto para calmar su sed, pero no os perdáis en la abrasadora arena
de la locura ni transijáis con los espejismos de vuestros espejos. Levantad el
rostro. Venid. Tenéis un hijo, mujer, que está por llegar, el mío partió
impunemente, nada terreno concilió; que su ligereza le permita vadear sin
tormentos hasta la otra margen. Numa ganará sus gracias con la gloria
insepulta. No os preocupéis de su porvenir, pues sus augures nacieron sólo para
vaticinar a su favor acaso su virtud.
CREÚSA
O para vaticinar el
longevo tormento que marchitará otra frente joven, acaso también privada de
ceñir corona. No soportaría que Turno haya de usurpar también el turno de mi
hijo… Veis, Lavinia, que hasta he de confesar que la sucesión es un turno, cuyo título debe su identidad
vulgar a quien lo ha pretendido en detrimento de un príncipe. Ah, los dioses
saben que enviudaría de nuevo si veo que Numa es subordinado al cruel usurpador
que hostigó a Ascanio. Incluso este lunar que nos macula no contiene el luto,
que sea al menos lo que me guarezca de otros sastres ajenos.
(Solloza)
Por yacer al ras de un
hombre vencido, me siento más inerme que nunca… y mi hijo a qué viene, sino
para sumar preocupaciones a mis penas. Lavinia, me abruman las intrigas y la
tiranía con que son conjuradas, y este alcázar no me expone a otro tormento que
el de padecer mi testimonio.
LAVINIA
No lloréis más, mujer. Si habéis temido por la
lejanía de vuestro hijo, pues alegraos de que ya estará con vos, que vuestra
alegría de madre indemnice mi perdida.
(Oscurece)
Escena 4
(En otra
estancia del alcázar)
TURNO
A lo que os respondo
lo siguiente, señor: Drances está en lo cierto al haceros notar la costumbre
del senado. Ciertamente debéis escoger a quien el interinato de Ascanio haya de
suplir, alguien débil que os asegure sucesión en vuestro nieto, si preferís de
ese modo. Vuestro plan seguirá saltando el eslabón huero, tanto por que ya no
es imprescindible para el devenir de vuestra promesa.
ENEAS
Alguien débil podría
ser sobrecogido por la pullas de los senadores, y hasta conducido por la
insidiosa ponzoña hasta al matadero. Ascanio es el ejemplo de su raza. Numa,
cuya imberbe cara aún no frunce ceño, figura ser lo contrario de su padre, pero
carece de una conjunción que lo justifique. Además no le he visto desde una
tierna edad en que cualquier juicio es dudoso.
TURNO
Según sus preceptores,
muestra en su mocedad todo lo contrario que mostró Ascanio hasta ayer.
ENEAS
De cierto la vejez ha
convenido testamento en mi apergaminado rostro. Es justo, pues, que secunde su
prudencia. Quisiera obligar, en el arbitrio de los senadores, un candidato
irrefutable que suceda según mi reinado. Pero no tengo nada seguro en este
proceloso divagar. Numa todavía es un muchacho que responde con preguntas… Anticiparle con un monigote, no… débiles
terminan por conceder todo a los débiles que los asedian. Además, Turno, es una
costumbre tácita (y bien aceptada) que aquel que ha de elegir un candidato
frente al senado tenga un lazo con el rey que se despide. Ningún pariente varón
me da esa ventaja.
TURNO
Pero, señor, no
permitiréis que el senado se atribuya la holgura de cambiar los consejos de
vuestra vejez. Si os fijáis, basta con
que un allegado a vuestro celo despose la viuda de Ascanio, uno que haya de ser
todo lo fuerte que el campo de batalla distinguiera, y que deliberadamente
verifique el porvenir de vuestro nieto. Si Numa merece lo vuestro, tendrá su
benefactor; si no, este hombre habrá cuidado de perpetuar vuestra gloria en
otros candidatos. De cualquier modo, ya me parece que el senado sólo asentirá
lo que él proponga.
ENEAS
Habéis pintado vuestro
propio retrato.
TURNO
Y lo dejo que lo
firméis vos. Dejadme que os socorra en este trance, señor.
ENEAS
Siempre habéis sido
fiel a mí. Creedme que todos los días recuerdo aquella batalla en que quedé
separado del mando, bregando como un soldado cuyo sepulcro era el de la
imprudencia. Cada vez que abatía a un hombre echaba de ver en su fin la suerte
mía, tan próxima como la espada que empuñada en mi mano buena. Los dioses de mi
escudo fueron desfigurados por las impías espadas de aquellos bárbaros. Sí,
recuerdo que la batalla menguaba y yo luchaba aún en el centro de aquella
ruina. Entonces, cuando lo sensato era replegarse para conservar el trazo de la
frontera, vos volviste con una carga de caballería que impetuosamente hendió la
matanza. Sí, lo recuerdo todas las noches: a una señal vuestra, dos cargas más,
aunque menguadas, refrescaron la primera acometida, venidas de ángulos
distintos desconcertaron a los otrora vencedores, conmutándole sus botines por
cadenas ya corroídas en la sangre de sus hermanos mayores. La vehemencia del
rescate os premio con vuestra primera victoria. Hace tanto de aquello que los
capullos precoces de vuestra mocedad tenían su origen tan cerca de su flor. En
adelante habéis sido un militar luminoso a quien tributo este recuerdo. Estos
consejos políticos que instruís no desmerecen vuestras dotes militares. De
cierto no ungís con la enjundia de palabras vanas; y si habéis de curar, curáis
el dolor con la rudeza con que lo infligís. Ahora que…
(Entra
Creúsa, interrumpiendo agitadamente)
CREÚSA
Señor, ni vuestra
abnegada esposa puede disuadirme con su dolor… Mis acusaciones cambian sitio
con la deferencia que pretendéis de mí. Pues ahora todo se conjura en un solo
eclipse, y una palabra tiene que ser inventada para ahorrar estas prisas… No
sólo con los dardos que aguzasteis a la mesa se le hirió Ascanio. La rapiña que
os escoltaba hasta allí, aún escoge con sus risas los ribetes que dejó vuestro
rictus. Cazabais a vuestro hijo para solaz de la dieta, después de comer los
manjares de la caza, era otra caza la que os distraía. Matasteis a vuestro
hijo… lo matasteis, para dar el ejemplo a sus enemigos, para indicar el sitio
vulnerable que lo comprendía… lo matasteis, y las causas nada te conmueven. Lo
agobiasteis hasta las cenizas. Aquí tenéis vuestro verdugo predilecto, el que
escuchando vuestras amenazas aprendió a aconsejaros, ¿no lo habéis oído? Mejor
para vuestra paz sería haber pacificado a todos sin auxilio de este vil. Este
vil engendro, se yergue como el gusano que desertó de sus glorias sepulcrales,
es la carnada de una pesca infernal que vaciará las lágrimas de vuestro reino.
Miserable, infame… Turno, miserable… vuestra dañosa costumbre lleva por máscara
una pútrida costra que apenas favorece vuestro semblante. Sois…
ENEAS (En un sólido
grito)
Fuera de aquí. Ya os
he escuchado demasiado, id a prodigar a la sordera. No son vuestras agallas las
que hubo perdido mi hijo al nacer. ¡Fuera!
(Sale
sollozando. Tras una pausa)
Como decís es un lazo
que conviene a mi sucesión… y también al pescuezo de esta altanera mujer.
TURNO
Luego su salvación es
conveniente.
ENEAS
Sí, estáis en lo
cierto. ¿Habéis visto? Es más grande el odio que os tiene que el que pudo
aprender de la vergüenza de su marido o el que no puede mostrarme más. Vulgar,
infame e irrespetuosa hasta degradar su propio nombre. No podéis domar esa
fiera, vivirá enjaulada en mi alcázar, huraña, pálida y rabiosa: sólo reirá en
sus iracundas plegarias. Envejecerá más cuando muera, o nadie le dará techo en
que se cuide de sus propios cuidados. Además, cuántas no son las desventajas si
sois desdeñado por su reciente llanto.
TURNO
Si es grande lo que se
resiste, grandes tendrán que ser mis hazañas, las ventajas vienen por añadida
naturaleza. Señor, el que vive de pequeñeces cualquier enano le estorba, y por
fuerza de sus superiores es subalterno de su propia ambición.
ENEAS
Sí os hacéis su
esposo, valdrá la pena favorecer a quien vence también en el luto de un
despecho.
TURNO
Necesito, más que
vencer en el reposo de un tálamo, vuestra venia en el senado.
ENEAS
Como os dije, la
tenéis si os procuráis el lazo que perdone el pescuezo de esa ingrata.
TURNO
Será para vuestra
gloria que preserve el reinado de vuestro sucesor.
(Oscurece)
Escena 5
(En un jardín
del alcázar)
CREÚSA (al espejo)
Miradme, Creúsa, que
yo, siendo vuestra única tocaya, no agencio al espejo lo mismo que en otros se
repite. Mirad las flores, Creúsa, como despuntan en la primaveral estación de
mi luto: ¿tantos colores no son laboriosamente verdaderos por fuerza del dolor,
acaso porque mis lágrimas remontan tan encumbradas raíces? Ah, la savia pulsa
cada espina que a mi savia espolea. Ya, para otros, no lloro, Creúsa, ni la sal
colma mis lágrimas, y el vacío en otras rebosantes cuencas apaga su ardiente
sed… Nada, nada trae lumbre a mis párpados. Todos prefieren un espejismo antes
que el espejo de una viuda. El mundo transita con sus asuntos de hoy, nadie
recuerda el dolor que no podéis olvidar. Sabed que soy vuestra tocaya… ¿no es este
alcázar, para doble incertidumbre, tocayo de la mazmorra? ¿Los cautivos de
allá, innumerable anonimato, no saben siquiera que sus destinos son tan suyos
como ajenos? Venturosos los que así no conocen sus nombres, perdidos entre
otros a quienes conocen menos. Decídmelo vos. Hablad en lo tocante a mis
garfios; estoy manca y con ellos me auxilio. Persevera tras el eco que se
marcha con lo que trae. Pero… qué digo;
si pregunto, me preguntáis al punto; si callo, me respondéis igual, con el
mismo callado ardor. A dúo de tal extravío, no convenimos acuerdo, sino el
fatal dúo de ser la misma. Escuchad, pues, esto que con impaciencia me queréis
dictar, y que la disputa dé con su nudo: ya viene mi hijo para quien el agasajo
que le espera será orden de venganza. El hijo que apenas acuné en mi seno
virginal, quitado de mí para la intemperie de partos viriles, no me libertará
por sacarme de aquí, sino por tributarme en estos mismos muros un funeral que
me indemnice.
(Entra
Numa)
NUMA
Madre, sabéis que soy
corto de palabras. Si os acordáis, sólo me habéis escuchado balbucear. Ese don
infantil es una costumbre belicosa; aun sin ganar una batalla, ya lo sé y a
ello debo mi arenga; pero no juzguéis la elocuencia de mi dolor con las
plegarias de un luto militar.
CREÚSA (suelta el
espejo)
Ah, hijo, con la
brevedad ya rematáis un adverso designio. Sin duda sois corto de palabra, pero,
aun con tal corteza, os cortarán como abreviáis mi verbo… ya no sé si llamaros
propio. El rutinario acento de vuestra parca industria es herencia de mayores
tantos más tiranos cuanto por que los sobraréis siendo el menor de esa estirpe.
Ya no sois, en efecto, un imberbe, pero la valentía que heredasteis no está de
mi lado. Eneas mandó forjar la espada que lleváis al cinto, ojos de turquesa puso
en la empuñadura que verán por su senil tiento. No necesitáis un padre extinto,
vuestra orfandad os la otorga mi despecho… ay, que sea mi debilidad la que
adopte vuestra ruinosa herencia.
NUMA
Si poco me dejáis
hablar, aun menos os he de decir. Tomad, entonces, vuestra certeza como cierta, madre. Asuntos
más urgentes son mi veracidad, y ya el senado intriga con mi nombre. Adiós,
mujer.
(Sale)
CREÚSA
Ay, flores, mi tocaya
ha muerto y yo me impongo a su heredad.
(Entra
una esclava)
ESCLAVA
Señora.
CREÚSA
No me llamáis si
tenéis nombre. Viviré en estos muros, cosecharé las semillas de esas flores…
cultivaré y cuidaré sus términos; otros ciclos vendrán hasta la postrera flor
que honre mi muerte. Si soy echada de este suntuoso sacrificio, la tierra es
ancha para morir desterrada… ah, y la locura, el mejor garrote de un lúcido
pesar.
ESCLAVA (tomándola
del brazo)
Venid conmigo, señora.
Cada amanecer alumbrará vuestro luto, que ya no irá a tientas…
CREÚSA
En pos del más sombrío
ocaso. ¡Qué doloroso es llorar a un esposo débil!
(Salen;
oscurece)
TELÓN
A
C T O
I I
Escena 1
(En los
jardines del alcázar. Creúsa riega unas flores)
CREÚSA
En tierra la raíz
hunde su celeste huella. En tierra un muerto esconde su botín. Mientras más se hunda
la planta más voluptuoso es el pimpollo; mientras más escondemos el crimen más
a flor de nuestras plantas vamos.
(Entra
Turno)
TURNO
Mujer, permitidme que
me allegue a vuestro duelo. Nunca, encaminado por prisas que mis enemigos se
apuran en atribuirme, he de escoltar mis condolencias, pues incluso mi tardanza
halaga vuestra pronta honradez.
CREÚSA
Fuera de aquí. No
profanéis el único altar en que os odio sin reservas ajenas. Largaos, infame…
Sé que con licencia del rey venís a perturbar mi locura. Fuera, que la impureza
no esparza su género aquí… Que la crueldad de un rey le destrone en su misma
cabeza para la cual no pensó mucho. Largaos.
TURNO
No os ofusquéis con
demandas que en la sustancia de la ofensa recluta cómplices. No soy tan malo como
para venir a convocar vuestros juramentos en perjuicio mío. Es un halago para
vos que no me perdáis de vuestras arcas; para vos soy una joya que os tributa
siempre. Escuchadme, por favor.
CREÚSA
Largaos. Largo es el
camino que os espera si queréis que os odie menos. Mientras más lejos de mí
estéis, más rápido mi avaro perdón gastará todo en una jornada, que nada sume
sino la suma de vuestro extremo cansancio. Tomad esto como la misericordia de
vuestra más enconada enemiga; pues el que no aparezcáis será vuestra sepultura,
lo contrario os rezaga en lo insepulto.
TURNO
Vuestra belleza,
aunque crispada tempestuosamente, es acogedora. Apelo a que por consejo de ella
me escuchéis. Permitid que en esta estancia, a la luz del radiante sol de un
día que en adelante me será fatigoso, os pida perdón por haberos tenido que
inspirar la idea extrema de perdonarme. Soy un militar, cuyas únicas horas de
poesías son embotadas por la sangre de los amigos. Mi ruda imaginación no ha
perpetrado más que rimbombantes arengas. Que al menos acuda a ellas para
excitar mis límites entorno a vos. Permitid, entonces, las insignias de quien
aun al margen de tales fronteras os estima mucho.
CREÚSA
Sois un figurante que
pretendéis provecho de la vida que el rey me perdona; vuestra doblez es tan
redoblada que le atenazáis en un pellizco apenas. El rey hará de tonto si
confía que sus maldiciones pueden bendeciros. Todo en vos es perjudicial… son
perniciosos vuestros cumplidos, vuestros falsos votos. Eres cómplice pernicioso
y la maldad ni por guiaros con su antorcha os aventaja un paso.
TURNO
Juzgáis por el ojo de
una aguja, que por espiar se perdió en las estopas del sastre. No os dejéis
aconsejar por espías; nunca se sabe si quieren espiar vuestra desnuda rabia. De
haber consumado los planes que sospecháis propios a mi mentada bastardía,
hubiera ganado un verdadero nombre de malvado que vos compartiríais con otros.
De ser el maquinador de vuestras desgracias, de los fracasos de vuestro esposo,
hubiera confundido el nacimiento de Numa entre las sospechas que nacerían bajo
esa misma estrella. Si el odio que me imputáis diese por medios también sus
fines, hubiera alentado dudas en vuestro marido, esperando que su propia
inconstancia…
CREÚSA
Qué decís, insensato…
Cómo dices Numa…
TURNO
Cuando estabais en
cinta de Numa, procurasteis que yo mediara entre la disputa de Ascanio y su
padre. Los pleitos en el alcázar debieron ser terribles y seguro quebrantaron
vuestra gravidez. La premura y descuido con que me escribisteis aquellas
cartas, mujer, se podían cambiar a otra suerte descubierta sin la estampa de
nueve meses legítimos. Ah, y esa misma estampa avivaría vuestras fiebres
maternales.
CREÚSA
Sois capaz, cruel…
¿Pretendéis chantaje con la única esperanza de una joven desaconsejada?
¿Traicionaréis los únicos cumplidos que os tributé ciegamente? Oh, que
insensata fui… Sea mi desgraciada inocencia la que me extravíe con su misma carta.
TURNO
Sois vos la que habéis
sugerido una paz en virtud del odio que me tenéis. Esas palabras que os
preocupan son el mapa de un tesoro infame; yo no procuro un mezquino tributo
así ganado. No os chantajeo ni con eso ni con nada. Os pruebo mi inocencia y me
culpáis de sostenerla con ardor. Querida Creúsa, sí os pretendo en vigor de mis
amores; es justo que reconozca que os cortejo, pero es por fuerza del amor que
os amo y no por decrepitud de un rey caduco cuyo odio le tiraniza. Miraos a vos
misma, con la dieta de una impía subvención, a la suerte de perecer por el
descuido de esta casa. Vuestro mejor destino es que estéis salvaguardada por
mí…
CREÚSA
Oh, mujer. Otras
cadenas me asedian.
(Arranca
una flor y sale)
TURNO
En el amor, conviene
el arraigo de unos labios leves, y luego domar la fierecilla de mis penates.
(Oscurece)
Escena 2
(En una
estancia furtiva)
DRANCES
Ascanio tuvo que haber
urdido ese discurso mucho antes de que le recomendara el que no dictó. Esa
plegaria debió meditarse con la misma pereza del buen vino. Ciertamente
vaticinó que enemigos alentarían su ruina con su propia voz. Sergesto advierte
que esa semana él iba a introducir a Numa en el senado. El rey, remoto más por
cansancio que por vejez, os ocultó los detalles a seguro de separarse del
solio. Os ha tenido a menos por consideraros de origen diferente; de cierto que
vuestra adopción le ofende más.
TURNO (aparte)
No se perdona que sus
agasajos tengan una mácula.
(Interpelando
a Drances)
Contadme pormenores,
no os desviéis de la intriga.
DRANCES
Bien, cuando el hombre
empezó a hilar aquel discurso… No os figuráis el desconcierto de tantos oídos
que por costumbre eran tantos. Al no
escucharse ninguna palabra aconsejada, una parte de la audiencia, deudores de
nuestra lid, en perplejidad oyeron más de lo que en verdad oían, muchos se
acobardaron de objetarle en una palabra siquiera. Mas el silencio clandestino,
apresuró la inteligencia de Cloreo y, tras él, dos más le secundaron. Tal como
supuse, la inconstancia de Ascanio cedería sin importar el argumento que él
estimara en defensa suya. El hombre lo colmó el pánico, como colma la alegría a
un necio, palideció, la sed subió a su boca y era lo único visible de su
rostro. Pensé que moriría sin beber del agua envenenada. Una muerte sin ponzoña
le daba su piquete. Sin embargo, antes de rematar sílabas finales, Ascanio apuró
del fondo uno más profundo que le ahogara. Ese mismo discurso iluminado
inspiraba el asedio, cada recodo otrora inexpugnable era una llaga. El hombre
deliraba y los monstruos que decía ver eran sus verdugos. Ah, pobre Ascanio,
también a costa de su vida apenas vivir podía. De haberse ofrecido en
sacrificio, lo hubiera salvado un milagro. ¿Vos visteis como la fiebre
destilaba, de las heces del veneno, el licor de nuestro brindis? Pobre Ascanio,
murió con las prisas de su miedo, tan de prisa que aún ha de temer llegar. En
fin, mi querido Turno, una parte del plan ya está consumada. Si desposáis a la
viuda, justificaréis el favor del rey. Luego seréis el interregno. Antes la
decrepitud cederá más de lo que la cuenta del viejo llevar por llevar encima
años. En la misma medida en que se marchite su clarividencia, vuestros poderes
han de crecer, así podréis, andado el tiempo, volveros contra vuestros
adversarios, conjurar al senado con el mismo ejército y ceñir corona y nuevo
cetro.
TURNO
Ya el matrimonio con
la viuda me impacienta, pero tengo la impresión de que la misma viuda, tan
interesada como está de no dilucidar sombras pasadas, oficiará el rito si el
principal se retrasa. Los días de mi espera son horas de la víspera, y creedme
que no rebasarán otro crepúsculo.
DRANCES
Esta entrevista es
historia subterránea, cuanto porque en tierra ha de dar su fruto. Tened la
bondad de darme un perfume fuerte, Señor…
TURNO
¿Qué decís?
DRANCES
Señor, que vuestra
hospitalidad me procure un perfume intenso. Un olor inherente, esencia de
posteridad. Dicen los oráculos que la memoria de su nariz elige los recuerdos.
TURNO (extendiéndole
un frasco)
Tomad. No irías a
envenenar también con perfume.
DRANCES
No está de moda diluir
la dosis, pero algo más duradero se atavía. No me lo deis aún, señor. Soy
vuestro súbdito y mis palmas se vuelven para vos. Escanciad entre mis palmas un
poco. Sí, que sea un poco más, señor…
Bien.
(Inhala)
Permitidme que
conserve el frasco. Cada vez que por casualidad huela su incorpóreo alcance,
vendrá a mi memoria este recuerdo. Tomad un poco vos, mi señor, es penetrante y
también como una profecía infunde su mapa en la urdimbre. Tomad, no suceda que
hayáis de olvidarme en vuestro lado, cuando forcéis enemigos al otro lado del
Leteo.
TURNO
Decís mal, seréis mi
segundo.
DRANCES
Y os secundo en eso,
señor.
(Oscurece)
Escena 3
(En una
habitación. Creúsa se estruja las manos y mira con sospecha en derredor)
CREÚSA
Estoy perdida. Otra
cadena arrastra mi locura. Ah, que insensata fue mi juventud por dejar que la
inocencia me defendiese con su inocencia. El infame de Turno no está en deuda
con su plan, pues justo el día en que el calendario se detiene en mi desliz, la
noche se cierne en las tinieblas de mis sombras últimas. Ah, malvado Turno, con
laboriosa paciencia de gusano roéis los huesos que de mí quedan. Apenas si
ahora puedo llorar los restos de mi todo… Un suegro, un esposo y un hijo son el
ejército que guiasteis contra mí. Más que con estrategias palaciegas, fue
vuestra saña militar la que me rindió… pero no, no, no… Aún una salida me salva
de vuestro laberinto, con ovillar las telarañas de los rincones tengo mi
sudario. Sí, la viudez que me demudo delante de la corte insensible, será mi
cómplice; a ella acusarán y no a mis tormentos.
(Toma
unas tijeras)
Mas, para salvarme de
la infamia, no aparentaré delante de otros lo que soy, no habré de acariciar
con póstuma paciencia el hierro con el cual
sonrisas enemigas propicien su fin. Esa forja, prima incestuosa de los barrotes
que en cortejo me abruman, se pone para otro fin. ¡Que estas tijeras sirvan
sólo para recortar el enmarañado halo de mi luto! Las dejo para otros.
(Pones
las tijeras en el piso)
Más bien que una dosis
sufra la fiereza de mi vientre.
(Abre
unos cajones del gabinete y con prisa halla un frasco)
Ya no sois el ámbar de
mi pedrería, ya no aquél que con su sola promesa consoló mis noches y cuya
rareza de arte no parecía combinar con mi ajuar; ahora es vuestro contenido mi
haber.
(Se
sienta en el lecho, abre el frasco y bebe)
Con este brindis
principio las rebosantes gotas que me esperan… Ah, que quemante transcurre su
savia, fulgurante pimpollos relampaguean… Un jardín crece, ay, pero tocayo de aquel jardín del alcázar.
Amargo el sabor que me lame. Tormenta… Ay, encinta de espasmo, un parto me
mata. Tormenta, y mis ojos a la intemperie…
(Muere.
Tras una pausa)
ESCLAVA (tocando la
puerta)
Señora, me atrevo a
acudir a vos, a ras de vuestra puerta, pero nunca por la temeridad de
importunaros con intereses de una esclava cuyo sueños la embotan.
(Vuelve
a tocar la puerta)
Permitidme que
insista. Vos misma me encomendasteis en lo tocante al jardín ser vuestra
jardinera, y esta mañana, señora… señora, debéis venir conmigo. Si os acordáis
de vuestra cosecha, forzosamente habéis de recordar que con aguas del Leteo
regabais vuestro jardín, ya que no con vuestras lágrimas reservadas entonces
para el olvido. ¿Os sentís bien? ¿Por qué no respondéis, señora? Ah, tonta de
mí, como pretendo respuesta del silencio que ella justifica… Señora, vuestro
jardín fue arrasado por la impía mano de un madrugador. Señora, señora, señora…
Me preocupáis. Ah, quizá la misma mano de la siega os raptó con igual crueldad.
Iré por vuestra madre.
(Al
rato)
LAVINIA
¿Decís que no
escucháis ruido?
ESCLAVA
Tan cierto si me
callo.
LAVINIA
Puesto que no puedo
haber salido sin ser advertida, debe dormir; tantos días en vela a tientas han
dado con el sueño reparador.
ESCLAVA
O tal vez, señora,
salió temprano, a despecho del sueño de otros. El jardín que ocupaba su único
esmero fue destruido en la madrugada. Al principio creí que un raptor, de esos
que son hartos comunes en leyendas extranjeras, era el insidioso; pero ahora
pienso que ella sigue sola.
LAVINIA
Aunque hubiera sido
así, debe estar en cama. ¿No veis, insensata, que los cerrojos fueron corridos
por dentro? Debe dormir…
ESCLAVA
No creo que esté
dormida, señora, la imprudencia de una esclava no la hizo despertar.
LAVINIA
Ya me intrigáis,
mujer. Dadme el gancho de vuestro tocado. Estas puertas tienen un secreto de
reyes.
(Tras el
afán logra correr los cerrojos. Entran casi al tiempo. Lavinia acude a Creúsa,
palpa su cuello)
Quien aún guardaba
luto… ha muerto. ¡Qué calamidad inmisericorde perpetra nuestros dioses!
ESCLAVA
De este frasco
escanció el deletéreo almíbar.
LAVINIA (atrayéndola
a su regazo)
Mujer, como a una hija
os socorrí, pero como una nuera os habéis perdido en clandestinos lazos. Algún
sombrío parentesco fue el auxiliar de vuestros votos. ¿Ahora no podéis ver qué
dañoso es el que una mujer, oprobiosamente rechazada, se agasaje en contra de
su voluntad? La muerte es el único testimonio de vuestras horas de retiro; una
prueba en vuestra contra, y para cuya causa moristeis. Qué vuestra temeraria
justicia no haya de profetizar longevos tormentos en nuestra casa, mirad que
dejáis un hijo. Id, vos… despertad la casa.
(Sale la
esclava. Lentamente, mientras repara absorta el cadáver)
Ah, si vuestro grito
de esclava pudiera despertarla a ella, bendeciría vuestros sueños de libertad.
Creúsa, quise que en mí vierais el espejo de vuestra salvación, y es ahora
cuando en vuestras primeras canas veo el blanco de mi destino entero…
(Oscurece)
Escena 4
(En una
estancia de Turno)
DRANCES
La muerte de Creúsa es
más fatal de lo que la misma Creúsa le tocó sufrir. Nuestras primeras
esperanzas murieron con la misma ponzoña, pero aún tenéis el favor del rey y yo
puedo excitar las diligencias de algunos senadores. Claro que el suicidio de
Creúsa la defiende menos que su negativa de consentir un matrimonio forzado.
Numa igual iba oponeros a esa unión, o más bien la hubiera torcido en pos de
él, os limitaría al papel de interregno, precedente favorable de su rol, y
corroboraría la suerte suya a pesar de sus mayores. Ya no dependemos de lazos
que nos enreden, y por fuerza de la intriga prosperaremos.
TURNO
Tenéis razón, pero
vuestras razones son tan largas como inopinadamente fueran las de Ascanio; no
abreviáis palabras cuando ponéis empeño en vuestro raciocinio. Más allá de
vuestro escrúpulo, el suicidio de Creúsa tiene su renta sin duda, y nosotros
finalmente seremos sus acreedores. Habéis advertido no sólo la juventud de
Numa, sino su fogosidad y templanza, pero es hijo de padres que póstumamente le
desprestigian. La muerte de ambos, y las circunstancias de tales muertes,
maculan su porvenir. Es… cómo he de decirlo… sí, es una tara[1]
perniciosa que revolotea en el senado, importunando con sus polvos y ruidos la
atención de la honorable audiencia.
DRANCES (Aparte)
Pensar que una
langosta, que todo lo devora, me deja un mapa mejor.
(Con
sombrío sarcasmo)
Audiencia que necesita
concentrar sus oficios para prosperidad de la monarquía. Cualquier enojosa
turbación habrá de ser, más que ignorada, censurada apenas con los rigores
ordinarios. Permitidme que despeje el destino de vuestra sagacidad. Adiós.
(Sale)
TURNO
No hay que ganarse las
suspicacias del viejo Eneas, se perdería mucho por ganar su lujosa enemistad.
Con que Drances sepa un poco de lo que el viejo nada sabe, seguiré siendo su
hijastro predilecto. Ah, Turno, vuestra impertinente bastardía administrará los
nombres que os legarán vuestros adversarios; sus hijas estarán al arbitrio de
mis lascivas combinaciones. Aunque si he de regir el trono, ha de ser con el
nombre de “Turno el Grande” y no en nombre de mi pasado, degenerado e incierto.
Bien hijo soy de quien no conozco, completo e inteligible, tan bien formado que
parricida soy para orgullo de mi padre. Ah, incierto origen, dentro de poco
seré yo, lejos de vos, exclusivo de mi orgullo.
(Entra
Camila)
CAMILA
Turno, querido,
escuché que vuestra voz polemizaba con su eco, ¿o era un hombre nocturno el que
ensombrecía vuestras réplicas?
TURNO
Deberíais estar
durmiendo, Camila. ¿No sabéis que si dejáis el sueño en vuestro lecho vacío, el
insomnio ultrajará su doncellez? Miraos, aún la las ojeras escoltan vuestros
ojos. ¿Qué soñabais, mujer?
(La besa
en la frente)
CAMILA
Soñaba que dos pueblos
memorables contendían, y que el motivo de la disputa era yo. Las circunstancias
de mi culpa me eran vagas, por más que me miraba en un espejo. Así pasaron diez
años, Turno. Ni mi rostro se imponía al reflejo; ni un ejército, al otro. Las
murallas que dividían los muertos eran nuestras y a ello atribuimos nuestra
única ventaja. Aquel paraje era un lugar vedado a los dioses, ninguno hacía
figurar sus dones entre los partidos. Un día, después del décimo aniversario,
los ejércitos hostiles habían desaparecido. Del otro lado de la imbatible
muralla había un gigantesco caballo de madera, y en las remotas playas ninguna
amarra enemiga se prendía a la orilla. Aquel presente era sospechoso. Con
instrumentos homicidas fue perforado sin que se abatiera un furtivo ejército.
Tan grandes habían sido los horrores de la guerra, que aquel gigante bien podía
ser un tributo de nuestros adversarios. Se derribó una sección del muro y se
trajo adentro el pesado animal, signo astrológico de nuestra ruina. Cuando
todos se regocijaron en la opulencia delirante del vino, el ejército interior,
oculto en el costillar por donde de cierto no iba ser horadado el vientre,
salieron a procurarse los auxilios de afuera. Sin piedad arrasaron con todos.
Las llamas, como espadas, segaban todo, y ya en el espejismo de aquella matanza
casi parecía formarse mi rostro cabal… pero vuestra promiscua voz me llamo…
TURNO
Un sueño a deshoras de
quien lo sueña.
CAMILA
¿Cómo decís?
TURNO
¿Si vuestro concubino
os llamó, cómo os habéis perdido en tales horrores? Estáis entera y despierta y
me acompañaréis tan entera como sois, y al punto de haberos llamado. Así que no
os empeñéis en fatuos fuegos. Cualquier albur de esta índole tiene por espacio
el haberse concebido en su solo espacio. Luego no es más que una ficción para
regocijo de quien por dormir tiene a bien el despertar. Id a adentro, pues, mi
bella.
CAMILA
Puesto que veláis por
vuestros sueños, descansad según vuestra costumbre.
(Sale.
Oscurece)
Escena 5
(Estancia
del rey. Eneas en su solio)
LAVINIA
Esposo mío, os pido
que me atendáis aun a despecho de vuestro enojo.
ENEAS
Id a corregir vuestro
tocado. Tengo que interpretar los afeites que tras máscaras llevan esos
hipócritas. Dejadme a solas.
LAVINIA
Antes, sin tener que
separarme de vos, no os hubiera contrariado en nada, mas hoy es el amanecer de
aquel día ya remoto. Y en ayunas tenéis que escucharme.
ENEAS
Apartaos de mí, no
vaya ser que con el mendrugo que negáis os deje sin sentido.
LAVINIA
Ah, dioses, en poco
tiempo entendí las advertencias que de vos fueron los presentes del matrimonio.
Y vos, esposo mío, escucharéis el apremiante presente que me apura ahora.
ENEAS
Largaos, mujer… que
vuestro presente aprenda la virtud de vuestro pasado y que vuestro futuro al
fin sea lo que haya de ser.
LAVINIA
En un solo día lo veo.
Ay, señor, de saber las pesadillas que me aguardaban en vuestros brazos, no me
hubiera advenido a dormir con vos, sin siquiera haberme escurrido de mi casta.
Antes, ya que no como el desaire de vuestros celos, hubiera burlado vuestra
cama, hubiera promediado la vergüenza de vuestro compromiso al ir a dormir en
los brazos de los distraídos celadores que os protegen mientras infundís
pesadillas ajenas.
ENEAS
Callaos, mujer.
Habláis como la mujer de un celador ciego, ah, que a tientas de su taurino
encono debe velar el cubil de su mujer.
LAVINIA
Si son las rudezas de
mis palabras las que os han de volver en sí, que todas asientan su vulgaridad
con ese sí.
ENEAS
No me ofendéis con
vuestras frustradas amenazas, con tal énfasis no podéis revertir mi juicio.
Ciertamente no son mis celos embotados los que os reclaman virtud, es vuestro
alcázar donde, si no la castidad, la fidelidad de una cama blanda os intima
decoro.
LAVINIA
Eneas, nunca os
reproché nada. Nunca distinguí lo que otros llamaban tiranía, o, más bien, tal atributo
siempre se trocaba de acusación de veleidosos a virtud de un hombre único.
ENEAS
¿Adónde queréis llegar? ¿A mi tiranía?
LAVINIA
Cuando vi a Creúsa en
un lecho hostil, vi en su mueca de irresoluta tristeza que mi rectitud ya
quería doblar los muchos recodos del llanto. Esa pobre mujer había sucumbido a
lo que yo, en un lugar opuesto al suyo, creía poder soportar para ejemplo de
todas. Pero aquella palidez inerte, era el pulso de una savia que en mis
cabellos ya palpita. ¿Entendéis que mi vejez os secunda siempre? Pues si nunca
os tributé un consejo, permitidme que aun hoy os recomiende según la
testamentaria virtud del reino. Permitid que mi virtud se dé a vos plenamente.
Permitid que esa sustancial palabra… “tiranía”… tenga también el juramento de
mi legado, que no por incorpóreo es menos patente en nuestra común herencia.
Permitid que nuestro nieto se encumbre en sucesión vuestra. Honrad a sus mayores
con este voto, no contrariéis la desgracia con la desgraciada premura de un
despecho. No es el turno de Turno, pues ese nombre, y es menester que lo
sepáis, se lo puso su origen…
ENEAS
¿Queréis que…
LAVINIA
Señor, nombrad a Numa interregno.
ENEAS
Como sabéis, eso
trunca el porvenir de su ambición. Tal escaño lo consumiría para siempre en una
instancia intermedia. Por lo que alcanzo en vuestro consejo, no es eso a lo que
dais alcance, ¿verdad?
(La
mujer asiente con la cabeza)
Luego pretendéis que
por fuerza del mismo Numa se oblitere la costumbre del senado.
LAVINIA
Tal es. Ahora tenéis
un verdadero heredero, al que, para congratulación de los dioses, no hay que
reprocharle debilidad. Ascanio os irritó, os avergonzó siempre. Aunque a veces
vuestra paciencia se resignó a duras jornadas, no pudisteis hacer mella en su
espíritu, en cambio su mellada espada os irritó siempre. Ahora en los últimos
días los dioses os premian con Numa…
ENEAS
Mujer, llamad a Numa.
LAVINIA
En seguida os
complazco.
(Sale)
Escena 6
(Eneas
tamborilea los dedos en el solio. Entra el ordenanza acompañado de Numa)
ORDENANZA (haciendo
una reverencia)
Majestad, Numa.
(Sale y
cierra la estancia)
ENEAS
Numa, hijo, miraos,
habéis sido favorecido por mi ignorancia, que mi ciencia no os favorezca menos.
Venid conmigo.
NUMA (acercándose,
se inclina)
Padre, habéis mandado
un embajador en nombre vuestro, a quien otrora llamé infantilmente mi padre.
Perdonadme por no haberos comunicado respuesta, mas el débil regreso me hubiera
difamado. Vuestras son las órdenes que me ascienden.
ENEAS
Hijo, habéis heredado
la fortaleza que es distintiva en mí, ya lo sé. Es justo que yo, siendo el
viejo para cuyo fin se dilata su vejez, os legue la condecoración a nuestra
común naturaleza. No os he visto desde que os llevaran a ejercitaos en la
estrategia, pero ciertamente vuestras artes son ya la gloria de mi dinastía.
Los héroes del pasado, Numa, hacen milagros en el futuro, así que yo, con los
mundanos recursos de mi contemporánea filiación, obraré a favor del porvenir de
vos. Es necesario que escuchéis el testamento que debí haberos dictado antes de
que muriera Ascanio. Escuchad, pues…
(Se
yergue)
Distinguid los dioses
que heredasteis. Tened en cuenta que al no reconocer sus dones serán pocas las
costumbres que os favorezcan. Procuraos un retiro, cuando se retiren todos.
Regocijaos en la naturaleza, sed su cómplice paciente, pero nunca le profanéis
aunque ella palpite en vuestras incestuosas maquinaciones. No os felicitéis por
una idea que no hayáis corregido en rigor de su número. Oíd todo lo que se
escuche, que las bocas de los pueblos el don de la palabra tienen. Estudiad las
bellas artes, y remontadlas laboriosamente hasta toscos precursores. Conciliad
desde temprano favores femeninos, pero no dejéis que ellas os intimiden, porque
las tiranizaréis aun a vuestra costa. En suma, tratad a todos con dispendioso
secreto, y ganaréis la ventaja que siempre os concierne. No acomodéis vuestra
arrojo en ningún acto servil, ni embotéis vuestra vida en servicio de otro.
Aprended sin tener que secundar a nadie, mas tributad el alcance de haberos
educado con las mejores virtudes de lo ajeno. Evitad las pláticas innecesarias,
pero si la necesidad ajena pretende rivalizar con vuestra mesura, participad,
pues, parcamente, jamás os impondréis con prisa y vuestra última palabra
siempre será la que después te distinga. No divulguéis vuestras verdaderas
opiniones en el arte que empeñéis; mas ejerced vuestros asuntos desde la
intimidad que ocultáis, los eclipses rigen lo que tapan. Nunca prestéis dinero
ni pidáis prestado, que en la prenda queda el corazón cautivo; tampoco
apostéis, pues quien apuesta a puesta de un mal sol se arruinará y a puesta de
uno bueno arde en el insensato delirio de querer ganar siempre. Comprad las esperanzas
de otros, sólo las que podéis vender luego. Sed avaro con la dieta de posibles
avaricias. Sed pródigo con el pan de vuestra casa, pero no os redimáis en la
costumbre de quien os pide. Estudiad la inconstancia de los vicios y
descubriréis que toda mortificada carne puede ser aventajada por vuestro
estudio. Nunca huyáis de vuestro coraje, honradle con una estrategia. Sed
taimado en el fragor, procurad que batallas calmadas conjuren guerras
veleidosas. Tened paciencia si precisáis educar a vuestro enemigo. Cuando
pretendáis la gracia de una mujer que al principio sólo ella lo sepa. Si ya
vivís con ella, habladle de las costumbre de otros pueblos, no la aburráis con
los asuntos públicos de vuestro oficio. Recordad que ella aceptó vuestras
primeras palabras, que, si bien dichas por vos, fueron y son y serán dichas por
muchos, así que no forcéis su fidelidad, mas bien sed fiel a la promesa de sus
sinceros votos. Vivid con el solitario acomodo de muchas solitarias mujeres, si
siempre se os obliga a pleitos. Procurad tener descendencia si la mujer que os
impone la costumbre no es pendenciera. Interesaos siempre por la educación de
vuestro hijo, y que las excepciones vuestras sumen otras máximas. Por último,
corregíos siempre como a un hijo, pues no sabéis cuando la muerte os repetirá
otro prójimo que os merezca.
(Se
vuelve a sentar en el solio)
Como veis son consejos
que mi irreflexión e ímpetu omitieron las más de las veces, muchos de los
cuales ya sobran vuestra edad. Pero la mejor virtud de tal omisión es que vos
me escuchéis ahora. Numa, no os prometo el reino, la vejez sólo puede
prometeros que seréis tan viejo como lleguéis a envejecer, pero mi legado
anticipa a vuestro favor las mañas de muchos intrigantes. Turno ha sido como un
hijo, que aún prevalece fuerte, pero vos sois su hermano mayor puesto que
habéis de suceder su ambición, y en tanto lo aventajéis por nombre. No
abreviéis ventaja, yo os tasaré el testamento de Lavinia.
NUMA
Si os toca suplir a
Turno, yo promediaré vuestros grados, señor.
ENEAS
Sucederá que la deuda
de Turno la sucesión implique… soy devoto de que sea paciente.
(Oscurece.)
TELÓN
A
C T O
I I I
Escena 1
(En una
estancia furtiva)
DRANCES
Señores, el rey ha
enfermado. No se recibe a nadie en el alcázar y los proyectos de sucesión sólo
suceden dentro. Su única elocuencia, que dictará inapelable, parece ser la
muerte; pero recordaréis que otras recaídas sólo han espoleado su hígado a
caprichosos confines. Como ya es del testimonio vuestro, el rapaz acoso de los
síntomas no parece menguarle el vigor último de su moribunda fiebre, y ésta,
sin duda avivada por su esposa, ya le merma el juicio. Así, pues, si hemos de
obrar furtivamente, que nuestras máscaras no demoren. Veamos ya a Numa con
seriedad: algunos de nuestros más beneméritos colegas prevén que el favoritismo
de Numa es el único precedente de su estrella. Ya se nos figura que esa
perversión recaiga en una costumbre a la que el senado no podrá acostumbrarse y
a la que debemos oponernos antes de que la mínima prosperidad de los herejes
consiga el favor de sus nuevos dioses. Las mocedades de Numa tienen el peligro
de que sean auspiciadas por un rey, cuya vida llegó al decrépito énfasis de
odiar al senado. Sin embargo, es precisamente su antiguo protegido el héroe
nuestro que ha de concernirnos hoy. Señores, si conseguimos una moción, aunque
precaria, a favor de Turno, él garantizará que con sabiduría será electo el rey
que más agrade a los dioses. Debéis aprovechar las vacilaciones de un predecesor,
ya extinto más por fuerza de su historia futura que por el servicio de la
longevidad. Como os dais cuenta, lo mejor es ganarse lo más del senado como
cómplice de nuestra sensatez y no permitir que se pierda como cómplice de los
caprichos de un rey ya caduco.
CLOREO
Vuestro juicio
ciertamente amplía sus ventajas de antemano; nada de su sensatez parece
rezagarse, ¿por qué, entonces, no la postuláis entre las máscaras?
DRANCES
Si bien estas razones
pueden prosperar en el senado, no con menor certeza se prolongaría la mezquina
discusión de los partidos, con las atenuantes funerarias de un rey que se
demora sin clarividencia alguna, lo cual nos incumbe de mal rigor, sustrayendo
incluso que Numa prospere hasta un solio que nos imponga el exilio o la muerte.
MNESTEO
¿Qué proponéis para
que una moción furtiva desenmascare la impotencia del senado? Ciertamente me
cuesta hallar solución.
DRANCES
Como sabéis hay un
mito entre el rey y Turno, que más que eso se me figura una anécdota
fantasiosa. Sin embargo, y aun por su divulgación incierta, esa máxima no deja
de ser convocada en la evocación de sus creyentes.
SERGESTO
La del campo de
batalla. Es verdad. Aunque poco he escuchado de ella que no haya sido el mito
de quien me la contó…
CLOREO
Esa misma. Dicen que
cuando Turno salvó la vida del rey, ya casi desheredada entre la mortandad del
campo, éste, apenas recompuesto en su porte original, le dice a su salvador: “A
vuestra valentía os debo mi vida y aun la gloria de agradecerla a un héroe”. A
lo que Turno le contesta: “No, majestad. Un valiente sólo se salva por
inspiración de su orgullo; en cambio, si me debéis la respuesta a esta
pregunta”. “Decidme, pues, le intima el rey, estáis en vuestro derecho”.
Finalmente, Turno dice: “¿Cuándo me responderéis esta pregunta?”
DRANCES
Al sentir que la
magnificencia con que acogía a su novel general carecía de un tema anterior que
le justificase, guardó su respuesta en silencio, esperando del tiempo un móvil
regular como las arenas del reloj.
SERGESTO
Ah, ya caigo. Pero, ¿a
qué viene la mitología de una probable enemistad?
MNESTEO
¿Qué relación guarda
con nuestro tema?
DRANCES
Sois tan impacientes
que vuestra prisa también apura los estorbos que ella en procesión acarrea como
su mismo rastro. No dejéis que el tembloroso anciano os gane la partida. Mirad
que sus trabas le llevan en volandas.
CLOREO
Pues dadnos el mapa de
esta incertidumbre.
DRANCES
Es tan simple como
esta recta: debéis hacer creer a los demás senadores que el rey por fin le dota
de palabra a su silencio, que la respuesta del enfermo hace prevalecer a
nuestro favorito. Debéis demostrar, apenas antes de la sesión convenida, e
inspirados por la divina fama que os dará nombre en tanto os empeñéis más, que
sois los sacerdotes a cuyo oficio el rey delega su ceremonia. No os sería
difícil justificar con vuestra subrepticia energía que la revelación del tiempo
mitológico tiene su hora de culto y observancia. Ellos asentirán, si os
conducís como confío en que lo haréis; el temor a la blasfemia es tan grande como
su acostumbrada fe en supersticiones palaciega, ésta últimas no parecen acabar
nunca, porque hemos de convenir que sin ellas divagarían todos por sucesión de
un ateísmo malsano. De cierto no necesitáis que mezcle mi imaginación en los
giros de vuestros nudos. Así, si algo se complica, tendremos un litigante
principal que, al margen e invicto, os congratule en defensa vuestra.
CLOREO
No habrá riesgo. Como
decís: su temor a la blasfemia es tan grande como su supersticiosa fe. Para
cuando el rey despierte de sus sueño ya estará dormido.
SERGESTO
Finalmente, con ese
ardid, abreviarán una sentencia que preserve nuestras costumbres.
MNESTEO
Comprenderán su rol,
sin prolongar estériles disputas.
DRANCES
Y siempre al margen
del rey. Ahora marchemos conforme a estos preliminares. En una embajada próxima
se pormenoriza el ras.
(Salen. Oscurece)
Escena 2
(En los
jardines del alcázar)
TURNO
Pensando en el sueño
de Camila, ese extraño sueño que os conté ayer Voluso, me quedé dormido, y el
sueño, que me acunó en su horóscopo, obraba con la fantástica ignominia de
precipitarse a un adverso albur, acaso tan funesto como el que prefiguró mi
mujer.
VOLUSO
Tranquilizaos, señor.
Poco importa acreditar veras a las suertes de los malos sueños, pues, como se
sabe, se arruinan antes de que sean peores. Los malos sueños no pueden predecir
sino las inconstancias de una mala noche y justo en esa noche, acaso los
monstruos de la fiebre… En fin, todo se deshace a la luz del alba.
TURNO
Escuchadme, pues, al
claro de vuestro razonamiento y por principio de lo que así decís. Tal vez esa
sea el conjuro que malogre tantas amenazas.
VOLUSO
Contad, pues…
TURNO
Soñé que marchaba a
una región remota. Más bien era como si soldados, después de esclavizar a los
vecinos del reino, buscasen una tierra prometida de guerra y gloria. Yo guiaba
aquella colosal empresa, Voluso. Habíamos cruzado un mar ancho y los ríos que
nos esperaban parecían remedarle con anchurosa envidia. Pero tantos días sin
hostilizar a ninguno de los hombres… tantos días, acaso perdidos en los
pastizales de otro continente, nos intimaban las reservas de sus ocasos. Mas
una súbita variedad, contigua a nuestra creciente desesperanza, nos hizo
apreciar los días en aquella región ignota. Nunca faltó el agua; tampoco la
comida, pues innumerable presas eran tan sustanciosas como las bestias que le
daban caza. Acampamos a la ribera de un río. Un río mudable, jamás parecido a
cuanto cruzamos hasta llegar a él. Un río vigoroso, a través de cuya fiereza
muchas manadas de distintas especies querían vadearlo en pos de los verdes
pastizales en que nuestra suerte pernoctaba. No sólo la violencia del río era
moradora en el cauce, también bestias ávidas reducían a un bocado los
infortunados bultos. Nos maravillábamos por la pertinaz usura de quienes por
fuerza de una renta ulterior administraban todo en el vado. Los más débiles,
viejos y jóvenes sucumbían en los rápidos e iban a ser el fácil bocado de las
bestias presuntuosas, cuya flor de la vejez era relegada río abajo. La procesión
consagraba sus muertos; ora con el costillar y el espinazo deshechos por la
impaciencia de los rezagados, ora por una dentellada furtiva, o tal vez por un
parto precoz. Pero quienes sobrevivían aún habían de escapar de otras bestias
impacientes, que del otro lado le esperaban; sólo la saciedad de éstas no podía
purgar millares de animales que devoraban todo el pastizal. El silencio era
cruel, y el brusco equilibrio obligaba a ese silencio. Al despejarse la
espesura, sólo el olor del estiércol, y la crujiente laboriosidad de los
escarabajos, crepitaban bajo nuestras sandalias. Nos solazamos en la caza,
matamos y despellejamos cazadores y cazados que se demoraron en sus excesos, y
con esas pieles improvisamos vestiduras fantásticas. Comimos hasta saciarnos y
perseguimos y matamos innumerables animales para honrar a los dioses, una
hecatombe tras otra, sin pensar si subyugábamos el equilibrio o, para
infortunio nuestro, mellábamos el instrumento con el cual íbamos a ser
inmolados para la paz de la balanza. Tras la última orgía nos quedamos
dormidos. Cuando desperté, no podéis imaginar, Voluso, el horror que me dominó.
¿No podéis imaginar que dones sean apresurados cuando se despierta en un sueño
inquieto; cuando el sobresalto en que estáis contenidos casi os despierta sin
que os recuperéis de ese sobresalto? El equilibrio, Voluso, era imperturbable.
Sólo un animal pálido estaba en pie, y tan pálido era que no supe si más bien
su pelaje invisible sobresalía de un espejismo… ay, un espejismo que mi mente
obcecada me imputó desde mis tiernos años… Cuando desperté, cuando de todo esto
desperté, estaba solo en aquel desierto, sólo las sobras de mis abusos, ya que
no de quienes no existían en derredor mío, me rodeaban, y los buitre, ay, sello
final de mi mal augurio, me despertaron con sus registros.
VOLUSO
Como os decía, el
amanecer es el verídico albur de una suerte venidera. Si queréis reparar un
grado en vuestro sueño, ese sueño entonces ha de nutrir a quienes despertaron
vuestro piadoso ayuno. Mirad, señor, aquí viene vuestro invencible general
Cora. De seguro me auxiliará para tranquilidad vuestra.
CORA
Voluso, cómo vais.
Señor, que mi presencia os tribute sin demoras. Os he venido a decir que Numa
exige veros, y la soberbia de sus exigencias quiere relevar vuestra orden de
que se os deje en paz.
VOLUSO
Señor, me parece que
últimamente se ha ganado la moribunda promesa del rey.
TURNO
Decís que se
impacienta de verme. Luego el retraso de haber anticipado su visita con un
amigo mío lo deja en notable desventaja.
CORA
Miradlo, aquí viene.
Yo me retiro para dejaros conferenciar con él.
VOLUSO
Y yo, con vos, he de
discutir un asunto subalterno. Venid conmigo.
(Salen
Voluso y Cora. Entra Numa)
TURNO (sonriendo)
Numa, habéis crecido
con la prisa de un rey, lástima que no tengáis la paciencia para serlo.
NUMA
Tengo vuestro voto y
principalmente el de mi predecesor. Ya no tenéis que hablar, pues yo abrevio
para que no habléis. Sois tan buen hijo, que por eso mi abuelo os estima tanto,
lástima que vuestro padre no se conozca. Creedme que mi abuelo no hablará por
él, ni en virtud de su ausencia lo recordará. En fin, vine a comunicaros los
saludos de mi abuelo. Adiós, mi querido senador…
(Sale)
TURNO
Vos, antes que nieto
de Eneas, sois hijo de mi rescate. Si el rey no hubiera sobrevivido, vuestro
padre no hubiera tenido el valor de engendraros. ¡Infame! Oh, dioses, cuando el
milagro de un cobarde nos reta, grandes sacrificios y proezas debemos perpetrar
para ser desagraviados.
(Oscurece)
Escena 3
(En la
estancia real. Eneas en el solio)
TURNO (Del otro
lado, tocando la puerta)
Señor, permitidme una
entrevista. Es justo que discutamos una promesa, pero que la felicidad de los
términos nos deje discutir a dúo. Es justo que yo os cumpla y que antes empeñe
un juramento.
ORDENANZA
Se os está prohibida
la entrada, señor.
TURNO
¿Qué decís, ordenanza?
Mi rey, que vuestra orden no la difame la contrariedad de un esclavo.
ORDENANZA
Si os insisto, señor,
es porque lo que llamáis contrario sólo se opone a vos.
TURNO
Mi rey, no calléis a
través de los flequillos de una azotaina. Permitidme paso. Permitid que os
reverencie sin la embajada de un esclavo insolente.
ORDENANZA
No os respondo con la
violencia de su ceño fruncido, porque soy embajador de su silencio y tan subalterno
que callo. Pero, señor, será mejor que os larguéis de aquí y que mientras os
alejáis no importunéis el recuerdo de mi señor.
TURNO
Mi rey, ¿en efecto
estáis del otro lado, o este tunante usurpa vuestro retiro por su lado?
Habladme, es vuestro hijo quien os pide consejo ardorosamente, necesito que al
menos tranquilicéis la parte que de mí muere. Apelo a vuestra adopción que
alguna vez me llamo propio.
(A una
señal de Eneas el ordenanza abre la puerta y se retira. Turno mira la joroba
del esclavo con desprecio)
ENEAS (con voz
apagada)
Entrad.
TURNO
Mi señor, no sabéis
con cuánta incertidumbre me he conducido hasta aquí, sin embargo la misma
desesperación en sus vértigos me mostró el camino. Tantos insensatos han
profanado vuestro nombre al predeciros una súbita recaída, por doquier he
escuchado a quienes vencerían a vuestra suerte con mañosos dados, con tal de
hacer coincidir sus vaticinios en perjuicio de vos. Os han puesto enfermedades,
en lugar de poneros guirnaldas que honre vuestra sapiencia. Sé que la vejez os
escolta hasta una gloriosa muerte, no os echa a un umbral en donde el
pestilente despojo es gemelo de quienes difaman vuestro nombre.
ENEAS (tose, con la
misma voz apagada)
Tened paciencia con un
viejo que aún no muere. Habláis mucho ya… y embotáis la espada. Id, y volved
cuando os reconozca…
TURNO
Qué decís, padre. Si
escucháis con énfasis lo que mis labios proclaman, es siempre a favor de vos,
para perpetuar vuestra obra entre senadores cuya embotada facundia no tienen la
sabiduría ni el vigor del hierro. Mirad en mi salvaguarda el derecho de vuestro
sucesor. Recordad que para su porvenir trocaré la espada por la palabra y la
máscara. Recordadme como vuestro más cercano servidor; no me alejéis de vuestro
séquito.
ENEAS
No importunéis la elipsis
que he de regir en rigor de mi rigor. Id y venid cuando os traiga la paciencia,
hijo mío.
(Tose)
TURNO
Decidme, padre, ¿no
fui yo, un desconocido que os dio a conocer mi sincero anonimato, quien por
fuerza de su espada disolvió aquel asedio que os perdía, quien secundo vuestra
ruina para salvaros y serviros, quien tuvo que empeñar su mayor intrepidez en
contrariar a generales indecisos, quien se impuso a soldados cuyo nombres no
conocen dolientes? ¿No fui yo, señor,
quien además honró vuestra salvación con una victoria sangrienta? ¿No soy yo,
señor, quien repetiría tal hazaña como de memoria repetiría estas preguntas?
(El
viejo nada dice)
Hablad, señor. No
desgarráis las heridas que se prendieron en mi pecho por condecoración vuestra.
¿No veis que si os sirvo entre las infames intrigas de unos enmascarados, es
porque quiero desenmascarar a quien pervierta el favoritismo en detrimento de
vuestra ley? Habladme… Habladme, no dejéis que parta herido por vos, manco no
puedo socorrer vuestras virtudes con el mismo alcance, pero sí ha de ser así
haré prodigios para que vuestra reputación prevalezca aun por fuerza del
desprecio… Ah, padre, pero por muchas que fueran mis heridas no es justo que os
bese con heridas. Habladme… Señor, que intrigantes no sean quienes verifiquen
vuestra ley. Que sólo la muerte honre vuestra despedida. Adiós, bendecidme… si
preferís sólo para mi despecho. Adiós, padre…
(Sale
Turno. Oscurece)
Escena 4
(Una
estancia en casa de Turno)
CAMILA (cantando)
¡Adonde una verdad
fácil engorda
La mentira ojival
tallas nos borda!
Así, pues, diligente
costurero,
En el sitio vestisteis
la traición.
Mas los ojales, mis
sepultureros;
Mas alzada aquí,
invicta la porción.
(Entra
Turno)
TURNO
Ese infame viejo,
salvarlo para que envejeciera aún más de lo que ya era mi oprobio. Si, ya su
nieto tiraniza sus seniles suspicacias, sin duda el muchacho intriga. Ah, mi
amada criatura, cuando se le quita el nombre a alguien se le despoja del poder,
y a mí se me privó de todo énfasis cuando nací. ¿Qué es una adopción, sino el
deber obligatorio de no aspirar a derechos filiales? Lo sabéis vos, sin duda.
Sois la mujer que acojo en mi furtiva estancia, y no mi esposa. De mi tiranía
algo se os alcanza, en relación a la ley que estoy sujeto. Ahora enfrentar una
turba de lentos intrigantes, también la sospechosa indiferencia de un rey que
me aparta de sus temores y que en la belicosa espada de su juvenil nieto ve el
báculo de sus esperanzas.
CAMILA
Os preocupáis mucho en
servir a una monarquía, cuya ingratitud es su defecto de origen. A la sazón de
tales leyes, la valentía es bastarda mientras los cobardes legítimamente
heredan a sus mayores. Os sentaría mejor la tranquilidad del hogar, aun sin ser
la conyugue que oficie esa pompa os ceñiría una guirnalda de hierbas apacibles,
todas cortadas bajo el influjo de un claro de luna. Venid que yo os agasajo, en
sigilo, o al atisbo de quienes se escandalicen si lo preferís. Pero si os
trocáis por otra ya veréis, querido, que un enemigo más tozudo os vencería sin
salir del lecho. Sí, mirad… os espinarían las rosas con las cuales me
enamorasteis.
TURNO
Mi querida se
embellece aún más con los afeites de su celo. Ah, bella, venid a mí.
(La
abraza)
¿No debéis instigarme
en contra de mis enemigos? ¿No debéis, hasta el extremo, fomentar matrimonios
que, más que rivalizaros, garanticen mi ambición? ¿No debéis insistir con
perfidia, saciando la sagacidad de mi apetito con píldoras embrujadas, en lugar
de hechizarme con los azares de vuestros besos? Tal vez si os casáis conmigo,
me mandéis de casería… Sí, y entonces con ardor me reprocharíais si no obtengo
una buena caza.
CAMILA
No, querido, el único
vicio de que os prevengo, más os vale no excitarlo.
TURNO (riéndose)
Ya refunfuñáis,
adorable criatura… a veces me pregunto si no son vuestros celos quienes os
instigan amarme.
CAMILA
De cierto os digo que…
(Tocan
la puerta)
¿Quien podría ser?
TURNO
Pues quien yo haya
convidado.
CAMILA (murmurando)
Debe de ser aquel a
quien atribuí la holgura de vuestros ecos. Cuidaos de hombres nocturnos, que en
el furtivo paraje de una concubina convienen pactos.
(Insisten
en la puerta)
Cuidaos, señor.
TURNO
Callad. Id adentro,
que este es un asunto que no os incumbe.
CAMILA
Decís mal, pero de
vuestros cómplices no puedo celaros.
TURNO
No salgáis.
(Se va con
mala cara. Turno abre la puerta)
TURNO
Entrad, hombre.
Vuestra puntualidad principia el ministerio.
DRANCES
Y vos me honráis con
vuestra hospitalidad. Vine para advertiros que mañana daremos el golpe.
Conseguiremos en el temprano concilio la moción de vuestro perpetuo interinato.
Ya está. ¿No habéis discutido con el viejo, ni exasperado su irritable silencio
de moribundo?
TURNO
No… Sólo me despedí
sin darle la espalda, reverenciando su pronta partida.
(Aparte)
Aunque ya inútil en el
solio, puede hallar un blanco en mi joroba.
DRANCES
La enfermedad ya le
hace ungir un consejero intransigente. Numa lo asedia, y al parecer no hay modo
que el viejo adelante la costumbre de reyes más lúcido. Es el senado quien nos
acostumbrará a vuestro nombramiento. El pretensioso de Numa, heredará sólo un
funeral tan abigarrado como simple y sólo uno en el lujo de su desgracia.
Cuando se confirme la moción partiréis al norte, así podéis conducir los
ejércitos de la ribera. Ahora debo partir a otro norte más cercano cuanto que
es el que nos garantiza nuestra ley. Adiós.
TURNO
Id con bien.
(Sale.
Oscurece)
Escena 5
(En el
senado)
CLOREO
Señores, al reunirnos
en esta honorable asamblea, portando sin subterfugios velados las máscaras
(heráldica de nuestro linaje), convengamos en que la paciencia nuestra convida
la serenidad de un sacerdocio. Sabed, entonces, que connaturales virtudes no
deben por menos de lisonjear la premura de quien aconseja serenidad y
paciencia. Sin embargo, no veáis en vuestros menesteres el parásito letargo de
cualquiera que se regocija en su inacción; menores han de ser siempre las
facultades de una minoría, mínima porción por ser el ejemplo de vuestros
disgustos, mínima no sólo por sus posibilidades, sino también por contrariaros
con exiguas excusa que se encumbran hasta difamar incluso la fe de nuestros
dioses. Sé que no hace falta que yo os azuce en vuestras voluntades, menos
desluciendo los argumento que, por inspiraciones de antepasados mejor dotados
de palabra que yo, resonaron en los virtuosos oídos de vuestros mayores.
Estando vosotros en herencia legítima, no pretendo usurpar la grandeza de lo
que entendéis a través de mí. Bien sabéis que los hijos sólo serán
descendientes del padre, si llaman con tal significado a quienes se proponen perpetuar,
sin malograr el nombre que los adopta. Prudentemente yo, delante de vosotros,
no soy más que el vehículo de estas máximas. Vosotros, por encima de mí,
oficiaréis con cordura el mito de vuestro héroe, al cual su padre, desde un
celaje glorioso, apellidó con esta sentencia: Quirino[2].
Estoy seguro de que no impacientaréis a sus colegas del Olimpo. Mirad que, como
último servicio de su terrenal omnipotencia, el rey delega su corona con
sabiduría, y vosotros habréis de verificar ese primer prodigio que ya rige. El
abuelo aconseja que el padre Eneas llame al nieto Turno, que sea él quien haya
de confirmar el primogénito de una nueva edad, pues otros lazos, aunque ya no
sanguíneos, y acaso mayores por preferencia, lo proponen. Señores, vuestras
impávidas máscara os cuidan de falsedades, sus escrutadoras rendijas intimidan
a embaucadores antes de que les miréis por última vez. Sea, pues, vuestros
ojos, a cubiertos así, quienes decidan la moción.
(Se
levanta uno de la primera fila)
UN SENADOR
Vos, mi estimado
señor, fuisteis quien desenmascaró la inconstancia de Ascanio. Aquél en amparo
de un noble discurso, quiso infundir una doblez que al cabo le doblo la cuenta,
de tal suerte que vivir así le fue en extremo también su muerte. Pero, por ser
nobles las palabras, ¿no creéis que vuestras objeciones anteriores ahora nos
aconsejen mal, pues nobles son las vuestras? Es de mi parecer que aun la mejor
causa, y no adverso la suerte de lo dicho, no se aprovecha de quien la instruye
con el mismo ardor del desacato.
MNESTEO
Desacato decís, señor.
Luego, ¿sois capaz de abrir causas insustanciales a una causa que provocaría la
ruina de un blasfemo?
(Baja su
máscara, a la audiencia)
¿Qué advertid
vosotros, nobles señores? ¿No os irritáis de que vuestra nobleza se emparentada
con el discurso de Ascanio, de que la imprevisión, dada más a los estorbos que
a la discusión sensata, busque el par de un mal mellizo en la probidad de quien
igual les habla? ¿No os acordáis de que fue mi prudencia la que truncó las ambiciones
que éste senador acusa ya en su forma? Miradlo como tiembla, igual a Ascanio;
no os dejéis perturbar por sus espejismos…
(Murmuraciones
encontrada)
CLOREO (aparte)
El asunto pinta
dividido, ya se me figura la pinta exacta del mismo Ascanio, entonces que no
lleve otra cara.
(A la
audiencia)
Permitidme silencio,
señores. Sin duda, no hay una minoría que nos haya rebasado alguna vez. Sin
embargo, de cierto os digo que quien se sienta más voluntarioso en la nada
tiene el deber de prescribir sus aspiraciones en lo más. Como sabéis, no se os
está prohibido ser menos.
OTRO SENADOR
Senador, en ausencia
del mentado la gente lo difama, y vuestra nobleza ha loado a Drances sin apenas
mencionarlo mucho. Habéis dicho bien en todo, y es justo que vuestra palabra se
haya adelantado a nuestra justicia. Seremos siempre los propugnadores de una
causa favorable. Tenéis mi voto.
(Murmuraciones
a favor, mayoría mínima)
CLOREO
¡Votad vosotros
también!
(Aparte)
No vayáis a sacrificar
a los dioses de mis plegarias, en lugar de los bueyes de vuestro labrantío.
TODOS (con una rala
adversidad)
¡Sea!
CLOREO
Marchaos, pues, con la
legitimidad de vuestros votos.
(Se
disuelve la audiencia y en desconcierto se vacía la sala)
SERGESTO (cuidando
el sigilo)
La cosa se llevó apenas…
pero felicitémonos de nuestra capaz alegría. ¿Con qué tenacidad hay que guiar
la prudencia de un reino?
CLOREO
Apenas estoy alegre,
mi querido Sergesto. Fue duro el día.
(Se suma
Mnesteo al corro)
MNESTEO
Congratulaciones a
todos. Ahora esperemos a que el rey se conmueva tanto que se aquiete del mismo
modo.
(Oscurece)
Escena 6
(La
alcoba de la concubina)
TURNO
Al fin se ha hecho
justicia en mi nombre. En ese nombre insensatamente desprestigiado por mi
propia incomprensión. Se ha hecho justicia, mujer. Se ha hecho justicia en el
nombre que, desconociéndosele en su origen, vela por mí todos los días.
CAMILA
Es vuestro brazo el
que vela por vos, con él habéis cortado lazos de reyes rivales. Sois un
adversario de tales enemigos, sólo por fuerza de vuestro brazo, mi señor.
TURNO
¿No debéis instigar
más bien una ganancia bastarda, al margen de mis méritos?
CAMILA
¿Por qué insistís, si
igual me dejáis al margen de vuestras escapadas nocturnas?
TURNO
Porque a veces el
sueño vence a la vigilia, mujer. Pero que no sean esos sueños hostiles,
cargados de malos agüeros, los que os concedan una participación en mis
asuntos. Ahora contestadme sin esos garfios. ¿No debéis instigar mi bastardía,
tan impetuosa y…?
CAMILA
No, no, no, no… porque
para mí sois siempre legítimo.
TURNO
¿Incluso cuando me
niego a desposaros?
CAMILA
¡Qué cruel es vuestra
legitimidad a veces! Indemnízame con un beso.
TURNO (La besa en
la frente)
Mi distinción de
interregno me aconseja partir al norte, mujer. También con la memoria de mis
militares hazañas, guiaré tropas en pos de trocar mi interinato por una
condición más duradera.
CAMILA
Luego, yo no tendré
que esperar más por un matrimonio. ¿O será duradero mi tormento de no asistiros
con una mejor condición? ¿Me trocaréis por otro interinato, mientras mi
prolongado dolor se interesa por noticias vuestras? Decidme, señor, si lejos de
mi lecho, acaso en otro lecho, mis pesares no logran vengar mi afrenta…
TURNO (riéndose, no
atina a besarla)
Calmaos, mujer… Qué
arisca sois…
CAMILA
Decidme si mis malos
sueños no se han adelantado a vengar vuestra oprobiosa falta. Ah, dioses,
cuántos animales vería este perjuro en sus sueños, pues los sacrifico en
vuestros nombres, no le permitáis que contamine su fidelidad con incestuosas
conveniencias…
TURNO
Callaos. Pasáis tan
rápido del rocío a la tormenta. No habléis de los animales que haya visto en
mis sueños… ay, mujer, más hubierais bendecido mi viaje de no haberlos
invocados… No habléis más de tales bestias, si no queréis que mordiscos tenaces
usurpen sitio entre nuestros besos. Adiós, mujer… manteneos sin figurar en lo
mínimo de vuestras oportunidades, ningún escándalo tiene la ventaja que
vuestros celos juzga persistente. Adiós, mi adorable criatura…
(Sale)
CAMILA
No sé qué buenos
tiempos ya malogran la primera cosecha. Que no sea la ventura el único ardid de
que se vanaglorien nuestros enemigos. Que el bien lo guarde… ah, bien, tan bien
estáis, sed favorable y propicio… sed tal
sois, no cambiéis vuestra estrella. No por ser bastardo mi amado, os rebajéis a
su cariz, siendo luego un cómplice que lo pierda. Instadlo a que os remede, a
que aspire a igualaros en vuestros altares. Enseñadle, con milagros prósperos,
a honrar nuestro pacto. No os pido que embotéis su maldad, pues de cierto
perderíais el embajador que mejor intercala vuestros oficios en un mundo ya
revuelto de pesares. Os pido que ordenéis a vuestros subalternos abridle paso o
servirle de séquito. Pues sí, ya os demando con firmeza lo que vuestro contrario
os disputa… apuraos, que ha partido al norte, allá lo encontraréis, donde
soléis ir a reposar… ay, aunque por ir a dormir no le dejéis a la
intemperie…
(Tocan
la puerta)
¿Se vuelve, o un mal
presagio, a guisa de mensajero, reprocha mi mala boca que antes que besarlo lo
condena? Oh, perdonadme, señor…
(Abre la
puerta. Entra Drances)
¿Quién sois, el mismo
que distrae los sueños de mi espos…?
DRANCES
No sé que habláis,
señora; pero ciertamente no me conocéis. Es justo que os advierta que
desaparezcáis en un lugar que aparece en este mapa.
(Le
muestra una dirección furtiva)
No conviene que Turno,
el interregno se le involucre con vos…
CAMILA
¿Tal infamia la
consiente él? Habladme…
DRANCES
Pues nada ha dicho él;
más a juzgar por sus pretensiones de desposar a la viuda de Ascanio, en galas
de un luto que le hacía muy galante para cualquiera viuda, no importaría mucho
las flores que cortadas de ese ámbito os entretuvieran un poco…
CAMILA (en sollozos
y estruja sus manos)
Curado de un mal
fuiste, Turno, y ya me hacéis sentir mal… Largaos, espectro…
DRANCES
Creedme que no
comparto la ruindad de vuestro señor, pero esto es lo que pintan sus más
pintados planes, y para ello ya se ha pintado como un bárbaro. Si queréis un
consejo, id a la dirección que os apunté. No lloréis más; es el mejor consejo
de un consejero muy sensible. Cómo hay concubinos en el mundo cuya mundanal
ganancia los haría un mejor esposo. Tomad.
(Aparte)
Sí, id a la dirección
que mi puntería os señala…
(Le
extiendo un pañuelo perfumado, ella lo toma con sospecha)
Fue bordado en mi
nombre, mas en el borde no busquéis mi nombre.
(Sale)
CAMILA (sollozando,
fuera de sí)
Ah, de manos del
verdugo, el paño de mis lágrimas… y vos, cruel, me enloquecéis, las caricias
que impacientes os esperaban ahora las empuño con fiereza… Ay… ¿y os espero
acaso?
(Hunde
su rostro en el pañuelo. Oscurece)
TELÓN
A
C T O
I V
Escena 1
(En la
estancia principal del alcázar. Eneas en el solio, impaciente. Entra un
ordenanza)
ORDENANZA (haciendo
una reverencia)
Majestad, ya ha
llegado por quién mandasteis.
ENEAS (enjugándose
la frente)
¡Qué venga! Ah, si por
matarle con el cetro bastara para regir otra vez…
ORDENANZA (haciendo
una reverencia de despedida)
En seguida os sirvo, señor.
(Sale.
Entra Drances)
DRANCES (se
inclina)
Majestad, permitid que me acoja a vos, a vuestro
semblante señero y, antes del emisario que os trajo la nueva, comparecer a
vuestro juicio.
ENEAS
Dejaos de zalamerías.
DRANCES
Sé que mi boca tiene
que procurarse una boca en otras palabras, pero también sé lo que os digo, mi
señor. Con cuánta constancia la espera fructifica virilmente, mas así no pude
revelar la traición de Turno… es verdad; y es que su dañino arriendo tampoco lo
malogró el estío, sin arraigo había de germinar para prueba de su mismo encono,
que sea éste su ornato le deja ya desnudo. Os dije que era un traidor, me
propuse demostraros lo que aun por no mostrarse ya obraba a la furtiva luz de
la infamia, pero, sin ser yo par de su impar ruindad, no pude emparejar mis
sospechas al mismo tono.
ENEAS (Aparte)
Ah, Turno, ¿para
ungiros se precisaba la sospecha de un consejero, cuando nunca la marca de mi
predilección? Luego, ya lleváis el óleo que aceita el infame ombligo de vuestra
frente.
(En
creciente ira)
Drances, ¿cómo, a
pesar de vuestra retorcida índole, yo tampoco hallé la culpa de un traidor
agazapado en sus reverencias? ¿No fueron acaso vuestros consejos vuestros?
Contadme, ¿cómo el silencio me vedó ante la hipocresía de Turno? ¿Cómo ese miserable
parricida, para cuya adopción intercedí, urdió lo que por acciones tuvo más que
pensamientos, ganando los escaños en donde los pedos de vos son principales?
Decidme, litigante, si la posteridad de perecer, sin que vuestro don os conceda
mejores recuerdos póstumos, alcanza para vuestra larga lengua. De qué sirvió la
impostura de un anciano, máscara de enemigos veleidosos, sino para agriar sus
genuinas arrugas. En vuestros cuidados os burlaron, sin vuestro voto os
censuraron. Vuestro castigo no es la ira de un viejo ya perdido para su trono,
y para cuya única casa eterna ha de mudarse, sino la purga, la purga sangrienta
con que Turno se cague en vuestros pedos. Ah, y la ruina de mi roma espada…
(Abstraído,
como para sí)
Sin embargo, vuestras
demoras acusaron la falsa fe, siguiendo un supersticioso camino que tenía ya su
atajo.
(Otra
vez con energía)
¿No veis que han
fundado un credo sin que yo descreyera del bastardo? Debí instruir a Numa, con
una voluntad más que testamentaria… Ah, dioses, Lavinia, mujer… Cierto que el
miserable de Turno transigía bajo ciertos auspicios míos, pero con ellos
descontó sus grados al insubordinarse. Luego, qué ganancia no lo condena aun
por usurparle así. No le tuvo paciencia a mi silencio, luego obró en contra de
una amistad entrañable. Es enemigo de mi estirpe… ¿para qué, si no fue para su
ambición, portó la máscara? Ah, y Numa tal vez vanamente rige uno de sus
estorbos… Drances, miraos vos mismo, qué miserable porte de segundón lleváis en
traza, al margen de vuestra propia especie. Ah, si yo no estuviera muerto en
este cuerpo que aún me sobrevive, desataría en mi elemento la furia contenida
en esta débil voz. Con una sangrienta guerra vengaría la paz ultrajada… ah, él
sí se volverá contra nosotros. ¡Cae el rey en el fondo donde perdió su corona!
Sea, entonces, por la misma espada de Turno que mueran quienes me dejaron caer…
DRANCES
Calmaos, señor. Es
cierto que Turno conjuró sus eclipses a nuestras espaldas, pero si nos volvemos
tapamos el efecto, y sólo su joroba de bastardo prevalecerá. Sí, Turno
consiguió una mayoría cuyo único prodigio es haber sido suficiente. Valiéndose
de su imaginación aventuró cobrar la deuda que, según él, vos convinisteis en
aquel campo de batalla, los pormenores no valen mucho en su proliferación,
pusilánimes enmascarados son aún más horrorosos si se les desenmascaran. Pero
los mismos hechos contienen en sí lo que conjura la conjura. La concubina de
Turno, una tal Camila, ha enloquecido a la sazón de haberla abandonado su
amante. Revela, sin reparo, los planes de Turno de desposar a Creúsa en pos de
su encumbramiento.
ENEAS (aparte)
Ay, yo sostuve su
espejo desde siempre…
DRANCES
Se maldice a sí misma
por haber sido su cómplice, ahora al margen de su ingratitud. Mandé a por ella,
acaso para interrogarla con la misma arbitrariedad de su turbación. A pesar de
inconstantes preguntas, siempre sus respuestas convienen una constante infamia.
Lo que os quiero decir, majestad, es que el vicio de un usurpador contamina su
propio trono. Hay hartas pruebas para revocar la moción, de revertirla al
indemnizaros con el favor de Numa.
ENEAS (escrutador)
Entrad en detalles,
que el infierno necesita de sus esplendores.
DRANCES
Para desmentir las
patrañas del usurpador, debéis comparecer con severidad a la sesión del senado.
Siempre estaréis en el derecho de que la corona suceda vuestras precedencias;
mas es preciso que vuestros reclamos marchen con el curso del agua mansa y que
no os ensañéis con los consejeros. Pero si es menester cierto rigor, permitidme
que mi rigor, según tu ejemplo, atenúe todo énfasis. De cierto que la cobardía
de los cómplices acusará duramente a los perpetradores, permitid que se conmute
tales penas por el exilio, así nunca el senado llamará tirana a la verdad que
le insta firmeza. Como echáis de ver, señor, la tal Camila es testigo en contra
de quien gana la ojeriza de su locura. Sí, testigo de quién la convidara a sus
desplantes. Que se favorezcan, pues, los exceso de sus cargos. Si es de apelar
a su testimonio, acaso para darle más colorido a la justicia, se le traería
entre los fulgores de su infortunio.
ENEAS
Las espadas de Turno
aventajarán las llamas que nos merecemos.
DRANCES
No hay que desesperar
en la paciencia de un naufragio, señor. Tal como organizasteis el ejército, se
puede dictar los hechos pertinentes. Es preciso que no demoréis en despachar
prontas órdenes a la ribera. Sé que el infame Turno partió al norte, según
confesión de su concubina; como sospecháis, para comandar tropas que
sostendrían la treta del senado… sí, quiere ser rey en contra de los signos que
el cielo ciñe a vuestra frente, pero mi candente maldición ya le marca su
merecida seña hasta lo hondo de su tumba. Por el camino que tomó no alcanzará
la otra ribera, sino para comprobar las huellas de nuestras prisas. Mirad,
estando él a la distancia de un nuevo senado, y sin el riesgo de que se
ejercite con un ejército, será fácil apresarle. Es aquí donde conviene Numa,
pues me atrevo sugeriros que recomendéis a Numa para esa empresa, así ha de
ganar la pronta parcialidad del senado…
ENEAS (aparte)
Ah, de detalles
podemos reconstruir el paraíso perdido.
(Acucioso
y severo)
Decís bien, pero sólo
cuando un heredero mío declame mi herencia en el podio, heredaréis una gracia
conforme a vuestro don, por de pronto en la espera se establecerá el balance.
Ahora marchaos y llamad a mi ordenanza.
DRANCES (aparte)
No seréis mejor orador
que yo para premiar mi propia sien.
(Hace
una reverencia y sale)
ENEAS
Ay, os di testamento,
Numa, y fuera de lo allí prescrito escamoteé mis sobras… Ay, Turno, traición… mas, como yo, sois
hombre de espada, os daré una salida, Turno, así os la tenga que marcar en
vuestra misma carne de un punzón…
Escena 2
(Entra el Ordenanza)
ORDENANZA
Señor, heme fiel a vuestro discurso.
ENEAS
¿Sabéis leer como
escribís?
ORDENANZA
Tan cierto, señor, que
os recitaría vuestra orden con el cumplimiento.
ENEAS
Bien, tomad unos
pliegues de ese cajón. Buscad con que escribir claro, que la inteligencia me
concierne a mí.
ORDENANZA
Ya estoy provisto,
señor.
ENEAS
Bien, pero ahora se me
figura que hace falta dos más para tomar tres dictados. Un origen como éste
debe triplicarse al mismo tiempo. Id por dos guardias que sepan leer tal vos
decís escribir.
(Aparte)
De un tirón saldré del
fango.
ORDENANZA
En seguida.
(Sale y
vuelve con dos guardias)
GUARDIA 1 (haciendo
una reverencia)
Majestad, es bendito
el parto que dio vuestro servidor.
GUARDIA 2 (haciendo
una reverencia)
Y yo, majestad,
secundo a mi gemelo.
ENEAS
Bien. ¿Cómo os
llamáis?
GUARDIA 1
Me llamo Iris, señor.
GUARDIA 2
Y yo aguzo el arco con
los mismos colores, señor; pues me llamo Hermes.
ENEAS (al ordenanza)
Dadle unos pliegues.
Podéis apoyaros en el mamotreto. Vos, ordenanza, frente a mí. Con vuestras
señas de origen habré de intercalar luego mi dictado; así que no os rezaguéis
en la seña de cada cual y copiad tal fiel os dicte. Vosotros dos, gemelos,
poned allí: “Muy considerado embajador de lo remoto, a cuyas fronteras estimo
aun por fuerza de la violencia. Iris: “Os escribo con el apremio de una savia
que apura también sus lunas, y en fidelidad de las corolas os prescribo una
orden que ha de cumplir en imitación del mensajero. Es preciso, general, que
mudéis vuestras tropas más al sur, alejándoos siempre de la ribera.” Hermes:
“Os escribo con la minuciosa prisa de que la última palabra aguarda por su
extremo. En la medida de tales administraciones, os ordeno que movilicéis las
tropas y sus efectos al sur. Vos, ordenanza: “Mi querido salvador. No sé si con
arrebato os amo, o si esta irascible piedad, que vos mismo provocasteis con
vuestra impaciencia, es la que me consume y me ciega a favor de vuestra
estimación. Es, en último caso, un reducto el que me dicta lo que no puedo por
menos que dictaros.” Hermes: “Alejaos lo que más podáis de la ribera y acercaos
cuanto más podéis a mi estimación, mientras más cerca estéis del reino, más
cerca estará vuestro entendimiento de colegir una razón más política que
militar.” Vos: “Os amé como a un hijo y me traicionasteis con la legitimidad
del título, es grande la pena de que la mano parricida haga desmentir el amor
de un padre. Es grande la pena de que la bastardía de mi predilecto no sea
atenuada con el sacrificio de que yo fuera salvado por el mismo usurpador. No
importa ya acusaros en el énfasis del despecho, ninguna constancia dejará mi
rabia contra vos.” Iris: “No dejéis ningún efecto de guerra que pudiera inducir
y hasta aprovisionar apetitos inciertos. Mientras más os acerquéis al reino,
tanto mejor, que vuestra marcha sea diligente, pero no que suscite la algarabía
de soldados cuyas esperanzas con muy poco tienden a alucinar.” Vos: “Sin
embargo es preciso que advierta la ruina que os aguarda, el desprestigio y aun
mis lágrimas de ver, con póstumos ojos, vuestras calamidades. Como sabéis, la
vecina muerte me ha ido relegando a la vida privada, quizá para privar a mis
enemigos de una pública, pero aún a vos, ahora mi principal enemigo, os dicto
estas líneas privadas. Sí igual los elementos de mi llanto, minuciosos en su
joyería, pueden prodigar algún fulgor a vuestro atavío de dolor, tomadlo con la
licencia de que se os sea tributado como último premio” Hermes: “Podéis
acantonaros en la colina del sol. No hay siquiera un rival que descifren la
retirada a favor de sus dioses crepusculares, pues como sabéis los portazgos
han sido arduos para tales divinidades, y toda presencia se ha mudado muy al
norte.” Iris: “La orden no da ventaja a aquellos enemigos que con los rigores
de portazgos, cuando no con la guerra, los hemos reducido hasta las desdichas
de sus mitológicos aspavientos.” Vos, ordenanza: “Como sabéis soy un hombre
cuidadoso con el ejército, y no el moribundo a quien impetrabas vuestras
insinuaciones. Al anticipar el retraso de vuestra traición, os desarmé, porque
sé que, como hombre de espada, corroboraríais la facundia de los senadores con
la lacónica amenaza de una guerra. Ya no tenéis que buscar; mañana, temprano,
se revocará vuestra infame moción. Una embajada, seguramente a guía del
porvenir de Numa, instará por vuestra cabeza.” Iris, completad: “Tened en
cuenta que mi orden os acerca más a mi estimación. Sin usurpar vuestra
impaciencia, se despide de vos. El Rey.” Ahora vos, Hermes, completad: “En fin,
que vuestra salud os permita ligereza y que el clima no malogre vuestro
heroísmo. Se despide, El Rey.” Ordenanza, escribid mi sentencia: “Si os
preguntáis por el contenido de esta misiva, os respondería que el exilio es mi
agradecido consejo, y mi lucha para salvaros de una ruina de la que os
defendéis vanamente en su mitad. Se despide de vos, vuestro salvador.
(Lentamente)
Que mi victoria, y la
de Numa, sean el premio por salvaros. Eneas.” Dadme para justificarlas todas.
(La
firma en su regazo)
Ordenanza, selladlas
con su respectiva numeración. Vosotros, guardias, retiraos.
(Salen
con una reverencia)
Las gemelas no dividen
un destino. La remitiréis con la misma prisa; la primera, por los caminos del
norte. La segunda, por las alcabalas del oeste. Mi vejez me dice que la
duplicidad es el medio de un anciano, pues en él me toca, antes de legar
arrugas, aventajar a los extremos y anudar el mismo asunto sin que los espías
me revelen. La otra, ah… esa os toca enviarla a campo traviesa, el camino más
difícil ha ganado su desacato. El camino central de las tempestades, será su
medio. Ahora, marchaos y haced tal os he dicho…
(Sale.
Eneas hunde su cabeza entre las manos. Oscurece)
Escena 3
(En una
estancia de Drances)
DRANCES
¿A qué fatigoso día ya
damos alcance? Mis sueños le padecerán mis enemigos y si han de despertar por
sus horrores mejor que no se paren. Qué bien luce las intrigas cuando me pongo
en ellas.
(Tocan
la puerta)
Pasad, os estaba
esperando.
(Entra
el sayón)
GUARDIA
Ay, señor, qué frío
hace afuera.
DRANCES
Luego, ¿el encierro os
sienta mejor, esclavo? Por salud vuestra más os vale que no busquéis motivos en
la intemperie, no faltará quien en ese abrigo os haya de enfriar algún día.
GUARDIA
Ni que lo digáis,
señor. Más bien en esos rigores os sirvo siempre, el castigo de una mala noche
es vuestro premio. Luego, ¿cómo no os bendeciría vuestras órdenes?
DRANCES
Si las habéis de
llevar a cabo conforme reptáis delante de vuestro señor, no haréis más que
demorar mi finalidad. Así que no os arrastréis cuando vayáis a cumplirlas, sed
altanero; es la única libertad de vuestro oficio…
GUARDIA
Y creedme, señor, que
no me distraeré en ningún aparte.
DRANCES
Decidme, ¿habéis
escuchado alguna novedad?
GUARDIA
Pues, señor, sucede
que fueron interceptada dos cartas del rey. Curiosamente ambas declaran lo
mismo que las diferencian entre sí.
DRANCES
¿Cómo es ello?
GUARDIA
Pues las dos están
remitidas al general del norte y dicen más o menos lo mismo; luego tienen una
fe afín que ambas empeñan con ritos diferentes.
Cómo ordenarais, en el caso de que ninguna carta os contradijeran, se sellaron
y se remitieron de nuevo. Hay en tal duplicidad una rareza que me marea y me
hacer ver doble el brindis que todavía no alcanzo.
DRANCES
Si miráis sin la
escrutadora paciencia, fácilmente se os figura raro que haya remitido un
contenido predecible por dos vías francas. En cuanto de que veáis doble,
prefiero que sea por que valéis por dos esclavos y no por que hayáis brindado
conforme os habéis excedido en vuestra condición. Ahora os encomendaré un
segundo asunto.
GUARDIA
No seré segundo en él,
señor. Ordenad.
DRANCES
Antes bien, os digo
que la rareza reside en la paternidad del viejo. Cuando maldecía a Turno
delante de mí, noté que cuanto más pesadas eran sus palabras más palancas
amorosas empleaba en su elocuencia.
GUARDIA
Eso se explica, señor.
Pues un padre, cuanto más iracundo, es el mejor padre de sus palabras, y con
amoroso celo ha de velar que ellas prosperen.
DRANCES
Os atrevéis a
explicaros a vuestro despecho; porque vos mismo pudierais no entender los que
se os escucha.
(Paseándose)
De cierto que el viejo
sospecha que las conspiraciones exceden las vilezas de su protegido, y por ello
envió una verificación a los socios de Turno, aún insospechado para su
senilidad. El viejo no puede salvar a Turno, pues tiene el deber de su oprobio,
pero puede saldar su deuda con él, mostrándole el exilio.
GUARDIA
Luego se ha remitido
una tercera misiva.
DRANCES
Cuyo contenido se nos
alcanza más o menos. Alcanzad vos al mensajero y matadlo en la secreta prisa de
mi orden.
GUARDIA
Pero, señor, cómo
descubrir su ruta.
DRANCES
Tan fácil como
descubrís estas monedas en vuestra palma.
(Le
extiende una monedas y el sayón, ávido, las recibe)
El único camino
posible es por donde tintinen los cuchillos. No puede ser otro que el antiguo
camino de las escabrosas purgaciones, casi vedado por la maleza y los antiguos
cráneos. Por allí, a la mitad de una máscara, lo ha enviado el viejo.
(Busca
en un cajón un pliegue)
GUARDIA
Difícil la ruta,
señor.
DRANCES
Más difícil para
vuestra impaciente víctima. Yendo delante de vuestra puntería, le lleváis
ventaja. Que vuestro cómplice en el crimen sustituya al mensajero y lleve este
pliego conforme fue remitido el original, son unas antiguas líneas del viejo,
que serán actuales cuando las descifre el tonto de esta época. Mejor tributo no
pude conseguirle a mi rara colección.
(Le
extiende el pliego)
Ahora marchaos, no
reptéis en el camino.
GUARDIA (con
familiar solemnidad)
Señor, sólo mi destino
se arrastrará en pos de mí.
DRANCES
Pues que no os ancle…
(Hace
una reverencia y sale. Oscurece)
Escena 4
(En el
senado. Murmuración general)
MNESTEO
Cloreo, esta sesión
pinta mal. ¿No veis, varón, como ya la mayoría se mezcla con la minoría y en
charlas menores?
CLOREO
Vamos, señor, desde
que emplastéis vuestro coraje en defender los intereses que implicamos,
empleáis sus dotes rezagadas en imaginaros peligros por doquier.
(Entra
el rey, se acomoda en el solio. Todos en desconcierto)
SERGESTO
Callaos, mirad el
rey… qué hace aquí…
(Aparte)
Ah, dioses, que la
oratoria de mis enemigos no perturben mis plegarias.
CLOREO (divertido)
Tenéis razón, Mnesteo.
Esto pinta mal, mirad como han maquillado a vuestro rey, si no es mortaja el
colorete… Este viejo viene a sancionar su despedida, no seáis sequito de su
fin.
MNESTEO
No bromeéis así, que a
sancionar viene.
CLOREO
La mayoría ya demanda
lo que ha de venir, Mnesteo. Los ilustres nombres de los escaños, sucesivos por
la casta del Tíber, ya no son partidarios de una herencia proscrita. Si va de
prisa el viejo, su rabia se hunde como una raíz que no encuentra flor que lo
distinga en ese sombrío paraíso. Lo curioso es que con tal poder nombre a su
predilecto, mas no parece que un rey caduco cambie la suerte de su efigie…
¿Tembláis, hombre?
SERGESTO
Si vos también con
temblores atináis en proferir palabras. Vos también sois un lampiño cobarde que
lo encubre sólo el frío.
CLOREO (riendo)
No me sopléis así, que
se me eriza la piel. Luego, como gallina, tengo plumas que afirman su luto,
pues de lampiño no tengo un pelo que cortar.
MNESTEO
Callaos. Mirad que
para desgracia nuestra, aún es nuestro rey. Ay, mirad, Cloreo. De cierto que no
ha delegado nada a un usurpador. No veis, obtuso senador, que nuestra conjura
está descubierta. Miradle el semblante, lo único que hace muecas de enfermo es
el maquillaje del que os burláis, todo en él es serio. Está lúcido y es verdad
que por primera vez la minoría reside en esta audiencia, pues no hemos escapado
aún.
(Mirando
en derredor)
Mirad como esos
cobardes se vuelven contra nos.
CLOREO
Calmaos, no perdáis la
compostura, pues así sí que nos irá mal…
SERGESTO
Ah, ya no bromeáis…
(A una
seña todos callan)
ENEAS (desde el
solio)
Muy excelentísimos
senadores. Hoy me allego a vuestra buena fe y, en el ultraje de que fue
víctima, busca consuelo mi indignación, también un aliado generoso con que sancionar
la falta que nos abruma en un común riesgo.
MNESTEO (en sigilo)
¿Qué os dije?
CLOREO (también en
sigilo)
Callaos, como no
callará Drances.
SERGESTO
Sí, ¿no habrá
escapado? ¿Lo miráis?
ENEAS
A vuestra sapiencia
convoco en esta hora.
(Una
pausa)
Un ardid infundió acá
el favorito de mi antiguo afecto; a quien mi culpable inocencia juzgó mi
sincero salvador. Condeno, como vosotros condenáis vuestro lastre, la culpa
propia. Ciertamente mis auspicios era el nombre del que él, un temerario que ya
no vale apodarlo por su bastardía, se pudiera vanagloriar. Su traidor orgullo
me rescató de una muerte gloriosa para que mi gloria fuera acometida en el
oprobio de su vileza. Como vosotros, yo fui engañado por sus falsos votos. No
os abrumo, ni con mi propia culpa os abrumo, pero de cierto os digo que
vosotros si debéis señalar a quienes os reclutara a una mayoría ínfima y ruin.
(Murmuraciones.
Ya los senadores, desenmascarados, insinúan al trío de delante)
Hay hartas pruebas de
cómo se obró. Un testigo, cuya más vívida locura haría recordar las faltas a
sus cómplices cuerdos, se impacienta con absurdas canciones. En fin, la maña se
ve como la costura de la mortaja predestinada para los conspiradores… la
moción, sobra decirlo incluso, será revocada por el castigo que se le imponga a
los de la urdimbre.
UN SENADOR
Señor, se nos dijo… se
nos hizo pensar que os habíais adelantado a una naturaleza que se confabulaba
en vuestra contra…
ENEAS
¡Delatad los
conspiradores!
(Tratan
de escapar el trío es detenido por su bautismo)
OTRO SENADOR
¡Mnesteo!
UN 3 SENADOR
¡Cloreo!
UN SENADOR
¡Y Sergesto!
TODOS
¡Muerte!
(Entra
Drances. Murmuración general)
DRANCES
Señores, permitidme
que mi tardanza recomiende a vuestra prisa que una acusación, así, en tal
estado de desconcierto, os incrimina a vosotros mismo y aun a la probidad del
senado. Paso, majestad, a explicar porque es conveniente que el senado conmute
la pena mayor en la del exilio.
(Al
senado)
Si os dais cuenta,
estando lejos los propiciadores de vuestras dudas y debilidades, estarán lejos
los pensamientos que os puedan instigar a una traición en el porvenir: lejos,
pero cerca de recordaros vuestra virtud. Mirad que los hubisteis escoltados en
una mayoría tan audaz como la de ahora. Sabido es que no podéis matar vuestro
pensamiento sin que obréis en la estupidez, por eso os conviene que la
sabiduría del conjunto os aconseje
alejar a estos cual más podáis sin tener presente ese minoritario recuerdo.
ENEAS
No tengo objeción,
Drances, a vuestras virtudes. Por mi parte presido la opinión de que sean
arrestados y echados a tierras de la que nuestro glorioso porvenir los echará
también.
TODOS (enmascarado,
unánimemente)
¡Sea!
(Son
arrestados y conducidos fuera)
CLOREO (aparte)
Nada podemos declarar,
pues peor será decir…
ENEAS
Estimados senadores,
como sospecháis dilataré mi preferencia al interregno por un lapso, o
simplemente la muerte suplirá mis funciones, no, por cierto, con la ineptitud
que vuestro temores le han imputado a sus promesas.
DRANCES
En lo tocante al
usurpador, majestad, senadores, es pertinente que una embajada, escoltada con
celo, se despache al norte.
ENEAS
Vuestra prudencia
merece mi asentimiento.
UN EMBAJADOR
Es justo que la misma
revocación sea el heraldo.
TODOS
¡Sea!
DRANCES
Mirad, aquí viene
quien ha de presidirla.
Escena 5
(Entra Numa)
ENEAS
Venid, Numa. A vuestra disciplina
os será encomendado un séquito. Seréis servido para truncar las maneras de
quien se oponga a vuestras maneras, ciertamente hasta un punto en que la punta
de la espada os señale como irreducible la intransigencia del otro. Tened presente que habéis sido
educado en las armas, así que, si se os hostiliza con ellas, con vuestra
educación debéis ganar sus votos, aunque tengáis que ser inexorable con el
ejemplo de vuestra espada. Ya mis juramentos os encomiendan y os distinguen. Quedáis
bajo los auspicios del senado. Senadores, yo me retiro.
(Sale
escoltado por sus ordenanzas)
DRANCES
Numa, Turno marchó a
su más septentrional esperanza de tiranizar el reino. Desde allí, seguramente
con un reducido número, se propone imponer lo que ya no lo liga sino al pasado.
Al allegarse a las tropas de la ribera, quiere comandarla en ruina de nuestras
costumbres.
UN SENADOR (a
través de la máscara)
Drances, señores, pero
si Turno consiguió el favor de esas tropas, las que se les enfrenten, coaligadas
contra él, pueden caer en el desastre. Turno, señores, ha obrado con el
ejército lo más de su vida pública, qué tanto sabe en pos de mejorar sus
ambiciones privadas.
DRANCES
Desdeñáis que nosotros
anticipamos sus aspiraciones y que somos hostiles a su vileza. Desdeñáis que
nuestros generales educaron a Numa. Vuestras objeciones bien merecen compartir
el exilio de vuestros cómplices. Señores, las tropas fueron movidas por la
agudeza del rey, en un límite crepuscular en que tal eclipse rige el mal albur
de Turno. Solicito a vuestro beneplácito que Numa dirija un pequeño ejército
para su embajada. Siempre superior a los delirios de que la ruina de Turno
pueda enorgullecerse.
NUMA
Las palabras de
vosotros me demoran, señores. Abreviad, que mi rival no es demorado por el
consenso de sus generales. Aun si vuestros acomodos proliferan en sofocadas
dudas, os probaré que el rigor de vuestro verbo debe ser más activo, dado que
mi espada hoy es aquello que más sobresale de la acción.
UN SENADOR
Partid, pues,
protector y príncipe.
NUMA
Si se precisa que
Turno sucumba en mi elemento, pues creedme, señores, que sólo su rebeldía puede
privaros de que os traiga con todas sus partes a vuestro cabal elemento. En
cualquier caso, vendrá a explicaros por qué calla.
(Se
adelanta al podio y con la empuñadura de la espada golpea tres veces la
heráldica de la guerra)
Que los dioses
escuchen el sonido de la guerra. No me iré sin conferenciar con este tono.
TODOS
¡Sea!
(Sale
Numa. Se desenmascaran los senadores, se disuelve la sesión. Oscurece)
Escena 6
(En una
oscura estancia)
EL GUARDIA
Las flechas del
travieso dios, no son tales, amigo. Si ponéis cuidado de cuanto se dice de él,
os daréis cuenta que su ceguera lleva un báculo espinoso, a tientas se venga de
los ojos que lo espían. Tiene un don escrutador, si lo sabré yo que he visto
tantos ojos cuanto mal de ojos me han echado. Nos vengamos de su venganza al
cambiar su nombre por uno opuesto a su veraz naturaleza, a fe que sí, y somos
tan magnánimos al embellecer nuestros sentimientos. Una vez, amigo, una mujer,
ya gastada por sus lances, y que por cierto me veía como un ciclope deforme, me
picó el ojo de tal modo que su gracia me dejara ciego, y además de ciego no
veía yo donde me rascaba cierta comezón que me hacía vislumbrar vestiglos por
doquier. La mujer me dejó, pero obstinadamente le busqué hasta hallarle. Al
verla otra vez, le dije:
(Declamando
afectadamente)
“Vuestra maldad
advierte su seña en mí.” Y a fe que estaba yo muy despechado, que por pecho me
quedaba nada más que las tetillas, acaso sólo para amantarme de ellas. Le dije, sí, recuerdo que le dije: “todas se
muestran ariscas ante el asedio de esta cojera.” Señor, era cierto que andaba
cojeando por doquier persiguiera yo una liebre; pues, por no pagarle a su
matrona, apenas me salvé con la cojitranca renta de mi huida. En verdad no
podía coger, a monte abierto, ninguna
doncella en regla de su fuga. “Venid conmigo”, le dije. Ella se negó,
quería raptarla, pero al punto supe que mucho me pesaría llevarle a cuesta; así
quise endulzarle los oídos, pero con tanta cera no le entraba miel. Sin embargo
le dije, y se me figura que algo sí escuchó… le dije entonces…
(Ríe)
Que si ella comía los
frutos de mis labranzas, cuando ya no le cojeara nomás a ella, le llamaría la
inocente Eva de mis pecadillos.
EL CÓMPLICE (severo)
¿Por conocer
costumbres extranjeras, vuestros cuentos han de descontar a nuestros dioses?
EL GUARDIA
Preguntáis mal.
(Ríe)
Yo no abjuro de lo
innumerable.
EL CÓMPLICE
Cómo podéis jugaros
así.
EL GUARDIA
Pero no apuesto más
que a la puesta del sol, y creedme que no es una mala alborada este principio.
EL CÓMPLICE
Tan grande es vuestra
maldad que sólo un milagro castigaría vuestras blasfemias. Cuidaos, mirad que
los dioses son parciales en prodigios… Necesitáis observar con más decoro…
EL GUARDIA
Y vos necesitáis que
un Juan del Leteo os refresque la ignorancia, dándole por nombre uno que ahora
ignoro. No conocéis el mundo conocido, soldado. Debéis vadear el Tíber en pos
de vuestra servidumbre; cumplir órdenes en la otra ribera. Servid aún más
lejos, pese a que tengáis que cruzar los últimos ríos para llegar al Jordán.
EL CÓMPLICE
Tantos son que no
sabréis cual cauce os ahoga sin ganar la orilla.[3]
EL GUARDIA
Esos ríos tienen sed
de navegantes muy aguados.
EL CÓMPLICE
Callad… que con traer
de vos puedo contraer también.
(Se echa
a reír el guardia. Después de una pausa)
¿Hasta cuándo debemos
esperar?
EL GUARDIA
Ya ha de venir, no os
ocupéis más que de esperar.
EL CÓMPLICE
Ay, me duele el culo
de perseguir en pelo el culo de un caballo, hermano del mío por afinar una
cierta seña.
EL GUARDIA
Pero eso es mejor que
si os doliera por haberos cagado en vos. Imaginaos que, si en lugar de ese tal
amigo que llamáis, hubierais vos prolongado la interrupción del mensajero.
Quién sabe si os hubierais salvado, pero advierto que la ira de Turno no tiene
la leve “L” de la lira; de un tajo todo lo macula: tajos y tajos de impiedad.
EL CÓMPLICE
¿Y me lo anticipa
aquél, cuya sevicia órdenes superiores alcanza a vaticinar?
EL GUARDIA
Bien vale que un cruel
os hable, sin rudeza, de la crueldad.
EL CÓMPLICE
Igual tenéis razón. Y
os agradezco que vuestros reparos me separaran de mi destino, haciéndole al del
otro uno muy probable cuanto que verídicamente vivido hasta la muerte. Sin
embargo, no hay sitio bajo este cielo a donde podamos escapar. Son muchas las
órdenes en que podemos morir, tantas que sólo el miedo nos infunde el aliento
de seguirlas.
EL GUARDIA (con una
sonrisa)
De cierto que la
suerte del esclavo a tan mal extremo llega que puede empeorar sin que así
mejore nada. Calmaos, amigo. Si no tenéis paciencia, no olvidaréis nunca que
vuestra falta os pesa en el lomo.
EL CÓMPLICE
No me habléis de mala
suerte.
EL GUARDIA
Ni vos a mí.
(Ríe)
Mirad que puede
doblarse con el revés de una moneda. ¿Cuántas os di? Espero haberos pagado
conforme a vuestra suerte.
EL CÓMPLICE
No jodáis con eso.
Mirad que también los ruinosos dados me tienen muy afligido.
EL GUARDIA
No os está dado sino
eso. No os reís… pues quedaréis más vacío que uno de esos dados. Quedaréis en
pelotas, y no habrá modo de taparos; aunque de una sentada esa señorona os truncaría
con su misma parra…
(Ríe)
EL CÓMPLICE (con
una sonrisa tímida)
Tenéis razón; esa
mujer, con su sublunar medida, le mide una tumba al más vernáculo hombre de la
comarca.
EL GUARDIA
¿Ya os la habéis
raspado?
EL CÓMPLICE
¿Qué?
EL GUARDIA
Que si la habéis
pasado por la piedra, hombre.
EL CÓMPLICE
No; es tan dura a mi
cortejo que voy de luto y solo. Quién raspa a tan peliaguda mujerona; calva de
canas claras aun por darle el afeite de peluda[4].
Difícil sería arrimarle un beso, si amenaza con que el cúleo os sienta merecidamente mal a vuestra rima. De cierto que os
culebrea su ponzoña, si armáis labios.
EL GUARDIA
Igual vais contento de
prodigarle un ósculo, allí mismo donde ya se os… ocurre que frunce ceja.
EL CÓMPLICE
No me caguéis con el
retruécano, que ya el miedo me trueca el anillo en pujos. Cambiemos de lance,
señor, antes que los vientos de ser esclavos soplen los clarines de una arenga.
Ay, pero no… se me figura que hasta por cambiar de aire nos cagamos.
EL GUARDIA (abanicando
su nariz)
Pues con el aliento
vuestro, todo lo que dices vuelve al ósculo. Calmaos, hombre, y oíd, que a los
cobardes hay que hablarles del tema que dominan.
EL CÓMPLICE
Ay, no me habléis más,
que puedo oíros más de lo que me digáis. Pero, ¿qué os parece si enfrento a mi
mala suerte, si con franco desafío le muestro cara? ¿Qué decís?
(Entra
Drances)
DRANCES
Que os pongáis de
acuerdo con vuestra mala suerte; llevarle la contraria será vuestra perdición.
EL GUARDIA
Señor.
EL CÓMPLICE
Señor, perdonadme que
os hayáis movido a aconsejar a un esclavo.
DRANCES
Que sólo los
resultados de vuestro crimen os perdonen.
EL GUARDIA
Luego seremos otra vez
agradable a vuestros ojos, señor.
DRANCES (Al
cómplice)
Bien. Bien. Tomad una
porción directa.
(Le
extiende unas monedas)
Ahora vos podéis iros.
Vamos, largaos…
EL CÓMPLICE
Sí, señor.
(Sale)
DRANCES (aparte)
El crimen, perpetrado
por las alhajas de un reino, es una belleza incontestable…
EL GUARDIA
¿Qué decís, señor?
DRANCES
Que el crimen es toda
una joya. Una joya de verdad.
EL GUARDIA
Y una joyita también,
mi señor. Los dioses saben cuanto trabajo da y a qué peligros se presentan
nuestros dones.
DRANCES
¿Qué decís, tunante?
EL GUARDIA
Lo que vos mismo
dijisteis, y la menudencia desde luego la padezco yo.
DRANCES
Sois grosero, pero
tenéis que matar más enemigos con el oprobio de vuestra procacidad. Marchaos;
os llamaré de nuevo, cuando demasiadas palabras retrasen mi ira, y, rezagado en
el tumulto, tenga que ordenar apresuradamente…
EL GUARDIA
Seré puntual, señor.
DRANCES (le
extiende unas monedas)
Tomad para que rentéis
esperanza mientras esperáis.
(Sale)
DRANCES (balanceándose
afectadamente, entre risas)
La gente afuera no se
le está dado entrar, mas los de adentro disputan dentro y fuera sus dones, y
las chispas rigen el fuego de todos. Los eclipses rigen cuanto velan, y su velo
amortajará la ignorancia que se subleve. En un Monte Ida[5]
labro este escaño, y en ida y vuelta ya conozco lo que prometo a espaldas de
todos. Ah, dioses, vosotros sabéis qué trabajo da volver después de la ida al
Monte Ida. Es duro, si lo sabréis vosotros. Aunque un esclavo confirme mi
partida, ida es ya la ocasión del retorno. Ah, muerte, dioses. Muerte aquí,
allá, muerte por doquier se alcen enemigos. A matar; a matar; a matar… Son mis condenas por fuerza del acto. Otros
os matan bueyes blancos, yo sacrifico a quienes con tales presentes no os
complacen.
(Oscurece)
TELÓN
A
C T O
V
Escena 1
(En el
senado)
DRANCES
Señores, qué
calamidades apuran mis palabras, siendo además los estorbos que también les
atraviesan. El luto nos desgarra en los jirones de nuestra desnudez.
(Pausa,
camina.)
El rey ha sido muerto.
(Desconcierto
general.)
Segado por el vino de
una mala cosecha, fue removido del alcázar y asesinado bajo una tempestad de
cuchillos que obraba conforme el cielo parecía postergarse tormentosamente en
esos cuchillos. Sayones acometieron la empresa por la cual se les ordenó un fin
cuyo propósito extremaba ese fin, de cierto en potencia de una mitad infame. La
savia de los hierros homicidas despuntan en flores, qué malos frutos anticipan
si no se les trunca para honra de la espera. Pero, decidme por favor, ¿cómo
honrar a nuestros mayores, cuando la vergüenza nos hace tan floridos? Sabed,
sin embargo, que podemos rasgar de cualquier ceguera un resquicio clarividente.
Mirad. Entre el bosque son torcidas aquellas ramas que trepan un horóscopo
funesto, brotes apenas que volviéndose a sus raíces con fiereza le desarraigan.
Sí, a Numa podéis acusarle de una sediciosa impaciencia que Turno no fue capaz
de abreviar. Numa también quiere volver su espada contra vosotros. Hasta sus
lazos le imputan el crimen, aunque ellos son cómplices de retrasar,
incestuosamente, el castigo; corramos nosotros el nudo…
(Murmullos)
Mirad como un cercano
vástago se vuelve contra el padre.
(Señalando
la lámina que golpeo Numa)
Mirad como una viuda
toma con sus manos sus propias manos. Mirad como el salvador de un rey usurpa
la protección de que es objeto. Mirad, incluso, como hasta la concubina de un
usurpador se escapa del condigno castigo. ¿No os dais cuenta que a este punto
hasta las concubinas enviudan al margen de vuestra ley? Qué lista más
extravagante ya excede los cortesanos excesos de reyes antiguos. Cierto, que yo
invoqué todos los nombres de nuestras eras, que con la fe de vosotros también
quise entender la divinidad de sus yerro, pero el colmo de una semana coronó en
contra de los reyes… Pues mirad que la locura, la soberbia, la ineptitud, el
adulterio y la sevicia son la heráldica bajo cuyo significado se nos obliga a forzar una servidumbre de
corrupción, ésta que no será nunca la heráldica de la virtud nuestra. Sabed que
el número de tales crímenes no es nuestro lastre, sino de quienes por mucho hay
que suprimir. De ser bajo el empeño de sus obstinaciones, pues que sus cabezas
de tirano sean traídas en estacas.
(Desconcierto,
murmullo)
Una sarta de
cobardías, vicios y crímenes embotaron nuestra fe y hasta la redujeron a
infames mociones que habrían de favorecer una serie hostil. Yo mismo creí que
los reyes tenían la cabeza para llevar una corona, pero ahora veo que la corona
siempre es una alhaja hueca y aun más hueca si se la ciñe alguien. A pesar de
que seamos sus consejeros los reyes tienen por dinastía contravenir nuestra
virtud y sólo se perpetuaran de ese modo. Señores, bien sabéis que con
inocencia atenuamos culpas, que con consejos elogiamos violencias, que con
virtud acatamos vicios, pero, ¿acaso no se nos engañó más que con intrigas con
las ambiciones de una rivalidad bélica? ¿Acaso el glorioso ejército no era
citado como si la historia militar fuera la oportuna cita de un rey artero? ¿No
se os intimó silencio, vetos, votos o censura de ese modo? Pues apelo a esta
pregunta, con todo el derecho que nos debe la historia: ¿no son los más de los
reyes las taras que han revoloteado por doquier? No permitamos que las larvas
de hoy prosperen. De cierto os digo más, senadores, no somos culpables de que
aquellas culpas hayan de regir también nuestro dolor; tampoco somos culpables
de que nuestra esperanza haya demorado inocentemente, pues una monarquía
adultera usurpó sitio y se perpetuó en el vicio y en el crimen, tiranizándonos
a todos por igual; pero, señores, incluso de esos solios podemos echarles. No
porque apenas vivamos, menos penas debemos señalar en lo que sigue. Precisamos,
pues, adelantar un nuevo régimen; decidido y perseverante, fiel a nuestra raza.
Yo propongo la corregencia de dos varones probados, que se dilucide cada lustro
por una verdadera mayoría, sin legar favoritismos ni descendientes. La plebe os
dirá que dos hombres mandan y castigan con un promedio superior. Sean,
entonces, dos hombres de virtud heredada, a cuyas estrellas compareceremos para
llamarles por cónsules.
UN SENADOR
En todo no habéis
dicho mentira y, tras tantas horas, ya es hora
de que lo veraz sea puntual a nuestra hora. La soberbia de estos reyes
debe ser sustituida por la virtud de quienes proponéis; pero, ¿cómo? ¿Con un ejército huérfano?
OTRO SENADOR
¿Y con el probable
vencedor de una contienda fratricida?
DRANCES
Como sabéis las más de
las tropas ya están cerca, a discreción del senado. Si preguntáis por ellos,
ellos responden por vuestras preguntas. La única vecindad de esos dos hombres
es su rivalidad, con lo poco que tiene sólo podrán anularse a término de la
misma monarquía. Venga a vosotros el poder de que se mande conforme a lo
expuesto.
TODOS (unánime y
vigorosamente)
¡Sea, pues!
DRANCES
Pasemos a…
(Entra
Lavinia abruptamente)
LAVINIA (casi en el
sollozo)
Ah, rey, por vuestra
inocencia, ya que no en vuestra ira, se os burló… Oh, dioses, ¿cómo, bajo
vuestros escrutadores ojos, estos miserables son capaces de tentaros? ¿Cómo la
infamia, desamparada por vuestra lealtad, a tientas quiere burlar los castigos
de vuestros ojos? Mirad, dioses, hoy la viuda del rey es lacerada con báculos
tan cojos y ciegos como los que los portan. Mirad como, tras la muerte de mi
marido, ellos congratulan su porvenir de infamias. Mirad como, a espalda del
legítimo Numa, se enorgullecen de sus terribles jorobas. El concurso los hará
rivalizar en monstruosidades. La ruina sobreviene. Oh, dioses, ¿acaso por la
ilegitimidad de mis enemigos seré
inmolada, antes de que mi propia mano os
rinda un verdadero sacrificio? Mirad mis cabellos plateados; se tornarán de
oro, porque, al decrépito extremo de mis penas, quiero adelantaros un
tributo… Dioses…
(Camina
y escruta a los senadores de repente estalla)
¡Infamia! ¡Infamia!
¡Infamia! ¡Infamia! ¡Traición! Sois demasiados para legislar nada, pues nada
los dioses os premiarán. Ah, dioses, mi gemela Creúsa todavía no comparte su
gemela… Venid vuestra virtud, que yo sea vuestra tocaya al menos…
(Volviéndose,
lo apunta con el dedo)
Y vos, Drances,
ilegítimo entre todos los turnos de un ejército… No, no, os disminuye mucho tu
tamaño para que vuestra cobardía empuñe la espada…
(Se
desploma al margen del podio)
DRANCES
Mirad una loca más.
Mirad, señores, como los apéndices de una ruina pretérita aún persisten.
Miradla allí, arrastrada, acaso como el séquito de sus ausentes. Mirad como la
desesperación de que su propia raza se haya confabulado contra su orgullo, le
hace revolotear sin ritmo. Alegraos de que ella es la última tara que hay que
echar de aquí. No tengáis compasión ni le consoléis con el poder de vuestros
cónsules. ¡Que su vientre seco, pero ponzoñoso, no inocule una prole en el
podio de vuestro porvenir!
(Toma
agua del podio)
LAVINIA (incorporándose
con vehemencia)
Qué decís, falso.
¿Sois capaz de refutar con vuestro arte mis lágrimas, aunque vuestro futuro
llanto ya abreva en las mías? ¿La sed que aplacáis también os aplaca la
incertidumbre de morir envenenado? Cierto que hartas intrigas os sobran del
repertorio, mas de cierto que esas mismas os sobrarán… mirad que ya ellos rebasan el brindis de
vuestro primer enredo.
(Drances
deja de tomar el agua. Tira el vaso. Murmullos)
Aconsejasteis a mi
marido un breve tiempo, y, sin duda a la lumbre de cuanto os deslumbraba,
maquinasteis vuestra traición. Nada os hace menos culpable que Turno.
DRANCES (ya
irritado)
Mirad como su mismo
polvo pernicioso le irrita…
LAVINIA
Sí; ciertamente una
viuda la puede amordazar el luto, mas el mismo dolor desató mis nudos.
DRANCES (a los
guardias)
Sacadla de aquí.
LAVINIA
Decís mal, quien será
echado seréis vos. Ni un cómplice os hará el rey que habéis envidiado… No es
vuestro el mando, sino para indicar donde este tumulto pondrá sus larvas, las
que os minen antes que los gusanos.
(El
guardia y el cómplice se la llevan a rastras)
Sí; vosotros sois
todos para Drances, minadle y acabadle, sed tan peores cual sois… limitadlo con
la misma vara que os dio, antes que con ella se labre un cetro. Ah, Numa,
volved vuestra espada… Hijo, matad, matad, con la impiedad con que seré
destruida y entonces la muerte no me agriará como ahora.
(Salen)
DRANCES (temblando
de rabia)
Callaos a esa mujer.
Es una orden… del rey.
(Desconcierto
en el senado)
UN SENADOR (adulante)
Señor, nada más a una
provocación hemos de convenir vuestra ira, pero el consorte de esa señora ya no
castiga la imprudencia…
(Murmuraciones,
ya algunos senadores le acusan solapadamente. Entonces uno más resuelto)
OTRO SENADOR
Mirad el
semblante, ¿no os figura la resurrección
de un tirano y un cobarde?
DRANCES
Callaos vos también, o
por primera vez, en vuestra carne, emplearé el filo de mi espada.
(Desenvaina.
Larga pausa: el desconcierto es abrumador. Entra un senador)
SENADOR
Señores, estoy tan
pálido como la máscara que solloza entre mis dedos. Entre temblores reunidos
caen sus lágrimas. Allá fuera una mujer fue afrentosamente inmolada, casi en el
mismo pórtico del senado se le desfiguró. No sé si vuestras canas le han
condenado en complicidad a las de ellas… Ay, mas sólo las canas, que punzantes
sobresalen de las heridas, demuestran su edad o sus tormentos. Señores, a la
vista de muchos, el cadáver fue vengado por los guardias del funerario Eneas.
Ya quizá los rumores partieron enardecido por la vileza de la plebe. Ah dioses,
la muerte del rey ciñe corona por doquier… y cualquier insensato puño alza su
cetro.
SENADOR 2
Una mancha de sangre
macula el estribo del caos… Oh, dioses, a qué mala regencia castigáis
anticipadamente.
(Desconcierto
general se disuelve la audiencia)
DRANCES (En vano se
abre paso, es apresado por muchos)
Quitaos; no quiero más
vuestro séquito adulador.
(Todos
sobrecogidos. Aparte)
¿Es ida o vuelta esta
salida? Si es Ida, reino, y el relámpago es mi báculo; si es vuelta, ya llego
para ahogaros como un diluvio… ¿Copero, que servisteis el agua de Ascanio,
besáis mis labios delante de estos?…[6]
OTRO SENADOR (Aparte)
Oh, penates, la
calamidad es, al tiempo, nuestra casa y la mazmorra de los protervos… ¿A quién
aprehender, qué aprender para mandar? ¿Y las tropas? ¿Fuego y espada?
(Oscurece)
Escena 2
(El
campamento de Turno)
VOLUSO
La carta que trajo ese
hombre no parece refutarla su cadáver, que hasta con malicia se desvive en
parecérsele tanto, señor. Mientras más le torturábamos, más nos insistía en que
él sólo había revelado un turno anterior. Ningún indicio nos hace alcanzar una
noticia fresca ni las circunstancia de este viejo pliegue. El rey parece
haberos desarmado con vuestro pasado glorioso. Juzgó que cualquier gaje de su
decrepitud era de más ventaja que la lealtad de sus años anteriores, luego
apeló a esta vieja noticia que vuestro brazo con empeño formara para la
posteridad. No hay mucho que hacer en la ribera, señor, el viejo habrá ordenado
que no se dejara en el campamento ningún despojo del que no sirviésemos en pos
de la espesura. No es dudoso que Numa sea el favorito para romper la tradición
del senado. No es dudoso que se le encomiende enfrentar nuestras huestes y
acaso aplastarlas con las tropas de la ribera. Como general que os escolta en
este trance, os recomiendo que negociéis directamente con el senado. Que
evitéis reñir con Numa. Nadie os puede probar los cargos que se sospechan. Si
volvéis sin desacato, tal vez no tengáis que acatar intrigas para que se
confirmen luego.
TURNO
No, Voluso. Sin duda
los cómplices de Drances fueron descubierto y, tras ellos, el mismo Drances. La
facundia de ese miserable no le serviría sino para delatarme detalladamente,
acaso para de ese modo dilatar su muerte. Sólo mi temor ora para que alguien
halle salvación en ese mapa de horrores. Si os soy sincero, y os soy
sinceramente, creo que se haya suprimido a uno que otro senador. A la luz de
este desorden sólo puede reinar lo sombrío y no la fulgida corona de Eneas. Las
tropas ya velan cerca del reino, su recogimiento linda con la urgencia de sofocar
revueltas. Ningún número importante se le dará a Numa, ellos saben que hasta
con la avaricia de sus pleitos anularán mis huestes. Si me vuelvo contra Numa
puedo ganar sus hombres y mientras más me acerque más se unirán por fuerza de
mi espada. La única salida que me dejaron es la más honrosa. Traspondremos el
umbral, general Voluso.
VOLUSO
Aún somos pocos para
encarar el mínimo riesgo que le atribuís a Numa.
TURNO
No, mi querido Voluso,
pues vais a reclutar algunos labradores.
VOLUSO
¿Labradores?
TURNO
Con los aperos de
Marte honraremos a Ceres y con las púas de Ceres honraremos a Marte. Luego,
reciproca será la prosperidad. Sí, mi
querido Voluso: labradores; ellos os enseñaran las virtudes arduas que han
menester para una buena cosecha. Estas tribus del norte hienden la tierra que
todo lo traga. Bien, los reuniréis por múltiplos y le instruís con la
disciplina de lo urgente. Allá en los prados de aquel valle los reuniréis a
todos. Ya sobrevendrá el tiempo en que la combinación con mis soldados sea regida
por mi estrella.
VOLUSO
Como dispongáis,
Turno. Mirad, aquí viene Cora.
CORA
A vuestro consenso
sumo mi voto, señor.
TURNO
Voluso, exponed lo que
os dije a nuestro buen Cora. Llevaos y explicadle. Necesito disuadir a mis
dudas mientras volvéis. Id, queridos generales.
CORA
Señor.
(Salen)
TURNO
Otra vez esos sueños
me recuerdan que no conviene dormirme en mis planes. Si los signos que me
horrorizaron en la comodidad de la intriga, y que ahora en víspera de la
batalla me despiertan, al fin llegan, bien valen, pues, haberlos soñado. Bien
vale la preñez de aquel caballo funesto, Camila, pues allí, en el seno de su
ingenio oscuro, bien soy hijo que solo no logra saber su linaje.[7]
Encabezando la lid de muchos, pondré nombre a mi tierra así derruya todos los linajes.
No temáis, Camila, que donde os visteis está sólo vuestro retrato; sois testigo
de mi gloria, por eso fuisteis llevada por la imaginación de vuestra gloria.
Ay, sin saberlo la doble efigie de Camila dicta una suerte única, que es
inversa al sobresalto: los fuegos de sus augurios alumbrarán los atajos de mis
antorchas. El escondite del ardid, delatará a mis enemigos y el mar sin amarras
reducirá a desertores en el ardor de procelosas olas. Lejos estáis, Camila, de
la batalla; cerca estoy yo de mi destino, luego no se predice un revés, pues al
revés lo confirma también el espejo, y a dúo nos juntaremos como doble sean
nuestras suertes. En el sueño se sueña y en vela se alumbra, mujer… Ah, mirad, Turno, que rapaces nubes la
despluman el cielo. Toda forma la desnuda la esencia. Todo va bien… Ya la fría
brisa entibia su fragancia. Respiro, sí…
(Inhala
profundo)
Mi voluntad es posible
en mis medios… y lejos de mí mismo ya estoy tan cerca de ella. La muerte de
quienes topen mis tajos, terminará en mi espada. Sólo eso he de decir antes de
que lo dicho prospere en el acto. Respiro… y a nada, que a medias consiga su
punto, nada la nariz que me adversa… Pero, ¿qué respiro nos deja la muerte si
con todo nos abruma? ¿No se mata a quien a muerte perseguimos? Ah, ¿escucho la
voz de vos, mujer, al aire insolvente difundida? No os mováis, Turno, que
ningún ardid descubra la espera.[8]
No, apartad estertores ajenos de la brisa venturosa que aviva vuestras velas,
Camila respira en mi blando lecho. ¡Que la enojosa tos, pues a eso ha de
compararse lo que ya se atraganta, obre sólo en gargantas de rivales clarines!
(Hincándose)
Miradme, dioses. Que
mi voluntad os mueva a justificarla. No estoy lejos de vosotros, pues heme
despierto con el ojo que os guiña. Empuño la espada con la intrepidez con que
empuñaría el cetro. Miradme en esta colina; si en lo alto respiro, alto me
prosterno para vuestro altar. Mirad que celosamente disciplinaré el insomnio de
mis hombres. Ah, dioses, con los adioses de mis enemigos siempre os tributo.
Estoy sobrio, y sobrio os he de sacrificar el animal más raro que soñé en
equilibrio cruel, que el desnivel de vuestro agrado inclinen la balanza a mi
favor. Dadme el nombre con el que me teman mis enemigos. Dadme el heredero que
llame abuelo al reino de mi vasta tierra y no a mi incierto origen. Ungid mi
frente, que de frente os honro y defiendo siempre.
(Se
levanta)
Sudor acudid, pero sin
perlar un llanto que no sea ajeno. De cierto os digo que ajeno es mi prójimo.
Venid, Numa; recadero, traedme mis tropas…
(Entra
Voluso)
VOLUSO
Señor, antes de que
Cora fuera a reclutar a los labradores, unos principales del labrantío
acudieron a nosotros con una mujer lacerada y aterida. Al parecer se le halló
entre una zarza y un abrojo que disputaban sus heridas con fiereza. Los jirones
tienen la urdimbre y elegancia del reino. Puede ser una fugitiva del desastre,
o una embajadora de un caos que os aclama y os unge.
TURNO
Traedla, hombre…
Escena 3
(Entra
un soldado con Camila en brazos)
TURNO
Oh, dioses, la ráfaga
de una vehemencia senil en vano embotó los relampagueantes augurios de una mala
noche. Con qué obtusa ansiedad el gozo de entrar en batalla, de rendir a mis
enemigos sin los promedios del senado me enmascaró como una trampa ciega. Qué
se puede hallar en la oscuridad de una máscara sino la certidumbre de un mal
presagio. Oh, mujer, no podéis ser una fugitiva del desastre, pues de él no
habéis huido aún. Ciertamente sois una embajadora de un caos que me aclama y me
unge, aunque adversos sean sus óleos. Dejadla entre el rocío, entre las perlas
de mi llanto, que la hierba fragante crezca para su alivio.
(El
soldado la deposita en la fragante hierba y sale)
No veis, Voluso, que
es Camila. Las ponzoñas del camino le azuzaron a un incierto rumbo, en su misma
piel marcaron el infame mapa que habría de recorrer toda la noche… Miradla, ya
ha encontrado el rey de estos parajes, embriagado en su vano regocijo, pero el
incestuoso dolor ya me destrona.
(La toma
en su regazo)
A qué enviudáis, sino
a mi imprudencia; lo único legítimo que os desposó…
VOLUSO
Turno, aún vive.
Miradla, para venir se ha salvado y no está lejos su porvenir.
TURNO
Vivís criatura, pero
la muerte os cela como me hubisteis celado a mí.
VOLUSO
Turno…
TURNO
Si el fuego, que
alumbra la fuga de cuanto no escapa a su tiranía; si el látigo, que restaña sin
la rectitud del fierro… ay, si una roma ciudad, que también es mellada por las
disputas de los dioses… si eso y más lo juntáis en un tesoro ventajoso con que
el ardor de mi brazo puede imponer el orden tras una orden apenas… no, no, yo
os digo que esta mujer que muere, para cuyo sueño viene a dormir a mi lado, os
contradice sin renunciar a su desventaja… Tan lejos llegan los moribundos de un
fratricidio y aun por cerca no podemos sanar a los más audaces. Criatura mía.
VOLUSO
La monarquía es
vuestro cómplice en la venganza, entre la ruina de todos los linajes podéis
regir con el título que la redima.
TURNO
Iros, general, la
venganza será mi estrategia. Una moción nos aguarda. Reunid vuestros hombres
entorno a vos, cual rápido he de hallar séquito en mi cólera.
(Sale
Voluso. Aparte)
Les impondré un reino,
desde este norte de labranza hasta el sur de quien me mate…
CAMILA (despertando)
Oh, señor… Apenas
escapé… El látigo que dejé, mucho más atrás de cuanto huía, en mi dorso, que es
la memoria, todavía restaña… ah, la espinosa noche punzaba mi fuga, cuánta
savia en derredor se crispaba en hojas fantásticas… cuántos insectos en
trémulos coros voceaba mil himnos. Ah, los arroyos prosperaban en las raíces de
mi fuga… Ah, el agua, el rocío, las flores de silvestre luto eran menos
amarillas que el pálido amanecer… ah, señor, aún no os habéis ido, aquí estáis…
TURNO
Mujer, seguiré con
vos…
CAMILA
¿Habláis de veras?
¿También en mis delirios profetizáis? Mas mi mal sueño es vuestro segundo
enemigo. El segundo en crueldad, el segundo en naturaleza, pues aun por
insustancial no pude quemarlo con mis desvelos.
TURNO
Mujer, fue mi mal
sueño el que esclavizó al de vos, el que lo subordinó a una servidumbre impía.
Principal es el linaje de mi albur.
CAMILA
Que vuestras
apetencias no se atribuyan la vileza de un traidor. No, no, no, señor. El
bocado que llevéis a vuestra boca es el fruto del arado de Marte, vuestro
apetito no ha usurpado los prodigios de Ceres, por eso no os instigué nunca.
Fue Drances, mi señor… Fue Drances quien
compitió con las llamas de mi espejo, usurpando la luz de ellas, las rebasó en
la sombría premura. Ningún toro blanco
dejó a vuestro porvenir, sólo los animales de vuestro mal sueño, para cuyo
sacrificio sólo deben nacer los infames. Si blanco es el lomo que deja para
vuestra carga, es para arrear su puntería.
TURNO
¿Qué decís, mujer?
CAMILA (sin parar
un punto, jadeando)
Que el mismo hombre,
cuya voz se enmascaraba en vuestra resonante voz… ay, también con las máscaras
de mis celos, pudo engañarme… Fui llevada por la locura que me imputaron, fui
castigada sin que ningún látigo emulara vuestro desdén. Fui interrogada por el
mismo Drances, que en turnos diferentes (pues os asemejabais a imagen de su
timo) obraba contra vos. A menudo hablaba del nieto… No fue hasta muy tarde que
distinguí, en un bordado de su túnica, la voluta de su voz, la misma que por
separado nos había confundido. Mientras vos, mi señor, partíais al norte, él me
señalaba el mapa de una morada ignominiosa, a la que acaso furtivamente vos me
le habíais sugerido. Creí en el infame… Oh, mi señor, mejor me hubiera dormido
hasta al amanecer, coleccionando sueños raros…
Creí, y por el falso credo perdí mi fe en vos, los celos escoltaron mi
ira hasta al altar… ay, cuanto infortunio sobrevino. El me dio un paño para que
mis lágrimas entintaran la urdimbre con mi sello… y ese paño, con los pétalos
distintivos de su infame túnica, contenía los incesantes recodos que me haría
descubrir su perfidia… Ah, laberinto… Miradlo, aquí lo traje… lo salve entre
mis jirones, como la cruz del bordado que marca el ombligo de una nueva fe…
TURNO (tomando el
pañuelo)
Oh, Leteo, que
vuestros rápido no demoren conmigo. Borrad este perfume que destila mi memoria…
Ay, Drances, tras vuestro renombre, perfumasteis mi nombre con mi propia
vanidad. Miserable, también habéis delatado a mi inocencia… Camila…
CAMILA (delirando)
Ay, Drances, que la
delirante fiebre de un reino atroz os abrase ceñidamente, tan ceñidamente como
se congratulan los monstruos de vuestras pesadillas… que la ruina de vuestra
casa sea el único refugio casero… Muero, ay, muero… señor, perdonadme, que no
os haya instigado. Entre Ceres y Marte la intriga se ha de combatir con púas…
TURNO
Que estos rubores,
cuyos pálidos rescoldos prosperan, aviven vuestra vida…
CAMILA (Cantando
con una voz que se extingue)
¡Adonde una verdad
fácil engorda
La mentira ojival
tallas nos borda!
Así, pues, diligente
costurero,
En el sitio vestisteis
la traición.
Mas los ojales, mis
sepultureros;
Mas alzada aquí,
invicta la porción…
(Muere)
TURNO (absorto)
Habéis venido para,
con vuestro sueño eterno, en vano conmutar el anterior. Pero el verdadero
culpable, que se adelantó a los adversos designios, se rezaga. Ay, mi espada
nunca huye, sólo torna para matar, o moriré, pues, si he de rebajar la pena
común de nuestro insomnio, Camila… Criatura…
(La toma
en brazos y la deposita a la sombra de una vid)
Acá, a la sombra de
una vid, sobre hierba más fresca, rodeada de flores apacibles, dormiréis sin
los monstruos del sol, ni el ocaso ni el alba perturbarán vuestro cenit con su
riña. Tampoco las fiebres de soldados muertos entre los raudales de su sangre
mancharán vuestro túmulo… Miradla, Turno, el espejo nos engaña siempre, pues en
él vemos que dudamos siempre. Ninguna pregunta es cierta pues el porte del
asedio viste la talla de quien inquieta con preguntas… Luego, ¿quién os
responde con vuestras arrugas? ¿Quién os muestra el fuego cuando crepitan
nuestras cenizas? Qué soñasteis, mujer, sino lo que os duerme. Dormís, ahí os
miro, y temo abandonaros otra vez. Temo perpetrar otro infausto incesto a
espaldas de vuestros lazos. ¿Qué ministeriales celos, desconocido por mi celo,
aun con la última chispa de una pesadilla prenderán otra ciudadela amurallada?
(Entra
Voluso azaroso)
VOLUSO
Señor, son breves los
funerales en la guerra, mas en breve plazo conseguisteis un túmulo sin que
enemigos le profanaran. Ahora es justo que tornéis en cólera vuestra
pesadumbre, y así administréis un porvenir glorioso. Debéis apuraros, pues ya
Numa siega la incipiente recluta antes de las espigas, con sorpresa su embajada
cae de los montes, y sus insignias no promedian términos entre un grito y otro.
TURNO (Se levanta)
Tomad vuestra espada,
general… El consenso de tantos malos augurios, que acaso disputan puesto en un senado,
tiene que dejar la tierra sin ley… en ella regirá el despecho nuestro. Matad,
matad, Voluso… En el desastre, matad…
VOLUSO
A cargar pues, que los
moribundos refrescarán la lid de su rey…
TURNO
Matad…
(Oscurece)
Escena 4
(En el
valle: heridos que agonizan y muertos en moribundas poses. Cora con un mínimo
de sus soldados. La escaramuza Palante la
decide rápido)
PALANTE (a sus
tropas)
No matéis al
principal, que sois de en un orden el matador de otros muy parecido a vosotros
mismos. Dejádmelo que yo lo inmole, sin que se tenga que sacrificar el mismo.
Vuestras armas serán mías, Cora…
CORA (arengando)
No sois hombres de
labranza, y habéis aniquilado a quienes os hubiera tributado vuestra hambre…
Matáis por gula, moriréis hambrientos.
PALANTE
Callad. Armabais
contra la monarquía, ¿y por no cuajar ventaja ahora sois promedio de vuestras
dudas? ¿No me digáis, insensato, que con vuestra espada ibais a cultivar la
deletérea vid que se serviría en el alcázar? Ciertamente no tenéis la savia del
sosiego, por eso seguís al belicoso Turno. Lo único que aún os cuida es la
mortalidad que más se le antoja a mi espada.
CORA
Palante, en fuga
siempre habéis sido muy adelantado si así me enfrentáis caeréis para mi espada.
PALANTE
Mirad cuántos tocayos vuestros
reposan a la vera de la mía. Ya os llaman…
(Riñen
brevemente)
PALANTE (hiriendo a
Cora)
Aunque por vuestro
apodo.
CORA
Ah, dioses, que me
habéis llamado para la guerra… ahora inclináis el nombre que troncha mi
servicio en campo anónimo.
(Cae
Cora. Entra Numa)
NUMA
Palante, ya no le
quedan huestes en el altar de su infortunio… Mirad, que allí baja…
PALANTE
Con tan exigua
fiereza, parece que las huellas le persiguen.
NUMA
No juzguéis la ruina
de una espada hasta que de cerca la venzáis. Mirad que, aunque Turno no puede
multiplicar un ardid con sus escoltas, quiere ganaros vuestra admiración… Y si
en tal gana, os vence.
PALANTE
Igual es como si
ganara con la efigie que habrá de acuñarse en vuestro nombre.
NUMA (Arengando)
Ved al hombre que a
tientas busca vuestros ojos…
(Oscurece)
Escena 5
(Entran
Voluso y Turno en un extremo de la escena, una breve escaramuza; la fiereza de
Turno y su general anulan la primera carga de Numa)
VOLUSO
Señor, con tal
fiereza, ¿y nadie se nos une? Son leales a la cobardía; en ella no los hieren,
sino los condecoran…
TURNO
Callaos, Voluso… Id
contra Palante, si vuestra carga no desmaya contra tanto hierro, él se
desmayará a vuestros pies; con la muerte de los jefes la turba se decide. Duro,
Voluso. Ya sin la imaginación de la esperanza, ningún mal augurio podemos
temer.
(Voluso
emprende la acometida, mas a mitad del escenario Cora, moribundo, de un tajo le
hiere)
CORA
Vos, gemelo mío, si
sois digno de ser mi tocayo…
VOLUSO
Ay, vos, Cora… me
herís para matarme…
(Palante
revierte el pánico y entra en el otro extremo del tablado, anulando las huestes
de Voluso)
TURNO (a viva voz)
Ay, insensato, ¿no
contabais que vuestros generales dormían en el mismo sueño?
(Los
soldados entran en pánico y se evaden, otros se vuelven al bando contrario)
Decidme, ¿qué sueño,
con sus giros de fratricidas augurios, no tenía por común dormir? Ay, General,
de cierto que el mosaico que ciegos uníamos lucía mejor inconcluso, cuando
menos había la esperanza de no terminar…
(Entre
Numa resueltamente, Palante lo secunda. Los soldados de Turno)
NUMA (aparte)
Palante, una derrota
intermedia no mengua mi ventaja.
PALANTE
Mirad, aquí lo tenéis,
mi rey…
NUMA
Dejadme con él,
Palante… Al fin os doy caza, usurpador. Lástima que no os haya de juntar con
vuestra presa… ¿Supisteis que la azotan por ser la concubina?
TURNO (blandiendo
la espada)
Venid, muchacho. Ya el
blanco día contó mis horas hasta el luto, antes el blanco que presentéis lo
tornaré rojo… Vos, solo… contra mí.
(Turno
se abalanza contra Numa. Riñen ferozmente hasta que Turno pierde la espada)
NUMA
Según cuentan mis
maestros, nacisteis de un difunto, y con el
mismo hierro os sacaron vivo…
(En vano
turno trata de recuperar la espada, Numa la aparta con la suya)
Aunque desde temprano
nunca tuvisteis rezagado de la espada, ahora llegáis tarde a la espada. No
tendréis sino el candente sello que otro ombligo os apresure y por previa la
preñez que os prolongue un túmulo…
TURNO (aparte)
Oh, al fin me
cazasteis destino, al fin me acorraláis con vuestra ceremonia. Ya enviudaréis,
Camila, cuando me veáis otra vez en vuestros lazos…
NUMA (acercándose)
Ningún embajador puede
demorar este término. A ninguno he confiado el promedio de mi rabia. Es por
fuerza de mi espada que me abro paso. Vuestra espada sólo os sirvió para tentar
el camino de la ruina vuestra, la tronché a la sazón de ser vuestro báculo.
Huid, pero vuestra cojera renqueará hasta un sitio infame.
TURNO
Soy hombre de espada.
No aparto mi carne de quien me venció. Los dioses os han premiado por primera
vez, muchacho, pero la primera no será la última y la última será también el
castigo. La incertidumbre finalmente os reprimirá con todo su orgullo.
(Mirando
al vasto cielo)
Ah, nada dejo que
pueda indemnizarme; ni el mismo apodo que me impongan mis enemigos me aludirá
en la posteridad más infame. Ah, dioses, a vosotros no consagro mi muerte, sino
a la rivalidad de mi origen, pues de ella también deriva mi desgracia, y aun
por ella moriré sin hallar sacrificio que me salve de mis garras…
NUMA
Callaos, hombre.
Habláis mucho, ya sois político de vuestra postrer nulidad. Ay, Turno, llegó el
turno que temíais; sólo esta vez seré quien os mate. Tres veces os he llamado;
contestaréis en el infierno.
TURNO
Vuestro turno será
sólo para vos…
(Numa lo
decapita)
NUMA
No moraréis en el
adusto alcázar, sino en el incierto fango, de esa conjunción fuisteis hecho, a
ella tornaréis.[9]
Palante, reunid nuestros hombres. Ah, mi querido Palante, haber conjurado a un
usurpador en rebeldía, me ganará el favor del senado. Lo demás lo ganaré sin
siquiera su socorro. Una alegría sobrecoge mi ambición. Como sabéis, mi abuelo,
esclavo de su decrepitud, ya no puede atestiguar los hechos más vivaces. Así
que son otros para los cuales intimo el testimonio. Incluso sin precedentes que
me auspicien, el senado me elegirá interregno. Y creo que yo me elegiré según
mi credo. Venid conmigo. Venid, sois de mi séquito. Marchemos, pues, y traed la
cabeza en una estaca.
PALANTE
¡Sea!
NUMA (aparte)
Laureles que como
espadas defenderán mi suerte.
FIN
DE “EL
SENADO”
Se
terminó de imprimir en el mes de agosto del 2006, a riesgo del autor. Si
encontráis rimas hostiles, redundancias ociosas, incoherentes desinencias y
concordancias sin cordura que la liguen a su tono, además de un proclive
etcétera más profuso que prolijo, es justo que cotejéis el inventario a la
pereza de no reparar cuanto llevó 21 días colegir.
[1] Especie de langosta terrestre, de tamaño superlativo a lo común.
[2] Divinidad concedida.
[3] Todos los trances fluviales (remansos y ríos) del Infierno
grecolatino. Aqueronte, Cocito, Estige, Leteo, Flegetonte, etc.
[4] Difícil, escabrosa.
[5] Se refiere al Monte Ida de
Creta. lugar donde nació Júpiter.
[6] Aquí la dualidad de Júpiter troca en el trastorno de Drances. El
Monte Ida de Creta, donde se crío Júpiter a espaldas de Saturno, se confunde
con el Monte Ida cerca de Troya, donde el mismo Júpiter llevó a Ganímedes tras
haberlo raptado. El vino que Ganímedes escancia, como copero del Olimpo, turba a
este raptor (Curia y Olimpo).
[7] Como Telémaco, hijo del
urdidor del caballo, el linaje se oculta en el vientre del ingenio.
[8] Mientras los hombres, en el
seno del caballo, esperaban su punto, Helena, imitando las voces de sus
esposas, llamó por ellos: cada nombre del ardid instaba, por fuerza de la
ansiedad, una delación en vano.
[9] Corolario de todas las referencias bíblicas.

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