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sábado, 17 de enero de 2026

RELACIONES EXTERIORES DE UN ANTROPÓFAGO


Excelentísimo Canciller de ***, escribo según la fe con la cual escribo, y se prolonga mi voluntad en asistencia de esta ocasión ilustre.

Glorifico a su nación entre el concierto de las demás naciones. Bendigo a su nación insigne que ha dado al mundo un ejemplo bendito para los siglos por venir. Antorcha clarividente han sido sus luces entre todos los avatares que afligen a la humanidad. Sus ciudadanos han poblado una porción del globo aun para salvación de las demás criaturas, y así yo me ufano de abrazar lo que me es ajeno y según su orden también privado. Sepa, Excelencia, que mis deseos me ungen en su misma medida. No hay trance que no arrostre con patriótico entusiasmo en pos de su honorable nación. Serviría en la guerra como en la paz, y en cada una de las dos serviría con el mismo ardor y valentía que lo hiciese en su contraria, acaso porque la humanidad invoca vuestros vigores según una esperanza que debe perdurar invicta.

La procedencia de este pliego tiene la misma sinceridad de su origen y me compromete sin desmayo de mi condición. Le escribo en ***. Lugar desde donde se han seguido vuestros códigos para educar a nuestras leyes, acaso para educarlas muy a pesar de nuestras licencias y costumbres. En lo que a mí concierne, soy un prestigioso ginecólogo que lo ha iluminado esta ciencia, como alguna vez me alumbrase una madre iluminada. Este renacer en la gracia de las demás mujeres, me ha encandilado de tal forma que aprecio la belleza que apenas tiene este mismo origen.

Lo que voy a pedir de su nación no es un sacrificio para aplacar los deseos de un orate, que así se atribuya una aprobación excesiva, pues mi apetito no es menos espiritual que aquel que un ayunador ve en su régimen piadoso, y por lo mismo sólo puede concebirle una mente equilibrada, cuyo sostén le impone plazos que en el tiempo deben convenirse. Por otra parte, nunca me atrevería a elevar a su Excelencia algo que le horrorizara por ser, además de impracticable, inmoral. Contravenir los más civilizados preceptos que desde siglos rigen su nación sería sucumbir como un inacabado engendro. De tal modo no tendría jamás que ruborizarme al pedir de vosotros lo que es un orgullo aceptar de vuestra parte.

Sucede, Excelencia, que la carne tierna y firme de una doncella es un pábulo que las tradiciones me impiden, sin que siquiera haya dado con un interlocutor al cual confesar razones de una profunda meditación. Sé, como aquí Vd. puede leer, que sus buenas costumbres escucharán mis demandas para reformarlas o en definitiva censurarlas cuando éstas se desvíen de lo noble. En este punto, Excelencia, puede sugerir acotaciones internacionales, que tal vez desconozco en mi afán, o tendría su Excelencia el carácter y la facultad de obligar mi delación frente al escarnio de naciones que no sin barbarie aplicarían el castigo condigno.

Antes bien, es justo que yo dilucide mi sagrada ambición, desde luego que apelo a la elocuencia, sin apartarme de ningún juicio que haya menester confirmar de parte vuestra. Dije doncella, una joven mujer, que debe ser de esta parte del linaje humano, en tanto yo congrego mis razones en el complemento contrario de una progenie universal. No es porque sea mujer, sino también porque soy hombre. Naturalmente que un sentido inverso hubiera sido igual de activo, siendo yo quien desde otra mitad conciliara este apetito. Apetito que es transferible a cualquiera de los demás grados de esta misma paradoja. Tampoco es porque simplemente sea joven, sino porque a cualquier edad se sabe que la juventud es la potencia de la vida. Y desde luego tiene que ser una doncella de una belleza incuestionable. El gusto de mi profesión me lleva, por evidencia del misterio, a escoger según este atributo, hasta el punto de que evito urgencias de otro cariz. No quiero decir que haya faltado a mi profesión, en tanto por ejercicio de mi profesión he escogido siempre un reposo merecido. Por último, jamás me atrevería a comer a ninguna criatura que quiera sobrevivir más allá de está voracidad. No es un laberinto el que me azora con sus recodos, ni tampoco en el sacrificio ciego impondría términos egoístas, sino siempre compartidos.

Dicho todo lo anterior, me vuelvo a dirigir a su Excelencia. Por gajes del mismo aprecio que tanto me conmueve, escogería el pábulo entre los habitantes de su ilustre nación. Una muchacha tan hermosa como así lo refleje una salud impávida, sería lo ideal, y no es descabellado intuir que si a dicha mujer se le dice que un hombre quiere comérsela, al final ceda justo por tener ya pocas ilusiones sobre la gastronomía en general. Sin embargo, tal ocasión sin duda es muy poco probable, pues el miedo, que es un resorte escandaloso, la haría huir para vergüenza de su nación. Así que puede ser una muchacha que, desesperada por un final inminente, quiera sucumbir antes, cualquiera sea el procedimiento que así se califique. Aunque es de mi exigencia que se procure, eso sí, una con una enfermedad no muy desarrollada en su extensión mortal, porque puede darse el caso que los tumores me indispongan a pesar de la ambrosía. También he pensado que una muchacha, digamos con algún desequilibrio grave, puede preferir al fin un medio que la comprenda, aunque sea una digestión para no dejar sobras. Por lo demás, estoy dispuesto incluso a que vuestra mesa me fije cualquier receta especial.

Se preguntará Vd. por qué elegiría mi pábulo entre todas las criaturas de su nación, sucede que las razones aducidas antes me conminan a no flaquear en ese patriotismo. De todas las demás naciones extranjeras no me fío, no sólo porque poca tolerancia tendrían ellas para contener sus instintos salvajes delante de mi inocencia, sino porque no les considero nunca mis iguales. Se preguntará, sin embargo, por qué no me dirijo a mi gobierno en primer lugar. Se preguntará por qué aparentemente desespero al margen de mi propia carne. No es porque hayan rechazado una propuesta que, dicho sea con verdad, sólo su Excelencia y yo conocemos. Es por cierto tabú que, sin residir en el rechazo de esta dieta, prohíbe mis ambiciones por fuerza de una hermandad irrevocable, como pasa con el incesto carnal. Comer a mis compatriotas sería un modo de devorar a mi apetito a través de un acto que me agriaría sin dejar sobras, defecar después sería una simplificación afrentosa de ese mismo acto. Es verdad que yo veo a los ciudadanos de vuestra nación como hermanos. Hermanos, sí, de las luces y el entendimiento, y es precisamente por esta hermandad que nos está dado ser incestuosos. Acaso si no lo fuéramos, de qué sabio jardín proliferaríamos todas las demás criaturas. Es la esperanza de la humanidad que por la razón nos entendamos alguna vez, una esperanza que a veces se emplea en otros medio, pero cuyo fin la define verídicamente.

Su excelencia, acaso con impaciencia espero a que me responda, sea su decisión la que ella fuere, acatada de corazón sería por tener el noble provecho de vuestras costumbres. Me acostumbraré al dictamen como si por él se definiera, ciertamente así lo hará, mi destino manifiesto.


Su devoto, etc… etc…

miércoles, 15 de julio de 2015

AL LECTOR

Vale, 2001

Alguien toma un libro y se adentra a medias de sus páginas, como en el ensueño de sopesar todas las hojas de antemano. Supone de los personajes descritos un entorno que se ajuste a su propio entorno, incluso figurándose en cada carácter las vicisitudes que suelen asediar con emboscadas ordinarias. Al paso de unos pocos renglones, consigue una equivalencia providencial, o cuando menos la invitación de una idéntica galería. Que si la anciana aquélla, que si el niño que cruzaba el patio. Las casas y calles muy parecidas siempre, y la muchacha de la trama como la coqueta y bonita novia que él aún tenía que esconder de los cuatro suegros. Los suegros dominantes y caricaturizados todos según sus mismas arrugas.

A gusto de la prosa, sigue leyendo. Sin duda aprecia las elecciones del narrador; las descripciones de la novia son exactas y sucede que su donaire y proceder le entusiasman mucho, pues mucho se siente halagado de que le quisieran así como se dice que le quieren. Él, allí en la trama, parece convocar un final conmovedor y al tiempo heroico. Así va como sobre unos rieles, entre dos fideos que deparan andenes promisorios y el tumulto de pasajeros festivos.

Sin embargo, de pronto se topa con eslabones desemejantes, y advierte que en lo trunco del momento detiene también el ritmo de sus proféticos días, justo allí donde las palabras siquiera pueden leerse. El asombro lo sobrecoge mucho. Resultaba, pues, que la chica encantadora era una alegrona que le adornaba la frente a su marido con cualquiera. Ya tenía varias mujeres de quienes elegir otra. En verdad, sus flirteos con deuteragonistas escamoteaban en la lectura, pero se abstuvo de cualquier ímpetu que lo precipitara irreflexivamente. Lo más probable es que la mujer se corrigiese después de unas pocas palabras, y que con tal abnegación lo hiciera que quizá otros iban a ser los cuernos del marido en comparación con aquella aureola, pero en contrario, mientras más avanzaba en las páginas, más pecados y defectos crecían en sus virtudes. Como se sumaran otras veinte páginas, sólo un calvario le salvaría, si bien dejándola calva para todos. Sin que mucho se le figurara lo que ello le conviniera, reconstruye las dimensiones según ciertas ediciones indispensables. Entonces, una mujer deja de ser quien fue y así se transfigura en quién le rivalizaba con encono, y esta otra, querida que furtivamente se conmueve, se maquilla al fin en el mismo espejo.

Ya estaba en otra casa, con otros cuidados y otros lujos, en las costumbres de otras sábanas, e incluso algunas de aquellas maneras, que al principio le parecieron tan chocantes, solían asistirle graciosamente. Un armario se revela sobre un trípode cojitranco en lo cuadrúpedo, y la carta que se remitía páginas atrás despacha después una sentencia ya decrépita, anticuada o por fuerza concluida. Hasta tuvo una aventura con aquella otra esposa que al principio le fuera tan fiel.

Sucedió, eso sí, que en las siguientes palabras tuvo que aplicarse en muchas otras ediciones para sostener sus acomodos, tal que en cada ocasión convenía de sus mismos lances otras suertes necesarias. De tantas piruetas, como de continuo se le exigía, rebuscaba señales entre los párrafos como si hurgar pudiera una salida a sus veraces manos. Nada era tan fácil como antes. Ser un tipo en esa narración le había sustraído de sus roles, hasta el punto que declinaba de todas las cosas comunes que irónicamente procuraba producir en su retiro. Había faltado a la novia, que quién sabe en cuántas otras mujeres se transfiguró hasta no convencerlo nunca en su papel. Había dejado de escribir, porque la lectura le dictaba las leyes a las que caprichosamente se sometía sin pestañear mucho. En fin, apartado de todos, sentado en el sillón, era como un vegetal que con rebeldía ganaba su follaje.

Acaso como cocido a su mismo vigor, sospechaba que sus erratas le favorecían cada vez menos y que sólo el trance de seguir la lectura le retenía a algo genuino. En esto estaba cuando de repente, como de repente le sorprendiera ese volumen, las palabras no proseguían, sino que en apenas una se contuvo lo que por demás implicaba el pasado, dejándole al lector a tientas en ese desahogo, y sin entender la historia que hasta entonces había leído. Estaba a la mitad del volumen, pero la novela que seguía era otra. Ciertamente aquel peso de otras páginas contribuyó también a hundir sus manos, pero era sólo el lastre comprensible de un volumen ya del todo incomprensible. Un vértigo le abismaba a lo profundo de aquel vacío. Temía incorporarse. Temía cerrar el libro. Temía que otra vez el mundo se armara con sus sonoros cascabeles, como tantas otras veces por teléfonos y timbres se repetían esos ecos. Finalmente el miedo (y tal vez la incertidumbre) alcanzaba para reescribirle hasta el final, y aun sin diferir en detalle alguno.

domingo, 28 de junio de 2015

EL DOCTOR






Esperé de último, aunque así tuviera que esperar bastante. El doctor solía extenderse en los síntomas de quienes lo visitaban, que parecía que lo iban a sobrevivir en cualquier consulta. Ya era bastante anciano, docto como sus mismas arrugas le dictaban los preceptos. Con una paciencia secular se le hacía tarde toda las tardes, pero por fin salía del consultorio como el mismo sabio inconmovible que conocía tantas enfermedades y pacientes. Ningunas de sus prórrogas parecían azorarlo nunca. En la universidad, por ejemplo, sus clases de la noche eran célebremente atendidas, hasta que el celador de turno le tocaba advertir la hora. Era un doctor brillante. Sabía entrever apenas una gota en medio de una borrascosa radiografía, y se lo explicaba a los propios enfermos de tal modo que ni las quejas tuvieran la misma elocuencia para nadie.

Al fin pasé. Me auscultó entre preguntas atinadas, y mientras me vestía me dijo que estaba más sano que los cánones de anatomía. Me explicó que no debía preocuparme más, pero que de cualquier manera el mejor alivio para un estado saludable es prolongarlo siempre. Remontó el etimológico árbol de una palabra griega y volvió desde allí con el mismo aplomo. Apenas el crepúsculo podía vislumbrarse al través de la ventana. Ya no se escuchaba a nadie en el corredor. Terminó la consulta. Salí con el doctor y me despedí de él y de la enfermera.

Los árboles del estacionamiento estaban quietos, e incluso así sus fragancias se esparcían vigorosamente. Me sentía vigorosamente hipocondríaco, porque mi síndrome era inocuo y porque incluso así podía comprender al fin las razones fundamentales de la vida. De lejos vi que el doctor caminaba hasta su carro y que se perdía como siempre.

domingo, 26 de abril de 2015

A LA SEMANA




La comida hecha en un día era también para el día siguiente. Digamos que si para hoy se sancochaba unos huesos de res, mañana se serviría el resto de esa olla. Me di cuenta de que madre intercalaba cierta gastronomía a la hora del almuerzo, pues dobles eran las comilonas a la mesa por cada menú. Esta matemática ya se me explicaba en el colegio. Todo número par era divisible entre dos, y cosas así.

Hasta que una mañana un sueño extraño (que ya no recuerdo del mismo modo) me hizo despertar muy tarde. Pensé que a mis legañas seguía una reprimenda, pero al reparar el reloj ya había pasado por horas la hora en que debía levantarme. Cuando uno apenas se despierta está como en un sueño todavía, y desesperanzándose así pudiera abrir los ojos que tan profundamente le han dormido.

Ni siquiera se me figuraba, por ejemplo, que no tenía clase, y sólo a tientas me enteré, para mayor sorpresa incluso, que era domingo. Bastante raro es que a pesar de un sábado bullicioso y colmado de aventuras yo amaneciera con una resaca tan espumosa como para anegar el orden de los días. Esa mañana, al salir del cuarto, pregunté, aún incrédulo y aturdido, por el día correspondiente. ‘Pues si es domingo, Domingo’, dijo padre con una sonrisa de patriarca benévolo. Al escuchar la palabra que en mi nombre se repetía, recordé que en la Biblia el Sabbath era el día postrero (supongo que por lo mismo otros se anticiparon con el sábado, como para prever los ensalmos de un sueño diferente). Recordé que eran siete los días de la creación, incluyendo el de reposo. Ciertamente era un número místico como para terminar en él, y según supe más adelante también era un número primo. Desde entonces las matemáticas dejaron de tener una explicación convincente para mí. Desde entonces la dieta diaria era tan inescrutable como el piadoso ayuno.

Noté que en una semana, contada desde el lunes, madre preparaba cuatro almuerzos; a saber, el del lunes, el del miércoles, el del viernes y el del domingo, pero siendo la semana una sucesión impar, la lumbre excedía el apetito según la relación consabida (4 a 3). Es verdad que el menú del domingo nos las íbamos a comer el lunes, pero si la creación ocupaba los sietes días, tal como aquellos siete días eran su arquetipo diario, no importaría cuántos almuerzo nos sentáramos a comer, de cualquier modo la relación ya no era perfecta y sí inalcanzable. Quise preguntar después de pensar mucho, pero padre ya no estaba en casa y madre le llevó el resto del día una labor de estambre encomendada. Con febril impaciencia aguardé todo lo más, irónicamente hasta el lunes por venir. Antes de empezar la clase de aritmética le preguntaría a mi maestro. Sin embargo, dada la ocasión me dijo que era cosa de la clase de religión.

Madre, como ya dije, cocinaba el almuerzo un día por medio, entonces por qué, según esa cuenta, las matemáticas eran incongruente en lo absoluto. La ciencia conocida (o conocida en mis límites) no era aplicable a una semana, y aun la eternidad al cabo comprobaría lo mismo. Supuse, quizá por despecho también, que el misterio obedecía a ser un número primo, al menos poco o nada sabía sobre los números primos. Todo lo cual me convidó otra vez con la misma esperanza. Cuando volví al maestro de aritmética para indagar sobre tales números, dijo que no me apurara tanto, que en el curso venidero por fin lo sabría.

Pues ni la clase de religión, ni el “curso venidero” aclararían mis dudas. Tampoco mis padres se desocuparían lo suficiente para hablar de un asunto postergado. Pero, eso sí, cuando madre servía el segundo plato de un almuerzo, lo comía en cucharadas pares, quedara lo que en el fondo estuviera, y muy a pesar de que me obligaran a dejar el plato tan limpio como en otras ocasiones era mi afán. Si el misterio era indivisible, entonces, muy dentro de él, yo lo dividiría siempre de un modo incuestionable.

TABLERO A TABLAS



Los salones vacíos son bastante huecos la verdad, como si se les hubiera vaciado para siempre. Las papeleras con su basura intocable, como si nadie hubiera atinado en ellas. Los pupitres repujados con punzones, como en serie de esos surcos. Así deben ser los manicomios cuando se abandonan. Así deben ser las guerras cuando se estragan de tantos muertos y escombros, extenuadas y a merced de cualquier tiránica paz. Así deben ser el cielo desarraigado de sus nubes. Así deben ser los fantasmas cuando se quedan solos. Hay algo invisible en todo lo que se ve, como si lo profetizaran esos petroglifos de tiza en el pizarrón. El silencio zumba entre las orejas, y sólo callando a la larga le comprendemos. Y qué dice. Dice que usted tiene la ingenuidad de creer en pendejadas. Qué va decir el silencio, bobo. El silencio no dice nada, salvo lo que no dice, siendo nada también, luego es nada y nada más que nada. ¿O no entiendes nada? ¿Entiendes menos? Poco de extrañar se me figura que tan fervorosa lo sea esa comprensión. ¿Y los corredores? En la continuidad de su columnata. ¿Y las escaleras? Fósiles de cascadas. ¿Y los pretiles? Al borde siempre. ¿Y el pasto? No parece crecer nunca, y aun así nos aventaja todos los días. ¿Y las bancas? Como para tenderse desnudo sobre ellas. ¿Cómo será Paula desnuda? Debe ser más hermosa que vestida, seguramente. Sin falda plisada, sin pechera, sin medias altas, sin zapatos de charol, sin insignia de ningún colegio. Sin pantaletas ¿Tendrá vellos como yo? Las mujeres deben ser apenas vellosas como las aceitunas, aunque una vez vi a una vieja que de un lunar prominente le salían mogotes. Quita esa imagen, criminal. Más bien imagínate a Paula descalza. Desnuda. Corriendo por aquí, entre las solariegas baldosas, convidándome a mis vergüenzas, ruborizándome con sus guiños. Pero qué se me ocurre, si ella no me nota en absoluto. Ni porque me oculte soy siquiera un misterio para Paula. Éste fue el lugar dónde la conocí, la vi en el remate del pasamanos, asida de este modo. Luego vinieron otras que la convidaron, y se fue. Bajó las escaleras con las otras y la perdí en el patio, en medio de toda la matrícula. Los altavoces. La bienvenida. El primer día de clases. El himno. Y en este salón otra vez ella, pues sí, justo aquí compartimos el mismo curso, cómo crees que una coincidencia no iba a duplicarse en su mismo acierto.

Cómo estás, Esteban. Te andábamos buscando por todas partes, hasta nos colamos al auditorio.

Paula aquí, ah, pero también Roberto y Luisa.

Bastante raro es que te permitan quedar a la hora del almuerzo, así que debes comer aquí por una licencia misteriosa.

¿Paula?

Dime, Esteban.

Dime Esteban.

Dime Esteban.

Dejen de remedarme, brutos.

Es que suena como un eco, chica.

Ah, sí, Luisita, y que tal si mejor te callas, se me figura que sería muy original de tu parte. Y tú, Roberto, esto sí, hasta cuando lo copies, se te entendería mejor que nada.

No te pongas brava, chica.

Verdad, Paula, que todo te hace roncha.

Por qué me siguen.

A ustedes dos, por qué. A ella sólo: porque

Que por qué, Esteban. Bueno, porque eres un enigma ¿verdad, muchachos? No dices nada en clase, no te mezclas con nadie, no se te puede ni saludar de lo esquivo que eres, y todos los días te quedas a la hora del almuerzo. Como si vivieras aquí todo el tiempo.

Llegas demasiado temprano.

Y con un peinado que te despeina.

¿Cómo se escurrieron ustedes?

Por qué no lo hiciste tú sola, querida mía.

El principio es esconderse para que no te vean, ser invisible todo lo más. Claro, para que nadie te descubra, pues tienes que seguir envuelto en tu misterio, y casi por dos horas.

Nos hemos escondido de recodo en recodo, que si nos pillan nos ponen una nota en el libro como para llenar el libro.

Qué difícil es, pues hay que seguir siendo invisible hasta que se vuelvan abrir los portones en medio del gentío.

Muy raro esconderse todos los días aquí. Comer a escondida y aparecer cuando todos aparecen.

Bastante raro, chico.

Además, tú no te escondes, Esteban. Deambulas como un fantasma de aquí para allá, a la vista de todos o de nadie, que de cualquier modo se te ve recorrer los corredores de aquí arriba. Desde el castaño de la plaza te vemos.

Y se me figura que hablabas solo, en verdad callas de tal forma que parece que te escuchas con mucha atención.

Cómo creen. Esteban se aburre, y cómo no, cuando en dos horas no hay nadie más que él.

Ay, también te burlas, pero yo me río y así me alegro. Eres tan graciosa, muchachita.

Eres bastante solitario, chico.

¿Y si eres un fantasma? Yo he oído que los fantasmas están a gusto en lugares como estos, donde el ajetreo de los vivos cesa de repente.

Deja la joda, Roberto.

Qué va dejar el pobre Roberto, ya ni la pobreza de sus notas.

Lo que sucede es que vivo muy lejos.

Yo también vivo muy lejos, ¿verdad, muchachas? Cuántos más no viven lejos, en cambio tú te quedas como no se lo permiten a nadie. ¿Y si eres un fantasma?

Un fantasma ya te hubiera quitado los anteojos.

Conoces a alguien aquí, ¿verdad? De quién eres hijo, revélate por fin.

No ves, Paula, que también detrás de sus rubores se esconde.

Yo diría, Luisa, que hemos sido muy descorteses. Razón tienes, Esteban, para no tratarnos.

Razones tengo para no tratar a los demás, en cambio a ti no te trato precisamente porque carezco de ellas, chica, que si las tuviera todas, o al menos una, no me verías como un bobo aquí parado, y con la misma cara de Roberto.

Se me ocurre algo. Qué tal si invocamos a los verdaderos fantasmas del lugar. Todo es tan propicio. Solitario el colegio que antes que tal fue casona militar y antes prisión y antes claustro y antes quién sabe qué tierra inculta. Muchos espíritus errabundos deben arrastrar aquí sus amarres, y en esta bóveda de silencio bien pudieran propagarse sus votos.

Pues sí, no es mala idea, chica. ¿Verdad, Luisa? Además, Esteban querrá esta vez incorporarse a nosotros. Vamos, Esteban, tú haces el cartón. Toma estos creyones.

Mejor que sea Paula. Ella tiene buena caligrafía.

Pues que sea yo. Dame acá los creyones, y gracias por el piropo, chico. Aunque nunca me tutees, se te oye con respeto.

Si tú, tú, tú, tú, tu, tú, tú, tú, tú eres más mía que tuya, es sólo que por entero te tienes y nada más así te comparto, por eso a usted se le figura que no la tuteo, señorita, y además me cree tartamudo.

¿Y cómo funciona, Paula?

Pues muy sencillo, chica. Se escribe el alfabeto.

También los números del 0 al 9.

Y, por último, un y un no. ¿Le conoces, Esteban?

He oído algo, pero se me figura que por algo se empieza.

Y si nos pillan, Paula.

Este salón se ve que ni lo asean. Además ya es demasiado tarde, así que todos los de dentro aguardan la entrada del gentío, como los de afuera aguardan por su estampida. Descuiden puede ser aquí, no hay para qué esconderse ya, que se los digo yo.

Es verdad, el que se vela puede andar de noche y sin luna.

Entonces, que sea al menos una superstición la que nos vincule, se me figura que hasta puede ser de buen augurio ese principio. Quise decir, que con cualquier nexo todo nos vincule, el bien, el mal; lo tenebroso, lo radiante. Quiero que nos asoleemos desnudos sobre el pasto, esposa mía. Qué letra bonita tienes, Paulita, y qué números tan llenos y monos te salen. Luego el , que sí que es un . También el no que se niega a rezagarse. Una caligrafía tan exquisita. Ahora que vengan los fantasmas y también los jinetes del Apocalipsis, que como se declaren todos a través de ese manuscrito tomaré de tu mano menuda y linda todos los designios y todas las estrellas.

Ven, ya está. Luego un anillo de oro sobre el cartón. Éste, que es mío. Ya sale. ¿Ven? Aquí está. Lo ponemos desde el borde, por aquí en este claro… y entorno al anillo los cuatros juntaremos nuestro índice derecho. Así. Vamos, ustedes dos, no sean cobardes.

Ya no estoy tan convencido. La verdad he oído también que a veces los espíritus no quieren irse, y hasta encarnan en alguien.

Ya sabía que eran ínfulas nada más las tuyas, Roberto.

Pero es verdad, Paula, y si no quiere irse, como cualquiera suelte el anillo buscará donde meterse.

Precisamente para que salga está este , no ves que bonito me quedó. Cuando le preguntemos que si quiere irse, pues aceptará aquí y volverá a su plano, que no es el de la hoja por mucho que le allanemos el camino. Por otra parte, no creo que alguien vaya aflojar. ¿Verdad, Esteban? No aflojará el valiente y tampoco el cobarde por razones más obvias que las del valiente. Así que no tienen por qué temer.

O teman todo lo que quieran.

Así es. Muchachos, qué dicen.

¿Y si lo hacen ustedes dos y nosotros nada más vemos?

Cómo se te ocurre, Luisa, quedarse no es menos peligroso. Mira hasta se me eriza la piel.

Ah, no. Háganlo ustedes nada más. Yo me voy.

Si se van los acuso a los dos, a ver si así les tienen menos miedo a los vivos.

Así que Paula les conoce un secreto, entonces como porfíen yo lo develaré también, ya se me ocurrirá seguir el lance:

Y créanme que los vivos pueden descubrir lo mortal a cualquiera.

¿Nos chantajean? ¿Cómo es posible, Paula, si soy tu amiga?

Quiero decirte, chica, que es más de temer lo que los vivos hagan que los que los muertos no puedan hacer.

Es verdad, me animo yo. ¿Qué dices tú, Luisa?

Que eres cobarde por los dos lados. Pero… sí. Después de todo, lo más seguro es que sea una broma, una bobada.

Y si no es una broma, ni una bobada, seremos quienes se rían igual.

Ya me asustaste otra vez.

Qué lindo ríes, bella, sería muy feliz si pudiera hacer coincidir mis labios en un beso.

Es broma, chica.

Yo creo que la gente habla nada más como de mitos. Cuánto se dice de la escuela: que si una pelea terminó ahogándose en un retrete, que si un alumno murió en pleno examen de biología, mientras describía los mismos síntomas de su enfermedad; o que si el Minotauro de la clase de historia... En fin, qué fantasma pueden concurrir a este aro si todos deben estar mareándose en otras vueltas. Lo único que nos mata es la vida, y al cabo nos matará a todos. La muerte se pierde en cada muerto.

Mi prédica causará sensación; sólo que…

Qué dices, chico. Si son vainas nada más, porque no la dejamos allí.

Otra vez, Roberto; no ves como pones a Luisa. Y tú, Esteban, todo existe en el mundo, lo que pasa es que el mismo mundo se interpone.

El mismo mundo se interpone, pero, a pesar del mundo, dónde está nuestro Paraíso.

Ay. Yo pienso que si esto también existe, puede que no nos convenga…

Ya, Luisa, se nos va llegar la campana en esta discusión. Existe el profesor de historia y no porque nos duerma aprenderemos a despertar en otro siglo, donde la gente se desvele como en una pesadilla. Si le vas a temer a todo, todo te va a asustar.

Conjurémonos a esto, pues.

Sí, Esteban.

Ya verán que no soy un cobarde.

Vamos, Luisa.

No sé, Paula.

Pon el índice o con el mío te pico los ojos.

Pero que conste que lo hago poseída por ustedes.

Y qué se supone que debe pasar ahora.

Invoquemos a los espíritus. Así: Espíritus errabundos del lugar, cuál de vosotros oís el llamado, pues oíd este conjuro que a vuestros oídos presta bocas. Haceos espíritu y cuenta vuestros secretos.

Ya empezó Roberto con sus vainas.

No creo que Roberto mueva el anillo; es demasiado cobarde para una broma así.

A quién acusas, Luisa, si eres tú. Dizque no se metía con estas supersticiones y ahora se las da de lince.

Callen, ninguno mueve el anillo es él.

¿Esteban? Ya ves son estos dos los que nos ven la cara de pendejos.

Qué dices, chica… Es el conjuro.

Tranquila, Paula, no vale ni señalarlos. Y sí creen que somos nosotros, ¿por qué no sueltan el anillo y con el mismo dedo nos acusan?

Ay, Roberto, eso me pasa por seguir a un cobarde como tú, que con todo lo hacen andar.

Mira quién habla, se diría que con arrojo me seguías.

Callen, pues. Hay que preguntar.

¿Pero sí es uno de nosotros que mueve el anillo?

Yo apenas lo toco.

Yo también, Roberto.

Es así, claro, todos apenas lo tocan. Se mueve pues el espíritu le infunde ese ánimo. Preguntemos sí es él, y quién es.

Yo, de verdad, sé que apenas lo toco, pero si lo mueve alguien... Nadie confesará sus reflejos, acaso por sentirse como un fantasma. No importa que lo muevas, Paulita, yo igual te seguiría.

¿Sois un espíritu errabundo?

Lo mueven otra vez. Esta broma no se las perdono, quienquiera que sea.

Deja de lloriquear, chica. Como Roberto ya ni habla.

Ni Roberto ni Luisa mueven el anillo, los dos creen que son otros, ninguno de los dos lo presiona contra el cartón, apenas están prendidos al roce imperceptible, y eso se ve en su caras. Yo sé que no soy yo ni ellos. ¿Paula? Mi querida Paula, ella me desconcierta, pero seguiré a mi índice adonde tenga que ir el de ella, así señalemos espinas y barrancos, que más allá estará ella conmigo.

Va hacia el sí. No se los dije; es un espíritu.

Se me ocurre algo. Si finjo que ya nada me liga al nudo, podrá revelarse la verdad en su rostro.

¿Qué haces, Esteban?

Se transparenta. Se puso tan pálida como los demás. Luego el anillo se mueve debajo de nuestros dedos. Pero, cómo…

No me digas que te aburre un lance de estos. Roberto te hubiera dicho que como eres un fantasma… pero Roberto ya parece uno.

Deja ya la joda. Mejor pregunta si se quiere ir.

Pregúntalo tú, Roberto.

Las cosas no son así, Luisa. Yo invoque; yo pregunto.

Entonces pregúntale y vayámonos, aprovecha que está en el .

La verdad sería un buen truco para salir del trance, pero no vinimos con ventajas, a pulso he de caminar con ella.

Tengo muchas otras curiosidades antes que precisamente aquélla que te descubre a ti.

Qué mala eres, chica.

Pregunta, pues.

Pregunta si fue profeta.

Tú eres el único que no temes, Esteban. Preguntaré, más bien, si eres él.

Pregunta si soy yo, y te contestaré porque eres tú la que pregunta, y el mismo silencio será ventrílocuo.

¿Moriste aquí en este edificio?

Se mueve.

Se mueve.

Otra vez como un eco, ¿eh? No se avergüencen, que los rubores los duplica, duplica…

Casi llega al “no”

Dice que “no.”

Le preguntaré con más exactitud. Le preguntaré que si murió en tierra.

¿Qué significa esa pregunta, Paula?

Bueno, que si murió en tierra lo hizo antes de que se construyera el primer edificio.

Por supuesto, Esteban. Parece que Esteban y yo somos los únicos que nos aprendimos la historia del lugar.

Pues sí, Roberto.

Sigamos.

¿Moriste en la tierra inculta?

Se mueve.

Ahora dice que “sí”.

¿Te sepultaron aquí?

Hacia el “No”.

No.

Eso quiere decir mucho, excepto que lo sepultaron aquí.

Yo diría, Roberto, que sólo le hubieran sepultado aquí mismo si fuera una batalla o una peste la que lo aniquiló.

Murió poco antes del claustro.

Ahora vienen con las mismas pendejadas del profesor de historia.

Cálmate, Luisita. Déjame preguntar más.

Abandona estos pupilos ingratos a su suerte. Pregúntate a ti misma, Paula, si me vas a querer, y hasta este espíritu responderá por ti. Yo lo haría responder como por mi honor.

¿Eres niño?

Sigue en “no”.

Debe ser que no.

¿Eres joven?

Igual.

¿Entonces eres viejo?

La contestación no puede ser la misma para todas esas preguntas.

Y si ya el espíritu deambula al acecho.

Esperen. Pregúntale, Paula, que si es un muerto.

¿Eres un muerto?

Otra vez se mueve.

Me alegro de que esta novedad asuste con el mismo aplomo. Ahora sigue, querida, que el ventrílocuo será también muestro casamentero.

—“Sí”. Dice que sí.

¿Cómo te llamabas?

Cómo se te ocurre preguntar eso.

Y ahora que es un muerto.

Una pregunta audaz que consiente su doble desafío. Estoy dispuesto.

Mira. Se mueve muy rápido.

No le sueltes.

Es que no le suelto. Nadie le suelta.

Nos arrastra.

Es verdad, nos lleva; y aun ciego seré mi propio lazarillo.

—“E”.

—“S”.

Va muy rápido.

Qué letra.

No sé; ya va por la cuarta, quinta, sexta y otra y otra…

Pero…

—“N”.

No hay manera de seguirle.

Me asusta.

Tampoco puede tener un nombre tan largo.

Síganlo. No le suelten.

Voy adelante con la bandera.

Sigue.

Muchas letras.

Qué dirá.

Ahora qué importa preguntárselo, Paula.

Ahora estamos perdidos.

No podremos seguir el testamento, y como siga así, nos jodemos.

De seguro se hace en nuestra contra.

Perdonen, muchachos. No suelten. Por favor, no suelten...

No te excuses, querida, que estoy contigo. Es un… No puede ser, es un cero, tan redondo como el anillo. A todas las letras las sigo, como al anillo mi índice. Es un cero, pues con las mismas preguntas responde. Con todas las que hizo Paula. ¿Y cuándo se termine el cuestionario? ¿Qué pasará entonces?

La campana.

Aparecerán todos.

Y nosotros atrapados.

No le suelten.

¿Quieres irte ya, espíritu errabundo?

Ahora la última pregunta; letra por letra. No te soltaré, mi amor. El anillo es sólo el círculo de un fantasma, no un ombligo que nos divida. Corre, de letra en letra. Las fuerzas exteriores se concentran en un punto nulo. Se abrieron los portones… Se escucha el tropel que ya escoge pupitres, de salón en salón, como una desaforada barbarie de fantasmas. Ya vienen todos… Qué aparezcan todos. Mi índice te toca.

Contesta. Contesta.

Di que sí.

Que sí.

Sigue. No le suelten, que dirá que sí.

Se aparecen todos los fantasmas del colegio, en uniforme, y con sus insignias y se reparten sus pupitres, ya llegan unos… Ya se les escucha llegar a otros. Que aparezcan todos. Que se vea todo. Quiero verlo todo. Para eso voy a tientas de mi dedo. Quiero verla apenas vellosa como una aceituna. Ya llegan los fantasmas del colegio, ya trepidan sobre sus libros, como sus libros. Se escuchan como si caminaran en las orejas… que se cierre el anillo, pues, y que se abra el mundo… r-r-b-u-n-d

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