domingo, 17 de mayo de 2020
lunes, 20 de abril de 2020
Konjunktiv
Siempre se ha dicho
que el futuro comienza hoy,
porque ya mañana
sería un poquito tarde.
sábado, 4 de abril de 2020
LA PLANICIE
La sentencia de los tribunales prohibía poner un pie adentro. Sabían muy bien que a nadie le estaba dado tocar nada y que a nadie le convendría desacatar el límite de un pleito que ya iba para un mes. La acritud de los partidos era tal, y tanto la malicia de los partidarios, que aun las ofensas más soeces se comunicaban a través de bufetes rivales, cuyas fórmulas encontradas eran afines en cuanto a tono, grados y sospechas.
Sólo detrás de los alambres era posible ver la casa, aunque para esa inspección, igual de repartida en la prole, fuera menester llevar binoculares. Sucedía, eso desde luego, que cada quien evitaba coincidir con sus parientes, así que cada quien se había atribuido un turno que era inaccesible para los demás. Había ojos por doquier, eso lo sabían a sus expensas, divididos según las demandas en disputa y prestos todos a la mínima variación del paisaje. Si bien los vecinos parecían ausentes, ningún visitante se sustraía de una vigilancia a la que se le recelaba cualquier amago. Unos predios así amedrentaría a cualquiera, y no ver a ningún vecino parecía una trampa para incitar la codicia del más iluso.
Desde que llegó no había visto a nadie en el camino real. Se bajó de su carro con los binoculares. Se aproximó a los alambres mientras oteaba el camino de un extremo a otro. El silencio esta vez parecía provenir de vacíos que quizá susurraban en otras esferas.
No tanto por las púas, se contuvo detrás de los alambres. Ciertamente estaba prohibido pasar, y era increíble que una piedra inocua fuera igual de inadmisible. De cualquier modo, se podía ver al través de los prismas. La casa seguía intacta, en medio de los pastizales. Podía verse relumbrar bajo el sol. He allí el porche entre balaustres parejos; la mecedora de mimbre que pendía de sus cadenas; el templete de madera encalado. He allí las puertas y ventanas selladas por los tribunales. He allí el automóvil fabuloso que alguien condujo hasta las pérgolas para morir dentro de él.
Esta vez se concentró como nunca, al menos podía permitirse esa audacia. De cierto empezaba a ver más de lo que hubiera notado hasta entonces. Ya había pequeñas secuelas de la ausencia, como si de ese modo las profecías hallaran sus medios verosímiles. El automóvil, que era descapotable, quedó abierto a la intemperie. Un automóvil así no se le conseguía en centenares de kilómetros a la redonda. Sin embargo, era como verle en una estampilla postal, o era como verle dentro de un museo imposible. Los asientos se arruinarían entre grietas y el volante eclosionaría sin dar ningún fruto. La disolución de los elementos iba a seguir un cauce ante la perplejidad de quienes no se consolarían con ningún delta cenagoso.
Era increíble que en el lugar donde la prole se había criado ya no pudiese entrar ninguno de ellos, precisamente porque ninguno iba a ceder ante la ambición ajena, cuando la propia bastaba para entender la injusticia de un hecho así de compartido.
Al principio se buscó el testamento hasta debajo de las piedras, mas las horas pasaron sin hallazgo alguno. La busca infructuosa apenas recomendaría otros legajos. Entonces se pusieron en armas y requirieron abogados competentes, incluso porque les fuera menester arruinarse para conquistar lo perdido en la inocencia.
Extendió la mano por encima de los alambres, cuidándose del límite incorpóreo. Tendría como unos 8 años cuando corrió a ver la polvareda de un camión. No había nadie en casa, lo cual no era extraño a esas horas. Tampoco quiso la complicidad de nadie para salir de casa. De pronto vio el camión que tras de sí dejaba la estela. Seguramente se imaginó que era posible ver el chofer, puesto que en toda la mañana no había visto a nadie. Corrió, justo hasta donde le era permitido ir entonces, hasta donde le tocaba ahora ese recuerdo de la infancia, o tal vez hasta donde le tocaba ahora una forma nebulosa que más bien se había formado la noche anterior. Ya no lo tenía tan claro, pero igual persistía en esta parte del mundo, e igual tendría que devolverse por donde había venido, sin que ello le hubiera de conducir jamás a la misma casa.
No hubo transgresión. Nadie se atrevería. Caminar de espalda, y hasta con los ojos cerrados, no era muy diferente, apenas bastaba lo que no era invisible. Al alejarse así, supo que podía tropezar una piedra inocua, por ejemplo, y entonces caer con todo el cielo encima. Se detuvo. Abrió los ojos como si no bastara abrirlos. Se rascó la nariz. Se preguntó si las cosas iban a cambiar más adelante. También se preguntó si estaban cambiando en ese momento. Se dio vuelta y subió a su carro. Encendió el motor. Giró entre una polvareda que ahora le nublaba otros recuerdos parecidos. Eran cuatro kilómetro de tierra, hasta la autopista.
No veía a nadie, lo cual no era extraño a esas horas. Pero ¿y si en verdad no había nadie? ¿Y si sucedía que su turno le recortaba con unas tijeras, como si le podaran a semejanza propia? Al fin salió a la autopista. De pronto recobró el aliento. Era curioso que no se viera ningún otro carro; ni que fuera ni que viniera de ninguna parte. Recordó un calendario, cuyos 12 desiertos lo hendían carreteras desiertas. Pudo sospechar algunas cifras mensuales que se apuntan para la curiosidad. En ese mismo horizonte que recorría, podía acaso tomar una foto semejante para un trece avo mes. Otra vez una fogata que a la orilla del camino atizaban unos muchachos, sólo que entonces la disolución del humo era la única urgencia de cualquier origen.
40 kilómetros hasta el primer pueblo. Tenía que aparecer el pueblo, conforme el entorno se movía, conforme las ruedas no paraban de girar. ¿Y si a pesar del prodigio no encontraba a nadie? Ningún carro lo seguía, ninguno se acercaba de frente ni que a 100 kilómetros por hora pudiera divisar otros 100 kilómetros por hora. Tenía que recordar algo de ese recuerdo o de ese sueño; tenía que esforzarse más allá de aquella dudosa procedencia. ¿Había visto el chofer del camión? El camión no se podía mover por sí mismo. Lo más seguro es que esa clase de gente existiera en puntos ciegos.
Sin disminuir la velocidad, sus manos temblaban sobre el volante. A nadie veía por los retrovisores. Se le ocurrió embestir a un lado y otro, como si lo hiciera contra puntos ciego. Tal vez una colisión entre esos ángulos le incorporaría al orbe, aunque despertara en un hospital o en un ataúd. ¿Acaso se malograba su razón? Intentó serenarse otra vez, pero los retrovisores seguían vacíos. Respiró profundo. ¿Cómo se le iba a ocurrir que una carretera desierta rebasara sus márgenes de un modo tan arbitrario? ¿Cómo iba a admitirse el apéndice de un horóscopo no menos irreal que sus designios? Sólo tenía que calmarse, no era la primera vez que regresaba sin compañía, procurando no dormirse en el camino. Para colmo la radio seguía averiada. Cómo lamentaba no haberla reparado antes de venir; y tal vez esto fue el primer síntoma que no pudo ni supo advertir en su momento. Los únicos instrumentos válidos y vigentes eran los de su consola a 100 kilómetros por hora.
Aún daba tiempo de volver a la polvareda, acaso para transgredir la orden incorruptible. Igual que los otros, traía consigo las llaves. Pero ¿era posible devolverse, cuando tenía que disminuir la velocidad y aun frenar para un impulso inverso? ¿Cuánto tiempo le demoraría esperar a los demás, y luego convencerles de entrar juntos, si ya no iba a ser lo mismo para nadie?
El asfalto corría por debajo como un río sereno. Los alambres pasaban. Pasaban los postes. No pudo más, y sin duda estaba en medio de todo lo posible. Tenía que ser así. Al fin lo supo. Por cada embestida, el punto ciego replegaba el mismo escenario inalcanzable, y aun cualquier otra explicación se escurriría del mismo modo.
Sólo quedaba salir de esa planicie lo más rápido que se pudiese. Derecho como se viera en el retrovisor de nadie. Directo como en su propio retrovisor. Dicho con exactitud, no quedaba más que agotar esa desolación sobre unas ruedas que al cabo se agotarían como la máquina; como él. Más y más. Más. Hasta recobrar un mundo tan populoso, el mismo de siempre, o tal vez más populoso. Era eso o estrellarse contra el fin de algo. Aceleró a fondo, el motor respondía sin aflojar en sus excesos. 5000 millones de habitantes para el año 1957.
lunes, 16 de diciembre de 2019
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viernes, 1 de noviembre de 2019
ARENALES
Dentro de ese punto se repetía el andar de bestias y gentes, en un calendario que nadie predijera como él. Las espuelas y los relinchos volvían desde los mismos espejos. Las tajaduras colgaban como los sables que las repartían. La pólvora asfixiaba entre estertores de otro mundo. Otra vez nacían criaturas que crecían en los desfiladeros otra vez. El salitre era un bálsamo muy dentro de ese punto. Había un sopor dentro y fuera de ese punto. Ese punto era un punto de tinta sobre el papel; el vértice de una pluma que al fin conseguía reposo y forma ese día.
Las arenas de siglos ya no eran incontables, bastaba ese color apagado al tiempo que extendido en el resplandor y el aplomo. El sudor relucía en su frente marchita. Sentía que él mismo iba creciendo como sus arrugas; creciendo para duplicar las fatigas y las mortificaciones dentro de su propio cuerpo enflaquecido. Sentía que la muerte era un síntoma preliminar de algo más duradero y terrible. Los temblores eran menos entonces. La fiebre ya no le azoraba como antes. Una lucidez de pronto le hacía recordar palabras insensatas que tal vez gritó entre pesadillas y vigilias. La casona de tapiales encalados callaba como su boca agrietada por el silencio y las arengas. Había un vacío que reverdecía en cada árbol. Apenas el sol colmaba esas hojas, y luego las sombras las vaciaban de nuevo sobre arenales sin huellas.
Tal vez ningún visitante ese día, y, sin embargo, él siempre esperaba un mensaje ajeno o un delirio propio. Se atrevió a levantar y al punto se tuvo en pie como para una ceremonia centenaria, así que pensó dar un paseo afuera. Al primer paso, los calambres le trababan dolorosamente. Se echó sobre el suelo de baldosas frías. Tendido de espaldas, veía la madera entreverada del techo como una tempestad en ciernes. Se cubrió los ojos con sus falanges enjutas. Estuvo vedado por un instante en que el mundo tampoco lo veía. Sentía como lentamente el frío de las baldosas le poblaba la espalda. Pensó que ese simulacro lo minaría por entero. No quiso levantarse tan pronto. Quiso esperar a ver si los enemigos eran distinguibles allí, si al menos se podía abatir a uno entre tantos vapores informes. Nada. Nadie.
La soledad le era lícita por primera vez en muchos años. Tantos emplastes habían agitado un tumulto entorno a él; y ahora se sentía a salvo de remedios y curanderos. Ahora mismo aquellas fiebres eran apenas un recuerdo, pero todavía su respiración era lenta y cavernosa. Respiró profundo. De pronto se levantó como desde una hamaca venezolana. Los calambres se quedaron en las baldosas, amortajados por una modorra que no era suya. Pudo pasearse de nuevo en el corredor. Inquieto, con los brazos cruzados. Volvió a la carta que no quiso dictar a nadie. La leyó de pie y encontró que ese último punto era suficiente entonces. Así que remató modos epistolares de costumbres y firmó enérgicamente. Puso el papel con las demás papeles y salió de nuevo al corredor. El sol era blanquecino. No parecía haber ningún cielo detrás de eso.
Mejor eran estos arenales que Lima. Aquí por lo menos las raíces procuraban hundirse un poco más, acaso para no perderse en lo que no encontraban. Sintió otro vahído, casi a tientas procuró una silla que se apoyaba en el tapial. Se sentó. Volvió a ceñirse el pañuelo en la cabeza. Se reclinó. Parecían oírse unos murmullos desde un origen incierto; temió que las fiebres volvieran con sus monstruos. Cerró los ojos y un fugaz sueño regreso de sus confines para abrírselos inmediatamente. Otros achaques nuevos parecían ser premonitorios.
El trance de esos días lo había envejecido demasiado, apenas se reconocía en el reflejo del agua que apagaba su sed. Embotados sentidos aguzaron una sensibilidad que le quemaba vivamente. Mil conspiraciones medraban como escalofríos y aun así nadie era capaz de llegar con nada. Qué saquen los fierros de los muebles. Qué las bestias agosten todos los campos. Qué el relámpago fulmine al rastrero. Un desierto en este desierto para los godos, y aun así nadie era capaz de llegar con nada. Sólo aquellos vagos murmullos doblaban lo inaudible.
Por fin oyó venir unos pasos que podían llegar muy cerca. El rectángulo de sol en el patio se avivó hasta encandilarle. No era un vértigo el que lo rodeaba entre algodones, pero supo que aquella silla era un escollo providencial. El visitante venía desde muy lejos y al fin había llegado a su destino. No caminaba de prisa para no importunar con su llegada. Eran demasiadas noticias funestas para luego tener que darle forma como un milagro creíble, como una antorcha inocua y sacramental.
La misma figura del visitante todavía era una llama que temblaba sin definir forma alguna. Si pudo entrar a la casona, era porque traía los puñales que no quería traer, y ya tintineaban como las espuelas. En la medida que aquellos pasos acortaban sus ecos, él pudo notar que otros cascabeles ampliaban una herrumbre de cencerros rotos. Se detuvo el hombre a un paso. Entrechocó las botas. Pronunció las señas que lo anunciaban y luego se cortó. Aquél hombre no podía creer la semblanza de quien veía. Ciertamente le era inverosímil verlo casi al borde de la muerte y en medio de arenales agrestes, bajo un sol blanquecino que eclipsaba el cielo del Perú. Mustio. Sentado en una pobre silla de baqueta, recostado con un pañuelo blanco en la cabeza. Las fiebres parecían haberle arado el rostro con una hondura lenta y dolorosa. Se podían notar los huesos mondados detrás de sus pantalones y el pecho hundido y magro detrás de su camisa.
Evitó reunir sus ojos para detallar a aquel templo casi derruido por cuya fe un mundo cobraba aliento. Sólo unas breves palabras a su salud. Más bien prefirió apresurar los negocios contrariados que debía relatar, antes que las lágrimas, pues este luto lo velaría hasta el fondo. Era de rigor la entereza al menos, por lo que el visitante empezó a pintar un cuadro terrible a trazos vastos. Cada palabra caía como un lastre, pero él podía vislumbrar, desde su escollo, que entre esas palabras había otros abismos más profundos, aquellos que necesario fuera someter hasta lo insondable. Sucesos por doquier se aniquilaban en pos de otros que con mayor contrariedad buscaban su ruina mutua. Atendía todo. No se le escapaba nada. Su cerebro siempre supo percibir las sutilezas más recónditas.
—Mi General, y qué piensa hacer Vd.
Precediendo sin duda a la pregunta, se incorpora con todas las potencias combinadas. Un fulgor en sus ojos concentra el fuego sagrado de trescientos años de calma. El corresponsal recula un poco. Entonces, con esa vitalidad que ha navegado el Orinoco siempre, vuelve a dictar ley sobre diez mil terremotos americanos.
—Triunfar.
viernes, 4 de octubre de 2019
DROSOPHILA MELANOGASTER
—Es del vasto reino de los Artrópodos, con algunas de cuyas criaturas habrán lidiado de vez en cuando. Hexapoda, que tiene seis patas. Díptero, que tiene dos alas. De la familia Drosophiladae. Del género Drosophila. Especie Melanogaster. He aquí, pues, la pequeña mosca de la fruta, como le conocemos normalmente. ¿Por qué la Drosophila Melanogaster, cuando los guisantes ya daban buen caldo? Si han leído lo que les he mandado a leer, sabrán que esa pregunta tiene una respuesta evidente. Por otra parte, su manipulación resulta muy práctica en todo el proceso. Tiene un ciclo biológico de unos 12 días. Su dieta es sencilla, como se imaginarán. Qué dije de comer en clase... Por favor... Bueno, consta apenas de 4 pares de cromosomas, que pueden notarse en las glándulas salivares de las larvas. Y, lo que nos interesa mucho, la especie es capaz de una diversidad de mutaciones que se aprecian inequívocamente, a través de varias generaciones. El ciclo biológico consta de cuatro etapas diferenciadas. El huevo, que al trasponer el oviducto será fertilizado en la placa vaginal, donde el macho deposita su esperma. La larva, que después de la eclosión del huevo se alimenta vorazmente. La pupa que se pegará a una superficie seca hasta que se convierta en el imago o individuo adulto. Las hembras tienen un abdomen puntiagudo y más grande, con una sucesión de anillos oscuros. Los machos tienen un abdomen redondeado, pequeño, con anillos que se fusionan aquí. Estos cuentan, en el primer segmento tarsiano, de un apéndice quitinoso que es conocido como el peine sexual.1 Normalmente la Drosophila Melanogaster es de un color amarillo pajizo2; sus ojos normalmente son rojos y muy redondos. Sus alas tienen cierta nervaduras y el borde, redondeado, normalmente se estrecha aquí. No se agiten, muchachos, ya tendremos la oportunidad de verificar la clase al microscopio. Hay una especie de púas quitinosas como se ven en el perfil de la lámina, se les llama quetas. En fin, las mutaciones se descubren, como ya saben, en todo el fenotipo, pero son de mayor interés aquéllas que, además de ser muy obvias, se podrían seleccionar y combinar con facilidad. Nosotros trabajaremos con las mutaciones presentes en sus ojos, que van de los ojos más claro, sin pigmentación, a la de los ojos más oscuro, pasando por distintos grados de coloración. Hay otras muy evidentes en las alas, cuando son enroscadas, atrofiadas de algún modo o con variantes en las nervaduras. Desde luego las mutaciones son transmisibles a los descendientes.3 Ya pueden sentarse. A partir de la semana que viene, no entrará al laboratorio quien no haya traído la bata rotulada con su nombre. Así que de nada servirá que se busquen cualquier otra a última hora. Para la siguiente clase uno de ustedes, y ya veo que la alumna Antonieta…
— ¿Yo?
—Sí, usted, señorita, que por lo que se ve no deja de repasar sus notas. Usted nos va traer un primer cultivo, del cual vamos a seleccionar las distintas sepas de nuestro estudio. Preste atención. Tomará un frasco de vidrio, como de este tamaño, lo lavará muy bien, y colocará adentro trozos de frutas. Al cabo de cierto tiempo aparecerán las moscas, no por generación espontánea como ya sabemos. Así que cuando la población sea numerosa, cubrirá el frasco con esta gasa estéril que le doy, asegurándose de que no se abra. Lo traerá el lunes y en otros frascos, con una levadura especial, procederemos a cruces particulares. Se van a seleccionar hembras y machos según ciertas proporciones.
—Pero cómo agarrar las moscas sin matarles, profesor. Sólo moscas muertas he podido ver con mi lupa.
—Entonces su curiosidad, caballero, no es más amplia que su lupa.
—Quiere decir, bobo, que sólo así puedes ver.
—Mira tú, cómo quien no dice nada, y eso que eres una mosquita muerta.
—Silencio. Silencio. Por favor. Hay dos formas de narcotizar a las mosquitas de modo que se puedan manipular bajo ese estado. Con anhídrido carbónico y con éter. Esta última sustancia es la que utilizaremos nosotros.
—Profesor, ¿hay que traer el cuestionario resuelto para la próxima semana?
— ¿Piensan que después de esta clase los cuestionarios quedarán en blanco? De la página 22 a la 27. ¿Alguna otra pregunta?
— ¿Cómo sabremos si los hijos ya tienen padre?
—Silencio. Silencio. Sí. Es importantísimo que las hembras sean vírgenes,4 de modo que los cruces estén garantizados según la línea parental y así en las generaciones siguientes. ¿Cómo lo sabremos? Se preguntarán todos. Vamos a escoger las hembras antes de su maduración sexual. Cuando estén en la etapa de pupa o más bien cuando no hayan alcanzado todavía la coloración de su estado fecundo. Pero no se me adelanten, que los detalles, a su tiempo, se les averigua mejor.5
— ¿Para qué pides ese frasco, Anto? Una pecera, ¿verdad?
—Es para un experimento de biología.
—Ah, el de la mosquita, claro.
— ¿Cómo les fue a ustedes?
—Eso fue el año antepasado. Apenas recuerdo que pasé, y ahora veo que es un bonito recuerdo. Escogimos moscas, o algo así, como quien escoge guisantes. Son impresionantes los ojos de esos bichos. Al microscopio todo luce impresionante.
— ¿No recuerdas más?
—Quien sabe más de esa clase es el que le tocó llevar el frasco. Ah, pues sí, luego me dices cómo les fue a ustedes. No creo que Sansón tenga energía de explicarlo tantas veces. Por eso siempre el frasco para otros...
—Aquí tiene, señorita.
— ¿Cuánto es?
—No se preocupe. Todo sea por la ciencia.
—Muchísimas gracias.
—Gracias. ¿Por qué no me pediste ese frasco?
—Supongo que debía conseguirlo vacío. Es sólo un frasco vacío. Se puede conseguir en cualquier lado.
—Tienes razón.
—Pero éste está muy lindo, ¿verdad?
—Pues sí. Parece una pecera, ya te dije. Pero déjame ayudarte con eso.
—Gracias.
Este silencio ya repite lo que me dirá. Es inminente que lo sepa, que me lo haga saber.
—Ya conseguí la casa, Antonieta.
— ¿De qué casa hablas?
—Los padres de un amigo mío, que son odontólogos, estarán cinco días en un tal congreso. Así que ya tenemos un lugar para estar juntos. Ya ves, no hay que esperar a la muela del juicio.
— ¿Cómo se te ocurre que puedo relajarme sobre las sábanas de otras personas? No estamos preparados todavía, además... Dame más tiempo, por favor.
— ¿A qué tiempo te refieres? Ah, sí. Seguir sólo con besos que no llegan a nada.
—Pero, ¿cómo dices nada? Entonces, ¿es nada lo que sentimos, lo que nos junta cuando nuestras bocas se juntan?
— ¿Y qué crees que sería lo que nos junte de un modo más profundo, algo menor a lo que ya das un poder sobrenatural? Por supuesto que para mí son importantísimos los besos; vienen porque ya estamos encaminados.
— ¿Me puedes acaso obligar a lo que sólo por gusto puede gustarte?
— ¿Puedes acaso privarme de un gusto que no te atreves a disfrutar? Vamos. ¿Por qué insistes en que tu propia mortificación me lastime?
Callaré hasta que vuelva preguntar. Entonces sabré de sus intenciones. Entonces conoceré mi propia pregunta.
— ¿Qué dices? Será sólo un rato... Un rato que nos unirá más, eso sí.
— ¿Cuánto durará perder la virginidad? Supongo que para ti será un rato.
— ¿Te hace más mujer conservar tu himen?
— ¿De qué himen hablas, cuando ya no recuerdas a quienes ya olvidaste? Sí. Tienes razón; puedo enorgullecerme de que me pidas lo que ya tú no puedes darme, por eso te lo daría de verdad, hasta para compensar tu falta.
— ¿Me recriminas un pasado que tú me hiciste olvidar con devoción?
— ¿Me recuerdas que este porvenir lo impone precisamente ese pasado?
— ¿Así que todo proviene de mi pasado, hasta del pasado de mis abuelos? Es eso, ¿verdad? Por lo visto no puedo apelar a mis propios deseos, que ahora me abrasan de verdad.
— ¿Deseas más de lo que amas? Si es así, no me amas de verdad.
—Te amo. Te lo he demostrado de todos los modos posibles.
—Menos del modo que deseas, ¿eh?
— ¿Me llamas egoísta, entonces? Acaso no te convido al mismo sueño. No a dormir conmigo, sino al mismo sueño.
—Tanta insistencia me acobarda. Así no podré dar ningún paso con mis piernas.
—Tanta huida me vuelve un temerario. Así no podré seguir tu paso. No me perdonaría lastimarte. Puedes esperar a otro, estás en tu derecho.
—No es por otro que te hago esperar. Espero por ti, tontico. No te adelantes, que espero por ti.
—Los padres de mi amigo vuelven en tres días. Tú decides. Una oportunidad igual no la tendríamos en un colchón propio, y lo sabes.
— ¿Me das un ultimátum? ¿Es con esos términos que amas?
—No sé de qué hablas. Amarte desde lejos o apenas tocándote como una flor me ha deshojado mucho. Tal vez por eso pienses que ya soy un desalmado.
— ¿No pueden mis labios aliviar lo que agravan?
—Sí, por cierto. Será un ratico. Aquí, a la vuelta. Nadie nos vería, y así puedo esperar otras semanas.
—Dame el frasco. ¿Ves, bruto, cómo son todos los hombres? Tienen el cuerpo metido en ese lugar del cuerpo. Si tuvieran la misma sensibilidad que los conmueve, pedirían perdón por ser así.
—Si pidiéramos perdón, como dices, no lo mereceríamos de ninguna manera. No tiene caso discutir más. Mi amor por ti ya no me pondría palabras amables. En este punto, mi despecho te haría menos daño, mucho menos del que me hace a mí. Adiós.
No lo dice en serio, pero la urgencia es verdadera, y yo ya no me podría enamorar por primera vez. ¿Qué podría perder si no lo pierdo a él? La virginidad no ha sido una conquista propia, en cambio perderla con el primer amor es una ganancia que no tiene segunda ocasión en el mundo. Él mismo ya no podría ofrecerme lo que tome de mí. El rastro es mío y de nadie más.
—Espera.
— ¿Debo esperar como antes?
—Espera dos días. En dos días.
Es increíble que en apenas unas horas tuviera una colonia así. Deben estar durmiendo. Es tan tarde. Es medianoche. Ya estoy lista. Sólo falta que amanezca, que se haga de noche otra vez y que vuelva amanecer. Entonces me vestiré como nunca, acaso porque voy a desnudarme frente a quien lo convoca el mismo propósito sagrado. ¿Y si ocurre que duele, que no puedo soportar el dolor, y entonces lo que iba a darse se trunca de pronto? Me afligiría mucho que el dolor me paralice en el sitio escogido, o que me empuje sólo a placeres ajenos. No habrá rudezas, me lo prometió. Algo de su pasado es tierno. Lo único rudo será la espera, tal vez un insomnio que me espabile hasta que pueda despertar con él. El trance en sí mismo no debe durar mucho para compartirse a partes iguales. Tal vez un poco más que el de las moscas. Este lunes también tengo que llevar el frasco. Entonces habrá millares de huevos por doquier. La cópula es breve y la brevedad se disemina en estos huevos. ¿Y si quedo embarazada? Sería algo muy complicado, por cierto. No puedo quedar embarazada. Según los días de mi ciclo, no estoy ovulando. ¿Y qué sabes tú si dentro de lo que sabes hay un ovario prolífico? Soy virgen, y las vírgenes son propensas a quedar encinta, siendo la primera vez un buen comienzo. Ambos somos imagos, tenemos ya la coloración de nuestra madurez sexual. Las alas de nuestro amor ya se han extendido en su lozanía. La luna sigue orbitando nuestras cabezas, y para cuando entregue este frasco de vidrio ya habrá dentro de él un nuevo comienzo que veremos repetirse con diversidad de mutaciones. Después de la clase de biología, entonces el encuentro. Dime: ¿qué es lo normal aquí? Los ojos rojos, supongo. Los que ven por nuestros ojos, supongo. Ah, esta tardanza... estas mismas dudas, que seguirán hasta el momento oportuno, me parece que ya influyen en la especie. De seguro alguien se le ha concebido según estas demoras; en una remota cueva; bajo un puente de piedra; en el pescante de un coche del siglo XVIII, entre germinales cerezos que ya son centenarios. Quizá yo y mi vigoroso amante por separados corregimos nuestras propias ansias, hasta el punto de nacer para ellas y para todo lo demás que nos junte o nos separe. Y todavía faltan unas cuantas horas para la cópula. En dos días nacieron los de antes, en dos días nacerán sus descendientes. Si tanto me preocupa una prole, que sea la que de mí provenga. Concéntrate en el acto venidero, el que vas a consumar con tu novio. Ése es el que te incumbe ahora. No importa que quedes embarazada, pues estoy dotada de esta misma facultad que me trajo al mundo. Pero, ¿y si quedo embarazada? Tengo 15. Será un escándalo. Un Orfanato terminará de parir a mi hijito. Nadie me perdonará; ni siquiera él, cuando el perdón, como el feto, tendría nuestros genes compartidos. Nacerá con la mitad de su patrimonio y con la mitad de mi matrimonio. No. No. No. Si la virginidad me ha conservado hasta ahora, procuraré conservar lo que ella hubiera conservado para siempre. Me lavaré una vez acabe todo. Ah, sí. Más bien por anticipado pondré mi maternidad de excusa. Sí. Tal vez eso lo disuada, que el producto del acto sea lo que obstaculice el mismo acto. ¿Y tú crees que en esa situación, ya desnudo los dos, hay pudor por donde devolverse? Cualquier freno será un acicate. Cualquier beso de despedida me tomará cautiva. Y si escapo, me repudiará. Para salir de mi promesa tendría que quebrarle las bolas en los dos sentido que implique su despecho. ¿Por qué le das tantas vueltas? Entregarse reforzará los lazos del amor. Ya no estoy segura de que su embeleso perdure después de que me haya desflorado. La virginidad es el mejor afrodisíaco para los hombres... y después necesitan artificios que los alejan cada día.
—Hija... ¿Estás despierta?
—Miraba el frasco. Creí que la gata...
—Ay, hija...
— ¿Qué pasa, mamá?
—Una tragedia. Acaba de morir la tía abuela.
—Qué dices.
—Llamaron del hospital. No sé, no entendí muy bien. Un paro.
— ¿No había venido para curarse? ¿No decían que estaba bien? Entonces, ¿para qué le trajeron?
—Yo también pensé que era mejor dejarla donde había vivido toda su vida...
—Ya, mamá.
—Cómo puede pasarnos esto.
Tus lágrimas, madre, me conmueven hasta el llanto. Yo que iba a llorar de felicidad me ahogo antes de llegar al agua bendita.
— ¿Le velarán en la sierra? ¿Tendremos que irnos ya?
—No. Ya dispuse todo para que sea aquí. La prepararán lo suficiente para que lleguen todos.
— ¿Aquí? ¿Hasta que lleguen todos?
Esto igual es grave. Su muerte es grave; lo que la mató sólo es grave porque su muerte es grave. Estar de luto ahora, cuando todo se aclaraba.
—Ya la traen. No hubo necesidad de autopsia.
Y, sin embargo, me han abierto para eso.
Cree que saco partido del luto. Se imagina que le telefoneé para no darle la cara. Ya me dijo que no habrá prórrogas. Cuando los amantes hablan de plazos es que su amor tiene un límite desconocido. Pero, ¿acaso la muerte no nos demuestra ahora que hay que apresurar la vida? Quiero ir; ya estoy decidida. No tengo que convencerme de lo que ya estoy segura. Pero, por otro lado, no puedo abandonar el velatorio. Apenas conocí a la finada, es verdad. Era tan vieja que no me explico tanto alboroto. Deberían darle vivas como no le dieron mientras vivió, y sepultarla sin más. Con el perdón de su memoria, no tengo que recordarle para siempre, y la tendría que recordar precisamente así, para siempre, si olvido el compromiso con mi novio. No es justo que tenga que llorar por una muerte que me hace daño y que ya aborrezco. Si salgo sin justificación alguna, se me indagará hasta que el silencio me avergüence. Si puedo escapar... Si vuelvo alegre, tendré que disimular mi alegría con tantas lágrimas que al cabo todas ellas amargarán mi gozo. No importa que la sazón del mundo acrecenté mi caudal. Iré. Me escaparé, a la vista de quienes me persigan o me repudien. Ah. Si me quedo, como la mayor de las dolientes, a mi dolor le pondrán un nombre muy distinto, sin saber que es el mío. Estaré a la cabecera de un duelo que me amordazará con mortajas ajenas. ¿Qué decido en esta encrucijada? El amante no es menos cruel que la difunta, pues con toda su virilidad exige lo que sin vigor ella ha conseguido. Qué hacer. Correr a sus brazos, desde luego. Salir por la ventana. Llevar el luto como máscara y así escurrirme con feliz astucia. Mejor llevar ropa aparte, pues me desnudaré sin malos agüeros. Ah, pobre de mí, estoy atrapada en mis impulsos. Decidida, pero sin poder decidirme aún. Pregúntale al frasco de vidrio, ya no está vacío como antes. Qué hacer. Echar andar el frasco, vuelta y vuelta, hasta el borde de la mesa... La mesa ciertamente tiene un borde del que he visto caer otras cosas, y la circunferencia del vidrio no acaba nunca. Si se puede imaginar un sistema infinito, va ocurrir entonces que ni empieza ni termina lo que abarca todo, e incluso la misma imaginación sería suficiente para que no se complete nada, ni más adentro ni más afuera. Cualquier punto entonces siempre estaría en el medio de esa vastedad. Esa mitad universal sería el ángulo de cada ángulo, en tanto es el ombligo de lo que tenga ombligo. Es como si nada naciera nunca. Por eso tenemos la impresión de que una cosa se repite de muchos modos, y que hay los modos de recordar algo que requiere cierto esfuerzo que no se puso para olvidarle. Por eso se dice que hay fuerzas escalares u otras mínimas. No es que haya una similitud posible, sino, más bien, el umbral es el mismo para todo. Por eso las paradojas. ¿Cuál sería la explicación más simple? ¿No sería acaso la que lo explique todo? Por eso nos eclipsan nuestras dudas. Fíjate, la estrella que vemos en una galaxia distante no me desgarra en el mismo centro donde puedo romper este telescopio ahora, y, sin embargo, ocurre lo que no tiene modo ni espacio ni tiempo ni otras dimensiones para ocurrir. Yo estoy con mi amante, aunque una indecisión nos repele el uno del otro. Mi vagina está donde está su pene. Alégrate de eso. Pero ¿qué pasa si no pasa nada? Lo que es más, que pasa si nada existe; si existe nada. Adónde dejas la nada, niña, ya que también la mencionas tanto. Ah, la nada, porque cierta nada pasará para cuando lo decida todo. Cómo crees que algo menor se me iba a olvidar. La nada existe sólo porque no es. Ella recrea en sí misma lo que no existe. Entonces otra vez lo que percibimos, tal cual lo creemos percibir, la estrella en una galaxia distante; el telescopio roto en mi habitación; los ojos, normalmente rojos... Entonces él, mi amante, del otro lado del teléfono, reclamándome que es mi novio, al tiempo que ya deja claro que no lo será, y simplemente si se repite lo que nada existe. Otra vez aquí. Todo separado. Otra vez el insomnio. Otra vez el velorio venidero. Otra vez su pene en su pene. Otra vez mi vagina en mi vagina. Otra vez estoy a punto de decidirme. Sin embargo, otra vez y siempre la mitad de las mitades en todos los puntos. Ahora que estoy más decidida que nunca, no puedo avanzar más. El mundo es como es; la nada, como existe. Sí, con estas relaciones, tal vez incestuosas, hay algo en lo efímero que siempre nos recuerda la eternidad. Dejemos que el frasco ruede. Rodará hasta el borde de la mesa. Tal vez nunca caiga al suelo. Tal vez los huevos sigan con sus padres, en cada vuelta preservada. Disfrutemos de esta licencia que no se agota aún, porque aún no me decido y el dilema es doble y por lo mismo cuádruple, y de otras dieciséis vertientes, 256 por 256... Si se rompe el frasco, es que mis esperanzas son tan frágiles. No temas, Antonieta. La fruta volverá a reunir el jardín, y la Drosophila Melanogaster no notará ningún cambio, ni que lo transmita a sus descendientes; ni que coma sobre astillas de vidrios las frutas prohibidas. Invictas criaturas. Vuelta y vuelta. No tengo que decidirme mientras todo gire. Podría pasar la vida en esto, y nadie podría culparme. Somos como moscas, dirán, pero con otros pares de cromosomas.
1 Peine sexual: para este profesor calvo y poco agraciado.
2 Amarillo pajizo: Masturbación hasta la anemia.
3 Transmisible: Yo creo que la castidad de unos también es capaz de influir en la descendencia de otros. Atreverse, o no, debe consentir resultados especiales.
4 Es importante, por eso se nace virgen.
5 Huevos: Una hembra es capaz de poner alrededor de quinientos huevos en su edad fecunda, cuántos sería capaz de poner al morir.
viernes, 5 de julio de 2019
El Soldado ileso
Antes de esta carta, cuyo destino (sabrán así al leerle) es incierto, he escrito muchas otras líneas a mi prometida. Sólo los silencios de nuestros besos dictaban su ley cuando estalló la guerra; hasta entonces todo lo podíamos decir sin que tuviéramos que escribir lo que así dijéramos.
Vino la guerra con sus terribles capullos. De pronto cayeron los fusiles en nuestras manos como las balas en los cuerpos seguirán cayendo, y partimos a ese incendio cuyas llamas tendríamos que avivar con el ardor de nuestra juventud. Una vez a la mar, se me figuró que muy probablemente no vería más a mi prometida. Tomé por primera vez el papel y la pluma y le escribí mientras aún se divisaba la espumosa costa. Le escribí desde entonces, le escribí tanto en cada ocasión, que se diría que era posible escribirle en cualquier momento.
Estos últimos meses fueron una pesadilla enarbolada por el insomnio (lo sigue siendo para los que tuvieron la suerte de dormir y para los que aún se despiertan en ella cada mañana). Vi hombres sucumbir al borde de sus plenipotenciarias vidas, y vi el luto tan espeso en lo que veía que era como ir a tientas de un vaticinio palpable en cada estorbo. No contaré aquí los estragos de la metralla ni los augurios de la pólvora asfixiante. Escribiré del miedo. El miedo que nunca sentí en las cartas escritas entre el estupor de todos los días. Escribiré, incluso, de cuán cobarde fui al engañar a mi prometida con un arrojo apenas inflamado con palabras.
Ya vuelvo a ella, truncado para siempre por mis condecoraciones. Hemos navegado una semana. Al amanecer el Capitán atracará en la isla de N***. Se recogerán pertrechos averiados y muchos heridos más. Después una semana de olas, y después apearme de nuevo en mi Patria, pero en equilibrio de una sola pierna. Si hay vítores serán para mí tan luctuosos como fue la emoción de aquellos combates. Hoy, aún con las muletas al hombro, debo apresurar el paso antes de que den la voz de apagar las luces, eso sí, renqueando hasta el final de esta carta.
(…)
Temí que en cada tiroteo moriría. A mi alrededor los otros muchachos temían lo mismo; tan pareja era esa mezcla bajo el cielo, que sólo con cada muerte nos diferenciábamos entre los demás. Aun por muchos muertos que hubiera en el frente, siempre se ha estimado que la mayoría de los hombres sobrevivirán ilesos. Esto, cuando se está en el campo de batalla, parece en verdad tan ilusorio, que aun la embotada espina de una rama nos clavetea a los demás horrores. Vivir es tan terrible en esas circunstancias que no se podría morir más vigorosamente, salvo que se sobreviva al peor de los desastres.
Antes de la noche en que perdí mi pierna, yo era el único soldado ileso de la Compañía. Nuestro Sargento de entonces sobrellevaba una infección que al cabo de unos días cedió entre delirios. Fue reemplazado por un Sargento casi tan joven como nosotros, y tan valiente como no he visto otro individuo. La semana, antes de aquella noche, divagábamos según un mapa tan aleatorio como sus sucesos. No hubo tableteos de ametralladoras ni explosiones, sólo un silencio tan profundo como el zumbido de un sueño distante. Caminábamos, acampábamos, apenas dormíamos entre la ración de nuestro abastecimiento. Todo lo más con el dedo agarrotado en el gatillo.
En el mediodía de aquel día, nos vino a visitar un Teniente. El Sargento confrontaba las indicaciones de su superior con tan irreverente ahínco que el Teniente, siendo por naturaleza voluble, condescendía con algunas conjeturas. Era verdad que a través de lo que no se decía por la radio el sargento podía colegir algunos movimientos enemigos, y también era verdad que, sospechándolos de aquellas explicaciones, el Teniente temía involucrarse allí. Era ya la tarde. La tensión en los soldados hizo que uno de nosotros (sin que supiéramos cuál) tirara involuntariamente del gatillo. La detonación convidó a las tropas enemigas que merodeaban entre los mismos árboles que nos protegían, y el tiroteo duró hasta la medianoche.
No había patriotismo en aquella refriega, sólo un miedo que nos enfrentaba por dividido encono. Las razones políticas de cada estrategia eran irrelevantes, porque la tiranía de los fusiles proliferaba como una extensión material de aquellos miedos. Todas aquellas consignas voceadas por los estados rivales no parecían encauzar las divergencias en disputa, sino que venían a converger en pos de una lucha más íntima y remota. Como dos púgiles nos teníamos en pie por vigor de cada golpe propio, y ya ciegamente nos cubríamos de los golpes ajenos. Lo mismo que veíamos nosotros desde nuestro lado aquellos hombres debían verlo desde lado suyo. Los dos Ejércitos asediábamos con fiereza a un espejo, y el horror de hacerle triza nos quebraba desde lo más hondo.
El Sargento, no obstante, arengaba demencialmente, exponiéndose a todo como un predestinado, que tal lo era en esa desmesura. Impartía órdenes que incluso el Teniente, como un soldado temeroso cualquiera, acataba sin reprobar, acaso con la fe irreflexiva de hacerlo según el mismo acierto de aquel valiente. Yo, como los otros chicos, sabía que era menester que la cobardía obrara a través del gatillo, y es que de poco hubiera servido el fusil si a tientas nos irguiéramos a sostener lo contrario. El Sargento a empellones dividía o congregaba a las tropas, y él mismo, según su temeraria puntería, esbozaba las posiciones entre aquella balacera.
No era la primera vez que había estado en un lance como ése, pero no había en su cuerpo un rasguño que documentara aquella temeridad. Nosotros, en cambio, escuchábamos silbar las balas en derredor como si nos hirieran fatalmente. Las cicatrices no estaban sólo en nuestras carnes, sino que nos amortajaban vivos. Juan Sinmuerte le decían, como para tener, además, una fama inmortal en el Panteón.
Yo no puedo contarles más. Sólo el fogonazo de una explosión y luego una cama en la que purgué aquellos rigores del fuego. Pesadillas no pude concebirlas peores que la que me tendía a postergarme en otras. Ahora, lisiado para siempre, escribo en un camarote esta carta que quizá ni vosotros podréis leer. No porque la quisiera ocultar de vosotros, que sois el mundo más allá de mi horizonte, sino porque la carta es única en la serie, y por lo mismo será arrojada al anchuroso mar que ya me divorcia de mi prometida. Si no me leéis cabréis en la misma botella y divagaréis en el mismo secreto que hubierais podido leer en lugar de acompañarle así. Será vuestro naufragio también la travesía mía, pero nunca las nuevas huellas que con un solo pie plante en esa ignorancia. Será vuestro destino en la botella como este dolor que todas las noches insiste en la pierna que ya no tengo.
En poco más de siete días, llegaré por fin al lugar desde donde partí. Mi prometida no sólo habrá leído mis otras cartas, las que vosotros no leeréis nunca; aquéllas que con tanta fe se las escribiese, sino que creerá ver por estampa de lo escrito la traza de un soldado valeroso. Soy el cobarde, ya lo sabéis, que perdió una pierna, mientras un valiente quizá murió ileso. Sin embargo, tenía razón al escribir lo que hasta entonces le remití a mi prometida, no había otro modo de postergarse en ese trance de mutilación, por eso ahora, ya a salvo de aquella calamidad, me ahogo irracionalmente en la botella.
Dicen que en un rato se apagan las luces. Mañana pasearé en la cubierta y caerá desde mis lágrimas esta confesión a lo insondable.


