domingo, 29 de junio de 2014

MONÓLOGOS



EL REY (presentándose)
Soy el primer bufón de la corte, rey, y está bien que yo lo advierta antes que un impostor se me adelante por nervio insensible de su astucia… Permitidme, pues, mis líneas.
(Se inflama, recita solemne, impávido.)
Así, como un árbol sin ramas que lo hereden, he de contar aquí, entre árboles marchitos, como llevé los jirones de mi desnudez, que eran apenas un entrevero de nudos. Días fueron aquellos en que él me susurraba al oído, mientras crecían las flores… Sus palabras ruborizaron mi silencio. Y en tanto callé, la vergüenza usurpó el testimonio de mi felicidad. Estando la sombra de nuestro goce a la intemperie, fue devorada la lumbre que alcé en mi alegre cirio, devorada lo más como un inoportuno mendrugo entre el banquete y la voracidad que nos acechaba. El blando trono de mi luz se derretía lentamente, entre ráfagas de oscuros retoños… Él se fue lejos con una promesa en esos labios que siempre besé sin contradecir. Partió; y yo, prometida a ÉL, juré a su promesa la beatitud de mi lealtad. Prometida a él, era yo misma la prenda de lo prometido… Durante edades marché al dintel pendiente en lo alto de una puerta, cuya osamenta hincó un par de rodillas en las dudas que mis ojos anhelaron… Lo esperé bajo las jorobas de un sol inflexible y duradero. Lo esperé bajo las sombras que batían pesadamente alfombras mojadas en Persia; ¿y qué vino a ser lo que por pródigo me daba, si no era la órbita de una arruga que midió su horario en señal terminante, acaso una vasta mejilla en cuya simplicidad ni la plenitud de mis lágrimas halló atajo alguno?
(Toma una margarita del suelo y la deshoja lentamente)
— ¿Habéis visto golondrinas caminar por las ramas del viento, es pereza su furia en el aire, o sus patas son tan cortas como vuestros besos y sus alas alegres como mis pasados días?—
(Suelta el tallo. Los ministros contienen sus risas, el rey con una mirada los reprende)
Desde entonces no supe mucho de él. Al ras de otros hombres, la guerra lo rodeó de armas y peligros. Y la sangre, dilapidada sobre el polvo, lo ligó a otros hombres incubados al ras de la muerte. (Oh, no lo vería jamás.) Cuando sus oraciones se orientaban a la fe incierta de un follaje prismático y redundante, cuando un golpe terrible lo sobrecogió y lo derribó de sus últimas huellas, y se hundió en oraciones subterráneas, hacia sótanos llenos de oscuros mordiscos… Entonces, yo, postrada sobre la hierba, rodeé mis rodillas con mis brazos. Hincada como estuve dolorosamente sobre mi frente, lloré; y el sueño, fuera de toda esperanza concebida entre la fiebre de mi pena, sepultó a los nidos de mis párpados, pero en vuelo desigual los dos habían partido como un mezquino pájaro de un mundo lujoso. Fue vigilia, entonces, la que dio vigor a mis alas dormidas de una vez y para siempre. Fueron los distantes aleteos de mis párpados cuanto no daba reposo a mi carne ya demolida por la desesperación… Concluyó la guerra y los hijos de la guerra volvieron a la campiña, y los desheredados de la guerra quedaron sepultados en campos de batalla. Pensamientos sombríos se jugaba la túnica de mi clarividencia, y el campo era el compás de un cielo inexorable cuyas sombras ya habían transigido con mi sueño o con mi suerte. Erré por los montes según el vigor de mi juventud, o según el vigor de mi dolor. Los días se tornaron en luto, antes del ocaso y antes de vestirme; y el alba siempre precedía a mi fatiga. Tantas veces amanecí como el rocío, excepcional en cada una de mis partes; dispersa como el rocío, húmeda como el rocío, postrada sobre la hierba como el rocío, entre las lágrimas de una tempestad que me anegaría. Hundí mis manos en la tierra, por debajo del rocío, acaso en busca de un pez frágil. No había indicios que me orientaran en aquella tierra vasta y hasta su fondo impenetrable. Así, impelida por el ahogo que desde muy dentro rezumaba, partí lejos. Partí al orden que distribuían espejos enmarcados en pesadas volutas de madera. Lejos de la campiña: donde otras guerras acaban con los contendientes antes de que regios sepulcros se edifiquen sobre sus virtudes militares. El viaje fue corto, tal suele ser el sueño a punto de un espasmo. Atrás no quedaba más que la hierba y una noticia fúnebre; conmigo venía todo lo que me hería, conmigo venía lo que punzaba alfileres de un sastre muerto en memoria de sus puntas. De aquel mundo nuevo, que vaporosamente fue revelándose, imité una dignidad que nunca fue distintiva en mí. Traduje el orgullo de muchos necios y me sustraje al lujo de unos pocos. Amanecí en lechos perfumados, sobre los que un malestar, embrión de cuchillos deformes, se cebaba en busca de sus vientres. Me entregué al gozo ajeno sin que siquiera de él una risa atenuara mi máscara de gozo. Corregí mi sonrisa imperturbable hasta el punto de que ningún espejo me conmovía; y cierta frialdad premeditada endurecía mi parte en la sobremesa…  Nada evitó los dardos de mi mal, que era la señal de un sufrimiento anterior a la corrupción. Mi rostro fue envejeciendo: tantas arrugas cicatrizaban heridas incurables; tantas cicatrices en vano amordazaron las flores que de mi dolor brotaban. ¡Ya la muerte, susurrándome al oído, me prometía un traje! Y sin estar lejos yo de aquel porte encorvado y ceniciento, envejecí en pos de otras larguezas que ni así podían recortar a mi memoria. Me rehíce desde la forma que conseguí hacerme, y los desvelos me azoraban hasta en mis pesadillas. En aquel lugar, cierto día de cierta noche, fui acusada por enemigos jactanciosos; acorralada entre las objeciones de quienes revolotean sólo por vigor de sus vanidades. De las hilachas de mis vicios, fui arrastrada al final de una galería ajena, durante el apuro de un juicio dudoso. Al margen de cualquier ceremonia, fui expulsada de aquellos esplendores. Y sin reliquias que tintinearan como antes, sacudí mi único cencerro de oropel ya embotado por la herrumbre. Había sido echada de la piedra, cuyas maculas ostentan condecoraciones de otras sangres. Había sido echada antes de la consumación, casi herida mortalmente. Entonces, a pesar de mi fatiga, marché hacia un lugar impreciso para la memoria de aquellos verdugos. Marché hacia un lugar preservado por mis recuerdos. Decididamente regresé a la hierba que durante tantas y amargas oportunidades sostuvo mi sombra, mis pies, mi rostro, mis rodillas, mi llanto, mis manos que desesperadamente la segaban. Despojada de atavíos e hipocresías, me tendí sobre aquel lecho que el dolor dispuso ante mí… ¡Oh, como la muerte dispuso un lecho profundo para mi amado! Nada en la campiña cambió con mi ausencia: aún las viudas lloraban a sus esposos sobre un lecho reciente, y aún los hijos de aquellos hombres crecían entre juegos de guerra, madurados por el rigor de azotes tan postizos como las dentaduras de sus ruinosas encías. Nada en mí era igual entonces. Me sentía huésped de mi profanación. La gente, como las espinas, brotaba entre las piedras, y con la dureza de cada golpe condenaron lo que tantas fiebres ya habían consumido. El vicio socorrió mi silencio, me separó del perdón impuesto por otros a quienes poco les incumbía. Una noche, como aquella en que partí hacia un mundo extraño, el vino me introdujo a exquisitos cortinajes, hacia una alcoba que yo había prefigurado entre pretiles y vacíos, pero mis párpados de súbito se posaron como un mezquino pájaro venido de un mundo lujoso. Y así como mis párpados, y no los sueños, la vigilia hirió mis ojos al despertar. Y así como mis ojos, mi piel fue herida al despabilar frente a la condena inmisericorde. ¡Oh, bajo la sombra de manos que me desconocían, fui consagrada otra vez a la inquina! La dureza del mundo fue desmigajada sobre mí, o de las garras de mis párpados caí hacia un mundo malvado, que maldecía mi desgracia y aun el fondo de mi caída. Ya libre del sopor del vino, lejos del diligente tribunal, uní, por un deber melancólico, aquel póstumo rosario sobre el cual rodé, o con cuya cifra casi me lapidaba otros pecadores: ay, piedras, piedras de la que sólo por milagro salen mendrugos que descalabren al hambriento, piedras roídas por atajos de insectos y maleza. ¡Piedras!
(Da un paso al frente)
¡Qué enajenada certidumbre al margen de mis descalzos pies! ¡Qué secreto en ruinas mamposteado temblorosamente! A no pocas esperanzas se reducen nuestras dudas, cuando las cuentas de un túmulo se reúnen por fin. ¡Oh, la mitad del mundo está enterrada; la otra es tierra en comunión con la muerte! Las piedras elementales eran invocadas por mí, en aquella hora fragmentaria. Oh. Era la lápida del hombre predicho por la promesa incumplida y por el dolor de mi juramento. Sólo su muerte indemnizaba a los otros muertos; sólo sus perpetraciones eran conjuradas con tal recuerdo adverso. No hubo llanto para santificar aquella perplejidad; mis ojos estaban abiertos como si nunca hubieran soñado… Y yo, desnuda, invencible sobre las señas de aquel acertijo, enrojecía grietas con el rastro de mi débil sangre, reclinando mi cabeza hacia el regazo del vacío. A despecho de ciertas letras, que habían huido de la sentencia ignominiosa, se podía descifrar el epitafio, otrora izado sobre un vergonzoso montículo. Ah, lápida exangüe, ya lejos de aquel promontorio, desmigajada en el matorral, apenas armadas sus fracciones mínimas por mis manos temblorosas y ensangrentadas:
¡Adonde una verdad fácil engorda
La asaz mentira tallas nos borda!


¡Oh, la mitad del mundo está enterrada; la otra es tierra en comunión con la muerte!


Vale

 

 

MONARQUÍAS

Tres Tragedias

 

 

 

 

Primera Edición

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Sin título-2

EX LIBRIS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MONARQUÍAS (Tres Tragedias)

 © Vale, 2006.

Edición de Vale

Depósito Legal lf05120068002944

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HEBÉN

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Junio, 2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DRAMATIS PERSONAE

                                                                              

 

Godofredo (Vasallo insurrecto)

Violeta (Cautiva)

Alfredo (Heredero del vasallo)

Flora (criada principal del vasallo)

Guillermo (el señor del feudo)

Cleofás (el vasallo cómplice)

Quirima  (la bruja)

Bonifacio

Efrén                 (criados de Godofredo)

Eliseo

Comensales    (otros vasallos)

Demás criados

Heraldos

 

Prólogo

Promedia en la tierra el derecho de usurpar a un tirano, justo cuando ya el rigor de sus prevenciones le atosiga como la sed. Precisamente el segundo en esa disputa dilucida los preliminares de la conjura en el devenir de otros desvelos. Pero ese desafío tiene reos principales que transigen o transcurren, ya no sólo por el influjo terrible de una purga sangrienta, sino más bien por el verdadero pulso de la sangre que se derrama en muchos recodos. El principal, aún en su solio, segado por la profecía de una bruja, sin saberlo se impacienta en las vueltas de la confabulación; así demora su esgrima una y otra vez, que si se apura malamente puede embotarse antes incluso de desenvainar. Ya siéndole parcial lo futuro en sus jornadas venturosas, declina el juramento ante la prisa de sus estorbos. Los dos monstruos del paisaje palaciego se acechan; el principal, auxiliado por un adverso espía, se arrellana conforme a su ley y en la excepción procura salvarse; el que anhela cornarse según sus febriles sienes, ya destrona en secreto las esperanzas del rey. Así la casa del vasallo se torna en un crepuscular luto, como la bellota del trance, y las intemperies íntimas las tutelan peores socios. Allí, una joven, raptada por el vasallo, se abre sitio entre las flores marchitas de su cautiverio. Su enconada renuencia es castigada por el tirano. La celadora, a la sazón ya no sólo del deber impuesto sino de un ilusorio derecho de servidumbre, la salvaguarda, y aun por complicidad de su enojoso deber no la descuida. Madura está la tierra, y no los granos del socorro(1), para que el rebelde, con el advenimiento de su sucesor, al fin mude la corona en otro linaje. El heredero, venido de barbarie extranjera, ya parece llevar consigo las medallas del porvenir. Se allega al padre; desanda las huellas infantiles que el desarraigo hundiese hasta el fondo de una primaveral reminiscencia. Antes de volver a ceñir el sello de la intriga y la espada de la guerra, descubre, en el permitido recreo de la vid, a la joven cautiva. Alucinada ella lo condena; y alucinada se deja disuadir del subitáneo amor del extranjero. Mas, guardándose de ojos de vinagre, lo despacha mientras tiernamente le apoda el prestigio de su tal anonimato. Lo cita a un día en que lo vea más allá de prorrogar esa vidente virtud que la esperanza. La cuidadora advierte en el incesto la ocasión de eliminar a su señor con un ardid parricida, y con entusiasmada ignorancia la criatura la secunda en ello. Se pacta una cena en que los más de quienes tributan al rey concurran en afiliación de sus honores. El usurpador allí preside la vela que todo lo vela. Los platos se distribuyen en el tablón de suertes numeradas en sus estampas, y el vino pernicioso se escancia en las copas de todos los comensales. Mas el veneno lo apura el mismo insospechado parricida, pues en vano espera ver caer al raptor, y sus rodillas doblan para otra fe que ya es perjura de su antiguo afecto. Sale y desfallece sin mostrarle al padre la mortal efigie de su arenga. La celadora lo descubre en el espinoso lecho de quien timado maldice su burlador entre fiebres. Lo socorre en vano. Con el ardor de su remordimiento va por la amante, cuya pena eleva las lamentaciones. Entonces la criada, desvastada por los reproches de su criatura, resuelve ir en pos de la malicia y el truco. Busca la bruja que el rey ya busca. Pacta con ella la cura que ya el rey se persuade de conseguir para sus fiebres, y en la horrible coincidencia de esa luna, la bruja resuelve su venganza, la de conjurar la estirpe de un rey. Así, como la revuelta de un padre desasistido por el hijo, se precipita todo lo funesto; el rey se extravía antes que corroborar las ruinas de su reino, y hasta la complicidad de un parricida es sentenciada adversamente. La viuda enfrenta al tirano, encinta busca atarle, pero es cortada al sesgo de la urgencia. En sangre recae el cielo, y entre los esplendores de ese mundo reciente el nuevo monarca, apenas por el tumulto coronado, cata su uva hebén en la desilusión de un criminal incesto que tanto le deshereda.



A   C   T   O        I

 

Escena 1

 

(Estancia de Guillermo)

CLEOFÁS

Mi señor, qué tanto no lo fuere bastante poco si por decirse algo de vuestro súbdito algo se dijera. En la última vendimia, fue entonces la última uva la que redondeó cabalmente lo que por pródigo era apenas lo exacto. Si yo, al crepúsculo de la savia detenida, taso el vino que en mi boca discurriera, nada vería doble que no sea la nada de dos caras: dos efigies de un círculo que nada a la sazón de su brindis calcula, aunque con igual doblez tintinea. Pero como sabéis, se compra y se vende con mejor trato ahorrándose uno, eso sí en una opulenta alcancía, la arenga de encarar esos perfiles. En tiempos tal vez austeros, no hay que gastar de tan precavida hacienda. Pero si lo doble duplica su amenaza mientras al espejo se atavía, pues contra lo hipócrita de su arco, ya que aún no por duplicidad del antídoto, entonces debéis preveniros, pues sospechado es que si nada muestra su flagrancia en contra de vos, es porque tampoco está del lado vuestro, y así de nada la ubicuidad con que transige.

GUILLERMO

Luego en otro lado conspira mi vasallo, y a favor de una suerte impar.

CLEOFÁS (saca una moneda)

Señor, si queréis con apenas echar una volada. Este redondel es antiguo, y su centro, como el de todos los de su especie, es el corazón de una extinta autoridad. Ah, con él ahora nadie compraría un cascarón huero. Mirad como sus dos rases, ya el doble y veraz retrato de ninguna figura, aun por la historia de sus días se le puede mellar. Dejemos, pues, que nos confirme su oratoria de remoto César.

GUILLERMO

Callaos, insensato. ¡Qué esas plumas escriban su propio testamento! Cual Ícaro no os empluméis con el luto de otra estación, pues un enlutado astro os derretirá hasta la blanda cera en donde ya acuñáis el sello de vuestra incuria. Y como insistáis con la rapacidad de un mal albur, os hundiréis en el fondo de esa corrupta dieta, y una indigestión muy dentro de vuestro piadoso ayuno será el único recreo del infierno.

(Volviéndose otra vez animosamente, desenvaina la espada.)

Tanto más verídica se convierte en carne mi amenaza, que el metal de hoy os truncaría en el mismo sito donde mañana caigáis por tentación, y ni que vuestra cojera en su trajín se esfuerce mucho hallaréis otro reposo que no sea la misma resurrección de la misma muerte. He aquí la vara con que mido lo que amputo, según un simbólico tajo que completa mi destajo. (1)

CLEOFÁS (guardando la moneda)

Calmaos, majestad.

GUILLERMO (ciñe espada)

Entonces no me perturbéis, pues aun enceguecido por el furor de una estocada tanteo el blanco que me irrita.

CLEOFÁS

Mi respetuoso consejo es que no os apoyéis mucho en ella, que también para la mayoría de quienes las blanden por pudor ha sido su enclenque báculo. ¿Cuántos cojos rezagados alcanzarían vuestras prisas triunfales para advertiros que la adversidad de las ventajas no abre ni las puertas que  se cierren?

GUILLERMO

¿Qué decís, bellaco?

CLEOFÁS 

Que a veces es propicio un paño de lágrimas como la vaina de un filo belicoso, e incluso lo primero siempre es mejor si la variedad es la paciencia. Porque sucediendo que con desenvainar una espada un trecho hace el compás, otro alcance se consigue con desenvainar, ante la vista de muchos, el rocío de un mal de ojo. ¿Cuánto no se puede por grados infinitos de ardides conquistar a razón de esas dos rentas?

GUILLERMO

¿Qué queréis decir, hombre, que os mate con mi espada, y luego la entinte en vuestro llanto, acaso para sentenciar lo que dejáis a vuestra viuda?

CLEOFÁS

Obligadme a no reñir con vos, pero si mi servidumbre aún os combate yo cambio partido hasta complacer vuestros excesos. Revisad lo que os digo: él os combate debajo de su piel expuesta, pero aún no podéis acusar un desacato a traza de su porte; ni uno al que tengáis que castigar con el rigor de vuestras dudas. Exigidle, más bien, que sus tributos justifiquen la legitimidad de vuestro sueño…

GUILLERMO (aparte)

O la salvación de mis pesadillas.

CLEOFÁS

Exigidle que cosechas fuera del fruto colmen el estío. Ganaos el voto general de que sus retrasos y reticencias ya os mueven a imponer vuestro derecho, tan parcial como indiscutible. Irritadlo con comparecencias y desplantes tan minuciosos como la maduración del trigo. Con las espigas de su mismo trigal, intrigad entre sus pares. Sé que está por venir su heredero: me cuentan que sus ignominiosas aventuras de andariego jinete bien lo pueden hacer apear un poco más adelante, donde le suba de una encina. Dejad, pues, que la servidumbre demore en la maledicencia de esas andanzas. Que en danzas la chusma se divierta con ese tema; la envidia de su prójimo serán, y éste, por despecho, en rubor de su otra mejilla ofrecerá el cebo de un chisme más aumentado.

GUILLERMO

Se me figura que con esa retahíla promediáis vuestro consejo. Con mucho habéis dicho bien; lo que es de una gran utilidad para alguien cuyas únicas virtudes provienen de su servidumbre.

CLEOFÁS

Mis vicios no tienen que importunar sino mi sueño, señor.

GUILLERMO

Aunque también podrían avenirse. Así que despertaos, para que comparezcáis con sus tesoros a tributar mis desvelos.

CLEOFÁS

Sin importunaros, naturalmente.

GUILLERMO

Tanto por importunar a otro madrugador. Ya he de advertiros que os conviene que la procedencia de vuestro consejo instruya su ley allá bajo; y qué mejor disciplina debéis a vuestras cualidades que la bajeza vuestra, así ningún punto os difamará por cederlo a otros. Sí, que los vigores subalternos compitan en virtud de sus audacias. Además, desigual será la lucha, si según mi derecho me inclino a encarnar de vuestra servidumbre mi rol, ¿no lo creéis, mi fiel Cleofás?

CLEOFÁS

Y mi fe me mueve a cumpliros en peregrinación…

GUILLERMO

Partid, pues.

CLEOFÁS

Ya sabrá Godofredo lo que ha de saber de su hijo.

(Sale Cleofás)

GUILLERMO

Que las joyas, a mi frente ceñidas, ya van al frente, y si no me apuro se rezagan mis ansias y la fiebre anticipa sitio en mi glorioso ornato.

(Se sienta en el solio, mira en derredor, abrumado)

Pero mirad entorno a vos, ¿no estáis sentado donde se os figura que os sentaría? Sí, ya he llegado al punto, tal lo predijera la mujer. Veo que los muros me asedian; se estrechan mis dudas, tal en trance la bruja…

(Se levanta, desafiante)

Este punto no será mi fin, sino apenas la puntual alba de un longevo devenir, y aun crepusculares son las mieles que endulcen mi naciente dicha…

(Oscurece)

 

Escena 2

 

(En una estancia de Godofredo)

GODOFREDO

Con el cerco que preciso ya os cerco, y tan cerca de vos llevo la cerca que cuando despertéis sólo saltaréis a vuestra pesadilla. Qué sobresalto, entonces, de un salto como ése. Porque lo que no sabéis es que mientras siembre de más, según así me lo imponen vuestros términos y acritudes, los arraigos seguirán ahogando vuestra muerte. Guillermo, Guillermo, apenas un súbdito con corona sois. Mi rigor no destronará vuestro porvenir, pero mis serviles os trocarán las alhajas por sus escupitajos; con tal pedrería, opaca y blanda, regiréis, constipado, entre las pestilencias de los otros ausentes.

(Entra Flora)

FLORA

Señor, perdonadme que irrumpa así. Pero mirad en mí la urgencia de una criatura que os suplica misericordia.

GODOFREDO

¿Y vos habláis por su condición? ¿Tan mal está que con maldad o malicia adelanta una embajada distinta, puesto que subalterna?

FLORA

Porque calla es que su silencio en vano me ha disuadido de no interceder. Soy locuaz, como mucho sabéis señor, y no pocos pecados ajenos espío por mis profusos mensajes. Castigos a cuya misma virtud se me impone enaltecer con mis prédicas; pues acaso detrás de una servidumbre, que nunca os lleva la contraria, os acato siempre. Castigadme, entonces, si incluso mis dolores han proferido palabras de más, y en cambio no callan como la apretada cicatriz que salve a mi niña.

GODOFREDO

Entonces, ¿algo la hiere? ¿Las flores de las que ella es devota? Mirad que sus pétalos son fragantes, pero los espinosos serpentines son los que encumbran la fragancia destilada.

FLORA

No son las flores cuanto la hiere, señor. Más bien el perfume, entre las espinas, es un rito al que ella ha dado un nombre providencial. Todas las mañanas se ciñe una guirnalda de flores silvestres, que con dulzura cedieron a mis atajos; las corto en manojos que en distintas cuentas llevo a su alcoba. Si bien ya no son tan laboriosas sus manecitas, pálidas en una urdimbre de malestares, se me figura que con discreción orna su sepulcro. Su frugal ayuno, su desnudez sumergida en las aguas más desnudas… Ay, todo, señor, vacía mis ojos para rebasar mi llanto. Como una flor se llama, como una flor se nos marchita nuestra adorable y pálida Violeta. Os suplico que conmutéis el cautiverio, oscuro y húmedo, por los apacibles días de la vid. Os suplico que le dejéis cuidar las flores del viñedo que ya en doquier se descarrían.

GODOFREDO

La rapté de una estancia inmunda, la sustraje de padres crueles que le instigaban con las espinas que ahora ella, contraria a mi favor, tributa. La traje aquí. Le concedí de antemano una gracia en mi hogar, rodeándola de vuestros cuidados. La quise para mí lecho, y por ello me apeé de la rudeza con que la fuerza de mi brazo la trajo en volandas, acaso para ganarme el favor de su femenil reproche. Pacientemente visteis que le di sitio a mi mesa. Sus huraños hábitos, y la ingratitud de otros modales fingidos por añadidura, colmaron la espera de mi brindis. Muchas gotas aumentaban el sudor de mi ira, y por no rebosar un puño tampoco contuve mis lágrimas. Aunque le mejoré su estrella y le obligué a un porvenir feliz, ay, procedió contrariamente; por eso le castigo.

FLORA

Ella ha venido de un lugar duro, no le confinéis en la dureza de esa alcoba. Sus tiernas mejillas no se hicieron tiernas para el pedernal. Tampoco es el odio lo que las abrasa así, es ese invierno de que no venga la primavera el que lo hace, dejándole a la sombra de su sombra, mientras sólo teje capullos que afuera quizá despuntan. Vegetar bajo una fuerza que no es la vuestra, con los rayos del avaro sol tasados en crepúsculos, le hace cavar al ras de malas raíces. De ese modo, qué diera su dulzor si no es la promesa de un fruto adverso. Al confinarla así, os cerráis vos mismo al entendimiento, y la obligáis a ella que coma del carnoso mal, de cierto con la misma fruición con que Eva mordió la manzana de su amante.

GODOFREDO

¿Osáis blasfemar en mis jardines, mujer? Bien heredera sois de vuestro ejemplo… ¿o sois la serpiente que instiga a Violeta?

FLORA

No, mi señor. En cambio soy una penitente que os ruega compasión. Dejad que la niña adecue sus larguezas. Entre los recodos del viñedo, hallará las horas por cuyo paso se mejore prontamente.

GODOFREDO

Justo es advertiros de su ingratitud, pues dejadla al sol parece ser otra condena que le broncearía a la luz de su desdén. La muchacha es terca, como quizá habéis alentado vos misma. Sin embargo, tenéis razón en que el recreo de unas horas de intemperie le demuestre que un cielo es el atajo para un techo venturoso. Su fe, que aun por no cumplirse la desespera, necesitará ensayar en cada escala lo que mi generosidad abrigue. Tendrá cuanto le engalane, si sonríe al lado de mis títulos.

FLORA

¿Entonces le dejáis que salga al viñedo, señor? Allí, una barraca ha de guarecer su reposo al ras de mi vigilante orilla. Ya veréis que mejor le sentará el semblante. El follaje sombrío de su mente se atenuará y sus cuidados trocarán tales tallos por las flores de su nuevo arraigo.

GODOFREDO (a distancia)

Así que está enloqueciendo, ¿verdad?

FLORA

No, señor. Sólo que no es de cuerdo acorralar su cordura.

GODOFREDO

Qué cuerda afináis cuando vuestra servidumbre desentona, anciana. Iros, pues. Cuidadla mientras ella cuide de las flores. Mirad que se llama Violeta.

FLORA (hace una reverencia)

Señor.

(Sale)

GODOFREDO

Qué tormentoso tesoro puedo salvar de mis botines.

(Entra Bonifacio)

 

Escena 3

 

BONIFACIO

Señor, comparezco al punto. Inmóvil frente a vos ya anticipo la noticia que me guiara durante todo el camino.

GODOFREDO (secamente)

Hablad. Hablad pronto.

BONIFACIO (atropellando las palabras)

El rey Guillermo os obliga a que suméis a lo que ya despuntó; y ni siquiera otra demanda compensa sus excesos de exigiros un trigal inexistente para el tiempo ordinario; y nada más a vos exige una desproporción así.

GODOFREDO

Le daremos su medida, Bonifacio, pues ya me figuro la conveniente forma. Si os preguntaréis cómo puede sumarse más, si el último grano que cae brota en pos de su sola cuenta… pues os digo que ya apuré en el surco aquel cauce germinal conforme tanto se me obliga.

BONIFACIO

Señor, es raro que el estío dé una mejor espiga de cuantas ahora doran los campos.

GODOFREDO

Fue a mediodía tiempo de labranza, antes la aurora me agobió, mas el crepúsculo es para regocijo de quien lucha en el retumbo de su paz.

(Aparte)

Si, ya veré despuntar las espigas de mis huestes.

BONIFACIO

¿Qué hacemos por de pronto, señor, llevar lo del día mientras preparáis los reclamos de la próxima asamblea?

GODOFREDO

Quedaos aquí. En un rato llegarán vuestros pares, que vuestra impaciencia no sume una cuenta impar.

BONIFACIO

¿Y qué hacer con ellos, puesto que son mis pares que a nones juegan?

GODOFREDO

Por de pronto, completar cierta servidumbre, eso os nivela a vuestra pregunta. Entonces, en razón del conjunto, obrar sin que nada os retrase, sin distraeros en nada. Llevaréis la porción a la que tenemos derecho.

BONIFACIO

¿La que se debe, señor?

GODOFREDO

A la que tenemos derecho, bellaco.

BONIFACIO

Bien, señor, pero un derecho, así de derechito como se nos impone, sí que nos torcería el lomo.

GODOFREDO

Si no os alivia el ir erguido en pos de un derecho venidero, qué tanto os puede alentar la joroba del deber.

BONIFACIO

Ciertamente que no os entiendo. Pero se me figura que las razones incomprensibles me hacen clarividente. No sé, es verdad,  si así se puede perder los ojos; ya veis, señor, que no faltan púas cuando los ojos son tan perspicaces.

GODOFREDO

Dejad de deliberar cuestiones que no le incumben a la raza de la que procedéis. Quedaos acá, es vuestro deber no llevar la contraria a los derechos que en una recta imperturbable os apremian siempre. Si gustáis que el deber os hostigue, pues ciertamente mi orden os irá espoleando de continuo.

BONIFACIO

Entonces, señor, ¿apenas confío el tributo?

GODOFREDO

Ni más; si la fatiga os conmoviese tanto que tuvierais que poner alguna cara, no pongáis la que lleváis puesta. Escuchad lo que se os diga, sed corteses, ya que no aún cortesanos. La sumisión vuestra es el tributo que anticipo para el rey.

(Aparte)

El primer eclipse de su sombra.

(Se acerca a Bonifacio)

Si os pregunta de mi semblante, contestad parca y sosegadamente. Si insiste en que ampliéis vuestra respuesta, obligándoos con la misma desmesura con que exigió al trigal, entonces contestad con los contados granos que no lleváis. Decidle, pues, que cuanto ha pedido, a razón de su impaciencia, en la tierra apura su prosperidad. Decidle que en la próxima cosecha doble serán las espigas que despunten y triple las hoces que las sieguen. Si desea que lo indemnice antes con algún tributo intermedio, decidle que muchos varones ya han madurado como el dorado trigo, y que sus arreboles ya tintinean como el oro. Muchos fueron criados para redondear cualquier falta. Si acepta la recluta, no discutáis con él un cómputo que os lleve a la imprudencia. Sólo escucháis lo que tendréis que repetir acá. Que vuestros compañeros os escolten calladamente, pero si veis que sus bocas, aun en el desborde de una plegaria, profetizan ya una vívida herida en vuestro lomo, entonces cicatrizadles el tajo a ellos con las raras raíces del camino; mejor sería conjurar sus alientos con la promiscuidad de vuestro azar.

BONIFACIO

Mejor sería, señor; me la juego a que sí. Yo, como buen supersticioso, siempre guardo combinaciones en la cruz donde desmaya mi bolsa; hojas que antaño fueron talladas en la piedra ruda, cogollos que adormecen los monstruos de los malos sueños, pétalos que enserian virginidades distraídas y polen que hace estornudar otra vez al empolvado enano, que algo crece como se estire a estornudar…

GODOFREDO

Callaos, antes que os constipéis con tanta vulgaridad. Haced tal he dicho, y lo que no se os figure de mi voz, tened por cierto que ya remacha vuestras cadenas.

(Sale)

BONIFACIO

Qué señor Godofredo más señorial, cualquiera diría que no debe observancia a un superior. Señor real hubiera querido nacer, pero según su plumaje pomposo no es más que un pavo real sin corona, y tan real como fantásticamente se le ve en sus muchos lujos… tal vez se lo coman antes de una atragantada epifanía. Ay, que no completen la cena con mis muslitos…

(Mirándose las piernas)

Viéndolos bien, al lustro de estas calzas, no están ni tan mal formados, y a fe que tampoco me va mal el ir en calzas y sobre estas zapatillas… veo que si no me sirvo de mis muslos, tendré que correr para otra suerte en que mis muslos sean también un lastre… Aunque si las plumas del tirano resaltan, yo seré, al punto que cómplice servil, el comensal más próximo a su partido siniestro, que es donde se come según el hartazgo celebra también su brindis…

(Entran Efrén y Eliseo.)

 

 

Escena 4

 

EFRÉN

Qué hay, Bonifacio. ¿Se nos dice que os escoltemos?

BONIFACIO

La servidumbre es la que debéis escoltar, por lo que dependiente sois de lo que yo, en guía del grupo, soy encomendado.

ELISEO

Duro es que tengamos que sudar sobre la misma tierra que nos sala.

BONIFACIO

Más duro es que con llagadas súplicas ablandéis a quien restaña el látigo. A través de sangrientos jirones sólo se espía un alma sensible; porque imaginaos cuánto tenéis que gemir para tal curiosidad, y cuánto que rogar, cuán doloroso para vos la comunión de esos extremos; tan distante el más allá para que acá mismo donde mueres halagues al verdugo.

EFRÉN

Al menos en un feudo ulterior, en el que señores seremos de nuestro propio tormento, nos aguarda, al fin, la extensión que nos sucede.

ELISEO (amenazante)

Terratenientes, cuando nos tape la tierra… Y ya verán esos siervos el rigor de nuestro báculo.

BONIFACIO

Pero cómo podéis pretender una ley propia, si se os enterrará en donde el señor arruma las cruces de su puntería. ¿A quién regiréis? A quién mengue vuestra hacienda. Luego reinaréis sólo según dure vuestra ruina, justo hasta que os destronen los gusanos.

(Retomando la plática.)

Ahora os contaré hasta otro cero una historia muy especial: según me dijo una tía, un viejecito, a quienes sus parientes le creyeron difunto, se le sepultó bajo una lápida ajena, apenas por debajo de la apresurada ceremonia, que era su único y conmovido y decrépito epitafio. Cuando el hombre despertó de un sueño más intranquilo que lo eterno, escarbó hasta el fondo de su resurrección, que era justo la medida con la que unos haraganes le cubrieron. Cuando al fin se tuvo en pie, a pie cojeó por el atajo que a tientas del bastón harto conocía. Ya en casa, todos los concurrentes al velorio le dieron por aparecido; unos se desmayaron en el corro; la viuda se le figuró que ya lo acompañaba en el otro reino. Antes que insistir en su terrenal marido, con blasfema y codiciosa prisa la pobre viuda reparó en los rostros de los parientes la corona de quien preside el paraíso…

ELISEO

¿Creyó hallarla en alguna ebria coronilla?

BONIFACIO

No, cómo creéis. Tras tanto velar, la pobre mujer más bien se le figuró que aquel apagado velorio era el refulgente infierno, si vierais que hasta le brillaban unos ojos de loca…

(Todos ríen)

ELISEO

Bonifacio, ¿habéis visto alguna vez como vuelve los más olvidados?

BONIFACIO

¿Los más olvidados? De cierto que no los recuerdos. ¿Quiénes son, que los recordáis en memoria vuestra?

ELISEO

Al punto me vencéis, pero os juro que si olvido a mi suegra, mi mujer no se acordará de su parte.

EFRÉN

Accedere naturae partes. (2)

ELISEO

Ella no entendería esa parte que decís; yo tampoco, a fe que no, pero aun con lo poco que sé casi siempre la cojo in fraganti.

EFRÉN

Sine illum priores partes hosce aliquos dies apud me habere. (3)

ELISEO (a Bonifacio)

Hombre, decidle a este pillo que me hable en cristiano, si no quiere que le pille de veras; pues habéis de saber que hasta por yo no saber ni la “o” por lo redondo, con la “x”, y no con un cero, firmo mi amenaza…

(Bonifacio ríe)

EFRÉN

No os ofusquéis, señor. Nada digo contra vos. Dejad a vuestra mujer que sea según su partido: ne expepers partis esset de notris bonis. (4) No os ofendería nunca, ¿acaso no entendéis mi silencio?

ELISEO

Si calláis en latín, pues no. A partes iguales, partes privadas no publican su justicia…

EFRÉN (aparte)

No la cojáis más in fraganti, pues un día la escojo a despecho de tus otras mujeres.

BONIFACIO (quien los había escuchado con atención, riéndose)

Callaos los dos, pues de silencio os vengo a hablar.

(Aparte)

Actoris partes defendere... (5)

ELISEO

Ya que calláis, Efrén, que las veletas de vuestra boca giren sin atinar según vuestros pedos.

BONIFACIO (ya con severidad)

Callaos os dije. Siendo el más gracioso de los tres, ¿tengo que reprimiros?

EFRÉN

Adelante, Bonifacio, que ya de silencio poco que discutir habrá; mejor calladamente escuchemos vuestra orden.

BONIFACIO

Declamado sea el adagio, pues partir nos impone el socorro, y a fe que mejor sería que clamar auxilio por doquier nadie nos escuche. Así que debéis cuidaros de no hablar delante de otro que no os obligue como yo, luego sólo por mi voz tendréis voz… ¿Entendisteis, Eliseo?

EFRÉN

Si me intimáis así un acatamiento, pues sí. Bruto ciertamente no soy, cuando al fin sé que a lo bruto no voy a entender mejor.

ELISEO

¿Cómo presumís de docto cuando sólo de vuestra ciencia sabéis, que harto aplicada es en no saber más? Y no vengáis a defenderos en latín, que sólo post-mortem sobraréis la perdida.

BONIFACIO

Si tan apremiante para preguntar meditáis, más conviene que os paréis a preguntaros por qué así os respondo.

(Lo abofetea.)

Con vos también va, Eliseo; así que únicamente mi voz os ordena voz. Si un desorden cambia la pinta de vuestro silencio, ay, consumados filósofos, sabréis que sin desorden ordeno que calléis para siempre, a ver si así de callados os dura la elipsis un poco. Nuestros serviles hábitos han de llevarse sin afeites, han de ser directos e impostergable en sus figuraciones. Así que no vengáis a joder con acertijos ni pullas ni coplas. El ingenio es un lujo retrogrado que el progreso de nuestras votos debe despreciar sin reparos. Ahora a marchar, porque qué seremos como no seamos en la sermonada convenida; no vaya ser que por profetas de nuestra muerte seamos tan clarividentes como mortales somos.

(Sale.)

ELISEO (sobándose el carrillo)

Para ser el más gracioso sí que le enseria su jactancia.

EFRÉN

¿Y qué merced la del menos gracioso para advertir ínfulas ajenas?

ELISEO

Luego me lo dice el segundo, que en su orden de segundón nos sigue a todos lados.

EFRÉN

Mal tercio haces en guiar torcidamente mis mejores chistes.

ELISEO

No me hagas reír de mala gana, que en ello sí que ciño la corona universal del malo.

EFRÉN

Tanto más universal como cosquillas

Ya me convenga hacer a tus costillas.

ELISEO

Dejémonos de la charada y sigamos al tipo.

EFRÉN

Nam genus est, quod plures partes amplectitur, ut animal; pars est quoe subest generi, ut equus. (6)

ELISEO (enojado y amenazante)

¿De qué especie sois vos que con latín intriga? Decidme, ¿me ofendéis en latín? Pues yo con una lengua más vulgar os respondo. Según intriga a mi parte, ya veréis, hideputa…

(Salen. Oscurece)

 

Escena 5

 

(En otra estancia)

GODOFREDO

La claridad con que avanza el día encandila el alba, y el ocaso espesa desde ya los jarabes que siempre prefiere la noche. Hoy llega mi hijo, el único, el heredero que lejos llevó la honra de mi estirpe. Mujer, ya veréis la condecoraciones que le ungen, y veréis, por ventura de tal esplendor, que los efectos marciales que ciñe le adornan para un trono.  

FLORA

Viene de lejos, mi señor. Tan lejos ha dejado sus monedas, que la suerte de haberla trocado por otras lo traen con bien a la casa de su padre. Muy conocido es entre el vulgo que una fama de andariego le hizo volver de tan lejanas tierras, porque también se dice que si sigue yendo y viniendo así, ay señor, le pararán en el mismo sitio donde yazca insepulto.

GODOFREDO

¿Qué decís, mujer del demonio? ¿Cómo os atrevéis, deslenguada, hablar así? Si de cierto proliferan los infundios que vuestra misma servidumbre dice, ya os pesará haberlas repetido donde servís. Por mi rigor conoceréis que mi hijo me aventaja.

FLORA

Perdonadme, señor. No os alteréis. Lo que se dice apenas incumbe al ignorante que lo afirma. Ignorancia. Ignorancia por doquier se le estudie noche y día. En esa tierra tan disputada, el sirviente sólo empuña el cetro que sus adversos tesoros ignora.

(Entra Alfredo)

Mirad, señor, aquí viene vuestro amado heredero.

  GODOFREDO

Largaos de aquí, mujer. Iros a ver como retoña la jardinera. Y con discreción encubridle como por las mismas razones tengáis que callar.

FLORA (a Alfredo)

Señor, bienvenido.

ALFREDO

Padre, dejad que me vea un poco. Flora, si dura fue la venida, entre agobios y tormentos, ahora vuestra bienvenida dulcifica.

FLORA (con una reverencia)

Señores, permitidme partir lejos, para que os encaréis, padre e hijo, sin la media de mi cara. En este punto, yéndome lejos, os serviré con más largueza.

(Sale Flora)

ALFREDO

Padre, esta Flora si ha de apurar su savia, brotará para confirmar un pródigo arraigo.

GODOFREDO

Es natural bajo este techo los artificios de esta anciana, en los recodos de su lengua a veces halláis el doblez de una buena reprimenda. Pero allegaos. Qué me decís, amado hijo.

ALFREDO

Que la vuelta tuvo tantos estorbos como la partida. Tengo tanto que contaros que quizá me interrumpa un número igual de anécdotas.

GODOFREDO

Hablad, hombre, pues ya otro tanto aguza mi apetito.

ALFREDO

Pues os digo, padre, que a quienes Guillermo rige están embotados como el arado que en su arte conducen. La gente desapegada se ciñe al apero con sopor, e igual abre la tierra para la semilla como para al finado. Pero, qué puedo contar que no hayáis sabido por empeño propio. Mas si puedo contaros la mar de zozobras, y hasta fábulas que se urden para dormir tales náufragos. No sabéis, padre, como indistintas fronteras por doquier se yerguen, cual serpiente tientan el tiento del viajero; y ora os ofrece el fruto de la perdición, ora os acomete con una mordedura fiel a su raza, sin retrasarse con alegorías en su inoculación mortal. Mientras estuve de mercader, pinté tan marcial como había de convenir en mis provechos; tan atroz en la defensa como fuese atacado en mi doble fondo. Creedme que los usureros son en el canje tal los estrategas más briosos lo son por adversarios. Se gana bien si estáis mejor armado, luego podéis hacer que todo rinda mejor si os aprovecháis de esos enemigos. Hay lugares en donde la moneda, cuya efigie es sólo su peso en oro, rueda más que los siervos que se revelan vanamente. Lugares, padre, en donde el vértice cierto es el sepulcro, pero ni así alguien se puede arrepentir a solas; sabido es que todos los muertos de una sola peste o un solo hierro, hermanos de muchos, van a taparse en un solo sacramento. Hay agujeros tan grandes que sólo los rebasan las extintas proles para las cuales fueron cavados. El desorden y la voracidad son los señores que mejor han repartido sus feudos entre la gente bárbara y distante. Ciertamente la regencia de Guillermo, con todo y sus efusiones, es la mejor organizada de cuantas tuve ocasión de comparar.

GODOFREDO

Venid, Alfredo. Estáis de vuelta, ingentes peligros os demostraron que sois el único heredero, cuya excepción corresponde también a mis planes, pues qué otra naturaleza dicta ley con vuestra llegada.

ALFREDO

Qué decís, Padre.

GODOFREDO

Os digo que sois vástago de vuestra estirpe. Así, como vuestros ojos se entornaron en el sopor de crepúsculos sangrientos, habéis aprendido a aguzar la vista entre cicatrices, promesas y juramentos. Virtuoso arte, cuando a través de un hilo de luz se destrama lo que urde toda violencia.

ALFREDO

Y os digo, padre, que el lío de los homicidas cambia las monedas del orbe.

GODOFREDO

Pero también por un ojal de metal se debe ver la costura del misterio.

ALFREDO

Sólo una sabia tiranía podrá acuñar un signo que administre esos trámites.

GODOFREDO

¡Con qué brillo tintinea vuestra inspiración!

ALFREDO

A ver, ¿me compráis una antorcha a la lumbre de una velada hoguera? ¿Turbáis mis ojos, don maravilloso que me reserva un porvenir, con las velas de un sepelio? Pues, sin llevar luto, estoy a oscuras, y así no atino a comprender a la luz de tales cálculos, padre.

GODOFREDO

No, hijo. Para revelaros el luto de quien se esconde, enlodo sus oscuras velas, que henchidas lo llevan al rutilante abismo. De este lado, mientras os miréis al espejo, debéis ver que soy fiel a vuestra herencia, y así la templanza de reflejaros doblemente, nos ha de bendecir a los dos.

ALFREDO

Excusadme, pues aun por verme así como me pintáis, no me veo todavía arruga alguna que sobresalga de vuestra docta vejez.

GODOFREDO

Ya veréis. ¿Acaso no veis vuestros mismos ojos? Entonces, ¿cómo podéis llamaros ciego si llegasteis por perseverancia vuestra al espejo que os pulí? No os extrañéis, amado hijo, de lo que os rodea, pero aquí la savia cambia con cada luna. El comercio, insepulto, sólo transige con los buitres que le hostigan, pero con otros efectos he cambiado lo que aún espera consumar su cambio. Subterráneamente premedito el sepelio de Guillermo, acaso insepulto ya y al arbitrio de los mismos buitres. Ya os cuento, hijo, la cuenta de esas velas.  Ya os cuento, en detalles que al caso hagan muy verosímil.

(Oscurece)

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  I

 

Escena 1

 

(Entre los viñedos)

VIOLETA

¿Qué apacible rocío llega apenas? Mirad que la lluvia antes de caerse del cielo es así de trémula. Ah, las flores afuera crecen mansas, lo sabía, en cuclillas de sus raíces anticipan un salto lento y laborioso, acaso hasta la cruel mano que de un pellizco las siega para siempre. Nada reverdece de aquellas flores sobre cuyo mal yo lloraba un mal propio. Sí, otras lágrimas caen de mis proféticas lágrimas, a la sombra de mi llanto ya no me alegra el sol. ¿No lloro ahora, cruelmente librada en estos predios en que la vid destila su porción terrena? ¿Adónde voy si este campo no tiene los límites de mis pies? ¿Quién puede arrancarse de sus huellas para dar un paso diferente? ¿No son los brindis de un raptor, que ahora en derredor veo en sus frutos, las cuencas rebosantes que tanto me vigilan? Mirad, racimos de ojos por doquier… ¿No veo, donde el dolor apenas destila un breve desahogo, que también se ahoga mi porción de sal en esta porción terrena? ¿Con qué cuidado he de preservar estas flores, sino con el luto de mi porvenir?

(Enderezando los tallos)

No me guardéis reverencia, porque, tan deshecha estoy, que no puedo imponeros una regencia de dolor. Soy yo, queridas, quien aguarda por vosotras. Creced, la savia os apremia. Creced, que la miel tiene su tiempo y en el alambique de una ponzoña guarda la pócima que me aguarda.

(Murmurándole a una de las flores)

Tú has adelantado a tus hermanas. Dime si una altura superior puede guiarte a espalda de tus huellas. Mira el campo, ¿qué breve pausa en mi pesar me hace rehuir para siempre de un pertinaz raptor? No mires arriba… Dime, pues. No eleves oraciones a un cielo tan distante, pues no tantearás tan alto, sino un amén diminuto que se aleja mientras más te hundes. Ni por crecer de tus raíces, aventajas en suerte la fe que desflora el cielo. Mira en derredor, entonces. ¿Qué breve tregua? Contéstame…  Contéstame… 

(Entra Alfredo)

ALFREDO

¿Qué queréis que os conteste?

VIOLETA (en un sobresalto)

¿Quién sois vos?

ALFREDO

¿Es eso lo que me preguntabais antes de que me conocierais? Pues os digo que mi nombre importa lo bastante si sabéis que soy yo.

VIOLETA

¿Vos?

ALFREDO

Es una pregunta verdadera a la que no puedo ser infiel. Más ha de halagaros el que hayáis de preguntar mejor de lo que os respondiera.

VIOLETA

¿Qué buscáis aquí, las uvas que me vigilan? Mirad que si coméis unos de esos ojos, menos tendréis que advertir a vuestro señor. ¿Es él que os envía? Pero os pregunto esto otro: ¿Cómo puedo fugarme si la complicidad de estas flores no me quieren escoltar? De cierto veis que están quietas…

(Lentamente y con pena)

Y, sin convencerlas, yo las secundo…

ALFREDO

Sois generosa al cuestionarme sin medida. Yo no os hablo como creyerais; no quiero que vuestro pródigo hábito cifre en unas pocas letras lo sustancial de vuestra duda. No sé, sin embargo, por qué me contáis según otras cuentas. Si el juramento de un extranjero os calma, tened como fiel el mío, que por venir de tan lejos no halla su verdad en el desarraigo, sino en la virtud del retorno. He venido a ver estos nuevos viñedos, y encuentro que el jardín de mis recuerdos infantiles reverdece según la fragancia de otrora, mas un nuevo y maravilloso perfume incita con dulzura el vigente éxtasis. Sin que os conociera, no os olvidé, pues cómo olvidar una venturosa profecía que ya por presente así lo fuera. Mi memoria ya se da a vuestro recuerdo, y que sólo la tradición que no os honre con justicia se consuma en el olvido. Pero, decidme, mi bella niña, jardinera al parecer de sus virtudes, ¿qué os perturba así, qué monstruosa tiranía se adorna con vuestras saladas perlas? De cierto que ornada así puede figurar como un galán de cualquier encumbrada corte. Mas, aun purgando la flor de una noble juventud, sancionaré con mi espada a quien os oprime así; me volveré contra quien me aventaje en título de ser mi blanco tan claro a mi enconado luto. Decidme, niña, ¿sois de este fronterizo viñedo que para nadie parece trazar un límite? ¿De qué fortaleza venís? ¿Qué padre os veja malogrando su precioso legado? Decidme, ¿es mi arrebato el que os arrebola las mejillas? ¿Teméis? No merméis mis esperanzas al rescoldo de vuestros rubores, dejad que la lumbre de vuestras mejillas guíe mi tiento… y que vuestros besos, bella, dicten su ley en mis labios. 

VIOLETA

No temo por vos. En las mejores palabras habéis probado ser hombre de una palabra, y se me figura que no sólo con ellas, y si en virtud de ellas, cumpliréis lo dicho con el rigor de vuestro brazo. Si veis que mis mejillas enrojecen es porque al fin el tono de mis esperanzas se impone, nunca para burlar a un aliado gallardo. Agostada bajo la sombra de un cautiverio, deliré como los profetas a quienes en mis horas de sobriedad les pedía misericordia y acaso un tributo afortunado de sus vaticinios… Ay, mas pobre de mí, pues no importa ya describiros mis tormentos, si de cierto ahora veis que la penosa sucesión de ellos os inspira lástima.  

ALFREDO

No es lástima la que me inspiráis. Mas si habré de sentir una lástima que me haya de combatir resueltamente, será por mí mismo al no poderos convencer de lo contrario. No el revés, sino el anverso os tributa un verdadero homenaje, querida. A vuestra belleza, a vuestro delicado talle, a vuestro cutis dulcemente arrebolado con el fulgor de una energía secreta, a vuestros dedos entrecruzados con la alterna belleza de una fe tenue, a vuestra fragante cabellera, profusa e inextricable para salvación de mis laberintos. Honro estos frutos que antaño os espiaban. Si un adverso vino juzgasteis de sus promesas, yo con un brindis futuro torno lo caduco. Pero decidme, ¿qué protector cruel os ha relegado en su hacienda?

VIOLETA

No sabéis cuánto me conmueven vuestras atenciones. Ya no veo consuelos en vuestros cumplidos, pues otra medida cumplen que me placen verdaderamente. ¿Preguntáis que qué celador con ruindad me confina? Muchos, señor, puedo decir. Tanto que, sólo al padecer el mismo delirio de mis fiebres, podéis contarles entre relampagueantes tormentos. Uno aquí, otro allá; si duermo, si velo…

ALFREDO (aparte)

Ah, pobre. ¡Qué belleza así perturbada guarda su equilibrio en un punto apenas!

VIOLETA

Vivo allá, en aquella barraca… antes los muros me perseguían hasta el lugar que mis pesadillas llamaban lecho. El  terciopelo de un hongo entre el canto de las piedras es lo único que se ha suavizado en mi lujo. Sólo un fantasma, que maternalmente se gana la enemistad de su amo, cuida que a mí no llegue la impaciencia de un loco.

(Mirando con suspicacia alrededor, y en sigilo)

Puesto que me cortejáis mientras prometéis vengarme, y así tanta fe me conmueve como nunca, os doy mi amor, porque os amo antes de ser libre siquiera. El cielo que desde su altura me ha rebajado tanto, ahora indulgente me dice tan cerca al oído que conviene que no sepáis más. Marchaos, mas con devoción os digo que os espero en mi cautiverio.

(Empujándolo)

Marchaos, Marchaos, Marchaos…

ALFREDO 

Aquí será vuestro altar.

(Aparte)

Clandestina si os encumbráis en el delirio; ya os aperéis de vuestra fiebre en pos de una lucidez que os abra los caminos…

(Sale)

VIOLETA (volviéndose a las flores)

Veis que sobre la tierra otros pasos vienen. Aunque de tierra extranjera, mi amado, del primer golpe, deshizo la yunta que labraba mi pernicioso camino al paraíso. Su ternura, venida de un recóndito destierro, me enternece. Todo cambia, señoritas, libertada seré de este predio en que floreció la desolación de un tirano… sí, pero debo cuidarle de que no le descubran, de que mi carcelero crea incluso lo que no sabe… mañana, dijo; sí… tardará tanto en llegar que se me figura un inconcluso ayer el hoy que se demora… seré libre en sus ceñidos brazos. Libre, libre; y nada a ras de la locura ha de retoñar siquiera. Llanto decís, no, no, no. No son lágrimas los frutos que veis en mis ojos; translúcidos, salados, húmedos, sí, pero fructifican felizmente… 

(Girando)

Mirad como sobre mis pies yo giro según una nueva música. Si tuvierais la fe de que no os he de abandonar, os arrancaréis de allí para seguirme. Venid conmigo, girad, girad… él mañana, tras el giro de un sol brillante, vendrá…

(Entra Flora)

 

Escena 2

 

FLORA

Violeta, mi niña. ¿Tan contenta estáis de girar en el centro de una turbada alegría?

VIOLETA

No, mujer, ahora los acordes corrigen mi baile; alegremente aprendo de un paso a otro, de una vuelta a otra y si sobreviene el mareo será para arrullar a mi sueño. Aunque algo me entristece que las flores a mi cuidado sólo crezcan de sus cadenas…

FLORA (tocándoles los cabellos)

Criatura, si con mis cuidados os pudiera guardar de la tiranía. Os cuido cual más os creo necesario a vuestra fe, mas cuido que oraciones tristes traspongan el cielo en vano. Sí, os atiendo porque os estimo, mas por pena de mi amor también se me ordena que os cuide.  Cómo desearía que mis cuidados no contravinieran el origen de su virtud, pues, ay, con igual fórmula mi observancia me divide. Siendo la misma, me alejo de vos cuanto más cerca sentís que os sigo. 

(Con los labios casi rozando los de Violeta)

Si escucháis que mis labios os rozan es porque muy lejano de vos beso vuestro retrato. Así también os protejo y doblemente sufro por vos, en este vínculo sólo un tercio nos salva, ya que invisible él, que invisible no sea su milagro… Veo en vuestros ojos, apacibles ahora, la sombra de un venturoso brillo. Venid, mi frutal ave. 

VIOLETA (ganando otra vez el fulgor)

No es una sombra la que veis cual máscara, es la vivacidad de mis ojos cerrados las que alumbran el nuevo sendero de mi llanto, mujer. Vos, ¿no visteis quien partió de aquí, con el halo de una promesa que mañana lo divinizará?

FLORA (con premura)

¿Alguien os importunó, Violeta?

VIOLETA

No, mujer, alguien, a quien ya llamo mi amado, halló la ocasión de ser oportuno tal es propicia mi devoción a él.

FLORA (casi sin respiro)

¿Vuestro amado? ¿Adónde el vino reúne la ebriedad de los más memoriosos?

VIOLETA

Aquí, mujer. Ciertamente no era una aparición hostil, ningún rasgo febril de mis delirios marchitaba su rostro. La pureza de su voz gorgoteaba como un límpido hontanar, sus ojos claros aclaraban cuanto su voz decía. La viril templanza de sus promesas, ora rugientes cual las olas del pedregal, ora crepitante cual la espuma de una orilla salvadora, enaltecía su lumbre de viajante.

FLORA (aparte)

Se me figura que describís a vuestro hijastro.

(En voz alta.)

¿Os dijo su nombre?

VIOLETA

Se llamará como lo llame mañana.

FLORA (aparte)

Ah, mi niña. El cruel monstruo también engendró la perdición de vuestras esperanzas.

VIOLETA

¿Qué decís, mujer?

FLORA

No os conviene, Violeta, que nos alejemos más de lo que la distancia nos separe. Si sois apartada de mí, más lejos que la constancia de esta paradoja, cualquier otra tiranía aventajará el cautiverio de hoy.

VIOLETA

Decís mal, mujer… mañana veré a quien libremente llamaré mi libertador.

FLORA (aparte)

Ahora veo que aun las pretensiones de un incesto os librarán del lazo. Luego fiel he de ser con mi derecho, y si el parricida os sigue amando, seréis bien cuidada en adelante…

(Interpelando cuidadosamente)

Si decís que en el confiáis, puesto que improvisó su anonimato sin los apuros de ningún delirio, confío entonces en que puede vencer a quien os raptó, al trocar el despecho del verdugo con su propia muerte. Mas aún no debéis anunciar a quien furtivamente espera que lo maten, tampoco debéis confesar a vuestro salvador los pormenores que os liguen directamente. Por último, que el nombre de vuestro salvador siga siendo el que no te ha dicho. Así sabrás llamarle siempre.

VIOLETA (escrutadora)

¿Qué completa vuestro discurso, mujer? ¿Qué alevosía os ilumina así los ojos, rigiendo luego la conjunción de mis estrellas? ¿Cómo podéis pretender ventaja en un atentado cuya víctima os oprime de antemano? Decid…

FLORA

¿Quizá con un cómplice cuya intrepidez sólo conoce vuestro amor? Pues basta, mi niña, que sea así, y que vos creáis aún más por la fe que le tengáis. Habrá un banquete en casa de Godofredo, asistirán muchos de sus vecinos y otros principales en los que no descuento a quien conocisteis hoy. Según vuestras descripciones, es de porte eminente, así que de cierto asistirá. Sí, ya veréis; con su propia muerte acusaréis a vuestro carcelero…

VIOLETA (adelantándose con  atención)

¿Cómo es lo que me decís?

FLORA

Muchas savias apuran un inocuo dulzor para sus flores; por separado no completan un tributo mortal, mas si nuestro ingenio las reúne en una sola pócima, aderezada con los legítimos deseos de la venganza, su destino enerva una veta en la extensión de la ponzoña. De cierto que esto haremos: con una seña se marca el plato.

VIOLETA (ya con creciente malicia)

Y tras una clave insospechada delataremos el comensal ahíto…

FLORA (con pesadumbre)

Sí, mi niña, y si en adelante vuestra libertad no conviene mi servidumbre, entonces yo, bajo el yugo de mi signo, os he de libertar de quien os acerque a la distancia de lo desconocido… Si por él sois defraudada, yo de su inconstancia os rescataré.

VIOLETA (girando con vivacidad)

La música se prolonga en mi baile, y la escucho y bailo. Flores, ya no temáis… venid conmigo. De cierto que vuestros rubores me advierte timidez, y no miedo…

(Oscurece)

 

Escena 3

 

GUILLERMO

Trino fue el séquito que envió el protervo hombre, y así terció su propia parte, pero sin que la cifra profetizara un grano más en el presente exacto. Un trío remitió hasta mi corte… un trío que frente a mí recitó tres veces cuanto se les impartió sin demora alguna. Uno encabezó el coro y los otros le secundaron calladamente. Cleofás, mis demandas tal vez le hostigan, mas la calma es depositaria de un interés secreto. Ningún esquivo juramento se subleva sin cuidados, y, sin embargo, ya notáis que sospecho un secreto móvil por el cual aún me reverencia. El haberlos despachado afrentosamente de mi corte, no castiga la insolencia de quien los envió…

(Entra un heraldo.)

HERALDO (hace una reverencia)

Señor, permitidme paso hasta vuestro solio…

GUILLERMO

Pasad, heraldo. ¿Qué buenas noticias inviste el porte?

HERALDO

Pues no soy yo quien juzgue propicia la talla que me salve de la intemperie. Decid vos si merezco salvarme de una deshonrosa desnudez al menos. Si el castigo es ir en pelotas, de antemano boto a favor de vuestro voto.

GUILLERMO (severamente)

De cierto os digo que habléis antes de que mande a redondearos la vida en un rizo al menos.

HERALDO

Perdonadme, señor. Bien, lo que he venido a decir por mi puede ser mal dicho, pero al menos me aventaja mi natural medida a la reverencia…

CLEOFÁS

Entonces, ¿queréis que os doblen más que a vuestras rodillas, bellaco?

GUILLERMO (desenvaina la espada con rabia)

Iréis en bola, pero antes os desinflo en el centro.

CLEOFÁS (interviene)

Señor, calmaos. Es poco conveniente matar un heraldo antes de su prédica, pues, incluso siendo buenas lo que trae, mala será la venganza de sus noticias.

GUILLERMO (conteniéndose)

Ahora hablad, tunante.

HERALDO (acobardado)

Señor, que el hijo de vuestro vasallo Godofredo llegó para regocijo del padre…

GUILLERMO

¿Qué decís ahora, Cleofás; conviene matarlo, puesto que ya la nueva de nuevo sobre esas mismas plantas me hostiga?

CLEOFÁS

Ahora bien pueden allegarse los deudos.

HERALDO (se prosterna)

No, señor. Os suplico piedad. ¡Piedad!

GUILLERMO

Pues marchaos en pelota a darle una vuelta a vuestro cuello.

HERALDO

No os entiendo, mi señor.

CLEOFÁS

Que por pudor de vuestro brazo os colguéis de uno con más viril sabia, antes que no os alcance ni una parra.

HERALDO

Señor, tengo hijos tiernos…

CLEOFÁS (a Guillermo)

Como lechón de vuestra mesa.

HERALDO (insistiendo como para atenuar el otro comentario)

Señor, tengo hijos tiernos…

GUILLERMO

Y con el plazo de vuestras demoras mi rabia tuvo nietos.

HERALDO

Señor…

GUILLERMO

Bien, marchaos… y no tentéis más el destino cuando la estrella es la del cobarde.

(Se marcha.)

CLEOFÁS

Como os dije, señor, el heredero estaba por venir. No habéis agotado mi consejo aún. Si pretendéis de su calma una rudeza, seguid difamando al hijo. No sabéis, señor, cómo puede la cólera embotar a un hombre. Dice el sabio que no es de sabio dejarse llevar por su puntería.

(Se recompone Guillermo.)

Seguid apremiándole como el temor de perder una gran cosecha lo apremia ya. En la próxima sesión de vasallos, vuestra condena será el partido de la mayoría. Expulsaréis a un refractario y nosotros a un enojoso vecino. Ahora disculpadme, pues una parte par también debo cumplir con mis pares. Os dejo en vuestro impar recogimiento. Señor.

(Hace una reverencia y sale)

GUILLERMO

Impar habéis dicho, mas con dos ojos veo lo que con singular clarividencia me turba… o con dos ojos soy doblemente ciego. Ay, siendo la ceguera el único pomo de que auxiliarme, no es indulgente las prisas de estos rigores. Ya es hora que remonte nuevas profecías… no queda otro plazo, puesto que nada allana su cuesta, a cuesta cargo con lo que se acuesta con mal sueño…

(Oscurece)

Escena 4

 

(Otra vez el viñedo)

VIOLETA

El retraso, que no se perdona sus acomodos, le espolea; yo os perdono siempre. Mirad aquí viene. Nombre tenéis que puntual a esta hora me llama. Vuestra promesa vuelve para jurar la fidelidad que, envuelta en la premura de ayer, marchó a cumplir sin falta la tardanza de hoy. Venid, amado, yo os perdono siempre, que es “siempre” el tiempo que me basta siempre…

(Entra Alfredo)

ALFREDO

Mi bella, aún el cautiverio, llano y expansivo, os abruma. Decidme, pues, si el blanco con el cual mi espada soñó tornar rojo de un solo estoque se aclara en vuestra mente. ¿Ya simplificáis los monstruos de vuestros delirios? Decidme uno y yo le haré único de una vez. O si para hallarlo habré de embriagarme con esta cosecha que os apremia, contad con que contaré al infame entre los dobles que vea. Decidme, entonces, si os regocija que, una vez vengada por la fuerza de mi brazo, os lleve del brazo vuestro, tiernamente vestida con el mismo cuidado de las caricias vuestras. Dadme los folios que vuestros pálidos dedos estrangulan, y en ellos sentenciaré las estrellas que auspician al monstruo.

VIOLETA

Ah, mi señor, a vuestra voz me ciño. No conviene exponer la vida cuando la vida es todo, mas os revelaré mi verdugo con vuestro mismo acierto. Será lo que de vos: la valentía y la lealtad la que así proscriban la entereza del muerto. Veréis quién es, como empeora hasta morir; y de un salto conoceréis el nombre y los dolientes con los cuales guarda la afinidad de un luto miserable. De esa noche, saldremos a un amanecer reciente; las huellas que nos lleven conservarán para sí el testimonio de acompañarnos. Marcharemos lejos, acaso a las tierras de las cuales has venido. Reconoceréis, por mis ojos, lo que en tiempos tal vez crueles visteis en ajenas tierras. Venid, amado. No me digáis vuestro nombre antiguo, pues ya os bautizo en la pila de mis aguas, y según mi revelación todo principio coincide con vuestro origen. Pero ahora debemos convenir en que la libertad urde vengar mi oprobio.

ALFREDO

Con cuánto ardor, mujer, me trazáis el camino de una venganza, que aún con el brillo de vuestros ojos sollozantes no alcanzo a distinguir muy bien. ¿Cómo, sin conocer a mi enemigo, puedo entonces aventajarlo en vuestros planes, si os deja maquinar así?

VIOLETA

Una clave os daré. Una que él no conoce. Sí, sí, sí, señor, una clave os daré; un dístico, llave y cerrojo engastado, y vos abriréis el sepulcro.

ALFREDO (aparte)

¿Es su turbada mente la que acentúa su equilibrio?

(Interpelándola.)

¿Cómo ha de ser, querida?

VIOLETA

Habrá un banquete al que de cierto asistiréis, pues vuestro porte es de principal. Uno de los comensales, que concurra hambriento, sólo verá pagado su apetito cuando su mismo sorbo lo atragante para siempre.

ALFREDO

A fe que no decís mal, pues hay un banquete al que yo concurriré.

(Aparte)

¿Así que el miserable anticipa la conjura?

(De pronto.)

¿A derecha o a izquierda de quien preside?

VIOLETA

Por principal es siniestro, dadle, señor, el lado huero que convengáis. El monstruo, que central ocupó su hora infame, es parcial a mi odio. Dejadlo a un lado, entonces; de un lado espera, que ya lo veo de reojo. A su sitio llegará la sentencia de soslayo. ¿Acaso mi odio no se trocará en un guiño que así aguce la vista de nuestro venturoso porvenir?

ALFREDO

Os rescataré luego. Mas dadme un beso que endulce el amén de mis labios, la fe de nuestras preces necesita de sus ungidos celadores. 

(La besa.)

Mirad que los prodigios de esta luna ya rigen otros astros. Venid, amada… Dadme la clave de esa clave.

VIOLETA (besándole)

De cierto os doy cuanto os niego a todos; y tomo como mejor pago el precio de vuestro animosa boca. Desde allá, cuando el notable usurpador caiga entre el consuelo de sus parientes, hemos de partir, hacia el mundo que conocisteis con orgullo. Amos de nuestras alegrías, esclavizaremos tristezas, tristezas que pese a ser tan pocas también con devoción ornarán nuestro dichoso lecho…

ALFREDO (besándola fogosamente)

Querida, la misma muerte será el alma de quien tenga cuerpo para emparentar con su brindis…

VIOLETA (mientras lo desviste)

Dejadme que os desnude. Las manos que yo misma oprimí con el infructuoso rezo de aquellos aciagos días, ahora quieren tentaros, palpar suavemente la vitalidad de la cual parten vuestras caricias. Dejadme que os pueda conocer cual sois. ¡Qué Dios no profane nuestra enlace con  incestuosas bendiciones!

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(Aclara la escena, aparece Violeta terminándose de vestir)

VIOLETA

Aquí estáis, mujer… 

(Entra Flora.)

FLORA (aparte)

Y hasta por estar en este mismo paraje que os relaja, casi no soy la misma que miráis…

VIOLETA

Ya he concertado con él el futuro. Como me habéis dicho el asistirá al banquete. Pero, ¿Por qué os entristece lo que por naturaleza de lo predicho debe alegraros?

FLORA

Yacisteis anticipadamente, mi niña. Un niño tendréis como fruto de vuestra impaciencia. Sí, bien lo sé. Yo, que con guiños de alumbre he burlado muchas veces los deleites del tirano. Ay, sé que esta excepción no mide con reglas lo que al cabo tendrá su medida. Ah, sí, en tales ocasiones adentro se concibe lo que quizá el exterior de una promesa falsa abandona, mas la exactitud de tales suertes, que ya son de vos, crece con otra edad y a término bueno abrevia su plazo en el vientre.

(Tocándole el vientre)

Meses que igual celaré, puesto que tampoco me acercan…

VIOLETA

Vuestras dudas me intiman un falso miedo, Flora… No habléis así, mujer. Con cuántas candidez dejamos que las dudas usurpen sitio a nuestras certezas, y así demora el pensamiento que responde por tales lujos usurpados.

FLORA

Escuchadme, si os viene a la memoria el haberme escuchado. Os recomendé administrar las palabras, pues en tal economía no os hubierais revelado desnuda, sin la mesura de vuestro verbo. ¿Recordáis que os dije que ningún límite os sobraría para perjuicio, si aventajabais la prisa insensata de ir delante por nervio de una ceguera insensible? Pero no temáis, también lo inverso prueba la cordura, ¿acaso no os grito de tan allá el consejo que os susurra al oído? No temáis, pues ya conozco a quien en nombre de vuestra mano reclama mis confidencias. Seguro ya estáis encinta. Sólo yo sé cuánto os bendigo, pues llegaréis a su lecho en cintas primorosamente atadas a él. Venid, no temáis. Alguien verdadero va nacer siquiera tan fiel a la mitad de quien tentasteis en vuestra piel.

VIOLETA (apremiante)

Si tan cierto es que vuestra bienaventuranzas corresponden a un lazo futuro, si a término de tales atenciones ya conocéis el hombre, para cuyo nombre una mitad concibo, pues ya habéis predicho también la resolución de quien me salva. Le revelaré el rival que sólo a los ojos de una venganza consumada habrá de reconocer.

FLORA (aparte)

Revelaréis precisamente aquello contra lo cual él, sin saberlo, se rebela.

VIOLETA

Juramento es el que profiero…

(Tocándose el vientre.)

Y tan cierto de ir a la luz de quien dentro aún calla vuestras bendiciones. 

FLORA (abrazándola)

Venid, mi niña…

VIOLETA (separándose súbitamente)

¿Ya tenéis la pócima?

FLORA

Sólo espera que la ponzoña de vuestros versos, de un piquete, delate el blanco.

VIOLETA

En ellos pondré mi ciencia…

(Oscurece.)

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  I  I

Escena 1

 

(En la estancia principal de Godofredo)

GODOFREDO

Cuando a la vista de vuestros ángulos le distingáis, a mis puños enfrentaréis con un puñado de hombres, pero, Guillermo, ¿qué puñado os reservo en mi puño? ¿No fue bajo mi rigor que los más de vuestros hombres crueles fueron criados? ¿No les adiestré bajo las sombra de árboles plantados por los siervos de mi tierra? Soy el padrastro de su crueldad, y ellos ya se guardan del incesto, porque cuántos fratricidas le esperan en los campos que osen envilecer: tribus que venida de afuera se adentrarán en su misma raza hasta sacar de sí los corazones hostiles. Estoy cerca, Guillermo, y no lo sabéis. En vuestra precaria corte demoráis con los subterfugios de intrigas; tarde veréis mi puño, y de cierto adentro ya se decide vuestra temprana suerte. Para destronaros, os coronaré con un tajo, pues a fe que os confirmo una corona a vuestra medida, y eterno será el reinado que os mortifique, y lo de nunca también será para vos eterno, y larga la regencia que hinque su cetro para una fe más rapaz. Vasallo me habéis llamado con soberbia; pero hecho polvo del que venís seréis el otro, y el orgullo de un muerto acepta humildemente su destino, así vuestro porvenir condesciende con su corta espera; y luego, como os dije, ab aeterno: seréis el único súbdito en la fosa de muchos reyes.

(Tocan a la puerta.)

ELISEO (sin abrir la puerta)

Señor, aunque la amenaza a veces colma a mi prisa, al pronto os aviso que el señor Cleofás aguarda por vos.

GODOFREDO

Hacedlo pasar, hombre, y marchaos más rápido, no os detengáis, no vaya ser que el ultimátum os pare al punto de demostraros la ventaja.

(Sale Eliseo)

CLEOFÁS (Abre la puerta)

Mi querido Godofredo, cuánto tiempo de diligencias puede demorar un venturoso horario, en que se venga a visitar a los amigos.

GODOFEDRO

Pasad, hombre. Sin embargo os advierto que no hay reposo cuando se conviene que la paz de los sepulcros no perturbe la paz de los vivos.

CLEOFÁS

Entonces, permitidme que lo más de ese afán lo lleve yo.

GODOFEDRO

Hombre, contadme del infame Guillermo. ¿Aún contiene su cólera en los brindis de sus intrigas?

CLEOFÁS (riéndose)

No sabéis, señor, el odio insensato que os tiene. No sólo arremetería contra vos, sino que, muy contrario a su carácter, escucha mis consejos con paciencia, acaso para que su aversión supla ensayos rudos por medios más verosímiles de venganza.

GODOFEDRO

¿Así que se distrae el hombre?

CLEOFÁS

Sí, tal hemos acordado. Mientras él cree que os removerá a los ojos de vuestros vecinos, nosotros ya mellamos la fe de sus últimos días. ¿Los hombres de la ribera están dispuestos ya? ¿Una tropa insospechada como decís, a espaldas de quienes no son adictos, ya aguzan sus púas? Mucho me figuro las greñas de esos bárbaros, pintarrajeados como las quemaduras del infierno; tal le reclutasteis de su misma juventud.

GODOFEDRO

Sí, el primer ataque omitirá mi ira. Preciso es que ante el asombro de Guillermo, el tumulto parezca ajeno a mi insurrección, aun ajeno a nuestra comunidad.

CLEOFÁS

Mas contra vuestra indiferencia se volverán sus otros vasallos. Tan rápido vuestra espada debe irrumpir, que el desorden puede tomaros ventaja.

GODOFEDRO

Son unos cobardes, Cleofás. Anticipando sus cobardías, convoqué un banquete en donde ellos presidirán su indigestión; el día de mañana serán sólo súbditos que en sigilo caguen el hartazgo. Quienes figuren en el banquete se allegarán con la doblez de sus virtudes, es verdad, pero con el defecto irreversible de aplacar sus apetitos, codo a codo.

CLEOFÁS

Soy de vuestro dictamen.

GODOFEDRO

Y tal día escucharéis un poco más.

(Acercándose)

Mi hijo llegó, Cleofás, las prácticas de días brutales, y los crepúsculos lejanos en donde la tierra fiera eclipsa a los hombres bajo el sol, le adiestraron cual yo no podía hacer jamás. Mas ahora ofrezco un terreno fecundo a sus estratagemas, cual ningún estéril rival le hubiera cedido en gajes de extranjeras ruinas. Él guiará la rebelión cuando las huestes de Guillermo se vean azoradas por los “bárbaros.” Con apenas dos cargas su juicio ha de embotar el ardor de quien su cerebro le turbe. He allí, entonces, cuando mi sospechosa indiferencia se volverá feroz.

CLEOFÁS

Ya habéis adelantado los ribetes de vuestra investidura.

GODOFEDRO

Tanto porque al convocarlos antes de la sesión que ya Guillermo amaña, reuniré, en principio, a quienes me adversan menos. Y en testimonio de sus recelos, propondré indemnizar la vejez común de nuestras vecindades. Agasajaré a los concurrentes en nombre de la corte; los convidaré a una mesa oblonga de cuartones devastados en menguante, y sobre un mantel urdido en el telar de la corte, dispensaré la dieta y el brindis de esa dieta. Regaré sus esperanzas, por mojar una trama que haga rendir mejor nuestros cultivos. Les hablaré de aumentar la recluta en la proporción fronteriza de unos distantes bárbaros, cuya primera embajada es la arenga.  Y quienes hayan de convenir mi fingida sumisión, serán los más diligentes sumisos que medien en la conjura.

CLEOFÁS

Habéis dicho bien. Espero hasta la cena de esa cita, entonces. Me cuido de no emparentar con la glotonería de los ignorantes, luego, con mi frugal ayuno que ya a mi espíritu nutre, me guardo más bien para el brindis del día siguiente…

GODOFREDO

Brindo por ello ahora mismo.

CLEOFÁS

Por cierto, ¿dónde pernoctan las huestes?

GODOFREDO

Aún en mi imaginación, señor… No os apuréis, que ya os imagino mi cercano par, que impar será su suerte.

CLEOFÁS

Bien, yo también espero el mismo día. Ya verán las cuencas desheredadas, como nosotros dos nos repartiremos la heredad.

(Sale)

GODOFEDRO

Habláis por vuestro guiño, tuerto, y ya se aguzó un dardo impaciente para cuando despabiléis.

(Entra Flora)

 

Escena 2

 

FLORA

Señor, tan pronto como soy, heme aquí, os traigo noticias de Violeta, que mi retiro protege…

(Aparte)

Ya que no sus oraciones.

GODOFEDRO

¿Cómo le ha sentado su retiro?

FLORA

No sabéis, señor, como en tan corto plazo ha cambiado, es que contado así sólo puede creérsele en verdad, pues apenas en un sinfín de impaciencias le fui notando ese progreso que tanto me conmueven. Sus mejillas han enrojecido con la tibieza del sol, sí, y el tono que antaño la ruborizaba ahora le es el grado distintivo de una mejoría. Un tierno bronceado aviva la otrora palidez. El cabello suelto, ya no atado con los nudos de flores marchitas, prodiga un bálsamo a la resolana. Sus pies se plantan con ligereza y no se arraigan a ninguna huella que antaño le fuera un lastre. Toda su gracia sigue el curso de un baile que crece con gradual tino y se acerca a vos, a vuestra ceremonial espera. Si vierais que  hasta engorda un poco.

GODOFREDO (con vehemencia)

¿Qué decís?

FLORA

De una tregua huraña, pasó al laborioso anhelo. Así sus trémulas manos redondeaban las faltas de su vista, en la hora siguiente de sus tentaciones, pero piadosas son las esperanzas del descarriado, que halla según su espera el pomo de la virtud. Vistió los hábitos en tanto los ceñía en sus rezagados pliegues, y según la estación, que era también al mismo tiempo su adusto tiempo, sus dedos contaron las flores que entre esa cuenta florecían otra vez. Pronto aprendió a hablar sin el acento de aquel cautiverio, y como si un silencio le infundiera tal observancia, calló como no calla el cautivo ruiseñor. Mas una vez le sorprendí recitando un ingenioso dístico, y con igual rima, ya con menos estribillos, miraba vuestros muros. La misma devota resignación, con que sus acordes iban alegrando sus guiños, les hacía tornar su mirada  hasta aquí. Ya veréis que el cambio consagrará a la salud vuestra un primoroso premio. Sin que yo la guíe hasta vos, ella, frente a vos, os dirá el lugar al cual me he referido hasta ahora. Sí, al punto tendréis sus dulces tardanzas en vuestro catre.

GODOFEDRO

¿Alfredo no la ha descubierto aún?

FLORA

De cierto que no, señor; mientras la celo sólo de flores me habla. Y la he celado como me lo impones.

GODOFEDRO

Como presumís, nada le he dicho a mi hijo, y al margen de los viñedos le he servido en su copa. En tiempos inciertos se vive hoy, y es bueno que ya lo sepáis mujer, en que las nubes ya asoman lutos amenazantes. Tengo un techo y mil filo que se erizan en tormenta. En este descampado, desenvaino el arado que hará parir a la tierra. Cuando escampe ya sobrevendrá el sosiego de una ceremonia. Aunque no entendáis las señales que el cielo de mis ojos os insta, manteneos en el viñedo con ella, será el único prado virgen después del banquete. Así como las cosechas de esas vides intactas esperan por el vino de mis campos, tal aguarda mi mujer.

FLORA

Decidme, señor, ¿a partir de cuándo debo moderar esto que mandáis?

GODOFEDRO

Después del banquete os diré lo que al punto conviene.

FLORA

Y a vuestro hijo… ¿su escaño en el banquete, lo promueve?

GODOFEDRO

¿Qué pretendéis de esa pregunta, mujer, sino segar con sus garfios tanta curiosidad? De cierto que si no os dais por satisfecha, es porque descuidáis mucho la vigilancia que os he ordenado.

FLORA

Ay, señor, si tanto la vigilo que mi amoratado despecho remeda su nombre para consolarle en el mismo tono.

GODOFEDRO

Pues no desatéis más la lengua, porque libre os ceñirá un nudo al cuello. No tentéis más la dulce ignorancia, más bien manteneos apegada al pregón que os reserva una solución fija. En cuanto a Violeta, no le digáis nada de estos esbozos. Retratadla según su semblante, mostradle el espejo de su apacible retiro, en el agua en calma un cielo se calma. Celebrad un banquete allá si queréis figuraros la escena de aquí, mas una vez que os advierta templanza, cumplid sin las trasgresiones de vuestra lengua. Ahora, marchaos.

FLORA

Señor, lo que fuere que os aguarde, segura estoy de que vuestro heredero irá en pos de secundar vuestra suerte.

GODOFEDRO (a gritos)

Marchaos, marchaos a vuestras obras de servidumbre. No importunéis más.

FLORA

Os sirvo, señor.

(Aparte)

Al fin para vuestra dieta os sirvo, y según hasta ahora he sido vuestro mejor sirviente.

(Sale)

GODOFREDO (en un grito)

Bonifacio, Efrén, Eliseo, venid al punto. Estos monigotes distraerán mis ansias.

(Entran los siervos)

ELISEO

Señor, henos aquí, juntos, gemelos de tres cabezas.

EFRÉN

En trío os podemos repetir el dúo.

BONIFACIO

Yo doy fe de ellos, señor.

GODOFREDO

Os condujisteis con prudencia; la embajada que os encomendé bien la llevasteis a término. Tanta tierra caminasteis que con los mismos pasos habéis medido un sepulcro más oportuno para otros, os felicito por ello.

BONIFACIO

Señor, es doloroso tasar la espera con la tierra que me dais, pero de cierto que me duele más, que, siendo del polvo y al polvo yendo, no haya echado un polvo el día de difunto.

EFRÉN

Tenéis razón, Bonifacio, mi mujer me dice que la honra para un día de entierro es no enterrar en el límite de un lecho disoluto. Aunque contrario os parezca que el no tener que enterrar me lastime, me sentí tan desgraciado como si el mismo día, por el límite que me dais en obsequio señor, y válgame que en tales momentos nadie es incestuoso, hubiera enterrado a toda mi familia. 

GODOFREDO

Siendo criados, ¿os empeñáis en proliferar vuestra prole cuando el día de difunto os intima abstinencia?

BONIFACIO

Este bruto quiere, a lo bruto, hacinar una bastardía en el redondel de vuestra generosidad. Yo me quejo, pero éste hace de su queja una fe de muchos y cuanto por ello subversiva. Señor, no sabéis cuanto me costó hacerlos callar en el camino, que tuve que amordazarles mientras reverenciaban al rey.

ELISEO

Por qué tenéis que hablar por nosotros de nuestro silencio; no fue bastante ya con callar. Permitidme, señor, insistir con la parte propia. No en latín, por cierto…

(Se tapa la boca, balbuceando)

¿Estamos de acuerdo, Efrén?

EFRÉN (se tapa los oídos)

Repetid de nuevo.

GODOFREDO

Callaos. Callaos. 

(Efrén asiente. Eliseo le destapa los oídos al advertir la rudeza del vasallo)

Ahora os convoco para que salgáis de aquí. Vos, Eliseo, id en pos de quienes os escucharán en confirmación de su destino, y, como os he mandado, no digáis mucho, que así ellos entenderán que son los principales a mi mesa. Apurarse, hombre, y que vuestro cansancio no omita ningún adverso dintel de los ya marcados en mi glorioso pórtico.

(Sale Eliseo)

Efrén, llamad a mi hijo.

(Sale Efrén)

BONIFACIO

Señor, mis muslitos son enjutos, no me mandéis a los predios de la bruja, que como ancas de rana los desgajará para un hervido, mejor corro a diligenciar la cena de Epifanía.

GODOFREDO

¿Qué decís, infame? ¿Qué os hace pensar que yo acuda a un espantajo? Si vuestro despojos os sugiere fantasmas de cocción, id, pues, y muy de prisa, a que ella os preparé un bebedizo que ablande los célibes votos de vuestra mujer; si ningún efecto sucede, la muy puta vieja os habrá engañado, tal que por su misma condición bien podría entretener vuestros excesos. Ahora, largaos de aquí…

(Sale Bonifacio)

¿Qué visión enrarecida le anima a este insensato a suponer supersticiones en mi porvenir? Ya nada distrae mi gloria, lo que se me antoja mejor tiene en mí su voluntad.

(Entra Alfredo)

ALFREDO

Padre, ya que me llamáis, os llamo por el título que os aguarda…

GODOFREDO

Y que, en herencia legitima, os aguarda a vos.

ALFREDO

Sea el bautizo de nuestra estirpe.

GODOFREDO

Es preciso que convengamos las greñas del tumulto. Después del banquete, otros serán los colores de mi tinta.

ALFREDO

Según he visto en mi destierro, señor, las leyes se sellan en copiosa sangre, y por más que se junten excepciones y se líen las promesas de los entusiastas, otros advenedizos incurren de soslayo y aun de frente. Se precisa, entonces, que vuestra tinta, que en el desorden ordena conjurar lutos parciales, también organice perdidas y despechos, según un contrato universal.

GODOFREDO

Sea vuestra espada la que os abra camino a tal magistratura… Venid, amado hijo, ya veis que desde que vuestra madre murió no pensé en otra nodriza para vos que no sea la misma ambición vuestra. Haced familia tal bajo este designio eres mi hijo. Permitidme que ya en la antevíspera os aconseje más. Bien temprano cogisteis el camino de las armas, llevado por su puntería atinasteis en tierra extranjera, pero, puesto que vos ya hacéis mención, os recomiendo que no soltéis la empuñadura secreta que reservéis en vuestro tálamo. Os recomiendo que andéis con recelo siempre. Os recomiendo, hijo, que el desorden de espadas ajenas no os retrase cuando os encaminéis con el rigor del cetro.

ALFREDO

Y también por vuestra “magistratura” habré de heredar tales dones…

(Oscurece)

 

Escena 3

 

(En otra estancia)

ALFREDO

¿Así que la conocéis, mujer?

FLORA

La he visto guarecerse cuando sospecha ser espiada.

ALFREDO

¿Quién ordena tal suerte? ¿A quién ponen de custodia?

FLORA

En principio, pensé que una huraña manía le instigaba a lejanos derroteros. Nunca antes le vi tan cerca, y, viéndole allí en su ahogo, juzgué que la locura, señorial también en su servidumbre, le custodiaba. Con el tiempo transigí con ella, le llevé las raciones diarias de un horario que ella espaciaba displicente; mas después hasta me habló. Mientras charlábamos, descubrí que la urgencia de sus preguntas respondía por el honor de una mente clara.

ALFREDO

Con grados más bruscos se me alcanzó lo mismo, mujer. Alguien la obliga a vegetar para adecuarla al tono de una ceremonia estéril. El vejestorio, cual jardinero, y aun desaconsejado por las raíces de su linaje, larga la criatura sin nudos que compitan con talones fijos. Hela sola, por fuerza de un miedo que tiene cadenas muy pesadas, pues ¿qué salida está al frente cuando la frente, abrasada por el delirio, lleva por doquier una cruz tan propicia a quien le apunte? Una profecía de ceniza se cierne como el luto, y a cubierto de días oscuros creyó ver el sol en sus flores. Ah, sólo la sumisión de un bastardo sacrifica su único néctar para salvar el tronco común de su desventurada costra.

(Confidencial.)

Como presumís, mujer, nada le he dicho a mi padre, sus asuntos están tan cerca de sus vecinos, que una sospecha puede cundir entre esos límites. Quienquiera que imponga tal ultraje, pagará incluso por no haber pagado antes de nacer.

FLORA

Por eso vengo a vos.

ALFREDO

¿Qué decís, Flora?

FLORA (saca un papel de su vestido)

Al contarle que os conozco, me dijo que mi piedad podía abreviar su espera, y esta nota me encomendó que os entregara, a cuya fórmula también coincide mi oficio.

(Le extiende el papel)

Tenedla, tan fielmente os la pongo en vuestras manos, lo que ya precisa el trance de mi lealtad.

ALFREDO (escrutando la caligrafía)

Un dístico.

FLORA

Una clave, según implica mi servidumbre.

ALFREDO

Una clave que no consigue su medio, apenas en el papel la veo perpleja y pálida. Algo añadido os hubo de encomendar antes con sus dulces labios.

FLORA

Que no sean la acritud de los míos los que adulteren los suyos, luego esto dijo: ‘decidle que aquí está escrito el fin del mal bebedor; ni su peor borrachera podrá juntarle tanto en el retrato. Así que cualquier Ganimedes en el banquete sabrá arrimar la copa entre el orbe de una borrachera.’

ALFREDO (sopesando el papel)

Luego he aquí el ombligo de su mortal resaca. ¿Quién decantará la ponzoña en la precisa copa?

FLORA

El cocinero más viejo, a la sazón también cocinero del rey según le dije, tiene por costumbre sazonar con licor los platos y las copas. Es una receta inmemorial ésta de procurarse la ponzoña, según la rima del vino predilecto. Me ofrecí, pluguiera el cielo que con infinita bondad, a encomendar entonces el colmo de un brindis que el poético copero advirtiera. Con qué entusiasmo la muchacha acudió a mí, y esto agregó sabiamente: ‘Id, que como mensajera sois vieja y los viejos se allegan sabiamente. Id, que sólo a la sazón de la vejez se complace a un  banquete en que el tirano muera. Id, que pinta el vino el semblante fatal del tirano y no más su cólera’.

ALFREDO

Ahora el asunto se aclara, y cuanto no entiendo en la rima se arrima a la sentencia; luego la última cláusula remata el soneto. Dejemos, pues, que la tinta engarcen a la nucas estos nudo que ya se ciñen. 

(Distante)

Mas hay algo que intriga, ¿cómo un cómplice cató de antemano el vino del banquete?

 

 

FLORA (disculpándose)

Fui yo quien le dijo lo que ella sabe; lo supe desde que vuestro padre deliraba en secreto, y, quizá por imprudencia como presumís, ay… (mas se me figura que mi transgresión se anima para bien) le dije que tras una ocasión festiva yo iba guardarme de un peligro, bajo el mismo techo conforme al bien de ambas. Tantas preguntas me combatían al tiempo, que hube de rendirme en desventaja de mis respuestas, a la intemperie. Entonces, me dijo que su violado nombre aún no deshacía los morados que el ultraje tatuó. Me dijo que el infame de seguro concurriría al banquete, puesto que a la mesa tendría la distinción de su mismas ambiciones. Después me habló de vos, de cómo le habíais conocido, y de vuestra amorosa complicidad. Entre el ir intercalando un punto y otro, al fin me confió la urdimbre escrita de su puño. Yo misma, Alfredo… ay, Dios sabe que aun por hacerlo de espaldas a vuestro padre no quiero tronchar en su fiesta más que una rama podrida…

ALFREDO

Sosegaos, mujer. Tenéis la licencia de su hijo.

FLORA (aparte)

Perdonadme del incestuoso crimen, mi Dios…

ALFREDO

Vos misma preparasteis la pócima, según erais la embajadora de instruirla adentro, ¿no es verdad?

(Aparte)

Ay, ya el eclipse desfavorece el perfil que retrata.

FLORA

Sí, yo misma junté los cogollos y tensé estas rimas.

ALFREDO (como para sí)

¿Banquete cuya copa está marcada con las señas del dístico? Consagro la ocasión en que venganza, amor y herencia principian mi felicidad en un mismo trago. Ya veremos esa noche quien es el cobarde que, en lugar de ceñir espada, porta la corona de una intimidad abominable. Destronado por el mismo brillo caerá. Y si otros, a quienes nada de esto incumbe, mezclan en su imaginación un atisbo de conjura, entonces serán purgados a la misma mesa, y tras el sobresalto apuraré el brindis. Sé que el consejo de mi padre favorecerá las razones de mi anticipación. 

FLORA

Ya las favorece…

ALFREDO

Antes de partir, debo santificar mi empresa en el santuario.

 

FLORA

No la visitéis. Una despedida puede prevenir al monstruo.

ALFREDO (tras la duda)

Sea, entonces, con el acto que nos glorifiquemos.

(Sale)

FLORA (con pesar)

Ay, ya veremos, también en los rincones de la misma noche, si vos heredáis a vuestro padre, pues sin despedirnos huiremos y las arañas devanarán el sudario de vuestro encono…

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(En la corte)

GUILLERMO

¿Qué se hizo Cleofás?

SIERVO

No se hizo en vuestra corte, mi señor, pues ya hace que se fue; en cambio lejos se hizo el enfermo y por mucho tuvo que deshacer la hacienda de lindar con la muerte.

GUILERMO

¿Qué decís?

SIERVO

Que por simular una tos, mientras yo lo espiaba en los matorrales, casi se ahoga el vasallo. Su paje, que fue naufrago en dos travesías, lo rescató casi en la otra ribera. ¿Lo mando a buscar, señor?

GUILLERMO

No; no, no… Antes que un consejero melifluo, una desgreñada criatura de los montes es quien mejor se allega a mis esperanzas. Una paciente y tosca cocinera de recetas sombrías. Una que, de caldo en caldo, nutre profecías adversas con cucharadas de estiércol. Una que con mal de ojos bizcos le guiña un ojo a muertes repentinas. Una que de las savias punzantes aguza ponzoña, y que de vísceras incompletas o impares, fermenta la cantinela de un redivivo. Una mujer que, entre la enmarañada intemperie, dormita mientras las arañas le rellenan sus turbias pupilas. Una que con estornudos de azufre aviva el fuego. Una mujer, de cuyos corrosivos orines destila miel de enamorados. Una mujer, cuyas longevas uñas se hincan de maldición en maldición, trepando hasta el virgo de una desventurada viuda. Una mujer que con torcidos auspicios hace germinar escamas de monstruos en un caldero hirviendo. Una mujer con espuelas en sus mordiscos y piojos calvos entre sus canas. Al punto llego de anticiparos sus señas. Ya es hora, pues, de que ella reanime el reloj con otros de sus giros… sí, en su lance va mi puntería. Sí, ella, que en el bosque oculta sus canciones y pullas… Sí, vos, traed un recadero.

SIERVO (tartamudeando)

Al pronto os lo envío, mi señor.

(Sale.)

GUILLERMO

Si retrasé la espada, al topar con el punto que antes la bruja marcó con su báculo (si consumada la porción que hubo profetizado la vieja, apareció el consejero a partir del cual ni los consejos siguen a tientas),  ya es hora de que otro venturoso vaticinio adelante un trecho largo sin alcanzar a mi arisca muerte.

(Entra el heraldo)

HERALDO (hace una reverencia)

Mi señor, heme con vos.

GUILLERMO

Marchaos al arrollo, y seguidlo contrariamente. Cuando lleguéis al punto donde abrupto se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un deshojado trébol, allí os detendréis a escuchar el gorgoteo que tanto lo dimana la corriente. En el murmullo escucharéis el canto de un pájaro que nunca antes le habíais escuchado. Volved, entonces, vuestra vista al cielo, y adonde el pájaro con su canción vuele seguidle hasta que cese en un árbol. Reanudad vuestra expedición hasta el tronco convenido. Del otro lado de las raíces, hallaréis a una vieja en cuclillas, harapienta, nervuda y encorvada. No le habléis, ni desconfiéis de su silencio, tampoco de sus pullas aunque os sacan los ojos ver que os aventaja con esa esgrima; sólo tendeos ahí toda la noche, pernoctad lo más del día siguiente bajo la sombra de ese follaje. No cortéis nada del árbol, no matéis deliberadamente ningún insecto que os perturbe. Llevad una ración si presumís que el hambre os turbará la espera. Si la vieja desaparece de vuestro lado, no desesperéis; pues a término de vuestra estancia os recordará la vuelta y ése será su primer prodigio. Seguidla, entonces, no le advirtáis la ruta, más bien id a su arbitrio, secundad su lenta cojera sin azuzarle jamás, y, si el silencio de antes os fue ventajoso, no despreciéis la renta de callaros. Mas os conviene que no objetéis mis advertencias, pues de cierto os digo, por bien vuestro, que si después de haberme escuchado malográis vuestra obligación, aun por morir de miedo, renquearás todos los días sin hallar una sepultura donde guardar vuestra perpetua fuga. Pues mi orden, tal os he recitado, es un conjuro que os obliga a cumplir u os castiga por contrario rigor del cumplimiento.

HERALDO (resuelto)

Mi señor, pronto estaré en el bosque, lo que marcasteis corregirá mis impericias en el arte de escrutar tales prodigios. Ya me veréis de vuelta, en esta misma estancia, tal ahora me veis, pero al lado de la bruja que esperáis.

(Sale)

GUILLERMO

Otra profecía que me anime. Mando a castigar el desacato y ya toda dilación burla con  ventaja la prisa de mis dones… La bruja, la bruja de mi padre, que de mi abuelo fue doncella. Que venga la repulsiva bruja a advertir su ombligo a la otra mitad del cuerpo vigoroso, hasta la cabeza que todo lo calcula. Si antes la espada me describió el orbe, mientras al galope iba cabalgando, ya pienso que es mejor que en adelante la cabeza ciña la corona. 

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(En el bosque)

QUIRIMA (cantando)

¡Adonde una verdad fácil engorda

La mentira ojival tallas nos borda!

Así, pues, diligente costurero,

En el sitio vestisteis la traición.

Mas los ojales, mis sepultureros;

Mas alzada aquí, invicta la porción.

(Tronando las manos)

De talla entera y desnuda. Sí, señor… Ay, con una canción de doncella, y cuatro dientes de ajo cariado, se hace reír a una jorobada. Con una canción de doncella y unas plumas de cuervo se puede volar hasta el balcón de una fogosa viuda. Con una canción de doncella y una doncella se adivina la edad de una doncellueca.  Ay, pero nada para mis huesos de vieja, que arden al calor de una extinta juventud, se puede hacer con una canción de doncella. Con una canción de doncella pruebo el acre sabor de mis desdentadas ponzoñas… y el resinoso estribillo repite la acritud de mi saliva.

(Ríe)

A muchos he malogrado, bien al dejarles cojitrancos, bien al apagarles la sed en un candelero; mal por consagrarlos a un himeneo pernicioso, mal por reservarles un hijo díscolo y torcido… Sí, si yo fuera ciega el mal de ojo vería por mí, y tan bien hallaría mi camino, que ya verían quienes a tientas yo le guiñe un ojo. Tantas recetas para tantos males, tantas conjunciones para tantas curas… Pero, Quirima, conciliad la fórmula que os desate los nudos de vuestros dedos. Mirad que a un dolor me ligan, como el pastor ata su oveja descarriada. 

(Examinando las especies en derredor)

Es muy temprano para untar rocío en mis rendijas. Esta parra bien puede eclipsar al paraíso y así regir un horóscopo verdadero, mas en este paraje sólo taparía mi vértice marchito. Ay, qué vieja estoy… 

(Cantando)

Plenilunio de la fama,

Tienes punto que menguar;

La vieja por buena dama

Ya no quiere por ti espiar… 

(Reparando el pimpollo)

Este cogollo es acre y os frunce la boca como un culo apercibido, y sólo al sesgo alivia los dolores en el solsticio de una intemperie.

(Con un ritmo íntimo)

Ay, si al agua clara y quieta tuviera que ver mi rostro… pero si dejo caer una lágrima, tan pesadas como suelen ser las mías, corono mi llanto con sus ondas, púrpura que no le sienta al ahogo de lo que se asienta en el fondo de mis sales.

(Pausa, aguza el oído)

Callaos, alguien se acerca.

(Guareciéndose tras el árbol)

¿El rey, que manda tal heraldo, con vivir su profecía no se conforma? Pues mejorarle el porvenir quizá le costará comprobarlo hasta su muerte…

(Aparece el heraldo en escena)

HERALDO (acercándose con reserva)

Bien, aquel ha de ser el tronco, escalofriantes desde acá, el ulular de su silencio. Mirad que rugosa corteza, tal si inmóviles escarabajos se rezagan en el ascenso. Estoy en calma. Respiro con regular sucesión, y a la calma de este bosque glorifico mi vaho. No digáis nada que os perturbe, no recordéis supersticiones ni nada que por nada algo se le parezca. Qué bonitos insectos son aquello que no veo, si os mato es porque no os veo, mas la ceguera os rinde un merecido tributo… creedme que no soy malo, mi maldad no es la que os encuentra para vuestra desgracia, es la ignorancia mía la que yerra en vosotros. Pero no, ni siquiera es ella, pues con qué abnegación me acunó para bien de cuanto debía saber. Ya que no el bien en cada desafortunado paso, pues con bien sólo puedo convenir una mejor suerte, luego es la fiebre que en vuestra tumba hinca su báculo; sí, insectos, es que soy mortal como vosotros y el enemigo común ya nos espolea hasta la muerte… Callaos, ¿acaso no aceptasteis misión sin quejaros? Pues id según lo dicho. De cierto no he llegado tarde, pues no se agita mi respiración y con sosiego soy impuntual a cualquier retraso que me instigue. Calmaos, estoy bien, es sólo la hojarasca la que cruje, no mis huellas. ¿Qué serán esas hojas que cuelgan de sus ramas, acaso conjuros que anuncian una floración?  Callad, hombre…

(Castañeando)

Hache, hache, hache, hache, hache… Callad, hombre, pero si la hache es muda, mudo os dejaré de un hachazo, y luego mudo semblante… ay, si con la misma hacha pudiera truncar ese terrible árbol. ¿Qué digo? No dije eso; el eco me remeda mal. Callad, no digáis más, mas es justo que hable conmigo y me aconseje un poco, antes de emprender un silencio arduo.

(Camina en sigilo. Al descubrirla el Heraldo se tiende temeroso y cierra los ojos)

QUIRIMA (quedamente)

…Mas los ojales, mis sepultureros;

Mas alzada aquí, invicta la porción.

(Tronando los dedos)

Antes que los acordes de una doncella, o un consejero melifluo, necesito un par de huevos hueros que a mano izquierda se agríen.

(El heraldo abre los ojos apremiantes)

También una garganta atragantada hasta los ojos, luego vapor al espejo de quien muere en una noche de fiebre y, en remate de un despecho, zapatillas de un diligente heraldo.

(Bostezando)

Con esa cocción mañana reviviré a quien mutile…

(Cantando mientras dormita)

Para qué en ola te hincas,

Que en tus pies no calza huellas,

Mientras en calma resuellas,

Pues otra por romper brinca…

(Oscurece.)

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  V

 

Escena 1

 

(En el banquete. Comensales y criados)

GODOFREDO (presidiendo la mesa)

Señores, bienvenidos. Ocupad el lugar en que se ocupe vuestra partido. Allegaos, pues, a mi mesa, que en ella presidiréis vuestra parte sin que os importune mi hospitalidad. Este techo, que se cierne como el cielo, os guarda de otros para cuya intemperie patéticos augurios convocan las estrellas. Os digo porque quienes no comen con vosotros tampoco atestiguan vuestra heredad, ni la franqueza con que os dedicáis a vuestros límites. Mirad los manjares que os aguardan en una vigorosa orilla, ¿no son acaso frutos de vuestros labrantíos? Cada vianda, fiambre, pan y licor, ¿no han derivado de la jerarquía de vuestras casas? ¿No habéis tributado al rey con lo que aquí cesa en conmemoración de súbditos devotos?  De cierto os digo que quienes con su desapego se aferran a la duda de su ayuno, se perderán en el naufragio, y en el afán pretenderán vanamente la espuma que vuestros apetitos ya presiden. Pues harto acreditada ha de pareceros la incertidumbre en la facultad absoluta de su tiranía, porque sus reglas no sorprenden a nadie cuanto que es la ausencia de excepciones a la que de seguro no se le consigue acomodo.  De lo que os agasajo, bien sopesaréis vuestras virtudes. ¿Qué ocasión superior no bendice la afinidad de nuestros votos divinos? Mirad el cielo ahora, que afuera y al través de esos vanos os muestra las sutilezas ricamente bordadas con tanta industria. Apenas los ángeles son vestidos de la misma suerte. No os constipéis cuando la luz refresque vuestros ojos, ni toméis de pañuelos los escudos que se bordan en esos vértices. Si os encandila discernir sus milagros, si os enceguece con su revelación y sus auspicios, entonces a tientas buscad lo que al paso os conviene ver en su esplendor. Señores, a regir habéis venido, por eso os hablo de asuntos comunes y os oigo al pronto de vuestras preguntas. Heme aquí, cierto es que entre vuestros codos hinco los míos en oración. Como vosotros, la fe me une a mis amigos.

UN COMENSAL

A vuestra mesa comparece también vuestro mejor juicio, señor; contento estoy de completar, junto a vosotros, el pueblo cuya diligencia discuta y salve nuestros límites.

GODOFREDO

Me alegro por vos.

ALFREDO

Quienes eligieron el atajo de un rumor, acaso ahora se rezagan para contar a nadie su baldío testimonio. La premura cedió sitio a la inmovilidad, y sólo esa ventaja los acomoda en nada. No obstante, señores, poco conviene que omitamos el partido de sus ausencias, porque incluso ellas incumben a esta mayoría. Nuestros apáticos vecinos les cuadra, eso desde luego, ser adictos al lado que los haya de salvar de su propia obstinación. Es una consagrada ley entre los hombres leales precisar un código universal. La minoría también nos completa, pero nunca debemos permitir que nos socave.

(Con cómplice mirada se entiende con su padre. Aparte)

Ya cumplí con el banquete. Ahora el banquete ha de cumplirme. De cierto que no falta quien, mirando con el rabillo de su ojo ciego, se ha de sentar para siempre, y aunque no le siente mucho su ataúd envarado.

OTRO COMENSAL

Mi opinión no me inclina a ninguna discusión antes que la asamblea de ordinario nos acalore. Aquellas sesiones administran legajos que contraemos y la desavenencia con las cuales rara veces colindamos. Dejemos, pues, que allí se censuren las demás mociones.

GODOFREDO (condescendiente)

El rey presidiría una opinión similar.

(Aparte)

Cuando vosotros seáis vuestros iguales.

OTRO COMENSAL (A Godofredo)

Permitidme, señor, que al cabo de lo que vuestro hijo dijera, eche de menos a quienes vuestra hospitalidad extraña; pues, según la ley de asuntos comunes, también suscribo mi parte.

GODOFREDO

Acertáis, pues igual son de todos nosotros los asuntos que nos unen; sólo que mayoritariamente es de nuestra opinión el que ese todo comprende su propósito, ya sea porque lo haga sin que de ordinario nos acalore para despecho del rey.

(Le devuelve la mirada a su hijo. Aparte)

Ya sabré apretar el nudo, según un código universal.

(A la concurrencia)

¿Qué no nos comunicaría más estrechamente que el agua, señores? ¿Acaso no habéis visto que los ríos se suceden sin parar un punto? La sed, en cambio, ¿no se detiene a abrevar en los arroyos?

ALFREDO (aparte)

También en copas envenenadas.

GODOFREDO

Pues que las espigas de nuestras cosechas concluyan lo mismo unánimemente. Reguemos los brotes con la misma agua del vecino; luego las espigas dorarán nuestro reino con el mismo oro.

OTRO COMENSAL

Os he de secundar sin parar un punto.

(La concurrencia asiente en murmullo)

GODOFREDO

Antes que el ánimo del contrapunto se incline a abrevar precipitadamente, os digo también que debemos contribuir a una recluta más animosa. Aún de la corte no se ha recibido lo que se precise, ni los efectos con los cuales a los hombres se les ordene según sus vestiduras. Mas, es verdad, ya la perspicacia del rey tasa esas cuentas, así conviene que nos adelantemos, ya que no con mesura, con generosidad. 

UN COMENSAL

¿Caballería?

GODOFREDO

Sí.

UN COMENSAL

¿Aún más?

GODOFREDO

¿No alcanzáis a ver que, tras los ventanales de vuestras pesadillas, un dorso se vuelve con fiereza, y su joroba que cabalga aún es desconocida para nosotros? ¿Qué sabemos de ellos, que no sea lo que los muertos extranjeros no nos alcanzan a decir? ¿Es preciso, entonces, que nos demoremos entre quienes no suman ni para resucitar?

CLEOFÁS

Ciertamente es una preocupación que en rigor estima el rey; dentro de unas semanas ya su juicio contará los votos.

OTRO COMENSAL (entre el murmullo de aprobación general)

Y su sequito le escolta…

(Un criado se adelanta a escanciar el vino)

UN CRIADO

Señores.

(Alternativamente rebasa una a una las copas)

ALFREDO (aparte)

Poned la pócima en su copa, y que en ella florezca lo que se cultivó en tierra… y que la muerte coseche los estériles higos.

(El criado escancia en la copa de Alfredo)

Brindo por eso.

(Bebe.)

GODOFREDO (levantando la copa)

Brindo con vosotros. Si antes os dije que mis codos, entre los vuestros, se hincaban en oración, ahora elevo el brindis de mi copa hasta la fe que nos incumbe a todos.

TODOS

Brindemos, pues.

(Beben)

UN COMENSAL (catando afectadamente)

El alma de nuestra vid, qué bien nos hará ver doble el paraíso.

CLEOFÁS

Ya os dijo Godofredo, faltaba que con probarlo hubierais de probar también lo que tanto se os dijo a vuestra salud.

ALFREDO (aparte)

Nadie cae, ay, soy yo quien ha sorbido… lento es el veneno que me mata; con tardanza llegaré a odiar a mi Violeta. Mejor ir por ella, cruel, traidora… ay, violeta es la vid en que confié, y no ésta…

(A Godofredo, conteniendo su malestar)

Padre, el buen vino ruboriza la resolución de mi cansancio. Permitid que salga a tomar un respiro…

(Aparte)

Hondo estertor, dadme el aliento de morir del otro lado.

GODOFREDO

Que esta noche sublunar refresque vuestros desvelos, mas volved cuando ya nada os retengan. Mirad que al amanecer es la alborada…

ALFREDO (aparte)

Y también mi ocaso… ah, padre, vedme partir a la luz de mi menguado entendimiento…

(Sale)

UN COMENSAL

Bebo hasta al fondo por la abundancia.

GODOFREDO

Señores, con las cuencas de esta ceguera brindamos, con nuestras cuencas doble veremos el brindis. Y doble ha de ser, según ya salta a la vista, si vaciamos los ojos que no nos ven…

(Todos ríen y beben. Oscurece)

 

Escena 2

 

(Cerca del viñedo, en la oscuridad)

ALFREDO (dando tumbo)

¿Adónde me lleva el tiento de este tósigo que en tierra aún no echa raíces y afuera ya despunta entre fulgores? ¿Adónde voy si el atajo de una copa me embriaga dolorosamente? Sí, marchad, Alfredo… al frente daréis con la joroba del monstruo que en blanco os hace mohines. Si una fuerza, terca en su disminución, pugna con su pobre esgrima los rincones que ya gana la ponzoña, que sea para inocularos vuestro germen de venganza con esta púa, mujer.

(Esgrime una daga, la deja caer.)

Ay, Violetas serán las flores de mi sepelio; más que honrado con el luto de mi enemiga, seré burlado con su rubor. Ay, si mi pulso siquiera alcanzara a desflorar su impune sonrisa.  ¿No pasé noches tumultuosas en lechos en los que la retama de mujeres ajenas endulzó mis labios? A ingentes peligro escapé, y un peligro enmascarado con la inocencia del ultraje vengó mis otras evasiones. ¿No fui quien con los velos de sus ardides eclipsó la luna en pos de regir un falso horóscopo que me salvara de las turbas? Ahora heme aquí; bajo esta brillante luna cojeo, repto o me arrastro en la figura cambiante de un signo adverso que siempre me comprende. Nueve meses me trajeron a tierra, y el calendario, que sobre este mismo ras mis huellas acompasa, rematará sus nueve meses en una edad que me amortaja. ¿Qué es un cautivo? Contestadme, que por el anonimato se os birló, y así os aludieron sin falta. Con cuánta soberbia mellé las dudas de mi orgullo, así he de memorizar las rimas de un epitafio urdido en contra de mi propio cautiverio…  ay, no sabemos qué fronteras comunes miden la talla del sudario. Violeta… sí, en un tiempo le dejé libre, y no cupo en presagios míos… entonces en sus abrazos sacrifiqué mis besos, y mis fogosos brazos abrasaron ocultas sus abominaciones. Todo en ella era simple como su vengativa fe, pero yo conseguí solazar mis párpados, acaso ya plenos de vicios vigorosos;  así, a mis deleites, con brusco y nocivos acordes excitaba. Así me sustraía a un horario trémulo y ambiguo. Ay, tras su fraude, la crudeza del espacio irresoluto… y mis vicios y mis costumbres de bruces me embotaron; todas las oraciones en vano señalaron, alzadas al cielo como lápida anónimas, la traición… Mas no es ella la culpable de la costumbre, de la inquina desenvuelta en la rudeza. Fue mi carne que sonrío hasta la dentadura de un loco. Mi mano, que hubo eclipsado a muchos enemigos, no puede amordazar la herida intolerable. No hay justicia cuyas escaleras prolonguen oficios fuera de mí; pues mis culpas con mis daños las engalano (pues mis culpas con mis daños son engalanadas) y mi nueva estancia —moda terrible que corresponde a mi semblante—  con la partida de ella, y no con mi marcha inaudita que es castigo, la he de santificar…

(Aguzando la vista. Entra Flora.)

¿Qué veo, otra silueta venda mis ojos? ¿Es la sombra de la muerte que se agranda tal mi pequeñez se acerca al fin? ¿Flora? Flora, infame, vuestro nombre igual es hostil al bautizo vuestro. Con el acto más servil, traicionasteis vuestra servidumbre. Vuestro nombre, de un rapto, deshonró la reputación que os ungía. Infame.

(Cae)

FLORA (acudiendo presurosa)

Señor. ¿Qué decís, qué os pasa?

ALFREDO

Un dístico, vieja infame… ay, mas mi muerte no rima con mi venganza… lejos estáis de que os ahorque…

FLORA

Ay, Dios, el veneno fue trocado, lentamente cambio sitio, y aun apegado al parentesco; aunque son mis súplicas las que salven un incestuoso criminal… tened misericordia de mí… sois la luz de Violeta, ella, para salvaros, os hallaría a oscuras. Con ella escaparéis mañana… Miradme, no me evitéis, que vuestros abrasadores ojos no aparten su lumbre de mis argumentos. Escuchadme, no fue ella la que amputa vuestros lazos…  En el vientre un lazo más fuerte, os vengará de la infamia…

(Atrayéndolo a sí)

Escuchad… os traeré la devoción de vuestra amante; otra dosis del antídoto vendrá con las artes del desvelo… Calmad vuestro ardor, si el veneno ha demorado en el punto en que la prisa de encontraros tan tarde me trajo a vos, es porque de cierto os salvaréis muy pronto. En dulces brazos, cuya ausencia me amargarían para siempre, despertaréis…

(Sale Flora. Oscurece)

 

Escena 3

 

ALFREDO (delirando)

Violeta, lanzas despuntan en flor… Un reino de mañana… un reino que… Una daga os predigo para vuestro seno… La empuño por última vez, con fiereza tiembla en mi mano, póstumamente le empuño como hubiera empuñado el cetro… decidme… No, no, no supe si era su beso aquel roce que engañaba mis labios, o si era una cifra impar que prolongaba el ruinoso testamento de mi boca. No supe si dormía sobre mis labios que antes por nada habían de blasfemar, o si era su pesadilla que besaba ésta, mi piadosa boca con la cual le rendí juramento… Hombres pintarrajeados los veo venir… en mi profecía deliran… y se pintan con los colores de mi fiebre… quién sois, quién anda tan temprano, ¿la que tarde llega? O más bien venís a confirmar mi fin, justo en este instante perdurable… Veníos, que tiemblo con la daga…  y llegáis por fin…

(Entran Violeta y Flora)

VIOLETA (se echa al regazo de su amante, le hace empuñar la daga)

Tomaos, pues, de ese fiero báculo y tantea en mí la verdad, pues verdaderamente os amo y el báculo de vuestra ceguera aquí, en mi seno, es el cetro que el puño mío no ha de reñir. Venid, que no soy vuestra enemiga. Jamás he de malograros… jamás, que es cuanto he de profetizar a vuestros enemigos. Ay, las palabras, aun en defensa vuestra, me traicionan…

(Estalla en sollozo)

Señor, por él fuimos timados. Mi veneno era veloz, mas aun por su arte lo adulteró. No sé si maldecir a las huellas que de ese modo a vuestra inocencia dieran alcance o si bendecir ese rezagado punzón, cuya tardanza, ay, también escolte la cura. Ah, hora aciaga que pende de su enlutado sol…

(Pausa. Sollozando.)

Mirad, mujer, como la ponzoña se ha vuelto en contra…

(Severamente)

¿No fuisteis vos, quien extraviada como una abeja palaciega, inoculasteis el veneno de mi miel? ¿No instruisteis vos, según recomendasteis vuestro oficio, la rima con la que muriera el monstruo? Mirad qué equivoco refuta vuestros dones; mirad cómo me afligís con vuestras artes y promesas. ¿Acaso dejasteis que un desprevenido cocinero improvisara, a la sazón del tirano, la sazón de otra dosis y otro puesto?

FLORA

Tales dudas, niña, también me afligen, mas, estando contenidas en vuestras preguntas, os respondo con el amor que jamás os ha sido infiel. De cierto que no se me ocurre cómo pudo trocarse las rimas. No sé qué lira aguzo los dardos en otra dirección. Pero de cierto os digo, y aun me guardo de sus móviles, que Godofredo no pudo entrever tal cifra adversa.

VIOLETA (ensimismada)

Callaos, mujer… que vuestra garganta de corneja no proclame vuestro pecado. Qué maldición podrá en verdad censuraros al fin.

(Atusando los cabellos de su amante)

Ay, si al menos su silencio os arrancara la voz unida con la maldad que la produce.

FLORA (sollozando)

Niña, me laceráis; pero pisadme que mis heridas besan vuestros santos pies. A fe que él no morirá. Si en la cocina se aderezó por yerro a vuestras lágrimas, de cierto que yo misma, ya sin demorarme en lo demás, os he de indemnizar por todo lo que os haya afligido, así tenga que guisar el llanto de un Dios insensible para sostener el vigor de mi juramento. Niña, conozco una bruja que doncella fue de un rey… muchas fueron las mañas que unas vecinas aprendieron de ella, y todas las argucias que aventajan a sus pupilas os servirán para libraros de este trance. Ahora mismo salgo a buscarle… ya os traeré vuestra salvadora, así no salve mi alma en el encargo.

(Sale)

VIOLETA (apremiante)

Sí, sí, sí…  Anciana diligente, que Dios os acompañe en el camino de vuestra perdición. Marchaos, vieja… ganad la bendiciones que os tributen un guiño a vuestra alma perdida.

(Volviéndose al regazo de su amante)

Como el fugaz vuelo de un pájaro, labrasteis un río con vuestra vida. A mi vida como labriego distéis razón. Ahora una mala vid rebasa impunemente el brindis que quisimos. ¡Qué importa los cálculos, más allá de los signos! ¡Qué importa las rimas, si allá está el crepúsculo como braza, mirad que arde en la ciénaga, es alba de cenizas ulteriores! ¡Oh, ciénaga de recuerdos, de verdades y caras! ¿Qué tan cara cotiza la efigie su arenga, y cuánto la nariz que respira flores babosas? Vos estáis tendido en la sombra de una luna clara, y sobre vuestra sombra… una luna mas rutilante me turba. La memoria huye al veros tan pálido, señor. Yo, sin embargo, os recuerdo vuestro juramento. No dejéis que la muerte clave vuestra “eternidad” a los bordes de una mortaja ajena. Dejad que los dolores, huyan por donde sus vellos erizados indiquen, no le retengáis por fuerza de vuestro coraje. Que huyan de horror, de miedo… quedaos, mi valiente. Cuidad que mi coraje os sea cómplice. Ah, con qué ceguera nuestro propio veneno haya el atajo que nos mata…

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(Alrededor de Alfredo)

VIOLETA (interpelando)

Contestadme con vuestro nombre.

(Entra Flora y Quirima)

FLORA

Criatura, entre las enredaderas de esta noche, os encontré a quien cambiará la pena vuestra por la mía. Esta anciana, docta en mezclar un mundo cuya promiscuidad es hostil, también conjura los rescoldos de enfermedades venideras y aviva de lo extinto la lumbre de un buen entendimiento. Confiad en que su arte aventaja al mío.

QUIRIMA

Buscaba una vid, en cuya raíces plantar una planta espinosa; suerte tenéis de encontrarme en la flor de mis viejas plantas.

(Aparte.)

Como no había de conocer la profecía, si tengo tino para las coincidencias.

VIOLETA

Venid, venerable mujer, socorred a mi amado. Mirad que la muerte compite contra vuestras virtudes, y con ardid os ha tomado ventaja. Venid, poned sobre su pecho un corazón de ruiseñor enamorado, ungid su frente con los óleos de una encina, hacedlo despertar con el tenue pestañeo de un águila, sacrificad el fruto primogénito de una piadosa castidad. Decidme cuántas noches de oscura luna lo debo amantar cuando a su vástago alumbre; ay, mujer, juntad a vuestro recetas las lágrimas que vierto en esta hora infausta…

QUIRIMA (con senil parsimonia)

Hasta este sitio bien puede cogerlo la muerte, en una puesta tan rezagada no puede yacer; cerca está de la alborada que un fin principia para perderlo. Sí, la muerte le persigue, ya tatúa el revés de un ombligo. Mas de cierto que si lo lleváis lejos, sólo mis ensalmos allanarían una rozagante piel. Calmaos, señoras. No temáis, no morirá.

FLORA

¿Adónde ha de llevársele?

VIOLETA

Donde haya de ser, ya en el sitio mis esperanzas me esperan. Démonos prisa…

(En confidente aparte.)

Ay, aunque el mal entre vuestros bienes me extraviare, el sendero del retorno vuestro encontraría.

QUIRIMA

Debemos llevarle a mi cubil. Es un altar lejano adonde la muerte sólo llega para rogar misericordia.

VIOLETA

Misericordoa no tendrá.

QUIRIMA

Estará bien, el bálsamo del camino le aliviará el tortuoso trecho. Allá lo dejaréis, que antes de que el sol centre el cielo de mañana, os buscará con sus propios pasos. Tomadlo, entonces…

FLORA (aparte)

Es la cruz de mi desdicha, mi niña…

VIOLETA

Dulce peso, endulzadme con vuestra cura…

QUIRIMA (aparte)

Como pesa la amarga venganza.

(Salen. Oscurece)

 

Escena 5

 

(En el bosque, allí el cadáver de Alfredo)

QUIRIMA (echando repollos en el caldero)

¿Es un hombre belicoso el que quiere ser salvado? ¿Quién toca la puerta de mi cubil con sus huesos? ¿Ya muere quien quiere que una mujer le quiera tan vital como ella está? ¿Es simpático el señor? ¿Ceñís ceño como un culo senil? Pues no me guiñéis así, que me caga veros tan serio. ¿Qué le decís al espejo que empañáis? Si pudierais ver el hervor de este cacharro, responderíais cuando poco una pregunta a la cocinera que divertida os está  interpelando. ¿Sabéis que mermo aquí una cucharada vuestra? No sé si también tengo que recordaros vuestra memoria con el mismo oloroso veneno que os serví. Sí, caballero, así de servicial figuro mi papel.

(Ríe)

De tan allá se llega sin recordar el acá, acaso acaecido antes de volver a caer en suerte. Y antes de vuestra hora os hubimos traído a rastras, hombre. Un trío de mujeres os trajo, un trío que a dúo os lloraba, pues yo en silencio completaba otro dúo. ¿Vuestra duda no lo recuerda? Pues os cuento, señor, que las espinas, la hierba rasante de flores violáceas, la maleza perfumada por el rocío, la dureza de los escarabajos, en fin, toda esa combinación de vuestro trayecto os puso un ensalmo anticipadamente. Viviréis, es justo que un antiguo amigo lo crea antes que parta a regir su fuga. Ay, pobre hombre, éste que ya se topa con sus huesos. No hay magia, verdaderamente no la hay, en los lujos del palacio, tampoco es tan difícil de creer que ahora mismos estos muros cerquen al pobre rey. Es su cabeza la que le abruma por doquier, piense o no piense mucho.

(Otra vez con el convaleciente.)

Reviviréis en un espectro, si no vivís por este caldo. Mirad el vapor, así os levantaréis si toda vuestra sustancia se consume en el fondo. 

(Mezcla, toma una cucharada que hace verter)

Mirad. Soy tan encorvada que la luz acorta más mi sombra. No os disgustéis de mi charada, hombre. Alguien os tenía que amenizar el trance. Ah, os digo que como prenda de un sacrificio vinisteis, por una venganza filial seréis prenda para mi enemigo. No temáis, ya no incumbe vuestro miedo en la receta, pues estáis perdido en la tabla donde os encuentro perdidamente enamorado.

(Prueba el caldo de la cuchara)

Si aún no os ha llegado la pestilencia de este vapor, es porque, desfallecido en esa yacija, os enfrentáis a vos mismo; con vuestros estertores empeñáis la imagen vuestra. Mirad, ya llega quien había de venir… No vuestra amante, por cierto…

(Entra Guillermo, escoltado por el heraldo)

GUILLERMO (a tientas, el heraldo lo escolta con igual suspicacia)

Quirima, veo el humo pestilente de esa caldera, y si no supiese que vuestras deformidades se calcarían en un vívido espectro, os hubiera de creer muerta. ¿Donde estáis?

QUIRIMA

Al fin vinisteis, muchacho, tal os dije en vuestro techo…

GUILLERMO

Aquí estáis, tal prometisteis en mi techo…

HERALDO (aparte)

Ya prefiero la intemperie o la deserción… mas es pre-fiero quien de antemano me recluta, luego las amenazas me obligan en pos de él.

GUILLERMO

Así que teníais que vaticinar en vuestro dominio. Basta que vuestros augurios sean contrarios a estas mezclas. Mirad que un cielo constelado de ajos y cebollas eclipsan la estrella del fragante amanecer. Cuidaos de que según esa extravagancia tengáis que mejorar mucho el cuadro. Vieja, traigo conmigo a un cobarde, más decidme, ¿qué opuesto séquito escoltará mi regencia de hoy en más?

QUIRIMA

No desesperéis, ya os conseguí la prenda de vuestro sacrificio.

(Les devela el cuerpo tendido en la yacija)

HERALDO (aparte)

Qué sacrificados son…

GUILLERMO

Un muerto también precisabais, ¿no os bastó con los que mi espada hubo sumado a vuestro albur?

(Reparando al cuerpo)

¿Desnaturalizada sois que quitáis las prendas de un noble extranjero? Luego más allá de toda naturaleza mi trono regirá… Eso me hace justicia, pues con mucho ahínco he encumbrado mis rodillas a un altar propio.

QUIRIMA (aparte)

Vedlo bien, que no se os olvide el rostro de un desmemoriado. Ningún escrúpulos tengáis, que él no ha muerto; mas por salvarle, reinaréis lejos del tumulto…

GUILLERMO

Me decís, vieja, que sólo un milagro vuestro me puede favorecer; luego he de resucitar un mundo si esto demora.

HERALDO (aparte)

Dios quiera que un milagro nuestro nos reúna con Dios…

QUIRIMA

Es vuestra prenda de sacrificio, muchacho. Fue un milagro que le hallara tan cerca de vuestra frontera. Las prendas que quité de él, hasta por su doliente se me encomendaron, os podéis imaginar la suerte con que tintineaban esos escudos, cuyos perfiles le han dado la espalda a este infeliz y sólo han encarado el fondo del caldero. Luego todo es contrario a como lo distingáis; si que lo sabréis a la sazón de vuestro juicio… acaso ahora no veis un cielo constelado de ajos y cebollas. ¡Que no se os olvide el rostro de un desmemoriado!

GUILLERMO

De cierto que mi memoria recordará vuestros dones.

QUIRIMA (aparte)

Ese será vuestro don.

(Acercándosele)

No temáis; no tenéis por qué temer. Sólo de milagro vuestro rival salvará su prestigio.

(Mirando el moribundo)

Ahora falta que le dé a beber un remanente nauseabundo. Un vomitivo que le haga volverse con la misma virilidad con que habéis de regir. Id en calma, y llevaos a este testigo…

(Aparte)

Mas vuestra prenda es mi rehén…

GUILLERMO

Vieja, vivid para que veáis en mi sucesor mi propia voluntad. Quirima, que el espectro de mi abuelo os desflore otra vez; nuevos pétalos necesitáis para vuestra ciencia.

(Salen)

QUIRIMA (deshoja una flor sobre Alfredo)

Muchacho, yo también deshojo una flor por vos…

(Volviéndose al rehén.)

Marchaos al arrollo, y seguidlo contrariamente. Cuando lleguéis al punto donde abrupto se estrecha el cauce, veréis en el fondo cristalino el mapa de un deshojado trébol, allí os detendréis…

(Ríe a carcajada.)

Qué os instruyo, si vos no tenéis memoria sino para vuestro sueño.

(Oscurece.)

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        V

 

Escena 1

 

(De camino a la corte)

HERALDO

Mi señor, estas soledades bien son para el solaz de mis fantasmas, pues se me figura que la imaginación tiene afinidad entre las sombras que distingo. Mirad en los montes grotescas caras al acecho, y, en los fragantes pimpollos, colmillos de bestias insaciables. Esa piedra fue descorazonada por la bruja... Qué demacrada se ve, ah, cuánto ha de dolerle perder la porción sensible. Las siluetas que tiemblan más allá de aquellos montes, ¿las veis? De cierto sacuden el pelaje de una bestia que reposa de bruces. No sé si tiemblo, mi señor, o es que me conmueve un hálito venido de muy adentro.

GUILLERMO

Callaos, insensato. Mirad que mi espada os puede dejar a solas. Si preferís hacer de místico, yo, de un solo tajo, os hago dos para completaros en algo . Ya habéis atestiguado vuestra parte, poco os queda por ver que no sea el sitio en que caigáis.

HERALDO

Perdonad, más el silencio no interrumpe mi retahíla.

GUILLERMO

Pues callaos por miedo, insensato.

HERALDO

Sabed, mi señor, que el sitio en que mis ojos sueñan caer es donde vos despertéis para señorear otro día de los muchos que vendrán.

GUILLERMO

Mas la misma lengua que os defiende, os puede vendar los ojos. Así que cuidaos de no hablar hasta el punto en que un sueño ciego vaticine a tientas un sitio más cercano para vos.

(Tienta con la espada)

Digamos que aquí.

HERALDO

Mi rey, aquí viene un soldado de vuestra corte. Miradle, viene herido…

(Aparece Cleofás, acosado por su vertiginosa imaginación)

GUILLERMO

¿Cleofás, con aparejos de guerra?

CLEOFÁS (se postra ante el Guillermo)

Mi señor, que Dios os salve. Por bendición, el haberos encontrado me da razones. Oh, señor, no sabéis…

GUILLERMO (en un solo grito)

Contad.

CLEOFÁS

Una calamidad pintarrajeada por doquier abruma la corte. Una máscara guiña un ojo detrás de los coloretes.

(Recita el parte ininterrumpidamente.)

Bajo este mismo sol una horda de bárbaros nos mata. Apenas cubierta de jirones, son más salvajes que los animales de donde sacaron tales pieles. Vinieron quienes al amanecer cayeron. Con la fiereza de la espada, entre los pastizales. La caballería no pudo contra tantos dardos. Sí, os dije que una máscara había guiñado un ojo detrás de los colores… Ah, me ruboriza más confesaros... La noche anterior convocó a sus pares a un banquete; en él brindó por la obediencia, embotando los rubores de quienes habían concurrido al Partenón de partes pares. Se dispersaron todos a purgar con pesadillas los rigores del vino. Al amanecer, cien caballos de Troya relinchaban en nuestros enrojecidos ojos. Ceñí espada como muchos, mas el tránsfuga, según su plan, se contuvo hasta volverse contra nos… Ay, cada vasallo se le dio caza en su casa. Yo, apenas con este trunco filo que veis en mi mano, combatí el doble filo de Godofredo. Puesto que no pude vengar la traición, escapé por el marco… Ay, el mismo marco a través del cual el perverso defenestró mi linaje… Majestad, sólo las ruinas llevan la lumbre en procesión, y ninguna abrigador luto ha de cubrirme ahora… y el fuego por doquier…

GUILLERMO (aparte)

Ah, bruja infame…

CLEOFÁS

Señor, mas el hijo desertó a los designios de su casa, y bien puede serviros si lo encontráis al margen del tumulto. El encolerizado padre lo maldice, lo cree del lado vuestro. De no haberos visto sin él, yo no hubiera contradicho al padre, mas el hijo ha de cuidar que su celo parricida sea tan verdadero como quien lo engendró. Alfredo viene de lejanos predios donde se viste sólo con fachas guerreras, y se lucha hasta con los alfileres de los sastres. Ha sobrevivido a la ponzoña de innumerables duelos, y aun una mentada bastardía le ha dado fama y nombre entre los bárbaros. Bien puede sofocar la vejez de un belicoso.

GUILLERMO

Ah, ¿qué insignias llevaba el hombre? ¿Qué distintivas señas podría ceñirle según su condición?

CLEOFÁS

Según testigos, ya muertos, salió del banquete con unas calzas de volutas cobrizas. Animales de estepas le ceñían la cintura, señor. Ah, no me digáis que le habéis visto huir entre los matorrales, como los animales que llevaba al cinto, en lugar de ceñir su rol.

GUILLERMO (fuera de sí)

Vieja infame… Monstruo de cornamenta; súcubo que se rebaja en cuclillas, que repta y se arrastra mientras lame la pútrida miel de su degradación. Dos generaciones esperasteis para volveros traicioneramente. Las maldiciones acunan vuestra ilegítima ley, mas la legitimidad de mi abuelo os irrumpe el sueño de un tajo, aquel que no podéis olvidar ni con las castas flores que cortáis a orillas del Leteo, y para el cual estaréis eternamente esclavizada a mi perdición, como lo tuvisteis a mi pasada estirpe. Que sea el rapto de mi abuelo quien vengue este oprobio… Si os rebeláis, ya os revelo que pagaréis la multa.  Ah, de cierto que no olvidaré el rostro de un desmemoriado, pero os trocaré la memoria con la suerte de mi efigie. Naturaleza, me sois hostil…

(Desenvaina espada, con ojos desorbitado)

 Y vosotros qué veis en mí turbación, sois del séquito previsto… cobardes todos…

(En vano se evaden y caen por los tajos de Guillermo)

Os rebano, os corto… mi espada tiene sed, mas en vuestra vil sangre abreva. Ah, dadme un cazador de sacrificio, dejadme degollarlo…

CLEOFÁS (muriéndose)

Señor, una maldición te acompañe en mi lugar…

GUILLERMO (en un grito rebosante)

Ah…

(Oscurece.)

 

Escena 2

 

(En la estancia principal de Guillermo)

GODOFREDO (con fachas de guerra, sudoroso)

Ah, hijo, en tal hora me habéis abandonado. Os di la promesa de mi porvenir, y de vos sólo la servidumbre de acompañar mi despecho. Os fuisteis, cruel, amado, primogénito, pero que vuestra perfidia no contamine los méritos de mi nueva prosapia. No, no, no; nada insano encontrará cuanto vos perdisteis. Id y consumad vuestro germen en fronteras espinosas, coronad vuestra traición con el oropel de la fuga. Ah, hijo, antes, con la calma de mis besos, hubiera sofocado los rubores de vuestras fiebres. Contestadme: ¿acaso las raíces os seduce con el vano perfume de las flores?  Decidme que es la gravidez de una fragante virgen la que os retiene fuera de mi corte, la que os lleva de mi trono para justificar tal prodigio. Que vuestra ausencia revele su mentís. No os privéis de una defensa tenaz; que por estar lejos de mí, no estéis cerca de una inminente cobardía. ¿Qué digo, Godofredo? ¿Con qué ardor he de justificar el sigilo del mal fruto? Mientras más ardo en su defensa, más se aviva su traición. Mientras más grande el espejo con que trato de duplicar mi esperanza, más lejos de mí él se atavía para un empañado rito. Miraos en pie, hombre, lleváis las preseas de vuestro tiempo, ninguna esterilidad os embota ahora, y si la tristeza de este duelo no os da un retoño, es porque jamás se os traicionará de nuevo. Olvidaos de él, ya tendréis familia, cuya persistencia en la eterna tierra os perpetúe… 

(Entra Eliseo.)

ELISEO

Señor, permitidme que os tribute anticipadamente, mas os imploro que perdonéis el que os haya de mezclar noticias inciertas. Os cuento que aún se desconoce donde el cobarde rey pudo hallar su tumba. Muerto está, sin duda, primero lo estuvo de miedo, cuando tantas antorchas encandilaban a su espada, seguro ya resucitó en una pesadilla que lamenta. En el monte, a la intemperie, se encontrará el epitafio que las escorias le tributen. Dignaos en vuestro título, mi señor.

GODOFREDO

Habláis de tumba, pues si una estocada no ha dado con el blanco, a la luz de qué habéis de oscurecerlo más que la tierra que lo tape. Si otra acometida no señala la deshonra, qué señaláis vos con ese tembloroso dedo.

ELISEO

Si no ha muerto, señor, ha huido, lo cual le va ser más largo que lo eterno.

GODOFREDO

Teméis, se os ve en la cara. Ciertamente nunca habéis visto una matanza igual. Ningún chiste distrae vuestra prisa, nada que mane una sangre tan roja, como la que atesoráis dentro, os parece gracioso; eso es política, seréis un buen ministro, tanto mejor si mi espada os hace guardar los votos. En cuanto del antiguo rey, no soy sucesor. Fundo un linaje…

(Aparte)

Cuyo primogénito ya es proscrito. No, cuyo primogénito está por venir…

ELISEO

¿Habrá que conseguir a Guillermo?

GODOFREDO

De un solo tajo.

(Entra Efrén)

EFRÉN

Señor, delante de vos oigo la orden que fuera de estos muros cumpliré.

(Aparte)

Mas del otro lado me cago…

GODOFREDO

Venís conforme a lo que tenéis por decir. Hablad, hablad pronto, no os quedéis a ras de vuestra huella.

EFRÉN

Aquí acato vuestro oído, señor. Os he de decir que por mucho que se hubo buscado en el incendio, nada aprendimos que nos confesara un calor reciente. Sólo nuestras antorchas dan forma a las cenizas.

GODOFREDO

Para fortuna del miserable habrá frecuentado su otro lecho.

EFRÉN

No, señor. Pues también sus bastardos fueron arrasados. Un erizo de salvajes no dejó piedra en la simiente. Como veis, mi señor, Guillermo todo lo sacrificó; de cierto se vio perdido y nos distrajo con su desgracia entera.

ELISEO

Entonces, ¿alguien le avisó del golpe, y entonces se escondió?

EFRÉN

Acaso un espía… Cleofás, mi señor.

GODOFREDO (pálido)

Ay, no… no fue Cleofás. Iros acostumbrando a la violencia de mis órdenes. Marchaos… id y buscadme a Bonifacio. ¡Que venga pronto!

EFRÉN

Tal decís, señor…

(Hacen una reverencia y salen)

GODOFREDO

Traidor, antes hubiera sofocado los rubores de vuestras fiebres con el sosiego de mis labios. Pero vuestro parricida abandono me desgarra, me desnuda, me deja a la intemperie; me priva de agua, me relega a la despoblada sierra. Mirad que mi ira os rebajará de la tumba que merecéis. Heme en el pedernal que sobresale de la bruma. Apenas cubierto con una piel de cabrito, ahora os he de profetizar: no mis besos paternales, sino el encarnizado pico de los buitres. En un vientre más propicio engendraré mi verdadero linaje, y en el vuestro mi más enconada maldición que os apremie un malogrado parto…

(Entra Violeta, ceremonial y erguida.)

 

Escena 3

 

VIOLETA (desencajada)

Aquí me tenéis, aun delante de mí le lleváis ventaja a mi venganza.

GODOFREDO

Violeta, venís a refrescar los esplendores que me abrasan, en ellos tornaréis lo fatuo en fragantes árboles; y, sin mudar de cielo, trocaréis cuanto me reserva mi gloria. Pero tanta violencia aún turba los predios, ¿cómo es que la insensata Flora os descuidó? Bien supo la anciana que hoy iba anochecer como un apocalipsis. No se me ocurre, sin embargo, sino que un móvil leal le hizo obrar con diligente amor. Sí, a fe que del viñedo a acá ella os hubo de instruir un venturoso atajo, florido y sereno, que bien os bendijera. Pero ¿Qué os movió a salir sin mi aprobación, acaso la sensatez de haberos corregido? No os interpelo más, ciertamente queréis regocijaros a resguardo de mis placeres. Venid, mujer, bien calzáis las huellas que traen vuestra gracia en volandas. Tan grácil os acercáis a mí, que compareceréis para completar mis bendiciones. Con qué resolución se os ve venir. Lleváis en vuestra elevada frente la talla de una reina, pronto entroncaréis con mi linaje. Mi reina, vuestra venida anula todas las traiciones. Venid.

(Reparándole con cuidado)

El sol os dio un tono de miel; mas crepusculares ojeras os amargan el bronceado. Vuestros ojos son de una profunda belleza, mas se os ve a flor que las raíces de un disgusto reverdecen. ¿Flora ya os inoportuna? ¿Qué insomnio os perturbó así?

VIOLETA

No sé si es al rescoldo de vuestra frialdad que se merman mis vigores, o si es al hervor de una infiel bruja que se agostan mis reclamos…

GODOFREDO

¿Qué decís, criatura? ¿Con qué secreto me interpeláis?

VIOLETA

Medusa fue de vuestro corazón contemplativa y adicta penitente, que ya viéndoos en piedra viva, ay no vio la pobre, cuanto a oscuras viera, que aun la muerte vuestro corazón a sus ojos le infundió. ¿Aún llamáis a quien conspiró contra vuestra casa? Ah, sí, con helada sangre perdonáis mi inocente sangre, y en su propio hervor habéis hervido a la mía. Sois un ruin en vuestra maldad, y yo, armada con la opresión que me constriñe, os hice frente… ay, la clave de tal desorden conocíais vos de antemano. ¿No fui recluida entre oropeles? Hostigada por vuestro asedio, ¿no apuré la medida que en otro punto buscasteis rimar? Ya conocíais que me conozco, y ese reconocimiento había de serme adverso.

GODOFREDO

¿Qué decís, mujer? ¿La tara de la demencia intercala sus larvas en vuestra mente?

VIOLETA

Yo dispuse intercalar la ponzoña en vuestro festín.

GODOFREDO (aparte)

Una mente así de turbada no es de loco. Mucho de lo dicho afina la cuerda de su acorde.

VIOLETA

Con el mismo aguijón que mi amado cómplice a tientas llevaba al convite, le revelaría vuestro sitio a la mesa. Uno de los principales, premiado por mis besos, dio en la cocina la receta de la dosis; mas, ay, el tiempo y el lugar, trocados por vuestra perfidia, dio con el dulce perpetrador. Con cuánta herejía busqué salvar a mi Dios, a qué oficiante tributé todas mis esperanzas; pero a mediodía, cuando había de aparecer por sí mismo, nada más que el dolor incierto me profetizaba su silueta tendida perennemente. Ya, proscrita, echada del paraíso, con ardor me rebelo contra la redonda aureola de un perverso. En mi dolor y en mi temeraria ira os desafío. Ay, que la redención de mis sienes os honren, amado… que os honren, pero no por mi candidez.

(Encarando a Godofredo.)

No me turbaréis con vuestra fingida ignorancia ni con la perplejidad de arrugas que ya os fustigan como yo. Mi venganza será gritaros que os odio, que os odio como nunca podréis amar de tu ira un presagio.

GODOFREDO (tomándole de los hombres)

Vuestra falsía responde por vos, y por perjurio del medio apeláis a vuestra injuria, pero seré fiel cuando os imponga la condigna expiación, mujerzuela. Sí. Reveladme el gusano que fue un breve cómplice para vuestra impudicia, pues de cierto que su velado ardid, y no una argucia mía, obró en su contra.

(La suelta y se vuelve)

Ah, cuántos rastreros cercené en su letargo; cuántos de quienes tomaron mi vino los mutilé en su lecho de brebajes, de un solo sesgo, sin siquiera  rabia; impunemente murió dividido bajo mi tajo quien fue vuestro doble a mi mesa. A qué anónimo muerto ya llorabais cuando yo le sangraba hasta morir. Nada me indemnizará, pues el daño que hice no lo infligió una venganza, mas vos purgaréis con cautiverio la edad de la cual me privasteis. Ay, será vuestra vida más bien la diadema que os distinguirá para siempre, tanto porque querréis no llevar ornato.

VIOLETA

El dístico, apurado con vuestras rudezas, os hace justicia en falsedad, pero no os aniquiló. La serpiente no se envenena con sus gárgaras...

GODOFREDO (volviéndose, absorto en un punto fijo)

¿Habláis de una rima, rimero de deslices? Sí… El viejo cocinero, parcial de adivinanzas, las emparedaba en galletas. Un retazo de otro papel se me figuró ingenioso…

(Atando cabos vertiginosamente)

Sí, antes del banquete, una falta no callaba su partido, y a la sazón le añadí una “h”, ya veo que de cierto la medida era la misma, pero el medido era otro cuanto que puntual a su medida. Siendo la letra muda, qué había de confesarme, sino a través de vuestro dolor con que enmudecéis ahora. Bien sufrís un préstamo de lo que os sentencio en adelante.

VIOLETA (hundiendo su cabeza en sus manos)

Cobarde… ningunos de vuestros cautiverios me será más hostil que el desconocido sepulcro donde mi amado no birla su eterna pesadilla. En él estoy cautiva, mas en su oscuro seno muero sin encontrarle nunca a él. Ay, si al menos a tientas hallara la púa que nos vengue…

GODOFREDO (en solo grito)

Decidme su nombre, os permito esa postrera ofensa.

VIOLETA

No tenía por nombre uno que así de presuntuosos fuera. Sólo los despreciables como vos se jactan del suyo. Mandad a que me apresen si queréis, yo prisión de un inocente soy…

(Lela)

Ah, debí señalar al tirano con la mortal espada, mas el encono me relegó detrás de tantos medios, que muchos por finales eran. Así dicté una epopeya que sólo tósigo alumbraba. Cómo no me enredé en tus patillas crespas. Cómo no me perdí en vuestros botines para siempre. Cómo no seguí la venganza con el ejemplo mío. Cómo no os aventaje para que me guiaras o por qué, si la estrella funesta desde siempre fuese, no me quemé para vuestra antorcha solitaria. Por qué os dejé, señor, ceñir desarmado esperanzas ciegas. Debí tomar espada y señalar al tirano con mi puntería... No... Con lágrimas de gozo ungí su frente clara y enjuague sus rojas patillas, encrespada con el crecimiento secreto de los héroes.

(Se desploma)

Ay, amado… noble extranjero.

GODOFREDO (con los ojos desorbitados, lentamente)

¡Hijo amado! Hijo, ciegamente os volvisteis contra vuestro padre, y, por ir de luto mi despecho, ciegamente os censuré vuestra ignorancia parricida, y la maldición me sirvió de báculo en tal mal tiento.

(Asediándole con gritos, desenvaina su daga)

Vos, sacerdotisa de monstruos alados… Ay, hijo amado, para cuya ignorancia apurasteis el revés de un brindis. Y vos… y Flora… Ay. Ay…

VIOLETA (enloquecida, aparte)

Ah, cuán desdichada de mí, por emparentar también con vos en el dolor. Ah, el cielo me castiga: acorralada por tentarle, acorralada por rezarle sin respiro. De un cercado incesto no podía escapar mi desgracia… Perdí mi alma con los trances de una bruja, y así, desalmada, igual sufrí en carne viva la vecindad de la muerte, pero este reavivado dolor me hace perder el rumbo hasta topar otra vez con mi alma, que ya no es la mía.

(A lontananza)

Ah, vos, ¿su padre? Siendo vuestro hijo, también he de tasar en mi vientre el término del luto…

(Quedamente, arrasada de dolor se yergue, aparte)

Fuisteis cruel, mi celadora, ya se me alcanza que por fuerza de mis velos me celabais, y así guardabáis un deber según mi desgraciado derecho. Mas si ese mismo cielo me ha de apurar un atenuante, me confieso solitaria, sin más desgraciado cómplice que mi amado…

(A Godofredo, resueltamente)

Cruel, que al menos en ese cerco no figure Flora. A siniestra de mi marido, no fui yo diestra en saberlo nunca. Ay, Flora, su culpa en este  presidio no florece… y sí en su insondable pecado.

GODOFREDO (vuelve de su ensimismamiento y le apuñala)

Os doy la única salida… Ah, ni por mataros salgo de mi pena. Es vuestra la salida, en ella no entraré, pues no soy comensal en ese ras. Morid, puesto que cruzáis la rendija de mi llanto…

VIOLETA (muriendo)

Fisgaré vuestra muerte por ella…

(Flora irrumpe violentamente, mientras Godofredo, retirando el último acorde de sus puñaladas, contempla con rabia el cadáver)

 

Escena 4

 

FLORA

¡Miserable! Habéis hincado en inocente vientre la lápida de vuestra  vergüenza. Sobre la edad de vuestra propia estirpe os empinasteis en tan infame estatura; así dictasteis epitafio, cuando tasabais testamento.

GODOFREDO (en letargo del homicidio.)

¡Callad! Qué no tenéis la vida para morir de mis manos. ¡Largaos! ¡Largaos antes que mis crímenes sean esa cifra impar, esos terceros labios que groseramente caben entre los vuestros!

FLORA (vívidamente.)

Doble ha sido el crimen, doble el salto de vuestras manos, bajo cuya sombra dos criaturas yacen.

GODOFREDO (sorprendido.)

¿Doble ha sido el crimen? ¿Dos criaturas? ¿Dos criaturas? 

(Vivamente, tomándola del brazo.)

¡Contestad, no alarguéis vuestra sangre como éste alfiler del silencio!

(Le muestra el cuchillo ensangrentado.)

FLORA (sacándose de Godofredo, hacia el cadáver.)

¡Hela ahí, mi frutal ave! A su lado están los pliegues que azulados ya no son.

GODOFREDO

¡Decidme! si queréis que os prenda al silencio con un grito de esta espina.

(Al margen de su amenaza, tira el cuchillo sobre el diván.)

FLORA (arrodillada contempla el cadáver.)

Aún el rubor retrasa la sal de sus lágrimas.

GODOFREDO (iracundo.)

¡Vieja, contestadme! Contestadme… o la culpa de callaros si os amordazará severamente. ¿De qué criaturas habláis? Sólo veo una tendida sobre las esperanzas de este cadáver. ¡Contestadme! Por dios que si no lo hacéis cortaré las arrugas de la máscara vuestra que hasta hoy os anima. Ya de crímenes me aseguro un cetro…

FLORA (tocándole la mejilla.)

Hela aquí, cual si se arrellanara para un sueño.

GODOFREDO (arrancándola del suelo.)

¡Largaos, vieja! Salvad vuestros despojos… No quiero entintar la misma pluma de mi arrebato en vuestra coagulada sangre…

FLORA (vívidamente se libera, volviéndose.)

Criminal, cuánto habéis forzado con vuestro pulso.

(Contemplándola.)

¡Ah! Y cuánto dolor se ha detenido sin obscurecer sus párpados, pero ella parpadeó, y así el eclipse que rige lágrimas aún no derramadas. ¿Su llanto no destiló un veneno que ya no puede vengarla? Pero aún cae su última lágrima como una vid verde…

(Con los ojos extraviados, se abalanza hacia el regazo de Violeta.)

Para ella la vida siempre palpitó con síntomas finales. Pocas, y muy pobres, fueron las esperanzas que dieron cordura a sus alegrías; mas sus pensamientos se abrasaron en el lento fuego de la espera… Entre los dedos de sus manos temblorosas, entre arrugas que no pueden asirse hasta que la culpa intime su recodo, no pudisteis asir un marido que os desposara aun para prender aquel de quien se desprende.

GODOFREDO (visiblemente turbado por el vertiginoso homicidio.)

¡Qué palabras insensatas! ¡Apetito que devora mis insomnios como si fueran crujientes sueños! Sólo la tiranía ha de pagarme, pues mi débil pulso hace tintinear el tesoro que se oculta…

(Pausa, luego murmurando melancólicamente.)

¡Ah! mi hijo brotó de mí como una voz y cayó en el crimen como un eco; ahora su desconocido epitafio amordaza mi dolor.

(Vívidamente, señalando a Violeta.)

Hela sobre esos pliegues y, seguro que regocijándose en su saña, cobijada con el crimen que su sangre fría precisó… ni mis excesos la dejan tendida a la intemperie.

(Volviéndose violentamente hacia Flora.)

Y vos, ¿padecéis su muerte que en la inmóvil carne no suma dolor alguno por castigo? Pues sabed que es homicida de mi unigénito, la mujer que él desposó para que le tendiera el lecho final.  ¿Os duele su quietud? ¿Creéis que su frío semblante merece mi piedad?

(Hace un ademán circular.)

¿Maldecís el regazo de esos pliegues?

(Se vuelve.)

Hasta la lástima que le tenéis os lastima la boca, mujer. Pero, ¿acaso vos no le embotasteis su memoria, aun más de lo que la alegría de su entrepierna le permitió recitar furtivamente?

FLORA (llora, sosteniéndola en su regazo.)

Ay, soy yo la mala que merece su condición; fuera yo el blanco de ese luto… Ahora a vuestro hijo, sin crecer nada, le rebasaron sus pecados, que nunca fueron vigorosos a no ser por la dulzura vuestra. Vuestro vástago transido en el ayunador vientre, apenas en su origen ínfimo, inoculado con el cuchillo blasfemo, cuya fiereza fundó lápidas. Tal vez ya doblaron las campanas sin que tal pendencia resolviera su repique.

(Volviéndose hacia Godofredo.)

¡Bajo vuestro puño incestuoso!

GODOFREDO (turbado rodea a Violeta.)

Ah, con qué parturiente rigor alumbráis, docta vieja… qué no veo ahora cuanto ya me encandila. Horror; y nada más que trunca desgracia. Pluguiera el cielo que mi llanto pueda sacar las lágrimas de mí. Ay, otro heredero de mi luto. Mi castigo es el único brillo de mis deudas. Si, ya no he de burlar mis límites: no me queda lo que antaño me saludaría en mi pellejo, no puedo estar en pie sobre lo que antes me calzaba.

(Las palabras se desmoronaran como escombros de sed.)

Sé que mis gestos se hunden en la sombra por garabatear arrugas, aquellas que si no se cumplen habré vivido cuanto me duele postergar sin dar al fin con el sosiego. 

(Se echa sobre Violeta compartiendo el regazo con Flora.)

Violeta, ¿de cúyo es el rubor que rima con vuestro desflorado nombre? Luego, ¿es de este vil homicida que halla su mancha en vuestro claro vientre? ¿Acaso el incesto, dichosamente conjeturado por mi ignorancia, colma la cuna que los cuatros heredamos?

(Señalando en derredor.)

¿Y acaso basta salpicar con preguntas este vacío sórdido que amamanta vuestras heridas?

(Sonriendo sobre el regazo de Violeta.)

Me maldigo, sin instar que tales maldiciones demoren mis póstumas lágrimas. Mujer, todos cupieron en las arrugas de mi crimen. Viejo soy.

(Arrancando a Flora del regazo.)

Largaos… es mi hija, ay, es mi mujer, es mi nuera… es mi crimen, y al tiempo, mi condenado egoísmo; nada que yo deba al favor de una ajena y afligida mirada.

(Se levanta con ojos desorbitados.)

Pero jamás, escuchaos bien si es que demoráis vuestro trance, estaré con vosotros. Os prometo que la suerte de mi puño no será tan certera ni tan viuda, como para que a tientas me reúnan bajo la misma lápida… no, pues los nudos que me atan antes bien los urdí invencibles y lejos del epitafio. Ay, eterno soy en estos espejismos... eterno, por no tener descendencia que revele mi remoto y doliente origen.

(Ríe con cara de loco, se levanta y se desploma. Luego absorto se mantiene en pie.)

Ya vuelven costillas ásperas. Las viejas señoras, delante de la luz, se se velan en sus sombras, y así elevan lamentos torcidos como uñas imperfectas; llantos inmemoriales, lágrimas agudas que desesperadamente roen la arena. Ya vuelve el muerto, después de su lápida; anónimo vuelve. Todo el mundo calla mientras la miel del crepúsculo hinca sus agujas en un coagulo invisible. Él, en la fuga de un enojo, santificó su féretro y luego murió estrangulado por un relámpago. Pero aquí vuelve con su ombligo inadvertido, camina sobre huellas ajenas que en la prisa del cortejo fueron hundidas. Ah, el oro de su vejez sucumbió a la madura espiga del cielo. Aquellas señoras las sepultó la tierra de todos los eclipses, de ellas sólo rincones sombríos santifican sus rotas dentaduras. ¡Entre las cicatrices de piedra, crece la maleza! Tomo un higo vetusto del enredo. Ay, soy yo el solitario de mi linaje… otra centella cae. En el anonimato, mi prole sucedió a mi reino…

(Bonifacio irrumpe; mas se conduce con tiento.)

 

Escena 5

 

BONIFACIO 

Señor, ya os proclaman. Apartaos de vos la pesadumbre del luto y ceñid el púrpura de vuestra prosperidad. Sois rey. Nadie discute la severidad con que a término vuestra espada llevó el dictamen, ya los tajos, aun temblorosos, os sonríen como gajes de vuestro rudo juramento. 

(Echa de ver a Flora y luego se vuelve.)

Si vuestra sierva acuna a una muerta infiel, puesto que es fiel a su regazo,  vos acunáis la ley que os da el derecho de regir y de juzgar. El tal Guillermo, ya nadie le conoce. Antes del tumulto calculó su huida, único principio de sus vicios. Según indagué, el infeliz se salvó por buscar la bruja de sus augurios, que habían de serle un espiral de buitres… La racha había llegado al cabo, y, en más, necesitaba más; mas no saldrá de ese mezquino punto, y allí, con el mismo tono de su tinta, se tapará su anónima tumba. Mi señor, me postro ante vuestro trono; inclino mi cerviz en sumisión y observancia.

GUILLERMO

Callaos. Vos acunáis en esa pestilente boca la medida de vuestra suerte, y nada más.

FLORA (abstraída, quedamente.)

Nacisteis reina sin robustos fulgores, bajo cuyo oro se apaguen vuestras  hebras. Reina sin un suntuoso vestido. Nacisteis reina sin engorrosas historias, sin la saliva de conspiradores en vuestro apetito. Nacisteis reina sin luto imperial, mas inmolada por un incestuoso tirano. Reina, elevada sobre la espuma, sin ser mecida en cuna de insomnios; mas como el brusco parto de una pesadilla despertasteis. Nacisteis reina con los pies tendidos sobre pétalos verdes. Reina como el rocío sobre la hoja; sin escaleras que de sótanos suban a coronaros. Nacisteis reina, mas el silencio impune os retrata.

(Sigue murmurando entre sollozos.)

BONIFACIO

Majestad, ¿no os importuna que un velorio alumbre vuestro fulgor?

GUILLERMO (sin soltar la daga, aún temblando.)

Recatado no sois para distinguir otros modales, pues al través de un cero veis que se redondea el destino de vuestra pesadez… Así que sólo os queda callaros y hacedla callar, gordinflón, si no queréis que vuestro silencio se desinfle sin trasponer ese vano por que veis. Mirad que en esta hora el único filo de mi espada es su extremo.

(Volviéndose a Flora.)

Su sangre, mareada en el rizo de la muerte, se torna fría sin que más vomitivo que la vuelta le caliente después.

(El criado va y la apuñala.)

FLORA

Me lleváis ventaja, criatura; sólo porque soy vuestra sierva, mas a la saga os escolto siempre…

(Muere.)

BONIFACIO

Mi señor, mirad que la florituras de dentro al fin le engalana…

GUILLERMO (sin volverse)

Floritura la que no decís y aun no aguarda en vuestra boca, mentecato. Cuidaos de que tales guardianes por cumplir jamás os dejen. Id, y traedme una bruja; que con cortarla al sesgo, mejores auspicios deben vaticinar mi ley…

BONIFACIO (se va, recitando quedamente.)

Genus est, quod plures partes amplectitur, ut animal; pars est quod subest generi, ut equus…

GUILLERMO (arrasado; toma una uva hebén del racimo, escrutándola.)

Dejadme solo con mi ecuestre origen…

(Oscurece.)

 

FIN

DE “HEBÉN”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL REY REX

____________________

 

Agosto, 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DRAMATIS PERSONÆ

 

 

El Bufón

El Rey

La Reina

Claudio

Ambrosio

Carlos                   Ministros del rey

Eduardo          

Micaela (la mujer del bufón)

Mensajero

Ordenanzas

Guardias

 

Gregorio (el bastardo)

Hilda

Ernesto

Nicolás              Conspiradores

Andrés

Ponciano             

Octavio

El embajador (el rey extranjero)

El preso

Conspiradores

El capitán

Soldados

Prólogo

 

Un despótico rey (nacido de una despótica estirpe que había regentado a un predio de calamidades y castigos) declama su parte primera. Entre los excesos palaciegos, a su enano bufón por rey hizo pasar. Con la extravagante complicidad de su corte, terminó por hacerle creer el oropel y la pompa de su imaginación jorobada por el vino, pliegues retocados con los afeites de un sueño remoto pero imperecedero. Para regocijo, no sólo del rey sino de toda la corte (en cualquier ocasión dada con facilidad a los timos), avanzó de los preliminares de la ficción a los recovecos incesantes de una realidad forzada aún más allá del incauto bufón, cuya mujer habría de inaugurar el cruel tálamo.

Pero mientras el rey, para ser convincente en lo más, se apeaba de su trono, siendo en su descenso escabel vivaracho de un teratológico brío,  el bufón, enhorabuena de su indumentaria reciente, usurpaba cuanto un último escalón concedía a su alcance, siendo su impostura grado superior de un decurso aún más déspota que el de la otrora mano regente, ya parcial en el descuido de las risa. La reina es subordinada al nuevo mandato, y con rigores ajenos vuelve a reinar para la misma corte. Los chistes nuevos hacen reír a los mismos de siempre; la sospecha nueva, insospechada para el rey en pijama, castiga la misma casa, salvándose sólo el ministro que colabora afuera. La reina es confinada en la torre, y su embarazo, promesa legítima del rey, será conjurado en la sombra y la locura.

Al cabo de este par de efigies, un tintineo opuesto disputa otra suerte, dividida entre conspiradores hostigados por el rigor de la tiranía. Una matrícula preliminar que además está urgida a acometer los mismos pormenores de incesantes venganzas. El más viejo de los conspiradores, por ser hijo bastardo del rey, hace suponer en el ardid individual una única contestación a la pregunta mancomunada, e íntimamente monárquico asiente entre el corro y corrige la ayuda de palacio. La más apasionada de quienes conspiran, en el cortejo del usurpador militará hasta el fin de su propio cortejo. El vértigo, descalabrado por el solaz de ambos bufones, ha de ser subido por los expedicionarios, hasta coronar el alfiler con una matanza palaciega. Un reino vecino acude aún antes que su embajador regrese y usurpa de la ruina intestina los brillos en disputa.

El bastardo, entre la refriega, descubre el cuerpo de su padre decapitado por el tajo desdeñoso de un cómplice, que apenas le atribuyó un grado subalterno. A pesar de la nueva máscara del padre, la cabeza cae en el arrepentimiento del parricida. Soldados ajenos no corroboran el cuello abierto que le usurpa al verdugo su dictado ulterior. Muchos principales de la revuelta cayeron antes de censar la cabeza del tirano entre las amputaciones de orgullosos conspiradores.

El bufón, hecho rey en espíritu antes que en carne, trata de rescatar su imaginaria corona con las palabras antes que con el acto. Pese a la gravedad y vehemencia de sus argumentos, es apartado con desdén del paso homicida. Solo, abatido, desheredado de su bien que más hubo pretendido (su cínico y divertido bufón) declama sus líneas finales, llevando a su regazo la cabeza ensangrentada, mirando las luces de las antorchas que hostigan con destellos finales a la sangre en fuga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I

 

Escena 1

 

(En el trono; orgía)

EL REY (se levanta del trono, contoneando su ebriedad)

Si sois quien en mi piso sueña, despertad ya. Levantaos a medio cuerpo de mi cintura y contadme el sueño que os tiende a ras de pie. Mirad, señores, que sus nalgas penden de sus hombros como una pesada carga que no le sienta bien. ¿Aquí reptáis de nuevo, murciélago submarino que cuelga de una ola? En vuestras piernas torcidas se aguzan las flechas que enamoren a monstruos doblemente ataviados en sus espejos.

(Todos ríen)

Más vinagre para mi bufón; para nos, otras cuencas de vino. Ah, bebe como bufón el pobre bruto. Lo castramos para que no se emborrachara tal así a grandes tragos bebe, ¿no es cierto? Pues… al fin estáis de pie, pequeño rey de vuestro ilimitado reino. ¿Dije rey? 

CLAUDIO

Rey, majestad, que otro trago de vinagre lo destronaría.

EL REY

No le obliguéis a beber, que la sed le perdone sus pecados.

(Al bufón)

Venid, compareced ante los padrinos de vuestra maldición. Decidme, ¿Le dais la espalda a vuestro embarazo? Pues de veras os digo que vuestros nietos también lo harían, según así os sigan en el ejemplo pertinaz.

(Ríen todos, menos el bufón que apenas atina a sonreír)

EDUARDO

Y nietos de padre castrado son hijos vengativos.

EL REY (A los cortesanos)

Pero mirad, el hijo dentro es jinete de un padre brioso. 

EL BUFÓN (haciendo cabriolas)

Uno, dos, tres; el cuatro cuenta sus noches de insomnio…

CLAUDIO (dando palmadas)

Uno, dos, tres; el bufón despertó, pero no sabe contar, majestad.

EL REY

Contadme una historia, bufón.

EL BUFÓN

¿La historia de los números? Pues uno de dos mató cuatro enemigos. Primer tercio, segundo tercio, tercer tercio; en mi cuarto… se cuentan las noches de insomnios…

EL REY

No, no… Una historia… una más bien que dure menos que nuestras risas y que por extensa nos haga reír más.

EL BUFÓN

Puedo empezar por contaros mis días: uno, dos, tres… ¿qué sigue? Ah, sí…  cuatro paredes, techo y piso… me ahogo dentro del dado… ¿Qué me ha dado mi sino, sino veintiún huevos hueros? Seis caras os muestro y no gano más que una zurra en cada cara. Ay, me da vuelta la cabeza, majestad, y el dolor no sale, en vano procura el hoyo veintidós.

CLAUDIO

Qué más cabe en ese diminuto cráneo que ya lúgubremente alberga un huésped ominoso.

CARLOS

Cabe la cantinela cuando menos, que es el himno del loco. El dolor allí se divierte a sus anchas y está libre al no conseguir la fuga de su suerte.

CLAUDIO

Pero si el dolor es como su cabeza, dado que entre el límite no se rebasa, luego la comprende en la densidad de su extensión.

EL REY

No le deis a beber más. Su lengua no es, por cierto, el déficit que a su disfraz sobra. Dejadle que sus enemistados ojos se escondan en el trance. En un rato hablará como el profeta que vaticina sus venideros sustitutos.

CARLOS

Está por decirnos…

(El bufón eructa)

Que puede eructar.

CLAUDIO

Nuestros pedos, en sesión, le objetarían ostensiblemente.

(Todos ríen, menos el rey y el bufón)

EDUARDO

Al parecer entiende que un trance que lo estire le sentará mejor para su acto. Adelante, pues.

EL BUFÓN

Rey… puedo llamaros así, ¿verdad?

EL REY (con indulgente sarcasmo)

Siempre que no coronéis mi impaciencia.

EL BUFÓN

Permitidme, pues, ser el humilde que no se reforma en su condición.

CLAUDIO

¿Dijo conforme un rey?

EDUARDO

¿O según forma del rey?

CARLOS

¿Dijo tomar la forma del rey, su facsímile degradado? En ese punto, majestad, debéis mandar a cortar la cabeza del insolente.

 

 

EL REY

No mandaré a cortar lo que vosotros no entendéis, y aún menos por la subalterna premura de pensarlo a mi despecho.

(Al bufón)

Contadme una historia, muchacho. Una que dure siquiera lo que cuentas: del uno al cuatro, por cierto.

EL BUFÓN (Inhala profundo y recita)

¿Sabéis, rey, que el excremento tiene el carácter domeñado y la razón vencida de quien a pujos lo cede a la naturaleza? Pues de ahí se sigue que en cuanto se crece nos conviene cagar a solas, porque solitarios no son tales si un destino no los cagara a todos. Así dos mojones de culos distintos se encontraron en el bosque un día, no pudieron menos que reñir al punto. ‘Eres feo’, le dijo uno al otro, y el ofendido no interrumpió el eco que volvía en reflejo del retrato. El rigor de la intemperie los iba disminuyendo, mas en sus flaquezas reiniciaron una y otra vez la disputa que contendían separadamente sus dueños. Ya anulados a ras de la hierba, hechos de la nada que fueron hechos, callaron como el silencio, apenas esto que el silencio también calla: “el pasado es lo peor que le puede pasar a uno.”

(Tras un breve silencio, se escucha un par de pedos)

EDUARDO

Se escuchan disputas intestinas, y la noticia vuela como el viento.

(Los cortesanos ríen y murmuran en un corro)

CARLOS

Malas noticias según huelo; invisible maldad la que en su demora adelanta a sus heraldos.

EL REY (irascible)

Largaos de aquí; a airar esos culos.

(Los cortesanos se dispersan y el rey escruta los ojos bizcos del bufón)

No quiero una parábola que os trabe la lengua. Las guerras traban espadas y vos, insensato, ¿trabáis vuestra voz de dentro mismo? Bien, muchachito, No me habéis hecho reír; la verdad es esa, y ella  menos que ninguna se me figura divertida.

(Escrutando el rostro del enano, casi en un susurro)

Vuestra cara, empero, parece un ajedrez arruinado por el manotazo del perdedor. Sería una ruina graciosa de no ser porque os abofeteo todos los días. Miradme… Sí, me veis con un ojo y luego con el otro, como si el más siniestro se dejara acorralar de su vecino; los juntaré para mi reino. Acercaos, no os gusta el vino, ¿verdad? Pues en adelante os gustará, porque es de mi gusto el corregir imposturas con el vino.  

(Silencio. Habla, recobrando la jovialidad de antes)

Venid todos. Se me antoja una broma que puede salvarle la vida a mi culpable bufón.

(A una señal del rey Carlos le dan a beber vino)

Puesto que humilde no te reformas, pues vamos a daros la forma del rey que habéis estimado, desplumada forma en principio y minúscula como decís, por eso dormiréis hasta que durmáis, y luego despertaréis del sueño que apenas os pueda despertar.

(A los demás cortesanos)

Dadle a beber más vino. Mucho vino. Que mañana lo regirá un bufón acrisolado…

(Volviéndose)

Ceñiréis corona. Muy bien, pero de seguro que os es privativo que se avenga un cómplice ilustre, disfrazado como bufón para cuando despertéis…  Sí, vuestro sueño será el servil sastre de vuestro bufón, pero antes yo…

(En tumulto los ministros escancian el vino en la boca del  bufón. El bufón tambalea, casi ahogado,  y, finalmente, cae de bruces)

Será una broma que me hará reír como nunca entre vosotros, y seré yo quien oficie el sacrificio de mi risa.

(Aparte)

Y quien lo encarne.

(Entra la Reina sin anuncio)

 

Escena 2

 

LA REINA

Aquí, esposo mío, reináis entre la borrachera de vuestros ministros. La codicia de ellos os agasaja, pero siempre escatiman los honores que les concedisteis a cada cual.

EL REY

Mujer, esposa del rey que reina entre sus borrachos y entre los que odian y aman a tales hombres, los muros dentro de los cuales vivís son adverso y reverso de las suertes que mis efigies cambian todo los días afuera. Venid a mi trono, completad el sello de hoy, antes que el crepúsculo acuñe su propia ruina.

(A unos de los cortesanos)

Dadme una moneda. Sí…

(A la reina)

Aquí os doy la moneda que mañana atesoraréis, tal cuidáis mi heredero en tasa de vuestros meses… Y puesto que vuestras garantías de antemano condenaron las dotes de hoy, mañana seréis otra reina que reine en un chiste; vuestros súbditos serán graciosos, pero siempre atentos al castigo de vuestra indiferencia. Y esa efigie que veis acuñada en el círculo os recordará el tintineo de siglos venideros.

LA REINA

Permitidme no ser reina en vuestra locura.

 

 

EL REY

Mañana no seréis reina mía, mas cuerdamente cuidarás del príncipe nuestro.

LA REINA

¿Reina para quien? ¿Para este círculo de metal que pronto eclipsara la numismática de vuestra estirpe? ¿Para un esposo que abdica a favor de la locura y aun así llama príncipe al hijo cuya sensata inocencia deshereda?

EL REY

Si he abdicado ha sido sólo entre nos, en esta sala he de decir, consolado precisamente por los caros tributos de mi razón, y tan rico soy que me sobra esa moneda… Todos vosotros aún veis mi corona en su sitio, como toca a un rey sensato que aun en su solaz esparcimiento aspira el rigor de su disciplina. Mañana seréis reina de quien hoy no tiene más ambiciones que despertar vivo, de un soñador que lo será sólo por esta noche, y que, sin embargo, vivirá el sueño que su brusco amanecer le profetizará en perjuicio suyo. Y yo, siempre al servicio de mi corona, me distinguiré más por mi halo redentor.

(Vacía la copa sobre el bufón)

Escuchad como ronca el bufón, como jamás lo hice en nuestro lecho. Mañana vestiré sus retazos, repicaré su cencerro y sacudiré sus cascabeles entre cabriolas. Mañana adoptaré a un rey que apenas se lo creerá. Haré malabares con su credo…

(Se interrumpe en risas)

El dios de su precaria forma me rogará que no le deje caer sus plegarias ya al insondable cielo echadas.

LA REINA

Mi rey, no os percatáis que, mientras os divertís en el ocio de aduladores, la maldad ya conspira encubierta en el mismo crimen. No os dais cuenta que tienen respiro los que les habéis conjurado nariz. Hay palabras como muros en los muros, abriendo vanos en lo que en vano tapan vuestros guardias; y las piedras de los proscritos ya endurecen las manos contra vos, siendo éstas, al cambio, la misma dureza milagrosa que los alimenta a todos. El hambre ya sale de sus cuevas y caga el pan que coméis y hasta la observancia de vuestro piadoso ayuno… Las oraciones ya no prodigan loas al dios de esta raza, sino que desertan con la complicidad de conspiradores. ¿No veis que la posible ruina de la casa ya la picotean los buitres de hoy?

EL REY

¡Callad! He sido más duro que las piedras que me odian, que la lápida de mi padre loco, que los picos de los buitres que decís. He sido duro como el esposo que he sido, como la corona que puse sobre vuestra temprana virginidad; casi tan duro como el cetro del hijo que esperáis. Mañana, siendo el bufón que se divierte en menoscabo del rey, seré aún más duro que todos los huesos que se enterrarán en mis dominios. Y la dureza de la muerte no contradecirá mi testamento. Mañana, a la lumbre de la aurora, el ocaso de mis enemigos menguara.

LA REINA

La ceguera anidó en vuestras cuencas, espiáis todo con sus huevos; pero ni frente al espejo podéis ver que son hueros, o, lo que es peor, ¿no queréis atender siquiera vuestros afeites?

EL REY

Mientras mire (espíe según expiación vuestra, señora mía)  querré ver, y aun por ciego querré más.

(Sin dejar de mirar a la reina)

Claudio, encargaos del bulto, que lo lleven a su nueva alcoba.

(Claudio va por unos sirvientes a quienes instruye, se llevan el bufón)

Mujer, reíd conmigo. Nuestras risas siempre tendrán un trono alto. Mañana veréis que la risa cuidarán de que vuestros temores no deliren, veréis que la risa descargará su cetro con rigor… reíd y veréis que vuestra risa prevalece. Una broma, mujer, perpetua el reino de mi estirpe. Ya lo veréis. Reíd, reíd… que sólo riendo podemos gozar la adversidad ajena.

(A los cortesanos)

Vosotros igual. Sois ministros que estos asunto tenéis que atender.

LA REINA

Si vuestra risa es la salvación de vuestros deberes, tengo el derecho de exigir vuestra fidelidad a ella, esposo mío. Reíd vos también, pero que vuestras congojas nunca se coronen con los desnudos dientes de una pareja infiel: la risa de un loco que al cabo se cuestiona irremisiblemente perdido. Sed, pues, magnánimo alrededor de vuestra corona, pero sed también recio según así hayáis de ceñirla en otra forma.

(Mostrándole la moneda)

Mirad que si a la sazón no castigáis nuestros enemigos, os encontrarán fuera del disco real. Esposo, que vuestro brazo raptor se lleve en volandas estos cuidados que me perturban y os importunan, y sean ellos de mi semblante trasplantados y, según la observancia de vuestras nuevas costumbres, enamorados sólo afuera de la corona nuestra.

(Le da la moneda y sale)

EL REY

Sois reina, mujer, mañana también lo seréis…  y luego lo seréis de nuevo, y otra vez. Nuestro hijo será rey sobre todos los bastardos de mí linaje. Rey, rey, reíd…

(Se lleva la copa a los labios, nada bebe de lo que nada hay, se vuelve al corro)

Sois una partida de borrachos, ciertamente; sobrios sois sólo una partida en tropel que busca el vino. Mañana no seréis ni lo uno ni lo otro. Desde ya seréis, en cambio, los ministros que esta noche son soñados y que en adelante aquél imaginará para su desvelo.  

 

CLAUDIO

Aunque seamos imaginados, majestad, nos reiremos de veras.

(Ríen todos)

CARLOS

Señor, ¿cómo él no habrá de sospechar de lo real?

EL REY

Tiene mucho ingenio como para sospechar de lo que por fuerza tenga que pensar.

EDUARDO

Sí, es tan pícaro como así de perspicaz lo sea…

CLAUDIO

Lo necesario, sin embargo, como para saber que no es mejor.

EL REY

Caballeros, aunque falso sea el ingenio que mi lujo desde esta noche orna,  desempolvados han de ser los chistes que vosotros, en túnicas de mañana, usurparéis. Yo, en mi rol, seré grosero, déspota guiaré el cetro al que hoy guiño un ojo. Probaré, para regocijo pertinente, que soy el mismo en todas las telas, que mi sombrero de casería puedo cambiarlo por una gorra de siete puntas, cuyos cascabeles improvisan el himno de mi acecho, y al final de la jornada comer las mismas pieza en dos banquetes distintos en mantel. 

(Entra Ambrosio)

Ambrosio, ¿la mujer del bufón todavía vive en palacio?

AMBROSIO (hace una genuflexión)

Y también muere sin dejar el palacio, majestad… 

EL REY

Por vida nuestra que la muerte está acabando con los súbditos. Qué plaga más viva esta que en cada moribundo resucita.

(Ríen)

AMBROSIO

Bien, la semblanza de la diminuta mujer explican cuanto ella oculta en la tristeza de vuestro bufón. Su enfermedad, en concierto, distrae las obligaciones de su esposo sano.

EL REY

Si vive aquí, estará entre nos. Ya veréis que él a su mujer no reconocerá, o en ella perderá a su mujer, que es del viudo ir de luto y a tientas tropezarse…

(A Ambrosio)

Ah, sí; los otros ministro os pondrán en vigencia de mi urdimbre. Ahora marchaos todos, que debo anticipar el lecho nuevo… Ambrosio.

AMBROSIO

Majestad.

EL REY

¿Cómo se llama mi futura mujer?

 

AMBROSIO

Majestad, seguirá llamándose igual, si es futura para vos… pues la reina… quiero decir, si comparece a vuestro profecía…

EL REY

Ya os explicarán; sin embargo, ¿cómo se llama la mujer de hoy, de la cual me traéis su adversa noticia?

AMBROSIO

¿Micaela?

EL REY

Es una pregunta que tiene el nombre de su respuesta… Bien, marchaos ya.

(Salen los cortesanos. Luego entra otra vez su esposa)

LA REINA

¡Esposo mío! Escuchadme antes de que no me oigáis. Ayer, cuando regentabais sin el eclipse de un disfraz, nunca os dije cómo debíais conducir el cetro. La severidad de otrora era inobjetable a mí inocente perspicacia de entonces, pero hoy la maternidad cuida de un consejero que en principio lo será para mis reclamos y que, siendo yo apenas su albacea, nacerá de mí con la vida propia de los reyes que ha heredado. Si los edictos de vuestra estirpe corroboraron el testamento que vuestro padre sentenció en bendición vuestra, no permitáis que una sola línea, de cuanto redactéis vos en amparo de otros, honre las armas con que un prójimo se vuelva para tronchar el retoño de mis días.

(La besa en la frente)

EL REY

Reíd, mujer. Si no me acompañáis en la risa, no me reconoceréis, que ya me irritáis; y entonces, mujer, a dúo discutiremos lo que en trío nos habría podido hacer reír. Uno, dos, tres; el cuatro cuenta sus noches de insomnio… ¡Qué duerma! ¡Qué duerma! ¡Qué duerma!

LA REINA

Ciertamente os concedo un guiño de mi mejor tocado, y así se atavía el principal de mi vientre, cuya vital impaciencia desenvaina antes de ser instruido en la esgrima. 

(Ríe y baila alrededor de su mujer, se marea y cae)

Pero si por auxilio tiránico de un ínfimo ser, el más bajo del palacio, se ha de salvar la regencia de vuestro legítimo, ya veréis vos mismo el rigor de su venidero ministerio. Ay, hijito mío.

 (Oscurece)

 

Escena 3

 

(El nuevo lecho del bufón.  Los ministros alrededor de él)

CLAUDIO

Ha sido una noche larga como el sueño que aún él sueña. Soñamos todos en esa noche y este rey aún sin despertar.

CARLOS

Estará dormido, después de todo.

(Ríen todos)

CLAUDIO

Decidme, entonces, ¿quién abrirá los ojos? ¿Sus súbditos o él?

AMBROSIO

Los dos son ciegos; y nosotros, testigos entre una procesión de sombras.

CLAUDIO

Ambrosio, abrid la ventana.

AMBROSIO (mientras abre la ventana)

Estos muros ya despiertan, y él como un muro duerme.

EDUARDO

Mirad, se mueve…

CLAUDIO

Marchemos de aquí. Al rato mandamos por un sirviente.

CARLOS

De prisa…

(Salen)

EL BUFÓN (se despereza turbado por la resaca)

¡Qué sueño! Soñé que en infinitos y bruscos plazos despertaba… ¿y he de repetírmelo entonces? ¿Duermo aún? No, pues eso nunca antes lo soñé… ¡Qué sueño!

(Mira a su alrededor, extrañado)

¿Fue el vino el que urdió toda esta tela, el que bordó la simplicidad del vinagre?

(Repara en sus manos)

Y de cierto que estas joyas son uvas marchitas…  Sí, estos tocados son telas de araña, sí… A levantarse con mi guirnalda de oropel, la de todos los días, y este sueño, que me espina con argucias, dormirá de verdad… Quieto, sueño, quedaos quieto en la cama que guerreasteis…

(Se trata de levantar, vuelve a caer entre las sábanas)

El rey quiere un chiste, hay que darse prisa… tengo que contarle un cuento después de este cuarto de siglo y antes que el vino me convierta en el rey que me maltrata. Micaela, mujer… mataré el rey a carcajadas, y en fuga nosotros dos por los arcos que serán sus ecos. Sí, mujer… pero y esta alcoba, un Olimpo de lujos en la colgadura, dioses de terciopelo se mofan de mis esperanzas. ¿Es mi lecho el que sueña pliegues que me horrorizan; son las paredes que aún no despiertan, y mis ropas sueñan ser el traje de quién con una broma mataré? Lecho, paredes y traje, no soñéis el ornato de mi ruina; sed en adelante crudos testigos del esplendor que he de arruinar algún día…

(Grita, cubriéndose los ojos)

¡Despertad todos!

(Un ordenanza toca la puerta)

 

ORDENANZA

Majestad, los asuntos de hoy osan venir hasta vuestra puerta, tienen la voz de mi puño, pero la madera me difama.

EL BUFÓN (aparte)

Sí, majestad. Aún soy el rey de mi borrachera…

(A viva voz)

Señor, ¿venís a decirme que el rey me llama? Pues esperad vos lo que jamás le haría esperar a él, o decidle que compito con vuestro talones.

ORDENANZA (aún al otro lado de la puerta)

Majestad, ¿estáis indispuesto hoy? Llamaré a unos de los ministros al punto.

EL BUFÓN

¿Habré trepado por el muro y, en el fragor de mi vértigo, usurpado la alcoba de quien estos vestidos llevaba ayer? ¿Dejé a Micaela sola, en nuestro cuarto de insomnios, maté al rey y en vez de fugarnos juntos me sepulto en la tumba ajena como si esta fatal premura fuera mi vivo monumento? Luego, araña he sido que da caza a lo que fue.

(Claudio toca la puerta)

CLAUDIO

Majestad, permitidme abrir.

EL BUFÓN

El bufón es quien os habla. Os hablo desde este lecho en que caí por envite de un vertiginoso brazo que furtivamente me trajera…

(Se levanta de la cama)

Esperad ya os abro… por misericordia pensad que estoy aquí sólo para serviros de este lado de la puerta; de este lado también soy esclavo del rey.

(Abre la puerta de la estancia)

Las prendas que veis han anidado en mí mientras dormía, un vuelo azaroso en mitad de la noche juzgo cual rama el brazo que me trajo, y en yerro de su infortunio ese vuelo cesó en mí.

CLAUDIO (hace una genuflexión)

Majestad, ¿qué habéis deliberado aún en ayunas?  ¿Alguna broma nueva que sin que yo comprenda ya me muestra el oro de vuestra risa? Sois rápido siempre, majestad, y conseguís el ribete del mantel antes que por ayuno tengamos panes.

(Ríe) 

EL BUFÓN

Sois Claudio, unos de los ministros del rey, ¿no es cierto?

CLAUDIO (fingiendo extrañeza)

Ministro de vos, señor. ¿A qué otro rey habría de servir? Como sabéis, majestad, soy jugador de naipes, y no os sería infiel ni con la mejor mano de reyes.

EL BUFÓN

¿Incluso cuando jugáis a su favor?

CLAUDIO

De vuestra parte, majestad…  Pero me confundís con los garfios de vuestra pregunta, también con el dilema invicto entre ellos. ¿Queréis que os llame a los otros ministros? Tal vez pueden seguir el chiste del que soy víctima primogénita; acepto que el no haberos entendido me convierta en el bufón que aún duerme… ¿Queréis que lo despierte?

EL BUFÓN

¿Os burláis de mí, acaso muy lejos de que el rey me humille? ¿Os reís a sus espaldas? Perdonadme que os haya hablado así… veréis, no estoy de servicio, señor, sino que me sirvo de mi llanto para imploraros que no agravéis los daños de un mal sueño. Condecoráis una prenda ajena en mi pecho con la justiciera virtud de delatarme, os comprendo y hasta celebro el rigor gracioso que habéis empeñado de tal suerte, pero ten piedad de mí… No sé como llegué aquí, no sé dónde está el rey ni por qué prescinde de su alcoba… Por favor, tomad en verdad sólo lo más humilde de mi sobresalto.

(Se desviste)

En seguida acudo a mis asuntos…

CLAUDIO

Majestad, he de rendirme… por lo que sólo queda convocar a los otros ministros. Disculpadme que os tengáis que desnudar para hacerme entender mi imprudente tiento. Al pronto estoy aquí.

(Se tiende el bufón otra vez en el lecho)

EL BUFÓN

Entonces esperaré mi muerte en el lecho de un rey…

(Finge dormir, pero su nervioso párpado lo delata al otro lado de los espasmos. Después de un rato entra los cortesanos)

CLAUDIO

Miradlo…

(Descifran el repiqueteo del párpado)

Duerme, tan lejos de los cuidados de su reina. Por saber que en punta de sus dones es parcial siempre de las bromas, y que a ello debemos nuestra jurisprudencia en palacio, insisto en que urde una más allá de mi comprensión, no oso conjeturar, ni en broma, que esté perdiendo el juicio.

CARLOS (se acerca al lecho, pero habla en voz baja) 

Estoy de acuerdo con vos, en tanto es una gran broma que yo tampoco comprendo. ¿Decís que os pidió perdón?

CLAUDIO

Sí, tal si fuera el bufón sorprendido en este lecho.

EDUARDO

¿Qué decís, Ambrosio? 

AMBROSIO

Dejémosle descansar. Su chiste necesita ser aceitado en el sueño. Seguro será el día más lucido de nuestro rey.

EDUARDO

Entonces, partamos antes que despierte…

(Se van en sigilo)

EL BUFÓN (se levanta)

A dormir antes que lleguen… y a despertar. ¿Otro día busco en el de mi sueño? No, duerme… y despierta, despierta… y despierta.

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(La sala real. El bufón duerme en el trono. Los ministros, un sirviente  y un par de guardias alrededor de él)

CLAUDIO (al sirviente)

¿Duerme?

SIRVIENTE (también en un murmullo)

Como el aroma que inhaló, señores, por lo que volátil es cuanto concilia y entre leves himnos fomentado.

(Hace una genuflexión y sale)

AMBROSIO

El deber del esclavo lo trajo en volandas, lo depositó aquí, pero aún con los ruidos de su propia impostura no despierta.

CLAUDIO (casi en un susurro)

Tanto mejor. Despertará con la bastardía de un tropel. Con qué silencio desflorado creer pudiere su mentada honra, pues a fe que ya me lo imagino, si tras el ensayo del chiste se resuelve al fin la burla. Así que a reír para despertarlo; no nos costará gozar de nuestra risa cuando al fin despierte. Uno, dos y tres… y…

(De repente los ministros estallan en risas. Se despierta el bufón entre esos flecos delirantes)

No sabéis, majestad, con cuánto desconcierto premié el acertijo de vuestra broma. Temor a confesarme solitario, quizá…

(A los cortesano)

Pero ahora que se sabe por cuestión explícita, os agradezco a vosotros que no hayáis tomado mi sitio al dintel. Soy, me alegra reconocerlo como otro carácter de gozo, el mapa de mi risa, que al cabo con cosquillas agoté por todo yo

(Ríen)

EL BUFÓN

¿Dónde está el rey?

(Ríen todos de buena gana)

AMBROSIO (conteniendo la risa)

No lo volváis a preguntar… francamente no tengo estomago para dar a comer a tantas carcajadas, además tan encarnizado pico de buitre me hace cosquillas también.

 

EL BUFÓN (aparte)

Mi deber por el ser fue cambiado; ¿fue? Seamos, pues…

CLAUDIO

Majestad, ¿Queréis que os llame el bufón?  Recitaría aquel drama que tanto os gusta, pues después de tanta risa lo mejor es condimentar con lágrimas… No más chistes, si lo queréis así.

EL BUFÓN (aparte)

¿Qué bufón puedo entristecerme más?

(Tímidamente incursiona en el trono)

Traedlo, pues. Un drama, pues que sea…

AMBROSIO (a un guardia)

Guardia, buscad el bufón.

(Sale el guardia)

En un momento viene, majestad. Veréis que hoy, menos que nunca, se os parece en nada, pero en su cháchara hay la adicta forma de su tipo. Si no buscáis risa, el sabría como complaceros a vuestro gusto y temple.

CLAUDIO

 Aquí llega.

(Entra el rey a guisa de bufón)

EL BUFÓN (aparte)

¿De qué lado llevo los vestidos? Encontré el rey en un pajal, pero no la aguja del sastre.

EL REY (presentándose)

Soy el primer bufón de la corte, rey, y está bien que yo lo advierta antes que un impostor se me adelante por nervio insensible de su maña… Permitidme, pues, mis líneas.

(Se inflama, recita solemne, impávido)

Así, como un árbol sin ramas que lo hereden, he de contar aquí, entre árboles marchitos, como llevé los jirones de mi desnudez, que eran apenas un entrevero de nudos. Días fueron aquellos en que él me susurraba al oído, mientras crecían las flores… Sus palabras ruborizaron mi silencio. Y en tanto callé, la vergüenza usurpó el testimonio de mi felicidad. Estando la sombra de nuestro goce a la intemperie, fue devorada la lumbre que alcé en mi alegre cirio, devorada lo más como un inoportuno mendrugo entre el banquete y la voracidad que nos acechaba. El blando trono de mi luz se derretía lentamente, entre ráfagas de oscuros retoños… Él se fue lejos con una promesa en esos labios que siempre besé sin contradecir. Partió; y yo, prometida a ÉL, juré a su promesa la beatitud de mi lealtad. Prometida a él, era yo misma la prenda de lo prometido… Durante edades marché al dintel pendiente en lo alto de una puerta, cuya osamenta hincó un par de rodillas en las dudas que mis ojos anhelaron… Lo esperé bajo las jorobas de un sol inflexible y duradero. Lo esperé bajo las sombras que batían pesadamente alfombras mojadas en Persia; ¿y qué vino a ser lo que por pródigo me daba, si no era la órbita de una arruga que midió su horario en señal terminante, acaso una vasta mejilla en cuya simplicidad ni la plenitud de mis lágrimas halló atajo alguno?

(Toma una margarita del suelo y la deshoja lentamente)

— ¿Habéis visto golondrinas caminar por las ramas del viento, es pereza su furia en el aire, o sus patas son tan cortas como vuestros besos y sus alas alegres como mis pasados días?—

(Suelta el tallo. Los ministros contienen sus risas, el rey con una mirada los reprende)

Desde entonces no supe mucho de él. Al ras de otros hombres, la guerra lo rodeo de armas y peligros. Y la sangre, dilapidada sobre el polvo, lo ligó a otros hombres incubados al ras de la muerte. (Oh, no lo vería jamás.) Cuando sus oraciones se orientaban a la fe incierta de un follaje prismático y redundante, cuando un golpe terrible lo sobrecogió y lo derribó de sus últimas huellas, y se hundió en oraciones subterráneas, hacia sótanos llenos de oscuros mordiscos… Entonces, yo, postrada sobre la hierba, rodeé mis rodillas con mis brazos. Hincada como estuve dolorosamente sobre mi frente, lloré; y el sueño, fuera de toda esperanza concebida entre la fiebre de mi pena, sepultó a los nidos de mis párpados, pero en vuelo desigual los dos habían partido como un mezquino pájaro de un mundo lujoso. Fue vigilia, entonces, la que dio vigor a mis alas dormidas de una vez y para siempre. Fueron los distantes aleteos de mis párpados cuanto no daba reposo a mi carne ya demolida por la desesperación… Concluyó la guerra y los hijos de la guerra volvieron a la campiña, y los desheredados de la guerra quedaron sepultados en campos de batalla. Pensamientos sombríos se jugaba la túnica de mi clarividencia, y el campo era el compás de un cielo inexorable cuyas sombras ya habían transigido con mi sueño o con mi suerte. Erré por los montes según el vigor de mi juventud, o según el vigor de mi dolor. Los días se tornaron en luto, antes del ocaso y antes de vestirme; y el alba siempre precedía a mi fatiga. Tantas veces amanecí como el rocío, excepcional en cada una de mis partes; dispersa como el rocío, húmeda como el rocío, postrada sobre la hierba como el rocío, entre las lágrimas de una tempestad que me anegaría. Hundí mis manos en la tierra, por debajo del rocío, acaso en busca de un pez frágil. No había indicios que me orientaran en aquella tierra vasta y hasta su fondo impenetrable. Así, impelida por el ahogo que desde muy dentro rezumaba, partí lejos. Partí al orden que distribuían espejos enmarcados en pesadas volutas de madera. Lejos de la campiña: donde otras guerras acaban con los contendientes antes de que regios sepulcros se edifiquen sobre sus virtudes militares. El viaje fue corto, tal suele ser el sueño a punto de un espasmo. Atrás no quedaba más que la hierba y una noticia fúnebre; conmigo venía todo lo que me hería, conmigo venía lo que punzaba alfileres de un sastre muerto en memoria de sus puntas. De aquel mundo nuevo, que vaporosamente fue revelándose, imité una dignidad que nunca fue distintiva en mí. Traduje el orgullo de muchos necios y me sustraje al lujo de unos pocos. Amanecí en lechos perfumados, sobre los que un malestar, embrión de cuchillos deformes, se cebaba en busca de sus vientres. Me entregué al gozo ajeno sin que siquiera de él una risa atenuara mi máscara de gozo. Corregí mi sonrisa imperturbable hasta el punto de que ningún espejo me conmovía; y cierta frialdad premeditada endurecía mi parte en la sobremesa…  Nada evitó los dardos de mi mal, que era la señal de un sufrimiento anterior a la corrupción. Mi rostro fue envejeciendo: tantas arrugas cicatrizaban heridas incurables; tantas cicatrices en vano amordazaron las flores que de mi dolor brotaban. ¡Ya la muerte, susurrándome al oído, me prometía un traje! Y sin estar lejos yo de aquel porte encorvado y ceniciento, envejecí en pos de otras larguezas que ni así podían recortar a mi memoria. Me rehíce desde la forma que conseguí hacerme, y los desvelos me azoraban hasta en mis pesadillas. En aquel lugar, cierto día de cierta noche, fui acusada por enemigos jactanciosos; acorralada entre las objeciones de quienes revolotean sólo por vigor de sus vanidades. De las hilachas de mis vicios, fui arrastrada al final de una galería ajena, durante el apuro de un juicio dudoso. Al margen de cualquier ceremonia, fui expulsada de aquellos esplendores. Y sin reliquias que tintinearan como antes, sacudí mi único cencerro de oropel ya embotado por la herrumbre. Había sido echada de la piedra, cuyas maculas ostentan condecoraciones de otras sangres. Había sido echada antes de la consumación, casi herida mortalmente. Entonces, a pesar de mi fatiga, marché hacia un lugar impreciso para la memoria de aquellos verdugos. Marché hacia un lugar preservado por mis recuerdos. Decididamente regresé a la hierba que durante tantas y amargas oportunidades sostuvo mi sombra, mis pies, mi rostro, mis rodillas, mi llanto, mis manos que desesperadamente la segaban. Despojada de atavíos e hipocresías, me tendí sobre aquel lecho que el dolor dispuso ante mí… ¡Oh, como la muerte dispuso un lecho profundo para mi amado! Nada en la campiña cambió con mi ausencia: aún las viudas lloraban a sus esposos sobre un lecho reciente, y aún los hijos de aquellos hombres crecían entre juegos de guerra, madurados por el rigor de azotes tan postizos como las dentaduras de sus ruinosas encías. Nada en mí era igual entonces. Me sentía huésped de mi profanación. La gente, como las espinas, brotaba entre las piedras, y con la dureza de cada golpe condenaron lo que tantas fiebres ya habían consumido. El vicio socorrió mi silencio, me separó del perdón impuesto por otros a quienes poco les incumbía. Una noche, como aquella en que partí hacia un mundo extraño, el vino me introdujo a exquisitos cortinajes, hacia una alcoba que yo había prefigurado entre pretiles y vacíos, pero mis párpados de súbito se posaron como un mezquino pájaro venido de un mundo lujoso. Y así como mis párpados, y no los sueños, la vigilia hirió mis ojos al despertar. Y así como mis ojos, mi piel fue herida al despabilar frente a la condena inmisericorde. ¡Oh, bajo la sombra de manos que me desconocían, fui consagrada otra vez a la inquina de mis acusadores! La dureza del mundo fue desmigajada sobre mí, o de las garras de mis párpados caí hacia un mundo malvado, que maldecía mi desgracia y aun el fondo de mi caída. Ya libre del sopor del vino, lejos del diligente tribunal, uní, por un deber melancólico, aquel  póstumo rosario sobre el cual rodé, o con cuya cifra casi me lapidaba otros devotos pecadores: ay, piedras, piedras de la que sólo por milagro salen mendrugos que descalabren al hambriento, piedras roídas por atajos de insectos y maleza. ¡Piedras!

(Da un paso al frente)

¡Qué enajenada certidumbre al margen de mis descalzos pies! ¡Qué secreto en ruinas mamposteado temblorosamente! A no pocas esperanzas se reducen nuestras dudas, cuando las cuentas de un túmulo se reúnen por fin. ¡Oh, la mitad del mundo está enterrada; la otra es tierra en comunión con la muerte! Las piedras elementales eran invocadas por mí, en aquella hora fragmentaria. Oh. Era la lápida del hombre predicho por la promesa incumplida y por el dolor de mi juramento. Sólo su muerte indemnizaba a los otros muertos; sólo sus perpetraciones eran conjuradas con tal recuerdo adverso. No hubo llanto para santificar aquella perplejidad; mis ojos estaban abiertos como si nunca hubieran soñado… Y yo, desnuda, invencible sobre las señas de aquel acertijo, enrojecía grietas con el rastro de mi débil sangre, reclinando mi cabeza hacia el regazo del vacío. A despecho de ciertas letras, que habían huido de la sentencia ignominiosa, se podía descifrar el epitafio, otrora izado sobre un vergonzoso montículo. Ah, lápida exangüe, ya lejos de aquel promontorio, desmigajada en el matorral, apenas armadas sus fracciones mínimas por mis manos temblorosas y ensangrentadas:

¡Adonde una verdad fácil engorda

La mentira ojival tallas nos borda!

Así, pues, diligente costurero,

En el sitio vestisteis la traición.

Mas los ojales, los sepultureros;

Mas alzada aquí, invicta la porción.

¡Oh, la mitad del mundo está enterrada; la otra es tierra en comunión con la muerte!

EL BUFÓN (con lágrimas aplaude)

¿Lo habéis escrito vos?

 

 

EL REY

Al punto de ordenarlo vos. Vuestra voz en orden clara, es el origen de estos versos. Me gusta vuestra corona, parece que estuviera al revés. No, no, no, no es ella la que punza la alta cabeza de un rey…

(A los cortesanos)

Caballeros, ¿traéis de cabeza a la corte? O bien por no decapitar a otros vais de cabeza dando tumbos.

(Al bufón)

Reíd de lo que lloráis, y así migrañas serán chiste un poco más veraces. Os voy a representar un acto nuevo en el piso que pisáis cual dios que descalzo nunca pone el pie para caer. Traeré a una actriz pequeña, que dice haberse llamado desde siempre como ella misma en letras honra a su sombrero de niña. Veréis que es pequeña, porque apenas la veréis en la escena que se alarga hasta la impaciencia de tan larga expectación… ¿Cansado estáis de esperar por ella? Pues largo es, rey al que felicito el traje y las lágrimas derramadas a término del drama, el atajo de lo que le queda por transitar a la pobre mujer, que se llama… ya os traigo, esperad tan sólo lo que yo os acortaría para no veros en la fatigada espera que siempre a los asunto de los reyes aguarda, quién sabe con qué propósito urdido en contrario de cumplir ordenes divina. En fin…

(Sale el rey)

EL BUFÓN (aparte)

Dice lo que antes no escuché. Palabras que pulen la corona de cuanto me cuesta decir.

(Entra el rey con Micaela)

 

Escena 5

 

EL REY

Es actriz de escena corta; las piernas le cuelgan, larguísimas, si calla su parte.

(A Micaela que casi se desmaya)

No os sentéis en mis pies, parece que os tocara figurar de enferma, recordáis que sois desde este momento cuidadora mía. Yo haré de enfermo, que agoniza para no morir. El chiste es bueno, ya lo veréis…

EL BUFÓN

¿Micaela?

EL REY

Es una pregunta que tiene el nombre de su respuesta… ¿Pero cómo lo sabéis, rey?

EL BUFÓN (conmovido)

Dejadla hacer el papel de enferma.

MICAELA (con lágrimas)

Sois el rey que recuerda, sedlo también de vuestra memoria…

EL REY (en voz muy alta)

Rey que recuerda todos los nombres de su risa.

MICAELA

Seré, si así lo preferís, mi rey, la enferma que agoniza en el arduo recodo de la muerte. Ah, si al menos bastara una preferencia vuestra para zurcir un mejor sudario.

EL REY

Mujer, venís a divertir al rey no a poner sal en sus ojos.

MICAELA (siempre al bufón)

Dejadme tender a ras de estos pétalos, que funerariamente os honran.

(Se tiende en el suelo)

Empezad el acto, pues…

(Cierra los ojos y muere)

EL BUFÓN (preocupado)

¿La enferma no tiene qué decir?

EL REY

Debería quejarse, según creo.

(Le palpa el cuello)

Pero no según ella siente, pues muerta está, rey…  Bien, era corto el chiste y ella abreviadamente lo cifra al estirar la pata que le sobra a su cojera.

(Todos ríen menos el bufón)

CLAUDIO

Majestad, pero alegraos de que el bufón salvó el acto.

EL BUFÓN (ensimismado)

Si mi boca no rio a tiempo, mis manos ríen su parte y por la demora ríen más.

(Aplaude y el resto ríe)

EL REY (haciendo cabriolas)

¡Hurra! ¡Hurra!

(Ríen los ministros. Oscurece)

 

Escena 6

 

(Conspiradores a la sombra)

CONSPIRADOR 1

¿Estáis todos?

CONSPIRADOR 2

Todos los que iban a venir, menos quién prometió llegar después.

CONSPIRADOR 3

Bien, hemos de convenir que falta quien ahora no escucha mi voz. Escondidos aquí, nos escondemos de su promesa. Esperemos a que llegue, pues sería mala señal que faltara a la reunión que fijó.

 

 

CONSPIRADOR 2

No apuréis el retraso de nadie. En adelante cada cual llegará justo para verificar su tiempo.

CONSPIRADOR 3

¿Y vos ni este momento, a la sombra de dudas que compiten por un rincón, os dais cuenta de que la promesa incumplida habrá de forzar su perjuicio?

CONSPIRADOR 4

A callar. Son días estos en que el cumplimiento descuidado de nuestras promesas nos delataría.

CONSPIRADOR 1

Tenéis razón, pero sin tenerla también es un riesgo deliberar en corros.

CONSPIRADOR 3

¿En qué sitio se esconde la impunidad que nos salve? Somos libres sólo de callar una palabra: libertad.

CONSPIRADOR 4

Pues desde mañana seréis libres para defender hasta vuestra mudez.

CONSPIRADOR 2

Esperáis mucho de un día sangriento. Os preguntaré a todos: ¿pensáis que es libre quien sin descanso huye de la esclavitud?

CONSPIRADOR 3

¿Pensáis huir? Ya se me figura que la esclavitud os está pisando los talones. Id, pues, que sois de quien os persigue.

CONSPIRADOR 2 (le toma del cuello)

¿O pensáis que la sangre es el atajo de mis manos?

(Lo suelta, tratan de golpearse, pero el resto interviene)

CONSPIRADOR 1 (jadeando)

Calmaos. Os responderé ambas preguntas: ¡Muerte al rey! Creo haberos satisfecho con una respuesta inapelable, cuanto por ser ella la única curiosidad de vuestras preguntas, ¿no es cierto? Bueno, pues a fraternizar otra vez.

CONSPIRADOR 4

Decía, caballeros, que desde mañana, habrá que amanecer en defensa portentosa. La cobardía de hoy la tendremos que defender tenazmente. Lo indefenso por nosotros será protegido…

(Entra quien faltaba)

CONSPIRADOR  5

Señores, las viejas leyes fueron relevadas por otras, y aun por antiguas aquellas fueron encarceladas bajo sentencia de los nuevos engendros. No defenderemos ni lo débil ni lo severo de esa pugna, y por el contrario combatiremos aun lo que en nosotros desmaye. Defenderse no es el comienzo, es justificar el fin. Si me preguntáis cómo convenceros de que mañana no debe ser la abreviatura de un porvenir anulado, os diré que no penséis en mañana sino en después. Si preguntáis cómo convencer a otros, pues os diré que si tratamos de convencerles antes, no les convenceremos jamás. Primero venderemos sus temores a los avaros que nos envidian esos mismos tesoros, luego convencerles será, en su orden, cosa segunda como cierta. Convenís conmigo en que quienes viven de su vida, mueren a expensas su muerte; pues así que no viváis de vuestra carne, que carne vamos a cazar.

CONSPIRADOR 1

Sois…

CONSPIRADOR 5

Callad, señor. Tened presente el silencio de esta noche. Lo que nos sucederá por profecía de vuestros miedos, que figure entonces en su presente, que ha de tener allí también la campaña de una guerra. Vendrá lo que ha de venir siendo tal lo venidero, que para un régimen así de genuino antes debéis abolir a la monarquía, la cual por extensión de su improcedencia es siempre parasitaria. Es que ni por colorida tradición un pueblo puede admitir una merced tan injusta, cuyo mayor lujo, aun por encima de sus joyas usurpadas, es el acomodo de tribunales condescendientes. De preferir ese estado de cosa, se sería súbdito sin duda, pero no de reyes (que a la larga se les habrá de suprimir a todos), sino de la cobardía que siempre sobrevive…

CONSPIRADOR 1

Luego…

CONSPIRADOR 5

Y cuando no se crea reinar sino en una sepultura anónima, se llamará a consejo tal es costumbre suceder al caos, se invocarán las diferencias del concurso y a réplicas inconstantes se conciliará, al fin, las iniciales del nuevo alfabeto. Ya las meditaciones de un pueblo oprimido han vencido en su parte, acaso se os han adelantado a vosotros; sólo la espada vuestra puede felicitar tal anticipación en el mismo campo…

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  I

 

Escena 1

 

(Sala real. El rey y el bufón)

EL REY

Se nota, rey, como si os lleváis en vuestro semblante, tan  fresco al amanecer, aún la nota triste de alguna mala noche, rimbombante himno que no os deseo como perfil real pronto a ser acuñado hasta en la frente de vuestras monedas elementales que ruedan en desuso. Si lo sospecháis así, pues así hablo largamente desde aquel acto que se acorta en mis memoriosas dilaciones, rey. Pero, a partir de esta pregunta, puede que mi voz me abrevie: ¿Por qué será, rey, que los bufones crecen una parte de su promesa después de haber nacido para secundar las rodillas de sus padres? Os respondo con este salto: para llegar a sus cascabeles.

(Come una nuez)

Como sabéis he nacido de las entrañas de mi madre, quien era esposa de mi padre, hija de mi abuelo, hermana de mi tío, enemiga de Adán, y aunque sus cuidados maternos, venideros al parto, acompañaron mis primeros y cortos años de infancia, ella ha sido desde siempre menos pariente mía que lo fue mi hermano.

EL BUFÓN

¿Cómo es ello que, siendo vuestra madre quien os trajo al mundo, vuestro hermano sea más cercano a vos?

EL REY

Veréis, rey. Siendo también heredero de mi padre, quien era esposo de mi madre, hijo de mi abuela, hermano de mi tía, enemigo de Eva, luego soy hijo completo del dúo, y parcial de cada uno de los esposos. Soy, por mejor decir, medio hijo de mi madre y medio hijo de mi padre, mas de mi hermano, gemelo mío desde el principio, fui hermano completo, y aun otra consanguinidad fraternal suma un eclipse al plenilunio.

EL BUFÓN

¿Cuál?

EL REY

Pues el que mi pariente no me sobreviviera en el parto.

EL BUFÓN

Puesto que habláis de vuestra familia en los términos que la naturaleza os concede, no me atrevo a contrariar los defectos que suelen ser esclavos de tal virtud, aun yo siendo de este lado juez. Sois, ciertamente, un bufón cuyo ingenio mejora una simetría fiera…

(Aparte)

Si yo no llevara esta corona, sería el cómplice vuestro como el de la naturaleza.

(Otra vez en voz alta)

¿Erais un niño muy pobre, caballero?

EL REY

La fortuna era tan escasa en casa, rey, que vivíamos a la intemperie, soñábamos con un techo, celestial se me figuraba el techo si no se le parecía al cielo. Palacios como estos, ni en sueños, vivir como ahora, ni viviendo. Reyes como vos, ni siendo el bufón de todos los súbditos. Sólo el hambre nuestra comía, y nosotros de nosotros le dábamos hasta los huesos aunque sea por verle comer a ella. El oro era tan poco que lo poco que era no alcanzaba a plomo, aunque ciertamente pesaba más. Tan raras eran las monedas en casa que en lugar de gastarlas las coleccionábamos, rey.

(Comiendo unas uvas)

Os daré un consejo, rey, no dejéis nunca que vuestra corona la remiende el herrero que os odia, ni le permitáis a éste que os fragüe los cuchillos de vuestro banquetes, pero rey, que triste apoyáis esta mañana la cabeza entre manos temblorosas… jamás matéis al Adán de los cuchillos. En cambio, devolvedle el paraíso, la venganza está detrás del mordisco… hay muchos cuellos que mucho no son el vuestro, felices días para el metal de todos los reinos, y sólo un cuello sostiene vuestra cabeza y vuestra corona, cuidad de que ningún conspirador en el vuestro reclame dos. Dame vuestro nudo y os lo desataré en el cuello.

EL BUFÓN

Estoy extraviado, caballerito, pero en vuestras palabras incesantes hallo el paso de mis palabras… decidme, por qué sólo para escuchar a mi bufón tengo mando, pues con vos mi corona despunta en brillo, y, por opuesto tributo…

(Tose)

EL REY

Os respondéis vos mismo con mi voz de enfermo.

(Remeda al bufón y luego ríe)

EL BUFÓN (primero entre risa, pero luego triste)

Soy un rey a los pies de vuestra risa… Pero escuchadme, por favor. Anoche, antes de irme a la cama (cama a la que por cierto no acudió la reina de mi lado sobrio, y si la reina de mi sueño cuyo nombre dice ella misma a gritos que es “pesadilla”)… En fin, antes de dormir recé para conciliar el descanso reparador, que a un rey dota de cuanto haya olvidado en una mala noche de vino. Veréis, sois vos otro que sabe, sé que lo sabéis antes de que os haga esta confesión, que no soy el mismo, y no sé si el mismo de antes se le parece a lo que todavía no recuerdo. ¿Qué debo hacer para ser el mismo que se le parece al de siempre, que se le parezca a ese mismo que vosotros recordáis y que en mis facciones turbadas por el olvido se distingue?

EL REY

Ordenad vuestras órdenes, rey, y en fila disciplinada hacedlas cumplir; si no, vuestros ministros os coronaran de lo lindo con estos cascabeles feos, que ya suenan como campanas de boda. Llamad a vuestros ministros, andad a caballo en sus lomos de burro e inspeccionad vuestros predios al trote. Rey, os ordeno que ordenéis. Ordenad, ordenad… llamad al hombre tocayo de mi orden.

(Se levanta el bufón de su trono)

EL BUFÓN

¡Ordenanza!

(Al punto entra el ordenanza, hace una genuflexión)

ORDENANZA

Ordenad, majestad.

EL BUFÓN

 Id por mis ministros; apuraos…

EL REY

Deprisa él hombre de recados se hace más lento, que la noticia lo aventaje entonces…

(Sale el ordenanza)

Rey, si queréis volver a la forma que creéis haber perdido, no sé en qué forma que desconozca vuestro séquito, os digo que debéis reíros de vez en cuando y ceñir el duro ceño siempre. Necesitáis que un bufón os recuerde este consejo, pues, si no, seréis por cualquiera mal aconsejado y aun como Proteo no seréis sino vos mismo en una única y adivinada forma…

(Entra Ambrosio. Al oído del bufón)

Aquí viene un rebuzno.

AMBROSIO (se inclina con desparpajo)

Majestad, he pensado en un nuevo ministerio que no sumará un ministro incompetente a vuestras dones.

(Conteniendo la risa)

Es invisible y sólo quien lo encuentre será su rector. ¿No adivinéis, majestad? La nada, señor. Os dará los mejores consejos y nunca os contradecirá en nada. Se reunirá con nosotros para discutir cualquier asunto que no apreciemos enteramente, y de él nos dará la mejor solución que no nos quedaría menos que asentir frente a vos. ¿Qué decís? No hay que pagarle, ni agasajarlo con ningún banquete, señor, nada aceptaría más que su vitalicio título.

(Se ríe el rey. Entran Carlos y Eduardo)

CARLOS y EDUARDO (en una genuflexión rasante)

Majestad.

EL REY (al oído del bufón)

Una manada de rebuznos, anuncia la batalla que, sin embargo, no debéis librar a lomo de burro, rey…

CARLOS

El ministerio que ya os habrá propuesto Ambrosio, sólo merece la corrección mínima de mi indiscreción. Veréis, señor, el ministro que haya encontrado estos oficios, de seguro haciéndolo en yerro de su pereza, deberá antes, como obligatorio intermedio, encontrar aquello que precisamente buscaba antes de que se le ungiera en sus funciones, por contrario no se le juramentará como ministro…

EDUARDO (conteniendo la risa, le guiña un ojo al rey)

Majestad es la letra enana que debe precisarse en tal contrato.

EL BUFÓN

He pensado, señores, que ese otro ministerio vuestro de reuniros para la juerga es común a todos, y que en el sobráis todos vosotros cuanto más os empeñáis en entretener mi melancolía. Me habéis hecho reír en mis buenos momentos, y en estos días de resaca habéis animado mi extravío, del que sé que os preocupáis sin duda. Mas no sólo en la adulación hay la corona más abierta que nos unja, y, siendo el rey de esta tierra, es mejor que lo siga siendo antes que mi título se hospede debajo de su arenoso tiempo. Sin embargo, no consigo, con mucho, siquiera asir el cetro de mi duda. Es grave la confesión que a vosotros hago, tanto más por anticiparla frente a mi bufón.

(Todos contienen la risa)

He reflexionado en estas horas… pues en esta hora medite lentamente la hechura de un nuevo reloj, que, antes que vosotros llegarais con una farra bien intencionada, el bufón sincronizó a la verdad. Verdad, señores, que puntual amarro en todas las horas que me quedan.

EL REY

¡Hurra! ¡Hurra! Esa verdad es redonda como el reloj que lleváis en ceñida esgrima…

(Aparte)

Pero dura un giro.

(Entra Claudio)

CLAUDIO (hace una genuflexión)

Majestad… ¡Vaya! Los rostros se me figuran sincronizados, señor, excepto la vuestra que espera al bufón.

(Le guiña un ojo al rey. Todos los ministros ríen)

EL REY

Tus palabras os dejan rezagado, rey… apuraos, pues.

(Todos ríen y el bufón casi parece sucumbir con un mareo)

Acunad vuestra cara en esa manos temblorosas, rey, y veréis que despierta en medio de un terremoto, que en las cuencas ciegas de vuestras manos cabe…

(Los ministros ríen)

ORDENANZA (desde afuera)

La honorable reina, majestad.

(El bufón despierta de su ensoñación)

EL REY y EL BUFÓN (apartes simultáneos)

Esposa mía, de vos aparto las palabras que no gustéis…

(Entra la reina)

LA REINA (mira al rey antes de incursionar. Luego se dirige al bufón con sobriedad de estado)

Vuestra estirpe por venir no merece que os tenga que avergonzar delante de vuestros ministros; pero si soy dura con vos, ya las razones por vos son hartas conocidas, y de ellas hacéis un chiste que cada día un traje nuevo lleva para el mismo acto.

EL REY (aparte)

Reclamáis en ensayo de vuestras durezas por venir.

LA REINA

Los asuntos a veces pintan mal; os traeré, sin embargo, un mensajero que noticias buenas del reino me dijo que os ha venido a traer. Haré pasar al mensajero para que veáis que aun la mejores noticias, en sus mejores lujos, deben por condición aguzar la perspicacia de un rey, haciéndole, luego, tan persistente como su severidad corrija. Debéis actuar, señor, conforme a vuestra corona, y siempre en celo del interés real. Si alguna virtud severa os ha enseñado la risa, respaldadla entonces en defensa de vuestra vida alegre, pero actuad pronto, aunque sea remedando la premura que os sugiere vuestra reina. Os digo todo esto, después de haberos dejado solo en vuestra alcoba, para que no creáis que el no haber compartido vuestro sueño haya de ser la causa primera de una prisa que os instiga a la locura y la perdición del mando. Ordenanza, que pase el mensajero… 

EL REY (aparte)

Reina eres.

(Entra el mensajero. Hace una reverencia)

 

Escena 2

 

MENSAJERO

Majestad, que vuestro estrella brinde por mejor salud.

CARLOS (al oído de Eduardo)

Y la joroba alza la copa y dice: ¿salud?

(Ríen entre ello y el rey los reprende con una mirada)

CLAUDIO

Majestad, antes de que atendáis vuestros asuntos, dejadme deciros que a las palabras de vuestra reina sólo me atrevo a sumar mi ministerio…  actuaré con diligencia, pormenorizaré lo que en sus mínimas partes requiere un menestral desvelado.

EL BUFÓN

Bien, Claudio. A esta asamblea, encabezada por mi esposa y mi bufón, celebro su sinceridad… también a ella debo un gozoso tributo, pues estas bromas, que desentierran una sonrisa entre los escombros de mis turbaciones, hasta la poca paciencia que le he tenido a mis cortesanos busca honrar… Mujer, nunca hay que ser injusto con una sonrisa, sino disciplinados. También podemos mellar en ella las púas de nuestros enemigos, al tiempo que aguzamos nuestros erizos más fatales. 

(Al mensajero)

Hablad, buen hombre, es vuestro turno incontrovertible.

MENSAJERO (mirando por el rabillo de un ojo al rey y por el rabillo del otro a la reina)

Señor, al pronto veréis que vuestro mensajero trae la noticia que más a tono de su talante está. No puedo ocultaros la felicidad de ser su portador, de cierto por dos motivos que os incumben siempre en deleite vuestro: el primero, señor, es la mejor noticia que he traído desde que vengo al palacio. Luego, ¿cómo, a pesar de mis alegres rubores, os velaría lo que me emociona tanto?

EL BUFÓN

Haced bien, buen hombre…

EL REY

Buen hombre, sois bueno… Si vuestro nieto no os hace rancio, son las arrugas la que os añejan malamente…

EL BUFÓN

No os intimidéis por mi bufón. Adelante. ¿Cuál puede ser la mejor noticia, que sin embargo pierde su compostura con una broma de mi bufón?

MENSAJERO

Majestad, fue mi alegría la que se distrajo con un chiste. Permitidme, señor, redimir vuestra injustificada espera con la generosidad de una noticia. Bien, la misiva que os enviasteis al reino rival de la ribera, ya tuvo su contestación como llanamente se le pretendiera de sus despachos. Esta mañana llegó un soldado del reino en cuestión, atado de espaldas al burro que lo trajo a la frontera. En su pecho traía la impronta por el hierro candente, la contestación de vuestra carta, en las condiciones exigidas por vos y observadas al punto por ellos. El rey vecino acepta así enviar un embajador para negociar con la desventaja de haber consentido vuestras previas costumbres. Como posdata, el burro, también con fierro candente, fija la fecha de la entrevista.

(Le da un papel)

Es esa, majestad.

EL BUFÓN

Bien, supongo que la tinta ya intimida la sangre extranjera. En prolongación de mis propios atributos, era de esperarse lo así expuesto. Hay que seguir con rigor de la palabra escrita al acto riguroso. Es preciso preparar una bienvenida austera al embajador que debe venir en camino. Si severo he de ser con quienes siendo mis súbditos me odian, qué tanto no he de serlo con quienes del otro lado de mis fronteras osan coronarse con el mismo encono…

(Acaso consultando a la reina)

Es una buena política esta que sigo en comunión con mi pasado, ¿no es cierto, reina?

LA REINA

Tanto que siempre debéis aguzar vuestros sentido. Hay ardides que se descubren en las bromas, el bufón os puede hablar de ello mejor que yo, pero hay asuntos que merecen la severidad que un bufón aconseja tras las máscaras de su rito.

(Su esposo le guiña el ojo)

EL BUFÓN

Venid, mensajero… acercaos más. Os merecéis un premio que aún mi goce no atina a escoger. ¿Qué me decís, Ambrosio?

AMBROSIO

Majestad, son tan buenas las noticias que ya han truncado toda huella sombría de vuestros pies. Me alegro como vos de que os decidáis premiar a este buen hombre.

(Intercambiando miradas de complicidad con los otros ministros)

Se me figura, luego, que un racimo de uvas de vuestra mesa le haría bien a su digestión, pues una cena también, a juzgar por vuestro semblante majestad, merece este hombre.

LA REINA

Premiadlo como queráis. Pero no os olvidéis de ser severo. Otros serios asunto contratan otra clase de heraldos. Advertid sin demora las señales, aunque para acercaros a vos porten máscaras y coloretes. Yo me retiraré a otra alcoba, no juzguéis en el desenlace del lazo un desplante en perjuicio de vos, juzgad en ello más bien el título que os tributa una esposa que no tiene ya razones para vigilaros el sueño.

(Hace una leve genuflexión sólo al vacío magnánimo. Le guiña el ojo a su esposo y sale)

EL BUFÓN

Carlos, alcanzadme ese racimo.

(Carlos le da el racimo de uvas)

Tomad, buen hombre.

EL REY

Si es vinagre o si es vino… quién lo sabrá. Buen hombre, id a destilar las uvas que lleváis.

(Ríe el bufón)

EL BUFÓN

Id en paz, buen hombre. La cena de hoy os la enviará un sirviente…

EL REY

No la dejéis de última…

(Sale el mensajero)

AMBROSIO

Si me permitís, majestad, debo retirarme a meditar la bienvenida que así de bien nos viene. Carlos, Eduardo, venid conmigo…

(Se inclinan todos y a un ademán del bufón salen de la estancia)

EL BUFÓN

Claudio.

CLAUDIO

Majestad.

EL BUFÓN

En lo que concierne al emisario, en qué historiados formas conviene documentarse.

CLAUDIO

¿Queréis que os cuente la historia de calvum ad calvum? Así juzgo cierto, señor, que podéis alumbrar vuestra coronilla.

EL BUFÓN

Eres prudente, por esos os juzgo el mejor ministro.

CLAUDIO

No quiero dejar de serlo, aun por plantearos otra cosa.

EL BUFÓN

Adelante.

CLAUDIO (a una señal del rey)

Que sea el bufón que os cuente todo, con la alegre paciencia que merecéis.

EL BUFÓN

Claudio, seguís siendo el ministro que mejor juzgo. Podéis iros.

(Hace una genuflexión y sale)

EL REY (dramatizando sombrío)

Os empezaré a decir, rey, que antes de vos tuvisteis padre que abuelo tuvo antes que él. Reyes se asomaron por estas ventanas del castillo, antes de espiaros desde los cuadros que sirvientes cuelgan en la paredes vuestras. Cuelgan un cuadro los bellacos, y en el nudo del cordel imagina el cuello atorado de un descendiente vuestro.

(Aparte)

Lo que no retrató el pintor, ahora lo pinto de un trazo.

(Continua el relato)

Bien, rey, otros reyes, de otras tierras, que al otro lado de las vuestras acuñan monedas para otras suertes, con vuestros antepasados disputaron guerras. En el polvo inconstante, que a diferentes nombres (de los vuestro y de los ajenos) han empolvado, cayeron los guerreros y la sangre de ellos, mezclada con la complicidad de anónimos cadáveres, por venganza convinieron borrar los nombres que sobre la tierra se hubieran decidido tras batallas. Así siempre se volvía al mis punto a sangrar a los guerreros, cuyas venganza repetía la voz del cero que comienza otra vez a impartir su orden. Pero un día, rey, tuvisteis padre que os quiso históricamente, según queda sentado por los cronistas de vuestro reino… pues bien, vuestro padre, que de loco tenía sólo la cuerda lira, cedió al enemigo de siempre una serenata que no la amarra una cuerda de loco, pero vos, que envestido con los pliegues plisados en el orden de severas ordenes por venir, y que…

(Oscurece)

 

 

Escena 3

 

(A la oscuridad rasante)

GREGORIO

¿Qué noticias os apremian, Andrés?

ANDRÉS

Nuestro informante en palacio me dice que el rey lleva semanas en un soporífero trance, y que el día, en que apenas cato el vino de la dosis anterior, concilió la idea menos lúcida de cuantas en esas últimas semanas dilucidase. Aunque se le ve divertido hasta el estrago y sus ministros le secunda en tales extravagancias. La reina casi fue forzada a comparecer en el trono festivo. El rey hizo transfigurar a su bufón a la medida suya. Toda una corona roma, que no se ha visto igual oropel ni en los peores tiempos del rey loco. Si me preguntaréis cómo se imagina que tal metamorfosis sea posible tenerse en esos pies en cuyo asiento ya se previene el fin, os podría responder, con las mismas palabras del informante, que un bufón intoxicado pudo extraviar sus chistes, y los cortesanos ir a gatas mientras cada rincón registran; pero estoy en el deber de responderos con vuestras mismas sospechas: el rey heredó las dos coronas de su padre. Estas distracciones que en palacio se hospedan con título real, se me antoja que buenas ventajas nos ofrecen, las mejores desde que hubiéramos de confiar en la mejor.

GREGORIO

Ciertamente, un rey entretenido agotará todos sus móviles, y a las calamidades rogará por una razón extra. ¿Qué os dijo el informante de los ministros, además de que secundan a su rey?

ANDRÉS

Que como unos de sus iguales lo tratan, según la conveniente impostura delante del rey postizo. Sabéis que por ser proclive a cierto humor extravagante fue que los ungió, apenas distinguiéndolos entre sus otros bufones.

GREGORIO

No todos figuran en el retrato que hacéis, uno por cómplice nuestro se ofreció a proseguir con cualquier juerga ministerial. Es un hombre muy sagaz, Andrés, y sólo por hipócrita puede que se le distinga antes que por traidor. El rey no sospechará de sus fachas, así tenga que sospechar de los demás las fachas suyas.

ANDRÉS

¿Qué decís, Gregorio?

 

 

 

GREGORIO

Lo que ya merecéis saber, amigo. Y lo que vuestro merecimiento no debe transigir fuera de nos. Es temprano aún, y nosotros somos los primeros madrugadores. 

(Le pone una mano en el hombro)

Si la historiada estampa tiene la locura de quien enlutado la urdió, nuestro ministro no malogrará la suerte de hacerse el loco, y con juicio celará los pétalos que allá florecen. Un jardinero será él, un jardinero que nos deje la valla franca y que se nos una en la siega. Prolongar esos desmanes de locos, halagarlos, señor, nos marcará el blanco con la flecha fatal. La reina, por cierto, engorda un blanco en su vientre, tan redondo que las flechas que en adelante fallen darán en el centro de ese atajo.

ANDRÉS

Me pasma vuestro secreto. El haber conseguido un espía en el palacio, ya era bastante bueno como para suponer otro osado vínculo. Me alegra ser de confianza en este punto. De veras que sí, Gregorio…

GREGORIO

Andrés, el informante no era sino el saliente de lo que oculta nuestro palacio…

(Golpeándole el pecho con el dorso de la mano)

Nuestro palacio, señor. Ya veréis. Por otro lado, este informante suple las extensiones que por razones ministeriales el otro debe delegar.

ANDRÉS

¿Cuál de esos cuatros ministros es el nuestro?

GREGORIO

Eso nos toca saberlo cuando una entrevista nos junte. Por inverosímil que os parezca, le procuré por enrevesado epigramas en contra del rey, inspirados todos en viejas canciones. Cada folio par sumaba un estribillo impar, y viceversa. Cada verso en el folio deducía la ganancia del anterior y al final de su propia medida computaba un sumario propio, que justificaba siempre el primer folio en sus primeros versos. También la inexistencia de un autor que llevara su nombre cristiano, sumaba unas siglas in situ.

ANDRÉS

Se me figuraba que era IN RI.

GREGORIO

Ese es otro sitio, Andrés. Bien, de esta extraña forma que de momento me hubo costado creerla infalible, un anonimato sedujo el anonimato de unos de los ministros del rey. Por mejor decir, un hombre entiende al hombre que se hace entender. Cada acertijo era puesto en la mano contraria por el mismo informante que os ha mantenido al tanto de todos esos pormenores palaciegos. Sin duda, siguiendo el consejo mutuo, este hombre no quiere ser descubierto prematuramente.

ANDRÉS

De cierto que su revelación compromete las ventajas ganadas hasta hoy.

GREGORIO

Divulgar su anonimato haría que el rey desinflara su círculo. La gente que nos acompaña merece nuestra escolta. Nosotros, incluso, debemos militar con ellos, acompañarles hasta en sus ociosos días. Es gente tenaz, y el interés común nos estrecha; mas no es tiempo de que le presentemos a nuestro anónimo. Así todos, lo que a este pacto desigual nos unimos, conseguiremos el ras de una nueva corte.

ANDRÉS

Gregorio, ¿aún no ha venido aquella Hilda de la que hasta en sueño habláis?

GREGORIO

Aún está por venir. Espero que traiga su bienvenida, le daré la mía cuando llegue. Quiero que os conozca. Quiero que ella conozca todos mis sentimientos, que mi pecho le revele que en mi pecho su nombre se proclama. Ah, pronto todos estaremos encaminados más allá de este aquí y de este ahora.

ANDRÉS

Pues, mi querido Gregorio, aquí parece venir quien ya llega al lado vuestro.

(Entra Hilda)

 

Escena 4

 

GREGORIO

Mujer, que la noche siga a la lumbre de vuestras huellas. Venís puntual, y puntual la noche sigue en este cielo a punto de su bóveda. ¿No tuvisteis tropiezos en la plaza, vuestro antifaz mantuvo la compostura delante de tantos enemigos? Mirad que dicen que los espías del rey ya se han emparentado con el miedo de muchos.

HILDA

Sólo con los incestuosos. Gregorio, tanto me alegra de veros, que parece que os encuentro sin haberos tenido que buscar en mis afanes. Amargos han sido estos días como para agriar todo un año, y militantes obtusos  calzan con tacones para dar zapatazos en cada corro. Pues os cuento que tras dejar los asuntos de tantos criminales, incrédulo e hipócritas, que dicen matar al rey con una frase furtiva, se me figura que pocos grupos puede detentar un ejército que cada quien llama suyo para instigar la envidia de otros cobardes. Fanfarrones discuten condecoraciones de antemano, y el pueblo hace la guerra sólo para ganar otro chisme…

(Se detiene en seco)

Perdonaos que no os haya visto, pero la oscuridad de esta sombría noche, a ras de lo que veo, vela también a los amigos.

GREGORIO

Perdonadme a mí, por no haberos develado el misterio con que se consiguen vuestros nombres. Hilda, he aquí, al lado de vos, un amigo que muchos años ha estado a mi lado. Por vuestra parte, Andrés, creo que apenas falta por deciros: hela allí. Andrés ha venido de tierra extranjera y extranjeras también son las noticias que ha traído. Lo he puesto al corriente de lo que ni en el exilio está libre de un rey tirano. Es un hombre leal al que he sido fiel desde que lo conocí, y al que juré lealtad, tributándole con un secreto que en breve plazo mereció saber.

HILDA

Tanto gusto de conoceros.

ANDRÉS

Lamento ser tan descortés de regocijarme de vuestro gusto antes que vos…

GREGORIO

Hilda, a todos se nos figura que todavía los frutos no están maduros. Sé, como vos también lo sabes, que un mañana que provenga de un ayer es un tiempo que ahora no nos conviene, otro será el amanecer en que se coja el fruto cuajado de un plan. La calma, la paciencia de esa calma, nos enseña siempre lo contrario que todos aprenden de su prójimo. Pero también convengo en que si lo verde no madura en el rigor último de la naturaleza, es hoja que en sí contiene una acusación contra los profetas. Es preciso, querida, podar antes de la siega. Ya somos una fracción infatigable con un enemigo común, este principio mínimo, natural de cualquier alianza, consigue nuevos aliados. Por cada uno de nosotros decenas se nos unirán; y por cada decena, una centena. Por cada sospechoso conjurado, las sospechas se advendrán a nuestro ejército. Somos nosotros, mujer, quienes convocarán todos los corros en un solo círculo. Y de cierto os digo que ha llegado la hora nuestra y el tiempo que vendrá después.

HILDA (conmovida)

Tenéis razón, y Andrés es testigo de que os la concedo con la extensión del cumplimiento.

ANDRÉS

Testigo soy, señora, y también observaré mi parte en vuestra promesa. Gregorio, mañana os espero en mi casa, venid con la armas que dejé en la casa vuestra. En estos días difíciles el metal debe pactar con su estirpe.

(Inclinándose)

Señora, a la luz de mañana reconoceréis mis rubores que aun en las sombras os premian.

(Sale Andrés)

HILDA

Mañana, mañana, Gregorio… Ay, ya se acerca el después.

(Entra Nicolás)

 

NICOLÁS

Hilda, Gregorio, por encontraros a salvo no me alegro, perdonadme, pues a vosotros precisamente he venido a deciros, con la misma prisa de la pena que me embarga, lo que así me hizo correr hasta vosotros…

HILDA

Hablad pronto, que el demorar la lengua con la lengua misma os hace cómplice de la maldad.

NICOLÁS

No, que no sea así… porque antes que hablaros me la arrancaría para explicarme mejor. Escuchad. Unos espías, quizá encubiertos tras temerosos índices, delataron a un linaje. Los soldados acudieron a su casa, apurando los ficticios cargos que quizá ficticios delatores habrían urdido. Sólo encontraron a un anciano… Ah, con qué horror vi como ese anciano, a la luz de las antorchas homicidas, fue tendido en el umbral de su casa. Ah, con qué horror los transeúntes vieron en los ojos de su prójimo anegarse el llanto de toda una vida, cuando estas aves de rapiña vaciaban las cuencas del anciano. Con qué horror nuestros propios ojos podían ver aquel luto. El miedo, la impotencia nuestra, Hilda, huía de nuestros ojos, le daban la espalda a nuestros ojos. Por todos los dioses que ven por nuestros ojos, vi, con el horror de ver la desgracia a oscuras, como el anciano tanteaba en el piso su infortunio, para ganarse acaso un doloroso cetro. El anciano, cuyas copiosas lágrimas aumentaban su ceguera, clamaba por un silencio milagroso; y el bastón, labrado para sus últimos días, habría de ser el primer bastón de sus días oscuros.

GREGORIO

¿Y que hicisteis vos por el anciano?

NICOLÁS

Lo mismo que todos: pedirle perdón sin que escuchara, y avergonzarme bajo sus mismos ojos.

HILDA

Nuestros ojos han de ver en su rincón. Y el horror que visteis en cada anciano, en cada niña, en cada madre será un faro de nuestra ira. Vayamos ya… no con la mirada enmohecida, corrupta y roma, sino con la punta de la espada aguzada fuera de su cuenca.

GREGORIO

Con vosotros voy al despuntar de las espadas, porque yo, amigos, nací para llevar ojos que vieron, desde el comienzo, la ruina en mi familia, y que, desde entonces, testigos son de terribles días que sobre crepúsculos de sangre se yerguen, desde que mis ojos vieron que los ojos de mi padre fueron extirpados en el umbral de mi cuna. Hilda, con que pesar vi que los agujeros en el rostro no me veían. Mi padre, tanteando una vara, me apartó de sí desesperado. Tengo tantos años como presumís, y en todos ellos recuerdo como mi padre me apartaba en pos de su rudo bastón. Su rostro, indiferente, aguzaba sus cuenca mientras bendecía mi desamparo. Tanto la pena me agobiaba que por la pena pude ver a mi padre sin los ojos que heredé. Desde aquel día en que fue preferida la vara antes que yo, llevé un garrote para tantear el camino de la venganza en ayunas. Era un niño enclenque entonces, y necesitaba de una cojera a semejanza del patriarcal bastón, pero ahora, siendo el hombre decidido que os escucha, no blando ya el garrote de bejuco con que ensayé mi esgrima, sino la espada que pesadamente forjé en mi juventud.

HILDA (conmovida)

Gregorio, querido, habéis encarnado en vuestra vida el rigor que una noticia me causó.

(Entra Ernesto intempestivamente)

ERNESTO

Amigos, no sabéis el dolor que mortifica mis palabras. Allá abajo fui testigo de una barbarie, que, ay, Hilda no podéis imaginar sino con los ojos vuestros, y os los arrancarías vivamente si anticipan una imagen tan atroz.

(Sollozando, cubriéndose el rostro con sus manos temblorosas)

Hilda, Hilda…

NICOLÁS

Ya les conté, Ernesto… otro acto horrible más retrasa nuestra espera.

ERNESTO

No, vos no entendéis, Nicolás… Hilda, Hilda…

HILDA

Yo aún tiemblo, Ernesto…

NICOLAS (a Ernesto)

¿Llegó la familia del anciano?

ERNESTO (destapándose el rostro y mirando fijamente a Hilda)

Vine a avisarle a su amada hija…

HILDA (Entre gritos y sollozos)

No, no, no… mi padre. No. Ah, la ceguera la veo por doquier, Gregorio… es el heraldo que viene hasta mis ojos… Ah, si mis ojos así hostigado os sirvieran como báculo, padre, os dejaría para vos y a tientas os vengaría. Maldito los ojos que guiaron las criminales garras… padre, padre, cómo puedo veros… cómo Gregorio…  cómo puedo veros vencido así, si no tengo la fuerza de vuestros ojos…

(Se detiene jadeante, toma a Ernesto de las manos)

¿Ha muerto? Decidme. Hablad pronto. ¿También cegaron su vejez?

ERNESTO (tartamudeando)

Vivo… Hilda. Vive… vuestro padre vive aún…

HILDA

Qué dolor éste que traéis, hombre, que exige no ser visto por los ojos que padezco. Asesinos, los dedos que hundisteis ya adelantaron su camino bajo tierra. Muerte, Gregorio, muerte, Nicolás. Muerte, Ernesto…   

(Sale corriendo entre sollozos)

 

GREGORIO

Id tras ella, Ernesto. No la desamparéis.

(Sale Ernesto)

NICOLÁS

Mañanas tendremos un cortejo luctuoso, que a un nuevo parto concurre. Gregorio, ya a los ciegos le renace ojos muertos que nos recuerdan nuestra hora y nuestra espada.

GREGORIO

De la mortaja del más legítimo lecho, la espera recorta sus pañales. No lo olvidéis puesto que habláis de recuerdos.

(Mirando alrededor)

Mañana amanecerá al alba de unas cuencas. Adiós, Nicolás.

NICOLÁS

¡Buena suerte!

GREGORIO

No exclaméis así; que no se me figura nada bueno con esa despedida.

NICOLÁS (Que no le había oído).

¡Buena suerte!

GREGORIO

No más. ¡Callad! Que habrá de ser de mal agüero insistir también.

(Sale)

 

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I I I

 

Escena 1

 

(La sala real. El bufón, el rey, Claudio y Ambrosio)

EL BUFÓN

De mi bufón se aprenden cosas raras, en estos días cuya rareza anda en disfraces de destiempo. He renacido hace un par de semanas y mi memoria es padrino de quienes bautizan mi segundo nombre, pues, siendo el mismo, ya es doble para vosotros y sólo se doblega por una risa de mi boca.

AMBROSIO

Tenéis razón, señor. Os notamos bastante cambiado de un tiempo para acá. El bufón, en cambio, se extravía en sus mismos chistes.

(Ríen)

EL BUFÓN (mirando al rey de reojo)

Sin embargo se me figura nuevo desde que me notáis diferente.

CLAUDIO

Aprendió a olvidar un poco y por poco aprende más de lo que sabe, señor. De ahí que haya perdido pericia en sus piruetas. Ahora es severo como si improvisara de su ceño una rutina.

EL BUFÓN

Alcanzadme ese espejo, Claudio. Es hora de ver como río. Venid, bufón, contadme un buen chiste.

EL REY

Un espejo fuera nuestro consejero, rey, si no tuviese la rezagada  costumbre de esperar que nuestra ceguera le reclame una visión. Si pedís un espejo, un enemigo, que os coquetearía con vuestros mismos ojos, al punto se muestra en marco funerario, no para calmar la ojeriza que le tengáis, sino para haceros envidiar su porte en ese encuadrado atisbo.

(El espejo se cae de sus manos)

¿Queréis un chiste o una adivinanza?

EL BUFÓN

Decidme una adivinanza, pues.

EL REY

¿Cuál es la palabra menos agraciada, rey?

EL BUFÓN

Pues, no sé… y no os tengo que dar las gracias por ello… Decidme, por favor, cuál es.

EL REY

¿Cuál es? Decídmelo vos mismo.

EL BUFÓN (consultando la cara de los ministros, triunfalmente)

 Sí, la fealdad…  “fealdad” esta es la palabra menos agraciada.

EL REY

No, rey. Sería muy feo que lo fuera.

EL BUFÓN

Pues me doy por vencido.

EL REY

No seáis ingrato, si os revelo la palabra menos agraciada.

EL BUFÓN

Ganáis el derecho de que yo sea consecuente.

EL REY

Pues, “desgracia”, rey.

EL BUFÓN

Eres bueno, haríais bien de rey. Decidme otra adivinanza.

EL REY

Pero tened en cuenta que, al no responder bien en adelante, se os instruirá una multa.

EL BUFÓN (primero duda, luego…)

Decidme igual…

EL REY

Bien: se viste y desviste y nunca está desnudo.

EL BUFÓN (tras una pausa, amargamente)

Me doy por vencido.

EL REY

Pues el sueño de un sastre, rey. Tenéis la penitencia de hacer una ley severa. Es por vuestro bien, por eso esta adivinanza la he guardado en doble cáscara. Ordenad un edicto, rey. Un no sé qué severo, digamos que a quienes de sus vigas buscan colgar cual fruto se le condene a morir más abajo, hay que parar tantos crímenes empeñados por orgullo, rey… Ahora os hablo en serio, y no os digo porque lleve de cinturón el cero aquí en el centro de esta estancia, sino porque los calzones se me ciñen bien… pues soy orejón y escucho que mis orejas pueden escucharlo todo, pero sólo sirven mis orejas para escuchar la risa de quienes se burlan de ellas, por eso no puedo escuchar los chisme que contra vos la gente de abajo levanta, pero se me antojan levantiscos, no porque tenga que levantarme de mi cama para advertiros justo lo que no oigo, sino porque soñé que podía hacer una pirueta sin salir de cama, rey, y porque que una mano de otro sueño quitaba la corona de vuestra cabeza dormida. Si os detenéis a indagar mi sueño, dais con el punto de que para contaros estas cosas sueño, y no por vuestra salvación velo… Los bufones tienen miedo, como sabéis, a despertar.

AMBROSIO

Pues sí, señor, hoy os toca instruir un edicto que al punto ha de expedírsele.

EL BUFÓN

Sí, tenéis razón. En ello pensaba ayer, y, antes del ocaso de ese día, clareo mi mente. Claudio tomad dictado, pues. Por decreto del rey se hará colgar una corona en réplica de la original… no, no, no. Borrad eso. Empezad así. Por decreto del rey se prenderá, en medio de la plaza, la gorra del bufón, que en estos días felices vive para regocijo del rey. Todos los transeúntes que concurran a la plaza deberán hacer, sin excepciones, una genuflexión al tributo que glorifica así la memoria de un rey alegre, cuya alegría en estos términos quiere compartir… mejor escribe: exige compartir… con sus súbditos. Para asegurarse de que sea cumplido con el rigor que se estipula, se apostará una guardia mínima, que se relevara dos veces al día. Aquel que contravenga el edicto, habrá de ser apresado para purgar la condena prevista por desacato. Redactad más o menos como os he dicho, y traedla para su sello real.

CLAUDIO

Al punto, señor.

EL REY

Agregadle esto, rey: y todo niño que se le sorprenda haciendo burla de la gorra, será reclutado para bufón de vuestra casa. Ya la muerte en escena me prescribe la caducidad de mis chistes, hay que disciplinar mis sucesores para regocijo de mi humor.

(Ríen todos)

EL BUFÓN (entre risas)

Tomad en cuenta especialmente esto último.

CLAUDIO (hace una genuflexión más inclinada al rey que al bufón)

Sí, señor.

(Sale)

EL BUFÓN

Ambrosio, ved como se cumple, quiero los pormenores que me diviertan.

EL REY (como un eco sentencioso)

Ambrosio, ved como se cumple, quiero los pormenores…

(Sale Ambrosio)

EL REY

Una adivinanza más, rey. Un bicho que de un día soleado viene, en el rocío espinoso salta. Entre sus pasos, el nombre suyo por otro así lo trueca. Los demás, horrorizados, le gritaban: ¿por qué nombre cambiasteis? Él se encogía de hombros… dijo algo que los otros no entendieron, no hizo otro ruido y calló para siempre y entonces su eco le replicó: ¿quién sois?

EL BUFÓN

Se me parece que si la puedo resolver. Permitidme…

(Se quita la corona para enjugarse la frente)

¿Cambio su nombre por el de otro saltamontes?

EL REY

Me preguntáis con una pregunta equivocada… no seas salteador de montes, rey. Mira que no conviene ir por los caminos bajo tales riesgos…

 

EL BUFÓN (en el borde del trono)

A ver: si es del sol y al frío va… se me figura que también desde el frío al sol vuelve... debe ser una cigarra.

EL REY

Pues apenas el sólo canto de tu respuesta no hace la cigarra, y una sola cigarra no hace el verano…

EL BUFÓN (comiéndose las uñas)

Me doy por vencido. Decidme por cuál nombre lo cambia.

EL REY (poniéndose la corona)

Pues, por “Biyo”. Tomad la corona. Otra penitencia para el rey.

EL BUFÓN

No os comprendo, caballero… sólo por bicho lo cambió…

EL REY

Por biyo. B-I-Y-O. Ahora repetidle de nuevo por mí…

(Palmeando)

¡Penitencia! ¡Penitencia para el rey!

EL BUFÓN

No os comprendo, caballero. Decidme…

EL REY

Entre Calidez y Humedad, entra la C y la muda H, que la mitad nada os decía, los esplendores de su corte, allí consiguió un veraz nombre que entre los muchos le nombrara; luego, “y” es el vínculo real y no fantásticamente copulativo con la reina…  “y” qué decís, “y” qué pensáis, “y” que cumplís, “y” qué… reyyyyyyyyyyy…

(Con afectado desdén.)

En un año bisiesto lo sabrás.

EL BUFÓN

No me retiraré a dormir hasta discernir algo al menos… Decid otra adivinanza.

EL REY

Entonces retírate a soñar nada más; no sabes qué iluminado sueños se dan en vela.

EL BUFÓN

Una, por favor…

EL REY (con la paternal indulgencia hacia un colegial)

¿Qué es aquello que sin ser una graciosa garza puede ser esa garza; que sin ser un obstinado perro puede ser ese perro; que sin ser una dura roca puede ser esa roca y que sin ser todo puede ser nada, porque siendo quien es, que así lo es, es una sola cosa?

EL BUFÓN (con desesperación abre los objetos como si en sí lo hallara)

A ver… como una garza, como un perro, como una roca… y que sin ser todo puede ser nada… si no es todo, luego es nada más lo que se dice: garza, perro, roca… esa cosa grazna, ladra y calla…

(Tras meditarle amargamente)

Me pica, me muerde y me descalabra… Vencido soy.

EL REY

Pues simplemente la cosa que es.

EL BUFÓN

Otra más; os lo suplico…

EL REY

¿Qué es aquello que sólo vive mientras por su ombligo entra y que sólo muere mientras sale dentro de su ombligo?

EL BUFÓN

Luego vive mientras muere, caballero.

EL REY

Como tú, rey.

EL BUFÓN

Pues apenas me dejáis vida para las incógnitas…

EL REY

Entonces con apenas esa vida, que tal vez ya te sobra como las ropas, morirás también.

EL BUFÓN

Me doy, me doy. Por todas las ventanas que me doy.  Decidme…

EL REY

Pues el vórtice. ¿Has visto que el agua se retuerce en esa forma cuando se retira el navío?

EL BUFÓN (ya de rodillas)

Una al menos que pueda adivinar…

EL REY

Adivino que no será tan fácil, pero probaré con lo difícil.

EL BUFÓN

Decidme…

EL REY

¿Quién se quita la máscara?

EL BUFÓN (parándose triunfalmente)

Quien se la puso.

EL REY

Pero no el mismo, porque para ponérsela no la tenía aún y al quitársela no la llevaba ya.

EL BUFÓN (perplejo)

¿Cuál es la diferencia si la criatura no ha cambiado en nada?

EL REY

Os engañáis porque olvidáis la máscara.

EL BUFÓN

Y qué importa si la olvido si ésta es la misma, puesto que no puede haber una diferente que nos vele.

EL REY

¿Acaso importa más?

EL BUFÓN (lentamente, temiendo una emboscada)

Pues a fe que no…

EL REY

¿Os importaría menos?

(Cuando el bufón va decir que “sí”)

Tened en cuenta que también “menos” no lo hace igual.

EL BUFÓN (fingiendo una categórica resolución)

Me importaría lo mismo, eso desde luego…

EL REY

¿Y si se te olvida? Mira que mucho se olvida lo que se reconoce igual.

 EL BUFÓN (creyendo firmemente haber terminado el asunto)

Se me olvidaría del mismo modo entonces.

EL REY (mientras el bufón seca su sudor copioso)

Viene siendo tu máscara tan tuya como no lo fuera del otro.

EL BUFÓN

Puedo adivinar al menos si soy yo quien soy.

EL REY

Sed cruel aunque no lo adivinéis, es un buen consejo con unos súbditos como estos; y tanto más cruel si no lo adivináis nunca.

(Oscurece)

 

Escena 2

 

(La plaza. Un soldado prende la gorra a la cintura del obelisco y luego se incorpora a su guardia. Un par de guardias y súbditos en corro)

GUARDIA 1 (leyendo el pliego)

Por decreto del rey se prende, en la cara norte del obelisco de la plaza, la gorra del bufón, que en estos días felices vive para regocijo del rey. Todos los transeúntes que concurran a la plaza deben asistir a su centro solemne y hacer una genuflexión que glorifique así la memoria de un rey risueño, cuya alegría quiere que sus súbditos adviertan. Por todos debe ser acatado lo prescrito, sin ningún género de excepciones. El rigor de su observancia será, desde el momento en que se haga público el edicto, celado por una guardia ceremonial que se relevará dos veces al día. Todo aquél cuya salud le obligue a contravenir la regla general, o cuya ignorancia no le advierta el riesgo, renuncie a frecuentar la plaza, pues quienes ignoren el símbolo, o hagan burla de él, se le ha de castigar severamente su desacato según el rigor que el rey os ha prometido como ley. Expedido en Palacio, con todos los sellos de armas, el Rey.

(La gente murmura)

GUARDIA 2

¡Silencio! Ya habéis escuchado.

(Todos los concurrentes hacen una reverencia unánime)

En otros lugares de reunión se ha hecho público el edicto. Y los muros que os muestran la franqueza de su pecho, llevan también sobre sus hombros un facsímile parecido al que se os ha leído aquí. No tenéis excusa para el desacato, y las excusas se castigan aun con mayor severidad. Así que machaos a advertir a vuestras familias.

(Le da instrucciones al oído de uno de los soldados de la escolta)

Bien, dispersaos. Ya os veo en el brillo de vuestros ojos que tenéis que hacer.

(Los súbditos salen en tumulto)

GUARDIA 1 (enrollando el pliego)

El primer edicto del mes, ¿uhm?

(Salen)

SOLDADO 1 (a su compañero)

Y para nos, otra guardia mensual que nos toca antes que termine el mes.

SOLDADO 2

Callaos. Mirad que puede ser vuestro último mes de este mensual proceder, y el primero de los fijos que os hacen un calendario fraudulento desde que nacisteis, acaso en mala hora inmóvil, justo porque no estáis quieto en el turno que os toca. ¡No os quejéis en servicio, dejadlo para vuestra casa! Los que venga, a este solemne paraje deben observar, y que vuestro silencio me aconseje que no os tenga que daros más consejos.

(Entra Andrés, le hace una reverencia al obelisco)

ANDRÉS

Guardias, un día como el de hoy merece ser escoltado por el alba y el ocaso. ¿Qué decís? ¿Qué edicto os obliga a callar frente a un transeúnte que os hace un cumplido? ¿No veis como un mediodía espía la mitad de mis halagos? Estáis rígidos y el obelisco al medio señala el dios que se relaja.

SOLDADO 2

Largaos de aquí. Si no queréis que os dé de bastonazos con el báculo de mi espada.

ANDRÉS

Calmaos, no os irritéis con aquél que da cumplimiento al edicto y al cumplido. Mirad que la embajada del bufón tiene su penacho de pavo real aquí. 

(Entra Ernesto, hace una reverencia al obelisco, se une a Andrés que lo llama aparte)

Ernesto, venís a ver el centro mismo de la gorra. Os doy mi sombrero para vuestras limosnas. Vaya, hombre, venís a mendingar en la plaza, mientras os quitáis el sombrero para otro fin más bajo.

ERNESTO

Qué decís vos. Me llamáis cobarde, truhán.

(Insinúa al obelisco por encima de sus hombros)

Entonces éste es el imán que como una yunta de bueyes nos hace sacar otro imán. Un imán que no nos repele, aunque ya me enemisto con vos…

 

ANDRÉS

Que sólo a mí me repele, os corrijo en la misma plaza, y el obelisco así escoltado es testigo. Yo por otro motivo vine, señor, que aún no comprendéis, para asegurarme de algo que en vos no es seguro que lo sospechéis… y aun así os digo que si me incliné fue a reparar la pobre trama que los bufones llevan; contemporánea fue mi curiosidad con el edicto, paralela la búsqueda y la calva.

ERNESTO

Ofendéis mientras lleváis la vergüenza vuestra por delante, y os amparáis tras lo que encuentra vuestro pobre tramado…

(Entra Octavio)

OCTAVIO

Como estáis, señores. Os alcancé a ver que reñíais, y lo que me separaba de vosotros se me antojó que también a mí me enemistaba, no con vosotros por cierto, sino por no llegar a vosotros a medio camino del atajo.

SOLDADO 1

¿Os atrevéis?

OCTAVIO

¿Qué decís, señor?

SOLDADO 2

Que os inclinéis delante de la gorra, nada más… será mejor para vos que tenga que decir menos en perjuicio vuestro.

OCTAVIO

¿Me decís que le haga una reverencia a un retazo que sobró del traje de un loco? ¿Habéis desertado del ejército para enrolaros en las migajas de otro así de delirante?

ERNESTO

Es el nuevo edicto del rey el guardar reverencia a la gorra de su bufón. ¿Cómo es que no lo sabíais?

OCTAVIO

Y ahora que lo sé, sacaré la mejor parte por no haberlo sabido, y mi propio interés sumo como parte de mi entendimiento…

SOLDADO 1

Majadero, os inclináis o lleváis la cojera del garrote a cuestas.

OCTAVIO

Ahora menos que nunca me inclino.

ERNESTO

¡Octavio, por favor!

(Uno de los soldados rompe su formación)

SOLDADO 1

Vos estáis aprehendido en nombre del rey, pero antes os daré una tunda en nombre de mi garrote. Mi bautizo será rudo, pero ya veréis vos que es la tunda encaminará vuestro porvenir.

 

SOLDADO 2

Os llamáis Octavio, pues, Octavio, la ruina vuestra otro nombre tendrá y ese nombre con que ahora os ufanáis no ha de ser sino un apodo entre vuestros dolientes.

OCTAVIO

Pues no hago la reverencia que me imponéis observar. Y ciertamente a vosotros juzgo guardianes del guiñapo, porque qué locura guardáis sino la de ser más loco. El rey por fin puso su estatua…  en medio de sus iguales.

(El otro soldado toca el silbato en auxilio de otros guardias)

No temo que me apreséis por lo que vosotros fuisteis encomendados.

(Lo aprehenden. Se resiste y lo cargan a garrotazos)

Hideputas, ya extrañaréis el no existir siquiera frente a mi espada…

ERNESTO

Dejadle, no lo cargáis a leña, que es mucha la que lleva para un incendio.

SOLDADO 2

¿También vos os atrevéis a replicar?

ERNESTO

Sólo dije, señor, que la inocencia de este muchacho es la que os ha ofendido, dejadlo que se redima con…

OCTAVIO (a Ernesto)

Qué decís, arrastrado… que imite vuestra calva. Par de cobardes.

(A los guardias)

¡Hideputas, soltadme!

(Lo cargan a garrotazos)

SOLDADO 1

Le amputamos algo, señor.

SOLDADO 3

El edicto, no dice que purgue la condena por partes. Ya la mazmorra se lo comerá de un bocado. Llévenselo.

(Dos soldados más lo sacan arrastras)

OCTAVIO (a Ernesto y Andrés)

Vuestros temblores ya flaquean, cobardes…

(Salen)

SOLDADO 3 (al soldado 1)

¿Quiénes son este par? Además de ser dos, ¿son cómplices del otro?

SOLDADO 1

Sólo por aconsejar el juicio que el infractor no acató…

SOLDADO 3

Id por ellos también. No se admiten reuniones sospechosas.

(El soldado 1 y el soldado 2 se aprestan a aprehenderlos, pero estos escapan, el soldado 1 los persigue)

ANDRÉS (en solo grito)

¡Hideputas, que no alcanzáis a dos que a dúo se separan!  

 

SOLDADO 3 (al soldado 2)

Id por otros guardias, y aprehended a esos tunantes por bien vuestro…

(Sale)

Ya se les podará tantas ramas huidizas.

(Oscurece)

 

Escena 3

 

(En medio del campo)

HILDA

Padre, aquí tanteo los primeros recodos invisibles. El rocío, del que mis roces beben un sorbo sagrado, eleva sus oraciones a mis lágrimas. Padre, el cielo… cielo que, a la intemperie de una estación recia, decanta sus secretas gotas hasta el fruto que el suelo nos tributa. Padre, los colores que huyeron delante de vos conspiran contra el luto del sastre que hasta ayer nos vistió… los jirones que nos quedan son las insignias de nuestra desnudez tenaz… Miro el paisaje despuntar en capullos, y veo como un ejército se mece en equilibrio multicolor. Ah, padre, el lazarillo, que os cuida a la diestra de vuestras sombras, me guio hasta la mitad de la hierba y en mi espada grabó el mapa del laberinto. Si vuestros ojos no están en vos, han de estar por doquier entonces. Mañana veréis, padre, como amanece, tras la noche que, poniente en vuestras cuencas vacías, en vano socorre los hijos que negó.

(Entra Gregorio seguido de Andrés y Ernesto)

GREGORIO

Mujer, la hierba está pareja, y al ras nos advierte por doquier la punzante cercanía. Os cuento que han apresado a Octavio. Ninguno de los cargos honra su ocupación. Preso está, Hilda, pero preso de la locura que delira sus últimos acordes. Tened en cuenta esta cuenta, antes que el mismo ras que os impide aguijonee vuestro odio con el cielo de su ras. Debéis saber que sólo porque la locura declina es que la libertad de Octavio conspira a su favor.

HILDA

¿Cómo ha sido?

GREGORIO

Lo aprehendieron, sin más que la partida a una mazmorra.

ANDRÉS

Un edicto descabellado, o más bien con los cabellos de un bufón, vejan las coronillas ya coronadas por el infortunio y por una calva voluntad.

ERNESTO

El rey obliga, desde hoy, a observarle reverencia a la gorra de su bufón, so pena de ir preso por desacato. Octavio, sin seguir los recodos de la tinta, concurrió a la plaza, en cuyo vil ombligo cuelga un guiñapo de fieltro con cascabeles desdentados. Él no tributó una limosna al sombrero que mendiga lo que exige. La guardia al punto reclamó una genuflexión. Andrés y yo, mujer, vimos que Octavio los desafió por vigor de su misma valentía. Los guardias no prolongaron más palabras y lo aprehendieron. Se reveló tenazmente, su rabia socorrió a sus palabras altivas. Me avergüenza confesarme un testigo inerme, sólo propicio a corroborar tantos garrotazos… pero fui a la plaza azuzado por un espía que por muchas calles me sofocó. Creí que alguien me había delatado, que era sujeto sentenciado de una sospecha que irremisiblemente nos concernía a todos nosotros… así entré en la plaza, representé, en el tablado de mi perseguidor, una trémula pirueta acaso para distraerlo de su acecho, con doblez acudí al punto medio que concilia mi deshonra con la de un desvergonzado, cobarde, sí, gemelo mío, y que hasta aquí nos trae un parto…

ANDRÉS

¿Desvergonzadas sugerís las razones que os oculté como la vuestras ocultasteis de mí?

GREGORIO

Calmaos, hombres. Hilda, no os preocupéis. Si Octavio maldice al opresor desde una de las mazmorras, antes nos dejó sus huellas, que cauce será de la libertad. Andrés y Ernesto, si bien enemistado por la misma plaza, pactaron su huida hasta este pastizal que otro centro tiene, escaparon a los garrotazos que en malas vísperas hubieran crepitado sobre sus lomos. Escaparon juntos, y juntos llegaron a un nuevo parto en que gemelos tales no serán, porque renacerán con nosotros y así perseverar pueden de sus flaquezas. Os digo esto a todos, el tiempo se aviene con sus señales. Ernesto será vuestro lugarteniente, Hilda. Andrés, el mío. Ya somos un ejército unido por la estrategia de toda una tropa que se rezaga si no pensamos ya. Adelantaos vosotros, nosotros esperaremos a Ponciano. En adelante, os toca agitar a los mercaderes, cuya codiciosa virtud corrompen el comercio. Allí, donde se transige con el oro reluciente, enmascararéis el símbolo que fraguamos. Cada transacción ganará, por fuerza del cambio, un adepto y convencerá a otro que del negocio dude. El dinero conoce los recodos, imitad sus proezas o seguidle, de suerte que en ninguna de sus caras os fije la suerte de ser descubiertos antes del motín. Hilda, cuando el sello haya perdido a los espías en su espiral, los dardos remendarán heridas; la plaza la tendréis en dos jornadas apenas. Nosotros vigilaremos centinelas y hasta en sus sueños hemos de proferir nuestra orden. Mañana, vos y yo, nos encontraremos a mediodía, el cuarto vuestro con el cuarto mío: la primera mitad consumada. Después de entonces tomaréis vuestro centro; y yo, aquel que ya rodea la corona del tirano. Reclutaremos enemigos y con ellos nuestro ejército será invencible. Sí, las uvas de abajo brindarán con las nuestras, y en el brindis dividiremos…

 

 

HILDA

¿Quiénes son ellos?  ¿Cómo es que ya militan antes que el caos los cense y les imparta condecoraciones?

GREGORIO

Son unos cuantos que han cortejado la venganza nuestra.

HILDA

Entonces, ¿viven de amores que nada propio aman, sin raíces que arañen por sí mismas?

GREGORIO

Son huérfanos de esta oscura edad; como muchos, nacidos el mismo día; pero un horóscopo junta su tropel en la clara tierra. Huérfano nunca he sido de sus cuidados. La gente que se batirá arriba, cerca de los muros, levanta el rostro para mirar como vosotros comenzaréis todo allá abajo. Son propicios, que han esperado toda una vida que a mi me toca encarnar, así como todos vosotros han esperado aun a costa de perder la suya.

HILDA

Gregorio, quienes viven a costa de su vida, muere sin redimir su muerte. Os ruego, querido, que lloréis por vuestro muertos, pero no viváis de vuestra carne, que carne vamos a cazar.

GREGORIO

Viene lo que vendrá y llegará por venir de donde viene; no os preocupéis, mi mujer, que el rey de esta suerte no se salva.

HILDA (Mirando en derredor)

Ah, pues ya suena al unísono: enlutado el cadáver del rey quedará solo, y sólo para sí remendará sus galas conjuradas. Venid, Ernesto.

(A Gregorio)

Os espero. Adiós.

(Sale Hilda, seguida de Ernesto)

 

Escena 4

 

ANDRÉS

El edicto puede ser del bufón o del rey. El secreto se atavía con esa diferencia y se cala la gorra de la plaza. Gregorio, se me figura que todos deben saber de una nueva corte, así aguzaréis el apetito antes del ayuno. En este momento, ya no importa cuán glotones sean lo espías del rey.

GREGORIO

Sois un lugarteniente que busca sus medallas fuera de su lugar. En primer lugar, manteneos en guardia, celad vuestro sitio…

(Con complicidad)

Os digo más, que no hace falta confesar que sabemos los pecados de un rey travieso, ¿qué tanto podemos sumar a la locura que se echa de ver en los mohines del guiñapo? El rey está loco como su padre, ¿creéis que sea de cuerdo que con el mismo empeño delatemos sus máscaras? ¿Para qué apurar la locura de súbditos cuyos padres eran los súbditos menos cuerdos de aquel rey? Ellos saben a medias que el sombrero menos cuerdo está en medio del fin, eso, Andrés, basta para todos…

(En tono de advertencia)

Ni que decir de revelar nuestros cómplices en palacio.

(Entra Ponciano)

Ponciano, llegáis pronto, parece que la guerra os bautiza en nombre de sí misma. Pues de cierto os digo, que pronto militaréis en el mismo ejercito que al parecer ya encabezáis. Sois hombre resuelto, que antes en la herrería quiso constancia. Como herrero os juzgo hombre final.

PONCIANO

Hacéis lo que yo haría en discurso propio. Tomad, Andrés. Esta es vuestra, Gregorio.

(Les da unas dagas)

Llevadla con vosotros desde mañana. Es mi última forja. Ahora quiero ser cómplice del metal que acuné entre el martillo y el yunque. Qué jornada sedienta nos espera, cortad gargantas, tomad la sangre que os aplaque esos rubores. No tengáis vergüenza de vuestros rubores, que vuestros enemigos os pincharán allí, en esos rojos blancos, para sangraros hasta la muerte. ¿Queréis, como yo quiero, tener enemigos que os sean fieles hasta que los matéis? Pues me alegro de estar con vosotros, de amar lo que vosotros…

(Desenvaina una daga, y la blande remedando lances festivos en el aire)

Toda la corte tiembla tras un inconstante embarazo. Hay espadas, señores, que nos dejarían atrás si morimos empuñándolas. Una estocada, y cae un ordenanza… un sirviente que regala sus rodillas entre las servilletas del rey; otro más abrumado que en homenaje del miedo que imponemos le dará nalgadas a las rodillas de la lujuriosa reina. Otra estocada en el centro de un ministro, allí donde imagináis que es el medio, hasta el fondo de su maldad, y se vomitará todas las nalgas. Quiero ver el rey, cómo rogará misericordia para que nuestros punzones no desfloren su centro castrado…  Ese tonto esposo sin duda salió de una de las costillas de su tirana mujer.

(Gregorio y Andrés estallan en risas)

GREGORIO (aún entre risas)

Sois bastante violento para hacer reír, y también para prometer lo que sería serio…

ANDRÉS

¡Qué espadas forjasteis para esta guerra!

PONCIANO

¿De qué os reís? Sabéis que soy capaz, como el que más, de darme un baño en un baño de sangre. Si la sangre limpia sus costras, yo limpio mis máscaras de guerra en el mismo cuarto. Los afeites son los mismos.

ANDRÉS

No me atrevería a diferenciarlos, señor.

GREGORIO

Sois determinados como el que más, pero no hay uno de vuestros adeptos que ose sumar una ventaja a las vuestras. Debéis conduciros entre otros guerreros que os siguen u os acompañan. No debéis abortar en el mismo vientre de vuestros enemigos su conversión. Sabed que cuantos enemigos se enrolen cerca de los viñedos, acortarán los días de añejo. Id con calma, y sed implacables como decís, pero no perdáis la paciencia cuando un enemigo muera antes de que lo matéis. Id, pues. Los centinelas que odiáis también pueden guardar a vuestra espera.

PONCIANO

Me alegraría veros, así sea a través de los ciegos ojos que saqué en el tumulto. Venceremos. Adiós.

(Sale)

ANDRÉS (reparando su daga)

Es un herrero de una gran paciencia, que la pierde cuando empuña lo que forja.

GREGORIO

A veces es el deber de un hombre perder su derecho.

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(Irrumpe una ordenanza)

ORDENANZA

Majestad, he aquí el embajador que viene.

EL BUFÓN

Hacedlo pasar.

EL REY

Que ya ha llegado adonde vino.

(Entra el embajador, hace una reverencia, pero al erguirse se sorprende de que el rey rija baja la joroba que sobrepasa su corona)

EL EMBAJADOR

Majestad, que las razones por las cuales soy enviado no os interrumpan en mal momento; de antemano guardo lo que aún no remitís. Sin conoceros aún, conozco vuestra corona, y me complace que hayáis transigido trato conmigo, pues a dilucidar un trato de mi rey también vengo.

EL BUFÓN

Según han instruido mis consejeros, esta visita tiene el recibimiento que sospecháis. 

EL REY

Y sois sospechoso de ella.

(Al oído del bufón)

Mi rey, contestad como un bufón y yo callaré como un rey, así  despacharéis el asunto sabiamente. Éste con respuesta tales no atina.

EL EMBAJADOR

Majestad, siendo atento con vuestro bufón, tomo por cierto los chistes que han hecho célebre vuestra corte, y me alegra conversar con vos. Como presumís de mis palabras, ninguno de nosotros quiere sacar lágrimas en las canteras del otro, es un trabajo duro y se suda más de lo que la sal del llanto puede amargar. Ambos reinos son vecinos y tienen amigos comunes que llamamos espías, tomemos, pues, el consejo de nuestros amigos: resolvamos lo que nuestras fronteras no han resuelto con su riña inmóvil.

EL REY (al oído del bufón)

Si me permitís hablar, os diré que aún no digáis nada. Pronto él dirá lo que quiso escuchar de vos.

EL EMBAJADOR

¡Guerra y paz! Como embajador, no prefiero que ambas compartan el matrimonio más aventajado en hijos, aunque severos sean con sus bastardos. Pero veréis, majestad, que ciertamente queremos una tierra libre como en la que vosotros habéis sembrado vuestras dudas y vuestro padre hubo cosechado sus últimas canas: tan parecida al despuntar de su fruto, o a la sabia que palpita dentro de ella misma, si preferís oponeros, pero en cuya fertilidad los esclavos no tengan derecho a cosechar la esperanza que cultivaron bajo vuestros látigos.

EL REY (al oído del bufón)

Habla por sus zapatos, le deben apretar los pies. Vino de lejos para apurar la noticia que sus cayos odian.

EL BUFÓN

Pareces que vuestros zapatos angostos acunaran las huellas que marcan vuestro verbo. Dejadme examinar bien. Decís: “vuestros látigos”…

EL REY (mira fijamente al embajador)

Que serían vuestros también como lo creáis de nosotros nada más.

EL BUFÓN

A ver, vuestro rey ha de tener un séquito numeroso como el mío, ¿no es cierto? Bien, que le pregunte a su séquito si un esclavo extranjero florecería en sus jardines, y veréis que ellos prefieren creer que son de la tierras de su amo; y sabéis por qué, pues os diré el porqué, porque el amo reclamará su mansedumbre tan lejos como así ella sea obediente, y tan severamente como lo ha de suponer el séquito de vuestro señor.

EL EMBAJADOR

Majestad, ¿habéis preguntado a vuestro séquito si aún creen en el trono que presidís? Pues sin tardanzas responderían: “No sabéis cuánto, majestad; y se guardarán esto para sí: “es la salud del reino.”

BUFÓN

Entonces hay mucha gente leal entre nosotros, que al punto a un emisario castrarían.

EL EMBAJADOR (aparte)

Una turba que cuida del enfermo para que no se cure jamás.

EL BUFÓN

Así como hay que formar embajadores insolentes, hay que hacer leyes todos los días. Muchas leyes para acuñar el reino en una gloriosa efigie de bronce…

(En otro tono, lentamente)

Una presea inmóvil en mi pecho y mi corona; su brillo, por cierto, transige con el reino del que venís.  ¿Sabíais, embajador, que unos prefieren redactar leyes para no verse envueltos en la promesa de cumplirlas? Pues yo las urdo para no romper la promesa que les hizo la muerte.

EL REY

Eso también transige con la ribera de la que venís.

EL EMBAJADOR

Siempre se hacen tantas leyes a la medida ajena, pero en el caos todos tienen el mismo porte y una corona para sí.

EL REY

En el caos también hay sastres que por una corona nos harían una talla impar.

(Toma la corona y la ciñe él.)

Digamos que así.

EL EMBAJADOR (siempre dirigiéndose al bufón)

Antes y después, la suma de las leyes tiene un estribillo constante, pues la excepción de ellas, majestad, es justamente cumplirlas.

EL BUFÓN

¿Juráis venir en nombre de vuestro rey y sois perjuro en nombre de todos los reyes? Bien, ¿así que la suma de las leyes tiene un estribillo constante, y la excepción de ellas es justamente cumplirlas?

EL EMBAJADOR

Luego ésta es la única ley severa que en la frontera haya de ser corregida severamente.

EL BUFÓN

¿Os atrevéis a legislar lo que ni vuestra tumba discute? Acordaos que estáis en mi palacio y que estas piedras ya ciñen su ceño. Hasta mi bufón, que veis aquí en mi lado huero, os mataría de risa para que yo sonría.

EL REY

Os mataría, porque mis cosquillas son filosas.

EL BUFÓN

Veo que vuestros argumentos desacatan al rey que defendéis, y me ofende el parte del que así sacáis partido propio.

EL EMBAJADOR

Vuestra ofensa, que al parecer no incumbe a quien delego, me recuerda que he venido a reiterar el reclamo, tal como al espejo lo recuerdo: si no retiráis los campamentos de la ribera que la locura de vuestro padre nos cedió, ni suprimís los portazgos, que los mercaderes nos aumentan uno por mil, se repasarán las fronteras hasta lo más septentrional de la locura de vuestro padre. Mirad que he venido a rubricar estas demandas, el autógrafo del edicto se estampa aquí, es largo el folio, y si os alargáis en la lectura la tinta encadenará el luto que más os incumbe.

EL REY (comiendo maní)

Un padre loco le lega a su hijo un gran tesoro, ¿qué puede perder si con la heredad soborna los enemigos más caros?

EL BUFÓN (se para del trono, severamente)

¿Has ornamentado vuestra amenaza con la palabra que consintió mi hospitalidad? ¿Me atacáis en mi propio palacio como siempre lo han hecho las fronteras que representáis?

EL REY (aparte)

Tiene voz de rey y su enojo se echa de ver como bufón. Me divierte lo que escucho y me pide consejo lo que veo.

EL EMBAJADOR

No soy yo quien amenaza, ni quien comunica la amenaza del rey. Es la verdad, la máscara única, la que os amenaza a cada uno de vosotros. Verdad que tal vez mañana será tiempo propicio de tormenta; las fronteras tal vez serán serpientes que ni vuestros dioses habrán de encantar con sus cascabeles.

EL REY (al oído del bufón)

Ahora hablad como rey y yo callaré como bufón; de ninguno tendrá certeza, y de los dos dudará.

EL BUFÓN

Serán días, entonces, para que en vuestro reino todos busquen la muerte, como la muerte los buscará a ellos en pos del alivio y el cubil.

EL REY (al oído de bufón)

Amenazáis, rey. Dejad que se marche con la amenaza acuesta, no lo matéis, es pesado lo que lleva y el tiempo es rudo; morirá en la travesía o llegará con la joroba que yo perdí: será el bufón de su rey.

(El bufón trata de sonreír)

EL EMBAJADOR

La risa de vuestro bufón está de mal talante; sé que si reís habréis dado la orden para mi cuello, pero si me matáis el odio me relevará. Y yo, entonces dado de baja, seré el primer muerto que guíe la deserción de vuestras huestes a lo más profundo. Tengo un hijo mayor que aborrecerá entonces el oficio que le doy por herencia, y con la otra suerte consumará sus móviles de venganza sin mediar emisarios, será el primero en el frente y el más iracundo con la espada.

EL BUFÓN

Podéis marcharos, quiero que mis enemigos estén vivos para cuando monte en cólera. Marchaos, decid al rey, al que no respetáis y para perjuicio convenís, que yo tampoco respeto al embajador que mandó a matar.

 

EL EMBAJADOR

Creedme que no daño a mi rey, si siendo suyo en oficio llego vivo con la noticia que llevo. Iré a por él sin parar un punto, y creedme que el mismo rey sólo se parará cuando le avisen de mi llegada: sus congratulaciones serán mi bienvenida y mi palabra será el ejemplo leal que asienta en su corte. En tanto vos, majestad, disponed que vuestras palabras jactanciosas os sirvan de centinelas.

(Sale)

EL REY

La guerra que lleva en la lengua hará la paz en su culo, y las especias que masca su boca de bravucón, pues le castigarán luego.

EL BUFÓN

Ah, aunque la guerra es simple cuando el enemigo se juega a su enemigo, sólo se puede anticipar el primer tercio del desastre, el resto lo anticipa la incertidumbre de ser derrotado. Por lo cual, antes de la contienda, hay que prever las desventajas ordinarias de la victoria y las ventajas superlativas de la derrota.

EL REY

No le mirasteis, rey, la dentadura… tiene piezas impares, como dados que cayeron en sus encías, la suerte ya tenía sus veintiún huecos. Uh, me miró con ojos redondos como el vacío de su sombrero… No se volverá contra vos, pues ya sospecha que antes tendrá que pagar un alto precio a vuestros mercaderes, ¿qué tanto no sospechará de la fiereza de vuestros soldados?

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I V

 

 

Escena 1

 

GREGORIO

Prodigiosa memoria que olvidáis, yo os bendigo por eso, y porque olvidaréis mi bendición. En los recuerdos que me quedan vislumbro las verjas que desde hoy se empinan al palacio, y casi al llegar el mismo camino que aún falta desyerbar con la hoz. ¿Sabéis que el metal que sopeso en mi puño se arremanga sus brillos, cierra sus puños con llave y espera que yo maldiga a la intemperie? Padre, parricida nació el bastardo. Ah, si legítimo hubiera llevado el mal que traigo, me hubiera vengado al nacer. Bastardo vuestro soy, y legítimo de la venganza que por singular estrella me adoptó. Bastardo de vos soy, lo digo para vuestros oídos de pecador,  y ni que os neguéis a emparentar con vuestras visitas, os salvaréis de este pariente que negasteis. Os agradezco que la lujuria vuestra me haya enseñado mis primeras cifras en contra de vos, de cierto os agradezco. Ah, haber escondido vuestra lascivia en el vientre de mi madre cuando sólo desde allí adentro se me podía alumbrar con bien, esconderme en mi cuna para que nadie hallara un heredero de vuestro mal concebido de espaldas al castillo… en mi madre buscasteis amparo… en mi madre, que con amor sincero crio al hijo así oculto para un reino, mas lo malo reclama su maldad, haciéndole mal al malvado.  Por nacer en contra de quien me engendró es que vivo con rabia, que la venganza de mi sangre procure un sitio más sosegado para mi herencia. Maldigo desde ya, y que mi maldición sea el primer heraldo… Aquí por fin llega la embajada palaciega. Un embajador que se adscribe a mi naciente diplomacia, que aun por bastarda no dejará huérfano a sus intereses legítimos.

(Entra Claudio encapuchado, con voz irreconocible)

¿Cómo os encontráis, señor? Decidme, pues, si el furtivo viaje no perturbó vuestro ánimo. Mejores se me figuran ya las nuevas. ¿Son mejores que las que precedieron a mi signo?

CLAUDIO

Mejores que las de un signo legítimo aún no nato, tanto que por ellas vuestro signo salva su venganza entre un tumulto de vengadores.

GREGORIO

Decidme, ¿aún la calva del rey transige con la gorra que cuelga en la plaza?

CLAUDIO

Mientras dure el edicto, durará el testamento que el rey pretende a despecho de vos. No recuperará su forma legítima sino con la muerte, y parece tasar sus chistes como piezas de oro que esconde en su tálamo nupcial. En lo concerniente a vuestro hermano, el hijo que espera la reina, ya está preso, señor, una cadena remachada a su ombligo lo ata a un cautiverio subterráneo, mas morra altiva sobre el pedregal es la luz de su faro. Mientras el rey se ocupe de su mapas, mientras discuta y supervise los movimientos se sus ministros belicosos, acaso con las reservas de ser traicionado por uno de ellos, no será difícil trazar un mapa en cuyo centro se haga desaparecer a su esposa, cualquier treta se consumará en la confusión de vuestras armas vueltas en contra del padre perseguido.

GREGORIO

Bien, ¿cómo hace para no confiarse demasiado en sus risas?

CLAUDIO

Pues nuestro pretérito rey se solaza cada vez más con los progresos del bufón; ha delegado, incluso, asuntos tan graves como el de la frontera, si bien los condujo coronado según la misma costumbre. Por lo que sé, el todo se llevó con ventaja de parte de nuestro reino. Decidme, señor, lo de la plaza es seguro, ¿no habrá retraso en su certeza? Mirad que lo que los sordos muros del palacio protegen de la intemperie, fuera de ellos no tiene maldiciones que se oigan entre los gritos. Hay que cargar pronto con el rigor de las vísperas de allá abajo. Y, sólo a sí, todo lo de allá arriba caerá sin techo…   

GREGORIO

Quedaos tranquilo, justo ahora estoy esperando a quien ya lleva el carcaj, heráldica del nuevo día, terciado a sus hombros. Recomiendo más bien que os vayáis antes que ella nos sorprenda en una entrevista que le daría luces de sospecha.

CLAUDIO

Tenéis razón, señor. Os espero en vuestra primera recepción real, seré vuestro primer ministro en medio de la matanza.

GREGORIO

Puesto que habéis sido informante para mi cómplice incauto, y en comunión a un ministerio fuisteis el mismo de mis epigramas, os digo, entre la prisa de vos, que de antemano sois mi primer ministro, Claudio. Marchaos, pues; tal cual sois…

(Descubre su rostro, hace un ademán de despedida y sale)

Ah, Hilda… Mi querida Hilda, ¿cómo me revelo a vos según mi terrible secreto? ¿Justificaríais las ambiciones de mi origen? Nunca, porque entonces un vil cómplice seríais en mis ambiciones; no la mujer ferviente, cuya templanza, ignorante de mi perfidia, conspira en contra de quienes odia. Os quiero tal cual, pero yo escojo la fe en la que creéis sólo para salvación de mis aspiraciones. Ah, Hilda, que terrible soy… Mi querida Hilda… Si conforme lo queréis, sed la reina, pero seguro estoy que reinarás pedestre, contraria a mí, desde el mismo momento que me siente la corona…     

(Entra Hilda)

HILDA

Gregorio, ya el mediodía divide a nuestros hombres en dos crepúsculos vigorosos, y ambos nos advierte la puesta del tirano. Ah, querido, pero una sola noche para despertar de un mal sueño puede al cabo ser una pesadilla. ¿Os topasteis con aquel encapuchado? Se me figuró que venía de aquí.

GREGORIO

Aún los heraldos de nuestra verdad deben llevar capucha, quien anónimo comprometa su nombre, y a espaldas de sus juramentos devele su rostro, contraviniendo el consejo de las circunstancia, entonces no dudéis que os miente con descaro.

HILDA

Entonces, ¿era unos de vuestras huestes que así hablaba con vos?

GREGORIO

Sí, señora. Escuchaba de mí unas instrucciones ordinarias. Dejadme apresurar mis prisas atropelladamente, pues apenas así puedo confiar en las ráfagas de este pastizal, alguien tras el viento puede esconder sus delatores en espigas…

(Acuciosamente)

Bien, ¿no tenéis ningún contratiempo con vuestro lado?

HILDA

No, Gregorio… sólo los espías esta mañana se afeitaron a contrapelo. La antevíspera celebra con expectación ocurrente su porvenir, celebremos a pulso de nuestras armas el nuestro. Ah, Gregorio, qué amargor punzante se cierne en las mieles del crepúsculo… Tomo, sin embargo, el reconfortante jarabe de vuestros labios.

(Lo besa, luego despegando los labios)

Esposo mío os proclama la misma boca que dice, para sí, que os besó en el sincero arrebato de su porvenir. No temáis que mi beso adormezca vuestra voz de mando, porque vuestras mismas señas os contradecirá con ardor, y en defensa de mis besos os reclamará vuestra desconfianza en vos mismo…

(Rodeándole los labios con sus pulgares) 

Os amo ya desde el día en que mi amor inaugura su alegría libertaria, ¿qué tanto mis manos tocarían desde el día mismo en que seamos libre? Ah, Gregorio, me toca partir y a vos también, a disímiles frentes hemos de concurrir los dos, cuidad de vuestros pasos que sólo en ellos puedo regresar a vos. Ahora estoy plantada frente a vos, para prometeros la alegría de mi promesa…

(Lo vuelve a besar con trémulos labios)

No temáis, querido, que tampoco el trémulo silencio de mis labios os contradice…

 

 

 

GREGORIO

Ah, Hilda… Mi querida Hilda. Partid pronto que os quiero tan pronto como partáis, por lo cual, mujer, de mi amor no seréis desamparada nunca, la tardanza nunca os adelantará sus ardides, al pronto vendréis con la custodia completa que os he encomendado. Id, tal cual sois… 

(La besa fogosamente)

Adiós.

(Incorporándose pensativa, sale)

Ah, mi bella libertaria, mas no podéis vencer los nudos que me desatan de vos… Ah, mi tenaz ambición no la tiranizará mis cómplices, tampoco, me aflige tanto saberlo así, la paciencia más devota de una libertadora. Sí me queréis como sentís, no me queráis más, es el más bello sacrificio de amor que podéis hacer por mí, mi bella… Antes de ser rey, aspiro que vos seáis la heroína de mis súbditos, mi querida Hilda. Id, pues, en pos de vuestro primogénito, que os espera con el primer padre a gusto de vuestro despecho; ambos os cuidarán en relevo de mi dolor. Adiós para siempre, sí… 

(Un suspiro)

El amor es tan ciego como la justicia. Mujer, si ambos se juntan para procrear, sólo es en perjuicio de sus testamentos, la prole se adviene en mutua y redoblada imperfección; así, pues, desde ahora tomo como cetro únicamente el báculo de uno, riguroso en su porvenir,  y a tientas pierdo al otro. Hilda, que las veletas de ese impetuoso aliento os señale al paso los estertores de vuestros enemigos; que las veletas de esa enajenada alegría no os indique el escaño en que vuestro despecho usurpe sitio.

(Oscurece)

 

Escena 2

 

(En la sala real. El bufón, el rey y sus ministros)

EL REY

Rey, ¿en que se os parece este cuarteto de ministros?

EL BUFÓN

A la cuarta parte de cuantos invite a mi banquete.

EL REY

¿Son también el cuarto de vuestro sueño? Responded bien la pregunta, rey… mirad que pregunto bien.

EL BUFÓN (entre risa)

Mi sueño es de alcobas no de cuartuchos.

EL REY

¿Dónde aprendisteis a reír, otro rey os enseñó?

EL BUFÓN (entre carcajadas)

Todos me enseñáis; de quienes conozco aprendo mucho, pero quieren enseñarme más de lo que muestran, y, entre risa, usurpar mi corona. Todos, todos se licencia con un afán tan serio, que entre jurisconsulto se llama matrimonio… me río de vosotros, un hombre casado se ríe de sus maestros. Mirad que los han cazado sus mujeres y ciñen los cuernos de sus trofeos.

EL REY

Reycitos vuestros ministros, que sus esposas le coronan.

EL BUFÓN

Con cuernos…

EL REY

O con hijos.

(Ríe todos menos Claudio)

CLAUDIO

Señores, majestad, he aquí, entre vosotros, el único hombre soltero del palacio, que si mi tocara adoptar un hijo, elegiría a uno tan bastardo como el hijo verdadero de mi soltería.

(Ríen todos)

EL REY

Vuestra risa soltera, si no enviuda, se divorcia de la mía. Rey, ordenadle que se ría.

EL BUFÓN

¿Vuestra esposa ha muerto bufón?

EL REY

En el acto.

EL BUFÓN

Ya son dos sin esposas en palacio.

EL REY

En la torre todos tienen dos esposas y ni así quisiera yo quitarle alguna a nadie.

EL BUFÓN

No recuerdo haber ordenado tanto hierro. En fin, se me ocurre algo más divertido que la orden que exigís. Carlos, Eduardo, cumplid vuestra funciones de ministro. Haced algo que demuestre que funcionáis en mi corte. Si a vosotros mismo os llamáis cortesano, haced una hazaña tal os incumbe.

CARLOS (expele un ruidoso pedo)

Algo como esto.

(Ríen los ministros)

EL REY

Rey, eso no es de cortesano.

(Vuelven a reír)

EL BUFÓN (irascible)

¡Fuera! Estáis enfermo, vuestra alma sale muerta, y sólo más pestilencias resucitan. Corrupto, os mandaría a colgar, pero en una alforja de mendigo. ¡Largaos!

 

EL REY (les hace señas a Carlos y a Eduardo, mientras ríe)

Iros de aquí dice el rey.

EL BUFÓN

Ambrosio, Claudio, siendo la mitad, sois el cuarto entero.

(La voz de la ordenanza anuncia el mismo mensajero)

ORDENANZA

Majestad, el mensajero que acostumbráis.

EL REY

Vuestro cuarto ya retumba.

EL BUFÓN

Hacedlo pasar.

(Entra el mensajero)

MENSAJERO (se dirige al bufón, pero ve de reojo al rey)

Majestad, en la primera visita que os hice, el vacío abovedado repercutía en ecos laudatorios. Ahora, con temor he pasado cada arco que ciñe un rudo ceño de piedra. Antes de que os diga lo que vine a decir, debéis figuraos que nunca he sido tan insidioso como lo que mi boca calla en mi defensa… cómo quisiera que mi avara lengua no escondiera ningún defecto mío, pero tanto peor por ser un defecto cuya maldad no la consume la mayor usura os perjudica.

EL REY (ya preocupado, señala al bufón con un ademán de estadista)

 Hablad al rey.

MENSAJERO (se dirige al bufón, pero sin dejar de ver al rey por el rabillo de ojo)

Bien. Ya los chismes de ayer parecen ser los refranes de hoy. Los adúlteros se reconcilian con sus conyugues sólo para juntar lo que comparten, el odio contra vos. Las palabras de los muros, que antes no sobraban la grafía, ahora tienen cómplices. Os digo todo esto porque hoy en la mañana aparecieron muertos, tras uno de esos muros, un par de guardias. Alrededor de cada vientre, estaba herrado el nombre de los reyes.

(Desde ese momento no le quitó la vista al rey)

Y el fierro agudo que llevaban fue deformado en un extraño símbolo que es una seña corriente entre mercaderes.

(El bufón se adelanta de un salto, y, sin que lo advierta el mensajero, lo apuñala en el vientre. El mensajero, para perplejidad de todos, cae muerto)

EL BUFÓN

Ciertamente sois malo vos también, más malo que la maldad que traéis… una uva amarga, vinagre me das a beber…

EL REY

Rey, sentaos que os cuelgan los pies si seguís con tal porte. El hace el papel de muerto, así todo cuanto antes dijo es mera ficción. Dejadme preparar un acto que lo secunde. Ambrosio, Claudio, venid. Ayudadme.

(Los llama aparte. El bufón se sube al trono y se queda dormido entre sus temblorosas manos)

Ambrosio, id por los otros ministros, averiguadme todo cuanto podáis y volved tan rápido los pies os recorten un patrón fiel a vuestras huellas. Habrá que reunirse para un plan.

(Sale Ambrosio con prisa)

Claudio, vos cuidaréis de que la reina no la importunen estas noticias, y de que no salga de su rincones piadosos por razones que luego iré a explicarles según rigor de esa misma piedad. Mantendréis el bufón confinado en esta sala, en la plenitud de su oropel, pero llevadle sin que cometa otro exceso que con esa renta reanime al mensajero en las arañas del palacio, aún le atesoro en mis partidos; pues mirad que si las dudas nos convence en un mal trance, debemos cuidar hasta de la perla degradada, casi siempre porque ésta lleva con orgullo la corona. De ambos asunto os encomiendo, como el primero de mis ministros. Yo iré a condecorar los jirones que me haya de quitar antes de trazar mis mapas. Ya no me divierte mi disfraz, en adelante seré serio mientras lo lleve puesto. Ah, noche caliente esta, ¿eh? Antes de que canten estos gallos, bordados en mis nalgas, ciño corona con todos mis pliegues. Bien, que os acompañe dos ordenanzas.

(Se adelanta al bufón y lo despierta al chasquear los dedos)

Ya mis chistes no os divierten, rey. Será mejor que descanséis, pero antes sed buen rey y ordenad que vuestro bufón duerma hasta mañana.

EL BUFÓN (bebe una copa de vino)

Id en paz. Mis preocupaciones no salen de la pesadilla donde se divierten. Mas al despertar…

(Se duerme y sale el rey)

CLAUDIO (Aparte)

Un rey que duerme y otro que despierta. Será mejor ir a adoptar al sucesor. Seré su padrino primero, luego su padre; después… ah, después el más íntimo pariente que lo envenene. Acunaré sus ambiciones en sábanas de doble fondo, y con el lazo de una mortaja le haré la primera corbata de su porte real. Claro que lo dicho sólo rotula un ardid figurado, pues sí que necesito un rey para reinar y un antifaz para que mis máscaras perpetren sus guiños aleves.

(Al bufón) 

Vos, contad que mañana despertaréis en las piruetas de un nuevo acto. El hijo ilegítimo que traeré, heredó esa misma afición por las deformes variedades…

(Sale)

 

Escena 3

 

EL BUFÓN (despierta)

No sería un pecado matar a mi esposa, pues, si el matrimonio sodomiza a la viudez, es legítima venganza de un esposo ultrajado el que el filo de su espada enmiende lo que amputa… ¿Cuántos insultos son testamento cierto de los ecos de mi mujer? ¿Cuánta paciencia tiene un rey para ver por una reina enferma que dentro lleva el mal, un mal que viene a usurpar corona y cetro? ¿Cuánta paciencia tiene un rey, repito impaciente, si se le ocurre las dudas entre los accesos de rabia de su conyugue hostil? Ah, corona y cetro, cabeza y costillar de un tumor que en brillo usurpado enfatizaría sus apéndices… Calmaos, calmaos, calmaos, majestad. Callad para que os entendáis con vuestro silencio… No, mirad allí, sí, ¿no lo veis? El sello que es corriente entre mercaderes, helo allí ensortijado. Rey, no habléis más de vuestra corte… preguntad algo que os concierna fuera de estos muros; sí, eso mismo: ¿Qué secretos nos salva de confesarlos? Dentro y fuera de palacio, os pregunto, señores…

(Se levanta y marcha al espejo que señala)

Incluso a vos pregunto… A vos, de mejillas orgullosas; más bien a vos os pregunto esto: ¿si mi vida es una embrujada gota que me envenena, entonces respondedme para qué vivir casado con la enfermedad y en vos ver el jarabe imposible que reflejáis? Una viudez cicatriza lo que divide, me apartaría tan lejos de cualquiera como nací, pero quien lo testifica sin que importune… y cerrar los ojos y esperar por la muerte, sin más que una oración en sombras.

(Le da la espalda al espejo)

Se que cualquier tentativa, el homicidio de la reina quizá, mide su trecho en mis atajos, y no por la complicidad que mis palabras declaran, deja de ser menos cierto lo que tantas veces pruebo, pues cada oportunidad cruel tiene su salvación en el escondite de quien la sufre.

(Al espejo otra vez)

No quiero espejismos propios, por que soy  modelo pernicioso que odia a sus perseguidores, como modelo he de morir y no como pintor. Más como pintor he de de esperar mi muerte, y no como modelo.

(Se vuelve otra vez y ordena)

¡Ordenanza, venid!

(Entra una ordenanza)

ORDENANZA (hace una genuflexión a medias)

Señor, encargado estoy de garantizaros vuestro deseos.

EL BUFÓN

A eso venís. Disponed enseguida de la reina y haced que sea confinada en la torre. Con ella sólo la misma ración de los prisioneros. ¿Entendisteis?

ORDENANZA (casi entre risa)

¿Qué decís? Quiero decir, ¿qué ordenáis, majestad?

EL BUFÓN

Majadero, insolente, como os atrevéis a replicar mi orden. No nacisteis para replicar una orden mía, sino porque hacía falta ordenanzas desde los tiempos de mi padre loco.

 

ORDENANZA

Majestad, dejadme llamar al ministro Claudio. Como sabéis, soy, además de infortunado con mi lengua, subalterno en lo que pedís, sólo un ministro ejecutaría la orden que apenas mi miserable rango puede llevar a vuestros socios.

(Aparte)

Serán socios vuestros sólo porque se joroban para coronar vuestro lomo.

(Sale. Al rato entra Claudio con un guardia y la misma ordenanza)

CLAUDIO (Hace una genuflexión)

¿Majestad, os estado importunando el ordenanza?

EL BUFÓN

Y lo seguirá haciendo mientras lo vea con vida. Ha nacido para ordenanza y morirá no por nacer para este fin, sino por contravenir su nacimiento. Luego, será natural su defunción, aunque se le apremie un orden más exhausto.

CLAUDIO (Al guardia)

Despachadlo ya.

GUARDIA

Sí, señor.

(El guardia atenaza al ordenanza y lo saca casi en volandas)

CLAUDIO

Sé que su nacimiento es razón poca para encolerizaros. ¿Algo hizo para abusar de ese margen que otorgáis? ¿Qué orden os contravino, señor? ¿Quizá alguna que os puedo sugerir?

EL BUFÓN (Paseándose con su altiva joroba)

Veréis, Claudio, he visto que mi reina ha estado terriblemente enferma, que no para de crecerle un tumor que algún contrapeso maligno trae, algún signo de hierro ajeno…  Sospecho que su mal la induce a conspirar contra mi reino, el mismo que ella ya comparte con su mal. Últimamente, ha estado esquiva y hasta me atrevo a confesaros que siente alguna repulsión persistente, de la que, sin embargo, saca provecho. Todo es subrepticio, pero las intenciones así consentidas tienen cómplices fuera de palacio, y también malos mensajeros como habéis visto. Pensé en matarla, pero la piedra, tan insufrible con el dolor ajeno, me ha sugerido la torre que de un promontorio pedregoso sobresale. Encerradla ahí cual un prisionero más, con la misma ración semanal y con igual oscuridad para sus sueños.

CLAUDIO

Es duro lo que decís, majestad; pero si vuestras sospechas no os sirven sino para arrepentiros de no haber actuado antes, pues al punto vuestra orden os redimirá cuanto más severa sea ejecutada.

(Aparte)

Tan fácil y provechoso me resultará ser cortesano de un bufón fugaz.

(En un solo grito)

¡Guardia! ¡Ordenanza!

(Entra uno seguido del otro)

GUARDIA

Majestad, señor. Ordenad.

CLAUDIO (primero al ordenanza)

Informad a la reina de que está condenada a purgar su mal en la torre.

(Al guardia)

Y vos buscad a otro guardia y escoltad la orden de vuestro ordenanza.

GUARDIA

Al punto, señor.

(El ordenanza llama aparte a Claudio)

CLAUDIO

Disculpad, majestad. Son sin dudas pormenores que no merecen la atención vuestra.

ORDENANZA

Señor, ¿esa orden tiene el valor de una broma que debo comunicar al rey?

CLAUDIO

No es ninguna broma, es la verdadera orden del rey. El que la proclame este adefesio no pierde la simetría de quien en orden la ordenó.

ORDENANZA

¿Queréis decirme que el rey castigará a la mujer que le garantiza el único heredero en medio de tantas calamidades?

CLAUDIO

Lamento tener que confesaros algo que no vendría a cuento en calamidades ordinarias, pero que no os desconcertará cuando lo sepáis. El rey sospecha… más bien está seguro de que el hijo de su reina fue concebido por venganza de ésta, y que el padre es un vengador de la plebe que grita a voz en cuello: ¡muera el rey! El bufón es sólo el saliente más infamante que se le ocurrió al rey para vengar la afrenta. Bufa, muge y cornea… ¿no queréis entretenerle vos? Mirad que cuando reyes iracundos sus reinas le coronan, son como el diablo.

ORDENANZA

Entiendo.

(Al bufón)

Majestad, se hará conforme a vuestros deseos.

(Sale escoltado del guardia)

CLAUDIO

Bien, señor. Las noticias, como sabéis, tienen la maldad hasta de quien las difunde, y a ellos corona por un halago más. Es hora, pues, de que me retire a convenir las horas finales de alguna posible revuelta. Una hora común los relojes de revoltosos siempre evitan, pero su sol a garrotazos declina siempre.

(Sale)

 

 

EL BUFÓN

Iros, que un mediodía os ciña el cinto. Y vos, esposa infiel, moriréis a la memoria de la desflorada virtud que ya no me honra.

(Oscurece)

 

 

Escena 4

 

(El rey y Ambrosio)

AMBROSIO

Apenas es la primera noticia que hasta acá trae el mal de su destino.

EL REY

¿Qué decís?

AMBROSIO

Os digo, majestad, que es el primer hado maldiciente que nos echa en cara lo cara de su ruta allá abajo. Ya no importa cuidar de él, pues ya, a ras de quien lo trajo, sangró su última tinta que os reta; importa, luego, conjurar su testamento para favorecer la deslenguada plebe. Veréis, aún es pronto, pero pronto será el “aún” de los obstinados que os combaten. Por ello pienso, señor, que debéis, a vuestro más preclaro pronto, darles a ellos la cara de su suerte. A ceño fruncido, ordenad la única orden de vuestro dado: el as que castiga el desacato con la muerte.  Vuestro bufón, con el oropel de su locura, teorizó vuestra lucidez, así que… pero, majestad, ¿por qué todavía lleváis las fachas del bufón?

EL REY

Dije que con esta gorra, constelada con desordenados cascabeles, iba comer las mismas piezas tras una jornada de casería, ahora, con el hábito puesto, recuerdo mi juramento. Mis lebreles pacen en mi paciencia, ya se precipitarán con el encarnizado vértigo de anular las presas.  Soy el mismo rey que en la adversidad también quiere divertirse a disgusto de su risa. Ya veréis vos que entorno al banquete reinaré otra vez con corona.

(Entran Carlos y Eduardo)

Carlos, decidme cómo anda las riberas.

CARLOS (hace una genuflexión jadeante)

Han saqueado sus arcas, majestad, una perla en cada mano llevan quienes en ellas no ven más valor que el de una pedrada. Hombres y mujeres, mientras descansan al margen de lo pesado, copulan sólo para concebir más enemigos vuestros.

EL REY

¿Qué me decís del mercado, Eduardo?

EDUARDO (incorporándose)

La gente vende su voz sigilosa, y vuelve para comprar chismes con los que mercaderes estafan. El único delito que se consiente bajo esos toldos es el robar mendrugos que el hambre desdentada no puede roer. En piedra piensan convertir el pan que milagrosamente sobra.

EL REY

Ambrosio, vuestras profecías ya eran contemporáneas. De cierto os digo que no permitiré que vuestras recomendaciones se rezaguen como el futuro que predecís. Con la joroba que no tengo les eclipsaré sus astros. Carlos, no hay que descuidar la frontera, veréis que contingentes pernocten al sur de la ribera; las costumbres hogareñas de nuestros soldados disuadirán a sus anfitriones. Eduardo, vos os encargaréis desde la plaza hasta los trigales del norte. Sed duros si hay la menor insurrección, el menor rumor, por eso os envió los esclavos más fieles: las sogas. Si se agotan los nudos que lleváis, ceñidles al cuello sus propias oraciones que elevan al cielo. Si se ocupan todos los árboles, plantad las vigas de las casas que queméis. Ambrosio, os encargaréis, con igual rigor, de los viñedos más cercanos al castillo. Yo os seguiré en compañía de Claudio. El doble de los centinelas ocupará puestos en las garitas. En la torre se redoblarán la guardia y los presos recibirán una ración doble de hambre, como dos veces hervirá el castigo eterno en sus costillas. Mi hijo heredará un reino nuevo, no quiero que su maldad, aún no nata, se aplique prematuramente a limar los pormenores de un horóscopo insubordinado. Ahora id… menos vos, Ambrosio.

CARLOS y EDUARDO (al ras de una genuflexión sincronizada)

Majestad.

(Salen)

AMBROSIO

¿Qué otro asunto militar me llama a consejo, señor?

EL REY

Es un asunto más palaciego que de campaña. Ambrosio, quiero que huestes a vuestro mando conserven un vínculo con mis centinelas. Quiero que lo que sepáis del mundo, apenas lo descubráis de mensajeros infiltrados entre mercaderes, lo cedáis prontamente a mis heraldos sin alterar su precio.

AMBROSIO

Nunca mandaría por un mensajero avaro, tampoco por uno que despilfarre el atajo que le ordeno. Antes de enviar a quienes en un trance acoja, veo si sus cejas pugnan entre ellas con el parcial interés de esas dos clases que no tolero.

EL REY

Hacéis bien. Vuestro juicio es tan mesurado como las bromas de la que os jactáis. Hoy, más que nunca, os agradezco vuestros chistes de otrora. Sois, junto con Claudio, el alma del ministerio. Id, pues…

AMBROSIO

Majestad.

(Hace una genuflexión y sale)

 

EL REY

Como bufón llevo la bandera de mi desnudez, estos cuadros cual belicosas comarcas unidas por los despojos de un sastre. Uniforme holgado para la guerra llevo, cuanto por él escaparía de la batalla que a mis nalgas se ciña. Aquí desenvaino mi espada, nunca antes enfrenté calamidades con constelaciones de trapo, que, remendadas en un traje ruin, favorecen hasta el reducto de mi cielo real. Noche que nacisteis a la lumbre del ocaso, que nacisteis para ser madre del huérfano que os olvidará tan pronto recuerde, sois testigo de que de vuestro cinto desenvaino, y seréis testigo, hasta vuestra muerte, de que el insomnio velará en mis ojos. A través de los anteojos de vuestras cuencas veré si las sombras también me favorecen. Ah, turba que se rebela, que también con los engranes de la sangre maquina, venid en orden a sucumbir bajo mi orden. Soy rey, aunque mis súbditos mueran contra mí… no, entonces sería el celador de un cementerio que en silencio me odia. Callad, callad, callad… pero no guardéis luto a vuestras palabras. Fui rey, sí: hijo de un loco. Seré rey, sí: padre de otro rey severo. Seré rey cuerdo, y a mi palacio traeré bufones recién nacidos para mi hijo… Sí, seré rey.

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(A las primeras luces de la madrugada)

CONSPIRADOR A

Un carcelero, que huyó de la torre donde hermano gemelo era de cada cautivo, ha dicho que la reina fue hecha presa en el calabozo más estrecho. La noticia huyó de la boca primera, y aún en ningún recodo busca asiento. Así que si os dejáis convencer por mi lengua, habréis escuchado que ella también es veraz.

CONSPIRADOR B

Si fuera tal, el rey nos cede el cordón umbilical para su horca.

CONSPIRADOR A

Hay que tomar la torre, ningún retoño de esa piedra muerta despuntará en adelante.

CONSPIRADOR C

Pensar que dimos por obra adelantada el liberar todos los reos que puedan militar en la turba, y una de ellos ahora lleva dentro a un rey con el séquito ya conjurado.

CONSPIRADOR B

Al condenar su legítimo descendiente, el rey corona la torre que abajo echaremos con sus centinelas.

CONSPIRADOR C

No está bien asesinar a la mujer encinta, pues, aunque lleva la promesa del rey, fue condenada por un esposo castrado por la locura. El niño ha de ser una excepción, acaso desheredada por el padre común a todas los horrores.

CONSPIRADOR B

Una excepción que dentro de unos meses tendremos que bautizar con un nombre más verdadero, cuanto para clamar la misericordia en perjuicio de la insurrección. ¿No creéis vosotros que si no somos crueles en esta hora de crueldad, un rey extranjero se hará un cinturón con nuestras fronteras?

CONSPIRADOR A

Tiene razón, ya se cuenta que reinos vecinos a sus espías de tiempos malditos han enviado. Las agitaciones, a las cuales sin reservas casi todos nuestros amigos se afilian, tienen, según se dice, emblemas invisibles de humo extranjero.

CONSPIRADOR C

Habláis de matar a una mujer encinta, pero os noto que escatimáis crueldad para enfrentaros a un enemigo que os preñaría a vuestras mujeres por jurisprudencia de un orden extranjero.

CONSPIRADOR B

Hubierais hecho bien en el séquito de este rey, vagando por los pasillos del palacio. Habéis seducido tanto a mi odio, que a solas, bajo la luz de luna llena, os pretendería a despecho de los guardias.

CONSPIRADOR  C

Callaos, bellaco. Voy a mi tumba siempre, y sois tan cobardes que preferís morir antes que seguirme.

CONSPIRADOR A

Calmaos. Por dios. No me he reunido en un corro sin que falte una disputa. Tanta pendencia aun en la mínima porción de lo por venir, que creo, y estoy dispuesto a discutirlo airadamente con cualquiera, que fraguáis por parte las piezas de un caos que romperá vuestra cabezas a sombrerazos. Son las mejores noticias la que os traje, sin embargo, siendo ambos socios míos, se disputan las sobras peores.

CONSPIRADOR C

¿Vos no creéis, que después de comunicarnos la noticia, vuestras palabras sobren aquí? Sabed que las esperanzas de todos no comprarán ropa ni pan a palabras inválidas.

CONSPIRADOR A

Ay, señor, os hacéis ilusiones de lo que llamáis todos. La gente sólo compraría esperanzas si el perjuicio de ellas lo pudieran vender después. Aún en la guerra hay que ser un tahúr… por cierto, hombre, ¿Jugáis a los naipes?

CONSPIRADOR B

Dejadlo que sólo retratos del rey sentencian su suerte.

 

 

 

CONSPIRADOR A

Un momento. Mirad allá. Soldados del rey. Dispersaos… que ellos si os daría razones para comprar esperanzas a ojo cerrado o para jugaros vuestros últimos ases…

(Se van)

 

TELÓN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        V

 

 

Escena 1

 

(El centro de la plaza. Una turba decidida que se acerca al obelisco)

CONSPIRADOR 1

Aquí vengo a la plaza, donde de niño jugaba a concurrir en serio. Sois testigos todos vosotros, mis vecinos desde entonces, que le sirvo a las amenazas siempre. Sabéis de mi fiel observancia a los edictos del rey, sabéis que os recomiendo, por regla general, a no romper la regla que nos rompe el lomo. Mirad que me enrollo como el pliego.

(Hace una genuflexión delante del obelisco)

CONSPIRADOR A

Pues, señor, sé que os esforzáis ciertamente en demostrar lo pregonado, pero hoy tengo, también por general motivo, que rivalizar con vos. Mirad que tanto me inclino yo, más fiel que todas vuestras coronillas.

(Se inclina)

CONSPIRADOR 2

Sí, reconozco que leísteis el edicto hasta su último verso, mientras vuestras jorobas remontaban el título. Aunque yo no soy menos al ser como vosotros, mirad como lo sigo al pie de la letra.

(También hace una genuflexión exagerada)

Casi toco mis pies con mi nariz.

CONSPIRADOR 1

De pie tocáis vuestros pies con la nariz, y pedestre es vuestra joroba. Si al inclinaros fuisteis hasta al suelo, son los pies de este rezagado que tocasteis.

CONSPIRADOR 2

¡Qué buen humor tenemos todos! Juntos venimos a cumplir el edicto que dice bufón en su mejor verso…

CONSPIRADOR B (hace una reverencia a la gorra)

Por eso es que me alegra haberos tenido que saludar aquí, en el deber cuya mejor observancia no exceptúa transeúntes. Por cierto, ¿Estos guardias no se doblan ni para reconocer nuestra lealtad?

(Al conspirador 2)

Sí, se me figuran que si ellos quebrantan la guardia en pos de algo diferente, los doblarán de un modo que sólo sean dobles en su tumba…

CONSPIRADOR A

¿No habéis visto a un tal Octavio, señores?… es un héroe que encabeza nuestra procesión. Le seguimos desde ayer. Para retraso nuestro, no fue sino hasta ayer que vimos que venideramente ya nos guiaba.

SOLDADO 1 (severamente, aunque ya suspicaz)

¿Octavio?

CONSPIRADOR A

¿A quién creísteis vos que honrábamos mientras nuestras lenguas os engañaban?

(Los soldados ya nerviosos)

Si fuimos excepcionales bufones, es porque reyes comunes somos, y entre nuestra algarabía va el brindis… Todos somos reyes hoy, señor; luego no hay súbditos en el reino y nuestros enemigos mueren según sus títulos.

SOLDADO 2 (blandiendo el garrote)

Así que venís por su tumba. Vinisteis tarde, pero temprano mi prisa os dará en el sitio sin que lleguéis. Si lejos queda el hoyo, tanto por hondo que lo compartirás a medio camino, y todos tenéis sitio puntual en él. ¿No me dais las gracias, desgraciado? Pero es cierto que tal no puede dar la única porción de que carece.

(Toca el silbato. Se abalanza los conspiradores contra la guardia, los anulan severamente. Aparece más guardias, entran en combate.)

CONSPIRADOR 1

¡Hideputas, os llamo por vuestro bautizo de ayer! Ah, muero…

(Cae herido mortalmente)

CONSPIRADOR B

¡Caen las condecoraciones y los pechos!

(Llegan una turba desde las esquinas de la plaza. La plaza es tomada por los conspiradores. Vitorean. Uno de ellos arranca el guiñapo del obelisco y se lo cala al conspirador muerto hasta las orejas)

CONSPIRADOR 2

Estáis coronado en preludio de la victoria. Como tributo a vuestro emprendimiento os abrevio el último edicto del rey; el último, señores. Escuchad todos, guardad silencio en conmemoración, para que nuestro extinto héroe nos remede con su sagrado amén.

(Arranca el pliegue a unos de los soldados muertos. Lo desenrolla y con solemnidad lo lee)

Por decreto del rey se prende, en la cara norte del obelisco de la plaza, la gorra del bufón… ta, ta, ta, ta… Todos los transeúntes que concurran a la plaza deben asistir a su centro solemne y hacer una genuflexión que glorifique así la memoria de un rey risueño, cuya alegría quiere que sus súbditos adviertan… ta, ta, ta, ta… Todo aquél cuya salud le obligue a contravenir la regla general, o cuya ignorancia no le advierta el riesgo, renuncie a frecuentar la plaza, pues quienes ignoren el símbolo, o hagan burla de él, se le ha de castigar severamente su desacato según el rigor que el rey os ha prometido como ley. Expedido en Palacio, con todos los sellos de armas, el Rey… El antiguo rey, señores, con todos los sellos de sus armas, armas vencidas desde hoy.

(Enrolla el pliego y lo arroja sobre los soldados muertos)

Al revés el revés del padre loco también se enrolla, y este sequito os propone descendencia con todos los sellos de vuestras armas.

TODOS

¡Libertad! ¡Libertad!

CONSPIRADOR 3

Señores, en la plaza las flechas salen de escondites a señalarnos el rumbo que con su misma puntería ellas siguen. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

CONSPIRADOR A

Decidlo otra vez y haréis ley.

CONSPIRADOR 2

Vayamos todos a las armas. ¡Libertad!

TODOS

¡Libertad!

(Salen. Oscurece)

 

Escena 2

 

(Las mazmorras. Entra una turba que sobrecoge a los guardias)

UNO

¡Viva Octavio! ¡Viva Hilda! ¡Que vivan los moribundos de nuestro bando!  ¡A libertar los presos! Mirad que aquí, antes de que muriesen, los había reclutado la muerte, y quién sabe para que servidumbre previa.

DOS (abriendo las rejas)

Salid todos, sois libres… Id con bien. Tomad un arma y ésta le será fiel a vuestro puño, tanto mas si la hundís hasta su empuñadura de rapiña. Estrangulamientos por doquier. Estrangulamientos… Qué palabra tan larga, tiene un alba y en su crepúsculo veréis vuestros enemigos colgados.

(Salen todos los presos en estampida)

TRES (alegremente)

Sois libres… ya podéis defender lo que otrora habéis perdido.

UNO (a uno de los presos)

Decidme, vos, que habéis estado dentro de la sombra de todo vuestros días de infortunio, si habéis visto a un hombre que aun sin saber su nombre se distinguía por Octavio.

EL PRESO (tanteando el vacío)

¿Qué puedo deciros, buen hombre, si he sido ciego desde el primer tiempo de mi ceguera, en que sólo lo alto de un cielo relampagueante enervaba mis ojos? Mis cuencas son el cáliz de unas lágrimas que no derramé ni siquiera por pesar de contenerles, acaso esperando un vano brindis. Pero os digo que a nadie más han traído aquí desde que mis oídos se aprestan a escuchar ya no las oraciones, sino las cadenas de tantos años atados a los tobillos de tantos hombres. Hace tiempo que el tumulto que libertáis no aumento, sino para engrosar la oprobiosa muerte cuya guarida es ésta misma que profanáis. Marchaos, pues, de aquí… aunque desde hace algún tiempo la muerte tiene que afanar su despojos fuera del hogar. Todos mueren afuera desde hace algún tiempo, señor. Si venís hasta aquí en busca de un héroe, os digo que ha muerto en mis ojos. Si se llamaba Octavio no lo vi con ese nombre, lo vi en el último espejo que vi, y su nombre ya no importa. Marchaos de aquí. Dejadme solo, muchacho. Aquí mis cuencas tienen función, afuera, muchacho, vanamente alumbrarán el vacío que opera sólo aquí.

UNO

¿Cómo, siendo tales lágrimas herederas de vuestros ojos, sois ciego?

EL PRESO

No busquéis que ellas os bauticen el hombre que perdisteis con su mismo nombre. Dejadme solo, pues sólo un bastardo sacaréis si os enterráis en vuestra obstinación.

UNO

Viejo, si os dije que buscaba a Octavio, debí advertiros que era joven, mas se me figura que ha envejecido amputado… de un día a otro, entre estos muros, las arrugas dejan descendencia. Sois Octavio, si no tenéis nombre. Lo sois, no porque no lo haya encontrado en la mazmorra, sino porque es el único nombre que se me ocurre en estos muros y que de suerte se me ocurre en vuestro nombre veraz. Venid conmigo, viejo. El rey morirá sin honores. Seremos libres y…

EL PRESO

Y libres no cabrán en el cielo de su pregón. Largaos, muchacho, dejad más bien a vuestras oraciones que pasten en ese cielo, no arraséis allá los arriendos de todas las estaciones. Largaos, no profanéis más la guarida. Dejadme, muchacho. Antes os digo: vuestro héroe es joven aún, pero en la fe de hoy envejecerá. Antes de que tengáis que rezar, lo sabréis… Largaos.

UNO

Adiós, que sea vuestras amargas palabras la que os acompañen hasta la muerte…

(Sale)

EL PRESO

Adiós, muchacho. Id por allí, más allá de acá… sí, sois joven aún, pues buscáis un preso joven que antes del viejo murió. Así que id, decidle adiós sólo a cuantos os saluden en memoria vuestra, mas si encontráis descendencia mía, no la llamáis Octavio en conmemoración de lo que aquí visteis. Olvidadme, muchacho, mas decidle a dios que no esconda su bastón aquí…

(Dando vuelta sobre sí)

Mi ceguera y quien la acompaña, cuyos báculos son los garrotes que me asedian en cortejo, no seremos cómplices de la cojera divina… Adiós, adiós, adiós a todos, mas a dios decidle que aquí no le hallo defecto. Advertid  siempre, sin embargo, cada vez que digáis adiós, que en mis tumbos aún no he hallado un defecto que justifique el exilio…

(Oscurece)

Escena 3

 

(Entre los muros del palacio)

CLAUDIO (agitado y con reservas)

Sólo falta anular al rey. La reina está confinada en la torre… pero me dicen que ya la torre fue tomada por una turba, quizá haya muerto, tanto mejor… pero, ¿podéis creer que la torre, esculpida laboriosamente por la extinción de muchas generaciones abyectas, haya sido cincelada en pos de una escultura ruinosa?  Sí, estos hideputas arrasan todo a su paso, el fuego huye cuando ve las antorchas de la plebe.

(Enjugándose el sudor de la frente)

La torre, construida con las piedras de la misma cantera, recia como el palacio… ahora en ruinas. Ah, desniveladas todos los arneses y aparejos de tortura, cayeron las piedras al promontorio original… También las mazmorras fueron asaltadas y liberaron los delitos que aún en esas fosas funerarias convivieron con sus perpetradores. Gregorio, la gente de abajo sube hasta nuestras huestes, y al ras de ellas combaten, hasta en contra de ellas cae su morro… No os dais cuenta de como vuestra ceremonia inicial se complica en un tapete de sangre. Si no contenemos a la plebe, si no ordenáis vuestro primer edicto severo, aun antes de nacer ungido con corona, no firmaréis otro con todos los sellos de vuestras armas, armas que debéis notar que afuera os proclaman en plena disputa…

GREGORIO

Estáis en lo cierto, pero un edicto prematuro coronaría sólo mi bastarda sien, mi espada en la carne de mi padre encontrará la corona legítima; y en la herida abierta, mi rúbrica. Claudio, escuchad, si aprehendemos al rey, las turbas entorno a nos celebrarán mi ascensión. Matar al rey, Claudio, nos coronaría además como héroes…

CLAUDIO

Entorno a nos, ese cortejo resucitaría el grito de ¡muerte al rey!

GREGORIO

Muchos de los principales de lo que me pedís su cabeza, urdieron conmigo mi anonimato infalible. Dejadme corroborar sus ambiciones al lado mío. Al mostrarle la cabeza de mi padre, los encararé con franqueza, ellos sabrán afiliarse en torno a la nueva corte.

CLAUDIO (mirando a lo largo del pasillo)

Justo a unos cuantos de ellos es justo que le ajustéis la soga. Mirad, señor, si lo hacéis así, íntimamente, dejando que el desorden se atribuya tal paternidad, no tendréis que ser duro con los de más abajo. La plebe en sus últimos reductos os proclamará enhorabuena, pues si así pretendéis las formas de vuestro magisterio, os doy la única solución que os trae la corona conforme a vuestros deseos y ventajas.

 

 

GREGORIO

Vais de prisa, que vuestros perseguidores apenas os alcanzan para felicitaros. Pero tenéis razón… Sois mi primer ministro que llega puntual.

(Aparte)

Aunque ser puntual a esta hora es serlo en espera de una felicidad que tortura por su tardanza.

CLAUDIO

Os haré rey, señor, porque tampoco pienso escapar de palacio, no os abandonaré…

(Aparte)

¿Qué querría en adelante si huyo de lo que quiero?

(Tomando los hombros de Gregorio)

Yo aplacaré esas turbas. Os haré rey así ose adelantar a vuestro manto con mis fachas de guerra, inmaculado llegaréis al trono, señor…

GREGORIO

Tomad vuestra espada, entonces…

(Claudio le suelta los hombros y desenvaina. Una flecha da en el lomo de Claudio, cae herido mortalmente)

¡Claudio!

(Aparte)

Las flechas fueron mi idea, plurales se vuelven contra mi traición…

(Entra Hilda con el carcaj terciado.)

HILDA (eufórica)

Gregorio, querido, os salva las mismas flechas que aguzasteis.

GREGORIO

¡Mujer! ¿Qué habéis hecho, mujer?

HILDA (fuera de sí)

¡Esposo mío! El ejército cayó en cada soldado. El hambre de cada flecha, con un solo mordisco roe encarnizadamente. Vuestra profecía, Gregorio, tumbó a todos los capitanes apenas en un Apocalipsis. Las condecoraciones tintineaban por los callejones, los mendigos la echaban fuera de sus bacinicas. Los niños, Gregorio, empuñaban por primera vez la espada y de un tajo truncaban las últimas esperanzas de  los cadáveres… Las velas, con cuyas combas se iluminaron temporales oscuros, favorecen ahora nuestro hálito, y esas mismas velas, Gregorio, trémulas en la sangre que derramamos a las puertas de hoy, maniobran entre procelosa espuma como un pez que nos promete el pan de cada día…  Fuimos con la rabia en un puño, mas a puñetazos derribamos las puertas que nuestros mayores tocaron sumisamente… Ay, los estertores propicios, Gregorio, a puerto subterráneo llevan la tiranía de su rey. Las velas henchidas alumbran el periplo que nos llama… Ah, sí… si la vieja moda hizo los sastres a sus medidas, también de sastre remendados hoy hondean banderas coloridas…

(Con apremiante obcecación)

Gregorio, mirad mis ojos, contemplad las vistas que allí se reflejan. 

GREGORIO

¡Qué mal estáis, mujer!

HILDA (sin oírlo)

Querido, querido, el día de la libertad coincide con el de la venganza, haré un almanaque de un solo día, un día para todos los años por venir… soy libre de marcar este día con la tinta de mis dardos. Somos libres, querido… vos estáis libre de preguntar por mi respuesta; os respondo por ella. Señor: nunca más un rey…  Sí, querido…

GREGORIO

¿Qué hacéis aquí, mujer? Largaos de aquí… Abajo sois la heroína que puede salvarse, aquí sois una figurilla en las cifras.

(Lo abraza)

HILDA (incrédula de las duras palabras)

¿Qué me decís, querido? Os abrazo y es como si me aferrara a una roca que se hunde.

(Se separa violentamente de él)

Me das miedo… os hundís, mi isla se hunde con vos… nos hundimos, ay, nos hundimos…

(Aguzando el oído)

Escuchad, alguien proclama el edicto del naufragio… Gregorio…

CLAUDIO (en su último estertor)

Bien sois esposa de un bastardo, las guirnaldas de vuestras manías eclipsan la corona del esposo, mujer… Mirad que el hijo que despreció el rey, reina si lo despreciáis lejos, entre la plebe de sus súbditos…

(Muere)

HILDA (retrocediendo con pavor)

¿Sois bastardo, rey? Pero si os mataron… están por mataros, rey, malvado.  Ya lo veo; no, ya lo sé… ahora lo sé… No, no, no… Ahora sé que ibais con las cuencas de mi padre, a brindar por las vides por venir. Sois ciego, sí… con la vara que se os midió queréis medir vuestra hoyo, sí… ciego, insensato… amor mío. Ojos míos, que ni de bastón me servisteis, no puncéis mi ceguera con el yerro, ya corro a lo que he de ver… no me espoleéis más. Ya veo, sí… Sois Gregorio, malvado…  Sí, también tenéis un padre ciego, pero el vuestro es ciego sólo para vos, para los ojos que en vuestro rostro se juntan para odiar a un padre… ciego sólo para vos, y en la rapiña de subalternos encontró los ojos de mi padre, que ni ocultos en su bondad se salvaron. ¡Malo! ¡Malo! Gregorio, si este divorcio que arde quemara afuera como dentro de mí me arrasa, os ahorcaría a todos vosotros un incendio. ¡Malvado! ¡Traidor!…

GREGORIO

Pero ya no blando el garrote de bejuco, sino la espada que troncha el último efecto de quien os horroriza. Pasemos el umbral, juntos.

HILDA (A voz desencajada)

Venid, todos… el tirano retoña entre las piedras.

GREGORIO

Calmaos, mujer. Mirad que si os emparentáis con mis retratos venideros, seréis la reina que también fuera de ellos sonríe. Os quiero tanto que atesoro mi celo y guardo que el interés vuestro no se disipe fuera del matrimonio…

(Acercándose)

Mujer, por lo que luchasteis se cumplirá en mi reinado, no en el caos que os ha ordenado vuestros pensamientos a gusto y tono de un perturbado día. Querida, os quiero… también como reina. Mirad, serán libres de un rey antojadizo, pero respetarán la libertad que imponga nuestra corona mancomunada. ¿Qué decís?

HILDA (balanceando la cabeza, ensimismada)

Ay, reycito, ¿queréis ver vuestro último pétalo? ¿No habéis profetizado la suerte de vuestra última profecía? Puesto que a la vera de vuestros malos albures me habéis castigado, a la vera de mis ruinas os imputo el crimen de que se jactan vuestros auspicios. Malo, cobarde… Vuestras peores arrugas marchitan mi frente. Ay, aquí me yergo, sí, delante de vos, ¿no me veis, tirano? ¿Con la ceguera que atiborró vuestras cuencas no alcanzáis el catalejo? Así, de pie aún, os he de profetizar algo aun peor… sí, os he de profetizar vuestro inalcanzable pasado; en lugar de que añoréis un después, lamentaréis no poder postergar una ocasión salvadora en la seguridad de antaño. Que éste sea el signo que al menos la porción mayor de mi ultraje redima. Que su cumplimiento, como una fe, indemnice mis besos. ¿Queréis que os de un beso en vuestra falsa boca? ¿Queréis que os responda a vuestra falsedad? Ah, reycito… id a vestiros antes que lleguen los músicos… ¿Sabéis que una tal Hilda, que canta en los pastizales, conspira contra vos? Uno, dos, tres… ¿Queréis que la delate? Si me dais permiso, reycito, proclamaré que todo lo haré sin tu permiso. A veces remedo a conspiradores, pero ellos, por doquier, me delatan y yo repito la acusación… Qué más os puedo profetizar… ah, sí… que el fin resucitéis cuando esta misma suerte que os hace mortal se cumpla otra vez… Ese Apocalipsis principiará vuestro adverso ministerio. Mirad, ya los dardos, que otrora guiñaban un ojo, os echan mal de ojo… mirad… mirad…

(Manotea entorno a su cara, ficticias abejas le abruman)

Oíd como zumba la ponzoña…

(Murmura inarticuladamente)

GREGORIO

Ah, también he traicionado a vuestra locura.

(Entra Andrés)

Andrés, cuidad de ella… por fuerza de vuestro amor cuidad de ella.

HILDA (con la vista perdida en un punto imaginario)

No viváis de vuestra carne, que carne vamos a cazar.

GREGORIO

Llevadla a seguro. Cuidadle con vuestra vida.

ANDRÉS

Qué sacrificado sois, señor. A fe que daría mi vida por morir así.

GREGORIO

Dejaos de majaderías y llevadle ya. Ya os llamaré, cuando ordene todos los escaños entorno al mío.

ANDRÉS

Id, señor. Buscad la gloria y curaréis a vuestra mujer con sus brillos…

(Sale Gregorio)

HILDA (ensimismada en el vacío)

¿Sabéis que una tal Hilda, que canta en los pastizales, también conspira contra vos? Sois el secuaz… y nos conocimos en la sombra del misterio.

ANDRÉS (con compasión)

Mujer, vuestra inteligencia ya marca su sello en la cera de una nueva corte, mas cómo nos remite un pacto degradado…

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(En una estancia del palacio. El rey y Ambrosio)

EL REY

Decidme, Ambrosio… ¿Qué salida nos ofrece salvación?  ¿Cómo fue que los soldados hubieran sucumbido bajo garrotes de labradores, bajo los cacharros de mercaderes, bajo las bacinicas de enfermos en cuarentena? Decidme, hombre: ¿Por qué vuestros mensajeros encarnan las malas noticias que les encomendasteis advertir? ¿Por qué mis huestes al ras de los intrusos luchan para no perecer?

AMBROSIO

Majestad, calmaos… O mejor, necesitáis estar sereno para el parte que me toca deciros entre más calamidades. Unos dicen, señor, que todo comenzó cuando un hombre que desacató el edicto del bufón, aquella ley de la gorra, fue hecho preso con tal violencia que sus vecinos se mudaron al odio, con cuyas armas podían rescatar al vecino que dejaron a su suerte, pero esto es apenas una anécdota del preludio, pues, como veréis, cada punto había de ser juntado con trazos subrepticios. Eduardo fue muerto en plena plaza. A hurtadillas, desde mansardas, en ángulos distintos, arqueros iban inoculando a los principales del ejército. Los soldados arremetieron con todo vecino que se asomaba en las ventanas, pero dentro de esas mismas casas purgaron la mitad de quienes se atrevieron a entrar con la orden póstuma de sus superiores. El resto de vuestros soldados, en pánico, dobló recodos no menos bruscos que aquellos dinteles.

EL REY (calándose la gorra de los cascabeles)

¿Y por qué Carlos no envió una fracción de sus hombres? Está con ellos, ¿no es cierto? ¡Hideputa!

 

AMBROSIO

No, señor. Carlos fue atacado por un ejército extranjero que lo duplicaba apenas con un elemento de más: el fin. La plaza ya debe estar tomada por el invasor. Espías entre el vulgo conciliaron este golpe; no es de dudar que, a pesar de nuestros intereses, los espías nuestros fueron contratados por nuestros enemigos. Yo apenas pude contener la mínima parte de mis hombres, y aquellos ya le ganaba la idea de combatirnos. Por eso vine entre el fragor de vuestras huestes. Hay un ejército de desertores por doquier, majestad. Muchos se pasaron al bando del caos, cuyos infinitos generales quieren coronarse con vuestra corona. Las huestes que resisten afuera, tarde o temprano serán demolidas por la turba, unos se creerán libres de desobedeceros; otros, de morir al fin. Es mejor que huyáis antes de que las salidas secretas confiesen a quienes las hostiguen con el fuego y el desastre. Aún es tiempo, majestad. Las fachas que traéis os visten tan invisible como el viento, y ese es el único lujo que os conviene en vuestra traza.

EL REY

Tenéis razón, es tiempo de partir. Desde afuera, puedo reclamar mi derecho, y el derecho de mi hijo. En el sur aún me quedan partidarios violentos. Id por la reina y por Claudio.

AMBROSIO

Debéis ir solo, señor.

EL REY

¿Qué decís?

AMBROSIO

Es una peor noticia, que me hace sentir peor por contarla con la innumerable mezquindad de ser el último emisario.

EL REY

Hablad pronto, si queréis salvar algo bueno de vuestra voz.

AMBROSIO

Vuestra reina fue enviada a la torre.

EL REY (mesándose los cabellos)

Por dios. ¿Cómo puede ser, si ni siquiera el estertor de la plebe ha llegado a birlar estos muros aún? ¿Algún espía la raptó? Decidme, truhan… ¿Los extranjeros?

AMBROSIO

Señor, vuestro infame bufón, atribuyéndose su impostura como cierta, puesto que creo que por vengar la muerte de Micaela juzgo yo la veracidad del asunto, dio orden terminante de que vuestra esposa fuera condenada con todos los rigores ordinarios. No hay mucho que se pueda hacer por ella, ya la torre coronará un montículo con sus ruinas.

EL REY (Se mesa las barbas y solloza)

Ay, sin mi hijito, ya no soy legítimo… Por todos los diablos de un cielo que se quema, tuvo que ser un maldito ordenanza que implícitamente seguía el fuego que a través de su ventana maldita veía…

(En un sólido grito)

¡Llamad a Claudio! Partamos de aquí, ya no queda tiempo para matar a mi bufón… ah, le salvé la vida con una broma cruel; no cabe duda de que soy su maldito salvador.

(Ensimismado, ya arrasado)

Ay, aunque dejadlo al arbitrio de mis perseguidores será el daño mayor que me puede satisfacer al menos una parte…

AMBROSIO

Señor, en esta hora de infortunio, tristemente soy el interino de todos los mensajeros que os fueron impuntual. Otra noticia os tengo. Claudio, es el único ministro que os ha traicionado… él transigía con unos  demonios que obraban al margen del mismo infierno desatado. Su propósito, ya lo presumís… Claudio es cómplice de vuestro hijo bastardo, que en vuestro trono quiere encumbrar su calva. Claudio, majestad (os digo esto último aunque vuestras orejas ya me aconsejen al oído callar), avaló la orden del bufón, confirmo la condena de vuestra reina… le fue el medio expedito de eliminar el rival del bastardo.

EL REY (con la vista fija en el vacío)

He tenido hijos sólo para saber como sufre un padre desafortunado, parricida he sido por gozar las madres de mis hijos…

(Se escuchan ruidos más vivaces)

AMBROSIO

Escuchad, señor. Ya los gritos se adelantan a arengar a la violencia rezagada. Vayámonos,  lo que sea que esperemos aquí se perdería con nuestra muerte.

(Mirando por la ventana)

Venid conmigo, señor…

EL REY

Partid vos. Tan lejos cuanto la onomatopeya del llanto os revele una mejor seguridad. Allí, lejos de mí, mi fin podrá ser contado sin fin. Yo aquí he de quedarme… antes de ser bufón, fui rey; ahora, Ambrosio, soy el centinela de mi duplicada desgracia… Las ojeras que veis bajo mis ojos, son orejas muertas que escucharon las noticias peores, enterradas bajos mis ojos ya sin vida… Sólo puedo echar de ver su corrupción. Largaos.

AMBROSIO (mirando nerviosamente al derredor)

Os dejo porque sois el rey a cuya templanza no soy digno de servir.

(Sale)

EL REY (tras un minuto de silencio funerario)

Cayó la puerta. Rompen la alfombra. Rápido, rápido, rápido… El fuego trepa las paredes… uno, dos, tres… casi llegan al cuarto de insomnio.

(Una pausa a la lumbre de esas llamas)

El fuego trepa… quiere escapar de ese infierno al que fue a parar por ser malo. Los paisajes de mis retratos lo podan ignorantes. Suben escaleras los tiranos. Agotan las galerías con la punta de la espada. Matan ordenanzas que arrodillados piden perdón a sus verdugos. Me buscan de puerta en puerta. De corona en corona, buscan mi corona. Matad al rey jorobado. A ese mismo que veis con asombro… matadlo que se parece a mí… Bastardo que engendré me hacéis comer mis huevos en caldo.

(Una turba, encabezada por Ponciano, echa abajo la puerta. El rey toma una daga del suelo que empuña con ambas manos)

Hoy si soy un asesino…

(Ponciano, desdeñoso, lo decapita antes de que se apuñale, sin advertir en el rey más que a un bufón)

PONCIANO

Los bufones tienen la culpa que ridiculizan, también hay que condenarlos culpables… ¡La más filosa condena para sus cuellos! Si veis a otro culpable escapar con piruetas, cortadle de un tajo esa cintura sobre sus hombros, no la estranguléis con el cinturón que llevan vuestros calzones, que haréis el ridículo mientras matáis a vuestros enemigos. La cuerda es para el rey, señores, y la lleváis atada a un nudo…  Sí que es un bufón bien formado en los afeites del oficio y en la simetría de su maldad. Miradle que no tiene joroba, ni sus piernas están torcidas ni sus ojos en blanco bizquean, solo sus fachas deforman su horóscopo, estrellas y eclipses estirados en ese culo ancho. El equilibrio de su huida lo dejó sin escape, señores…

(Todos ríen)

Un bufón amamantado en su infancia, ¿habéis visto cómo los estrago de un rey loco crecen a espaldas de la turba? Pero mirad alrededor vuestro: hay tantos locos en concurso que se debe cuidar uno, más bien, de que hubiera alguien cuerdo.

(Señalando con la daga)

De cierto os digo que el hambre no pasó sus peores momentos en ese culo…

(Ríen a carcajada)

¿Qué pasa con vosotros, hombres que no os conmueve una escena grave como ésta? Aún quedan ordenanzas en las galerías… Marchaos con seriedad. ¡A por ellos!

(Salen)

El rey debe haber escapado por un agujero de rata… allí también cabe mi puñal. Ved por vuestro culo y no descuidéis vuestra retaguardia, rayano va mi tajo entre nalgas horrorizadas, rey…

(Cuando va a salir, entra el bastardo)

 

Escena 5

 

GREGORIO

¡Ponciano!

 

 

PONCIANO

Os prometí que mi promesa era violenta. Heme aquí, con vos. Tanto gusto de encontraros a término de mi jornada… Bueno, aún me falta el rey. ¿Sabéis que la reina murió en la torre? Un esposo cruel cuya pasión contra su adultera mujer fue más allá de engendrarle un hijo bárbaro…

GREGORIO

Matáis por matar…

PONCIANO

Por qué más tendría que matar. El mismo verbo me conjuga…

GREGORIO

Debisteis cuidar los viñedos, ejercitaos entre los racimos si os complacía teñir la vid. Pero sólo allá, insensato…

PONCIANO

¿Rivalizáis aun con los auspicios de socorrer vuestra matanza? Ya que habláis de matar, vale recordaros los muertos que profetizasteis tan oscuramente… Sí, os hice una daga como la que no salvó Andrés y con ella me señaláis del lado oscuro que se os opone.

GREGORIO (aparte)

¡Hilda! Mujer, en tu frente vencida brilla mi yerro.

PONCIANO

Sin embargo, ambos empuñamos las hermanas de aquélla, que, como veis, ahora coinciden en estos muros. No quiero, hermano, ser vuestro enemigo.

GREGORIO (ya arrasado)

No lo seréis si os largáis a matar al margen de mi huera venganza.

PONCIANO

Os dejo, entrañable compañero… Para no ser vuestro enemigo, debo enemistarme con la orden vuestra que con pena os acato. Pero antes de irme de vuestro banda, os digo que hoy más que nunca no tengo ninguna razón vuestra para matar a mis enemigos, ninguna que artificiosamente suméis al verbo, pues un ejército, que ya saquea hasta con sus espías, sojuzgará a esta tierra con el rigor de un rey extranjero. Sí, cualquiera que haya sido vuestras razones, y vuestros partidarios… en fin, ya las esperanzas de vos desertaron antes del reto. Las mías no, mientras no me mate un rival. Adiós. Sí, ahí os dejo un bufón para que entretenga vuestras desventuras…

(Sale)

GREGORIO (reparando el cadáver)

Ah, yo… Mirad, el rey, un padre… que también me negó su perdición y muerte. ¿Qué reino busco, qué corona averiada en un sombrero? Ni un día reiné, más me habrá valido no ceñir esta corona que traje en pos de la de mi origen, esta mala corona que ya nadie destronará… Ah, si legítimo hubiera llevado el mal que traigo, me hubiera vengado al nacer.  Prodigiosa memoria que olvidáis, yo os bendigo de nuevo; y porque olvidaréis mi antigua maldición, no viviré para cumplirla, sino para olvidarla en carne propia. Luego, jamás moriré en memoria de mi despechado prójimo…

(Empuña su daga)

A cargar, junto a Ponciano…

(Entra u pelotón extranjero)

EL CAPITÁN

¿Sois de la casa, señor? Pues llevad vuestro signo.

(Le apuñala)

GREGORIO (Cae mortalmente)

Caigo como una adversa prenda, que amuleto es de mi primogénito enemigo…

EL CAPITÁN

Traemos el signo de nuestro rey, y aun así debemos marcar el caduco en tantos torsos.

(Entra el bufón, entre las piernas del pelotón, más jorobado que nunca. Un soldado desenvaina para acuchillarlo)

EL CAPITÁN

No le matéis, no es de esta casa, aunque su vejamen lleve los lujos de su verdugo, sino de todas las otras casas en ruinas, aquí y en todos los reinos.

BUFÓN  (Se abalanza sobre la cabeza del rey)

Entre mis manos pienso, pero toda idea se detiene en el sombrero de mi bufón, y lo que antaño se erizó en cada punta de mis cabellos, sin tornar su pálida costra, hoy confirma una sospecha y pone un huevo sobre la calva que mi pena coge entre sus manos temblorosas… Un sastre, a pesar de su pliegues y repliegues, plisó a mi talle las costuras de un mes, que todavía en esta hora llevo puesto y que la intemperie deshilacha sin orden ni tributo…

UN SOLDADO

¿Qué dice, señor?

EL CAPITÁN

Dejadme escuchar, bellaco.

EL BUFÓN

¿Qué nuevo sastre, a pesar de su mortaja, remendará lo que mis lágrimas hacen jirones? ¡Tormenta cruel! ¡Impía tempestad! vuestra copiosa insidia no socavará mi tesoro vacío, al que, sin embargo, los hombros de mis manos le acunan, ay, un nacimiento bastardo, tierno al tiempo. Tormenta cruel, vuestros espías tampoco se aprovecharán de la mitad de sus sobornos… Soldados de mis huestes, no me toquéis, no me defendáis con complicidad. Dejadme al arbitrio de mis enemigos.

OTRO SOLDADO

Su locura nos toma por séquito.

EL CAPITÁN (rodeando al bufón)

Un bufón extraviado… no ha hecho gran cosa el hombre, sin embargo lo justo para que le olviden.

(Aparte)

Si al punto todos los reinos se extinguieran con este precursor, puntualmente la punta de mi espada pondría punto final a su monólogo.

(A sus soldados)

Venid todos, hay que aplacar a las turbas, y tomar las tinieblas palaciegas antes del amanecer.

(Aparte)

Más súbditos… para una nueva causa.

(Salen)

EL BUFÓN (entre sollozos)

Dejadme solo, que el castillo está vacío. Una catástrofe buscó asilo en mitad de la noche y el insensato esclavo abrió la puerta, juzgando en la sonrisa del rey dormido el asentimiento de su hospitalidad… Fuera la prole que consumió mi hacienda. Soldados ya no tenéis que defender… Dejadme solo, que mis oraciones se junten a mis penas y del tumulto mi locura halle otras formas. Dejadme solo… que vuestros uniformes rutinarios no toquen jamás los ribetes de mi desnudez ni que vuestras preseas iluminen la noche de mi corona. Que el reino se pierda… pero iros vosotros de su perdición, no lo malogréis más con vuestros celos. Que el fuego usurpe mi reino y que las antorchas de mis muros se enrolen entorno a él, que tal ley marcial haga crepitar los huesos de quienes se queden en litigio de despojos…  Alejaos de mi lejano predio, iros, pero no sembréis flor alguna en vuestra retirada, ni coqueteéis con los mensajeros extraviados en el camino. Alejaos, iros  con vuestros ojos a ver los ojos de vuestras viudas y a llorar, a la sombra de hijos ajenos, a vuestros muertos infieles… no enterréis ninguno aquí.

(Ciñendo la cabeza del rey a su regazo)

Pequeño bufón, cuyo más grande amor me movió hasta la impiedad. Vuestras muecas, vuestros chistes ahora se diluyen en el luto verdadero que mana de un tajo…  luto verdadero que reclama en mis venas e invoca el amen que vuestro silencio calla para sí. Ah, pacto que igual me aflige. Vuestro sombrero y mi corona completan la mitad de una gracia cruel. Sí, quiero ver esa mitad, la otra efigie que trunca mi suerte, y enfrentarla sin reservas y ahogarla con mi sombra vespertina. Soy lápida y hombre, y, después de piedra y carne, rey sin corte ni bufón… ¿Lápida de quién? ¿Hombre de quién? ¿Rey de quién, sino de huérfanos desheredados por vuestras muecas? Veo mi lápida sepultada sin vuestro nombre, bufón… el epitafio, oración que declamo hasta morir, mas, ay, los nudos que me ataren los urdí invencibles y lejos del epitafio. ¡Oh, la mitad del mundo está enterrada, y la otra mitad es la tierra en comunión con la muerte!

(Unas flechas disputan el aire en el pasillo, una anónima traspasa la rendija de luz y se hincan en la joroba del bufón)

Ay, una palmada hinca el único diente de su encía, la deletérea ponzoña quiere que me vuelva. Sí, ya lo antiguo roe mis arrugas. Os persigo vuestro achaques, bufón, mas no sé si llevo una herida mortal a cuesta, porque qué vida la mía para distinguir tal peso sobre mi joroba… ¡Oh, la mitad del mundo…!

 (Muere)

 

 

FIN

DEL REY REX

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SENADO

____________________

 

Mayo, 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DRAMATIS PERSONAE

 

 

Turno (el usurpador)

Drances (senador principal)

Eneas (el rey)

Lavinia (esposa de Eneas)

Camila (concubina de Turno)

Numa (hijo de Ascanio y Creúsa)

Ascanio (hijo de Eneas y Lavinia)

Creúsa (esposa de Ascanio)

 

Cloreo

Mnesteo         Senadores

Sergesto

Palante (lugarteniente de Numa)

Voluso (lugarteniente de Turno)

Cora (general de Turno)

 

Senadores

Ordenanzas

Soldados

Esclavos

 

 

A   C   T   O        I

 

Escena 1

 

(En la Curia; el senado en sesión. Reproducciones de motivos de la mitología grecolatina, de diferentes épocas. Ascanio en el podio; la concurrencia de senadores, enmascarados con pesadas cáscaras de maderas, entorno al orador)

ASCANIO

La hora en que esta eminente asamblea aguza sus cuadrantes es privativa a la urdimbre de los dioses. No olvidéis, señores, que, siendo hijos de nuestros padres y ellos de quienes los anticiparan, hemos de convenir puntualmente a nuestro pasado de origen y de progresión. Para los puestos que ocupáis habéis sido convidados desde siempre. Cada juramento que habéis de proferir busca su estirpe y los bastardos son echados con el mismo rigor de los dioses. Mirad, pues, a través de vuestro espacio, contemplad al vecino mientras deliberéis a favor de una ventaja, más que esperanzadora, esperada hasta su verificación. Que vuestros ojos no abriguen pereza alguna, sino la mirada penetrante. Mirad a través de todo, la máscara que empuñáis no os ha de privar jamás de impávidas rendijas y en sí contiene no sólo la promesa de un nacimiento consumado, sino la exacta beatitud de vuestro ardor. Miraos investidos. Mirad que el venturoso viento de nuestras velas apaga de un soplo las velas de nuestros ocultos enemigos. Mas mirad también que en tal penumbra sus cómplices, sepultos por la piedad de nuestra gloria, aún comparten causa contra la piedad y la gloria.

(Señalando los tragaluces)

De esos marcos que distinguís como condecoraciones del prodigioso cielo, cuna y morada de los dioses, mirad que sus vetas siguen el curso natural de las estaciones. Un halo de madera, paciente y lento en sus antiguos pulsos sublunares, os enseña que esa luz benefactora os ilumina hoy. Mirad que discretas y estudiosas señales, nos han de aconsejar entre el alba y el ocaso, e infunden también los sueños que han de sobrevenir para felicidad de nuestras profecías. Al trasponer estos dinteles veréis laboriosos escudos. Mil batallas se repujan en los frentes, mil que nos aventajan en tumultos enemigos. El arte de la guerra es también el de la forja y vuestra sabiduría es, sin desmayos, el móvil que la inspira. El cincel, conducido por la destreza del artesano, graba en una generación un fragmento apenas que nos concierne en su momento y gloria, pero sabed que impacientes escultores aguardan por nacer y que vuestras leyes les enseñarán su exquisito oficio. Que vuestra ley, prontitud e inexorable sensatez no os desampare ni cuando lágrimas y sudor se disputen vuestras arrugas. Mirad que las máscaras no guiñan ojos y con franqueza siguen a quien escoltan. Mirad que principiáis el ministerio de hoy.

(Ascanio, visiblemente fatigado tras el énfasis)

CLOREO

Habéis advertido en nosotros la observancia a las divinidades, mas entre el afán de vuestras concesiones debilitáis el merito que os apremia. ¿En el primer discurso que se os instruye, en rutina de una suerte adversa para vos, os imponéis con el temerario ayuno que apura vuestro verbo?  ¿Pretendéis con un abigarrado discurso prefigurar la eternidad que no alcanzaríais ni entre los extremos que así te demoran? No sé si queréis figurar en el único respiro que han tenido vuestros miedos, sea, pues, este lúcido instante que os ilumine en el descalabro, porque la sanción de todos al parecer os censura por parejo.

(Ascanio adelanta un paso trémulo ante la vertiginosa  audiencia)

ASCANIO (ya excitado)

Cloreo, ¿con tal suerte habéis adelantado vuestra enemistad en nombre de todos?

MNESTEO (interrumpiendo)

Habéis sido débil, sin duda; mas osasteis levantar la voz en el podio con veladas insinuaciones y, a la sazón de vuestra oratoria, ahora adelantáis un paso en falso, contrario a quienes ya os asedian en mayoría. Amenazáis como si os hubiera dado un poder filial que el Rey no os ha legado ni por ser vuestro padre.

ASCANIO

¿Cómo un dúo podrá guiar un coro en el vado?

SERGESTO

Un trío, tal vez. Decís que somos hijos de nuestros padres, pues yo os digo más: somos vuestros hermanos mayores y con la autoridad de secundarnos no podéis reprender el rubor que os abrasa.

ASCANIO (toma un vaso de agua del podio, entre temblorosas manos)

Agua. Agua. Agua verdadera, que el espejismo de la intriga ya me moja.

(Bebe el agua)

DRANCES

No llaméis intriga a cuanto vuestro discurso ha profetizado, pues es privativo a la urdimbre de los dioses.

CLOREO

Y quien palidece hasta el espejismo sois precisamente vos, Ascanio. Vuestro primer veto os sienta mal, haríais más bien si os sentáis tan lejos como mal. Vuestro puesto no es de pie, aunque pedestre sea el miedo.

ASCANIO

Que sea el título de mi padre el que adopte mi defensa.

CLOREO

Es el título de rey el que os deshereda. Id a tiranizar lo poco que no se os ha quitado en vuestra casa. Miraos como tembláis; es vuestro arte el temblar. Cincelad el fragmento que os agobia, retrataos allí sin temple en el peligro.

ASCANIO (abrumado por las murmuraciones de la audiencia)

He nacido del rey… y del rey soy el…

SERGESTO (divertido, al ver que sus palabras tienen efecto)

Del rey sois el hijo apenas, otros laureles este único título te despoja…

DRANCES

Lo que ceñís es el veto.

(En concierto se quitan la máscara)

TODOS

¡Sea!

DRANCES

Sin que se os intimara cierto decoro ya os habéis confesado contra vuestro padre, pues que sucederle así fuera anticiparle en la garganta. Ay, cómo, si no es con desparpajo, contradices su salud y aun sus consejos. Sin dudas habéis creído que por primera vez podíais contradecir al rey, y, en ausencia suya, ganaros el senado en favor de vuestro vicio. Un título intermedio mediaría los partidos de regir vos mismo la monarquía. Mas vuestra alevosa escala se precipita de un solo golpe.

MNESTEO

Retiraos antes de que vuestro padre os sorprenda sin compostura. Ya ninguna de sus reprimendas os hará merecedor de su tenacidad.

ASCANIO (ya delirando, sudoroso)

Apartaos monstruos. No me acoséis más. Tomad la espada que llevo a la cintura, podéis cambiarla por más vino. Dejadme. Allá afuera. Mirad, a través de la ventana, si escapáis pronto… sí, si escapáis mi padre no me vengará en vuestro pecho. Ah, dioses, juro que la cordura… Echadme… fuera, soy hijo del rey…

CLOREO

Guardias, llevadlo de aquí. Cuando se mejore se acogerá a la única excepción de su fiebre.

ASCANIO

¡Soltadme!

(Se desploma mortalmente y el desconcierto es monótono en torno al cadáver. Cloreo le toca el cuello)

CLOREO

Está muerto.

 

Escena 2

 

(Entra Eneas y Turno escoltados por dos ordenanzas, la concurrencia se vuelve al rey)

ENEAS

¿Qué es este barullo? ¿Por qué no ocupáis vuestros escaños? ¿El endeble discurso de mi hijo ha profetizado no sus espigas, sino la cosecha de vuestras magistraturas?  Mirad que si es así merecéis que Ascanio, desdeñoso de su virtud, os abandone en pos de reforzar el argumento sigilosamente.

(Se despeja el piso en torno a Ascanio)

CLOREO

Majestad, Ascanio le dio la espalda a los dioses, miradlo allí de bruces.  En tierra confiesa un silencioso murmullo.  

MNESTEO

Obrando contra su linaje, no pudo abrirse un trecho. Sus pies se descalabraron del desvelo que acunara su debilidad, y, sin aventajar las acusaciones de un veto en ciernes, el delirio prefiguró monstruos antiguos para su travesía hasta los manes.

ENEAS

Drances, decidme, ¿fue su muerte la que dictó el discurso o la enojosa espada que le hubo reprochado el cinto desde su pubertad?

DRANCES

Señor, fue un orador brillante mientras nos mostraba el sol. No sé si una inspiración externa le hubo infundido la sustancia de tal talento, pero sus inconstancias de siempre lo perdieron aun por sostener lo dicho, aunque, según lo no dicho, algo secreto le promovía sitio en el temor, haciéndoselo notar se mostró en sus vergüenzas. Conturbado, llevando a cuesta la onerosa joroba de su monstruosa juventud, paseo por el podio sin poder reprimir sus rubores y a la lumbre de ellos la carne se transparentaba aún más. Los oficios ordinarios del senado le sobrecogieron en los preliminares. Sintiéndose desfallecer delante de quienes él imputaba un infame cargo de intriga, prolongó en sus delirios la terquedad de sus pies. Con pena divagaba; ora para sostén de su atrevimiento, ora para contrariar la sentencia de un padre fuerte. Al fin sus rodillas, antes de tentar el ras del mosaico naval, se prosternaron brevemente sin que diera tiempo al perdón. Helo aquí, tendido en un mar, como una isla en que sus armas sobrellevan una vida de náufragos.

ENEAS

Levantadlo de allí. El mar devuelve lo que no es digno de yacer en su fondo funerario. Rescatad las armas.

(Los ordenanzas toman el cadáver y lo despojan de sus armas, luego lo llevan fuera)

Mas que sus cenizas sean contenidas en el nicho contiguo que me espera; el fuego extinto de mis huesos corregirá el desacato póstumo de su debilidad.

TURNO

Señor, sea vuestra palabra ley, y que el indecoroso luto no se cierna en nubarrones denso que hayan de anegar a vuestra casa. El mar nos ha devuelto a Ascanio, confiemos en que la salobre piedad destile gotas que no rebasen el ras de la prudencia. Pero, y sólo con licencia de vos, nos está dado condolernos de tan funesto episodio, el rigor vuestro reglamenta el pesar que nos aflige. Permitidme, pues, que os acompañe en custodia del cortejo.  

ENEAS

Amado Turno, habéis dicho bien. Tales hechos acatan los hechos y a ellos impongo el carácter de mi confirmación. Señores, marchaos a vuestras casas, observad el luto que desgraciadamente combina con el vuestro. Desde mañana nada de este día eclipsará más los eclipses regentes para los cuales estáis destinados. Id, pues…

(Salen todos los senadores en procesión, unos llevándose las máscaras)

DRANCES

Majestad, conforme a la tradición del senado os conviene un servidor que os obedezca. Muerto Ascanio, el sobrevivirle os apremia según rigor de nuestras costumbres. Vuestro juicio sabrá adelantarse a tiempo. Permitidme que mis condolencias también se adelanten hasta su viuda e hijo.

(Hace una genuflexión y sale)

ENEAS

La facundia de estos hombres no es menos envolvente que la que ya amortaja a mi hijo. Él al menos tiene una virtud que los aventaja y también el capullo que lo retiene a ella…

TURNO

¿La de ser muerto en su medio, bajo rigor de sus rivales?

ENEAS

Sí, me comprendéis porque soy hombre de espada. Como yo, habéis nacido para urdir no con amenazas, sino con la fuerza de vencer a los extranjeros. 

TURNO

Señor, también el tintineo de la espada tiene sus excepciones, y a veces transige con la intriga, y su idioma es tan universal en los combates que con frecuencia los traidores lo traducen en perjuicio de quienes son traicionados.

ENEAS

Sí, me comprendéis por que soy hombre de espada. Esta desazón no trocará mi virtud.

(Se oscurece)

 

Escena 3

 

(En una estancia del alcázar real)

CREÚSA

Oh, mujer, nuestra perdida común os hace madre de una viuda. Heme delante de vos, vulnerada toda. Delante de vos lloro la muerte de vuestro hijo, esposo mío, padre del hijo que aún imberbe ya es adoctrinado en la tenaz fiereza de las armas, llevado lejos por la misma tiranía que condenó a su padre. Heme aquí, Lavinia, son mis lágrimas las que recurren al consejo de las vuestras. Sois mayor y como yo no con menos voluntad llevamos a cuesta la dura carga de nuestro género. Pero decidme, mujer, porque el rey, antes que ser padre, perdió al sucesor de su corona. ¿Cómo la abrasadora soberbia tiranizó hasta el infortunio a quien aun desangrado llevaba la licencia de su sangre? ¿Cómo la severidad de vuestro esposo censura a quien posterga su estirpe en la corona, esa corona para cuyo celo él ha purgado generaciones de enemigos?

LAVINIA

Mujer, siendo el mismo infortunio doble nos doblega. Lloro con vos, no antes; pues, aunque antes de que hubierais sido esposa yo fui madre, el pesar de un hijo muerto nos lo anticipa el parto, tras el cual su muerte nos hace revivir el dolor, ya con pena y luto, como si el hijo naciera definitivamente. Pero confiad en que su espíritu remonte las venturosas criptas de los manes. En cuanto a la dureza de Eneas, no está en mí juzgarla, sino padecerla hasta hallar en sus extremos la sabiduría de su condición. Habéis sido esposa de un hombre débil y tierno al tiempo. Ningún atributo distintivo de sus mayores, tan propio a la vecindad de su padre, heredó para salvar sus prisas. Para perdición de él, la dureza de Eneas fue el único enemigo que Ascanio tuvo el coraje de desafiar con sus afrentosos acomodos. Así, siendo esposa de un hombre (único fruto de mi vientre) que tantas veces avivé en vano bajo el rigor de un rey ansioso, os sentís con el derecho de reprochar la tiranía a la que vos apelabais en vano. No hago prescribir vuestro derecho, porque ahora sé que siempre el derecho vuestro ha sido mi deber. 

CREÚSA

Lavinia, sé que vuestro dolor lo atenúa otro partido.

LAVINIA

Decís mal, Creúsa, pero con el mismo ardor comprendo tu virtud.

CREÚSA

Entonces, perdonadme que la enloquecedora pena me haga desertar de vuestro partido generoso.

LAVINIA

Calmaos, mujer. Vuestro hijo está por llegar, y no está bien que su dolor tenga que reñir un luto insensato. Si vuestro lágrimas no hayan estanque en que abrevar… pues tenéis mi llanto para calmar su sed, pero no os perdáis en la abrasadora arena de la locura ni transijáis con los espejismos de vuestros espejos. Levantad el rostro. Venid. Tenéis un hijo, mujer, que está por llegar, el mío partió impunemente, nada terreno concilió; que su ligereza le permita vadear sin tormentos hasta la otra margen. Numa ganará sus gracias con la gloria insepulta. No os preocupéis de su porvenir, pues sus augures nacieron sólo para vaticinar a su favor acaso su virtud.

 

 

CREÚSA

O para vaticinar el longevo tormento que marchitará otra frente joven, acaso también privada de ceñir corona. No soportaría que Turno haya de usurpar también el turno de mi hijo… Veis, Lavinia, que hasta he de confesar que la sucesión es un turno, cuyo título debe su identidad vulgar a quien lo ha pretendido en detrimento de un príncipe. Ah, los dioses saben que enviudaría de nuevo si veo que Numa es subordinado al cruel usurpador que hostigó a Ascanio. Incluso este lunar que nos macula no contiene el luto, que sea al menos lo que me guarezca de otros sastres ajenos.

(Solloza)

Por yacer al ras de un hombre vencido, me siento más inerme que nunca… y mi hijo a qué viene, sino para sumar preocupaciones a mis penas. Lavinia, me abruman las intrigas y la tiranía con que son conjuradas, y este alcázar no me expone a otro tormento que el de padecer mi testimonio.

LAVINIA

 No lloréis más, mujer. Si habéis temido por la lejanía de vuestro hijo, pues alegraos de que ya estará con vos, que vuestra alegría de madre indemnice mi perdida.

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(En otra estancia del alcázar)

TURNO

A lo que os respondo lo siguiente, señor: Drances está en lo cierto al haceros notar la costumbre del senado. Ciertamente debéis escoger a quien el interinato de Ascanio haya de suplir, alguien débil que os asegure sucesión en vuestro nieto, si preferís de ese modo. Vuestro plan seguirá saltando el eslabón huero, tanto por que ya no es imprescindible para el devenir de vuestra promesa.  

ENEAS

Alguien débil podría ser sobrecogido por la pullas de los senadores, y hasta conducido por la insidiosa ponzoña hasta al matadero. Ascanio es el ejemplo de su raza. Numa, cuya imberbe cara aún no frunce ceño, figura ser lo contrario de su padre, pero carece de una conjunción que lo justifique. Además no le he visto desde una tierna edad en que cualquier juicio es dudoso.

TURNO

Según sus preceptores, muestra en su mocedad todo lo contrario que mostró Ascanio hasta ayer.

ENEAS

De cierto la vejez ha convenido testamento en mi apergaminado rostro. Es justo, pues, que secunde su prudencia. Quisiera obligar, en el arbitrio de los senadores, un candidato irrefutable que suceda según mi reinado. Pero no tengo nada seguro en este proceloso divagar. Numa todavía es un muchacho que responde con preguntas…  Anticiparle con un monigote, no… débiles terminan por conceder todo a los débiles que los asedian. Además, Turno, es una costumbre tácita (y bien aceptada) que aquel que ha de elegir un candidato frente al senado tenga un lazo con el rey que se despide. Ningún pariente varón me da esa ventaja.

TURNO

Pero, señor, no permitiréis que el senado se atribuya la holgura de cambiar los consejos de vuestra vejez.  Si os fijáis, basta con que un allegado a vuestro celo despose la viuda de Ascanio, uno que haya de ser todo lo fuerte que el campo de batalla distinguiera, y que deliberadamente verifique el porvenir de vuestro nieto. Si Numa merece lo vuestro, tendrá su benefactor; si no, este hombre habrá cuidado de perpetuar vuestra gloria en otros candidatos. De cualquier modo, ya me parece que el senado sólo asentirá lo que él proponga.

ENEAS

Habéis pintado vuestro propio retrato.

TURNO

Y lo dejo que lo firméis vos. Dejadme que os socorra en este trance, señor.

ENEAS

Siempre habéis sido fiel a mí. Creedme que todos los días recuerdo aquella batalla en que quedé separado del mando, bregando como un soldado cuyo sepulcro era el de la imprudencia. Cada vez que abatía a un hombre echaba de ver en su fin la suerte mía, tan próxima como la espada que empuñada en mi mano buena. Los dioses de mi escudo fueron desfigurados por las impías espadas de aquellos bárbaros. Sí, recuerdo que la batalla menguaba y yo luchaba aún en el centro de aquella ruina. Entonces, cuando lo sensato era replegarse para conservar el trazo de la frontera, vos volviste con una carga de caballería que impetuosamente hendió la matanza. Sí, lo recuerdo todas las noches: a una señal vuestra, dos cargas más, aunque menguadas, refrescaron la primera acometida, venidas de ángulos distintos desconcertaron a los otrora vencedores, conmutándole sus botines por cadenas ya corroídas en la sangre de sus hermanos mayores. La vehemencia del rescate os premio con vuestra primera victoria. Hace tanto de aquello que los capullos precoces de vuestra mocedad tenían su origen tan cerca de su flor. En adelante habéis sido un militar luminoso a quien tributo este recuerdo. Estos consejos políticos que instruís no desmerecen vuestras dotes militares. De cierto no ungís con la enjundia de palabras vanas; y si habéis de curar, curáis el dolor con la rudeza con que lo infligís. Ahora que…

(Entra Creúsa, interrumpiendo agitadamente)

 

CREÚSA

Señor, ni vuestra abnegada esposa puede disuadirme con su dolor… Mis acusaciones cambian sitio con la deferencia que pretendéis de mí. Pues ahora todo se conjura en un solo eclipse, y una palabra tiene que ser inventada para ahorrar estas prisas… No sólo con los dardos que aguzasteis a la mesa se le hirió Ascanio. La rapiña que os escoltaba hasta allí, aún escoge con sus risas los ribetes que dejó vuestro rictus. Cazabais a vuestro hijo para solaz de la dieta, después de comer los manjares de la caza, era otra caza la que os distraía. Matasteis a vuestro hijo… lo matasteis, para dar el ejemplo a sus enemigos, para indicar el sitio vulnerable que lo comprendía… lo matasteis, y las causas nada te conmueven. Lo agobiasteis hasta las cenizas. Aquí tenéis vuestro verdugo predilecto, el que escuchando vuestras amenazas aprendió a aconsejaros, ¿no lo habéis oído? Mejor para vuestra paz sería haber pacificado a todos sin auxilio de este vil. Este vil engendro, se yergue como el gusano que desertó de sus glorias sepulcrales, es la carnada de una pesca infernal que vaciará las lágrimas de vuestro reino. Miserable, infame… Turno, miserable… vuestra dañosa costumbre lleva por máscara una pútrida costra que apenas favorece vuestro semblante. Sois… 

ENEAS (En un sólido grito)

Fuera de aquí. Ya os he escuchado demasiado, id a prodigar a la sordera. No son vuestras agallas las que hubo perdido mi hijo al nacer. ¡Fuera!

(Sale sollozando. Tras una pausa)

Como decís es un lazo que conviene a mi sucesión… y también al pescuezo de esta altanera mujer.

TURNO

Luego su salvación es conveniente.

ENEAS

Sí, estáis en lo cierto. ¿Habéis visto? Es más grande el odio que os tiene que el que pudo aprender de la vergüenza de su marido o el que no puede mostrarme más. Vulgar, infame e irrespetuosa hasta degradar su propio nombre. No podéis domar esa fiera, vivirá enjaulada en mi alcázar, huraña, pálida y rabiosa: sólo reirá en sus iracundas plegarias. Envejecerá más cuando muera, o nadie le dará techo en que se cuide de sus propios cuidados. Además, cuántas no son las desventajas si sois desdeñado por su reciente llanto.

TURNO

Si es grande lo que se resiste, grandes tendrán que ser mis hazañas, las ventajas vienen por añadida naturaleza. Señor, el que vive de pequeñeces cualquier enano le estorba, y por fuerza de sus superiores es subalterno de su propia ambición.

ENEAS

Sí os hacéis su esposo, valdrá la pena favorecer a quien vence también en el luto de un despecho.

TURNO

Necesito, más que vencer en el reposo de un tálamo, vuestra venia en el senado.

ENEAS

Como os dije, la tenéis si os procuráis el lazo que perdone el pescuezo de esa ingrata.

TURNO

Será para vuestra gloria que preserve el reinado de vuestro sucesor.

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(En un jardín del alcázar)

CREÚSA (al espejo)

Miradme, Creúsa, que yo, siendo vuestra única tocaya, no agencio al espejo lo mismo que en otros se repite. Mirad las flores, Creúsa, como despuntan en la primaveral estación de mi luto: ¿tantos colores no son laboriosamente verdaderos por fuerza del dolor, acaso porque mis lágrimas remontan tan encumbradas raíces? Ah, la savia pulsa cada espina que a mi savia espolea. Ya, para otros, no lloro, Creúsa, ni la sal colma mis lágrimas, y el vacío en otras rebosantes cuencas apaga su ardiente sed… Nada, nada trae lumbre a mis párpados. Todos prefieren un espejismo antes que el espejo de una viuda. El mundo transita con sus asuntos de hoy, nadie recuerda el dolor que no podéis olvidar. Sabed que soy vuestra tocaya… ¿no es este alcázar, para doble incertidumbre, tocayo de la mazmorra? ¿Los cautivos de allá, innumerable anonimato, no saben siquiera que sus destinos son tan suyos como ajenos? Venturosos los que así no conocen sus nombres, perdidos entre otros a quienes conocen menos. Decídmelo vos. Hablad en lo tocante a mis garfios; estoy manca y con ellos me auxilio. Persevera tras el eco que se marcha con lo que trae.  Pero… qué digo; si pregunto, me preguntáis al punto; si callo, me respondéis igual, con el mismo callado ardor. A dúo de tal extravío, no convenimos acuerdo, sino el fatal dúo de ser la misma. Escuchad, pues, esto que con impaciencia me queréis dictar, y que la disputa dé con su nudo: ya viene mi hijo para quien el agasajo que le espera será orden de venganza. El hijo que apenas acuné en mi seno virginal, quitado de mí para la intemperie de partos viriles, no me libertará por sacarme de aquí, sino por tributarme en estos mismos muros un funeral que me indemnice.      

(Entra Numa)

NUMA

Madre, sabéis que soy corto de palabras. Si os acordáis, sólo me habéis escuchado balbucear. Ese don infantil es una costumbre belicosa; aun sin ganar una batalla, ya lo sé y a ello debo mi arenga; pero no juzguéis la elocuencia de mi dolor con las plegarias de un luto militar.

CREÚSA (suelta el espejo)

Ah, hijo, con la brevedad ya rematáis un adverso designio. Sin duda sois corto de palabra, pero, aun con tal corteza, os cortarán como abreviáis mi verbo… ya no sé si llamaros propio. El rutinario acento de vuestra parca industria es herencia de mayores tantos más tiranos cuanto por que los sobraréis siendo el menor de esa estirpe. Ya no sois, en efecto, un imberbe, pero la valentía que heredasteis no está de mi lado. Eneas mandó forjar la espada que lleváis al cinto, ojos de turquesa puso en la empuñadura que verán por su senil tiento. No necesitáis un padre extinto, vuestra orfandad os la otorga mi despecho… ay, que sea mi debilidad la que adopte vuestra ruinosa herencia.

NUMA

Si poco me dejáis hablar, aun menos os he de decir. Tomad, entonces,  vuestra certeza como cierta, madre. Asuntos más urgentes son mi veracidad, y ya el senado intriga con mi nombre. Adiós, mujer.

(Sale)

CREÚSA

Ay, flores, mi tocaya ha muerto y yo me impongo a su heredad.

(Entra una esclava)

ESCLAVA

Señora.

CREÚSA

No me llamáis si tenéis nombre. Viviré en estos muros, cosecharé las semillas de esas flores… cultivaré y cuidaré sus términos; otros ciclos vendrán hasta la postrera flor que honre mi muerte. Si soy echada de este suntuoso sacrificio, la tierra es ancha para morir desterrada… ah, y la locura, el mejor garrote de un lúcido pesar.

ESCLAVA (tomándola del brazo)

Venid conmigo, señora. Cada amanecer alumbrará vuestro luto, que ya no irá a tientas…

CREÚSA

En pos del más sombrío ocaso. ¡Qué doloroso es llorar a un esposo débil!

(Salen; oscurece)

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  I

 

Escena 1

 

(En los jardines del alcázar. Creúsa riega unas flores)

CREÚSA

En tierra la raíz hunde su celeste huella. En tierra un muerto esconde su botín. Mientras más se hunda la planta más voluptuoso es el pimpollo; mientras más escondemos el crimen más a flor de nuestras plantas vamos.

(Entra Turno)

TURNO

Mujer, permitidme que me allegue a vuestro duelo. Nunca, encaminado por prisas que mis enemigos se apuran en atribuirme, he de escoltar mis condolencias, pues incluso mi tardanza halaga vuestra pronta honradez.

CREÚSA

Fuera de aquí. No profanéis el único altar en que os odio sin reservas ajenas. Largaos, infame… Sé que con licencia del rey venís a perturbar mi locura. Fuera, que la impureza no esparza su género aquí… Que la crueldad de un rey le destrone en su misma cabeza para la cual no pensó mucho. Largaos.

TURNO

No os ofusquéis con demandas que en la sustancia de la ofensa recluta cómplices. No soy tan malo como para venir a convocar vuestros juramentos en perjuicio mío. Es un halago para vos que no me perdáis de vuestras arcas; para vos soy una joya que os tributa siempre. Escuchadme, por favor.

CREÚSA

Largaos. Largo es el camino que os espera si queréis que os odie menos. Mientras más lejos de mí estéis, más rápido mi avaro perdón gastará todo en una jornada, que nada sume sino la suma de vuestro extremo cansancio. Tomad esto como la misericordia de vuestra más enconada enemiga; pues el que no aparezcáis será vuestra sepultura, lo contrario os rezaga en lo insepulto.

TURNO

Vuestra belleza, aunque crispada tempestuosamente, es acogedora. Apelo a que por consejo de ella me escuchéis. Permitid que en esta estancia, a la luz del radiante sol de un día que en adelante me será fatigoso, os pida perdón por haberos tenido que inspirar la idea extrema de perdonarme. Soy un militar, cuyas únicas horas de poesías son embotadas por la sangre de los amigos. Mi ruda imaginación no ha perpetrado más que rimbombantes arengas. Que al menos acuda a ellas para excitar mis límites entorno a vos. Permitid, entonces, las insignias de quien aun al margen de tales fronteras os estima mucho.

CREÚSA

Sois un figurante que pretendéis provecho de la vida que el rey me perdona; vuestra doblez es tan redoblada que le atenazáis en un pellizco apenas. El rey hará de tonto si confía que sus maldiciones pueden bendeciros. Todo en vos es perjudicial… son perniciosos vuestros cumplidos, vuestros falsos votos. Eres cómplice pernicioso y la maldad ni por guiaros con su antorcha os aventaja un paso.

TURNO

Juzgáis por el ojo de una aguja, que por espiar se perdió en las estopas del sastre. No os dejéis aconsejar por espías; nunca se sabe si quieren espiar vuestra desnuda rabia. De haber consumado los planes que sospecháis propios a mi mentada bastardía, hubiera ganado un verdadero nombre de malvado que vos compartiríais con otros. De ser el maquinador de vuestras desgracias, de los fracasos de vuestro esposo, hubiera confundido el nacimiento de Numa entre las sospechas que nacerían bajo esa misma estrella. Si el odio que me imputáis diese por medios también sus fines, hubiera alentado dudas en vuestro marido, esperando que su propia inconstancia…

CREÚSA

Qué decís, insensato… Cómo dices Numa…

TURNO

Cuando estabais en cinta de Numa, procurasteis que yo mediara entre la disputa de Ascanio y su padre. Los pleitos en el alcázar debieron ser terribles y seguro quebrantaron vuestra gravidez. La premura y descuido con que me escribisteis aquellas cartas, mujer, se podían cambiar a otra suerte descubierta sin la estampa de nueve meses legítimos. Ah, y esa misma estampa avivaría vuestras fiebres maternales.

CREÚSA

Sois capaz, cruel… ¿Pretendéis chantaje con la única esperanza de una joven desaconsejada? ¿Traicionaréis los únicos cumplidos que os tributé ciegamente? Oh, que insensata fui… Sea mi desgraciada inocencia la que me extravíe con su misma carta.

TURNO

Sois vos la que habéis sugerido una paz en virtud del odio que me tenéis. Esas palabras que os preocupan son el mapa de un tesoro infame; yo no procuro un mezquino tributo así ganado. No os chantajeo ni con eso ni con nada. Os pruebo mi inocencia y me culpáis de sostenerla con ardor. Querida Creúsa, sí os pretendo en vigor de mis amores; es justo que reconozca que os cortejo, pero es por fuerza del amor que os amo y no por decrepitud de un rey caduco cuyo odio le tiraniza. Miraos a vos misma, con la dieta de una impía subvención, a la suerte de perecer por el descuido de esta casa. Vuestro mejor destino es que estéis salvaguardada por mí… 

CREÚSA

Oh, mujer. Otras cadenas me asedian.

(Arranca una flor y sale)

TURNO

En el amor, conviene el arraigo de unos labios leves, y luego domar la fierecilla de mis penates.

(Oscurece)

 

Escena 2

 

(En una estancia furtiva)

DRANCES

Ascanio tuvo que haber urdido ese discurso mucho antes de que le recomendara el que no dictó. Esa plegaria debió meditarse con la misma pereza del buen vino. Ciertamente vaticinó que enemigos alentarían su ruina con su propia voz. Sergesto advierte que esa semana él iba a introducir a Numa en el senado. El rey, remoto más por cansancio que por vejez, os ocultó los detalles a seguro de separarse del solio. Os ha tenido a menos por consideraros de origen diferente; de cierto que vuestra adopción le ofende más.

TURNO (aparte)

No se perdona que sus agasajos tengan una mácula.

(Interpelando a Drances)

Contadme pormenores, no os desviéis de la intriga.

DRANCES

Bien, cuando el hombre empezó a hilar aquel discurso… No os figuráis el desconcierto de tantos oídos que por costumbre eran tantos.  Al no escucharse ninguna palabra aconsejada, una parte de la audiencia, deudores de nuestra lid, en perplejidad oyeron más de lo que en verdad oían, muchos se acobardaron de objetarle en una palabra siquiera. Mas el silencio clandestino, apresuró la inteligencia de Cloreo y, tras él, dos más le secundaron. Tal como supuse, la inconstancia de Ascanio cedería sin importar el argumento que él estimara en defensa suya. El hombre lo colmó el pánico, como colma la alegría a un necio, palideció, la sed subió a su boca y era lo único visible de su rostro. Pensé que moriría sin beber del agua envenenada. Una muerte sin ponzoña le daba su piquete. Sin embargo, antes de rematar sílabas finales, Ascanio apuró del fondo uno más profundo que le ahogara. Ese mismo discurso iluminado inspiraba el asedio, cada recodo otrora inexpugnable era una llaga. El hombre deliraba y los monstruos que decía ver eran sus verdugos. Ah, pobre Ascanio, también a costa de su vida apenas vivir podía. De haberse ofrecido en sacrificio, lo hubiera salvado un milagro. ¿Vos visteis como la fiebre destilaba, de las heces del veneno, el licor de nuestro brindis? Pobre Ascanio, murió con las prisas de su miedo, tan de prisa que aún ha de temer llegar. En fin, mi querido Turno, una parte del plan ya está consumada. Si desposáis a la viuda, justificaréis el favor del rey. Luego seréis el interregno. Antes la decrepitud cederá más de lo que la cuenta del viejo llevar por llevar encima años. En la misma medida en que se marchite su clarividencia, vuestros poderes han de crecer, así podréis, andado el tiempo, volveros contra vuestros adversarios, conjurar al senado con el mismo ejército y ceñir corona y nuevo cetro.

TURNO

Ya el matrimonio con la viuda me impacienta, pero tengo la impresión de que la misma viuda, tan interesada como está de no dilucidar sombras pasadas, oficiará el rito si el principal se retrasa. Los días de mi espera son horas de la víspera, y creedme que no rebasarán otro crepúsculo.

DRANCES

Esta entrevista es historia subterránea, cuanto porque en tierra ha de dar su fruto. Tened la bondad de darme un perfume fuerte, Señor…

TURNO

¿Qué decís?

DRANCES

Señor, que vuestra hospitalidad me procure un perfume intenso. Un olor inherente, esencia de posteridad. Dicen los oráculos que la memoria de su nariz elige los recuerdos.

TURNO (extendiéndole un frasco)

Tomad. No irías a envenenar también con perfume.

DRANCES

No está de moda diluir la dosis, pero algo más duradero se atavía. No me lo deis aún, señor. Soy vuestro súbdito y mis palmas se vuelven para vos. Escanciad entre mis palmas un poco. Sí, que sea un poco más, señor…  Bien.

(Inhala)

Permitidme que conserve el frasco. Cada vez que por casualidad huela su incorpóreo alcance, vendrá a mi memoria este recuerdo. Tomad un poco vos, mi señor, es penetrante y también como una profecía infunde su mapa en la urdimbre. Tomad, no suceda que hayáis de olvidarme en vuestro lado, cuando forcéis enemigos al otro lado del Leteo.

TURNO

Decís mal, seréis mi segundo.

DRANCES

Y os secundo en eso, señor.

(Oscurece)

 

 

 

 

 

 

Escena 3

 

(En una habitación. Creúsa se estruja las manos y mira con sospecha en derredor)

CREÚSA

Estoy perdida. Otra cadena arrastra mi locura. Ah, que insensata fue mi juventud por dejar que la inocencia me defendiese con su inocencia. El infame de Turno no está en deuda con su plan, pues justo el día en que el calendario se detiene en mi desliz, la noche se cierne en las tinieblas de mis sombras últimas. Ah, malvado Turno, con laboriosa paciencia de gusano roéis los huesos que de mí quedan. Apenas si ahora puedo llorar los restos de mi todo… Un suegro, un esposo y un hijo son el ejército que guiasteis contra mí. Más que con estrategias palaciegas, fue vuestra saña militar la que me rindió… pero no, no, no… Aún una salida me salva de vuestro laberinto, con ovillar las telarañas de los rincones tengo mi sudario. Sí, la viudez que me demudo delante de la corte insensible, será mi cómplice; a ella acusarán y no a mis tormentos.

(Toma unas tijeras)

Mas, para salvarme de la infamia, no aparentaré delante de otros lo que soy, no habré de acariciar con póstuma paciencia el hierro con el cual  sonrisas enemigas propicien su fin. Esa forja, prima incestuosa de los barrotes que en cortejo me abruman, se pone para otro fin. ¡Que estas tijeras sirvan sólo para recortar el enmarañado halo de mi luto! Las dejo para otros.

(Pones las tijeras en el piso)

Más bien que una dosis sufra la fiereza de mi vientre.

(Abre unos cajones del gabinete y con prisa halla un frasco)

Ya no sois el ámbar de mi pedrería, ya no aquél que con su sola promesa consoló mis noches y cuya rareza de arte no parecía combinar con mi ajuar; ahora es vuestro contenido mi haber.

(Se sienta en el lecho, abre el frasco y bebe)

Con este brindis principio las rebosantes gotas que me esperan… Ah, que quemante transcurre su savia, fulgurante pimpollos relampaguean… Un jardín crece, ay, pero tocayo de aquel jardín del alcázar. Amargo el sabor que me lame. Tormenta… Ay, encinta de espasmo, un parto me mata. Tormenta, y mis ojos a la intemperie…

(Muere. Tras una pausa)

ESCLAVA (tocando la puerta)

Señora, me atrevo a acudir a vos, a ras de vuestra puerta, pero nunca por la temeridad de importunaros con intereses de una esclava cuyo sueños la embotan.

(Vuelve a tocar la puerta)

Permitidme que insista. Vos misma me encomendasteis en lo tocante al jardín ser vuestra jardinera, y esta mañana, señora… señora, debéis venir conmigo. Si os acordáis de vuestra cosecha, forzosamente habéis de recordar que con aguas del Leteo regabais vuestro jardín, ya que no con vuestras lágrimas reservadas entonces para el olvido. ¿Os sentís bien? ¿Por qué no respondéis, señora? Ah, tonta de mí, como pretendo respuesta del silencio que ella justifica… Señora, vuestro jardín fue arrasado por la impía mano de un madrugador. Señora, señora, señora… Me preocupáis. Ah, quizá la misma mano de la siega os raptó con igual crueldad. Iré por vuestra madre.

(Al rato) 

LAVINIA

¿Decís que no escucháis ruido?

ESCLAVA

Tan cierto si me callo.

LAVINIA

Puesto que no puedo haber salido sin ser advertida, debe dormir; tantos días en vela a tientas han dado con el sueño reparador.

ESCLAVA

O tal vez, señora, salió temprano, a despecho del sueño de otros. El jardín que ocupaba su único esmero fue destruido en la madrugada. Al principio creí que un raptor, de esos que son hartos comunes en leyendas extranjeras, era el insidioso; pero ahora pienso que ella sigue sola.

LAVINIA

Aunque hubiera sido así, debe estar en cama. ¿No veis, insensata, que los cerrojos fueron corridos por dentro? Debe dormir…

ESCLAVA

No creo que esté dormida, señora, la imprudencia de una esclava no la hizo despertar.

LAVINIA

Ya me intrigáis, mujer. Dadme el gancho de vuestro tocado. Estas puertas tienen un secreto de reyes.

(Tras el afán logra correr los cerrojos. Entran casi al tiempo. Lavinia acude a Creúsa, palpa su cuello)

Quien aún guardaba luto… ha muerto. ¡Qué calamidad inmisericorde perpetra nuestros dioses!

ESCLAVA

De este frasco escanció el deletéreo almíbar.

LAVINIA (atrayéndola a su regazo)

Mujer, como a una hija os socorrí, pero como una nuera os habéis perdido en clandestinos lazos. Algún sombrío parentesco fue el auxiliar de vuestros votos. ¿Ahora no podéis ver qué dañoso es el que una mujer, oprobiosamente rechazada, se agasaje en contra de su voluntad? La muerte es el único testimonio de vuestras horas de retiro; una prueba en vuestra contra, y para cuya causa moristeis. Qué vuestra temeraria justicia no haya de profetizar longevos tormentos en nuestra casa, mirad que dejáis un hijo. Id, vos… despertad la casa.

(Sale la esclava. Lentamente, mientras repara absorta el cadáver)

Ah, si vuestro grito de esclava pudiera despertarla a ella, bendeciría vuestros sueños de libertad. Creúsa, quise que en mí vierais el espejo de vuestra salvación, y es ahora cuando en vuestras primeras canas veo el blanco de mi destino entero…

(Oscurece)

 

Escena 4

 

(En una estancia de Turno)

DRANCES

La muerte de Creúsa es más fatal de lo que la misma Creúsa le tocó sufrir. Nuestras primeras esperanzas murieron con la misma ponzoña, pero aún tenéis el favor del rey y yo puedo excitar las diligencias de algunos senadores. Claro que el suicidio de Creúsa la defiende menos que su negativa de consentir un matrimonio forzado. Numa igual iba oponeros a esa unión, o más bien la hubiera torcido en pos de él, os limitaría al papel de interregno, precedente favorable de su rol, y corroboraría la suerte suya a pesar de sus mayores. Ya no dependemos de lazos que nos enreden, y por fuerza de la intriga prosperaremos.

TURNO

Tenéis razón, pero vuestras razones son tan largas como inopinadamente fueran las de Ascanio; no abreviáis palabras cuando ponéis empeño en vuestro raciocinio. Más allá de vuestro escrúpulo, el suicidio de Creúsa tiene su renta sin duda, y nosotros finalmente seremos sus acreedores. Habéis advertido no sólo la juventud de Numa, sino su fogosidad y templanza, pero es hijo de padres que póstumamente le desprestigian. La muerte de ambos, y las circunstancias de tales muertes, maculan su porvenir. Es… cómo he de decirlo… sí, es una tara[1] perniciosa que revolotea en el senado, importunando con sus polvos y ruidos la atención de la honorable audiencia.

DRANCES (Aparte)

Pensar que una langosta, que todo lo devora, me deja un mapa mejor.

(Con sombrío sarcasmo)

Audiencia que necesita concentrar sus oficios para prosperidad de la monarquía. Cualquier enojosa turbación habrá de ser, más que ignorada, censurada apenas con los rigores ordinarios. Permitidme que despeje el destino de vuestra sagacidad. Adiós.

(Sale)

TURNO

No hay que ganarse las suspicacias del viejo Eneas, se perdería mucho por ganar su lujosa enemistad. Con que Drances sepa un poco de lo que el viejo nada sabe, seguiré siendo su hijastro predilecto. Ah, Turno, vuestra impertinente bastardía administrará los nombres que os legarán vuestros adversarios; sus hijas estarán al arbitrio de mis lascivas combinaciones. Aunque si he de regir el trono, ha de ser con el nombre de “Turno el Grande” y no en nombre de mi pasado, degenerado e incierto. Bien hijo soy de quien no conozco, completo e inteligible, tan bien formado que parricida soy para orgullo de mi padre. Ah, incierto origen, dentro de poco seré yo, lejos de vos, exclusivo de mi orgullo.

(Entra Camila)

CAMILA

Turno, querido, escuché que vuestra voz polemizaba con su eco, ¿o era un hombre nocturno el que ensombrecía vuestras réplicas?

TURNO

Deberíais estar durmiendo, Camila. ¿No sabéis que si dejáis el sueño en vuestro lecho vacío, el insomnio ultrajará su doncellez? Miraos, aún la las ojeras escoltan vuestros ojos. ¿Qué soñabais, mujer?

(La besa en la frente)

CAMILA

Soñaba que dos pueblos memorables contendían, y que el motivo de la disputa era yo. Las circunstancias de mi culpa me eran vagas, por más que me miraba en un espejo. Así pasaron diez años, Turno. Ni mi rostro se imponía al reflejo; ni un ejército, al otro. Las murallas que dividían los muertos eran nuestras y a ello atribuimos nuestra única ventaja. Aquel paraje era un lugar vedado a los dioses, ninguno hacía figurar sus dones entre los partidos. Un día, después del décimo aniversario, los ejércitos hostiles habían desaparecido. Del otro lado de la imbatible muralla había un gigantesco caballo de madera, y en las remotas playas ninguna amarra enemiga se prendía a la orilla. Aquel presente era sospechoso. Con instrumentos homicidas fue perforado sin que se abatiera un furtivo ejército. Tan grandes habían sido los horrores de la guerra, que aquel gigante bien podía ser un tributo de nuestros adversarios. Se derribó una sección del muro y se trajo adentro el pesado animal, signo astrológico de nuestra ruina. Cuando todos se regocijaron en la opulencia delirante del vino, el ejército interior, oculto en el costillar por donde de cierto no iba ser horadado el vientre, salieron a procurarse los auxilios de afuera. Sin piedad arrasaron con todos. Las llamas, como espadas, segaban todo, y ya en el espejismo de aquella matanza casi parecía formarse mi rostro cabal… pero vuestra promiscua voz me llamo…

TURNO

Un sueño a deshoras de quien lo sueña.

CAMILA

¿Cómo decís?

 

 

TURNO

¿Si vuestro concubino os llamó, cómo os habéis perdido en tales horrores? Estáis entera y despierta y me acompañaréis tan entera como sois, y al punto de haberos llamado. Así que no os empeñéis en fatuos fuegos. Cualquier albur de esta índole tiene por espacio el haberse concebido en su solo espacio. Luego no es más que una ficción para regocijo de quien por dormir tiene a bien el despertar. Id a adentro, pues, mi bella.

CAMILA

Puesto que veláis por vuestros sueños, descansad según vuestra costumbre.

(Sale. Oscurece)

 

Escena 5

 

(Estancia del rey. Eneas en su solio)

LAVINIA

Esposo mío, os pido que me atendáis aun a despecho de vuestro enojo.

ENEAS

Id a corregir vuestro tocado. Tengo que interpretar los afeites que tras máscaras llevan esos hipócritas. Dejadme a solas.

LAVINIA

Antes, sin tener que separarme de vos, no os hubiera contrariado en nada, mas hoy es el amanecer de aquel día ya remoto. Y en ayunas tenéis que escucharme.

ENEAS

Apartaos de mí, no vaya ser que con el mendrugo que negáis os deje sin sentido.

LAVINIA

Ah, dioses, en poco tiempo entendí las advertencias que de vos fueron los presentes del matrimonio. Y vos, esposo mío, escucharéis el apremiante presente que me apura ahora.

ENEAS

Largaos, mujer… que vuestro presente aprenda la virtud de vuestro pasado y que vuestro futuro al fin sea lo que haya de ser.

LAVINIA

En un solo día lo veo. Ay, señor, de saber las pesadillas que me aguardaban en vuestros brazos, no me hubiera advenido a dormir con vos, sin siquiera haberme escurrido de mi casta. Antes, ya que no como el desaire de vuestros celos, hubiera burlado vuestra cama, hubiera promediado la vergüenza de vuestro compromiso al ir a dormir en los brazos de los distraídos celadores que os protegen mientras infundís pesadillas ajenas.

 

 

ENEAS

Callaos, mujer. Habláis como la mujer de un celador ciego, ah, que a tientas de su taurino encono debe velar el cubil de su mujer.

LAVINIA

Si son las rudezas de mis palabras las que os han de volver en sí, que todas asientan su vulgaridad con ese sí.

ENEAS

No me ofendéis con vuestras frustradas amenazas, con tal énfasis no podéis revertir mi juicio. Ciertamente no son mis celos embotados los que os reclaman virtud, es vuestro alcázar donde, si no la castidad, la fidelidad de una cama blanda os intima decoro.

LAVINIA

Eneas, nunca os reproché nada. Nunca distinguí lo que otros llamaban tiranía, o, más bien, tal atributo siempre se trocaba de acusación de veleidosos a virtud de un hombre único.

ENEAS

¿Adónde queréis llegar? ¿A mi tiranía?

LAVINIA

Cuando vi a Creúsa en un lecho hostil, vi en su mueca de irresoluta tristeza que mi rectitud ya quería doblar los muchos recodos del llanto. Esa pobre mujer había sucumbido a lo que yo, en un lugar opuesto al suyo, creía poder soportar para ejemplo de todas. Pero aquella palidez inerte, era el pulso de una savia que en mis cabellos ya palpita. ¿Entendéis que mi vejez os secunda siempre? Pues si nunca os tributé un consejo, permitidme que aun hoy os recomiende según la testamentaria virtud del reino. Permitid que mi virtud se dé a vos plenamente. Permitid que esa sustancial palabra… “tiranía”… tenga también el juramento de mi legado, que no por incorpóreo es menos patente en nuestra común herencia. Permitid que nuestro nieto se encumbre en sucesión vuestra. Honrad a sus mayores con este voto, no contrariéis la desgracia con la desgraciada premura de un despecho. No es el turno de Turno, pues ese nombre, y es menester que lo sepáis, se lo puso su origen…

ENEAS

¿Queréis que…

LAVINIA

Señor, nombrad a Numa interregno.

ENEAS

Como sabéis, eso trunca el porvenir de su ambición. Tal escaño lo consumiría para siempre en una instancia intermedia. Por lo que alcanzo en vuestro consejo, no es eso a lo que dais alcance, ¿verdad?

(La mujer asiente con la cabeza)

Luego pretendéis que por fuerza del mismo Numa se oblitere la costumbre del senado.

 

LAVINIA

Tal es. Ahora tenéis un verdadero heredero, al que, para congratulación de los dioses, no hay que reprocharle debilidad. Ascanio os irritó, os avergonzó siempre. Aunque a veces vuestra paciencia se resignó a duras jornadas, no pudisteis hacer mella en su espíritu, en cambio su mellada espada os irritó siempre. Ahora en los últimos días los dioses os premian con Numa…

ENEAS

Mujer, llamad a Numa.

LAVINIA

En seguida os complazco.

(Sale)

 

Escena 6

 

(Eneas tamborilea los dedos en el solio. Entra el ordenanza acompañado de Numa)

ORDENANZA (haciendo una reverencia)

Majestad, Numa.

(Sale y cierra la estancia)

ENEAS

Numa, hijo, miraos, habéis sido favorecido por mi ignorancia, que mi ciencia no os favorezca menos. Venid conmigo.

NUMA (acercándose, se inclina)

Padre, habéis mandado un embajador en nombre vuestro, a quien otrora llamé infantilmente mi padre. Perdonadme por no haberos comunicado respuesta, mas el débil regreso me hubiera difamado. Vuestras son las órdenes que me ascienden.

ENEAS

Hijo, habéis heredado la fortaleza que es distintiva en mí, ya lo sé. Es justo que yo, siendo el viejo para cuyo fin se dilata su vejez, os legue la condecoración a nuestra común naturaleza. No os he visto desde que os llevaran a ejercitaos en la estrategia, pero ciertamente vuestras artes son ya la gloria de mi dinastía. Los héroes del pasado, Numa, hacen milagros en el futuro, así que yo, con los mundanos recursos de mi contemporánea filiación, obraré a favor del porvenir de vos. Es necesario que escuchéis el testamento que debí haberos dictado antes de que muriera Ascanio. Escuchad, pues…

(Se yergue)

Distinguid los dioses que heredasteis. Tened en cuenta que al no reconocer sus dones serán pocas las costumbres que os favorezcan. Procuraos un retiro, cuando se retiren todos. Regocijaos en la naturaleza, sed su cómplice paciente, pero nunca le profanéis aunque ella palpite en vuestras incestuosas maquinaciones. No os felicitéis por una idea que no hayáis corregido en rigor de su número. Oíd todo lo que se escuche, que las bocas de los pueblos el don de la palabra tienen. Estudiad las bellas artes, y remontadlas laboriosamente hasta toscos precursores. Conciliad desde temprano favores femeninos, pero no dejéis que ellas os intimiden, porque las tiranizaréis aun a vuestra costa. En suma, tratad a todos con dispendioso secreto, y ganaréis la ventaja que siempre os concierne. No acomodéis vuestra arrojo en ningún acto servil, ni embotéis vuestra vida en servicio de otro. Aprended sin tener que secundar a nadie, mas tributad el alcance de haberos educado con las mejores virtudes de lo ajeno. Evitad las pláticas innecesarias, pero si la necesidad ajena pretende rivalizar con vuestra mesura, participad, pues, parcamente, jamás os impondréis con prisa y vuestra última palabra siempre será la que después te distinga. No divulguéis vuestras verdaderas opiniones en el arte que empeñéis; mas ejerced vuestros asuntos desde la intimidad que ocultáis, los eclipses rigen lo que tapan. Nunca prestéis dinero ni pidáis prestado, que en la prenda queda el corazón cautivo; tampoco apostéis, pues quien apuesta a puesta de un mal sol se arruinará y a puesta de uno bueno arde en el insensato delirio de querer ganar siempre. Comprad las esperanzas de otros, sólo las que podéis vender luego. Sed avaro con la dieta de posibles avaricias. Sed pródigo con el pan de vuestra casa, pero no os redimáis en la costumbre de quien os pide. Estudiad la inconstancia de los vicios y descubriréis que toda mortificada carne puede ser aventajada por vuestro estudio. Nunca huyáis de vuestro coraje, honradle con una estrategia. Sed taimado en el fragor, procurad que batallas calmadas conjuren guerras veleidosas. Tened paciencia si precisáis educar a vuestro enemigo. Cuando pretendáis la gracia de una mujer que al principio sólo ella lo sepa. Si ya vivís con ella, habladle de las costumbre de otros pueblos, no la aburráis con los asuntos públicos de vuestro oficio. Recordad que ella aceptó vuestras primeras palabras, que, si bien dichas por vos, fueron y son y serán dichas por muchos, así que no forcéis su fidelidad, mas bien sed fiel a la promesa de sus sinceros votos. Vivid con el solitario acomodo de muchas solitarias mujeres, si siempre se os obliga a pleitos. Procurad tener descendencia si la mujer que os impone la costumbre no es pendenciera. Interesaos siempre por la educación de vuestro hijo, y que las excepciones vuestras sumen otras máximas. Por último, corregíos siempre como a un hijo, pues no sabéis cuando la muerte os repetirá otro prójimo que os merezca.

(Se vuelve a sentar en el solio)

Como veis son consejos que mi irreflexión e ímpetu omitieron las más de las veces, muchos de los cuales ya sobran vuestra edad. Pero la mejor virtud de tal omisión es que vos me escuchéis ahora. Numa, no os prometo el reino, la vejez sólo puede prometeros que seréis tan viejo como lleguéis a envejecer, pero mi legado anticipa a vuestro favor las mañas de muchos intrigantes. Turno ha sido como un hijo, que aún prevalece fuerte, pero vos sois su hermano mayor puesto que habéis de suceder su ambición, y en tanto lo aventajéis por nombre. No abreviéis ventaja, yo os tasaré el testamento de Lavinia.

NUMA

Si os toca suplir a Turno, yo promediaré vuestros grados, señor.

ENEAS

Sucederá que la deuda de Turno la sucesión implique… soy devoto de que sea paciente.

 (Oscurece.)

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  I  I

 

Escena 1

 

(En una estancia furtiva)

DRANCES

Señores, el rey ha enfermado. No se recibe a nadie en el alcázar y los proyectos de sucesión sólo suceden dentro. Su única elocuencia, que dictará inapelable, parece ser la muerte; pero recordaréis que otras recaídas sólo han espoleado su hígado a caprichosos confines. Como ya es del testimonio vuestro, el rapaz acoso de los síntomas no parece menguarle el vigor último de su moribunda fiebre, y ésta, sin duda avivada por su esposa, ya le merma el juicio. Así, pues, si hemos de obrar furtivamente, que nuestras máscaras no demoren. Veamos ya a Numa con seriedad: algunos de nuestros más beneméritos colegas prevén que el favoritismo de Numa es el único precedente de su estrella. Ya se nos figura que esa perversión recaiga en una costumbre a la que el senado no podrá acostumbrarse y a la que debemos oponernos antes de que la mínima prosperidad de los herejes consiga el favor de sus nuevos dioses. Las mocedades de Numa tienen el peligro de que sean auspiciadas por un rey, cuya vida llegó al decrépito énfasis de odiar al senado. Sin embargo, es precisamente su antiguo protegido el héroe nuestro que ha de concernirnos hoy. Señores, si conseguimos una moción, aunque precaria, a favor de Turno, él garantizará que con sabiduría será electo el rey que más agrade a los dioses. Debéis aprovechar las vacilaciones de un predecesor, ya extinto más por fuerza de su historia futura que por el servicio de la longevidad. Como os dais cuenta, lo mejor es ganarse lo más del senado como cómplice de nuestra sensatez y no permitir que se pierda como cómplice de los caprichos de un rey ya caduco.

CLOREO

Vuestro juicio ciertamente amplía sus ventajas de antemano; nada de su sensatez parece rezagarse, ¿por qué, entonces, no la postuláis entre las máscaras?

DRANCES

Si bien estas razones pueden prosperar en el senado, no con menor certeza se prolongaría la mezquina discusión de los partidos, con las atenuantes funerarias de un rey que se demora sin clarividencia alguna, lo cual nos incumbe de mal rigor, sustrayendo incluso que Numa prospere hasta un solio que nos imponga el exilio o la muerte.

MNESTEO

¿Qué proponéis para que una moción furtiva desenmascare la impotencia del senado? Ciertamente me cuesta hallar solución.

 

DRANCES

Como sabéis hay un mito entre el rey y Turno, que más que eso se me figura una anécdota fantasiosa. Sin embargo, y aun por su divulgación incierta, esa máxima no deja de ser convocada en la evocación de sus creyentes.

SERGESTO

La del campo de batalla. Es verdad. Aunque poco he escuchado de ella que no haya sido el mito de quien me la contó…

CLOREO

Esa misma. Dicen que cuando Turno salvó la vida del rey, ya casi desheredada entre la mortandad del campo, éste, apenas recompuesto en su porte original, le dice a su salvador: “A vuestra valentía os debo mi vida y aun la gloria de agradecerla a un héroe”. A lo que Turno le contesta: “No, majestad. Un valiente sólo se salva por inspiración de su orgullo; en cambio, si me debéis la respuesta a esta pregunta”. “Decidme, pues, le intima el rey, estáis en vuestro derecho”. Finalmente, Turno dice: “¿Cuándo me responderéis esta pregunta?”

DRANCES

Al sentir que la magnificencia con que acogía a su novel general carecía de un tema anterior que le justificase, guardó su respuesta en silencio, esperando del tiempo un móvil regular como las arenas del reloj.

SERGESTO

Ah, ya caigo. Pero, ¿a qué viene la mitología de una probable enemistad?

MNESTEO

¿Qué relación guarda con nuestro tema?

DRANCES

Sois tan impacientes que vuestra prisa también apura los estorbos que ella en procesión acarrea como su mismo rastro. No dejéis que el tembloroso anciano os gane la partida. Mirad que sus trabas le llevan en volandas.

CLOREO

Pues dadnos el mapa de esta incertidumbre.

DRANCES

Es tan simple como esta recta: debéis hacer creer a los demás senadores que el rey por fin le dota de palabra a su silencio, que la respuesta del enfermo hace prevalecer a nuestro favorito. Debéis demostrar, apenas antes de la sesión convenida, e inspirados por la divina fama que os dará nombre en tanto os empeñéis más, que sois los sacerdotes a cuyo oficio el rey delega su ceremonia. No os sería difícil justificar con vuestra subrepticia energía que la revelación del tiempo mitológico tiene su hora de culto y observancia. Ellos asentirán, si os conducís como confío en que lo haréis; el temor a la blasfemia es tan grande como su acostumbrada fe en supersticiones palaciega, ésta últimas no parecen acabar nunca, porque hemos de convenir que sin ellas divagarían todos por sucesión de un ateísmo malsano. De cierto no necesitáis que mezcle mi imaginación en los giros de vuestros nudos. Así, si algo se complica, tendremos un litigante principal que, al margen e invicto, os congratule en defensa vuestra.

CLOREO

No habrá riesgo. Como decís: su temor a la blasfemia es tan grande como su supersticiosa fe. Para cuando el rey despierte de sus sueño ya estará dormido.

SERGESTO

Finalmente, con ese ardid, abreviarán una sentencia que preserve nuestras costumbres.

MNESTEO

Comprenderán su rol, sin prolongar estériles disputas.

DRANCES

Y siempre al margen del rey. Ahora marchemos conforme a estos preliminares. En una embajada próxima se pormenoriza el ras.

(Salen. Oscurece)

 

Escena 2

 

(En los jardines del alcázar)

TURNO

Pensando en el sueño de Camila, ese extraño sueño que os conté ayer Voluso, me quedé dormido, y el sueño, que me acunó en su horóscopo, obraba con la fantástica ignominia de precipitarse a un adverso albur, acaso tan funesto como el que prefiguró mi mujer.

VOLUSO

Tranquilizaos, señor. Poco importa acreditar veras a las suertes de los malos sueños, pues, como se sabe, se arruinan antes de que sean peores. Los malos sueños no pueden predecir sino las inconstancias de una mala noche y justo en esa noche, acaso los monstruos de la fiebre… En fin, todo se deshace a la luz del alba.

TURNO

Escuchadme, pues, al claro de vuestro razonamiento y por principio de lo que así decís. Tal vez esa sea el conjuro que malogre tantas amenazas.

VOLUSO

Contad, pues…

TURNO

Soñé que marchaba a una región remota. Más bien era como si soldados, después de esclavizar a los vecinos del reino, buscasen una tierra prometida de guerra y gloria. Yo guiaba aquella colosal empresa, Voluso. Habíamos cruzado un mar ancho y los ríos que nos esperaban parecían remedarle con anchurosa envidia. Pero tantos días sin hostilizar a ninguno de los hombres… tantos días, acaso perdidos en los pastizales de otro continente, nos intimaban las reservas de sus ocasos. Mas una súbita variedad, contigua a nuestra creciente desesperanza, nos hizo apreciar los días en aquella región ignota. Nunca faltó el agua; tampoco la comida, pues innumerable presas eran tan sustanciosas como las bestias que le daban caza. Acampamos a la ribera de un río. Un río mudable, jamás parecido a cuanto cruzamos hasta llegar a él. Un río vigoroso, a través de cuya fiereza muchas manadas de distintas especies querían vadearlo en pos de los verdes pastizales en que nuestra suerte pernoctaba. No sólo la violencia del río era moradora en el cauce, también bestias ávidas reducían a un bocado los infortunados bultos. Nos maravillábamos por la pertinaz usura de quienes por fuerza de una renta ulterior administraban todo en el vado. Los más débiles, viejos y jóvenes sucumbían en los rápidos e iban a ser el fácil bocado de las bestias presuntuosas, cuya flor de la vejez era relegada río abajo. La procesión consagraba sus muertos; ora con el costillar y el espinazo deshechos por la impaciencia de los rezagados, ora por una dentellada furtiva, o tal vez por un parto precoz. Pero quienes sobrevivían aún habían de escapar de otras bestias impacientes, que del otro lado le esperaban; sólo la saciedad de éstas no podía purgar millares de animales que devoraban todo el pastizal. El silencio era cruel, y el brusco equilibrio obligaba a ese silencio. Al despejarse la espesura, sólo el olor del estiércol, y la crujiente laboriosidad de los escarabajos, crepitaban bajo nuestras sandalias. Nos solazamos en la caza, matamos y despellejamos cazadores y cazados que se demoraron en sus excesos, y con esas pieles improvisamos vestiduras fantásticas. Comimos hasta saciarnos y perseguimos y matamos innumerables animales para honrar a los dioses, una hecatombe tras otra, sin pensar si subyugábamos el equilibrio o, para infortunio nuestro, mellábamos el instrumento con el cual íbamos a ser inmolados para la paz de la balanza. Tras la última orgía nos quedamos dormidos. Cuando desperté, no podéis imaginar, Voluso, el horror que me dominó. ¿No podéis imaginar que dones sean apresurados cuando se despierta en un sueño inquieto; cuando el sobresalto en que estáis contenidos casi os despierta sin que os recuperéis de ese sobresalto? El equilibrio, Voluso, era imperturbable. Sólo un animal pálido estaba en pie, y tan pálido era que no supe si más bien su pelaje invisible sobresalía de un espejismo… ay, un espejismo que mi mente obcecada me imputó desde mis tiernos años… Cuando desperté, cuando de todo esto desperté, estaba solo en aquel desierto, sólo las sobras de mis abusos, ya que no de quienes no existían en derredor mío, me rodeaban, y los buitre, ay, sello final de mi mal augurio, me despertaron con sus registros.

VOLUSO

Como os decía, el amanecer es el verídico albur de una suerte venidera. Si queréis reparar un grado en vuestro sueño, ese sueño entonces ha de nutrir a quienes despertaron vuestro piadoso ayuno. Mirad, señor, aquí viene vuestro invencible general Cora. De seguro me auxiliará para tranquilidad vuestra.

CORA

Voluso, cómo vais. Señor, que mi presencia os tribute sin demoras. Os he venido a decir que Numa exige veros, y la soberbia de sus exigencias quiere relevar vuestra orden de que se os deje en paz.

VOLUSO

Señor, me parece que últimamente se ha ganado la moribunda promesa del rey.

TURNO

Decís que se impacienta de verme. Luego el retraso de haber anticipado su visita con un amigo mío lo deja en notable desventaja.

CORA

Miradlo, aquí viene. Yo me retiro para dejaros conferenciar con él.

VOLUSO

Y yo, con vos, he de discutir un asunto subalterno. Venid conmigo.

(Salen Voluso y Cora. Entra Numa)

TURNO (sonriendo)

Numa, habéis crecido con la prisa de un rey, lástima que no tengáis la paciencia para serlo.

NUMA

Tengo vuestro voto y principalmente el de mi predecesor. Ya no tenéis que hablar, pues yo abrevio para que no habléis. Sois tan buen hijo, que por eso mi abuelo os estima tanto, lástima que vuestro padre no se conozca. Creedme que mi abuelo no hablará por él, ni en virtud de su ausencia lo recordará. En fin, vine a comunicaros los saludos de mi abuelo. Adiós, mi querido senador

(Sale)

TURNO

Vos, antes que nieto de Eneas, sois hijo de mi rescate. Si el rey no hubiera sobrevivido, vuestro padre no hubiera tenido el valor de engendraros. ¡Infame! Oh, dioses, cuando el milagro de un cobarde nos reta, grandes sacrificios y proezas debemos perpetrar para ser desagraviados.

(Oscurece)

 

Escena 3

 

(En la estancia real. Eneas en el solio)

TURNO (Del otro lado, tocando la puerta)

Señor, permitidme una entrevista. Es justo que discutamos una promesa, pero que la felicidad de los términos nos deje discutir a dúo. Es justo que yo os cumpla y que antes empeñe un juramento.

ORDENANZA

Se os está prohibida la entrada, señor.

 

 

TURNO

¿Qué decís, ordenanza? Mi rey, que vuestra orden no la difame la contrariedad de un esclavo.

ORDENANZA

Si os insisto, señor, es porque lo que llamáis contrario sólo se opone a vos.

TURNO

Mi rey, no calléis a través de los flequillos de una azotaina. Permitidme paso. Permitid que os reverencie sin la embajada de un esclavo insolente.

ORDENANZA

No os respondo con la violencia de su ceño fruncido, porque soy embajador de su silencio y tan subalterno que callo. Pero, señor, será mejor que os larguéis de aquí y que mientras os alejáis no importunéis el recuerdo de mi señor.

TURNO

Mi rey, ¿en efecto estáis del otro lado, o este tunante usurpa vuestro retiro por su lado? Habladme, es vuestro hijo quien os pide consejo ardorosamente, necesito que al menos tranquilicéis la parte que de mí muere. Apelo a vuestra adopción que alguna vez me llamo propio.

(A una señal de Eneas el ordenanza abre la puerta y se retira. Turno mira la joroba del esclavo con desprecio)

ENEAS (con voz apagada)

Entrad.

TURNO

Mi señor, no sabéis con cuánta incertidumbre me he conducido hasta aquí, sin embargo la misma desesperación en sus vértigos me mostró el camino. Tantos insensatos han profanado vuestro nombre al predeciros una súbita recaída, por doquier he escuchado a quienes vencerían a vuestra suerte con mañosos dados, con tal de hacer coincidir sus vaticinios en perjuicio de vos. Os han puesto enfermedades, en lugar de poneros guirnaldas que honre vuestra sapiencia. Sé que la vejez os escolta hasta una gloriosa muerte, no os echa a un umbral en donde el pestilente despojo es gemelo de quienes difaman vuestro nombre.

ENEAS (tose, con la misma voz apagada)

Tened paciencia con un viejo que aún no muere. Habláis mucho ya… y embotáis la espada. Id, y volved cuando os reconozca…

TURNO

Qué decís, padre. Si escucháis con énfasis lo que mis labios proclaman, es siempre a favor de vos, para perpetuar vuestra obra entre senadores cuya embotada facundia no tienen la sabiduría ni el vigor del hierro. Mirad en mi salvaguarda el derecho de vuestro sucesor. Recordad que para su porvenir trocaré la espada por la palabra y la máscara. Recordadme como vuestro más cercano servidor; no me alejéis de vuestro séquito.

ENEAS

No importunéis la elipsis que he de regir en rigor de mi rigor. Id y venid cuando os traiga la paciencia, hijo mío.

(Tose)

TURNO

Decidme, padre, ¿no fui yo, un desconocido que os dio a conocer mi sincero anonimato, quien por fuerza de su espada disolvió aquel asedio que os perdía, quien secundo vuestra ruina para salvaros y serviros, quien tuvo que empeñar su mayor intrepidez en contrariar a generales indecisos, quien se impuso a soldados cuyo nombres no conocen  dolientes? ¿No fui yo, señor, quien además honró vuestra salvación con una victoria sangrienta? ¿No soy yo, señor, quien repetiría tal hazaña como de memoria repetiría estas preguntas?

(El viejo nada dice)

Hablad, señor. No desgarráis las heridas que se prendieron en mi pecho por condecoración vuestra. ¿No veis que si os sirvo entre las infames intrigas de unos enmascarados, es porque quiero desenmascarar a quien pervierta el favoritismo en detrimento de vuestra ley? Habladme… Habladme, no dejéis que parta herido por vos, manco no puedo socorrer vuestras virtudes con el mismo alcance, pero sí ha de ser así haré prodigios para que vuestra reputación prevalezca aun por fuerza del desprecio… Ah, padre, pero por muchas que fueran mis heridas no es justo que os bese con heridas. Habladme… Señor, que intrigantes no sean quienes verifiquen vuestra ley. Que sólo la muerte honre vuestra despedida. Adiós, bendecidme… si preferís sólo para mi despecho. Adiós, padre…

(Sale Turno. Oscurece)

 

Escena 4

 

(Una estancia en casa de Turno)

CAMILA (cantando)

¡Adonde una verdad fácil engorda

La mentira ojival tallas nos borda!

Así, pues, diligente costurero,

En el sitio vestisteis la traición.

Mas los ojales, mis sepultureros;

Mas alzada aquí, invicta la porción.

(Entra Turno)

TURNO

Ese infame viejo, salvarlo para que envejeciera aún más de lo que ya era mi oprobio. Si, ya su nieto tiraniza sus seniles suspicacias, sin duda el muchacho intriga. Ah, mi amada criatura, cuando se le quita el nombre a alguien se le despoja del poder, y a mí se me privó de todo énfasis cuando nací. ¿Qué es una adopción, sino el deber obligatorio de no aspirar a derechos filiales? Lo sabéis vos, sin duda. Sois la mujer que acojo en mi furtiva estancia, y no mi esposa. De mi tiranía algo se os alcanza, en relación a la ley que estoy sujeto. Ahora enfrentar una turba de lentos intrigantes, también la sospechosa indiferencia de un rey que me aparta de sus temores y que en la belicosa espada de su juvenil nieto ve el báculo de sus esperanzas.

CAMILA

Os preocupáis mucho en servir a una monarquía, cuya ingratitud es su defecto de origen. A la sazón de tales leyes, la valentía es bastarda mientras los cobardes legítimamente heredan a sus mayores. Os sentaría mejor la tranquilidad del hogar, aun sin ser la conyugue que oficie esa pompa os ceñiría una guirnalda de hierbas apacibles, todas cortadas bajo el influjo de un claro de luna. Venid que yo os agasajo, en sigilo, o al atisbo de quienes se escandalicen si lo preferís. Pero si os trocáis por otra ya veréis, querido, que un enemigo más tozudo os vencería sin salir del lecho. Sí, mirad… os espinarían las rosas con las cuales me enamorasteis.

TURNO

Mi querida se embellece aún más con los afeites de su celo. Ah, bella, venid a mí.

(La abraza)

¿No debéis instigarme en contra de mis enemigos? ¿No debéis, hasta el extremo, fomentar matrimonios que, más que rivalizaros, garanticen mi ambición? ¿No debéis insistir con perfidia, saciando la sagacidad de mi apetito con píldoras embrujadas, en lugar de hechizarme con los azares de vuestros besos? Tal vez si os casáis conmigo, me mandéis de casería… Sí, y entonces con ardor me reprocharíais si no obtengo una buena caza.

CAMILA

No, querido, el único vicio de que os prevengo, más os vale no excitarlo.

TURNO (riéndose)

Ya refunfuñáis, adorable criatura… a veces me pregunto si no son vuestros celos quienes os instigan amarme.

CAMILA

De cierto os digo que…

(Tocan la puerta)

¿Quien podría ser?

TURNO

Pues quien yo haya convidado.

CAMILA (murmurando)

Debe de ser aquel a quien atribuí la holgura de vuestros ecos. Cuidaos de hombres nocturnos, que en el furtivo paraje de una concubina convienen pactos.

(Insisten en la puerta)

Cuidaos, señor.

 

TURNO

Callad. Id adentro, que este es un asunto que no os incumbe.

CAMILA

Decís mal, pero de vuestros cómplices no puedo celaros.

TURNO

No salgáis.

(Se va con mala cara. Turno abre la puerta)

TURNO

Entrad, hombre. Vuestra puntualidad principia el ministerio.

DRANCES

Y vos me honráis con vuestra hospitalidad. Vine para advertiros que mañana daremos el golpe. Conseguiremos en el temprano concilio la moción de vuestro perpetuo interinato. Ya está. ¿No habéis discutido con el viejo, ni exasperado su irritable silencio de moribundo?

TURNO

No… Sólo me despedí sin darle la espalda, reverenciando su pronta partida.

(Aparte)

Aunque ya inútil en el solio, puede hallar un blanco en mi joroba.

DRANCES

La enfermedad ya le hace ungir un consejero intransigente. Numa lo asedia, y al parecer no hay modo que el viejo adelante la costumbre de reyes más lúcido. Es el senado quien nos acostumbrará a vuestro nombramiento. El pretensioso de Numa, heredará sólo un funeral tan abigarrado como simple y sólo uno en el lujo de su desgracia. Cuando se confirme la moción partiréis al norte, así podéis conducir los ejércitos de la ribera. Ahora debo partir a otro norte más cercano cuanto que es el que nos garantiza nuestra ley. Adiós.

TURNO

Id con bien.

(Sale. Oscurece)

 

Escena 5

 

(En el senado)

CLOREO

Señores, al reunirnos en esta honorable asamblea, portando sin subterfugios velados las máscaras (heráldica de nuestro linaje), convengamos en que la paciencia nuestra convida la serenidad de un sacerdocio. Sabed, entonces, que connaturales virtudes no deben por menos de lisonjear la premura de quien aconseja serenidad y paciencia. Sin embargo, no veáis en vuestros menesteres el parásito letargo de cualquiera que se regocija en su inacción; menores han de ser siempre las facultades de una minoría, mínima porción por ser el ejemplo de vuestros disgustos, mínima no sólo por sus posibilidades, sino también por contrariaros con exiguas excusa que se encumbran hasta difamar incluso la fe de nuestros dioses. Sé que no hace falta que yo os azuce en vuestras voluntades, menos desluciendo los argumento que, por inspiraciones de antepasados mejor dotados de palabra que yo, resonaron en los virtuosos oídos de vuestros mayores. Estando vosotros en herencia legítima, no pretendo usurpar la grandeza de lo que entendéis a través de mí. Bien sabéis que los hijos sólo serán descendientes del padre, si llaman con tal significado a quienes se proponen perpetuar, sin malograr el nombre que los adopta. Prudentemente yo, delante de vosotros, no soy más que el vehículo de estas máximas. Vosotros, por encima de mí, oficiaréis con cordura el mito de vuestro héroe, al cual su padre, desde un celaje glorioso, apellidó con esta sentencia: Quirino[2]. Estoy seguro de que no impacientaréis a sus colegas del Olimpo. Mirad que, como último servicio de su terrenal omnipotencia, el rey delega su corona con sabiduría, y vosotros habréis de verificar ese primer prodigio que ya rige. El abuelo aconseja que el padre Eneas llame al nieto Turno, que sea él quien haya de confirmar el primogénito de una nueva edad, pues otros lazos, aunque ya no sanguíneos, y acaso mayores por preferencia, lo proponen. Señores, vuestras impávidas máscara os cuidan de falsedades, sus escrutadoras rendijas intimidan a embaucadores antes de que les miréis por última vez. Sea, pues, vuestros ojos, a cubiertos así, quienes decidan la moción.

(Se levanta uno de la primera fila)

UN SENADOR

Vos, mi estimado señor, fuisteis quien desenmascaró la inconstancia de Ascanio. Aquél en amparo de un noble discurso, quiso infundir una doblez que al cabo le doblo la cuenta, de tal suerte que vivir así le fue en extremo también su muerte. Pero, por ser nobles las palabras, ¿no creéis que vuestras objeciones anteriores ahora nos aconsejen mal, pues nobles son las vuestras? Es de mi parecer que aun la mejor causa, y no adverso la suerte de lo dicho, no se aprovecha de quien la instruye con el mismo ardor del desacato. 

MNESTEO

Desacato decís, señor. Luego, ¿sois capaz de abrir causas insustanciales a una causa que provocaría la ruina de un blasfemo?

(Baja su máscara, a la audiencia)

¿Qué advertid vosotros, nobles señores? ¿No os irritáis de que vuestra nobleza se emparentada con el discurso de Ascanio, de que la imprevisión, dada más a los estorbos que a la discusión sensata, busque el par de un mal mellizo en la probidad de quien igual les habla? ¿No os acordáis de que fue mi prudencia la que truncó las ambiciones que éste senador acusa ya en su forma? Miradlo como tiembla, igual a Ascanio; no os dejéis perturbar por sus espejismos… 

(Murmuraciones encontrada)

CLOREO (aparte)

El asunto pinta dividido, ya se me figura la pinta exacta del mismo Ascanio, entonces que no lleve otra cara.

(A la audiencia)

Permitidme silencio, señores. Sin duda, no hay una minoría que nos haya rebasado alguna vez. Sin embargo, de cierto os digo que quien se sienta más voluntarioso en la nada tiene el deber de prescribir sus aspiraciones en lo más. Como sabéis, no se os está prohibido ser menos.

OTRO SENADOR

Senador, en ausencia del mentado la gente lo difama, y vuestra nobleza ha loado a Drances sin apenas mencionarlo mucho. Habéis dicho bien en todo, y es justo que vuestra palabra se haya adelantado a nuestra justicia. Seremos siempre los propugnadores de una causa favorable. Tenéis mi voto.

(Murmuraciones a favor, mayoría mínima)

CLOREO

¡Votad vosotros también!

(Aparte)

No vayáis a sacrificar a los dioses de mis plegarias, en lugar de los bueyes de vuestro labrantío.

TODOS (con una rala adversidad)

¡Sea!

CLOREO

Marchaos, pues, con la legitimidad de vuestros votos.

(Se disuelve la audiencia y en desconcierto se vacía la sala)

SERGESTO (cuidando el sigilo)

La cosa se llevó apenas… pero felicitémonos de nuestra capaz alegría. ¿Con qué tenacidad hay que guiar la prudencia de un reino?

CLOREO

Apenas estoy alegre, mi querido Sergesto. Fue duro el día.

(Se suma Mnesteo al corro)

MNESTEO

Congratulaciones a todos. Ahora esperemos a que el rey se conmueva tanto que se aquiete del mismo modo.

(Oscurece)

 

Escena 6

 

(La alcoba de la concubina)

TURNO

Al fin se ha hecho justicia en mi nombre. En ese nombre insensatamente desprestigiado por mi propia incomprensión. Se ha hecho justicia, mujer. Se ha hecho justicia en el nombre que, desconociéndosele en su origen, vela por mí todos los días.

CAMILA

Es vuestro brazo el que vela por vos, con él habéis cortado lazos de reyes rivales. Sois un adversario de tales enemigos, sólo por fuerza de vuestro brazo, mi señor.

TURNO

¿No debéis instigar más bien una ganancia bastarda, al margen de mis méritos?

CAMILA

¿Por qué insistís, si igual me dejáis al margen de vuestras escapadas nocturnas?

TURNO

Porque a veces el sueño vence a la vigilia, mujer. Pero que no sean esos sueños hostiles, cargados de malos agüeros, los que os concedan una participación en mis asuntos. Ahora contestadme sin esos garfios. ¿No debéis instigar mi bastardía, tan impetuosa y…?

CAMILA

No, no, no, no… porque para mí sois siempre legítimo.

TURNO

¿Incluso cuando me niego a desposaros?

CAMILA

¡Qué cruel es vuestra legitimidad a veces! Indemnízame con un beso.

TURNO (La besa en la frente)

Mi distinción de interregno me aconseja partir al norte, mujer. También con la memoria de mis militares hazañas, guiaré tropas en pos de trocar mi interinato por una condición más duradera.

CAMILA

Luego, yo no tendré que esperar más por un matrimonio. ¿O será duradero mi tormento de no asistiros con una mejor condición? ¿Me trocaréis por otro interinato, mientras mi prolongado dolor se interesa por noticias vuestras? Decidme, señor, si lejos de mi lecho, acaso en otro lecho, mis pesares no logran vengar mi afrenta…

TURNO (riéndose, no atina a besarla)

Calmaos, mujer… Qué arisca sois…

CAMILA

Decidme si mis malos sueños no se han adelantado a vengar vuestra oprobiosa falta. Ah, dioses, cuántos animales vería este perjuro en sus sueños, pues los sacrifico en vuestros nombres, no le permitáis que contamine su fidelidad con incestuosas conveniencias…

TURNO

Callaos. Pasáis tan rápido del rocío a la tormenta. No habléis de los animales que haya visto en mis sueños… ay, mujer, más hubierais bendecido mi viaje de no haberlos invocados… No habléis más de tales bestias, si no queréis que mordiscos tenaces usurpen sitio entre nuestros besos. Adiós, mujer… manteneos sin figurar en lo mínimo de vuestras oportunidades, ningún escándalo tiene la ventaja que vuestros celos juzga persistente. Adiós, mi adorable criatura…

(Sale)

CAMILA

No sé qué buenos tiempos ya malogran la primera cosecha. Que no sea la ventura el único ardid de que se vanaglorien nuestros enemigos. Que el bien lo guarde… ah, bien, tan bien estáis, sed favorable y propicio…  sed tal sois, no cambiéis vuestra estrella. No por ser bastardo mi amado, os rebajéis a su cariz, siendo luego un cómplice que lo pierda. Instadlo a que os remede, a que aspire a igualaros en vuestros altares. Enseñadle, con milagros prósperos, a honrar nuestro pacto. No os pido que embotéis su maldad, pues de cierto perderíais el embajador que mejor intercala vuestros oficios en un mundo ya revuelto de pesares. Os pido que ordenéis a vuestros subalternos abridle paso o servirle de séquito. Pues sí, ya os demando con firmeza lo que vuestro contrario os disputa… apuraos, que ha partido al norte, allá lo encontraréis, donde soléis ir a reposar… ay, aunque por ir a dormir no le dejéis a la intemperie… 

(Tocan la puerta)

¿Se vuelve, o un mal presagio, a guisa de mensajero, reprocha mi mala boca que antes que besarlo lo condena? Oh, perdonadme, señor…

(Abre la puerta. Entra Drances)

¿Quién sois, el mismo que distrae los sueños de mi espos…?

DRANCES

No sé que habláis, señora; pero ciertamente no me conocéis. Es justo que os advierta que desaparezcáis en un lugar que aparece en este mapa.

(Le muestra una dirección furtiva)

No conviene que Turno, el interregno se le involucre con vos…

CAMILA

¿Tal infamia la consiente él? Habladme…

DRANCES

Pues nada ha dicho él; más a juzgar por sus pretensiones de desposar a la viuda de Ascanio, en galas de un luto que le hacía muy galante para cualquiera viuda, no importaría mucho las flores que cortadas de ese ámbito os entretuvieran un poco…

CAMILA (en sollozos y estruja sus manos)

Curado de un mal fuiste, Turno, y ya me hacéis sentir mal… Largaos, espectro…

DRANCES

Creedme que no comparto la ruindad de vuestro señor, pero esto es lo que pintan sus más pintados planes, y para ello ya se ha pintado como un bárbaro. Si queréis un consejo, id a la dirección que os apunté. No lloréis más; es el mejor consejo de un consejero muy sensible. Cómo hay concubinos en el mundo cuya mundanal ganancia los haría un mejor esposo. Tomad.

(Aparte)

Sí, id a la dirección que mi puntería os señala…

(Le extiendo un pañuelo perfumado, ella lo toma con sospecha)

Fue bordado en mi nombre, mas en el borde no busquéis mi nombre.

(Sale)

CAMILA (sollozando, fuera de sí)

Ah, de manos del verdugo, el paño de mis lágrimas… y vos, cruel, me enloquecéis, las caricias que impacientes os esperaban ahora las empuño con fiereza… Ay… ¿y os espero acaso?

(Hunde su rostro en el pañuelo. Oscurece)

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        I  V

 

Escena 1

 

(En la estancia principal del alcázar. Eneas en el solio, impaciente. Entra un ordenanza)

ORDENANZA (haciendo una reverencia)

Majestad, ya ha llegado por quién mandasteis.

ENEAS (enjugándose la frente)

¡Qué venga! Ah, si por matarle con el cetro bastara para regir otra vez…

ORDENANZA (haciendo una reverencia de despedida)

En seguida os sirvo, señor.

(Sale. Entra Drances)

DRANCES (se inclina)

Majestad,  permitid que me acoja a vos, a vuestro semblante señero y, antes del emisario que os trajo la nueva, comparecer a vuestro juicio.

ENEAS

Dejaos de zalamerías.

DRANCES

Sé que mi boca tiene que procurarse una boca en otras palabras, pero también sé lo que os digo, mi señor. Con cuánta constancia la espera fructifica virilmente, mas así no pude revelar la traición de Turno… es verdad; y es que su dañino arriendo tampoco lo malogró el estío, sin arraigo había de germinar para prueba de su mismo encono, que sea éste su ornato le deja ya desnudo. Os dije que era un traidor, me propuse demostraros lo que aun por no mostrarse ya obraba a la furtiva luz de la infamia, pero, sin ser yo par de su impar ruindad, no pude emparejar mis sospechas al mismo tono.

ENEAS (Aparte)

Ah, Turno, ¿para ungiros se precisaba la sospecha de un consejero, cuando nunca la marca de mi predilección? Luego, ya lleváis el óleo que aceita el infame ombligo de vuestra frente.

(En creciente ira)

Drances, ¿cómo, a pesar de vuestra retorcida índole, yo tampoco hallé la culpa de un traidor agazapado en sus reverencias? ¿No fueron acaso vuestros consejos vuestros? Contadme, ¿cómo el silencio me vedó ante la hipocresía de Turno? ¿Cómo ese miserable parricida, para cuya adopción intercedí, urdió lo que por acciones tuvo más que pensamientos, ganando los escaños en donde los pedos de vos son principales? Decidme, litigante, si la posteridad de perecer, sin que vuestro don os conceda mejores recuerdos póstumos, alcanza para vuestra larga lengua. De qué sirvió la impostura de un anciano, máscara de enemigos veleidosos, sino para agriar sus genuinas arrugas. En vuestros cuidados os burlaron, sin vuestro voto os censuraron. Vuestro castigo no es la ira de un viejo ya perdido para su trono, y para cuya única casa eterna ha de mudarse, sino la purga, la purga sangrienta con que Turno se cague en vuestros pedos. Ah, y la ruina de mi roma espada…

(Abstraído, como para sí)

Sin embargo, vuestras demoras acusaron la falsa fe, siguiendo un supersticioso camino que tenía ya su atajo.

(Otra vez con energía)

¿No veis que han fundado un credo sin que yo descreyera del bastardo? Debí instruir a Numa, con una voluntad más que testamentaria… Ah, dioses, Lavinia, mujer… Cierto que el miserable de Turno transigía bajo ciertos auspicios míos, pero con ellos descontó sus grados al insubordinarse. Luego, qué ganancia no lo condena aun por usurparle así. No le tuvo paciencia a mi silencio, luego obró en contra de una amistad entrañable. Es enemigo de mi estirpe… ¿para qué, si no fue para su ambición, portó la máscara? Ah, y Numa tal vez vanamente rige uno de sus estorbos… Drances, miraos vos mismo, qué miserable porte de segundón lleváis en traza, al margen de vuestra propia especie. Ah, si yo no estuviera muerto en este cuerpo que aún me sobrevive, desataría en mi elemento la furia contenida en esta débil voz. Con una sangrienta guerra vengaría la paz ultrajada… ah, él sí se volverá contra nosotros. ¡Cae el rey en el fondo donde perdió su corona! Sea, entonces, por la misma espada de Turno que mueran quienes me dejaron caer…

DRANCES

Calmaos, señor. Es cierto que Turno conjuró sus eclipses a nuestras espaldas, pero si nos volvemos tapamos el efecto, y sólo su joroba de bastardo prevalecerá. Sí, Turno consiguió una mayoría cuyo único prodigio es haber sido suficiente. Valiéndose de su imaginación aventuró cobrar la deuda que, según él, vos convinisteis en aquel campo de batalla, los pormenores no valen mucho en su proliferación, pusilánimes enmascarados son aún más horrorosos si se les desenmascaran. Pero los mismos hechos contienen en sí lo que conjura la conjura. La concubina de Turno, una tal Camila, ha enloquecido a la sazón de haberla abandonado su amante. Revela, sin reparo, los planes de Turno de desposar a Creúsa en pos de su encumbramiento.

ENEAS (aparte)

Ay, yo sostuve su espejo desde siempre…

DRANCES

Se maldice a sí misma por haber sido su cómplice, ahora al margen de su ingratitud. Mandé a por ella, acaso para interrogarla con la misma arbitrariedad de su turbación. A pesar de inconstantes preguntas, siempre sus respuestas convienen una constante infamia. Lo que os quiero decir, majestad, es que el vicio de un usurpador contamina su propio trono. Hay hartas pruebas para revocar la moción, de revertirla al indemnizaros con el favor de Numa.

ENEAS (escrutador)

Entrad en detalles, que el infierno necesita de sus esplendores.

DRANCES

Para desmentir las patrañas del usurpador, debéis comparecer con severidad a la sesión del senado. Siempre estaréis en el derecho de que la corona suceda vuestras precedencias; mas es preciso que vuestros reclamos marchen con el curso del agua mansa y que no os ensañéis con los consejeros. Pero si es menester cierto rigor, permitidme que mi rigor, según tu ejemplo, atenúe todo énfasis. De cierto que la cobardía de los cómplices acusará duramente a los perpetradores, permitid que se conmute tales penas por el exilio, así nunca el senado llamará tirana a la verdad que le insta firmeza. Como echáis de ver, señor, la tal Camila es testigo en contra de quien gana la ojeriza de su locura. Sí, testigo de quién la convidara a sus desplantes. Que se favorezcan, pues, los exceso de sus cargos. Si es de apelar a su testimonio, acaso para darle más colorido a la justicia, se le traería entre los fulgores de su infortunio.

ENEAS

Las espadas de Turno aventajarán las llamas que nos merecemos.

DRANCES

No hay que desesperar en la paciencia de un naufragio, señor. Tal como organizasteis el ejército, se puede dictar los hechos pertinentes. Es preciso que no demoréis en despachar prontas órdenes a la ribera. Sé que el infame Turno partió al norte, según confesión de su concubina; como sospecháis, para comandar tropas que sostendrían la treta del senado… sí, quiere ser rey en contra de los signos que el cielo ciñe a vuestra frente, pero mi candente maldición ya le marca su merecida seña hasta lo hondo de su tumba. Por el camino que tomó no alcanzará la otra ribera, sino para comprobar las huellas de nuestras prisas. Mirad, estando él a la distancia de un nuevo senado, y sin el riesgo de que se ejercite con un ejército, será fácil apresarle. Es aquí donde conviene Numa, pues me atrevo sugeriros que recomendéis a Numa para esa empresa, así ha de ganar la pronta parcialidad del senado…

ENEAS (aparte)

Ah, de detalles podemos reconstruir el paraíso perdido.

(Acucioso y severo)

Decís bien, pero sólo cuando un heredero mío declame mi herencia en el podio, heredaréis una gracia conforme a vuestro don, por de pronto en la espera se establecerá el balance. Ahora marchaos y llamad a mi ordenanza.

DRANCES (aparte)

No seréis mejor orador que yo para premiar mi propia sien.

(Hace una reverencia y sale)

ENEAS

Ay, os di testamento, Numa, y fuera de lo allí prescrito escamoteé mis sobras…  Ay, Turno, traición… mas, como yo, sois hombre de espada, os daré una salida, Turno, así os la tenga que marcar en vuestra misma carne de un punzón…

 

Escena 2

 

(Entra el Ordenanza)

ORDENANZA

Señor, heme fiel a vuestro discurso.

ENEAS

¿Sabéis leer como escribís?

ORDENANZA

Tan cierto, señor, que os recitaría vuestra orden con el cumplimiento.

ENEAS

Bien, tomad unos pliegues de ese cajón. Buscad con que escribir claro, que la inteligencia me concierne a mí.

ORDENANZA

Ya estoy provisto, señor.

ENEAS

Bien, pero ahora se me figura que hace falta dos más para tomar tres dictados. Un origen como éste debe triplicarse al mismo tiempo. Id por dos guardias que sepan leer tal vos decís escribir.

(Aparte)

De un tirón saldré del fango.

ORDENANZA

En seguida.

(Sale y vuelve con dos guardias)

GUARDIA 1 (haciendo una reverencia)

Majestad, es bendito el parto que dio vuestro servidor.

GUARDIA 2 (haciendo una reverencia)

Y yo, majestad, secundo a mi gemelo.

ENEAS

Bien. ¿Cómo os llamáis?

GUARDIA 1

Me llamo Iris, señor.

GUARDIA 2

Y yo aguzo el arco con los mismos colores, señor; pues me llamo Hermes.

ENEAS (al ordenanza)

Dadle unos pliegues. Podéis apoyaros en el mamotreto. Vos, ordenanza, frente a mí. Con vuestras señas de origen habré de intercalar luego mi dictado; así que no os rezaguéis en la seña de cada cual y copiad tal fiel os dicte. Vosotros dos, gemelos, poned allí: “Muy considerado embajador de lo remoto, a cuyas fronteras estimo aun por fuerza de la violencia. Iris: “Os escribo con el apremio de una savia que apura también sus lunas, y en fidelidad de las corolas os prescribo una orden que ha de cumplir en imitación del mensajero. Es preciso, general, que mudéis vuestras tropas más al sur, alejándoos siempre de la ribera.” Hermes: “Os escribo con la minuciosa prisa de que la última palabra aguarda por su extremo. En la medida de tales administraciones, os ordeno que movilicéis las tropas y sus efectos al sur. Vos, ordenanza: “Mi querido salvador. No sé si con arrebato os amo, o si esta irascible piedad, que vos mismo provocasteis con vuestra impaciencia, es la que me consume y me ciega a favor de vuestra estimación. Es, en último caso, un reducto el que me dicta lo que no puedo por menos que dictaros.” Hermes: “Alejaos lo que más podáis de la ribera y acercaos cuanto más podéis a mi estimación, mientras más cerca estéis del reino, más cerca estará vuestro entendimiento de colegir una razón más política que militar.” Vos: “Os amé como a un hijo y me traicionasteis con la legitimidad del título, es grande la pena de que la mano parricida haga desmentir el amor de un padre. Es grande la pena de que la bastardía de mi predilecto no sea atenuada con el sacrificio de que yo fuera salvado por el mismo usurpador. No importa ya acusaros en el énfasis del despecho, ninguna constancia dejará mi rabia contra vos.” Iris: “No dejéis ningún efecto de guerra que pudiera inducir y hasta aprovisionar apetitos inciertos. Mientras más os acerquéis al reino, tanto mejor, que vuestra marcha sea diligente, pero no que suscite la algarabía de soldados cuyas esperanzas con muy poco tienden a alucinar.” Vos: “Sin embargo es preciso que advierta la ruina que os aguarda, el desprestigio y aun mis lágrimas de ver, con póstumos ojos, vuestras calamidades. Como sabéis, la vecina muerte me ha ido relegando a la vida privada, quizá para privar a mis enemigos de una pública, pero aún a vos, ahora mi principal enemigo, os dicto estas líneas privadas. Sí igual los elementos de mi llanto, minuciosos en su joyería, pueden prodigar algún fulgor a vuestro atavío de dolor, tomadlo con la licencia de que se os sea tributado como último premio” Hermes: “Podéis acantonaros en la colina del sol. No hay siquiera un rival que descifren la retirada a favor de sus dioses crepusculares, pues como sabéis los portazgos han sido arduos para tales divinidades, y toda presencia se ha mudado muy al norte.” Iris: “La orden no da ventaja a aquellos enemigos que con los rigores de portazgos, cuando no con la guerra, los hemos reducido hasta las desdichas de sus mitológicos aspavientos.” Vos, ordenanza: “Como sabéis soy un hombre cuidadoso con el ejército, y no el moribundo a quien impetrabas vuestras insinuaciones. Al anticipar el retraso de vuestra traición, os desarmé, porque sé que, como hombre de espada, corroboraríais la facundia de los senadores con la lacónica amenaza de una guerra. Ya no tenéis que buscar; mañana, temprano, se revocará vuestra infame moción. Una embajada, seguramente a guía del porvenir de Numa, instará por vuestra cabeza.” Iris, completad: “Tened en cuenta que mi orden os acerca más a mi estimación. Sin usurpar vuestra impaciencia, se despide de vos. El Rey.” Ahora vos, Hermes, completad: “En fin, que vuestra salud os permita ligereza y que el clima no malogre vuestro heroísmo. Se despide, El Rey.” Ordenanza, escribid mi sentencia: “Si os preguntáis por el contenido de esta misiva, os respondería que el exilio es mi agradecido consejo, y mi lucha para salvaros de una ruina de la que os defendéis vanamente en su mitad. Se despide de vos, vuestro salvador.

(Lentamente)

Que mi victoria, y la de Numa, sean el premio por salvaros. Eneas.” Dadme para justificarlas todas.

(La firma en su regazo)

Ordenanza, selladlas con su respectiva numeración. Vosotros, guardias, retiraos.

(Salen con una reverencia)

Las gemelas no dividen un destino. La remitiréis con la misma prisa; la primera, por los caminos del norte. La segunda, por las alcabalas del oeste. Mi vejez me dice que la duplicidad es el medio de un anciano, pues en él me toca, antes de legar arrugas, aventajar a los extremos y anudar el mismo asunto sin que los espías me revelen. La otra, ah… esa os toca enviarla a campo traviesa, el camino más difícil ha ganado su desacato. El camino central de las tempestades, será su medio. Ahora, marchaos y haced tal os he dicho…

(Sale. Eneas hunde su cabeza entre las manos. Oscurece)

 

Escena 3

 

(En una estancia de Drances)

DRANCES

¿A qué fatigoso día ya damos alcance? Mis sueños le padecerán mis enemigos y si han de despertar por sus horrores mejor que no se paren. Qué bien luce las intrigas cuando me pongo en ellas.

(Tocan la puerta)

Pasad, os estaba esperando.

(Entra el sayón)

GUARDIA

Ay, señor, qué frío hace afuera.

DRANCES

Luego, ¿el encierro os sienta mejor, esclavo? Por salud vuestra más os vale que no busquéis motivos en la intemperie, no faltará quien en ese abrigo os haya de enfriar algún día.

GUARDIA

Ni que lo digáis, señor. Más bien en esos rigores os sirvo siempre, el castigo de una mala noche es vuestro premio. Luego, ¿cómo no os bendeciría vuestras órdenes?

 

 

DRANCES

Si las habéis de llevar a cabo conforme reptáis delante de vuestro señor, no haréis más que demorar mi finalidad. Así que no os arrastréis cuando vayáis a cumplirlas, sed altanero; es la única libertad de vuestro oficio…

GUARDIA

Y creedme, señor, que no me distraeré en ningún aparte.

DRANCES

Decidme, ¿habéis escuchado alguna novedad?

GUARDIA

Pues, señor, sucede que fueron interceptada dos cartas del rey. Curiosamente ambas declaran lo mismo que las diferencian entre sí.

DRANCES

¿Cómo es ello?

GUARDIA

Pues las dos están remitidas al general del norte y dicen más o menos lo mismo; luego tienen una fe afín que ambas empeñan con ritos diferentes.  Cómo ordenarais, en el caso de que ninguna carta os contradijeran, se sellaron y se remitieron de nuevo. Hay en tal duplicidad una rareza que me marea y me hacer ver doble el brindis que todavía no alcanzo.

DRANCES

Si miráis sin la escrutadora paciencia, fácilmente se os figura raro que haya remitido un contenido predecible por dos vías francas. En cuanto de que veáis doble, prefiero que sea por que valéis por dos esclavos y no por que hayáis brindado conforme os habéis excedido en vuestra condición. Ahora os encomendaré un segundo asunto.

GUARDIA

No seré segundo en él, señor. Ordenad.

DRANCES

Antes bien, os digo que la rareza reside en la paternidad del viejo. Cuando maldecía a Turno delante de mí, noté que cuanto más pesadas eran sus palabras más palancas amorosas empleaba en su elocuencia.

GUARDIA

Eso se explica, señor. Pues un padre, cuanto más iracundo, es el mejor padre de sus palabras, y con amoroso celo ha de velar que ellas prosperen.

DRANCES

Os atrevéis a explicaros a vuestro despecho; porque vos mismo pudierais no entender los que se os escucha.

(Paseándose)

De cierto que el viejo sospecha que las conspiraciones exceden las vilezas de su protegido, y por ello envió una verificación a los socios de Turno, aún insospechado para su senilidad. El viejo no puede salvar a Turno, pues tiene el deber de su oprobio, pero puede saldar su deuda con él, mostrándole el exilio.

GUARDIA

Luego se ha remitido una tercera misiva.

DRANCES

Cuyo contenido se nos alcanza más o menos. Alcanzad vos al mensajero y matadlo en la secreta prisa de mi orden.

GUARDIA

Pero, señor, cómo descubrir su ruta.

DRANCES

Tan fácil como descubrís estas monedas en vuestra palma.

(Le extiende una monedas y el sayón, ávido, las recibe)

El único camino posible es por donde tintinen los cuchillos. No puede ser otro que el antiguo camino de las escabrosas purgaciones, casi vedado por la maleza y los antiguos cráneos. Por allí, a la mitad de una máscara, lo ha enviado el viejo.

(Busca en un cajón un pliegue)

GUARDIA

Difícil la ruta, señor.

DRANCES

Más difícil para vuestra impaciente víctima. Yendo delante de vuestra puntería, le lleváis ventaja. Que vuestro cómplice en el crimen sustituya al mensajero y lleve este pliego conforme fue remitido el original, son unas antiguas líneas del viejo, que serán actuales cuando las descifre el tonto de esta época. Mejor tributo no pude conseguirle a mi rara colección.

(Le extiende el pliego)

Ahora marchaos, no reptéis en el camino.

GUARDIA (con familiar solemnidad)

Señor, sólo mi destino se arrastrará en pos de mí.

DRANCES

Pues que no os ancle…

(Hace una reverencia y sale. Oscurece)

 

Escena 4

 

(En el senado. Murmuración general)

MNESTEO

Cloreo, esta sesión pinta mal. ¿No veis, varón, como ya la mayoría se mezcla con la minoría y en charlas menores?

CLOREO

Vamos, señor, desde que emplastéis vuestro coraje en defender los intereses que implicamos, empleáis sus dotes rezagadas en imaginaros peligros por doquier.

(Entra el rey, se acomoda en el solio. Todos en desconcierto)

SERGESTO

Callaos, mirad el rey…  qué hace aquí…

(Aparte)

Ah, dioses, que la oratoria de mis enemigos no perturben mis plegarias.

CLOREO (divertido)

Tenéis razón, Mnesteo. Esto pinta mal, mirad como han maquillado a vuestro rey, si no es mortaja el colorete… Este viejo viene a sancionar su despedida, no seáis sequito de su fin.

MNESTEO

No bromeéis así, que a sancionar viene.

CLOREO

La mayoría ya demanda lo que ha de venir, Mnesteo. Los ilustres nombres de los escaños, sucesivos por la casta del Tíber, ya no son partidarios de una herencia proscrita. Si va de prisa el viejo, su rabia se hunde como una raíz que no encuentra flor que lo distinga en ese sombrío paraíso. Lo curioso es que con tal poder nombre a su predilecto, mas no parece que un rey caduco cambie la suerte de su efigie… ¿Tembláis, hombre?

SERGESTO

Si vos también con temblores atináis en proferir palabras. Vos también sois un lampiño cobarde que lo encubre sólo el frío.

CLOREO (riendo)

No me sopléis así, que se me eriza la piel. Luego, como gallina, tengo plumas que afirman su luto, pues de lampiño no tengo un pelo que cortar.

MNESTEO

Callaos. Mirad que para desgracia nuestra, aún es nuestro rey. Ay, mirad, Cloreo. De cierto que no ha delegado nada a un usurpador. No veis, obtuso senador, que nuestra conjura está descubierta. Miradle el semblante, lo único que hace muecas de enfermo es el maquillaje del que os burláis, todo en él es serio. Está lúcido y es verdad que por primera vez la minoría reside en esta audiencia, pues no hemos escapado aún.

(Mirando en derredor)

Mirad como esos cobardes se vuelven contra nos.

CLOREO

Calmaos, no perdáis la compostura, pues así sí que nos irá mal…

SERGESTO

Ah, ya no bromeáis…

(A una seña todos callan)

ENEAS (desde el solio)

Muy excelentísimos senadores. Hoy me allego a vuestra buena fe y, en el ultraje de que fue víctima, busca consuelo mi indignación, también un aliado generoso con que sancionar la falta que nos abruma en un común riesgo.

MNESTEO (en sigilo)

¿Qué os dije?

CLOREO (también en sigilo)

Callaos, como no callará Drances.

SERGESTO

Sí, ¿no habrá escapado? ¿Lo miráis?

ENEAS

A vuestra sapiencia convoco en esta hora.

(Una pausa)

Un ardid infundió acá el favorito de mi antiguo afecto; a quien mi culpable inocencia juzgó mi sincero salvador. Condeno, como vosotros condenáis vuestro lastre, la culpa propia. Ciertamente mis auspicios era el nombre del que él, un temerario que ya no vale apodarlo por su bastardía, se pudiera vanagloriar. Su traidor orgullo me rescató de una muerte gloriosa para que mi gloria fuera acometida en el oprobio de su vileza. Como vosotros, yo fui engañado por sus falsos votos. No os abrumo, ni con mi propia culpa os abrumo, pero de cierto os digo que vosotros si debéis señalar a quienes os reclutara a una mayoría ínfima y ruin.

(Murmuraciones. Ya los senadores, desenmascarados, insinúan al trío de delante)

Hay hartas pruebas de cómo se obró. Un testigo, cuya más vívida locura haría recordar las faltas a sus cómplices cuerdos, se impacienta con absurdas canciones. En fin, la maña se ve como la costura de la mortaja predestinada para los conspiradores… la moción, sobra decirlo incluso, será revocada por el castigo que se le imponga a los de la urdimbre.

UN SENADOR

Señor, se nos dijo… se nos hizo pensar que os habíais adelantado a una naturaleza que se confabulaba en vuestra contra…

ENEAS

¡Delatad los conspiradores!

(Tratan de escapar el trío es detenido por su bautismo)

OTRO SENADOR

¡Mnesteo!

UN 3 SENADOR

¡Cloreo!

UN SENADOR

¡Y Sergesto!

TODOS

¡Muerte!

(Entra Drances. Murmuración general)

DRANCES

Señores, permitidme que mi tardanza recomiende a vuestra prisa que una acusación, así, en tal estado de desconcierto, os incrimina a vosotros mismo y aun a la probidad del senado. Paso, majestad, a explicar porque es conveniente que el senado conmute la pena mayor en la del exilio.

(Al senado)

Si os dais cuenta, estando lejos los propiciadores de vuestras dudas y debilidades, estarán lejos los pensamientos que os puedan instigar a una traición en el porvenir: lejos, pero cerca de recordaros vuestra virtud. Mirad que los hubisteis escoltados en una mayoría tan audaz como la de ahora. Sabido es que no podéis matar vuestro pensamiento sin que obréis en la estupidez, por eso os conviene que la sabiduría del conjunto  os aconseje alejar a estos cual más podáis sin tener presente ese minoritario recuerdo.

ENEAS

No tengo objeción, Drances, a vuestras virtudes. Por mi parte presido la opinión de que sean arrestados y echados a tierras de la que nuestro glorioso porvenir los echará también.

TODOS (enmascarado, unánimemente)

¡Sea!

(Son arrestados y conducidos fuera)

CLOREO (aparte)

Nada podemos declarar, pues peor será decir…

ENEAS

Estimados senadores, como sospecháis dilataré mi preferencia al interregno por un lapso, o simplemente la muerte suplirá mis funciones, no, por cierto, con la ineptitud que vuestro temores le han imputado a sus promesas.

DRANCES

En lo tocante al usurpador, majestad, senadores, es pertinente que una embajada, escoltada con celo, se despache al norte.

ENEAS

Vuestra prudencia merece mi asentimiento.

UN EMBAJADOR

Es justo que la misma revocación sea el heraldo.

TODOS

¡Sea!

DRANCES

Mirad, aquí viene quien ha de presidirla.

 

Escena 5

 

(Entra Numa)

ENEAS

Venid, Numa. A vuestra disciplina os será encomendado un séquito. Seréis servido para truncar las maneras de quien se oponga a vuestras maneras, ciertamente hasta un punto en que la punta de la espada os señale como irreducible la intransigencia del otro. Tened presente que habéis sido educado en las armas, así que, si se os hostiliza con ellas, con vuestra educación debéis ganar sus votos, aunque tengáis que ser inexorable con el ejemplo de vuestra espada. Ya mis juramentos os encomiendan y os distinguen. Quedáis bajo los auspicios del senado. Senadores, yo me retiro.

(Sale escoltado por sus ordenanzas)

DRANCES

Numa, Turno marchó a su más septentrional esperanza de tiranizar el reino. Desde allí, seguramente con un reducido número, se propone imponer lo que ya no lo liga sino al pasado. Al allegarse a las tropas de la ribera, quiere comandarla en ruina de nuestras costumbres. 

UN SENADOR (a través de la máscara)

Drances, señores, pero si Turno consiguió el favor de esas tropas, las que se les enfrenten, coaligadas contra él, pueden caer en el desastre. Turno, señores, ha obrado con el ejército lo más de su vida pública, qué tanto sabe en pos de mejorar sus ambiciones privadas.  

DRANCES

Desdeñáis que nosotros anticipamos sus aspiraciones y que somos hostiles a su vileza. Desdeñáis que nuestros generales educaron a Numa. Vuestras objeciones bien merecen compartir el exilio de vuestros cómplices. Señores, las tropas fueron movidas por la agudeza del rey, en un límite crepuscular en que tal eclipse rige el mal albur de Turno. Solicito a vuestro beneplácito que Numa dirija un pequeño ejército para su embajada. Siempre superior a los delirios de que la ruina de Turno pueda enorgullecerse.

NUMA

Las palabras de vosotros me demoran, señores. Abreviad, que mi rival no es demorado por el consenso de sus generales. Aun si vuestros acomodos proliferan en sofocadas dudas, os probaré que el rigor de vuestro verbo debe ser más activo, dado que mi espada hoy es aquello que más sobresale de la acción.

UN SENADOR

Partid, pues, protector y príncipe.

NUMA

Si se precisa que Turno sucumba en mi elemento, pues creedme, señores, que sólo su rebeldía puede privaros de que os traiga con todas sus partes a vuestro cabal elemento. En cualquier caso, vendrá a explicaros por qué calla.

(Se adelanta al podio y con la empuñadura de la espada golpea tres veces la heráldica de la guerra)

Que los dioses escuchen el sonido de la guerra. No me iré sin conferenciar con este tono.

TODOS

¡Sea!

(Sale Numa. Se desenmascaran los senadores, se disuelve la sesión. Oscurece)

 

 

Escena 6

 

(En una oscura estancia)

EL GUARDIA

Las flechas del travieso dios, no son tales, amigo. Si ponéis cuidado de cuanto se dice de él, os daréis cuenta que su ceguera lleva un báculo espinoso, a tientas se venga de los ojos que lo espían. Tiene un don escrutador, si lo sabré yo que he visto tantos ojos cuanto mal de ojos me han echado. Nos vengamos de su venganza al cambiar su nombre por uno opuesto a su veraz naturaleza, a fe que sí, y somos tan magnánimos al embellecer nuestros sentimientos. Una vez, amigo, una mujer, ya gastada por sus lances, y que por cierto me veía como un ciclope deforme, me picó el ojo de tal modo que su gracia me dejara ciego, y además de ciego no veía yo donde me rascaba cierta comezón que me hacía vislumbrar vestiglos por doquier. La mujer me dejó, pero obstinadamente le busqué hasta hallarle. Al verla otra vez, le dije:

(Declamando afectadamente)

“Vuestra maldad advierte su seña en mí.” Y a fe que estaba yo muy despechado, que por pecho me quedaba nada más que las tetillas, acaso sólo para amantarme de ellas.  Le dije, sí, recuerdo que le dije: “todas se muestran ariscas ante el asedio de esta cojera.” Señor, era cierto que andaba cojeando por doquier persiguiera yo una liebre; pues, por no pagarle a su matrona, apenas me salvé con la cojitranca renta de mi huida. En verdad no podía coger, a monte abierto, ninguna  doncella en regla de su fuga. “Venid conmigo”, le dije. Ella se negó, quería raptarla, pero al punto supe que mucho me pesaría llevarle a cuesta; así quise endulzarle los oídos, pero con tanta cera no le entraba miel. Sin embargo le dije, y se me figura que algo sí escuchó… le dije entonces…

(Ríe)

Que si ella comía los frutos de mis labranzas, cuando ya no le cojeara nomás a ella, le llamaría la inocente Eva de mis pecadillos.

EL CÓMPLICE (severo)

¿Por conocer costumbres extranjeras, vuestros cuentos han de descontar a nuestros dioses?

EL GUARDIA

Preguntáis mal.

(Ríe)

Yo no abjuro de lo innumerable.

EL CÓMPLICE

Cómo podéis jugaros así.

EL GUARDIA

Pero no apuesto más que a la puesta del sol, y creedme que no es una mala alborada este principio.

EL CÓMPLICE

Tan grande es vuestra maldad que sólo un milagro castigaría vuestras blasfemias. Cuidaos, mirad que los dioses son parciales en prodigios… Necesitáis observar con más decoro…

EL GUARDIA

Y vos necesitáis que un Juan del Leteo os refresque la ignorancia, dándole por nombre uno que ahora ignoro. No conocéis el mundo conocido, soldado. Debéis vadear el Tíber en pos de vuestra servidumbre; cumplir órdenes en la otra ribera. Servid aún más lejos, pese a que tengáis que cruzar los últimos ríos para llegar al Jordán.

EL CÓMPLICE

Tantos son que no sabréis cual cauce os ahoga sin ganar la orilla.[3]

EL GUARDIA

Esos ríos tienen sed de navegantes muy aguados.

EL CÓMPLICE

Callad… que con traer de vos puedo contraer también.

(Se echa a reír el guardia. Después de una pausa)

¿Hasta cuándo debemos esperar?

EL GUARDIA

Ya ha de venir, no os ocupéis más que de esperar.

EL CÓMPLICE

Ay, me duele el culo de perseguir en pelo el culo de un caballo, hermano del mío por afinar una cierta seña.

EL GUARDIA

Pero eso es mejor que si os doliera por haberos cagado en vos. Imaginaos que, si en lugar de ese tal amigo que llamáis, hubierais vos prolongado la interrupción del mensajero. Quién sabe si os hubierais salvado, pero advierto que la ira de Turno no tiene la leve “L” de la lira; de un tajo todo lo macula: tajos y tajos de impiedad.

EL CÓMPLICE

¿Y me lo anticipa aquél, cuya sevicia órdenes superiores alcanza a vaticinar?

EL GUARDIA

Bien vale que un cruel os hable, sin rudeza, de la crueldad.

EL CÓMPLICE

Igual tenéis razón. Y os agradezco que vuestros reparos me separaran de mi destino, haciéndole al del otro uno muy probable cuanto que verídicamente vivido hasta la muerte. Sin embargo, no hay sitio bajo este cielo a donde podamos escapar. Son muchas las órdenes en que podemos morir, tantas que sólo el miedo nos infunde el aliento de seguirlas.

EL GUARDIA (con una sonrisa)

De cierto que la suerte del esclavo a tan mal extremo llega que puede empeorar sin que así mejore nada. Calmaos, amigo. Si no tenéis paciencia, no olvidaréis nunca que vuestra falta os pesa en el lomo.

EL CÓMPLICE

No me habléis de mala suerte.

EL GUARDIA

Ni vos a mí.

(Ríe)

Mirad que puede doblarse con el revés de una moneda. ¿Cuántas os di? Espero haberos pagado conforme a vuestra suerte.

EL CÓMPLICE

No jodáis con eso. Mirad que también los ruinosos dados me tienen muy afligido.

EL GUARDIA

No os está dado sino eso. No os reís… pues quedaréis más vacío que uno de esos dados. Quedaréis en pelotas, y no habrá modo de taparos; aunque de una sentada esa señorona os truncaría con su misma parra…

(Ríe)

EL CÓMPLICE (con una sonrisa tímida)

Tenéis razón; esa mujer, con su sublunar medida, le mide una tumba al más vernáculo hombre de la comarca.

EL GUARDIA

¿Ya os la habéis raspado?

EL CÓMPLICE

¿Qué?

EL GUARDIA

Que si la habéis pasado por la piedra, hombre.

EL CÓMPLICE

No; es tan dura a mi cortejo que voy de luto y solo. Quién raspa a tan peliaguda mujerona; calva de canas claras aun por darle el afeite de peluda[4]. Difícil sería arrimarle un beso, si amenaza con que el cúleo os sienta merecidamente mal a vuestra rima. De cierto que os culebrea su ponzoña, si armáis labios.

EL GUARDIA

Igual vais contento de prodigarle un ósculo, allí mismo donde ya se os… ocurre que frunce ceja.

EL CÓMPLICE

No me caguéis con el retruécano, que ya el miedo me trueca el anillo en pujos. Cambiemos de lance, señor, antes que los vientos de ser esclavos soplen los clarines de una arenga. Ay, pero no… se me figura que hasta por cambiar de aire nos cagamos.

EL GUARDIA (abanicando su nariz)

Pues con el aliento vuestro, todo lo que dices vuelve al ósculo. Calmaos, hombre, y oíd, que a los cobardes hay que hablarles del tema que dominan.

EL CÓMPLICE

Ay, no me habléis más, que puedo oíros más de lo que me digáis. Pero, ¿qué os parece si enfrento a mi mala suerte, si con franco desafío le muestro cara? ¿Qué decís?

(Entra Drances)

DRANCES

Que os pongáis de acuerdo con vuestra mala suerte; llevarle la contraria será vuestra perdición.

EL GUARDIA

Señor.

EL CÓMPLICE

Señor, perdonadme que os hayáis movido a aconsejar a un esclavo.

DRANCES

Que sólo los resultados de vuestro crimen os perdonen.

EL GUARDIA

Luego seremos otra vez agradable a vuestros ojos, señor.

DRANCES (Al cómplice)

Bien. Bien. Tomad una porción directa.

(Le extiende unas monedas)

Ahora vos podéis iros. Vamos, largaos…

EL CÓMPLICE

Sí, señor.

(Sale)

DRANCES (aparte)

El crimen, perpetrado por las alhajas de un reino, es una belleza incontestable…

EL GUARDIA

¿Qué decís, señor?

DRANCES

Que el crimen es toda una joya. Una joya de verdad.

EL GUARDIA

Y una joyita también, mi señor. Los dioses saben cuanto trabajo da y a qué peligros se presentan nuestros dones.

DRANCES

¿Qué decís, tunante?

EL GUARDIA

Lo que vos mismo dijisteis, y la menudencia desde luego la padezco yo.

DRANCES

Sois grosero, pero tenéis que matar más enemigos con el oprobio de vuestra procacidad. Marchaos; os llamaré de nuevo, cuando demasiadas palabras retrasen mi ira, y, rezagado en el tumulto, tenga que ordenar apresuradamente…

EL GUARDIA

Seré puntual, señor.

DRANCES (le extiende unas monedas)

Tomad para que rentéis esperanza mientras esperáis.

(Sale)

DRANCES (balanceándose afectadamente, entre risas)

La gente afuera no se le está dado entrar, mas los de adentro disputan dentro y fuera sus dones, y las chispas rigen el fuego de todos. Los eclipses rigen cuanto velan, y su velo amortajará la ignorancia que se subleve. En un Monte Ida[5] labro este escaño, y en ida y vuelta ya conozco lo que prometo a espaldas de todos. Ah, dioses, vosotros sabéis qué trabajo da volver después de la ida al Monte Ida. Es duro, si lo sabréis vosotros. Aunque un esclavo confirme mi partida, ida es ya la ocasión del retorno. Ah, muerte, dioses. Muerte aquí, allá, muerte por doquier se alcen enemigos. A matar; a matar; a matar…  Son mis condenas por fuerza del acto. Otros os matan bueyes blancos, yo sacrifico a quienes con tales presentes no os complacen.

(Oscurece)

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A   C   T   O        V

 

Escena 1

 

(En el senado)

DRANCES

Señores, qué calamidades apuran mis palabras, siendo además los estorbos que también les atraviesan. El luto nos desgarra en los jirones de nuestra desnudez.

(Pausa, camina.)

El rey ha sido muerto.

(Desconcierto general.)

Segado por el vino de una mala cosecha, fue removido del alcázar y asesinado bajo una tempestad de cuchillos que obraba conforme el cielo parecía postergarse tormentosamente en esos cuchillos. Sayones acometieron la empresa por la cual se les ordenó un fin cuyo propósito extremaba ese fin, de cierto en potencia de una mitad infame. La savia de los hierros homicidas despuntan en flores, qué malos frutos anticipan si no se les trunca para honra de la espera. Pero, decidme por favor, ¿cómo honrar a nuestros mayores, cuando la vergüenza nos hace tan floridos? Sabed, sin embargo, que podemos rasgar de cualquier ceguera un resquicio clarividente. Mirad. Entre el bosque son torcidas aquellas ramas que trepan un horóscopo funesto, brotes apenas que volviéndose a sus raíces con fiereza le desarraigan. Sí, a Numa podéis acusarle de una sediciosa impaciencia que Turno no fue capaz de abreviar. Numa también quiere volver su espada contra vosotros. Hasta sus lazos le imputan el crimen, aunque ellos son cómplices de retrasar, incestuosamente, el castigo; corramos nosotros el nudo…

(Murmullos)

Mirad como un cercano vástago se vuelve contra el padre.

(Señalando la lámina que golpeo Numa)

Mirad como una viuda toma con sus manos sus propias manos. Mirad como el salvador de un rey usurpa la protección de que es objeto. Mirad, incluso, como hasta la concubina de un usurpador se escapa del condigno castigo. ¿No os dais cuenta que a este punto hasta las concubinas enviudan al margen de vuestra ley? Qué lista más extravagante ya excede los cortesanos excesos de reyes antiguos. Cierto, que yo invoqué todos los nombres de nuestras eras, que con la fe de vosotros también quise entender la divinidad de sus yerro, pero el colmo de una semana coronó en contra de los reyes… Pues mirad que la locura, la soberbia, la ineptitud, el adulterio y la sevicia son la heráldica bajo cuyo significado  se nos obliga a forzar una servidumbre de corrupción, ésta que no será nunca la heráldica de la virtud nuestra. Sabed que el número de tales crímenes no es nuestro lastre, sino de quienes por mucho hay que suprimir. De ser bajo el empeño de sus obstinaciones, pues que sus cabezas de tirano sean traídas en estacas.

(Desconcierto, murmullo)

Una sarta de cobardías, vicios y crímenes embotaron nuestra fe y hasta la redujeron a infames mociones que habrían de favorecer una serie hostil. Yo mismo creí que los reyes tenían la cabeza para llevar una corona, pero ahora veo que la corona siempre es una alhaja hueca y aun más hueca si se la ciñe alguien. A pesar de que seamos sus consejeros los reyes tienen por dinastía contravenir nuestra virtud y sólo se perpetuaran de ese modo. Señores, bien sabéis que con inocencia atenuamos culpas, que con consejos elogiamos violencias, que con virtud acatamos vicios, pero, ¿acaso no se nos engañó más que con intrigas con las ambiciones de una rivalidad bélica? ¿Acaso el glorioso ejército no era citado como si la historia militar fuera la oportuna cita de un rey artero? ¿No se os intimó silencio, vetos, votos o censura de ese modo? Pues apelo a esta pregunta, con todo el derecho que nos debe la historia: ¿no son los más de los reyes las taras que han revoloteado por doquier? No permitamos que las larvas de hoy prosperen. De cierto os digo más, senadores, no somos culpables de que aquellas culpas hayan de regir también nuestro dolor; tampoco somos culpables de que nuestra esperanza haya demorado inocentemente, pues una monarquía adultera usurpó sitio y se perpetuó en el vicio y en el crimen, tiranizándonos a todos por igual; pero, señores, incluso de esos solios podemos echarles. No porque apenas vivamos, menos penas debemos señalar en lo que sigue. Precisamos, pues, adelantar un nuevo régimen; decidido y perseverante, fiel a nuestra raza. Yo propongo la corregencia de dos varones probados, que se dilucide cada lustro por una verdadera mayoría, sin legar favoritismos ni descendientes. La plebe os dirá que dos hombres mandan y castigan con un promedio superior. Sean, entonces, dos hombres de virtud heredada, a cuyas estrellas compareceremos para llamarles por cónsules.

UN SENADOR

En todo no habéis dicho mentira y, tras tantas horas, ya es hora  de que lo veraz sea puntual a nuestra hora. La soberbia de estos reyes debe ser sustituida por la virtud de quienes proponéis; pero, ¿cómo?  ¿Con un ejército huérfano?

OTRO SENADOR

¿Y con el probable vencedor de una contienda fratricida?

DRANCES

Como sabéis las más de las tropas ya están cerca, a discreción del senado. Si preguntáis por ellos, ellos responden por vuestras preguntas. La única vecindad de esos dos hombres es su rivalidad, con lo poco que tiene sólo podrán anularse a término de la misma monarquía. Venga a vosotros el poder de que se mande conforme a lo expuesto.

TODOS (unánime y vigorosamente)

¡Sea, pues!

DRANCES

Pasemos a…

(Entra Lavinia abruptamente)

LAVINIA (casi en el sollozo)

Ah, rey, por vuestra inocencia, ya que no en vuestra ira, se os burló… Oh, dioses, ¿cómo, bajo vuestros escrutadores ojos, estos miserables son capaces de tentaros? ¿Cómo la infamia, desamparada por vuestra lealtad, a tientas quiere burlar los castigos de vuestros ojos? Mirad, dioses, hoy la viuda del rey es lacerada con báculos tan cojos y ciegos como los que los portan. Mirad como, tras la muerte de mi marido, ellos congratulan su porvenir de infamias. Mirad como, a espalda del legítimo Numa, se enorgullecen de sus terribles jorobas. El concurso los hará rivalizar en monstruosidades. La ruina sobreviene. Oh, dioses, ¿acaso por la ilegitimidad  de mis enemigos seré inmolada, antes de que mi propia  mano os rinda un verdadero sacrificio? Mirad mis cabellos plateados; se tornarán de oro, porque, al decrépito extremo de mis penas, quiero adelantaros un tributo…  Dioses…

(Camina y escruta a los senadores de repente estalla)

¡Infamia! ¡Infamia! ¡Infamia! ¡Infamia! ¡Traición! Sois demasiados para legislar nada, pues nada los dioses os premiarán. Ah, dioses, mi gemela Creúsa todavía no comparte su gemela… Venid vuestra virtud, que yo sea vuestra tocaya al menos…

(Volviéndose, lo apunta con el dedo)

Y vos, Drances, ilegítimo entre todos los turnos de un ejército… No, no, os disminuye mucho tu tamaño para que vuestra cobardía empuñe la espada…

(Se desploma al margen del podio)

DRANCES

Mirad una loca más. Mirad, señores, como los apéndices de una ruina pretérita aún persisten. Miradla allí, arrastrada, acaso como el séquito de sus ausentes. Mirad como la desesperación de que su propia raza se haya confabulado contra su orgullo, le hace revolotear sin ritmo. Alegraos de que ella es la última tara que hay que echar de aquí. No tengáis compasión ni le consoléis con el poder de vuestros cónsules. ¡Que su vientre seco, pero ponzoñoso, no inocule una prole en el podio de vuestro porvenir!

(Toma agua del podio)

LAVINIA (incorporándose con vehemencia)

Qué decís, falso. ¿Sois capaz de refutar con vuestro arte mis lágrimas, aunque vuestro futuro llanto ya abreva en las mías? ¿La sed que aplacáis también os aplaca la incertidumbre de morir envenenado? Cierto que hartas intrigas os sobran del repertorio, mas de cierto que esas mismas os sobrarán…  mirad que ya ellos rebasan el brindis de vuestro primer enredo.

(Drances deja de tomar el agua. Tira el vaso. Murmullos)

Aconsejasteis a mi marido un breve tiempo, y, sin duda a la lumbre de cuanto os deslumbraba, maquinasteis vuestra traición. Nada os hace menos culpable que Turno.

DRANCES (ya irritado)

Mirad como su mismo polvo pernicioso le irrita…

LAVINIA

Sí; ciertamente una viuda la puede amordazar el luto, mas el mismo dolor desató mis nudos.

DRANCES (a los guardias)

Sacadla de aquí.

LAVINIA

Decís mal, quien será echado seréis vos. Ni un cómplice os hará el rey que habéis envidiado… No es vuestro el mando, sino para indicar donde este tumulto pondrá sus larvas, las que os minen antes que los gusanos.

(El guardia y el cómplice se la llevan a rastras)

Sí; vosotros sois todos para Drances, minadle y acabadle, sed tan peores cual sois… limitadlo con la misma vara que os dio, antes que con ella se labre un cetro. Ah, Numa, volved vuestra espada… Hijo, matad, matad, con la impiedad con que seré destruida y entonces la muerte no me agriará como ahora.

(Salen)

DRANCES (temblando de rabia)

Callaos a esa mujer. Es una orden… del rey.

(Desconcierto en el senado)

UN SENADOR (adulante)

Señor, nada más a una provocación hemos de convenir vuestra ira, pero el consorte de esa señora ya no castiga la imprudencia…

(Murmuraciones, ya algunos senadores le acusan solapadamente. Entonces uno más resuelto)

OTRO SENADOR

Mirad el semblante,  ¿no os figura la resurrección de un tirano y un cobarde?

DRANCES

Callaos vos también, o por primera vez, en vuestra carne, emplearé el filo de mi espada.

(Desenvaina. Larga pausa: el desconcierto es abrumador. Entra un senador)

SENADOR

Señores, estoy tan pálido como la máscara que solloza entre mis dedos. Entre temblores reunidos caen sus lágrimas. Allá fuera una mujer fue afrentosamente inmolada, casi en el mismo pórtico del senado se le desfiguró. No sé si vuestras canas le han condenado en complicidad a las de ellas… Ay, mas sólo las canas, que punzantes sobresalen de las heridas, demuestran su edad o sus tormentos. Señores, a la vista de muchos, el cadáver fue vengado por los guardias del funerario Eneas. Ya quizá los rumores partieron enardecido por la vileza de la plebe. Ah dioses, la muerte del rey ciñe corona por doquier… y cualquier insensato puño alza su cetro. 

SENADOR 2

Una mancha de sangre macula el estribo del caos… Oh, dioses, a qué mala regencia castigáis anticipadamente.

(Desconcierto general se disuelve la audiencia)

DRANCES (En vano se abre paso, es apresado por muchos)

Quitaos; no quiero más vuestro séquito adulador.

(Todos sobrecogidos. Aparte)

¿Es ida o vuelta esta salida? Si es Ida, reino, y el relámpago es mi báculo; si es vuelta, ya llego para ahogaros como un diluvio… ¿Copero, que servisteis el agua de Ascanio, besáis mis labios delante de estos?…[6]

OTRO SENADOR (Aparte)

Oh, penates, la calamidad es, al tiempo, nuestra casa y la mazmorra de los protervos… ¿A quién aprehender, qué aprender para mandar? ¿Y las tropas? ¿Fuego y espada?

(Oscurece)

 

Escena 2

 

(El campamento de Turno)

VOLUSO

La carta que trajo ese hombre no parece refutarla su cadáver, que hasta con malicia se desvive en parecérsele tanto, señor. Mientras más le torturábamos, más nos insistía en que él sólo había revelado un turno anterior. Ningún indicio nos hace alcanzar una noticia fresca ni las circunstancia de este viejo pliegue. El rey parece haberos desarmado con vuestro pasado glorioso. Juzgó que cualquier gaje de su decrepitud era de más ventaja que la lealtad de sus años anteriores, luego apeló a esta vieja noticia que vuestro brazo con empeño formara para la posteridad. No hay mucho que hacer en la ribera, señor, el viejo habrá ordenado que no se dejara en el campamento ningún despojo del que no sirviésemos en pos de la espesura. No es dudoso que Numa sea el favorito para romper la tradición del senado. No es dudoso que se le encomiende enfrentar nuestras huestes y acaso aplastarlas con las tropas de la ribera. Como general que os escolta en este trance, os recomiendo que negociéis directamente con el senado. Que evitéis reñir con Numa. Nadie os puede probar los cargos que se sospechan. Si volvéis sin desacato, tal vez no tengáis que acatar intrigas para que se confirmen luego.

TURNO

No, Voluso. Sin duda los cómplices de Drances fueron descubierto y, tras ellos, el mismo Drances. La facundia de ese miserable no le serviría sino para delatarme detalladamente, acaso para de ese modo dilatar su muerte. Sólo mi temor ora para que alguien halle salvación en ese mapa de horrores. Si os soy sincero, y os soy sinceramente, creo que se haya suprimido a uno que otro senador. A la luz de este desorden sólo puede reinar lo sombrío y no la fulgida corona de Eneas. Las tropas ya velan cerca del reino, su recogimiento linda con la urgencia de sofocar revueltas. Ningún número importante se le dará a Numa, ellos saben que hasta con la avaricia de sus pleitos anularán mis huestes. Si me vuelvo contra Numa puedo ganar sus hombres y mientras más me acerque más se unirán por fuerza de mi espada. La única salida que me dejaron es la más honrosa. Traspondremos el umbral, general Voluso.

VOLUSO

Aún somos pocos para encarar el mínimo riesgo que le atribuís a Numa.

TURNO

No, mi querido Voluso, pues vais a reclutar algunos labradores.

VOLUSO

¿Labradores?

TURNO

Con los aperos de Marte honraremos a Ceres y con las púas de Ceres honraremos a Marte. Luego, reciproca será la prosperidad.  Sí, mi querido Voluso: labradores; ellos os enseñaran las virtudes arduas que han menester para una buena cosecha. Estas tribus del norte hienden la tierra que todo lo traga. Bien, los reuniréis por múltiplos y le instruís con la disciplina de lo urgente. Allá en los prados de aquel valle los reuniréis a todos. Ya sobrevendrá el tiempo en que la combinación con mis soldados sea regida por mi estrella.

VOLUSO

Como dispongáis, Turno. Mirad, aquí viene Cora.

CORA

A vuestro consenso sumo mi voto, señor.

TURNO

Voluso, exponed lo que os dije a nuestro buen Cora. Llevaos y explicadle. Necesito disuadir a mis dudas mientras volvéis. Id, queridos generales.

CORA

Señor.

(Salen)

TURNO

Otra vez esos sueños me recuerdan que no conviene dormirme en mis planes. Si los signos que me horrorizaron en la comodidad de la intriga, y que ahora en víspera de la batalla me despiertan, al fin llegan, bien valen, pues, haberlos soñado. Bien vale la preñez de aquel caballo funesto, Camila, pues allí, en el seno de su ingenio oscuro, bien soy hijo que solo no logra saber su linaje.[7] Encabezando la lid de muchos, pondré nombre a mi tierra así derruya todos los linajes. No temáis, Camila, que donde os visteis está sólo vuestro retrato; sois testigo de mi gloria, por eso fuisteis llevada por la imaginación de vuestra gloria. Ay, sin saberlo la doble efigie de Camila dicta una suerte única, que es inversa al sobresalto: los fuegos de sus augurios alumbrarán los atajos de mis antorchas. El escondite del ardid, delatará a mis enemigos y el mar sin amarras reducirá a desertores en el ardor de procelosas olas. Lejos estáis, Camila, de la batalla; cerca estoy yo de mi destino, luego no se predice un revés, pues al revés lo confirma también el espejo, y a dúo nos juntaremos como doble sean nuestras suertes. En el sueño se sueña y en vela se alumbra, mujer…  Ah, mirad, Turno, que rapaces nubes la despluman el cielo. Toda forma la desnuda la esencia. Todo va bien… Ya la fría brisa entibia su fragancia. Respiro, sí…

(Inhala profundo)

Mi voluntad es posible en mis medios… y lejos de mí mismo ya estoy tan cerca de ella. La muerte de quienes topen mis tajos, terminará en mi espada. Sólo eso he de decir antes de que lo dicho prospere en el acto. Respiro… y a nada, que a medias consiga su punto, nada la nariz que me adversa… Pero, ¿qué respiro nos deja la muerte si con todo nos abruma? ¿No se mata a quien a muerte perseguimos? Ah, ¿escucho la voz de vos, mujer, al aire insolvente difundida? No os mováis, Turno, que ningún ardid descubra la espera.[8] No, apartad estertores ajenos de la brisa venturosa que aviva vuestras velas, Camila respira en mi blando lecho. ¡Que la enojosa tos, pues a eso ha de compararse lo que ya se atraganta, obre sólo en gargantas de rivales clarines!

(Hincándose)

Miradme, dioses. Que mi voluntad os mueva a justificarla. No estoy lejos de vosotros, pues heme despierto con el ojo que os guiña. Empuño la espada con la intrepidez con que empuñaría el cetro. Miradme en esta colina; si en lo alto respiro, alto me prosterno para vuestro altar. Mirad que celosamente disciplinaré el insomnio de mis hombres. Ah, dioses, con los adioses de mis enemigos siempre os tributo. Estoy sobrio, y sobrio os he de sacrificar el animal más raro que soñé en equilibrio cruel, que el desnivel de vuestro agrado inclinen la balanza a mi favor. Dadme el nombre con el que me teman mis enemigos. Dadme el heredero que llame abuelo al reino de mi vasta tierra y no a mi incierto origen. Ungid mi frente, que de frente os honro y defiendo siempre.

(Se levanta)

Sudor acudid, pero sin perlar un llanto que no sea ajeno. De cierto os digo que ajeno es mi prójimo. Venid, Numa; recadero, traedme mis tropas…

(Entra Voluso)

VOLUSO

Señor, antes de que Cora fuera a reclutar a los labradores, unos principales del labrantío acudieron a nosotros con una mujer lacerada y aterida. Al parecer se le halló entre una zarza y un abrojo que disputaban sus heridas con fiereza. Los jirones tienen la urdimbre y elegancia del reino. Puede ser una fugitiva del desastre, o una embajadora de un caos que os aclama y os unge.

TURNO

Traedla, hombre…

 

Escena 3

 

(Entra un soldado con Camila en brazos)

TURNO

Oh, dioses, la ráfaga de una vehemencia senil en vano embotó los relampagueantes augurios de una mala noche. Con qué obtusa ansiedad el gozo de entrar en batalla, de rendir a mis enemigos sin los promedios del senado me enmascaró como una trampa ciega. Qué se puede hallar en la oscuridad de una máscara sino la certidumbre de un mal presagio. Oh, mujer, no podéis ser una fugitiva del desastre, pues de él no habéis huido aún. Ciertamente sois una embajadora de un caos que me aclama y me unge, aunque adversos sean sus óleos. Dejadla entre el rocío, entre las perlas de mi llanto, que la hierba fragante crezca para su alivio.

(El soldado la deposita en la fragante hierba y sale)

No veis, Voluso, que es Camila. Las ponzoñas del camino le azuzaron a un incierto rumbo, en su misma piel marcaron el infame mapa que habría de recorrer toda la noche… Miradla, ya ha encontrado el rey de estos parajes, embriagado en su vano regocijo, pero el incestuoso dolor ya me destrona.

(La toma en su regazo)

A qué enviudáis, sino a mi imprudencia; lo único legítimo que os desposó…

VOLUSO

Turno, aún vive. Miradla, para venir se ha salvado y no está lejos su porvenir.

TURNO

Vivís criatura, pero la muerte os cela como me hubisteis celado a mí.

VOLUSO

Turno…

TURNO

Si el fuego, que alumbra la fuga de cuanto no escapa a su tiranía; si el látigo, que restaña sin la rectitud del fierro… ay, si una roma ciudad, que también es mellada por las disputas de los dioses… si eso y más lo juntáis en un tesoro ventajoso con que el ardor de mi brazo puede imponer el orden tras una orden apenas… no, no, yo os digo que esta mujer que muere, para cuyo sueño viene a dormir a mi lado, os contradice sin renunciar a su desventaja… Tan lejos llegan los moribundos de un fratricidio y aun por cerca no podemos sanar a los más audaces. Criatura mía.

VOLUSO

La monarquía es vuestro cómplice en la venganza, entre la ruina de todos los linajes podéis regir con el título que la redima.

TURNO

Iros, general, la venganza será mi estrategia. Una moción nos aguarda. Reunid vuestros hombres entorno a vos, cual rápido he de hallar séquito en mi cólera.

(Sale Voluso. Aparte)

Les impondré un reino, desde este norte de labranza hasta el sur de quien me mate…

CAMILA (despertando)

Oh, señor… Apenas escapé… El látigo que dejé, mucho más atrás de cuanto huía, en mi dorso, que es la memoria, todavía restaña… ah, la espinosa noche punzaba mi fuga, cuánta savia en derredor se crispaba en hojas fantásticas… cuántos insectos en trémulos coros voceaba mil himnos. Ah, los arroyos prosperaban en las raíces de mi fuga… Ah, el agua, el rocío, las flores de silvestre luto eran menos amarillas que el pálido amanecer… ah, señor, aún no os habéis ido, aquí estáis…

TURNO

Mujer, seguiré con vos…

CAMILA

¿Habláis de veras? ¿También en mis delirios profetizáis? Mas mi mal sueño es vuestro segundo enemigo. El segundo en crueldad, el segundo en naturaleza, pues aun por insustancial no pude quemarlo con mis desvelos.

TURNO

Mujer, fue mi mal sueño el que esclavizó al de vos, el que lo subordinó a una servidumbre impía. Principal es el linaje de mi albur.

CAMILA

Que vuestras apetencias no se atribuyan la vileza de un traidor. No, no, no, señor. El bocado que llevéis a vuestra boca es el fruto del arado de Marte, vuestro apetito no ha usurpado los prodigios de Ceres, por eso no os instigué nunca. Fue Drances, mi señor…  Fue Drances quien compitió con las llamas de mi espejo, usurpando la luz de ellas, las rebasó en la sombría premura.  Ningún toro blanco dejó a vuestro porvenir, sólo los animales de vuestro mal sueño, para cuyo sacrificio sólo deben nacer los infames. Si blanco es el lomo que deja para vuestra carga, es para arrear su puntería.

TURNO

¿Qué decís, mujer?

CAMILA (sin parar un punto, jadeando)

Que el mismo hombre, cuya voz se enmascaraba en vuestra resonante voz… ay, también con las máscaras de mis celos, pudo engañarme… Fui llevada por la locura que me imputaron, fui castigada sin que ningún látigo emulara vuestro desdén. Fui interrogada por el mismo Drances, que en turnos diferentes (pues os asemejabais a imagen de su timo) obraba contra vos. A menudo hablaba del nieto… No fue hasta muy tarde que distinguí, en un bordado de su túnica, la voluta de su voz, la misma que por separado nos había confundido. Mientras vos, mi señor, partíais al norte, él me señalaba el mapa de una morada ignominiosa, a la que acaso furtivamente vos me le habíais sugerido. Creí en el infame… Oh, mi señor, mejor me hubiera dormido hasta al amanecer, coleccionando sueños raros…  Creí, y por el falso credo perdí mi fe en vos, los celos escoltaron mi ira hasta al altar… ay, cuanto infortunio sobrevino. El me dio un paño para que mis lágrimas entintaran la urdimbre con mi sello… y ese paño, con los pétalos distintivos de su infame túnica, contenía los incesantes recodos que me haría descubrir su perfidia… Ah, laberinto… Miradlo, aquí lo traje… lo salve entre mis jirones, como la cruz del bordado que marca el ombligo de una nueva fe…

TURNO (tomando el pañuelo)

Oh, Leteo, que vuestros rápido no demoren conmigo. Borrad este perfume que destila mi memoria… Ay, Drances, tras vuestro renombre, perfumasteis mi nombre con mi propia vanidad. Miserable, también habéis delatado a mi inocencia… Camila…

CAMILA (delirando)

Ay, Drances, que la delirante fiebre de un reino atroz os abrase ceñidamente, tan ceñidamente como se congratulan los monstruos de vuestras pesadillas… que la ruina de vuestra casa sea el único refugio casero… Muero, ay, muero… señor, perdonadme, que no os haya instigado. Entre Ceres y Marte la intriga se ha de combatir con púas…

TURNO

Que estos rubores, cuyos pálidos rescoldos prosperan, aviven vuestra vida…

CAMILA (Cantando con una voz que se extingue)

¡Adonde una verdad fácil engorda

La mentira ojival tallas nos borda!

Así, pues, diligente costurero,

En el sitio vestisteis la traición.

Mas los ojales, mis sepultureros;

Mas alzada aquí, invicta la porción…

(Muere)

TURNO (absorto)

Habéis venido para, con vuestro sueño eterno, en vano conmutar el anterior. Pero el verdadero culpable, que se adelantó a los adversos designios, se rezaga. Ay, mi espada nunca huye, sólo torna para matar, o moriré, pues, si he de rebajar la pena común de nuestro insomnio, Camila… Criatura…

(La toma en brazos y la deposita a la sombra de una vid)

Acá, a la sombra de una vid, sobre hierba más fresca, rodeada de flores apacibles, dormiréis sin los monstruos del sol, ni el ocaso ni el alba perturbarán vuestro cenit con su riña. Tampoco las fiebres de soldados muertos entre los raudales de su sangre mancharán vuestro túmulo… Miradla, Turno, el espejo nos engaña siempre, pues en él vemos que dudamos siempre. Ninguna pregunta es cierta pues el porte del asedio viste la talla de quien inquieta con preguntas… Luego, ¿quién os responde con vuestras arrugas? ¿Quién os muestra el fuego cuando crepitan nuestras cenizas? Qué soñasteis, mujer, sino lo que os duerme. Dormís, ahí os miro, y temo abandonaros otra vez. Temo perpetrar otro infausto incesto a espaldas de vuestros lazos. ¿Qué ministeriales celos, desconocido por mi celo, aun con la última chispa de una pesadilla prenderán otra ciudadela amurallada?

(Entra Voluso azaroso)

VOLUSO

Señor, son breves los funerales en la guerra, mas en breve plazo conseguisteis un túmulo sin que enemigos le profanaran. Ahora es justo que tornéis en cólera vuestra pesadumbre, y así administréis un porvenir glorioso. Debéis apuraros, pues ya Numa siega la incipiente recluta antes de las espigas, con sorpresa su embajada cae de los montes, y sus insignias no promedian términos entre un grito y otro.

TURNO (Se levanta)

Tomad vuestra espada, general… El consenso de tantos malos augurios, que acaso disputan puesto en un senado, tiene que dejar la tierra sin ley… en ella regirá el despecho nuestro. Matad, matad, Voluso… En el desastre, matad…

VOLUSO

A cargar pues, que los moribundos refrescarán la lid de su rey…

TURNO

Matad…

(Oscurece)

 

 

 

 

 

Escena 4

 

(En el valle: heridos que agonizan y muertos en moribundas poses. Cora con un mínimo de sus soldados. La escaramuza Palante la  decide rápido)

PALANTE (a sus tropas)

No matéis al principal, que sois de en un orden el matador de otros muy parecido a vosotros mismos. Dejádmelo que yo lo inmole, sin que se tenga que sacrificar el mismo. Vuestras armas serán mías, Cora…

CORA (arengando)

No sois hombres de labranza, y habéis aniquilado a quienes os hubiera tributado vuestra hambre… Matáis por gula, moriréis hambrientos.

PALANTE

Callad. Armabais contra la monarquía, ¿y por no cuajar ventaja ahora sois promedio de vuestras dudas? ¿No me digáis, insensato, que con vuestra espada ibais a cultivar la deletérea vid que se serviría en el alcázar? Ciertamente no tenéis la savia del sosiego, por eso seguís al belicoso Turno. Lo único que aún os cuida es la mortalidad que más se le antoja a mi espada.

CORA

Palante, en fuga siempre habéis sido muy adelantado si así me enfrentáis caeréis para mi espada.

PALANTE

Mirad cuántos tocayos vuestros reposan a la vera de la mía. Ya os llaman…

(Riñen brevemente)

PALANTE (hiriendo a Cora)

Aunque por vuestro apodo.

CORA

Ah, dioses, que me habéis llamado para la guerra… ahora inclináis el nombre que troncha mi servicio en campo anónimo.

(Cae Cora. Entra Numa)

NUMA

Palante, ya no le quedan huestes en el altar de su infortunio… Mirad, que allí baja…

PALANTE

Con tan exigua fiereza, parece que las huellas le persiguen.

NUMA

No juzguéis la ruina de una espada hasta que de cerca la venzáis. Mirad que, aunque Turno no puede multiplicar un ardid con sus escoltas, quiere ganaros vuestra admiración… Y si en tal gana, os vence.

PALANTE

Igual es como si ganara con la efigie que habrá de acuñarse en vuestro nombre.

NUMA (Arengando)

Ved al hombre que a tientas busca vuestros ojos…

(Oscurece)

 

Escena 5

 

(Entran Voluso y Turno en un extremo de la escena, una breve escaramuza; la fiereza de Turno y su general anulan la primera carga de Numa)

VOLUSO

Señor, con tal fiereza, ¿y nadie se nos une? Son leales a la cobardía; en ella no los hieren, sino los condecoran…

TURNO

Callaos, Voluso… Id contra Palante, si vuestra carga no desmaya contra tanto hierro, él se desmayará a vuestros pies; con la muerte de los jefes la turba se decide. Duro, Voluso. Ya sin la imaginación de la esperanza, ningún mal augurio podemos temer.

(Voluso emprende la acometida, mas a mitad del escenario Cora, moribundo, de un tajo le hiere)

CORA

Vos, gemelo mío, si sois digno de ser mi tocayo…

VOLUSO

Ay, vos, Cora… me herís para matarme…

(Palante revierte el pánico y entra en el otro extremo del tablado, anulando las huestes de Voluso)

TURNO (a viva voz)

Ay, insensato, ¿no contabais que vuestros generales dormían en el mismo sueño?

(Los soldados entran en pánico y se evaden, otros se vuelven al bando contrario)

Decidme, ¿qué sueño, con sus giros de fratricidas augurios, no tenía por común dormir? Ay, General, de cierto que el mosaico que ciegos uníamos lucía mejor inconcluso, cuando menos había la esperanza de no terminar…

(Entre Numa resueltamente, Palante lo secunda. Los soldados de Turno)

NUMA (aparte)

Palante, una derrota intermedia no mengua mi ventaja.

PALANTE

Mirad, aquí lo tenéis, mi rey…

NUMA

Dejadme con él, Palante… Al fin os doy caza, usurpador. Lástima que no os haya de juntar con vuestra presa… ¿Supisteis que la azotan por ser la concubina?

TURNO (blandiendo la espada)

Venid, muchacho. Ya el blanco día contó mis horas hasta el luto, antes el blanco que presentéis lo tornaré rojo… Vos, solo… contra mí.

(Turno se abalanza contra Numa. Riñen ferozmente hasta que Turno pierde la espada)

NUMA

Según cuentan mis maestros, nacisteis de un difunto, y con el  mismo hierro os sacaron vivo…

(En vano turno trata de recuperar la espada, Numa la aparta con la suya)

Aunque desde temprano nunca tuvisteis rezagado de la espada, ahora llegáis tarde a la espada. No tendréis sino el candente sello que otro ombligo os apresure y por previa la preñez que os prolongue un túmulo…

TURNO (aparte)

Oh, al fin me cazasteis destino, al fin me acorraláis con vuestra ceremonia. Ya enviudaréis, Camila, cuando me veáis otra vez en vuestros lazos…

NUMA (acercándose)

Ningún embajador puede demorar este término. A ninguno he confiado el promedio de mi rabia. Es por fuerza de mi espada que me abro paso. Vuestra espada sólo os sirvió para tentar el camino de la ruina vuestra, la tronché a la sazón de ser vuestro báculo. Huid, pero vuestra cojera renqueará hasta un sitio infame.

TURNO

Soy hombre de espada. No aparto mi carne de quien me venció. Los dioses os han premiado por primera vez, muchacho, pero la primera no será la última y la última será también el castigo. La incertidumbre finalmente os reprimirá con todo su orgullo.

(Mirando al vasto cielo)

Ah, nada dejo que pueda indemnizarme; ni el mismo apodo que me impongan mis enemigos me aludirá en la posteridad más infame. Ah, dioses, a vosotros no consagro mi muerte, sino a la rivalidad de mi origen, pues de ella también deriva mi desgracia, y aun por ella moriré sin hallar sacrificio que me salve de mis garras…

NUMA

Callaos, hombre. Habláis mucho, ya sois político de vuestra postrer nulidad. Ay, Turno, llegó el turno que temíais; sólo esta vez seré quien os mate. Tres veces os he llamado; contestaréis en el infierno.

TURNO

Vuestro turno será sólo para vos…

(Numa lo decapita)

NUMA

No moraréis en el adusto alcázar, sino en el incierto fango, de esa conjunción fuisteis hecho, a ella tornaréis.[9] Palante, reunid nuestros hombres. Ah, mi querido Palante, haber conjurado a un usurpador en rebeldía, me ganará el favor del senado. Lo demás lo ganaré sin siquiera su socorro. Una alegría sobrecoge mi ambición. Como sabéis, mi abuelo, esclavo de su decrepitud, ya no puede atestiguar los hechos más vivaces. Así que son otros para los cuales intimo el testimonio. Incluso sin precedentes que me auspicien, el senado me elegirá interregno. Y creo que yo me elegiré según mi credo. Venid conmigo. Venid, sois de mi séquito. Marchemos, pues, y traed la cabeza en una estaca.

PALANTE

¡Sea!

NUMA (aparte)

Laureles que como espadas defenderán mi suerte.

 

FIN

DE “EL SENADO”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se terminó de imprimir en el mes de agosto del 2006, a riesgo del autor. Si encontráis rimas hostiles, redundancias ociosas, incoherentes desinencias y concordancias sin cordura que la liguen a su tono, además de un proclive etcétera más profuso que prolijo, es justo que cotejéis el inventario a la pereza de no reparar cuanto llevó 21 días colegir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Especie de langosta terrestre, de tamaño superlativo a lo común.

[2] Divinidad concedida.

[3] Todos los trances fluviales (remansos y ríos) del Infierno grecolatino. Aqueronte, Cocito, Estige, Leteo, Flegetonte, etc.

[4] Difícil, escabrosa.

[5]  Se refiere al Monte Ida de Creta. lugar donde nació Júpiter.

[6] Aquí la dualidad de Júpiter troca en el trastorno de Drances. El Monte Ida de Creta, donde se crío Júpiter a espaldas de Saturno, se confunde con el Monte Ida cerca de Troya, donde el mismo Júpiter llevó a Ganímedes tras haberlo raptado. El vino que Ganímedes escancia, como copero del Olimpo, turba a este raptor (Curia y Olimpo).

[7]  Como Telémaco, hijo del urdidor del caballo, el linaje se oculta en el vientre del ingenio.

[8]  Mientras los hombres, en el seno del caballo, esperaban su punto, Helena, imitando las voces de sus esposas, llamó por ellos: cada nombre del ardid instaba, por fuerza de la ansiedad, una delación en vano.

[9] Corolario de todas las referencias bíblicas.

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