Los
salones vacíos son bastante huecos la verdad, como si se les hubiera
vaciado para siempre. Las papeleras con su basura intocable, como si
nadie hubiera atinado en ellas. Los pupitres repujados con punzones,
como en serie de esos surcos. Así deben ser los manicomios cuando se
abandonan. Así deben ser las guerras cuando se estragan de tantos
muertos y escombros, extenuadas y a merced de cualquier tiránica
paz. Así deben ser el cielo desarraigado de sus nubes. Así deben
ser los fantasmas cuando se quedan solos. Hay algo invisible en todo
lo que se ve, como si lo profetizaran esos petroglifos de tiza en el
pizarrón. El silencio zumba entre las orejas, y sólo callando a la
larga le comprendemos. Y qué dice. Dice que usted tiene la
ingenuidad de creer en pendejadas. Qué va decir el silencio, bobo.
El silencio no dice nada, salvo lo que no dice, siendo nada también,
luego es nada y nada más que nada. ¿O no entiendes nada?
¿Entiendes menos? Poco de extrañar se me figura que tan fervorosa
lo sea esa comprensión. ¿Y los corredores? En la continuidad de su
columnata. ¿Y las escaleras? Fósiles de cascadas. ¿Y los pretiles?
Al borde siempre. ¿Y el pasto? No parece crecer nunca, y aun así
nos aventaja todos los días. ¿Y las bancas? Como para tenderse
desnudo sobre ellas. ¿Cómo será Paula desnuda? Debe ser más
hermosa que vestida, seguramente. Sin falda plisada, sin pechera, sin
medias altas, sin zapatos de charol, sin insignia de ningún colegio.
Sin pantaletas ¿Tendrá vellos como yo? Las mujeres deben ser apenas
vellosas como las aceitunas, aunque una vez vi a una vieja que de un
lunar prominente le salían mogotes. Quita esa imagen, criminal. Más
bien imagínate a Paula descalza. Desnuda. Corriendo por aquí, entre
las solariegas baldosas, convidándome a mis vergüenzas,
ruborizándome con sus guiños. Pero qué se me ocurre, si ella no me
nota en absoluto. Ni porque me oculte soy siquiera un misterio para
Paula. Éste fue el lugar dónde la conocí, la vi en el remate del
pasamanos, asida de este modo. Luego vinieron otras que la
convidaron, y se fue. Bajó las escaleras con las otras y la perdí
en el patio, en medio de toda la matrícula. Los altavoces. La
bienvenida. El primer día de clases. El himno. Y en este salón otra
vez ella, pues sí, justo aquí compartimos el mismo curso, cómo
crees que una coincidencia no iba a duplicarse en su mismo acierto.
—Cómo
estás, Esteban. Te andábamos buscando por todas partes, hasta nos
colamos al auditorio.
Paula
aquí, ah, pero también Roberto y Luisa.
—Bastante
raro es que te permitan quedar a la hora del almuerzo, así que debes
comer aquí por una licencia misteriosa.
— ¿Paula?
—Dime,
Esteban.
—Dime
Esteban.
—Dime
Esteban.
—Dejen
de remedarme, brutos.
—Es
que suena como un eco, chica.
—Ah,
sí, Luisita, y que tal si mejor te callas, se me figura que sería
muy original de tu parte. Y tú, Roberto, esto sí, hasta cuando lo
copies, se te entendería mejor que nada.
—No
te pongas brava, chica.
—Verdad,
Paula, que todo te hace roncha.
—Por
qué me siguen.
A
ustedes dos, por qué. A ella sólo: porque…
—Que
por qué, Esteban. Bueno, porque eres un enigma ¿verdad, muchachos?
No dices nada en clase, no te mezclas con nadie, no se te puede ni
saludar de lo esquivo que eres, y todos los días te quedas a la hora
del almuerzo. Como si vivieras aquí todo el tiempo.
—Llegas
demasiado temprano.
—Y
con un peinado que te despeina.
— ¿Cómo
se escurrieron ustedes?
Por
qué no lo hiciste tú sola, querida mía.
—El
principio es esconderse para que no te vean, ser invisible todo lo
más. Claro, para que nadie
te descubra, pues tienes que seguir envuelto en tu misterio, y casi
por dos horas.
—Nos
hemos escondido de recodo en recodo, que si nos pillan nos ponen una
nota en el libro como para llenar el libro.
—Qué
difícil es, pues hay que seguir siendo invisible hasta que se
vuelvan abrir los portones en medio del gentío.
—Muy
raro esconderse todos los días aquí. Comer a escondida y aparecer
cuando todos aparecen.
—Bastante
raro, chico.
—Además,
tú no te escondes, Esteban. Deambulas como un fantasma de aquí para
allá, a la vista de todos o de nadie, que de cualquier modo se te ve
recorrer los corredores de aquí arriba. Desde el castaño de la
plaza te vemos.
—Y
se me figura que hablabas solo, en verdad callas
de
tal forma que parece
que te escuchas
con
mucha atención.
—Cómo
creen. Esteban se aburre, y cómo no, cuando en dos horas no hay
nadie más que él.
Ay,
también te burlas, pero yo me río y así me alegro. Eres tan
graciosa, muchachita.
—Eres
bastante solitario, chico.
— ¿Y
si eres un fantasma? Yo he oído que los fantasmas están a gusto en
lugares como estos, donde el ajetreo de los vivos cesa de repente.
—Deja
la joda, Roberto.
Qué
va dejar el pobre Roberto, ya ni la pobreza de sus notas.
—Lo
que sucede es que vivo muy lejos.
—Yo
también vivo muy lejos, ¿verdad, muchachas? Cuántos más no viven
lejos, en cambio tú te quedas como no se lo permiten a nadie. ¿Y si
eres un fantasma?
Un
fantasma ya te hubiera quitado los anteojos.
—Conoces
a alguien aquí, ¿verdad? De quién eres hijo, revélate por fin.
—No
ves, Paula, que también detrás de sus rubores se esconde.
—Yo
diría, Luisa, que hemos sido muy descorteses. Razón tienes,
Esteban, para no tratarnos.
Razones
tengo para no tratar a los demás, en cambio a ti no te trato
precisamente porque carezco de ellas, chica, que si las tuviera
todas, o al menos una, no me verías como un bobo aquí parado, y con
la misma cara de Roberto.
—Se
me ocurre algo. Qué tal si invocamos a los verdaderos fantasmas del
lugar. Todo es tan propicio. Solitario el colegio que antes que tal
fue casona militar y antes prisión y antes claustro y antes quién
sabe qué tierra inculta. Muchos espíritus errabundos deben
arrastrar aquí sus amarres, y en esta bóveda de silencio bien
pudieran propagarse sus votos.
—Pues
sí, no es mala idea, chica. ¿Verdad, Luisa? Además, Esteban querrá
esta vez incorporarse a nosotros. Vamos, Esteban, tú haces el
cartón. Toma estos creyones.
—Mejor
que sea Paula. Ella tiene buena caligrafía.
—Pues
que sea yo. Dame acá los creyones, y gracias por el piropo, chico.
Aunque nunca me tutees, se te oye con respeto.
Si
tú, tú, tú, tú, tu, tú, tú, tú, tú eres más mía que tuya,
es sólo que tú
por
entero te
tienes
y nada más así te
comparto,
por eso a usted
se
le
figura
que no la tuteo, señorita, y además me cree tartamudo.
— ¿Y
cómo funciona, Paula?
—Pues
muy sencillo, chica. Se escribe el alfabeto.
—También
los números del 0 al 9.
—Y,
por último, un sí
y
un no.
¿Le conoces, Esteban?
—He
oído algo, pero se me figura que por algo se empieza.
—Y
si nos pillan, Paula.
—Este
salón se ve que ni lo asean. Además ya es demasiado tarde, así que
todos los de dentro aguardan la entrada del gentío, como los de
afuera aguardan por su estampida. Descuiden puede ser aquí, no hay
para qué esconderse ya, que se los digo yo.
—Es
verdad, el que se vela puede
andar de noche y sin luna.
Entonces,
que sea al menos una superstición la que nos vincule, se me figura
que hasta puede ser de buen augurio ese principio. Quise decir, que
con cualquier nexo todo nos vincule, el bien, el mal; lo tenebroso,
lo radiante. Quiero que nos asoleemos desnudos sobre el pasto, esposa
mía. Qué letra bonita tienes, Paulita, y qué números tan llenos y
monos te salen. Luego el sí,
que sí que es un sí.
También el no
que
se niega a rezagarse. Una
caligrafía tan exquisita. Ahora que vengan los fantasmas y también
los jinetes del Apocalipsis, que como se declaren todos a través de
ese manuscrito tomaré de tu mano menuda y linda todos los designios
y todas las estrellas.
—Ven,
ya está. Luego un anillo de oro sobre el cartón. Éste, que es mío.
Ya sale. ¿Ven? Aquí está. Lo ponemos desde el borde, por aquí en
este claro… y entorno al anillo los cuatros juntaremos nuestro
índice derecho. Así. Vamos, ustedes dos, no sean cobardes.
—Ya
no estoy tan convencido. La verdad he oído también que a veces los
espíritus no quieren irse, y hasta encarnan en alguien.
—Ya
sabía que eran ínfulas nada más las tuyas, Roberto.
—Pero
es verdad, Paula, y si no quiere irse, como cualquiera suelte el
anillo buscará donde meterse.
—Precisamente
para que salga está este sí,
no ves que bonito me quedó. Cuando le preguntemos que si quiere
irse, pues aceptará
aquí y volverá a su plano, que no es el de la hoja por mucho que le
allanemos el
camino.
Por otra parte, no creo que alguien vaya aflojar. ¿Verdad, Esteban?
No aflojará el valiente y tampoco el cobarde por razones más obvias
que las del valiente. Así que no tienen por qué temer.
—O
teman todo lo que quieran.
—Así
es. Muchachos, qué dicen.
— ¿Y
si lo hacen ustedes dos y nosotros nada más vemos?
—Cómo
se te ocurre, Luisa, quedarse no es menos peligroso. Mira hasta se me
eriza la piel.
—Ah,
no. Háganlo ustedes nada más. Yo me voy.
—Si
se van los acuso a los dos, a ver si así les tienen menos miedo a
los vivos.
Así
que Paula les conoce un secreto, entonces como porfíen yo lo
develaré también, ya se me ocurrirá seguir el lance:
—Y
créanme que los vivos pueden descubrir lo mortal a cualquiera.
— ¿Nos
chantajean? ¿Cómo es posible, Paula, si soy tu amiga?
—Quiero
decirte, chica, que es más de temer lo que los vivos hagan que los
que los muertos no puedan hacer.
—Es
verdad, me animo yo. ¿Qué dices tú, Luisa?
—Que
eres cobarde por los dos lados. Pero… sí. Después de todo, lo más
seguro es que sea una broma, una bobada.
—Y
si no es una broma, ni una bobada, seremos quienes se rían igual.
—Ya
me asustaste otra vez.
Qué
lindo ríes, bella, sería muy feliz si pudiera hacer coincidir mis
labios
en un beso.
—Es
broma, chica.
—Yo
creo que la gente habla nada más como de mitos. Cuánto se dice de
la escuela: que si una pelea terminó ahogándose en un retrete, que
si un alumno murió en pleno examen de biología, mientras describía
los mismos síntomas de su enfermedad; o que si el Minotauro de la
clase de historia... En fin, qué fantasma pueden concurrir a este
aro si todos deben estar mareándose en otras vueltas. Lo único que
nos mata es la vida, y al cabo nos matará a todos. La muerte se
pierde en cada muerto.
Mi
prédica causará sensación; sólo que…
—Qué
dices, chico. Si son vainas nada más, porque no la dejamos allí.
—Otra
vez, Roberto; no ves como pones a Luisa. Y tú, Esteban, todo existe
en el mundo, lo que pasa es que el mismo mundo se interpone.
El
mismo mundo se interpone, pero, a pesar del mundo, dónde está
nuestro Paraíso.
—Ay.
Yo pienso que si esto también existe, puede que no nos convenga…
—Ya,
Luisa, se nos va llegar la campana en esta discusión. Existe el
profesor de historia y no porque nos duerma aprenderemos a despertar
en otro siglo, donde la gente se desvele como en una pesadilla. Si le
vas a temer a todo, todo te va a asustar.
—Conjurémonos
a esto, pues.
—Sí,
Esteban.
—Ya
verán que no soy un cobarde.
—Vamos,
Luisa.
—No
sé, Paula.
Pon
el índice o con el mío te pico los ojos.
—Pero
que conste que lo hago poseída
por
ustedes.
—Y
qué se supone que debe pasar ahora.
—Invoquemos
a los espíritus. Así: Espíritus errabundos del lugar, cuál de
vosotros oís el llamado, pues oíd este conjuro que a vuestros oídos
presta bocas. Haceos espíritu y cuenta vuestros secretos.
—Ya
empezó Roberto con sus vainas.
No
creo que Roberto mueva el anillo; es demasiado cobarde para una broma
así.
—A
quién acusas, Luisa, si eres tú. Dizque no se metía con estas
supersticiones y ahora se las da de lince.
—Callen,
ninguno mueve el anillo es él.
— ¿Esteban?
Ya ves son estos dos los que nos ven la cara de pendejos.
—Qué
dices, chica… Es el conjuro.
—Tranquila,
Paula, no vale ni señalarlos. Y sí creen que somos nosotros, ¿por
qué no sueltan el anillo y con el mismo dedo nos acusan?
—Ay,
Roberto, eso me pasa por seguir a un cobarde como tú, que con todo
lo hacen andar.
—Mira
quién habla, se diría que con arrojo me seguías.
—Callen,
pues. Hay que preguntar.
— ¿Pero
sí es uno de nosotros que mueve el anillo?
—Yo
apenas lo toco.
—Yo
también, Roberto.
—Es
así, claro, todos apenas lo tocan. Se mueve pues el espíritu le
infunde ese ánimo. Preguntemos sí es él, y quién es.
Yo,
de verdad, sé que apenas lo toco, pero si lo mueve alguien... Nadie
confesará sus reflejos, acaso por sentirse como un fantasma. No
importa que lo muevas, Paulita, yo igual te seguiría.
— ¿Sois
un espíritu errabundo?
—Lo
mueven otra vez. Esta broma no se las perdono, quienquiera que sea.
—Deja
de lloriquear, chica. Como Roberto ya ni habla.
Ni
Roberto ni Luisa mueven el anillo, los dos creen que son otros,
ninguno de los dos lo presiona contra el cartón, apenas están
prendidos al roce imperceptible, y eso se ve en su caras. Yo sé que
no soy yo ni ellos. ¿Paula? Mi querida Paula, ella me desconcierta,
pero seguiré a mi índice adonde tenga que ir el de ella, así
señalemos espinas y barrancos, que más allá estará ella conmigo.
—Va
hacia el sí.
No
se los dije; es un espíritu.
Se
me ocurre algo. Si finjo que ya nada me liga al nudo, podrá
revelarse la verdad en su rostro.
— ¿Qué
haces, Esteban?
Se
transparenta. Se puso tan pálida como los demás. Luego el anillo se
mueve debajo de nuestros dedos. Pero, cómo…
—No
me digas que te aburre un lance de estos. Roberto te hubiera dicho
que como eres un fantasma… pero Roberto ya parece uno.
—Deja
ya la joda. Mejor pregunta si se quiere ir.
—Pregúntalo
tú, Roberto.
—Las
cosas no son así, Luisa. Yo invoque; yo pregunto.
—Entonces
pregúntale y vayámonos, aprovecha que está en el sí.
La
verdad sería un buen truco para salir del trance, pero no vinimos
con ventajas, a pulso he de caminar con ella.
—Tengo
muchas otras curiosidades antes que precisamente aquélla que te
descubre a ti.
—Qué
mala eres, chica.
—Pregunta,
pues.
—Pregunta
si fue profeta.
—Tú
eres el único que no temes, Esteban. Preguntaré, más bien, si eres
él.
Pregunta
si soy yo, y te contestaré porque eres tú la que pregunta, y el
mismo silencio será ventrílocuo.
— ¿Moriste
aquí en este edificio?
—Se
mueve.
—Se
mueve.
—Otra
vez como un eco, ¿eh? No se avergüencen, que los rubores los
duplica, duplica…
—Casi
llega al “no”
—Dice
que “no.”
—Le
preguntaré con más exactitud. Le preguntaré que si murió en
tierra.
— ¿Qué
significa esa pregunta, Paula?
—Bueno,
que si murió en tierra lo hizo antes de que se construyera el primer
edificio.
—Por
supuesto, Esteban. Parece que Esteban y yo somos los únicos que nos
aprendimos la historia del lugar.
—Pues
sí, Roberto.
—Sigamos.
— ¿Moriste
en la tierra inculta?
—Se
mueve.
—Ahora
dice que “sí”.
— ¿Te
sepultaron aquí?
—Hacia
el “No”.
—No.
—Eso
quiere decir mucho, excepto que lo sepultaron aquí.
—Yo
diría, Roberto, que sólo le hubieran sepultado aquí mismo si fuera
una batalla o una peste la que lo aniquiló.
—Murió
poco antes del claustro.
—Ahora
vienen con las mismas pendejadas del profesor de historia.
—Cálmate,
Luisita. Déjame preguntar más.
Abandona
estos pupilos ingratos a su suerte. Pregúntate a ti misma, Paula, si
me vas a querer, y hasta este espíritu responderá
por
ti. Yo lo haría responder
como
por mi honor.
— ¿Eres
niño?
—Sigue
en “no”.
—Debe
ser que no.
— ¿Eres
joven?
—Igual.
— ¿Entonces
eres viejo?
—La
contestación no puede ser la misma para todas esas preguntas.
—Y
si ya el espíritu deambula al acecho.
—Esperen.
Pregúntale, Paula, que si es un muerto.
— ¿Eres
un muerto?
—Otra
vez se mueve.
Me
alegro de que esta novedad asuste con el mismo aplomo. Ahora sigue,
querida, que el ventrílocuo será también muestro casamentero.
—“Sí”.
Dice que sí.
— ¿Cómo
te llamabas?
—Cómo
se te ocurre preguntar eso.
—Y
ahora que es un muerto.
Una
pregunta audaz que consiente su doble desafío. Estoy dispuesto.
—Mira.
Se mueve muy rápido.
—No
le sueltes.
—Es
que no le suelto. Nadie le suelta.
—Nos
arrastra.
Es
verdad, nos lleva; y aun ciego seré mi propio lazarillo.
—“E”.
—“S”.
—Va
muy rápido.
—Qué
letra.
—No
sé; ya va por la cuarta, quinta, sexta y otra y otra…
—Pero…
—“N”.
—No
hay manera de seguirle.
—Me
asusta.
—Tampoco
puede tener un nombre tan largo.
—Síganlo.
No le suelten.
Voy
adelante con la bandera.
—Sigue.
—Muchas
letras.
—Qué
dirá.
—Ahora
qué importa preguntárselo, Paula.
—Ahora
estamos perdidos.
—No
podremos seguir el testamento, y como siga así, nos jodemos.
—De
seguro se hace en nuestra contra.
—Perdonen,
muchachos. No suelten. Por favor, no suelten...
No
te excuses, querida, que estoy contigo. Es un… No puede ser, es un
cero, tan redondo como el anillo. A todas las letras las sigo, como
al anillo mi índice. Es un cero, pues con las mismas preguntas
responde. Con todas las que hizo Paula. ¿Y cuándo se termine el
cuestionario? ¿Qué pasará entonces?
—La
campana.
—Aparecerán
todos.
—Y
nosotros atrapados.
—No
le suelten.
— ¿Quieres
irte ya, espíritu errabundo?
Ahora
la última pregunta; letra por letra. No te soltaré, mi amor. El
anillo es sólo el círculo de un fantasma, no un ombligo que nos
divida. Corre, de letra en letra. Las fuerzas exteriores se
concentran en un punto nulo. Se abrieron los portones… Se escucha
el tropel que ya escoge pupitres, de salón en salón, como una
desaforada barbarie de fantasmas. Ya vienen todos… Qué aparezcan
todos. Mi índice te toca.
—Contesta.
Contesta.
—Di
que sí.
—Que
sí.
—Sigue.
No le suelten, que dirá que sí.
Se
aparecen todos los fantasmas del colegio, en uniforme, y con sus
insignias y se reparten sus pupitres, ya llegan unos… Ya se les
escucha llegar a otros. Que aparezcan todos. Que se vea todo. Quiero
verlo todo. Para eso voy a tientas de mi dedo. Quiero verla apenas
vellosa como una aceituna. Ya llegan los fantasmas del colegio, ya
trepidan sobre sus libros, como sus libros. Se escuchan como si
caminaran en las orejas… que se cierre el anillo, pues, y que se
abra el mundo… r-r-b-u-n-d
—O